Evangelio 2022

Domingos del Tiempo Ordinario (Ciclo B) – Espiritualidad digital

El retrato rasgado

Apenas hace un año de la boda. Y él se ha tenido que marchar lejos. Su cargo se lo exige. Ella lo comprende, pero se le ha hecho trizas el corazón. Todas las tardes, antes de acostarse, saca de la cartera la fotografía de su marido y la mira entre lágrimas. Habla al retrato, y hasta imagina que él le sonríe desde la foto.

Una tarde, y otra tarde, y otra… Pasaron muchas, muchas tardes. Y las últimas traían el eco de una pregunta: ¿Se seguirá pareciendo a esa imagen? Hasta que una tarde, mientras ella miraba al retrato, se abrió la puerta y entró él. Ella rompió la foto en mil pedazos y abrazó a su marido. ¿Para qué quiere ya el retrato, si tiene a su esposo entre sus brazos?

En aquellos días, después de la gran angustia, el sol se oscurecerá, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los astros se tambalearán. Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes.

No te extrañe, cuando llegue, el gran cataclismo. Porque cielo y tierra proclaman hoy la gloria de Cristo. Pero, cuando aparezca el Esposo, el retrato se rasgará. Ya no lo necesitaremos.

(TOB33)

Mi familia, mi hogar, mis necesidades

temploEl pasaje evangélico del óbolo de la viuda, cuando se proclama en domingo, siempre nos brinda a los sacerdotes una oportunidad para pediros dinero. Y, también, siempre hay quien comenta con el vecino de banco: «¡Ya está el cura pidiendo!».

Nadie debería enfadarse. No conozco a ningún sacerdote que pida para sí mismo. Pedimos para Dios, para su casa, y estamos dispuestos, si fuera necesario, a mendigar para mantener nuestras parroquias. En esta última frase, «nuestras» significa, también, vuestras. Porque la casa de Dios es la casa de nuestro Padre y, por ello, también la nuestra.

Se acercó una viuda pobre y echó dos monedillas. Llamando a sus discípulos, les dijo: «En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir».

Al entregar al templo cuanto tenía para vivir, aquella mujer demostraba que Dios era su vida, y el templo su hogar. Sólo con un corazón así puede cumplirse el mandamiento: «Ayudar a la Iglesia en sus necesidades». Es mi familia, es mi hogar, y son mis necesidades.

(TOB32)

Te quiero todo

Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser¿Cómo te amaré, Dios mío? Un «te quiero mucho» no basta para Ti. Tú quieres más, lo quieres todo.

Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser. Eso es un «te quiero todo».

Con todo tu corazón… Si hubiera en mi corazón un afecto que me alejase de Ti, renuncio a él y lo tengo por idolatría. No quiero amar a nadie que no me lleve a amarte a Ti.

Con toda tu alma… No permitas que ningún pecado te robe el más pequeño rincón de mi alma. Concédeme odiar a muerte incluso la menor falta que pudiera apagar el brillo de tu Amor.

Con toda tu mente… No quiero dedicar mi pensamiento a nada que no me lleve a Ti. Y, si me vieras de Ti distraído, pensando en «mis cosas» o en «mis problemas», llámame, Señor, para que a Ti te los entregue, y mi mente esté llena de Ti.

Con todo tu ser… No me conformo con servirte, Dios mío. Porque podría servirte como quien hace un trabajo esperando recompensa. Yo quiero ser todo tuyo, que no hay recompensa mejor que pertenecerte por entero.

(TOB31)

El evangelio en «pausa»

Quisiera pulsar el botón de «pausa» a mitad del evangelio. Y transformar la película en cuadro. Y quedarme contemplando ese cuadro hasta encontrarme allí.

Un ciego, Bartimeo. Jesús, que pasa. El ciego, que grita. La gente, que le increpa. Jesús, que lo llama. El ciego, que se levanta. «Pausa».

Dio un salto y se acercó a Jesús. Los dos, frente a frente. No están en igualdad de condiciones. Bartimeo no ve a Jesús, pero Jesús sí ve a Bartimeo. En el rostro del ciego hay impotencia; en el de Cristo, misericordia. Pero el ciego no puede ver esa sonrisa.

Somos Tú y yo, Jesús. Cada vez que comparezco ante Ti, me ves y no te veo. Me miras con Amor, y yo miro al sagrario con impotencia. «No está bien, Señor, juegas con ventaja», te digo. Y Tú callas, y me sigues mirando sin que pueda mirarte. Para mis ojos, el sagrario es tiniebla.

«Rabunní», que recobre la vista. Entonces, dentro de mí brota un «creo». Y, mientras los ojos siguen a oscuras, una luz resplandece en el alma. Y allí conozco tu sonrisa y percibo tu mirada. Y descanso; ya lo tengo todo.

Anda, tu fe te ha salvado.

(TOB30)

La tristeza del rico que se sintió pobre

Las palabras de san Marcos, aunque, a fuerza de oídas, quizá no nos sorprendan, requieren una explicación. Después de que Jesús ofreciera a aquel joven convertirse en apóstol suyo, y el joven se diera la vuelta, el evangelista añade: Se marchó triste porque era muy rico.

Explícamelo, san Marcos, porque las cosas suelen ser al revés. A un primo mío le tocó la lotería, fue a recoger el premio, y se marchó dando saltos de alegría porque era muy rico. Y el joven del Evangelio, hasta que encontró a Jesús, tampoco parece que estuviera precisamente a disgusto con sus riquezas; de otro modo, las habría dejado sin dudarlo para seguir al Señor. ¿Por qué, entonces, se marchó triste porque era muy rico?

Respuesta: Se marchó triste porque había descubierto una riqueza mayor, y no había podido alcanzarla a causa de sus muchos bienes. Sólo entonces se dio cuenta de que todo su dinero se le había vuelto cadena y cepo que le impedía alcanzar las riquezas verdaderas: los bienes espirituales. Los vio de cerca, pero no pudo tocarlos.

Ten cuidado, por favor. La comida, la bebida, el teléfono, las compras… ¿No te da miedo que encadenen tu alma al suelo?

(TOB28)

Tres frases en una boda

matrimonio cristianoA nadie se le oculta que, en los últimos años, el número de bodas ha descendido tremendamente en España. Tenemos miedo a entregar la vida. Hoy nos llevamos bien; vivamos juntos. Mañana, ya veremos.

Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre. El sacerdote pronuncia esta frase durante la boda, después de escuchar a los contrayentes: «Me entrego a ti». Cuando una persona jura a otra, ante Dios: «Me entrego a ti», se queda sin nada, se vuelve radicalmente pobre. Su futuro ya no está en sus manos. Y eso es lo que nos da miedo.

Más adelante, el sacerdote pide a Dios que los casados se amen «como Cristo ama a su Iglesia». Y Cristo le dice a su Iglesia: «Aunque me crucifiques, te seguiré amando».

Seamos realistas: semejante compromiso es imposible de cumplir sin ayuda de la gracia. Pero cada vez que celebro las bodas de oro de dos ancianos me doy cuenta de las maravillas que hace Dios con quienes no tienen miedo a dar la vida. El egoísta podrá conseguir, a duras penas, hacer su voluntad. Pero se pierde la felicidad reservada por Dios para quienes se entregan del todo y sin miedo.

(TOB27)

Ojos que buscan el bien

¡Qué misteriosas palabras, la del profeta Habacuc! Le dice a Dios: Tus ojos son demasiado puros para mirar el mal (Hab 1, 13). ¿Quiere eso decir que Dios no conozca nuestros pecados, que se tape la cara para no ver nuestros crímenes? ¡Por supuesto que no! Lo que quiere decir el profeta es que Dios no se deleita en el mal, y su mirada busca siempre el bien para descansar allí. Digámoslo de otra forma: Dios es quien siempre ve la botella medio llena.

Fíjate, por ejemplo, en el evangelio de hoy. Ante la aparición de un hombre que, sin caminar junto a Jesús, expulsa demonios en su nombre, Juan se queja: Se lo hemos querido impedir, porque no viene con nosotros. Jesús, en cambio, ve las cosas de otra forma: Quien hace un milagro en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. Juan ve lo malo, Jesús ve lo bueno. Juan quiere derribar, y Jesús quiere construir.

Ojalá le pidas prestados los ojos a Cristo. Te fijas mucho en lo malo de las personas, y así no podrás ayudarlas jamás, porque esa mirada tuya te aparta de ellos. Mira lo bueno, aquello sobre lo que puedes edificar. Y, mirando así, ayudarás a muchos.

(TOB26)

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