Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

Domingos del Tiempo Ordinario (Ciclo A) – Espiritualidad digital

La carrera truncada de un influencer

Facebook tiene 2.500 millones de usuarios. 2.500 millones de personas en el mundo buscan denodadamente «likes».

A Jesús le ofrecieron, de golpe, millones del «likes» si publicaba al gusto de aquellos judíos: Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad, sin que te importe nadie, porque no te fijas en apariencias. Dinos, pues, qué opinas: ¿es lícito pagar impuesto al César o no? Cuatro «likes» por adelantado, y los que te esperan si animas al pueblo a la insumisión fiscal.

Pero la libertad interior del Señor estaba muy por encima de ataduras terrenas: Hipócritas, ¿por qué me tentáis? Así se truncó la carrera de un «influencer» que prefirió ser llevado a una cruz entre gritos que clamaban por su muerte.

Cristo nunca quiso agradar a los hombres, sino a su Padre. Y nos enseñó que amar al prójimo no siempre significa darle la razón o buscar su aplauso, porque la razón es de Dios, y el único aplauso justo es el que a Él se dirige: Dadle a Dios lo que es de Dios.

Ojalá no busques más «like» que el del Señor. Y ya lo tienes. A Dios le gustas mucho.

(TOA29)

Dos o tres buenas noticias

banqueteEl evangelio de hoy contiene dos noticias buenas y una… en fin… no es que sea mala, es que es preocupante.

Vale, lo escribo otra vez: El evangelio de hoy contiene tres buenas noticias, pero una de ellas «se las trae».

El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. Esa boda, que se culminará en el Cielo, comienza, aquí en la tierra, en la Eucaristía.

Buena noticia nº 1: Reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. También los malos están (estamos) invitados al Cielo y, desde luego, a misa.

Buena noticia nº 2: Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el vestido de boda? El traje, si lo quieres, te lo regala el propio Dios. Ve al confesonario, y Dios te vestirá «de punta en blanco».

Buena noticia nº 3: Uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios… Ni te van a llevar a misa esposado, ni vas a entrar en el Cielo a empujones. La invitación está en tu mano; ahora te toca a ti decidir si vas o no vas a la boda. Y eso es lo preocupante. Muchos deciden no ir. ¿Qué harás por ellos?

(TOA28)

Quienes nos hablan en nombre de Dios

Dime si encuentras a algún santo que no haya obedecido a un director espiritual. A La Virgen la dirigió un arcángel, y a san José también. A partir de ellos, y antes de ellos, han sido personas humanas quienes recibieron el encargo de llevar la voz de Dios a sus hermanos. Los profetas dirigieron a Israel, y a santa Catalina el beato Raimundo. Y así, hasta hoy. No encontrarás en la Biblia un momento en que Yahweh hablara directamente a su pueblo, salvo en una ocasión. Y, cuando eso sucedió, el pueblo tuvo que taparse los oídos porque le reventaban los tímpanos.

Envió sus criados a los labradores para percibir los frutos. Fíjate en que el amo no va personalmente a la viña; se sirve de criados y, finalmente, de su hijo. Y fíjate, también, en cómo los trataron los labradores. Mataron a los criados y al hijo.

No hagas tú lo mismo. Escucha a los sacerdotes, elige un director espiritual y obedécele. No creas que una supuesta «línea directa» con Dios te asegura el conocimiento de su voluntad sobre ti. ¡Es tan fácil engañarse, incluso ante el sagrario! Sin embargo, es muy difícil perder el camino cuando se obedece.

(TOA27)

Por verte a ti…

Hace muchos años, el diario ABC publicaba una carta de amor muy peculiar. Venía a ser algo así:

«Por verte a ti, atravesaría el mar a nado. Por verte a ti, cruzaría el desierto sin una gota de agua. Por verte a ti, escalaría los montes más altos»… Y, tras enumerar otras proezas, el enamorado se despedía: «El próximo sábado, si no llueve, iré a verte».

Mirad, ahora, a ese hijo a quien su padre invita a trabajar en la viña: Él le contestó: “Voy, señor”. Pero no fue. ¿Pensáis que mentía cuando prometió ir? Yo creo que no. Y tampoco mentía el enamorado al prometer proezas para ver al amor de su alma. Ambos, al manifestarse dispuestos, dejaban hablar al corazón. Pero una cosa son los deseos, y otra distinta las obras. ¡Somos tan pobrecitos!

Cuando, ante el sagrario, le gritamos al Señor que lo amamos, deberíamos recordar que esas palabras tan hermosas aún debemos hacerlas verdad con nuestra vida. Y pedir ayuda para que así sea. Yo le aconsejaría al enamorado que, antes de lanzarse a cruzar a nado el mar, cogiera el paraguas y saliera a visitar a su novia el sábado próximo. Por algo se empieza.

(TOA26)

¿Para quién trabajas?

Cuando san Martín de Tours estaba a punto de morir, sus sacerdotes le rogaron que se quedara con ellos. Y, aunque él ardía en deseos de ver a Dios, levantó la vista al cielo y exclamó: «No rehúso el trabajo». San Pablo, que también ardía en deseos de ver a Dios, escribió: Deseo partir para estar con Cristo, que es con mucho lo mejor; pero, por otro, quedarme en esta vida veo que es más necesario para vosotros (Flp 1, 23-24). Tanto san Martín como san Pablo trabajaban para Cristo, y estaban dispuestos a prolongar su jornada para servir a tal Señor.

Id también vosotros a mi viña. ¿Y tú? ¿Para quién trabajas? ¿Trabajas para Dios, trabajas para ti, o divides tu tiempo «equitativamente» entre ambos? ¿O estás ocioso?

Al organizar tu tiempo… ¿Reservas, entre tus múltiples tareas, un tiempo para Dios? ¿O le entregas a Dios tu agenda, y dejas que Él se adueñe de tus horas?

¿A qué has renunciado por Cristo? ¿Qué has sacrificado por Él?

¿Quién es tu jefe? ¿A quién obedeces, a ti mismo, o a Dios? ¿Tienes dirección espiritual?

¿Te cansas por Dios?

¡Cuántas preguntas! Y todas se resumen en una: ¿Para quién trabajas?

(TOA25)

¡No me debes nada!

Supón que un día el confesor, en nombre de Dios, te pidiese lo que el siervo de la parábola pidió a su amigo: Págame lo que me debes.

¿Cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?» Jesús le contesta: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete». Debo haber recibido la absolución más de 4.000 veces en mi vida. Casi me acerco a las setecientas veces siete. Como tuviera que pagarle a Dios lo que le debo, no habría infierno suficiente para mí en varias eternidades.

Afortunadamente, eso nunca sucederá. Al menos, entre Dios y yo; y entre Dios y tú, tampoco. Pero ¿qué tal te relacionas tú con tus deudores? No me digas que no los tienes. ¡Si parece que todo el mundo te debe algo!

Esperas que te den cariño, que te traten con respeto, que respondan a tus whatsapps (o, al menos, que los lean), que te escuchen cuando hablas… ¡Vives de espera! Con tu mirada, no dejas de decir: Págame lo que me debes.

Ojalá lo esperes todo de Dios. Él no te defraudará. Y, en cuanto al prójimo… Ojalá lo trates de tal modo que capte tu mensaje: «¡No me debes nada!»

(TOA24)

Ni corrección, ni fraterna

correcciónUn ser querido te ha hecho daño, y has decidido que vas a decirle «cuatro cosas “bien dichas”». Antes de hablar, ya has multiplicado tus propósitos por diez, y has decidido «cantarle las cuarenta». Ya no son cuatro, sino cuarenta; y no vas a hablar, sino a cantar; por soleares. Estás muy decidido, porque tienes al Evangelio de tu parte: Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas. Por supuesto que estaréis a solas; mejor que nadie vea la que vas a montar.

Antes de que hables, o cantes, permite que te quite el Evangelio de las manos; anda, no lo profanes atizando a tu prójimo un «evangeliazo». Así no se evangeliza.

¿Para qué lo vas a hacer? ¿Para ayudar a tu hermano, o para defenderte? ¿Para mostrarle el camino de la verdad, o para protegerte –o desquitarte– de él?

¿Por qué lo vas a hacer? ¿Por cariño, o por despecho? ¿Por celo, o por resentimiento?

¿Cómo lo vas a hacer? ¿Con delicadeza, o con brusquedad? ¿Con respeto, o «se va enterar»?

Y, ahora que tengo yo el Evangelio en la mano… ¿No sería mejor que te callases y esperases, al menos… un par de años?

(TOA23)