La Resurrección del Señor

Domingos del Tiempo Ordinario (Ciclo B) – Espiritualidad digital

La turra

Soy un pesado, ya lo sé, no paro de dar la turra con lo mismo, y lo peor es que no quiero parar. Lo repetiré una y otra y mil veces: El cristianismo no es un artículo de consumo espiritual para burgueses, ni una forma de hacer amigos o de encontrar novio/a, ni un club exclusivo de personas espiritualmente exquisitas. El cristianismo es una explosión de júbilo cuya onda expansiva lanza a los cristianos lejos de sus casas, de sus familias, de sus amigos y hasta de sus propias vidas para enviarlos al encuentro de quienes no creen. Y si el cristianismo no es eso, es que lo hemos matado definitivamente. El «podéis ir en paz» con que concluye la Misa es una bomba que desperdiga a los fieles, no una invitación al aperitivo en el bar de enfrente.

¿A cuántas personas que no creen les has hablado de Cristo en los últimos quince días? Hasta que no respondáis todos con diez, quince, cien, doscientos… no quiero parar de dar la turra.

Jesús llamó a los Doce y los fue enviando de dos en dos… Ellos salieron a predicar la conversión. Al menos, esta turra no la he comenzado yo.

(TOB15)

Mamá, no seas pesada

Se quejan muchas madres –más que los padres, por cierto– del poco caso que les hacen sus hijos mayores cuando les aconsejan que vayan a misa los domingos, o les imploran que bauticen a los nietos… Al final, la conversación siempre acaba así: «Mamá, no seas pesada».

Y yo les respondo que no sean pesadas. No por dar la razón a los hijos, que no la tienen, sino porque la insistencia de mamá no sirve para nada. Ojalá sus hijos encuentren a un buen amigo que les hable de Dios. Será humillante para ellas, pero, en ocasiones, una sola palabra del amigo hace más efecto que todos los consejos de mamá durante años.

No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa.

Mamá, no te desgañites. Tus palabras no sirven, porque tus hijos las han oído mil veces. Jesús redimió a los nazarenos padeciendo por ellos en la Cruz. Por tanto, aprende que ese dolor tuyo, ofrecido junto al de Cristo, es más eficaz que todos tus sermones. Pasó el tiempo de hablar a tus hijos de Dios. Es hora de hablarle –si es preciso, con lágrimas– a Dios de tus hijos.

(TOB14)

La sanación interior

En la infancia, los padres, muchas veces, hacen de escudo para que los hijos no sufran. Pero llega un momento en la vida en que nos alcanza el verdadero dolor, y allí no están mamá y papá para cubrirnos. De niño, si te caías de la bicicleta, te raspabas la rodilla y, en una semana, aquello había pasado. De mayor, te visitan dolores que vienen para quedarse.

Vete en paz y queda curada de tu enfermedad. Si Cristo sanó enfermedades corporales, aquello era símbolo de la verdadera sanación: la interior. A quien ama a Jesús, la enfermedad, si no resulta sanada, lo lleva al cielo. Pero las heridas más sangrantes son las del corazón y el alma.

Soledad, angustia, preocupación… Eso nos mata por dentro. Y entonces nos arrodillamos ante el crucifijo, y encontramos al Compañero. El corazón traspasado del Señor aquieta nuestro corazón afligido y, de repente, nos sorprendemos diciendo: «¡Da gusto sufrir contigo, Jesús!»

¿Y qué te diré de las heridas del alma, los pecados? Nos postramos ante el sacerdote, y, en cada absolución, la sangre de Cristo nos purifica. Salimos como niños recién nacidos.

Por eso aclamamos: «¡Tú que has sido enviado a sanar los corazones afligidos!»

(TOB13)

Cuando Dios duerme

¿Nunca has leído el salmo 106? Es toda una profecía de ese momento en que Jesús, levantándose del sueño, calmó la tormenta que hacía temblar a los apóstoles.

Él habló y levantó un viento tormentoso, que alzaba las olas a lo alto: Subían al cielo, bajaban al abismo, el estómago revuelto por el mareo. Rodaban, se tambaleaban como borrachos, y no les valía su pericia. Pero gritaron al Señor en su angustia, y los arrancó de la tribulación. Apaciguó la tormenta en suave brisa, y enmudecieron las olas del mar (Sal 106, 25-29).

Es fascinante, no me lo negarás. Y, con todo, aquel milagro nunca debió suceder. Es la única vez en que Jesús, tras realizar un milagro, regaña a quien se lo pidió: ¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?

Jesús obró el milagro en consideración a la debilidad de los apóstoles. Pero, si hubieran tenido fe, al ver al Señor dormido se hubieran calmado. Si Jesús duerme, eso es señal de que no sucede nada malo. Cuando Jesús vele en Getsemaní, sin embargo, se dormirán ellos. Y entonces era preciso velar.

Si Dios duerme, no lo despiertes. Duerme también tú, todo va bien. Aunque no lo parezca.

(TOB12)

Si no siembras…

Sucedió hace años a las puertas de mi parroquia. Ella estaba fuera, fumando, fumaba muchísimo. Y se le acercó una mujer para pedirle fuego. Mientras le encendía el cigarrillo, observó las lágrimas en sus ojos y le dijo: «Parece que te vendría bien entrar y hablar con el sacerdote». Cosas que pasan, aquella mujer, que llevaba muchos años sin pisar una iglesia, hizo caso del consejo y entró a hablar con el sacerdote. Y se confesó, se quedó a misa, y se convirtió.

El reino de Dios se parece a un hombre que echa semilla en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo.

Quienes no se atreven a hablar de Dios jamás conocerán el fruto que podrían haber dado sus palabras. Si no siembras, nunca recogerás. Y si el fruto es para Dios y para la felicidad de quienes están perdidos, no sembrar, no hablar de Dios, es un serio pecado de omisión.

«¿Para qué voy a hablar, si no me harán caso?» ¿Y tú qué sabes? ¡Podría contarte tantas historias como la de arriba!

Siembra sin miedo, y reza. Lo demás déjaselo a Dios.

(TOB11)

Los ojos, en la luz

Si miras al sol y lo ves oscuro, ¿dónde está la oscuridad? No en el sol, sino en tus ojos. Se te ha nublado la vista, te han cubierto las sombras y estás ciego.

Los escribas decían: «Tiene dentro a Belzebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios». Tienen delante al Sol, y sólo ven tinieblas. Tienen enfrente a Dios, y sólo ven demonios. Quizá se aficionaron a mirar demonios, y así se les llenaron los ojos de sombras.

No me gustan esos cristianos que ven demonios por todas partes. ¿Les duele la cabeza? ¡El Demonio! ¿Pierden el autobús? ¡El Demonio! ¿Les disgustan los políticos? ¡El Demonio! ¿Les cae mal una persona? ¡El Demonio! Andan detrás de exorcismos e imposiciones de manos, cuando deberían buscar aspirinas y un psicólogo sensato. De tanto mirar al Demonio, se les ha llenado el alma de tinieblas. Son cristianos tristes.

Ya sabemos que los demonios existen, y que tratarán de perturbarnos. Pero lo que más les gusta es captar nuestra atención. Es preciso sufrirlos y, santamente, ignorarlos. Los ojos del cristiano tienen que estar fijos en Cristo, la luz que enamora y ahuyenta las tinieblas del alma. Sonríe.

(TOB10)

¡Queda limpio!

Piensa en una persona cercana que te caiga particularmente mal. No me digas que no la encuentras, que no me lo creo. Te creo más si me dices que tendrías que elegir entre unos cuantos. Ok, piensa en el peor de todos, en ése a quien no puedes ver ni en pintura. Quizá te ha hecho daño; quizá, simplemente, te resulta desagradable; o, quizá, las dos cosas a la vez.

Se le acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: «Si quieres, puedes limpiarme». Fíjate en él: la gente se apartaba a su paso para que no los contaminase, no querían ni respirar el mismo aire que aquel pobre hombre. Su aspecto físico era repugnante, nadie quería mirarlo. Jesús, sin embargo, lo miró con compasión, extendió la mano y lo tocó diciendo: «Quiero: queda limpio».

Vuelve ahora a pensar en esa persona a quien no soportas. Pídele prestados a Jesús sus ojos, y mírala con ellos… Verás, en primer lugar, que es una persona que sufre. ¿No te das cuenta de que lleva el sufrimiento en la cara? ¡Como tú! Mira su sufrimiento y compadécete. Acércate sin miedo a ella, no temas tocarla… y quien habrá quedado limpio ¡serás tú!

(TOB06)

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