Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

Domingos del Tiempo Ordinario (Ciclo A) – Espiritualidad digital

Y ¿qué es de Dios?

Me pregunto si aquellos fariseos entendieron la respuesta lapidaria de Jesús.

Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

Está claro que la dichosa monedita tenía grabada la imagen del César. Bien, pues que se la devuelvan. Pero ¿qué es de Dios?

¿Qué tengo que darle a Dios? O ¿qué tengo que devolverle, si acaso poseo algo que sea suyo?

¿Por qué tengo que ir a Misa el domingo? ¿Por qué tengo que guardar castidad en el noviazgo? ¿Por qué tengo que estar abierto a la vida en el matrimonio? ¿Por qué tengo que rezar?

Porque no te perteneces; tú eres de Dios. Porque eres pobre, y todo lo recibiste de Él. Porque el Bautismo te marcó con el sello de Cristo, como están marcadas las ovejas con el sello del pastor. Le perteneces.

Pero, en este mundo, la pertenencia es riqueza del amo. Dios, sin embargo, ya es rico sin ti. Le perteneces porque te ama, y su Amor te libera. Todo lo que le entregas te lo devuelve transfigurado.

Dar a Dios lo que es de Dios es entregarle tu vida sin reservas. Y gozar de su Amor sin límites.

(TOA29)

Si fuera por Dios…

¿Quién va al cielo?

Quienes fían la respuesta al designio de Dios se equivocan. Si fuera por Dios, todos los hombres irían al cielo.

«Id ahora a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis, llamadlos a la boda». Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos.

Dios quiere a todos los hombres en el cielo, malos y buenos. El primero en entrar fue un ladrón. Pero eso no significa que, necesariamente, todos entren.

Mandó a sus criados para que llamaran a los convidados, pero no quisieron ir. Nadie entra a una boda a rastras y esposado por la policía. Hay quienes, teniendo abiertas las puertas de la iglesia, no quieren entrar en misa. Tampoco querrán entrar, entonces, en el cielo.

Y hay quien no quiere vestir su alma ni confesar sus culpas para poder comulgar dignamente. «Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el vestido de boda?» El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los servidores: «Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas».

En ambos casos, la culpa es del hombre. Si fuera por Dios, ninguno de sus invitados se condenaría.

(TOA28)

Se marchó lejos… y está ¡tan cerca!

¿Vosotros veis a Dios con vuestros ojos?

No.

Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó una torre, la arrendó a unos labradores y se marchó lejos.

Desde su ascensión al cielo, Dios encarnado se marchó lejos. Lejos de nuestros sentidos. No lo vemos. Y –creedme– es bueno, aunque duela, que no lo veamos, porque su presencia nos intimidaría y limitaría nuestra libertad.

Envió sus criados a los labradores. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro y a otro lo apedrearon. Como aquellos labradores, aprovechando la lejanía de Dios, el hombre se ha adueñado de la Creación. Y abomina de aquéllos que le recuerdan que existe un Dios dueño de todo.

Pero si esos ojos, que no pueden ver a Dios, se abrieran bien… Verían su huella en la Creación, en el fluir de la vida, en la palabra de quienes nos recuerdan que ese Dios nos ama… y en la dicha de un tiempo de oración ante un sagrario.

No. Nuestros ojos no pueden ver a Dios. Pero si se abren ante el misterio, el alma cae de rodillas y adora.

Pobres ciegos.

(TOA27)

Síes que son noes y noes que son síes

Así escribe san Pablo: El Hijo de Dios, Jesucristo, no fue sí y no, sino que en él sólo hubo sí (2Cor 1, 19).

Lo mismo podría decirse de la santísima Virgen. En ella sólo hubo sí. Un sí definitivo y llevado hasta el final.

Pero en nosotros… Somos una permanente mezcla de sí y no, de noes que parecen síes y síes que parecen noes, noes que se convierten en síes y síes que se vuelven noes. Menudo trabalenguas.

Llama el padre al primer hijo: Él le contestó: «No quiero». Pero después se arrepintió y fue. Llama al segundo: Él le contestó: “Voy, señor”. Pero no fue. Son modelos tremendamente humanos. El segundo es de ésos que siempre quieren agradar, pero realmente no quieren sacrificarse por nadie; pura fachada. El primero es de aquéllos que siempre están a la defensiva. Les pidas lo que les pidas, su primera respuesta es invariablemente  «no». Pero después recapacitan, bajan las defensas y, siempre que puedas sufrir ese primer «no», sabes que cuentas con ellos.

En cuanto a nosotros, hemos dicho algunos síes que nos comprometen. Llevémoslos hasta el final. También hemos dicho algunos noes a Dios; quizá estamos a tiempo de rectificar.

(TOA26)

Dentro de la parábola (final alternativo)

He intentado introducirme en la parábola, como el niño que se cuela entre las hojas del cuento. Y he sido uno de esos jornaleros contratados al amanecer.

Al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Des­pués de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña.

Soy cristiano desde la niñez. Apenas recuerdo un solo domingo en que no haya asistido a Misa.

He estado trabajando en esa viña. No he trabajado bien. Muchas veces, a causa del calor, he abandonado mi puesto y he buscado un árbol para refugiarme a su sombra. Otras veces he realizado el trabajo de mala manera, como queriendo acabar. También me he distraído con quienes trabajaban a mi lado, perdiendo el tiempo y haciéndoselo perder a ellos.

Pero, cada vez que levantaba la mirada y veía al Capataz, al Viñador que nos observaba desde la Cruz, me decía a mí mismo: «¡Qué orgullo trabajar para Él!», y me aplicaba a mi labor con redoblado empeño.

Por eso, cuando, al final del día, el Dueño me dio el salario y me dijo: Toma lo tuyo y vete, le respondí: «No me voy. Renuncio al denario si me permites quedarme contigo».

(TOA25)

El perdón de corazón, en cinco pasos

Hay quien tiembla al escuchar el evangelio de hoy. Tras proclamar la parábola de aquel siervo sin entrañas, Jesús sentencia: Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada cual no perdona de corazón a su hermano.

Aquí comienza el temblor. Porque a todos nos han herido, y no siempre podemos estar seguros de haber perdonado. Menos aún, cuando Jesús habla de perdonar de corazón. ¿Puedo estar seguro de haber perdonado «de corazón»? ¿Qué es perdonar de corazón?

Te diré primero lo que no es. Perdonar no es que la ofensa no te duela. No confundas dolor con rencor. «Cada vez que pienso en ello, me duele; luego no debo haber perdonado». Mentira. Eso sólo significa que te hicieron daño, y la herida no ha sanado. Ese dolor no es pecado.

Para empezar, perdonar es querer perdonar. Si quieres perdonar, vas por buen camino. También es renunciar a hacerle pagar la ofensa al ofensor. Demos un paso más: Ofrece el dolor causado por el alma de quien te lo causó. Cuarto paso: reza por quien te hizo daño. Y, en quinto lugar: No tienes por qué intimar con quien te hirió; pero, si se acerca a ti… trátalo bien.

(TOA24)

Los acomodadores

Recuerdo cuando había acomodadores en el cine. Ahora en el cine no los hay, pero esperamos que quien nos quiera nos acomode. Amor y confort se han identificado peligrosamente.

Muchos piensan que los sacerdotes debemos hacer que la feligresía se sienta cómoda en la iglesia. La predicación, aparte de no aburrir, debe ser consoladora, relajante y reconfortante. Que el fiel se sienta bien.

¿Qué haremos, entonces, con las verdades incómodas? ¿Callamos, para no incomodar? ¿Sacrificamos la verdad en el altar de la comodidad?

Si tu hermano peca contra ti, repréndelo.

Pero reprender no es cómodo, ni para quien reprende, ni para el reprendido. La Iglesia debe acoger a todos, sin excepción. Pero eso no significa que todos deban sentirse cómodos. Además de acoger, hay que amar. Y no negar a nadie el don de la verdad, por incómoda que pueda resultar. Si digo que Dios es bueno, los feligreses sonríen. Si digo que no se debe comulgar en pecado mortal, se encrespan. Si hablo del amor, sonríen. Si digo que el adulterio es pecado, se levantan y se van.

Pero Dios no me pide que les dé la razón. Me pide que los ame. Y eso supone decirles la verdad.

(TOA23)

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