Evangelio 2018

Domingos del Tiempo Ordinario (Ciclo A) – Espiritualidad digital

Desconfía de quien te halaga

Cuando una persona muestra el camino del cielo, muchos, que no están dispuestos a abandonar sus comodidades terrenas para emprender tan «fatigoso» viaje, se empeñarán en desacreditarlo. ¡Hay que hacerlo bajar! ¡Hay que lanzar redes que lo arrastren a la tierra, que lo traigan a nuestro campo, y allí lo destrozaremos!

Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad.

Gritar que Jesús tenía un demonio no había funcionado. Apestaba a envidia. Era mejor lanzar la red de la zalamería y el halago. Cuando alguien te halaga, ciñe a tu frente una corona que siempre es prestada. Si pierdes el favor de tu adulador, cambiará esa corona de gloria por otra de espinas.

¿Es lícito pagar impuesto al César o no? La segunda red: mezclemos en banderías terrenas a quien habla del Cielo.

Hipócritas, ¿por qué me tentáis?

El pájaro rompió la red, y huyó. No dirá si se debe o no pagar tributo al César; tan sólo dirá que le pertenecemos a Dios. Lo del César, resolvedlo vosotros.

Ten cuidado con quien te halaga: no vayas a entregarle a los hombres la moneda de tu alma, que lleva la imagen de Dios.

(TOA29)

¿Saben dónde están?

Una invitación de boda suscita reacciones de lo más variadas.

Por ejemplo, si se trata de la boda de un primo segundo a quien hace diez años que no has visto, te sientes incómodo. Pero, si vas, te vistes. No se te ocurre presentarte en ropa de deporte.

Si es la boda de un buen amigo, acudes con alegría, y –lógicamente– vas bien vestido.

El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo… ¿Cómo reaccionas si te invita el Rey de los cielos?

Para algunos, el Rey de los cielos es más pesado que un primo segundo. No van a misa ni aun sabiendo que están invitados.

A los amigos de Dios, la invitación los abruma. Pero se dejan vestir por el propio Dios en el sacramento del Perdón, y disfrutan de las Bodas como las disfrutan los santos.

Lo más difícil de explicar: ¿Cómo has entrado aquí sin vestido de boda? Se trata de personas que van a misa mal vestidas por fuera y por dentro, que acuden a comulgar como quien va a tomar un canapé, y salen de la iglesia quejándose de que se aburren. ¿Realmente saben dónde están?

(TOA28)

Un terrible crimen, y un tremendo error

Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me recibís; si otro viene en su propio nombre, a ése lo recibiréis (Jn 5, 43).

Son palabras del Señor en el evangelio de san Juan, que parecen pronunciadas para explicar la parábola que hoy nos trae el evangelio de san Mateo: Por último, les mandó a su hijo (…). Pero los labradores (…) lo sacaron fuera de la viña y lo mataron.

Lo mismo había sucedido antes con los profetas, y lo mismo ha sucedido después con los mártires.

No hablo de un crimen que nos sea ajeno. Nuestra única posibilidad de salvarnos consiste en amar a ese Hijo de Dios y unirnos a Él en el cumplimiento de la voluntad del Padre. Pero, para conocer la voluntad de Dios sobre nosotros, necesitamos a esos mensajeros que nos digan lo que en concreto quiere Dios de cada uno.

Por eso, obedeced a quien os habla en nombre de Dios. Someteos a un director espiritual; elegidlo vosotros, pero, una vez elegido, obedecedlo cuando os indique el camino del cielo. No cometáis también vosotros el error de sacar fuera a quien viene a vosotros enviado por el Propietario de la viña.

(TOA27)

“Evangelio

No, pero sí

Cuando abrió la puerta de la habitación de su hijo, lo encontró con los dedos en el teléfono móvil y los ojos colgados de la pantalla. Tenía cuatro grupos de whatsapp abiertos. – Hijo, ve hoy a trabajar en la viña. – «Paso, estoy muy ocupado». Podría haber impuesto su autoridad; haberle quitado el teléfono de las manos y haberle obligado a trabajar. Pero aquel padre era especial: la única obediencia que quería de su hijo era la que viene del amor. Cerró la puerta y se marchó entristecido.

Cuando el chico oyó que la puerta se cerraba, se quedó mirando hacia ella. Imaginó la tristeza de su padre, y se sintió miserable por haberle contristado. Se arrepintió, apagó el teléfono móvil, y fue. Su padre, al verlo llegar, sonrió.

Como este joven hay muchos. Son egoístas, y se defienden de los demás. Si vas a pedirles algo, antes de que termines de pedirlo te dicen: «¡No puedo!». Pero, después, les vence su buen corazón, y te lo dan. Llegarán al cielo, aunque sea a trompicones.

Más pronto llegarían si bajaran las defensas y no opusieran resistencia al amor. Ahora son buenas personas. Si, además, dijeran «sí» a la primera, serían santos.

(TOA26)

¡Contratado!

Me hace gracia la respuesta de aquellos hombres ociosos a quienes el dueño de la viña preguntó: ¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar? Ellos, seguramente con desgana, dijeron: Nadie nos ha contratado.

Me hace gracia porque, en el sentido profundo de la parábola, el propietario de la viña es Dios. Y eso de que Dios me ofrezca un contrato de trabajo se me hace estrafalario. ¿Tendré que presentar mi «curriculum vitae»?

Pues estamos apañados. Porque mi CV está repleto de pecados. ¿Cómo me contratará Dios con semejante recomendación?

No será por mi CV. Será por quien se lo presenta. Porque Cristo ha tomado mi vida en sus manos, con todo su historial de traiciones, y la ha subido a la Cruz. Allí la ha lavado con su sangre, y, desde allí, se la presenta al Padre.

Entonces, a la vista de esas manos llagadas que le entregan mi CV, Dios me dice: «¡Contratado!». Pero ya debo corregir los términos, que no se llama contrato, sino alianza. Es mucho más, del mismo modo que una boda es más que el papel sobre el que los novios firman.

Ahora debo trabajar para Él. Le pertenezco. Me ha contratado.

(TOA25)

Con tu corazón, no puedes

He conocido a personas que, durante la misa, al llegar la oración del Padrenuestro, cierran los labios en el momento de decir «como también nosotros perdonamos».

«– No puedo perdonar, padre. – ¿Deseas perdonar? – Lo deseo. – ¿Puedes orar por quien te ofendió? – Me cuesta, pero puedo. – ¿Y no puedes perdonar? – De corazón, no puedo».

Te copio este diálogo porque es frecuente. Y te aseguro que son personas de bien quienes se quejan así. ¡Cómo no quejarse, cuando el final del evangelio de hoy es tan terriblemente claro!:

El señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi padre celestial, si cada cual no perdona de corazón a su hermano.

Ese de corazón es el que nos duele. Porque marca la frontera de nuestra impotencia. Podemos querer perdonar, podemos orar por quien nos ha ofendido e incluso tratarle bien. Pero perdonar «de corazón» … Se nos escapa. ¿Qué haremos?

Lo que ha hecho los santos. Clavar nuestro corazón en la Cruz, y perdonar con el Corazón de Cristo, traspasado en el Leño. Allí nos lo ha entregado, para que con Él amemos y perdonemos a quienes nosotros no sabemos amar ni perdonar.

(TOA24)

Contra todo pronóstico

No sé si es verdad que cada vez viene menos gente a misa. Donde yo vivo, tengo la impresión de que la misa del domingo experimentó hace bastantes años un descenso de asistencia. También son menos los bautizos, las bodas y las comuniones. Sin embargo, la misa de los días laborables cada vez cuenta con más feligreses. A mí eso me hace pensar.

Pero, en todo caso, como mi parroquia no es el centro del mundo… Si fuera verdad que este mundo loco está apartando a las almas de la Iglesia; si fuera verdad que nuestra fe aburguesada acabara en una deserción masiva; si fuera verdad que el árbol está lleno de ramas secas, y esas ramas secas acabarán cayendo… Nada temo. Y nada debes temer tú.

Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos. Impresiona. Sobre todo, porque es verdad. Aunque sólo quedaran dos o tres católicos en la tierra, si esos dos o tres amaran fuertemente a Cristo y ardieran en deseos de santidad, su unión haría presente en el mundo al Hijo de Dios, capaz de transformar la tierra.

Tú y yo ya somos dos, ¿verdad? ¿Qué tememos, entonces?

(TOA23)

Síguele, y no serás juzgado

Mientras la segunda venida de Cristo produce en el alma gran consuelo, el Juicio universal me parece aterrador.

El Hijo del hombre vendrá, con la gloria de su Padre, entre los ángeles, y entonces pagará a cada uno según su conducta.

A mis años, no puedo revisar mi conducta sin echarme a temblar. Ya he acumulado suficientes pecados como para no estar tranquilo.

¿Qué haré?

Me acogeré a otras palabras del Señor: Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. No tendré otro propósito que éste: unirme a Jesús, ser enteramente suyo. Quisiera no pecar jamás; pero, si no lo logro, procuraré que incluso mis pecados me unan más a Él, merced a la penitencia, y a su infinita misericordia. Si vivo unido a Él, moriré también unido a Él.

Así se cumplirán en mí esas palabras: Habéis muerto, y vuestra vida está escondida, con Cristo, en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, también vosotros apareceréis, juntamente con Él, en gloria (Col 3, 3–4). De este modo, el día del Juicio, no me contaré entre los juzgados; estaré sentado junto al Juez, como se sientan los amigos.

(TOA22)

Temblando, y triunfando

Son palabras muy consoladoras: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia, y el poder del infierno no la derrotará.

Son consoladoras porque están dichas a un pecador. La permanencia de la Iglesia, por tanto, nunca se verá en peligro a causa de los pecados de sus ministros. La Historia nos lo ha demostrado.

Son consoladoras porque sabemos que nuestra adhesión al Papa, es decir, a Pedro, es garantía de nuestra adhesión a Cristo. Quien camina unido a Pedro camina seguro. Pedro es el garante de la unidad de la Iglesia.

Son consoladoras porque sabemos que la Iglesia prevalecerá, y que, mientras haya hombres en la tierra, habrá Iglesia.

Jesús dice el poder del infierno no la derrotará. No nos confundamos; no dice que no la hará temblar. La Iglesia lleva veinte siglos temblado, sometida a la fiereza de las olas y de las tempestades. Cuando muchos dijeron que caería, que la barca de Pedro se hundiría, fueron ellos quienes cayeron y se hundieron mientras la barca seguía a flote. Por tanto, temblor y luchas acompañarán siempre a la Esposa de Cristo. Pero el triunfo final está asegurado. Por eso luchamos y temblamos llenos de esperanza. Somos triunfadores.

(TOA21)

Donde hay confianza…

Aquí va una historia real, con nombres ficticios: Encarnita era la delicadeza en persona; se deshacía en atenciones conmigo. A su marido, Antonio, lo tenía yo por un buen hombre. Un día llamé por teléfono, y Encarnita descolgó: «¡Ay, padre, qué alegría oír su voz! ¿Está usted bien?». Le pregunté por Antonio, y «ahora se pone». No imaginó que el teléfono captara su voz: «¡Antoniooooooo! ¿Estás sordo, o qué te pasa? ¡Que te llama el cura, levanta de ahí!». Entonces supe que Antonio era un santo.

«Donde hay confianza, da asco». Podemos ser encantadores con los de fuera, e insufribles en casa. Al Señor le sucedió con los suyos. Quienes mejor debían tratarlo, los nazarenos, lo despreciaron; se habían acostumbrado a Él como Encarnita, en un mal día, se acostumbró a Antonio. Mientras tanto, muchos paganos, como aquella cananea, lo recibieron con una fe que asombró al propio Dios: ¡Mujer, qué grande es tu fe!

Pienso en la cananea, en Encarnita, y en nosotros. ¿Nos habremos acostumbrado al Señor? Entramos en la iglesia con el móvil encendido, nos sentamos con las piernas cruzadas, hablamos en el templo como en el mercado, omitimos la genuflexión, comulgamos sin confesar… «¡Antonioooooo!». Pobre Jesús.

(TOA20)