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Domingos del Tiempo Ordinario (Ciclo B) – Espiritualidad digital

El precio de tu pecado

La frase de san Marcos es, como todo su evangelio, muy escueta: Se le acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: «Si quieres, puedes limpiarme». Tras esas breves palabras, se oculta una escena sobrecogedora. Porque el leproso, considerado impuro, no ocultaba su enfermedad, sino que tenía obligación de anunciar a gritos su presencia. Y las gentes que estaban allí, mientras se acercaba, no salían de su asombro. Se apartaban para no contaminarse, y, finalmente, guardando las debidas distancias, dejaron al enfermo a solas con Jesús.

Todo un preludio de la Cruz. Pero, en la Cruz, el leproso era Él. Y quienes, antes, se habían pisado unos a otros con tal de tocar la orla de su manto, ahora se apartaban de Él para no ensuciarse con la maldición del que cuelga de un madero.

Compadecido, extendió la mano y lo tocó diciendo: «Quiero, queda limpio». Al tocarlo, contrajo Jesús la impureza del enfermo, y a él le devolvió la limpieza.

Recuérdalo cada vez que confieses tus pecados, y llora de amor. Porque, para que tú quedes limpio, el Hijo de Dios ha tenido que ser tomado por maldito. Pecar no sale gratis… A Jesús le ha costado mucho redimirte.

(TOB06)

No seas tan «dialogante»

El pasado domingo, Jesús ordenaba callar a un demonio, y lo expulsaba lejos. Hoy nos cuenta san Marcos que el Señor, en Cafarnaúm, expulsó muchos demonios. Y, en esta ocasión, ni siquiera necesitó hacerles callar, porque no les permitía hablar.

Apréndelo, y no lo olvides. La perdición de Eva tuvo lugar en el mismo momento en que respondió a la pregunta de la serpiente sobre las prohibiciones de Dios. Entabló diálogo con el enemigo, y ese diálogo la perdió a ella, y nos perdió a todos. Tú no cruces jamás palabra con el tentador. Todo el diálogo que pudieras tener con él ya lo tuvo Jesús en el desierto. No te hace falta añadir nada.

¿Quieres ejemplos? La primera tentación del día: suena el despertador, y una vocecilla te susurra: «quédate en la cama, aún tienes tiempo». Y tú, como si quisieras dejarte engañar, respondes, medio en sueños: «Bueno… Si no me afeito, y desayuno de pie, y luego voy en coche al trabajo…» Ya estás perdido. Más te hubiera valido tirarte al suelo ante aquella voz y haber alabado a Dios. Habrías callado al demonio, y comenzado bien el día.

Podría ponerte más ejemplos, pero no me queda sitio.

(TOB05)

No sé quién eres, pero sabes quién soy

Puede que sea la forma más clara de dominio sobre otra persona, y por eso los demonios quisieron ejercerla sobre Jesús:

Sé quién eres: el Santo de Dios.

A menudo lo decimos: «Te conozco; a mí no me engañas». Desvelar el misterio de otra persona equivale a poseerla, del mismo modo que uno se apodera de un artefacto cuando conoce su funcionamiento.

Pero los demonios se equivocaban. La pregunta: «Jesús, ¿quién eres?», esa misma pregunta que Jesús formuló a sus apóstoles, es un pozo sin fondo; no tiene respuesta humana posible. Cualquiera que ame a Jesucristo sabe que su misterio es inescrutable. Siempre podemos conocer algo más de Él, y, cuanto más conocemos, más conscientes somos de lo que se nos oculta. ¡Qué aventura, dedicar la vida sólo a conocer a Jesucristo! Uno podría morir sin haber llegado más allá de un apasionado aprendiz.

¡Es tan poco lo que conocemos, incluso de nosotros mismos!

Sin embargo, Señor, mi misterio es un libro abierto ante Ti. Tú me conoces mejor de lo que yo me conozco a mí mismo. Y, al conocerme, me posees sin dominarme. Soy yo quien me rindo ante tu Amor. Porque sólo por Ti me siento comprendido.

(TOB04)

Date la vuelta y mira

Somos tan moralistas que pensamos que la conversión consiste en pasar, de hacer las cosas mal, a hacerlas bien. Pero ese paso, cuando sucede, es posterior a la conversión. Convertirse significa girarse para mirar. Estás mirando la televisión, y tu hijo te llama. Apartas los ojos del televisor y miras a tu hijo. Te has convertido.

Aunque convertirse a Jesucristo es algo ligeramente más radical. Se ha cumplido el tiempo. Convertíos y creed en el evangelio. Simón y Andrés, que estaban echando las redes en el mar, se giran, miran a Jesús, e inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Desde ese momento, sus miradas, fijas hasta entonces en su trabajo, pasaron a tener al Señor como único centro de atención. Puede que siguieran haciendo las cosas mal, pero esa mirada los fue enamorando, y el amor los transformó hasta santificarlos por completo.

No te ocultaré que la conversión supone un movimiento violento. Porque transformar un movimiento de rotación –siempre pensando en ti mismo– en uno de traslación –cuando toda tu vida gira alrededor de Cristo– no se logra sin violencia. Pero esa santa violencia, lubricada por el Amor, marcará la única batalla de tu vida que merece ser luchada.

(TOB03)

A la hora de la siesta

Las cuatro de la tarde no es el momento más despejado del día. El sopor que comienza a azotar al hombre a partir de la una, alimentado ya por la comida, se vuelve casi insoportable y cubre la mente como una pesada colcha de sueño. Los ojos se cierran, y se baja la guardia. Para muchos, la una es la hora del vermut, las dos la de la comida, y las cuatro la de la siesta. A las cinco (en el mejor de los casos) retornan a la vida. Pero vermut, comida y siesta ocupan esa franja del «demonio meridiano».

Cuando Juan y Andrés siguieron a Jesús y lo conocieron, era como la hora décima.  La hora décima son las cuatro de la tarde, la hora de la siesta. Mientras el mundo roncaba, después del vermut y la comida, dos hombres velaban y conocían a Dios.

No te asustes, que no te diré que destierres la siesta; ni tan siquiera el vermut. Pero no te dejes vencer fácilmente por la carne. Mira cómo acabó la siesta del rey David.

Lo único que te digo es que, a quien permanece en vela, en ocasiones, le suceden cosas maravillosas. Luego, tu verás.

(TOB02)

“Evangelio