Lirbos de José-Fernando rey ballesteros

Domingos del Tiempo Ordinario (Ciclo B) – Espiritualidad digital

El escándalo de la Cruz

¡Qué curioso! Cuando Jesús proclamaba sus parábolas, los apóstoles solían preguntarle, a solas, por el sentido de aquellas enseñanzas, y Jesús se lo explicaba en privado. Sin embargo, cuando Jesús anunció que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres y lo matarán, entonces les daba miedo preguntarle. No fuera a ser que les dijera la verdad.

La Cruz siempre ha sido el gran escándalo. Escándalo para los judíos, necedad para los gentiles (1Co 2, 23).

Los apóstoles eran judíos. Creían que Dios otorgaría al justo el triunfo en esta vida, y que el Mesías instauraría su reino en los palacios de Israel. ¿Cómo pensar en un Mesías derrotado, humillado y muerto a manos de los hombres? En cuanto a los gentiles, no tenían otra esperanza que comer, beber y enriquecerse. Quien escogiera para sí pobreza y humillación era, sencillamente, un necio.

Si crees que, por ser cristiano, triunfarás en este mundo, más vale que te desengañes. Y si deseas, como los gentiles, comer, beber y enriquecerte, mejor busca en otro sitio. Pero si eres, en verdad, cristiano, te enamorarás de la Cruz, la abrazarás con todas tus fuerzas, y encontrarás en ella vida eterna.

(TOB25)

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El arte de amar bien

SimónCuando, después de resucitar, a orillas del Lago, Jesús preguntó a Simón Pedro si lo amaba, éste respondió: Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo (Jn 20, 27).

¿Era verdad? Creo firmemente que sí. Aunque hubiese negado por tres veces a su Señor, creo que Pedro amaba con pasión a Jesucristo. Pero también creo que, por entonces, lo amaba mal. Amar mal no es no amar; puede ser el comienzo de amar bien.

Cuando Jesús anunció que debía padecer y morir, Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo. Eso es amar mal. Y, por ello, Jesús se volvió y, mirando a los discípulos, increpó a Pedro: «¡Ponte detrás de mí, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!».

Ama mal quien piensa que amar es evitar que el ser amado sufra. Hay padres que aman mal a sus hijos y, por evitarles sufrimientos, los maleducan. Realmente, lo que buscan evitar es su propio dolor.

Amar no es evitar sufrimientos al ser amado, sino sufrirlos con él. A menudo le pedimos a Dios que nos quite la cruz. Y Él no nos la quita, porque nos ama bien. Por eso la sufre con nosotros.

(TOB24)

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Un hombre de fiar

En el libro «Dios existe, yo me lo encontré», André Frossard cuenta cómo fue educado en el ateísmo. Su único contacto con la religiosidad lo tuvo a través de su abuelo, un judío que era, además, el alcalde. De vez en cuando, el Ayuntamiento amanecía decorado con pintadas: «Reza menos y no robes».

Si te dicen de alguien que reza, y sabes que roba, ¿te mueve su ejemplo a creer? Sin llegar a extremos: si te dicen de alguien que es piadoso, y lo ves desaseado, su casa desordenada, impuntual en las citas, chapucero en su trabajo… ¿podrá esa persona arrastrarte a la fe?

Decían: «Todo lo ha hecho bien». He ahí la grandeza de Jesús: su humanidad misma movía a la fe, porque le hacía creíble. Imagínalo trabajando en el taller con mimo y cuidado de los detalles; imagina lo agradable que sería hablar con Él, por el tono de su conversación; imagina aquella delicadeza con los panes que sobraron, para que nada se perdiese…

Tú, que estás llamado a ser apóstol, debes ser persona «de fiar». Además de piadoso, sé atento, limpio, puntual, ordenado, veraz… Y así, quienes te escuchen se sentirán más movidos a fiarse de ti.

(TOB23)

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Dale a Dios lo que Dios quiere

La queja que Jesús recoge de la Escritura para llorar sobre su pueblo debería hacernos dar un respingo. ¿No la estaremos mereciendo también nosotros?

Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío.

«Culto» es aquello que ofrecemos a Dios. Rezamos, y ofrecemos palabras de alabanza, contrición o petición. Ofrecemos, también, el tiempo que empleamos en el servicio divino. Y está bien, pero Dios quiere más: su corazón está lejos de mí.

Dios quiere que le entregues el corazón. Y no se refiere al músculo, pero tampoco se refiere a ese magma de sentimientos que pueblan las «revistas del corazón». Ni le entregas el corazón a Dios porque derrames lágrimas mientras rezas, ni se lo niegas porque experimentes sequedad.

El «corazón» al que se refiere la Escritura es algo mucho más profundo: son tus deseos. ¿Deseas, de verdad, ser santo? ¿Deseas ser humilde? ¿Deseas ser casto? ¿Cuánto lo deseas?

Fomenta, en tu oración, los santos deseos; hazlos cada vez más grandes, aunque luego tengas que sufrir la pobreza de tus obras. Pero esos deseos tuyos, tenlo por seguro, empaparán tus palabras, y llegarán al cielo como ofrenda agradable.

(TOB22)

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Creo en Ti

¿Qué es la fe?

¿Crees que consiste en poner una muesca en todas las proposiciones del Credo y decir: «vale, me lo creo»?

¿Crees que consiste es «estar a favor» de Jesucristo y su Iglesia?

¿Crees que consiste en vivir «como si» todo lo que dice el Evangelio fuera verdad, esperando heredar la vida eterna tras la muerte?

No digo que no haya fe en esas actitudes, pero ninguna de ellas define la fe. La fe consiste, principalmente, en ver en Cristo al Hijo de Dios, fiarte de Él, y poner tu vida en sus manos irremediablemente.

–¿También vosotros queréis marcharos? – Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios.

¡Bendito Simón! Con sus palabras, viene a decir: «No comprendo lo que has dicho, pero me fío de ti». Más adelante, el Espíritu le haría entender.

Cuando alguien me dice: «Creo en Jesucristo, pero no creo en los curas», siempre respondo: «Haces muy bien. Yo, que soy cura, tampoco creo en los curas. Pero creo en un Jesucristo tan bueno y poderoso que hasta se sirve de los curas para guiar y alimentar a su pueblo».

(TOB21)

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Con permiso de santo Tomás…

Siento la perdigonada que me dispongo a soltar tras los dos puntos: Quando vero iam ex se non habet aliquem motum, sed movetur tantum ab alio, tunc dicitur animal mortuum, per defectum vitae. Espero no haber causado víctimas. Son palabras de la Suma Teológica de santo Tomás. Y vienen a decir que, cuando un animal no puede moverse por sí mismo, sino que tiene que ser movido por otros, el bicho está muerto.

Venero a santo Tomás. Pero pensaré que esas palabras están dichas para los bichos, humanos incluidos. Y que tienen una milagrosa excepción en un humano que es perfecto hombre y el Hijo de Dios.

Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo.

La Hostia que habita entre mis dedos en cada misa no se mueve por sí misma. Y tiene que ser movida por mí. «¡Pero si pareces un pobre inválido, Jesús! ¡Si hasta para bendecir a tu rebaño tengo yo que llevarte de la mano!».

Pero está vivo. Tan vivo, que Él es la vida. Tan vivo que, si no lo comulgo, soy yo el que muero, aunque siga moviéndome por mí mismo.

Quisiera hablar de esto con santo Tomás. Me diría cosas preciosas.

(TOB19)

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Pan del cielo

Sagrada HostiaCuando decimos «cielo» señalamos a lo alto. No creemos que Dios habite tras las estrellas, pero la comparación nos sirve. El lugar donde Dios habita, como las nubes, se encuentra en alto. Para llegar, debemos realizar una ascensión costosa que conlleva remontar la fuerza gravitatoria de la concupiscencia de la carne y del pecado.

No fue Moisés quien os dio pan del cielo, sino que es mi Padre el que os da verdadero pan del cielo. El pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo. El maná que comieron los hebreos en el desierto descendía del cielo de los astros. Pero el pan que nos da Cristo viene del cielo de Dios.

La Hostia que se posa en mis manos en cada misa viene de Dios y es Dios. Ese pan no es de este mundo. Aunque sus accidentes lo sean, su sustancia, Él mismo, es divina.

Cuando la comes, comes Dios y comes cielo. Si comulgas bien, te llenas de cielo por dentro, porque recibes vida eterna. Esa vida no puede apagarla la muerte, está por encima de la muerte y del pecado.

No olvides nunca de dónde viene el pan que comulgas.

(TOB18)

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