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Domingos del Tiempo Ordinario (Ciclo A) – Espiritualidad digital

Un rey dormido

Cristo es un rey dormido.

El sagrario, la custodia, las manos del sacerdote, y tu propio cuerpo cuando comulgas son lechos donde descansa el Rey. Por eso muchos piensan que Dios ha muerto.

El mal avanza, gana terreno y la tierra se puebla de injusticias. Tú quisieras un signo, un gran milagro que arreglase definitivamente las cosas… y ese signo no llega. Comulgas, y no sientes nada. Te postras frente al sagrario, y te parece que estás ante una caja vacía. Rezas, y tienes la impresión de que nadie escucha.

Pero, no te engañes, Cristo está allí. Duerme para que aprendas a esperar, a confiar, y a descansar también tú.

Un día –así lo prometió, y lo cumplirá– se levantará del sueño, y entonces se rasgarán los cielos y gritarán los sagrarios. Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con él, se sentará en su trono de gloria.

Entonces hará justicia. Tendrás el signo que esperabas. Pero el Juicio será muy sencillo. A unos les dirá: Venid. A otros les dirá: Apartaos. Nadie se sorprenderá. Porque dirá venid a quienes siempre quisieron ir a Él. Y dirá apartaos a quienes vivieron huyendo de Él.

(XTOREYA)

Holgazán, y parlanchín

Es costumbre muy nuestra la de cargar las culpas sobre otro cuando nos sorprenden en falta. Si ese otro es, precisamente, quien nos ha sorprendido, mejor: que se sienta culpable quien acusa, y así los acusados pareceremos víctimas. Lo hizo Adán, cuando culpó a Dios de haberle dado por mujer a quien le tentó con el pecado.

Y lo hizo el siervo negligente y holgazán de la parábola. Al verse acusado por su señor, cargó las culpas sobre él: Siegas donde no siembras, y recoges donde no esparces.

Así leído, impresiona. ¿Quién va a ponerse de parte de uno que siega donde no siembra y recoge donde no esparce?

Yo mismo. Además, tiene razón el holgazán «piquito de oro». Dios es así. Sembró la semilla del reino en doce hombres, y, poco después, recogió sangre de mártires y fe de enamorados por toda la tierra. ¿Cómo lo hizo? Sirviéndose del amor de aquellos Doce, cuyos corazones abrasados prendieron fuego al orbe entero.

En cuanto a ti, holgazán «piquito de oro», te excusas muy bien, pero en tu propia excusa se encuentra tu peor acusación: Tuve miedo. Exacto: tienes miedo a dar la vida. Si no cambias, no sirves para apóstol.

(TOA33)

Un empate preocupante

La parábola de las diez vírgenes no divide a los hombres entre justos y pecadores. Las diez vírgenes se duermen, y caen en el pecado capital de la pereza. La diferencia que provoca que unas vean perdonada su falta y otras no radica en que cinco de ellas eran necias y cinco eran prudentes. La parábola trata, por tanto, de listos y tontos, no de buenos y malos.

Asusta la proporción: cinco a cinco. Empate. De cada diez pecadores, cinco son tontos. Pienso ahora en los lectores de estas líneas, y en quien las escribe. Probablemente, somos todos pecadores. Pero… ¿en qué cincuenta por ciento nos contamos?

Espero que la meditación de la Palabra nos haga contarnos entre los listos. Pero no basta. Además, debemos ser buenos. Y buenas hubieran sido las vírgenes prudentes si, en lugar de negar el aceite a las necias cuando ya no había remedio, les hubieran advertido antes de que cayera la noche y les hubieran aconsejado que tomaran alcuzas junto con las lámparas.

No te conformes con ser listo. Sé bueno, sé apóstol. Aunque seas apóstol entre los tontos, harás una labor maravillosa si, por tus advertencias, llegan a ser tan listos como tú.

(TOA32)

¡Papá, mírame!

Si de los fariseos dijo Jesús que todo lo que hacen es para que los vea la gente, ojalá se pueda decir de ti que todo lo que haces es para que te vea Dios.

¿Te has fijado en ese niño que, mientras su padre lee el periódico en un banco del parque, sube al tobogán y grita: «¡Papá, mírame!». El padre, aunque sabe que no verá nada extraordinario, aparta la vista del periódico, mira a su niño y sonríe. Y el niño, feliz de sentirse mirado por papá, se lanza rampa abajo… «– ¿Me has visto? – Sí, hijo, lo haces muy bien». Quizá había decenas de personas más contemplando la escena, pero el pequeño no teme al ridículo, y no le importan más ojos que los de su padre. Ni se fija en si le miraban los demás.

Te parecerá una escena infantil, y lo es. Pero, qué quieres que te diga, ojalá nuestra vida pudiera resumirse en esa escena. Ojalá fuésemos tan niños que prescindiéramos de cualquier respeto humano, y no tuviéramos otro deseo que hacer sonreír a nuestro Padre Dios y ser aprobados por Él, aunque los hombres nos tuvieran por idiotas, por locos… o por santos.

(TOA31)

¡Es tan fácil!

La Ley fue entregada por Dios a Moisés y a los antiguos: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente. Pero, según palabras de Jesús, ninguno de vosotros cumple la ley (Jn 7, 19).

¿Cómo cumplirla? Ellos eran hombres, y Dios gloria y majestad suprema. La distancia entre el Altísimo y un ser formado del barro de la tierra era inmensa. Además, ellos, al igual que nosotros, no sabían amar sin que ese amor se manifestase a través de la carne. ¿Cómo amar a quien no ves, a quien no puedes besar, a quien no te dirige una sonrisa? ¿Cómo amar con todo el corazón al «Ipsum esse subsistens»?

No he venido a abolir la ley –dirá también el Señor–, sino a darle plenitud (Mt 5, 17). Mira a un crucifijo. ¡Es tan fácil enamorarse ahora! Mira la sagrada Hostia. ¡Si casi lloras ante su pureza y su humildad! Mira un Belén. ¡Cómo no amar!

Dios se ha encarnado. Y quienes tenemos corazón de carne podemos amarlo con todo el corazón. Lo único extraño, ahora, es que haya hombres que no lo amen, porque no quieren conocerlo. ¡Si lo conocieran!

(TOA30)