Lirbos de José-Fernando rey ballesteros

Domingos del Tiempo Ordinario (Ciclo B) – Espiritualidad digital

Relaciones tóxicas

Casi sin querer, y otras veces queriéndolo mucho, a conciencia, huimos de las relaciones «tóxicas». Si el vecino es un pesado, y no puedes decirle «hola» sin aguantar quince minutos de monólogo, prefieres esperar en el descansillo hasta que suba al ascensor. Si el compañero de trabajo está lleno de problemas, intentas mantenerlo a distancia para que no te llore en el hombro. Con aquellos antiguos amigos que ahora reniegan de la Iglesia ya no sales, no vaya a ser que te inciten al pecado…

Compa­decido, extendió la mano y lo tocó diciendo: «Quiero: queda limpio». Al tocar al leproso, Jesús contraía impureza legal. Comió con publicanos, se juntó con meretrices y, para mostrarnos su predilección por la toxicidad, incurrió en la maldición de la Cruz para redimirnos. Ya se ve que la toxicidad opera sólo de una parte: eran relaciones tóxicas para Él, y sanadoras para nosotros.

No seas tan «higiénico»: soporta un poco a ese vecino, escucha a ese compañero, sal con esos amigos. No te mancharán; a lo sumo, te robarán tiempo. Pero, en ese tiempo, les darás cariño y, a través de ese cariño, podrás llevarles el Amor sanador de Dios. ¡Mánchate un poco, por favor!

(TOB06)

El hombre que viajaba sin equipaje

Tenía yo unos veinte años, y este pasaje se abrió ante mí con la fuerza de un descubrimiento inesperado.

Simón y sus compañeros fueron en su busca y, al encontrarlo, le dijeron: «Todo el mundo te busca». Él les responde: «Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí».

Como casi siempre ocurre cuando el Evangelio te sorprende, el detalle que brilló ante mis ojos podría parecer una estupidez. ¿Por qué no dijo Jesús: «Volvamos, hagamos el equipaje y marchémonos a otro sitio»? ¿Por qué no pasó a recoger el cepillo de dientes? ¿Por qué los apóstoles, al saber que se marchaban de improviso, no regresaron ni siquiera a despedirse? Recordé la primera escena de «Los cañones de Navarone»: Anthony Quayle le pone una maleta en la mano a Gregory Peck y le anuncia que partirá de viaje inmediatamente. También aquello me había impresionado.

Hablo a jóvenes que lean estas líneas: ¿No os fascina esa libertad? ¿No se os enciende el corazón con el ideal de no estar atado a nada ni a nadie, salvo a Cristo? Ya no tengo veinte años, pero aún me emociono ante este relato. Ojalá os suceda, también, a muchos de vosotros.

(TOB05)

Palabras de muerte y palabras de vida

Recuerdo mis años de Universidad, cuando usaba el Metro por la mañana y por la tarde. Era, entonces, muy normal ver a la gente leyendo libros en el transporte público. Hoy, en el tren –que es ahora mi medio de transporte– apenas ves a nadie con un libro, pero casi todos los viajeros están chateando desde el teléfono.

Es nuestra pobreza. No leemos literatura de calidad, pero estamos saturados de palabras vanas. Entre las páginas web, la televisión y los mensajes de texto, la cantidad de datos que recibimos a diario es inmensa, y su calidad pésima. Todo el mundo quiere decirnos algo; y a casi todos, por desgracia, los mueve un interés personal y buscan algo de nosotros. Mientras la palabra certera y cuidada aporta libertad, la palabra grosera y burda es un instrumento poderoso de manipulación.

¿Qué es esto? Una enseñanza nueva expuesta con autoridad. Cristo no necesita nada de ti. Sólo quiere que seas feliz y santo, porque te ama. Al sacerdote no le pagan más por decirte verdades que duelan; sólo quiere que seas feliz y santo. Ésa es la autoridad de Cristo y de la Iglesia.

Deberías elegir muy bien a qué palabras prestas atención.

(TOB04)

Dos misterios, tres claridades, dos preguntas

Dos líneas del evangelio de hoy nos bastan para pasar el domingo en un asombro.

Jesús les dijo: «Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres». Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.

Aquí te dejo dos misterios, tres claridades y dos preguntas.

Dos misterios: ¿Qué hizo que aquellos hombres siguieran a Jesús y lo dejaran todo por Él? ¿Qué magnetismo había en su mirada y en sus palabras, para que una sola invitación cambiara por completo la vida de aquellos hombres? El segundo misterio es más difícil aún de descifrar: ¿Por qué son tantos quienes, hoy día, se niegan a seguirlo, si Cristo sigue siendo el mismo?

Tres claridades: La primera es que no puedes conocer a Cristo y permanecer igual que antes. Si tu vida no cambia, has desperdiciado la única oportunidad de ser feliz. La segunda: si has escuchado la llamada de Jesús, no será suficiente con que le des un alto porcentaje de tu vida o de tus bienes; Él lo quiere todo. La tercera: desde luego, seguir a Jesucristo es lo menos aburrido del mundo.

Dos preguntas: ¿Qué has dejado por Cristo? ¿En qué cambiaría tu vida si no lo hubieses conocido?

(TOB03)

Mi recompensa eres Tú

«Si trabajas y estudias con el único objetivo de recibir una recompensa, el esfuerzo te resultará penoso. Pero, si te mueve el amor al trabajo, encontrarás en él tu recompensa».

No es de la Biblia, sino de Ana Karenina, de Tolstoi. Y se entiende bien. Supón que te invitan a una conferencia con la promesa de regalarte un teléfono móvil cuando concluya. Tú acudes a la conferencia, y se te hace interminable, porque no te interesa el discurso, sino el regalo que vendrá al final.

Quieres ir al cielo, y Jesús te dice que irás si cumples sus mandatos. La vida se te puede hacer larguísima, de misa en misa y de sacrificio en sacrificio, hasta que, al final, todo quede compensado… O no.

«¿Qué buscáis?». Juan podría haber respondido como el joven rico: «Quiero alcanzar vida eterna». Pero ya sabemos cómo acabó: seguir a Jesús era, para él, un camino demasiado fatigoso.

«Rabí, ¿dónde vives?». ¡Maravillosa respuesta!: «Lo que busco ya lo encontré. Te busco a ti. Tú eres la Vida. En el Tabor, en el Gólgota, o en el cielo, si te tengo a ti lo tengo todo. No tengo que esperar para ser feliz».

Enamórate. Y disfruta.

(TOB02)

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