Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

Domingos del Tiempo Ordinario (Ciclo A) – Espiritualidad digital

Pedro, un salmo y santa Teresa

Se rebela Pedro. No entiende. Su escándalo es el mismo que el del Job. ¿Cómo puede ser que el justo sufra y sea atormentado en esta vida? Hasta hacía apenas cien años, los judíos creían que la recompensa del justo era una larga vida con abundancia de hijos y de riquezas. ¿Cómo podía Jesús, el hombre más bueno del mundo, anunciar que tenía que ir a Jeru­salén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado?

¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte.

Pero pasó.

El autor del salmo 72, un judío justo, confiesa que envidiaba a los perversos, viendo prosperar a los malvados. Para ellos no hay sinsabores, están sanos y orondos; no pasan las fatigas humanas, ni sufren como los demás (Sal 72, 3-5). Me encanta lo de «orondos», jajaja. El pecador tan gordo, y yo tan delgado, qué injusticia.

Pero el autor recapacita: ¿No te tengo a ti en el cielo? Y contigo, ¿qué me importa la tierra? (v. 25). Si te tengo a ti, Jesús, no me importa perderlo todo, no lo quiero. «Quien a Dios tiene nada le falta. Sólo Dios basta».

(TOA22)

Un sondeo de Chorroscopia y una sonda al corazón

La pregunta que hoy hace Jesús a sus discípulos podría haber abierto un telediario.

«¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?» Ellos contestaron: «Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jere­mías o uno de los profetas».

Sería algo así: «Según los últimos sondeos de chorroscopia para Antena 14, el 55% de los encuestados cree que Jesús es Juan Bautista; el 30% piensa que es Elías, y el 14,99% piensa que es uno de los profetas».

Si la verdad se establece por votación, Jesús es el Bautista por mayoría absoluta. Pero si la verdad es la verdad, y chorroscopia es sólo chorroscopia, entonces la verdad sólo quedó reflejada en el 0,01% de los encuestados, un tal Simón Pedro: Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo.

Ahora soy yo el encuestador, y esto no va de sondeos, pero es una sonda lanzada a lo profundo de tu corazón: ¿Quién es Jesús para ti? Díselo a Él, no a mí; respóndele. Te doy pistas: para unos, Jesús es quien los cuida. Para otros, una herramienta omnipotente. Pero si pregunto a san Pablo, me dirá: «Cristo es mi vida».

Mírale a los ojos, respóndele. ¿Quién es?

(TOA21)

Oración de madres

El movimiento «Oración de madres» nació en Inglaterra en 1995. Comprobé el inmenso poder de esa oración cuando una amiga mía entró en uno de esos grupos para rezar por la conversión de su hijo mayor, a quien, por cierto, yo bauticé. Dentro de pocos días, ese hijo hará la profesión temporal como carmelita calzado.

Ten compasión de mí, Señor Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo.

Tampoco mitifiquemos. El amor de madre, si no se purifica, también puede ser agobiante y posesivo. El mito de la suegra enfrentada a la nuera que le robó su bebé no es tal mito. Es una verdad que ha acabado con la paz de muchos matrimonios.

Pero cuando ese amor nace de un corazón humilde y se purifica en el dolor, como en el caso de esta mujer cananea, en el de mi amiga, o en el de santa Mónica, la oración de una madre afligida tiene un poder extraordinario para remover los cielos. El hijo de una mujer que murió rezando el rosario, tras solicitar el funeral de su madre, comenzó a venir a misa todos los días. Hasta hoy. ¿Por quién estaría rezando aquella madre su última avemaría?

(TOA20)

Y el agua se volvió camino llano

Hay que agradecer a la Iglesia que proponga este evangelio tan acuático y tan refrescante en medio de los calores de agosto. Aunque no sé si al bueno de Simón le hizo mucha gracia el chapuzón.

El Mar de Galilea es un escenario tremendamente evocador. Entre la orilla del nacimiento y la del Paraíso navegamos sobre las aguas de la muerte. Y, de cuando en cuando, se hace de noche. La noche está llena de fantasmas. La luz se apaga, las tinieblas nos rodean, los temores nos acosan… ¿Cuándo se hará de día?

A la cuarta vela de la noche se les acercó Jesús andando sobre el mar. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, diciendo que era un fantasma. Jesús les dijo enseguida: «¡Áni­mo, soy yo, no tengáis miedo!»

Atraídos por esa voz, miramos al Crucifijo, y vemos a Jesús caminado sobre la muerte y las tinieblas. Su rostro irradia paz. Como la zarza a Moisés, nos dice: «Yo soy».

Mándame ir a ti sobre el agua.

Mientras lo miramos, la noche se vuelve día y las aguas de la muerte camino llano. Entonces decidimos no apartar jamás los ojos de la Cruz.

(TOA19)

¡Y no temblamos!

Me hubiera encantado estar presente cuando Jesús multiplicó los panes. Pero tengo la suerte de presenciar cada día un milagro mayor. Luego os cuento.

Lo que de verdad me hubiera encantado hubiera sido estar allí después del milagro. Mezclarme entre los apóstoles y escuchar los comentarios. «Pero ¿cómo lo ha hecho?». Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces. «¿Y has visto todo lo que ha sobrado?». Recogieron doce cestos llenos de sobras.

Pero hay algo que os puedo asegurar: Aquellos cinco mil hombres, al día siguiente, volvieron a tener hambre. Y, más adelante, murieron todos.

Mirad ahora, con mirada de fe, lo que sucede en cada misa. No son cinco panes, sino uno, partido en la Cruz. Y llena todos los altares del mundo entero, son millones de hostias. Mirad cómo desciende el Espíritu Santo sobre cada patena, cómo recuesta sobre cada una al Pan de Vida. Mirad, disfrutad cómo se sacia el alma en la comunión fervorosa y recibe vida eterna el cristiano. Sobrecogeos al conocer cuánto nos ha amado Dios.

Lo sorprendente es que muchos, al terminar la misa de doce, se van al bar tan tranquilos, como si no les hubiera pasado nada.

(TOA18)

La entrega alegre

«Ahora he conocido al Señor, y me sobra todo lo que tengo». Me lo dijo una persona acaudalada durante unos ejercicios espirituales. No puedo olvidarlo, porque presencié cómo se encontraba con Cristo y se enamoraba «a primera vista». Lo único que lamentaba era no haber recobrado la vista hasta los cincuenta. No haberlo conocido antes.

El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra, lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo. Hay una entrega triste: la del cumplidor que hace lo justito y reniega por dentro. O por fuera. «¡Qué difícil me lo pone Dios!», parece decir. Y hay una entrega alegre, la del enamorado, como el hombre de quien te hablaba en el párrafo anterior, que muestra en su rostro el gozo de quien ha encontrado un tesoro y no el fastidio de quien paga una multa. Conocí también a una mujer a quien, tras encontrarse con el Señor, todo lo que entregaba se le hacía poco. Murió muy santamente.

Termino con dos preguntas para ti: ¿Qué has entregado por alcanzar a Cristo? ¿Lo has hecho con alegría?

(TOA17)

Si la tierra estuviera viva…

La tierra rechazaría, la tierra escupiría, la tierra mataría y la tierra abrazaría.

La tierra rechaza: Una parte cayó al borde del camino. No quiere la semilla, no le interesa en absoluto. Estás en misa, y ni siquiera prestas atención. Si, tras la proclamación del evangelio, te preguntan por la antífona del salmo que repetiste cuatro veces, ni te acuerdas.

La tierra escupe: Otra parte cayó en terreno pedregoso. Te has creído que la palabra de Dios es un chicle: la saboreas y después la tiras. Eres puro sentimiento. Qué bonitos los cantos de la misa. Hoy has llorado al comulgar. Dos horas después, cuando llegas a casa, ya no hay quien te aguante. Ahora lloran ellos.

La tierra mata: Otra cayó entre abrojos, que crecieron y la ahogaron. Tus mil preocupaciones, tus «problemas personales», tus afanes y distracciones son cuchillos que matan la palabra en cuanto entra. ¿En qué estás pensando? Nunca en Dios.

La tierra abraza: Otra cayó en tierra buena. Traes la palabra ya leída desde casa. Prestas atención, la acoges como el más preciado tesoro. Al comulgar, te la repites. Y sales de misa meditándola. Y procuras no soltarla en todo el día. Como quien abraza.

(TOA15)

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