Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

Domingos del Tiempo Ordinario (Ciclo A) – Espiritualidad digital

¿No te da miedo controlar tanto?

Cuando Jesús nos invita a no temer a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma, no está insinuando que no vayamos a morir. Él murió, y también nosotros moriremos. Lo que quiere decirnos el Señor es que nuestra muerte será fruto de un amoroso designio divino.

¿No se venden un par de gorriones por un céntimo? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre… No tengáis miedo: valéis más vosotros que muchos gorriones.

Ignoro cómo dispone Dios la muerte de un gorrión. Pero sé que el día de mi muerte lo tiene decidido, y que será el mejor para mí, porque llegará cuando más dispuesto me encuentre para volar hacia Él.

Sin embargo… Temed al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la «gehenna». Si el día de mi muerte ha sido decidido por Dios con infinito Amor, mis pecados son decisiones exclusivamente mías. Eso es lo que me aterra. Porque, cuando peco, tomo en mis manos mi vida y la arranco de las manos providentes de Dios.

Ojalá te dieras cuenta: Nada hay más peligroso que el que tu vida esté en tus propias manos.

(TOA12)

El estrés del pianista

En 1998, Giuseppe Tornatore estrenó «La leyenda del pianista en el océano». En esa película narra cómo un hombre, nacido, criado y crecido en un barco, tras más de treinta años durante los cuales jamás abandonó la nave, siente el deseo de bajar a tierra. Cuando sus pies tocan la escalera que lo llevará al muelle, el vértigo se apodera de él. Y, para explicar lo que sintió, le muestra a su amigo el teclado de un piano: tiene un número determinado de teclas, y él puede controlarlas todas. Así es su vida en el barco. Pero el mundo exterior se le antoja un teclado infinito; todo se le escapa. «Es el piano de Dios», dice.

Muchos sufren el estrés del pianista. Sentados en el piano de Dios, quieren controlarlo todo, organizar su vida de modo que nada se les escape… Y no pueden. Un contratiempo, una enfermedad, un fracaso, y se desmoronan.

Los gentiles se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre del cielo que tenéis necesidad de todo eso. El santo duerme y confía. En el piano de Dios, él no es sino una tecla. Le basta ser dócil y dejarse pulsar por la mano del Artista.

(TOA08)

Rezad por los que os persiguen

Igual que un médico recibe en el hospital a quien ha resultado herido por un golpe, los sacerdotes recibimos en el confesonario a hombres y mujeres que sangran por dentro a causa de los desprecios o injurias de sus semejantes. «Padre, esta persona me ha destrozado la vida…» Entonces, el sacerdote le dice: «Anda, reza cada noche un padrenuestro por quien te ha hecho daño». En ese momento, algunos –no todos– responden: «¡No puedo!»

Rezad por los que os persiguen… Sí puedes. Y, si no lo haces, te harás tú más daño a ti mismo que la persona que te hirió. ¿No te das cuenta de que el rencor te ha convertido en su esclavo? ¡Si no eres capaz de dejar de pensar en él! Si esa herida no se cura, te matará por dentro.

No te pido que reces con fervor, ni tan siquiera con cariño. Al principio rezarás ese padrenuestro por pura obediencia, casi maquinalmente. Pero, noche tras noche, te será más fácil. Y una mañana despertarás y comprobarás que has perdonado, que puedes pensar en quien te hirió y no sentir más que compasión. Al final, ese padrenuestro te hizo más bien a ti que a él.

(TOA07)

Un miembro «amputable»

De un padre de la Iglesia llamado Orígenes, que vivió en el siglo III, dicen las malas lenguas que nunca fue canonizado porque, queriendo cumplir las palabras del evangelio de hoy (Si tu ojo derecho te hace caer, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en el infierno), se mutiló a sí mismo amputándose el miembro que le hacía caer. Supongo que son infundios. Pero…

Desde luego que a nadie pide Dios que mutile su cuerpo. Pero sí nos invita a considerar que cualquier renuncia está justificada para evitar el pecado.

Te hablaré de otro miembro más «amputable»: el teléfono móvil. Para muchos, es ya un miembro de su cuerpo. Sin él, no se sienten enteros. Te hablaría de cómo, para muchos adolescentes, ese artefacto es una ventana abierta a la pornografía y a todo tipo de tentaciones que los apartan de Dios.

No pediré que queméis los teléfonos en una pira; yo también tengo el mío. Pero, para evitar que reemplacen a Dios –el Único necesario– os invitaré a prescindir de ellos de cuando en cuando durante varias horas. Es un buen ayuno. Nos libera de esclavitudes inútiles, y nos ata al Señor.

(TOA06)

Los amigos de un apóstol

Mientras le explicaba que la salvación del hombre consiste en creer en Cristo y amarlo, me miraba con gesto torcido. Esperó a que terminase mi explicación, y me dijo: «¿No es injusto? Yo he sido bendecido con la fe. Pero si otros no han conocido a Jesucristo, ¿qué culpa tienen?». Le respondí: «Ellos no tienen culpa. La culpa es tuya».

Vosotros sois la luz del mundo. No se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín. Ése es uno de mis mayores miedos: que nuestras parroquias se conviertan en celemines, que nuestros feligreses no sientan la urgencia de iluminar el mundo.

Si le pides a un discípulo de Cristo que te presente a sus amigos, debería presentarte a un buen grupo de ateos, adúlteros, blasfemos e increyentes. Si, en lugar de eso, te presenta a sus hermanos de la parroquia, motivos hay para echarse a temblar.

Que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre. El apóstol no es el pesado que sermonea sin motivo, ni el tibio que reza como una viejecita y come y bebe como un pagano. El apóstol es quien vive entre pecadores como un santo, y los ama con el Amor de Dios.

(TOA05)

Tienes que subir una montaña

Subió a la montaña y se puso a hablar.

Pero, antes de hablar, subiendo a la montaña ya había comenzado su discurso: «Tenéis que subir una montaña para estar conmigo».

Bienaventurados los pobres de espíritu… Los que lloran… Los mansos… Los que tienen hambre y sed de justicia… Los misericordiosos… Los limpios de corazón… Los que trabajan por la paz… Los perseguidos por causa de la justicia…

No se puede experimentar la dicha de los bienes espirituales si primero el alma no se ha liberado del apego a los bienes materiales. Es preciso ser pobre y no necesitar nada, llorar las lágrimas de Dios, renunciar a la ira, no desear sino la santidad, dejar atrás el odio, romper las cadenas de la voluptuosidad, renegar de la paz egoísta del mundo, y desentenderse de la propia imagen. Si no se escala esa montaña, es imposible gozar de la dicha celeste.

He ahí el problema del cristiano occidental: quiere seguir viviendo entre placeres terrenales, y disfrutar también los gozos del espíritu; tener todo aquí, y todo lo de allí. Reza como un santo, y vive como un pagano. Pero se engaña. Si no sube la montaña, por mucho que rece, está perdido.

(TOA04)

Evangelio 2017

La lámpara y el sol

Hay dos formas posibles de iluminar una habitación oscura: encender dentro de ella una bombilla, o abrir las ventanas y dejar entrar la luz del sol.

Si enciendes una bombilla, toda la luz queda dentro de la estancia. Apetece quedarse allí, porque asumes que fuera es de noche. ¿Dónde irías? Mejor te acomodas, te sirves algo, y lees o juegas. Muchos iluminan su existencia de esta forma: tienen trabajo, tienen sus seres queridos, disfrutan del deporte y creen que no necesitan nada más. ¿Para qué romper los estrechos límites de sus vidas y salir fuera? Alguien debería avisarles de algo que quizá no sepan: las bombillas siempre se acaban fundiendo.

El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande. La segunda forma de iluminar una habitación consiste en abrir las ventanas y dejar entrar al sol con toda su fuerza. La habitación, entonces, se te vuelve cárcel ante la belleza del mundo exterior. Te vistes aprisa y sales. Sucede cuando dejas que Cristo, el Sol de Dios, entre en tu vida. Venid y seguidme, y os haré pescadores de hombres. Lleno de ilusión, te revistes de Cristo y lo abandonas todo. Eres un aventurero de la mañana, un apóstol.

(TOA03)

Evangelio 2017

Éste

Para muchas personas, el hecho de acudir al sacramento del Perdón y tener que confesar siempre los mismos pecados supone una dura prueba. Se sienten hipócritas, creen que la confesión es una rutina, y en ocasiones incluso deciden no volver al confesonario.

A estas personas habría que decirles que no son especiales. De algún modo, a todos nos sucede lo mismo. Y, si la vida cristiana consistiera, principalmente, en vencer al pecado, tendríamos que reconocer que somos un fracaso rotundo.

Pero la vida cristiana no es eso: Éste es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo, declara Juan. La segunda parte, –que quita el pecado del mundo– quizá la conocemos, porque para eso acudimos al sacramento del Perdón: para que nos libre del pecado. Pero la parte principal podríamos haberla olvidado: Éste.

¿Quién es Éste? ¿Quién es Cristo? Quienes luchan contra el pecado y no lo conocen me dan pena. Se esfuerzan sin saber por qué.

¿Quieres ser cristiano? Sé de Cristo. Conócelo, trátalo, ámalo, contémplalo hasta que el corazón se derrita en tus entrañas. Y, cuando estés realmente enamorado, entonces, quizá, te portarás mejor. No hay nada como saber por qué hace uno las cosas importantes.

(TOA02)

Evangelio 2017

La vela encendida del niño bueno

vela   Nos hemos agarrado, como a un clavo ardiendo, a esa enseñanza del Catecismo según la cual quien muere en gracia de Dios se salva.

   Yo no soy quién para poner en duda las enseñanzas del Catecismo, pero, francamente, me producen pánico los clavos ardiendo. Para empezar, los clavos no son para agarrarse; para eso están las barandillas. Para seguir, si, además de no servir para agarrarse, el clavo está ardiendo, lo normal es que uno no aguante más de veinte segundos agarrado a semejante soporte.

   – Tuve miedo y fui a esconder mi talento bajo tierra… – Eres un empleado negligente y holgazán (…) A ese empleado inútil echadle fuera, a las tinieblas.

   Entre tú y yo: ¿crees, de verdad, que agradarás a Dios si, cuando te llame, le muestras, intacta, la vela de tu bautismo? ¿Crees que sonreirá cuando le digas que has llevado la llamita de la gracia cubierta con las manos para que no te la apaguen los paganos? ¿Crees que Él verá las cosas como tú, y considerará un triunfo el que hayas conservado la fe?

   Mejor que despiertes ahora. Esa vela no era para que la conservases encendida. Era para que incendiases la Tierra. Y date prisa.

(TOA33)

Buscando la receta de las alubias…

alubias   Era una de las cuestiones de moda, argumento de las tertulias políticas de la época: ¿debía pagarse tributo al César invasor? ¿Estaba justificada la rebelión fiscal? Quizá hubiera decenas de opiniones. Aún hoy, la cuestión sigue viva en muchos ambientes: ¿debe un cristiano pagar impuestos a un Estado que financia abortos? Y, de nuevo, decenas de respuestas…

   Acuden los fariseos al Maestro, y lo hacen –en apariencia– como quien busca la respuesta autorizada que zanje la cuestión. Realmente no era así; querían comprometer a Jesús con una pregunta. Le dicen: Dinos, pues qué opinas.

   Jesús nunca quiso pronunciarse sobre cuestiones opinables. ¿Para qué le habría otorgado Dios al hombre el raciocinio, si Él mismo zanjase las cuestiones opinables? El Maestro se escapó, como siempre, hacia arriba: pagadle al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios. Es decir: «La moneda que lleva impresa la imagen de Dios –vuestra alma– dádsela a Él. Sed santos, y discutid si queréis sobre el impuesto. Pero, primero, sed santos».

   Ésa es la misión de la Iglesia, y la de los sacerdotes. No os diremos cómo se cuecen las alubias; os pediremos que las cocinéis con amor de Dios.

(TOA29)

“Guía