Liber Gomorrhianus

Domingos del Tiempo Ordinario (Ciclo A) – Espiritualidad digital

Si Tú me dices ven…

Me estaba acordando de aquella vieja canción: «Si tú me dices ven, lo dejo todo…» Nadie puede negarle el romanticismo, pero muy realista no es. Si Paquito está encima de una barca en plena galerna nocturna, y Antoñita, desde el muelle, le dice «ven», Paquito podrá dejarse el teléfono móvil en cubierta, pero el chaleco salvavidas no lo deja por muy enamorado que esté. Eso contando con que se tire al agua, lo cual está por ver.

Pero si, en lugar de Antoñita, es Jesús quien, desde encima de las olas, te dice «Ven» … Entonces, amigo, puedes olvidarte hasta de la ley de la gravedad. Si Dios te dice que vueles, tú salta con fuerza y alcanzarás las nubes. Cuando se trata de Dios, la obediencia hace milagros.

Por eso me cuesta entender a quienes rápidamente se excusan cuando Dios les pide algo difícil. «Estaba de vacaciones en un pueblucho, y la iglesia se encontraba a doce kilómetros. Dios comprenderá que no podía ir a misa»… O sea: si es difícil, Dios no me lo pide. ¿No debería ser al revés? Si Dios me lo pide, por difícil que sea, Él lo hará posible. Así han vivido los santos.

(TOA19)

¡A quién le importan las perlas finas!

La progresiva secularización de Occidente tiene dos diabólicos aliados: El primero es la falta de celo apostólico en los cristianos, cada vez más recogidos en nuestros templos y familias, y más perezosos para dar testimonio de nuestra fe ante quienes no creen. El segundo es el hedonismo. Es muy difícil que una sociedad tan sensualizada y sexualizada como la nuestra aprecie las finuras del reino de Dios. Es curioso cómo el avance tecnológico ha llevado a nuestra sociedad a semejante grado de embrutecimiento.

El reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas, que al encontrar una de gran valor se va a vender todo lo que tiene y la compra. El problema es que, a día de hoy, los amantes de las perlas finas no abundan; muchos prefieren el estiércol. Es más fácil anunciar el evangelio a un deportista, a un artista o a un filósofo que a una persona adicta al whatsapp cuya única ilusión es acaparar «likes» en las redes sociales. Donde hay virtudes humanas, el evangelio prende mejor.

¿Y dónde no las hay? Allí hace falta un amigo, alguien que enseñe al prójimo, primero, a ser hombre, y, después, a ser cristiano.

(TOA17)

La levadura vs. la masa

El reino de los cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina, hasta que todo fermenta. Esa mujer es la Iglesia. Ella tiene sus manos en el mundo, pringaditas de harina, y con ellas amasa a los cristianos, que desde dentro hacen que el mundo fermente amor a Cristo.

Pero yo veo a algunos que quieren «dialogar» con el mundo, y eso los sitúa al otro lado de la mesa; por tanto, no están en el mundo. Y veo a otros que quieren defenderse del mundo, y eso los sitúa al otro lado de la barricada; tampoco están en el mundo.

No se trata de engrosar las páginas de religión de los periódicos, sino de que haya cristianos escribiendo de política.

No se trata de protegerse en los medios de comunicación «católicos», sino de que haya católicos en todos los medios.

No se trata de crear ambientes cristianos, sino de cristianizar todos los ambientes.

No se trata de llenar los salones de las parroquias. Lo que queremos llenar son las calles y las plazas.

Por eso siento predilección, y nostalgia, por la parábola de la levadura en la masa. Porque quisiera verla cumplida.

(TOA16)

Liber Gomorrhianus

Tritonos y politonos

Estoy hablando con un amigo, y, de repente, explota un tritono. Como un trueno. Mi amigo saca el teléfono del bolsillo y comprueba sus mensajes. Yo, pobre idiota, sigo hablando para nadie. Al poco rato, ya no es un tritono, sino un politono lo que explota. Mi amigo dice «perdona», y atiende al teléfono a quien llegó después que yo. Escucho la conversación, porque el volumen del auricular está alto. Ya no me apetece seguir hablando. ¿Para qué? Le llamaré al móvil si quiero su atención.

Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ése da fruto. ¡Pobre Dios! ¿De verdad crees que te escuchan más que a mí? Desde el observatorio privilegiado del ambón, mientras predico, veo feligreses tecleando en sus smartphones. Una tarde, entro en la capilla, y hay siete personas ante el sagrario. Todos pendientes de sus pantallas, en las que, sin duda, leen textos piadosos. Pero al sagrario nadie lo mira.

Pueden oír, pero cada vez escuchan menos, y entienden menos aún. Porque estos aparatos que nos han adosado al cuerpo están logrando que nadie preste atención a nada, a base de querer estar pendiente de todo a la vez.

(TOA15)

Liber Gomorrhianus

¿Cómo se conoce a Dios?

¿Cómo se hace para conocer a Dios? ¿Es necesario leer muchos libros? Y, aunque lo hayas hecho, ¿conoces, por eso, mejor a Dios? ¿Estás seguro? Puede que sepas más sobre Dios, pero, ¿conoces mejor a Dios por haber leído?

Nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

¿Cómo revela el Hijo al Padre?

Desde luego, no como yo revelo un secreto. Cuando yo revelo a alguien un secreto, primero lo convierto en palabras; después convierto las palabras en voz; después, quien ha escuchado, convierte la voz de nuevo en palabras; y, por último, las palabras desvelan su sentido, y el secreto queda manifiesto.

Cuando Cristo revela al Padre al alma, no emplea palabras, porque Él mismo es el Verbo de Dios. Se sirve del Espíritu, quien sondea los pliegues del alma. Allí, en lo profundo, el Paráclito graba la impronta, la noticia del Padre, directamente, sin que haya mediado palabra humana. Y el alma, entonces, conoce a Dios Padre, Hijo, y Espíritu Santo. Pero, como en ese conocimiento no ha mediado palabra humana, ni se lo puede explicar a sí mismo, ni puede explicarlo a nadie. Es conocimiento silencioso.

Una maravilla.

(TOA14)

«Nos haces dignos»

En la segunda plegaria eucarística, damos gracias al Señor «porque nos haces dignos de servirte en tu presencia».

Y reconocemos –expresamente, antes de comulgar– que no somos dignos de Él.

El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no carga con su cruz y me sigue no es digno de mí.

Las criaturas nos roban el corazón. Tus urgencias están en tu familia y tus seres queridos; tu pensamiento vuela a ellos; tus preocupaciones se las llevan ellos… Y, si miras a Dios, es para pedirle ayuda en esas preocupaciones. ¿No te duelen más los problemas de los tuyos que cualquier crucifijo? ¿No te hieren más los disgustos que te causan los tuyos que los pecados de los hombres? No cargas la cruz. Prefieres tus crucecillas.

«Nos haces dignos de servirte» … Allí, Jesús, sobre el altar, te apoderas de nosotros. Allí nos entregamos. Y nuestras ridículas urgencias se nos hacen poca cosa. Luego comulgamos, y te amamos hasta la extenuación.

O, al menos, así debería suceder.

(TOA13)

¿No te da miedo controlar tanto?

Cuando Jesús nos invita a no temer a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma, no está insinuando que no vayamos a morir. Él murió, y también nosotros moriremos. Lo que quiere decirnos el Señor es que nuestra muerte será fruto de un amoroso designio divino.

¿No se venden un par de gorriones por un céntimo? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre… No tengáis miedo: valéis más vosotros que muchos gorriones.

Ignoro cómo dispone Dios la muerte de un gorrión. Pero sé que el día de mi muerte lo tiene decidido, y que será el mejor para mí, porque llegará cuando más dispuesto me encuentre para volar hacia Él.

Sin embargo… Temed al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la «gehenna». Si el día de mi muerte ha sido decidido por Dios con infinito Amor, mis pecados son decisiones exclusivamente mías. Eso es lo que me aterra. Porque, cuando peco, tomo en mis manos mi vida y la arranco de las manos providentes de Dios.

Ojalá te dieras cuenta: Nada hay más peligroso que el que tu vida esté en tus propias manos.

(TOA12)

El estrés del pianista

En 1998, Giuseppe Tornatore estrenó «La leyenda del pianista en el océano». En esa película narra cómo un hombre, nacido, criado y crecido en un barco, tras más de treinta años durante los cuales jamás abandonó la nave, siente el deseo de bajar a tierra. Cuando sus pies tocan la escalera que lo llevará al muelle, el vértigo se apodera de él. Y, para explicar lo que sintió, le muestra a su amigo el teclado de un piano: tiene un número determinado de teclas, y él puede controlarlas todas. Así es su vida en el barco. Pero el mundo exterior se le antoja un teclado infinito; todo se le escapa. «Es el piano de Dios», dice.

Muchos sufren el estrés del pianista. Sentados en el piano de Dios, quieren controlarlo todo, organizar su vida de modo que nada se les escape… Y no pueden. Un contratiempo, una enfermedad, un fracaso, y se desmoronan.

Los gentiles se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre del cielo que tenéis necesidad de todo eso. El santo duerme y confía. En el piano de Dios, él no es sino una tecla. Le basta ser dócil y dejarse pulsar por la mano del Artista.

(TOA08)

Rezad por los que os persiguen

Igual que un médico recibe en el hospital a quien ha resultado herido por un golpe, los sacerdotes recibimos en el confesonario a hombres y mujeres que sangran por dentro a causa de los desprecios o injurias de sus semejantes. «Padre, esta persona me ha destrozado la vida…» Entonces, el sacerdote le dice: «Anda, reza cada noche un padrenuestro por quien te ha hecho daño». En ese momento, algunos –no todos– responden: «¡No puedo!»

Rezad por los que os persiguen… Sí puedes. Y, si no lo haces, te harás tú más daño a ti mismo que la persona que te hirió. ¿No te das cuenta de que el rencor te ha convertido en su esclavo? ¡Si no eres capaz de dejar de pensar en él! Si esa herida no se cura, te matará por dentro.

No te pido que reces con fervor, ni tan siquiera con cariño. Al principio rezarás ese padrenuestro por pura obediencia, casi maquinalmente. Pero, noche tras noche, te será más fácil. Y una mañana despertarás y comprobarás que has perdonado, que puedes pensar en quien te hirió y no sentir más que compasión. Al final, ese padrenuestro te hizo más bien a ti que a él.

(TOA07)

Un miembro «amputable»

De un padre de la Iglesia llamado Orígenes, que vivió en el siglo III, dicen las malas lenguas que nunca fue canonizado porque, queriendo cumplir las palabras del evangelio de hoy (Si tu ojo derecho te hace caer, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en el infierno), se mutiló a sí mismo amputándose el miembro que le hacía caer. Supongo que son infundios. Pero…

Desde luego que a nadie pide Dios que mutile su cuerpo. Pero sí nos invita a considerar que cualquier renuncia está justificada para evitar el pecado.

Te hablaré de otro miembro más «amputable»: el teléfono móvil. Para muchos, es ya un miembro de su cuerpo. Sin él, no se sienten enteros. Te hablaría de cómo, para muchos adolescentes, ese artefacto es una ventana abierta a la pornografía y a todo tipo de tentaciones que los apartan de Dios.

No pediré que queméis los teléfonos en una pira; yo también tengo el mío. Pero, para evitar que reemplacen a Dios –el Único necesario– os invitaré a prescindir de ellos de cuando en cuando durante varias horas. Es un buen ayuno. Nos libera de esclavitudes inútiles, y nos ata al Señor.

(TOA06)