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Domingos del Tiempo Ordinario (Ciclo A) – Espiritualidad digital

Una tarea urgente

Hace más de treinta años, un amigo, viendo que yo iba a misa todos los días, se sinceró conmigo: «¡Ojalá fuese yo como tú! Nadie sabe lo que sufro por las noches, dando vueltas en la cama y pensando en el sinsentido de todo. Ojalá creyese que Dios está conmigo y mi vida sirve para algo».

He creído en Dios desde la infancia. Pero episodios como éste me han hecho asomarme a la tragedia de vivir sin Dios. Mi amigo era de los que pensaban, y el pensar lo avocaba a la angustia. Otros no piensan y, simplemente, se dejan morir procurando arañar en su caída unas gotas de placer. ¡Qué triste placer! ¡Qué triste, la vida sin Dios!

Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres. Pescar hombres no es como pescar peces. A los peces los sacas del agua y los matas. Pero los hombres se ahogan en el agua de la muerte y la angustia, y quien los saca los rescata. Algunos quieren pescarlos con el anzuelo de falsas doctrinas para atraparlos en sus redes. Pero nosotros conocemos una verdad que libera al hombre y lo abre a la eternidad.

Es un crimen callar.

(TOA03)

La necesidad más acuciante del hombre

Si recopilásemos todas las súplicas que los hombres dirigieron a Cristo, veríamos que la mayoría estaban dirigidas a la sanación de enfermedades: ciegos, cojos, sordos, leprosos… Incluyo también a los endemoniados. Hubo fariseos que pidieron al Señor un signo del cielo. La madre de los Zebedeos le suplicó dos carteras ministeriales para sus hijitos. Y la petición más sublime que recibió Jesús durante su vida probablemente fuera la última, la más sencilla, la proferida por el buen ladrón: «Acuérdate de mí»…

Sólo él y las prostitutas que enjugaron los pies del Señor con sus lágrimas pidieron ser limpiados de sus culpas. Quizá ellos fuesen quienes mejor comprendieron la misión de Cristo. En cuanto a los demás, muchos de ellos tenían más prisa por recuperar la salud que por librarse del pecado.

Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado de mundo. Juan podría haber dicho: «Este es el que quita el dolor de cabeza», o «el que acabará con el hambre en el mundo». Pero no lo dijo. Porque tenía claro qué es lo que más necesita el hombre, y qué es lo que el Hijo de Dios ha venido a traer a la tierra.

¿Lo tienes tú?

(TOA02)

“Evangelio

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