El Mar de Jesús de Nazaret

Semana Santa – Espiritualidad digital

Besando los pies de Dios muerto

Hace unos meses hacíamos fila en la iglesia, al finalizar la misa, para besar los pies de un Chiquitín. Llegábamos a la presencia del sacerdote emocionados y llenos de ternura. Las manos del presbítero sostenían la imagen del Niño Dios. Lo imaginábamos llorando, riendo, moviendo sus bracitos y sus piernas… Por eso, sosteníamos con la mano el talón del pequeño para depositar nuestro beso.

Hoy, de nuevo, hacemos fila en la iglesia. Pero, hoy, no hay misa. Nos reunimos para escuchar un relato terrible; la crueldad del pecado de los hombres se abalanza contra el Verbo encarnado y lo mata en una cruz. Vamos, también, a depositar nuestro beso. Pero hoy besamos los pies de un muerto. Y lloramos. Quisiéramos llorar lágrimas de fuego que abrasaran nuestros corazones, y depositarlas allí, con nuestro beso, como suprema muestra de compunción.

Pero esos pies, los pies de Dios muerto, guardan nuestro beso y nuestras lágrimas. Allí quedan, cubiertos por el sudario y enterrados en el jardín de José.

Y allí, también, quedamos nosotros. Junto a ese sepulcro, donde duerme Dios con nuestros besos, queremos permanecer, junto a María, con la esperanza de que ese cuerpo y esos besos, después de dormir, despierten…

(VSTO)

El mayor Amor que jamás visitó la tierra

Han comenzado días que duran como siglos. Una tristeza santa, sobrecogedora, nos encoge el corazón.

Nunca vimos a Jesús tan emocionado. Nos mira a cada uno como si su corazón quisiera salir por los ojos, a través de las lágrimas, y alcanzar el nuestro para besarlo. No puede. Aún no ha sido abierta la puerta del costado.

Luego echa agua en la jofaina, y se pone a lavarles los pies a los discípulos. Ahí lo tengo, postrado ante mí. Es Dios quien está en tierra, lavando mis pies. ¿Cómo me has amado tanto, oh Jesús? ¿No debería ser yo quien me postrase ante Ti? Si no te lavo, no tienes parte conmigo.

Los amores grandes no quedan satisfechos con un beso. Ni se vació el tuyo con el agua de aquella jofaina. Has terminado de lavarme los pies, y aún tu corazón empuja tras los ojos. Ahora será tu cuerpo el que me entregues con el Pan.

Pero no basta… Morirás, por mí, de muerte infame. Y, después de muerto, te dejarás vaciar, hasta que todo tu Amor se derrame. ¿Por qué me has amado tanto, oh Jesús?

Han comenzado los días del mayor Amor que jamás visitó la tierra.

(JSTO)

¡Llaman!

Alguien llama a las puertas.

Mi hora está cerca; voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos.

El mismo que ahora llama, llamó también antes de nacer a las puertas de los hombres, y se le cerraron. Ahora llama, de nuevo, a tu puerta. No es para nacer, sino para morir. Voy a celebrar la Pascua en tu casa.

Ábrele hoy. Abre tu corazón y tu alma de par en par, y consagra estos días a la meditación de la Pasión de Cristo.

No te mentiré: si le abres, no podrás tomarte el Triduo Pascual como días de vacaciones, ni conformarte con asistir a los Oficios entre baño y baño en la playa. ¿Te irías de vacaciones mientras un ser querido agoniza? No lo harías; lo acompañarías en sus últimas horas. ¿Cómo ibas a divertirte, sabiendo que aquél a quien amas está muriendo?

Si dejas que Jesús celebre su Pascua en tu casa, perderás las vacaciones. En lugar de «disfrutar» de esos días libres, padecerás con Él.

Pero también es verdad que, al darle esos días, amarás y serás amado como nunca. Serás redimido.

Escúchalo otra vez: Voy a celebrar la Pascua en tu casa… ¿Qué respondes?

(XSTO)

Dos pecadores

Son dos pecadores, y eso los iguala. Pero los latidos de sus corazones son tan distintos, que, entre uno y otro, media la distancia que separa el cielo del infierno.

En verdad, en verdad te digo: no cantará el gallo antes de que me hayas negado tres veces. Pedro, tal como se le había anunciado, negó por tres veces a Jesús. Pero, cuando dijo: daré mi vida por ti, dijo lo que le pedía el corazón. Pedro es transparente, no engaña a nadie. Es débil y cobarde, pero, detrás de su pecado, hay un amor ardiente y sincero. Pedro es un pecador enamorado de Jesucristo. Por eso, después de pecar, volvió, llorando, a Él.

Untando el pan, se lo dio a Judas, hijo de Simón Iscariote. Detrás del pan, entró en él Satanás. Judas lleva doble vida. Miente, y roba. No hay amor en él, sólo cálculo y rabia, mucha rabia. Por eso, después de pecar, en lugar de volver al Señor, huyó para habitar en las tinieblas.

Ninguno de los dos podía seguir a Jesús. Pero sólo a Pedro le dijo me seguirás más tarde. Ahora, sólo María y Juan lo siguen… Y tú, y yo, si somos humildes.

(MSTO)

Perfumes

Mientras el rey se recuesta en su diván, mi nardo exhalaba su perfume (Ct 1, 5).  El Cantar de los Cantares está lleno de perfumes; sus páginas huelen a mujer y a Dios. También la Pasión de Cristo sucede entre perfumes. María tomó una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso, le ungió a Jesús los pies y se los enjugó con su cabellera. Hoy es el nardo; el viernes, Jesús olerá a mirra y áloe. No en vano habla san Pablo del buen olor de Cristo (2Co 2, 14).

Nunca mezcles un perfume con un aire pestilente. La pestilencia y el buen olor no pueden coexistir. Porque el buen aroma no oculta la pestilencia, pero la fetidez adultera el perfume. Si quieres perfumar una habitación, airéala primero, y saca de ella el aire viciado; después, la perfumas. Y todo olerá bien.

No pueden coexistir, en tu alma, la pestilencia del pecado con el aroma de la piedad. Limpia primero el alma en la confesión sacramental, y perfúmala con una santa piedad después. Luego la llevarás ante el Crucifijo, la quebrarás a los pies del Señor, y enjugarás esos pies con lágrimas de contrición. He ahí tu Semana Santa.

(LSTO)