Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

Domingos del Tiempo Ordinario (Ciclo A) – Espiritualidad digital

Si te lo pide Dios…

que nada se desperdicieJamás pienses que, porque te resulte imposible una tarea, eso significa que Dios no te la pida. Yo que tú, pensaría exactamente lo contrario: si Dios te pide «eso», probablemente «eso» es imposible.

Mira a los apóstoles: apenas tienen cinco panes y dos peces, y Jesús, señalando a una multitud de más de cinco mil hombres, les dice: Dadles vosotros de comer.

¿Qué haces cuando Dios te pide lo imposible; cuando apenas puedes, con esfuerzo, ser bueno, y Dios te pide que seas santo; cuando en nada puedes arreglar la vida del hermano que sufre, y Dios te pide que lo redimas; cuando te tambaleas ante la tentación, y Dios te pide virtud heroica?

Lo primero que haces es sentirte nada. Y, después, tienes tres opciones:

1.– Te das la vuelta y te marchas, como el joven rico. No quieres seguir tratando con un Dios que te pide «eso».

2.– Te engañas a ti mismo, y te creas un ídolo, un Dios «a la carta» que no pida tanto, y que se conforme con pedir «posibles».

3.– Traédmelos. Le das el Señor tu nada, tus cinco panes, y te asombras, extasiado, de cómo Dios, con tu nada, redime la Tierra.

(TOA18)

Lleno de alegría

El evangelio de hoy, en tres palabras: lleno de alegría.

Pongámoslas en su contexto: El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra, lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo. Mientras el hombre vende sus posesiones, no lo imaginas llorando. Lo imaginas con prisa y con gozo, deseando deshacerse de todo aquello para poder comprar el campo y recoger el tesoro. Aun no lo tiene, pero ya disfruta mientras piensa en la dicha que se avecina. ¿Sabes cómo se llama eso? Esperanza.

Para alcanzar el tesoro del Cielo, hay que renunciar a todo en esta vida. Algunos sueñan con alcanzarlo sin renuncias, aderezando con devociones una vida burguesa; pero ésos no llegarán. Otros renuncian con tristeza; cuando su fe les pide un sacrificio, lo hacen de mala gana, lamentando su suerte. Esos quizá alcancen la vida eterna, pero habrán perdido la felicidad de la vida temporal.

El santo es una fiesta «con patas». Renuncia a todo, y sonríe, porque ya pregusta en la Tierra el tesoro del Cielo. ¿Sabes cómo se llama eso? Esperanza. La luz de la vida.

(TOA17)

El burro y las moscas

Era yo niño, y vi un burro. No recuerdo dónde. Pero recuerdo que me hechizó: las moscas se posaban en su cabeza hasta casi cubrirla sin que él hiciera nada por espantarlas. Parecía que les diera alojamiento cariñosamente. Cuando eran tantas que ya le cubrían los ojos, pegaba un bufido, y todas salían volando. A los pocos segundos, estaban de nuevo allí. Y el burro… tan manso, tan acogedor.

He recordado al burro ante aquellos criados, impacientes al ver a la cizaña entre el trigo: ¿Quieres que vayamos a arrancarla? Pero el amo muestra la casta de mi borrico: Dejadlos crecer juntos hasta la siega.

Si una mosca se nos posa en la frente, la espantamos. Si nos duele algo, intentamos calmar el dolor. Si alguien nos molesta, nos apartamos de él. Nos impacientamos porque nos asedian las tentaciones. Nos irritamos porque hay guerras e injusticias…

No quiere Dios que amemos el mal; el mal es odioso. Pero, antes de que el mal sea erradicado… ¿No querrá Dios que aprendamos a vivir con paciencia en un mundo imperfecto? Y, antes de que corone nuestras luchas con la victoria, ¿no querrá que aprendamos a amarnos a nosotros mismos en nuestra imperfección?

(TOA16)

El esfuerzo no crea el árbol

Muchos recordamos aquel libro que se hizo popular en los años setenta del siglo pasado: «El inglés sin esfuerzo», de Assimil. Miles de españoles se lanzaron, entonces, a la tarea de aprender inglés, soñando con que entraría solo, como por arte de magia… pero, sin esfuerzo, no entraba. Había que estudiar. Menudo chasco.

Tampoco existe la santidad sin esfuerzo. El propio Señor dijo: Esforzaos en entrar por la puerta estrecha (Lc 13, 24). Pero, en el caso de la santidad, el esfuerzo no basta. Quienes entiendan la santidad como el fruto de un «esfuerzo moral» fracasarán en el intento. Con esfuerzo, podemos ser buenos. Para ser santos, es preciso algo más.

Salió el sembrador a sembrar… La siembra y el cuidado de la semilla requieren esfuerzo. Pero, sin semilla, no hay árbol. El germen del árbol está, todo él, contenido en esa pequeña semilla que se rodea de cuidados y sudores.

Recuérdalo bien: no serás santo, por mucho que te esfuerces en mejorar, sin la Palabra de Dios y los sacramentos. Ellos son los que siembran en tu alma la semilla. Escucha la Palabra, confiesa y comulga con frecuencia. Y, después… esfuérzate por mejorar. Verás como todo es más fácil.

(TOA15)

Dime lo que buscas…

Gran parte de vosotros, cuando os acercáis al sacerdote, o cruzáis la puerta de la iglesia, buscáis algo. Escribo «gran parte», porque hay algunos que, simplemente, se acercan «porque toca». Pero cada vez son menos. La mayoría buscáis algo. ¿Qué buscáis? Algunos buscáis consuelo. Otros buscáis perdón. Muchos buscáis orientación, necesitáis ayuda para saber qué hacer en tal o cual circunstancia de la vida.

Pero el gran don de Dios a sus hijos amados no es el consuelo, ni la limpieza, ni el consejo, aunque son tres dones maravillosos y sobrenaturales. El gran don de Dios se encuentra en estas palabras del Señor: Te doy gracias, Padre, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a la gente sencilla. El conocimiento, la contemplación en alabanza del propio Dios es la plenitud del gozo del cristiano. Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo (Jn 17, 3).

Aunque lo que buscamos sea bueno, reconocerás que, en ocasiones, somos demasiado «prácticos» y poco contemplativos. Eso nos mata el alma.

¿Cuántos os acercáis a la iglesia, o al sacerdote, con un ruego urgente: «¡Hábleme de Cristo!»?

(TOA14)

Ama mucho; ama bien

sagrado corazónNo aceptes, en tu corazón, ningún afecto que no esté bien guardado en el Corazón de Cristo. Ojalá quieras mucho a los tuyos. Ojalá quieras mucho a tus amigos. Ojalá quieras mucho a tus enemigos. Ojalá quieras mucho a quienes apenas conoces. Ojalá te reviente el corazón, de tanto amar. Ojalá quieras tanto, que sea el Corazón de Cristo quien ame en ti. Aunque, para ello, necesitas mucha oración, mucha vida sacramental, mucha intimidad con el Señor.

El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí. Jesús no te pide que ames menos a los tuyos, sino que los ames más. Porque si los amas con ese pobre corazón tuyo, tan lleno de apegos, tan egoísta, tan «controlador», tan herido, esos afectos te acaban separando de Dios. ¡Cuántos padres, por «amor» a sus hijos, los acaban apartando de su vocación! ¡Cuántos hijos, por «amor» a sus padres, acaban destruyendo su matrimonio!

¡Ámalos más! Ámalos desde el Corazón del Salvador. Ámalos tanto, que estés dispuesto a morir para que ellos sean santos.

(TOA13)

Los peligros de la doble vida

Se sorprendió Bartolomé de que Jesús le dijera: «Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño»… «Cuando estabas debajo de la higuera, te vi» (Jn 1, 47-48). Sin duda, lo que sucedió bajo la higuera, cuando Bartolomé pensaba que nadie lo veía, fue algo noble. Por eso dice Jesús que es un israelita sin doblez: es el mismo cuando lo ven que cuando no lo ven, a oscuras que bajo los focos.

En «Nacida ayer» (George Cuckor, 1950), un joven periodista le dice a la novia de un mafioso: «No hagas nada que te avergonzara ver publicado en  primera página del “New York Times”». Es un gran consejo.

Nada hay encubierto, que no llegue a descubrirse; ni nada hay escondido, que no llegue a saberse. Ten cuidado con la doble vida. Si algo tienes que hacer entre tinieblas, si tienes que esconderte para que no te vean, teme. Porque lo que escondes se conocerá, en esta vida, o el día del Juicio. Si no quieres que algo se sepa… no lo pienses.

Pero, sobre todo, teme por ti. La doble vida te parte en dos. Y, partido en dos, no eres dos; eres medio. Estás muerto.

(TOA12)