Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

Domingos del Tiempo Ordinario (Ciclo A) – Espiritualidad digital

El esfuerzo no crea el árbol

Muchos recordamos aquel libro que se hizo popular en los años setenta del siglo pasado: «El inglés sin esfuerzo», de Assimil. Miles de españoles se lanzaron, entonces, a la tarea de aprender inglés, soñando con que entraría solo, como por arte de magia… pero, sin esfuerzo, no entraba. Había que estudiar. Menudo chasco.

Tampoco existe la santidad sin esfuerzo. El propio Señor dijo: Esforzaos en entrar por la puerta estrecha (Lc 13, 24). Pero, en el caso de la santidad, el esfuerzo no basta. Quienes entiendan la santidad como el fruto de un «esfuerzo moral» fracasarán en el intento. Con esfuerzo, podemos ser buenos. Para ser santos, es preciso algo más.

Salió el sembrador a sembrar… La siembra y el cuidado de la semilla requieren esfuerzo. Pero, sin semilla, no hay árbol. El germen del árbol está, todo él, contenido en esa pequeña semilla que se rodea de cuidados y sudores.

Recuérdalo bien: no serás santo, por mucho que te esfuerces en mejorar, sin la Palabra de Dios y los sacramentos. Ellos son los que siembran en tu alma la semilla. Escucha la Palabra, confiesa y comulga con frecuencia. Y, después… esfuérzate por mejorar. Verás como todo es más fácil.

(TOA15)

Dime lo que buscas…

Gran parte de vosotros, cuando os acercáis al sacerdote, o cruzáis la puerta de la iglesia, buscáis algo. Escribo «gran parte», porque hay algunos que, simplemente, se acercan «porque toca». Pero cada vez son menos. La mayoría buscáis algo. ¿Qué buscáis? Algunos buscáis consuelo. Otros buscáis perdón. Muchos buscáis orientación, necesitáis ayuda para saber qué hacer en tal o cual circunstancia de la vida.

Pero el gran don de Dios a sus hijos amados no es el consuelo, ni la limpieza, ni el consejo, aunque son tres dones maravillosos y sobrenaturales. El gran don de Dios se encuentra en estas palabras del Señor: Te doy gracias, Padre, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a la gente sencilla. El conocimiento, la contemplación en alabanza del propio Dios es la plenitud del gozo del cristiano. Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo (Jn 17, 3).

Aunque lo que buscamos sea bueno, reconocerás que, en ocasiones, somos demasiado «prácticos» y poco contemplativos. Eso nos mata el alma.

¿Cuántos os acercáis a la iglesia, o al sacerdote, con un ruego urgente: «¡Hábleme de Cristo!»?

(TOA14)

Ama mucho; ama bien

sagrado corazónNo aceptes, en tu corazón, ningún afecto que no esté bien guardado en el Corazón de Cristo. Ojalá quieras mucho a los tuyos. Ojalá quieras mucho a tus amigos. Ojalá quieras mucho a tus enemigos. Ojalá quieras mucho a quienes apenas conoces. Ojalá te reviente el corazón, de tanto amar. Ojalá quieras tanto, que sea el Corazón de Cristo quien ame en ti. Aunque, para ello, necesitas mucha oración, mucha vida sacramental, mucha intimidad con el Señor.

El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí. Jesús no te pide que ames menos a los tuyos, sino que los ames más. Porque si los amas con ese pobre corazón tuyo, tan lleno de apegos, tan egoísta, tan «controlador», tan herido, esos afectos te acaban separando de Dios. ¡Cuántos padres, por «amor» a sus hijos, los acaban apartando de su vocación! ¡Cuántos hijos, por «amor» a sus padres, acaban destruyendo su matrimonio!

¡Ámalos más! Ámalos desde el Corazón del Salvador. Ámalos tanto, que estés dispuesto a morir para que ellos sean santos.

(TOA13)

Los peligros de la doble vida

Se sorprendió Bartolomé de que Jesús le dijera: «Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño»… «Cuando estabas debajo de la higuera, te vi» (Jn 1, 47-48). Sin duda, lo que sucedió bajo la higuera, cuando Bartolomé pensaba que nadie lo veía, fue algo noble. Por eso dice Jesús que es un israelita sin doblez: es el mismo cuando lo ven que cuando no lo ven, a oscuras que bajo los focos.

En «Nacida ayer» (George Cuckor, 1950), un joven periodista le dice a la novia de un mafioso: «No hagas nada que te avergonzara ver publicado en  primera página del “New York Times”». Es un gran consejo.

Nada hay encubierto, que no llegue a descubrirse; ni nada hay escondido, que no llegue a saberse. Ten cuidado con la doble vida. Si algo tienes que hacer entre tinieblas, si tienes que esconderte para que no te vean, teme. Porque lo que escondes se conocerá, en esta vida, o el día del Juicio. Si no quieres que algo se sepa… no lo pienses.

Pero, sobre todo, teme por ti. La doble vida te parte en dos. Y, partido en dos, no eres dos; eres medio. Estás muerto.

(TOA12)

Sólo para los muy pobres

En cierta ocasión, san Francisco fue asaltado por unos ladrones. Salió huyendo, y ellos lo persiguieron hasta la cueva donde vivía. Una vez allí, se dio la vuelta, y, sonriendo, les ofreció la poca comida que guardaba. Ya comprenderéis que poco tenía que perder aquella alma de Dios; su único deseo era, más bien, ganar para Cristo los corazones de quienes le robaban.

Si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también el manto; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos. La única persona capaz de cumplir estas palabras es quien, como el santo, ha dado todo por perdido, y nada quiere conservar en este mundo. Todo lo doy por perdido, y lo tengo por basura, con tal de ganar a Cristo (Flp 3, 8).

No podrás poner la otra mejilla si no has renunciado a tu orgullo. No podrás entregar túnica y manto si no has renunciado al abrigo. No podrás acompañar dos millas a quien te lo pide si no has renunciado a tu tiempo. Y no podrás ganar a Cristo si, primero, no has dado por perdido todo en este mundo.

(TOA07)

No bajes el listón; déjate levantar

Rebajar la exigencia del Evangelio es traicionar a la verdad. Leemos el Sermón de la Montaña, e, inmediatamente, nos disculpamos: «Bueno, no es para tanto. Aunque Jesús dice: El que se casa con la repudiada comete adulterio, yo os digo que esa mujer puede rehacer su vida si encuentra amor en otro hombre». Consideramos imposible cumplir el Evangelio, y, como no tenemos fe, bajamos el listón para volverlo posible, soñando que Dios nos respaldará. ¡Ay de nosotros!

Más nos valdría afrontar la verdad: el Evangelio es imposible de cumplir. La Ley era difícil, el Sermón de la Montaña es imposible. Esforzándome, puedo evitar matar o adulterar. Pero si el que se deja llevar de la cólera o el que mira a una mujer deseándola merece el Infierno… Entonces no puedo salvarme.

¿Qué haré? Rebajar el listón es una idiotez y una estafa. Prefiero a san Agustín: «Dame lo que mandas, y manda lo que quieras». Me arrodillaré, pediré el milagro de un corazón nuevo, acudiré a la oración y a los sacramentos, y dejaré que la gracia divina me renueve interiormente. Ella, con mi pobre cooperación, hará posible en mí lo que para mí es imposible. Dios me hará santo.

(TOA06)

Ventanas abiertas a la luz

El Sermón de la Montaña no estaba dirigido exclusivamente a las personas que escuchaban al Maestro. Jesús pronunció aquellas palabras pensando en nosotros:

Vosotros sois la luz del mundo.

Se refiere a ti. Y, para que entiendas hasta qué punto esa llamada es signo de predilección divina, te diré que Jesús dijo algo idéntico de sí mismo:

Yo soy la luz del mundo (Jn 8, 12).

¿Entiendes que estás llamado a ser «otro Cristo»? Aunque no de la misma forma. Jesús es el sol. Tú y yo debemos ser unas ventanas abiertas, que iluminan la habitación. En la medida en que nos hacemos transparentes a la gracia, llenamos de claridad la tierra.

¿En qué se te nota que eres cristiano? Quienes no frecuentan la iglesia no te ven rezar. Y si, fuera del templo, vives como viven los demás…

Si estás alegre en medio de las dificultades, serás luz. Si perdonas incluso las peores ofensas, serás luz. Si te preocupas por todos, serás luz. Si no hablas mal de nadie, serás luz. Si sabes encontrar un momento a solas con un amigo para hablarle de Cristo, serás luz. Y, si todos los cristianos fuéramos luz, el mundo estaría muy iluminado.

(TOA05)