El Mar de Jesús de Nazaret

Domingos del Tiempo Ordinario (Ciclo B) – Espiritualidad digital

Amores que matan

Pedro quería muchísimo a Jesús… Pero lo quería mal. Quien te quiere mal te puede acabar matando.

«El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser ejecutado»… Entonces Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo.

Haríamos lo que fuese por ahorrar dolores a nuestros seres queridos. Y nos equivocamos. Como se equivoca la madre que le da a su hijo cuanto pide, con tal que no sufra. Si su amor no se purifica, lo matará.

Simón estaba dispuesto a matar para evitar el sufrimiento de Jesús… Pero no estaba dispuesto a sufrir con Él. Lo negó tres veces.

¡Ponte detrás de mí, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!

Mira cómo ama, cómo piensa Dios; aprende a amar. Tú le pides al Señor que te libre de tus dolores, y Él, en lugar de acabar con tu dolor, lo sufre contigo. Cuando aprendas, cuando pienses como Dios, sabrás que el amor no consiste en evitar dolor al ser amado, sino en sufrirlo con Él. Y, así, el amor a Jesús no te moverá a querer bajarlo a Él de la Cruz, sino a subir tú a esa Cruz para con Él sufrir, morir y resucitar.

(TOB24)

“Evangelio

Un milagro con exceso

Se le fue a Jesús la mano. Y, queriendo curar a un mudo, curó a cientos a la vez. Cuando, después, quiso arreglarlo, ya no era posible. ¡Cualquiera vuelve a meter la pasta de dientes dentro del tubo!

Será mejor, Señor, que midas tus fuerzas en el próximo milagro.

Te presentaron a un sordo que, además, apenas podía hablar. Y Tú suspiraste y le dijiste: Effetá (esto es, «ábrete»). Pero lo gritaste tan fuerte, que aquella palabra, además de sanar al enfermo que estaba ante ti, alcanzó, con su poder, a los cientos de personas que te rodeaban. De repente, se les soltaron las mordazas de los respetos humanos, y sus bocas, libres de cobardías y demonios mudos, comenzaron a proclamar tu nombre a grandes voces.

Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos.

No los culpes, Jesús, por gritar tu gloria. Míranos, más bien, a nosotros. ¡Son tan pocos quienes aclaman tu nombre por las calles! ¡Son tantos los cristianos que enmudecen ante el mundo por vergüenza!

¡Grítalo! Grítalo de nuevo, desde el Cielo, con más fuerza que nunca: Effetá. ¡Y que se acaben los mudos!

(TOB23)

Te siento lejos

Por si acaso te resulta familiar, te relataré una escena terrible:

Él y ella están sentados, comiendo. Hablan poco. Al comenzar el segundo plato, uno de los dos se queja:

– ¿Dónde estás?

– Estoy aquí.

– No, no estás aquí. Estás lejos. Te siento lejos.

– Son cosas tuyas. Estoy aquí, a tu lado. Quizá sea el cansancio.

– No es cansancio. Estás a mil kilómetros de mí.

Tras este breve diálogo se cierne la sombra de una infidelidad. Si un ser querido te siente lejos cuando estás a centímetros de él, deberías mirarte por dentro y sincerarte, primero, contigo mismo. Pero si quien se queja de que te siente lejos es Dios…

Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí.

Examínate; hay mucho en juego. Rezas, pero tu corazón no late. Cumples, pero no vibras. Dices creer, pero te aburres junto a Dios. ¿Dónde estás? ¿A mil kilómetros de Dios? ¿Quién, o qué, te ha llevado hasta allí? Vengo a decirte que Dios te siente lejos.

Vuelve, vuelve deprisa. Rompe esas cadenas; trae de nuevo el corazón a la alabanza de tus labios. ¿No te das cuenta de que nada ni nadie te hará feliz sino Dios?

(TOB22)

Cuando Dios no es «manejable»

Cuando Juan Bautista envió a dos discípulos a preguntar a Jesús si era Él el que tenía que venir, Jesús les dijo: Bienaventurado el que no se escandalice de mí (Mt 11, 6).

Por desgracia, fueron muy pocos. Gran parte de quienes rodearon al Señor lo siguieron mientras Cristo era «manejable», como lo es cualquier instrumento que te reporta un beneficio. Buscaban milagros, disfrutaban de la compañía de un hombre maravilloso, se deleitaban escuchando palabras de esperanza, se alegraban cuando alguien expulsa al demonio de sus hijos… Mientras pudieran «manejar» al Señor y beneficiarse de su poder, lo siguieron.

Pero cuando Jesús desplegó ante ellos palabras que los desbordaban; cuando identificó la salvación con la deglución de su cuerpo y la ingestión de su sangre… Entonces se escandalizaron. A ese Jesús no lo podían manejar. O se entregaban a Él por completo, o lo abandonaban.

¿Quién puede hacerle caso?… Se echaron atrás y no volvieron a ir con él.

Jesús, desolado, se acercó a sus apóstoles.

Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna.

Bienaventurado el que no se escandalice de mí. Bienaventurado Simón. Tampoco había entendido el discurso, pero se fio de Jesús. Después comprendió.

(TOB21)

Vacaciones en el mar

A Facundo y Hortensia les han regalado sus hijos un crucero por las islas griegas para celebrar sus bodas de oro. Pero, al leer el programa, se dan cuenta de que el domingo van a pasarlo sobre las olas. Así pues, deciden consultar a su párroco, don Heliodoro, muy recto él. Y don Heliodoro, muy recto él, les dice: «Si no tenéis posibilidad de ir a misa, no cometéis pecado. Haced una comunión espiritual». ¡Buen consejo! Supongo que inevitable. Aunque, desde luego, acertado.

Pero yo sé que a don Heliodoro, muy recto él, le gustó el crucero de Cipriano y Argimira:

A Cipriano y Argimira les han regalado sus hijos un crucero por las islas griegas para celebrar sus bodas de oro. Lo están pasando mal, porque no quisieran entristecer a sus hijos. Pero le confiesan a don Heliodoro: «Mire, padre, a nosotros eso de pasar una semana entera lejos de un sagrario nos parece tristísimo. Ni siquiera podemos soportar un día sin comulgar. ¿Pecamos si les decimos a nuestros hijos que nos regalen otra cosa?».

El que me come vivirá por mí. Entendedlo, hijitos: hay personas para quienes eso de comulgar a diario es cuestión de vida o muerte.

(TOB20)