La Resurrección del Señor

23 diciembre, 2023 – Espiritualidad digital

Este año, déjaselo a Dios

Te has convertido en un «fabricante de navidades». Cada año te esmeras más, te mueves más, pones más empeño en que todo esté perfecto: el Belén, el árbol, los adornos, los villancicos… Qué bonita, esa imagen del Niño Jesús en el centro de la mesa. Todo rezuma piedad. Y desearías que a Dios le agradase esta Navidad que has fabricado. ¿Cuántas van ya? Puffff, ni te acuerdas.

Y ahora ¿qué? ¿A esperar a la noche del 24 para ponerlo todo en marcha, y confiar en que tu Navidad «funcione»? Recuerda otros años, cuando, tras tenerlo todo preparado, una riña familiar de última hora o un desagradable accidente dieron al traste con tus piadosas expectativas. «Ya me habéis amargado las navidades».

Reconozco que te mueve el amor a Dios. Pero todo eso es tu obra, no la suya. Entrégaselo, como quien entrega un lienzo, y déjale a Dios pintar en él la Navidad. Despójate del batín de artista, y vístete con la humildad necesaria para convertirte en pincel. Deja que Dios alumbre a su Hijo en tu vida. ¿Te sorprenderás si descubres que Él es mejor artista que tú?

He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.

(TAB04)

Urgencia del silencio

Ya queda poco tiempo, y el espíritu del Adviento se vuelve urgente. Sabemos a quién esperamos, a la Palabra que desde el principio estaba junto a Dios. Y la única forma respetuosa de esperar a la Palabra es el silencio. No el silencio de las piedras, ni el de los muertos, sino el de quien se dispone a escuchar, es decir, a acoger.

Explica san Bernardo cómo la Virgen apenas en cuatro ocasiones abre los labios en los evangelios. De san José no conocemos ni una frase.

Y fíjate en Zacarías:  Él pidió una tablilla y escribió: «Juan es su nombre». Inmediatamente se le soltó la boca y la lengua, y empezó a hablar bendiciendo a Dios. Cuando, ante la embajada del arcángel, habló palabras necias de duda y desconfianza, quedó mudo. Sus labios fueron cerrados a causa de la estupidez de su respuesta. Nueve meses después, cuando escribe en una tablilla el nombre del niño, demostrando así haber adquirido la sabiduría y la confianza en Dios, sus labios se abren de nuevo para bendecir al Creador.

Apréndelo, que apenas quedan dos días para que Dios pronuncie su Palabra. Mientras no tengas algo sensato que decir, estás más guapo calladito.

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