Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

Domingos del Tiempo Ordinario (Ciclo A) – Espiritualidad digital

Si la tierra estuviera viva…

La tierra rechazaría, la tierra escupiría, la tierra mataría y la tierra abrazaría.

La tierra rechaza: Una parte cayó al borde del camino. No quiere la semilla, no le interesa en absoluto. Estás en misa, y ni siquiera prestas atención. Si, tras la proclamación del evangelio, te preguntan por la antífona del salmo que repetiste cuatro veces, ni te acuerdas.

La tierra escupe: Otra parte cayó en terreno pedregoso. Te has creído que la palabra de Dios es un chicle: la saboreas y después la tiras. Eres puro sentimiento. Qué bonitos los cantos de la misa. Hoy has llorado al comulgar. Dos horas después, cuando llegas a casa, ya no hay quien te aguante. Ahora lloran ellos.

La tierra mata: Otra cayó entre abrojos, que crecieron y la ahogaron. Tus mil preocupaciones, tus «problemas personales», tus afanes y distracciones son cuchillos que matan la palabra en cuanto entra. ¿En qué estás pensando? Nunca en Dios.

La tierra abraza: Otra cayó en tierra buena. Traes la palabra ya leída desde casa. Prestas atención, la acoges como el más preciado tesoro. Al comulgar, te la repites. Y sales de misa meditándola. Y procuras no soltarla en todo el día. Como quien abraza.

(TOA15)

Cuanto más grande seas…

Te copio dos versículos del libro del Eclesiástico:

Cuanto más grande seas, más debes humillarte, y así alcanzarás el favor del Señor. Muchos son los altivos e ilustres, pero él revela sus secretos a los mansos (Eclo 3, 18-19).

Hoy dice Jesús a su Padre:

Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños.

Cuanto más grande seas, más debes humillarte. Mirad al más grande, a Dios encarnado, colgando de una cruz. Y a personas con la altura moral de un mosquito ciego como Herodes, Caifás, Pilato o los propios soldados escupiéndole, azotándole, insultándole y matándolo. Parece que el mundo es suyo, se creen los amos. Todos han muerto. Cristo vive para siempre y reina sobre cielos y tierra.

Cuanto más grande seas, más debes humillarte. Cuando crees que sabes más que el resto, cuando lo ves todo «tan claro», cuando estás convencido de tener razón… agáchate. Expón tu opinión con sencillez y deja que te lleven la contraria. Ve por el Camino, por Cristo, y reinarás con Él. Lo que es mejor: conocerás los misterios del Amor de Dios.

(TOA14)

Un ataque de celos

Leyendo las palabras del Evangelio, cualquiera diría que el Señor ha tenido un ataque de celos:

El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí.

No te extrañe. Cristo es muy celoso. No quiere compartir con nadie el corazón del hombre, lo quiere todo.

Pero nada tienen que ver los celos de Cristo con los del hombre. El hombre es celoso porque quiere controlar y poseer al ser amado; sus celos son egoístas. Dios, sin embargo, es celoso porque quiere liberar y amar al hombre.

El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará. Cuando «encuentras» tu vida sin Él, la pierdes, y acabas preso en mil esclavitudes para después morir encadenado a las criaturas. Sin embargo, cuando vives para Dios tienes vida eterna.

Déjate poseer dulcemente por los celos de Cristo. No quieras amarlo «hasta cierto punto». Ámalo desesperadamente, apasionadamente. Ámalo cuando reces, cuando trabajes, cuando descanses, cuando comas o bebas, cuando llores, cuando rías… Sea Jesús el Amor de tu vida.

(TOA13)

Un calvo feliz

«Padre, he recuperado la paz». Me lo decía un hombre de treinta años. «Me rebelaba contra Dios cada mañana al peinarme y ver que estaba perdiendo el pelo. Ya casi no necesito ni peinarme, y estaba furioso con Dios. Pero esta mañana le dije a Dios: “Te regalo mi pelo”, y he recuperado la paz». Lo de «mi pelo» supongo que era literal. Apenas le quedaba uno. Ojalá hubiera hecho ese ejercicio años atrás.

Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados.

Algunos le damos poquito trabajo al Señor con eso. Y si uno piensa que esa cuenta es garantía contra la alopecia, que se olvide. El pelo se nos cae de todas formas. También dice el Señor: No tengáis miedo a los que matan el cuerpo. Pero morimos igualmente.

Cristo no nos promete prosperidad terrena, ni nos librará de la calvicie. Ni de la muerte. El que quiera pelo, que viaje a Turquía. Cristo nos promete que tendremos vida eterna. Y, cuando gozas vida eterna, si se cae el pelo, no pasa nada. Y si te mueres, tampoco pasa nada. Morirás feliz tras haber sido un calvo feliz. Y te irás al cielo. Eso te promete Cristo.

(TOA12)

Parábola del supermercado

Si el templo fuera un supermercado, habría que decir que algunos salen de misa con el carro lleno hasta arriba. Espíritu Santo, consuelos divinos, Pan eucarístico, caridad de los hermanos, paz, alegría… Menos mal que nada de eso pesa. No podrían con tanto. Otros salen con una bolsa medio llena. Otros llevan su pequeña «compra» en la mano. Y otros salen como entraron. Depende de las disposiciones que llevase cada uno. Quien se preparó bien para la Eucaristía llevaba un carro, o varios. Quien llegó justito a Misa y se marchó corriendo, una bolsa. Quien pasó la Misa mirando el reloj… Ésa es la diferencia entre el templo y el supermercado. La bolsa, o el carro, tienes que traerlo de casa. Y lo que lleves, bolsa, carro o bolsillo, te lo llenarán.

Hay otra diferencia: el ticket. No hay. Puedes dejar una limosna en el cestillo, pero no hay ticket. Cuanto recibes es gratis.

Lo extraño es que no haya colas para entrar. Porque muchos no saben que allí se reciben gratis tesoros que el dinero jamás podría comprar. Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos. Hacédselo saber a los hombres.

Gratis habéis recibido, dad gratis.

(TOA11)

«Pero yo os digo…»

Te muestro algo que jamás debería salir de labios de un predicador: «Ya sé que la Iglesia dice… pero yo os digo…». Un predicador que hablase así no debería ser escuchado por los fieles, porque ya no habla en nombre de la Iglesia, sino en el suyo propio.

Pero Jesús hizo exactamente eso. Y lo hizo porque es Dios. Y lo hizo bien; sólo Él podía haberlo hecho. Brotado de sus labios, el «pero yo os digo» es sobrecogedor. Es el anuncio de una nueva era:

Habéis oído que se dijo a los antiguos: «No matarás». Pero yo os digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado. Habéis oído que se dijo: «No cometerás adulterio». Pero yo os digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón. Habéis oído que se dijo a los antiguos: «No jurarás en falso». Pero yo os digo que no juréis en absoluto.

Es impresionante. Es el mismo cielo bajando a la tierra y anunciando su entrada en nuestros corazones para que pasemos, de cumplir la Ley, a enamorarnos de Dios y entregarle, no nuestras obras, sino nuestra vida.

(TOA06)

Lo fácil y lo difícil

Cada vez que alguien me dice que le resulta difícil rezar, me siento movido a escribirlo de nuevo: Rezar no es difícil. ¿Cómo va a ser difícil descansar delante del Señor, mirarlo y ser mirado por Él, escuchar su palabra y gozarse en cada sílaba? Rezar es fácil. Lo difícil es entregar la vida: bajar del Tabor cuando termina la oración y subir al Gólgota. Y sonreír a quien te importuna. Y perdonar a quien te ofende. Y cancelar tu descanso para atender a quien te necesita. Y escuchar pacientemente a quien nunca termina de hablar… ¡Eso es lo difícil!

No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Al Monte subió un hombre cargado con una cruz. Y tras Él subieron los mártires, y las vírgenes, y los santos… Allí se fundó una ciudad, la Ciudad de Dios. Tu patria. Porque vives allí ¿verdad? ¿O no?

Vosotros sois la luz del mundo. Y esa luz brilla porque la lámpara se quema generosamente. En la oración se carga de aceite. En la vida se consume. Lo primero es lo fácil. Lo segundo, lo difícil; pero vale la pena. Apréndelo, y no repitas que te cuesta rezar.

(TOA05)

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