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Domingos del Tiempo Ordinario (Ciclo B) – Espiritualidad digital

El cura no mata

Nos cuenta san Marcos que los apóstoles ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban. La santa Unción es un sacramento muy poderoso, con el cual pedimos a Dios la sanación de cuerpo y alma, unimos los sufrimientos del enfermo a la Pasión de Cristo, y queda el cristiano preparado para encontrarse con Dios, si acaso ha llegado su última hora. A través de este sacramento, yo he presenciado varias curaciones milagrosas, y muchas conversiones al estilo del «buen ladrón». La santa Unción ha sanado muchos cuerpos, y ha salvado muchas almas.

Pero, por desgracia, son también muchísimos los cristianos que temen más a este sacramento que a la misma muerte. El haberla conocido como «extremaunción» no nos ha hecho bien. Y, cuando enferma gravemente un familiar, al sacerdote que se ofrece para acudir al lecho del enfermo, le responden: «¡No venga, Padre, que se va a asustar!».

Sed compasivos con vuestros enfermos: llamad al sacerdote para que los unja. Veréis milagros, como los he visto yo. Y veréis a la paz de Dios entrar en vuestra casa. Lo que no veréis –os lo aseguro– es a la muerte con su guadaña enfundada en una sotana. No tengáis miedo.

(TOB15)

Roca de salvación y piedra de tropiezo

Cuarenta días después de que Jesús naciera, el anciano Simeón pronunció ante la Virgen una terrible profecía: Este ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción (Lc 2, 34).

Jesús no deja a nadie indiferente. Escándalo para los judíos, necedad para los gentiles (1Co 1, 23). Quienes no lo aman locamente, o bien lo odian, o bien tropiezan y pecan en Él.

Nadie niega la existencia histórica de Jesús. Quienes odian y persiguen a la Iglesia de Cristo son, más bien, quienes niegan su divinidad. Lo aceptan como personaje histórico, e incluso manipulan su doctrina a su favor, pero abominan de la Iglesia, que proclama que Cristo, resucitado de entre los muertos, es Dios y Salvador.

¿No es este el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón?… Y se escandalizaban a cuenta de él. Si Jesús es uno más del clan, el clan tiene dominio sobre Él. Pero, si es Dios, entonces está por encima del clan, y el clan tiene que rendirse a sus pies. Eso es lo que no toleramos: que haya alguien por encima de nosotros. Aunque sea Dios.

(TOB14)

¿Lo último que se pierde?

Dicen que la esperanza es lo último que se pierde. No siempre es verdad. Conozco a personas que pierden la esperanza antes de empezar siquiera a luchar.

Jairo no era de ésos. En Jairo se hacía verdad el refrán. Aunque su hija estaba desahuciada, él siguió esperando y acudió al Señor. Pero, mientras caminaba hacia su casa con Jesús, le dicen: Tu hija se ha muerto.

Si la esperanza es lo último que se pierde, cuando se pierde la esperanza ya no queda nada.

En muchos casos, esa hora en la que ya no queda nada es, precisamente, la hora de Dios.

Se le acerca Jesús, y le dice: No temas; basta que tengas fe. Te engañaron: cuando se pierde la esperanza, aún queda la fe. Y la fe mueve montañas.

También la mujer que padecía flujos de sangre había perdido la esperanza. Tras gastar en médicos toda su fortuna, no hizo sino empeorar. Pero creyó: Con sólo tocarle el manto, curaré. Y curó.

Y Marta, y María, creyeron, aunque su hermano Lázaro llevaba tres días enterrado. Y Lázaro resucitó.

Es para ti: cuando no puedas mantener encendida la llama de la esperanza, conserva viva la fe. Y verás maravillas.

(TOB13)

En el momento mejor

Si la rebeldía contra Dios fuera una enfermedad (¿no lo es?), y hubiera que realizar una etiología (es decir, un análisis de las causas) de esa enfermedad, probablemente concluyéramos que, en la mayor parte de los casos, el motivo por el que los hombres se rebelan contra Dios es la muerte. Y, de manera especial, la muerte de personas jóvenes. Cuando muere un niño, un adolescente, o una persona de cuarenta años, se abre un trágico interrogante: «¿Por qué?». No sabemos cerrarlo, nos rebelamos contra Dios, y se lo escupimos a la cara: «¿Por qué?».

Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega. Somos incapaces de asumir que no es posible cerrar ese interrogante desde aquí. Los datos que tenemos son muy pocos, y están enturbiados por una gran carga emocional. Sólo si pudiéramos trasladarnos al otro lado, al de lo eterno, al de Dios, lograríamos entender.

Porque sólo Dios sabe cuándo es el mejor momento para cada uno. Y llama a cada hijo suyo en ese momento mejor, cuando el grano está a punto. En lugar de rebelarnos, deberíamos sentir una gran paz: también a nosotros nos llamará en el momento mejor.

(TOB11)

¡Eso es amor!

En ocasiones, otorgamos demasiada importancia a los efluvios en la oración. Y pensamos que, si hemos derramado lágrimas ante un sagrario, eso significa que estamos muy unidos al Señor.

Yo también derramo lágrimas ante algunas películas, y no por eso amo a los personajes ni al director. Además, si el termómetro de nuestro amor a Dios fueran los efluvios, tendríamos que deducir que apenas amamos a Dios cuando nuestra oración es seca.

En ocasiones, mi sentimiento predominante ante un sagrario es el sueño, el hambre, los pies fríos o las ganas de fumar. ¿Cómo medir mi amor por síntomas tan estúpidos?

El que haga la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre. Ahí tienes el verdadero síntoma de tu unión con Dios. La familia comparte genes, y el gen de Cristo es la obediencia.

Por eso, cuando quiero saber si amo a Dios, me pregunto si estoy haciendo su voluntad. A la hora de rezar, rezando (con, o sin ganas). A la hora de comer, comiendo (con buen apetito, normalmente). A la hora de trabajar, trabajando (cansado, o descansado). Y, a la hora de dormir… a pierna suelta. Y creo firmemente que eso es amor.

(TOB10)