Evangelio 2018

Semana Santa – Espiritualidad digital

Hoy ha muerto Dios

En este día, la Iglesia le grita en voz baja al mundo entero que ha muerto Dios.

¡Qué terrible noticia! Porque, si es Dios, no debería morir. Y, si muere, parecería demostrado que no es Dios. Así pensaron, sin duda, quienes lo mataron.

Sin embargo, Dios ha muerto en verdad. Y, muerto, sigue siendo Dios. Su Amor ha trascendido toda frontera y ha alcanzado hasta más allá de la muerte. Ese Amor es el que yace esta tarde en un sepulcro. En el reino de los muertos, el abrazo de Dios perfuma de gracia las tinieblas.

Pero, antes, miradlo en la Cruz. Mirad cómo su Amor se extiende por los pueblos del dolor. Nada sano hay en Él: coronada de espinas la cabeza, abierto a latigazos el cuerpo, cubierto el rostro de salivazos, desnudo entre injurias y blasfemias. En esa Cruz, Dios ha conquistado el sufrimiento, y ahora puede el hombre sufrir como Dios.

Dios muere de Amor. Ofrece su vida al Padre para obtener el perdón de mis culpas. «Mira cómo te amo», me dice, silencioso, desde el Leño.

Hoy debemos dejarnos amar. No es día para hacer, sino para recibir en silencio el Amor. Hoy Cristo nos conquista.

(VSTO)

Ante la frontera de la muerte

Cuando el amor brota, todo parece fácil. En esos primeros momentos, una alegría fresca y limpia fluye entre los corazones como una corriente imparable y gozosa. Es necesario que así sea, para que la unión entre los amantes se haga fuerte.

Pero, más adelante, se alcanza una línea, una frontera a partir de la cual el amor duele. Es el momento de dar la vida, de renunciar a lo que uno tiene en favor del ser amado. Es la hora de morir y de entregarse. Cuando esa frontera se alcanza, muchos dan marcha atrás. «No he nacido para inmolarme», me dice una mujer que está punto de abandonar a su marido. La he invitado a mirar al Crucifijo, y a repetir esas palabras delante de Él.

Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Hoy estamos ante esa frontera. Y Jesús la cruzará temblando. Esta noche le verás sudar sangre en Getsemaní. Pero no te engañes: su temblor no significa que no esté resuelto a dar la vida, sino que su carne, como la tuya, es frágil.

¿Cruzarás con Él, o seguirás practicando una religión sin cruz? Responde. Hoy te lo juegas todo.

(JSTO)

Tus treinta monedas

Aunque en el corazón de Judas anidaba la maldad desde hacía tiempo, el apóstol puso precio a su traición: «¿Qué estáis dispuestos a darme si os lo entrego?» Ellos se ajustaron con él en treinta monedas de plata.

Aquellas monedas bastaron para comprar un campo. Y en ese campo encontró la muerte el traidor.

Antes de que te adentres en el triduo pascual, permíteme que te pregunte: ¿Cuáles son tus treinta monedas? ¿Qué hace falta para que peques y traiciones a Cristo? Si miras hacia otro lado, negando tu condición de traidor, no podrás seguir a Jesús, porque Judas se ha enmascarado en tu interior y te lleva a la muerte.

– ¿Soy yo acaso, Maestro? –Tú lo has dicho. No eludas ese diálogo. Está escrito por ti. Podrás desenmascarar a Judas y arrojarlo lejos si sigues el rastro de las treinta monedas.

¿Un desahogo? ¿Una venganza? ¿El placer secreto de herir a quien te hirió? ¿Un deleite carnal? ¿Una falsa compensación por tus sacrificios? ¿O es, simplemente, un camino que huye de la Cruz? ¿Qué hace falta para que peques? ¿Cuáles son tus treinta monedas?

Reniega de ellas ante Jesús, y habrás expulsado a Judas. Ahora puedes seguir al Señor.

(XSTO)

Las dos noches

Judas, después de tomar el pan, salió inmediatamente. Era de noche.

Pero la noche de Judas nada tiene que ver con la noche redentora del Calvario. La noche del traidor es el manto de oscuridad que cubre el alma de quienes huyen de Dios y se sepultan en su pecado. Esas tinieblas no tienen otra salida que el abismo, la desesperación y la muerte. Es una noche terrible, porque quien la habita odia la luz y no quiere acercarse a ella sino para tratar de apagarla. ¡Cuántos han decidido que no hay sitio para Cristo en sus vidas, y que, si alguna vez ocupó un lugar en su existencia, debe ser desalojado de allí!

Distinta es la noche del Calvario: es la de la afrenta, pero es también la de la soledad, la de la obediencia, la del sacrificio y la muerte ofrecidas a Dios como ofrenda agradable. Adonde yo voy no me puedes seguir ahora. Si no podemos adentrarnos con Jesús en esa noche es porque aún no hemos roto con las falsas luces de este mundo. Pero esa noche, la del Calvario, conduce a una luz eterna y resplandeciente.

Me seguirás más tarde… Cuando te conviertas a Mí.

(MSTO)

Almas de Dios

Hay almas que habitan el aire de Dios. Hablan el lenguaje divino. El mundo no comprende sus gestos, porque desconoce el idioma en que se expresan. Sólo quienes habitan el mismo aire captan la hondura de cuanto hacen.

María tomó una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso, le ungió a Jesús los pies y se los enjugó con su cabellera. La casa se llenó de la fragancia del perfume. La mirada del mundo, la de Judas, juzga este gesto como gasto inútil y afrenta a los pobres: ¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios para dárselos a los pobres? Pero, para el mundo, los pobres son una excusa. Lo dijo, no porque le importasen los pobres, sino porque era un ladrón.

Jesús explica a las almas de Dios el alcance de la ofrenda: Lo tenía guardado para el día de mi sepultura…

El propio Jesús, sobre el Calvario, llevará a plenitud con su Padre lo que María hizo con Él. Quebrará allí el precioso frasco de su Humanidad, derramará sobre el mundo su Espíritu, y la Historia quedará llena del buen olor de Cristo. María será testigo. Y tú, y yo, si estamos allí.

(LSTO)

Discípulos de última hora

He reparado este año, al meditar la entrada de Jesús en Jerusalén, en personajes a quienes nunca presté atención. Y me han ayudado a orar.

Me refiero a quienes, al ver cómo el Señor entraba en la ciudad, preguntaban: ¿Quién es éste? Se trataba de personas que nunca habían oído hablar de Jesús, y se encontraban con Él por vez primera. La multitud les respondió: Es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea.

Estos «conocidos de última hora» no vieron ningún milagro del Señor, ni escucharon discursos de su boca. Cinco días más tarde, lo verían coronado de espinas en el pretorio y clavado en una cruz, desnudo y azotado, sobre el Calvario. ¿Cuántos de ellos creerían en Él, a la sola vista de su Pasión y muerte? ¿Cuántos de estos «conocidos de última hora» se convirtieron en «discípulos de última hora»?

Pienso en dos, aunque arriesgo, porque ignoro si estaban entre ellos: Simón Cireneo y el buen ladrón. Quizá la primera noticia que tuvieron ambos de Jesús no fue un milagro, sino la Cruz. Y los dos creyeron con una fe que ya quisieran muchos para sí.

¿Creerías tú, si no tuvieras de Jesús más noticia que la Cruz?

(DRAMOSA)

¡Benditos velos!

velos   Según una antigua tradición, que estuvo muy arraigada en España, durante la Semana de Pasión (la 5ª semana de Cuaresma) las imágenes de las iglesias se cubren con un velo morado. La liturgia permite mantener esta práctica, y yo procuro hacerlo en mi parroquia, porque al entrar en el templo y tropezar con los velos, quedan los ojos envueltos en la noche. Nada ven los sentidos, sino tristeza. Es la hora de la fe.

   Sólo la fe puede atravesar estas tinieblas. Sólo ella puede acompañar al Señor con el Madero por las calles del Vía Crucis. Sólo ella puede permanecer sobre el Gólgota.

   Finalmente, durante los Oficios, cae el velo… Canta el sacerdote la antífona Mirad… Y vemos la carne muerta del Hijo de Dios. Besamos el Crucifijo entre lágrimas, y sabemos que es otro velo el que besamos; un velo de muerte que oculta la Vida.

   … Y al instante manó sangre y agua. Se ha abierto la fuente, y mana la eternidad sobre la Tierra. Beberemos hasta saciarnos. Pero, para alcanzar esa fuente, es preciso haber alcanzado antes el corazón de la noche. ¡Benditos velos! Que nadie nos distraiga en estas horas. Es el tiempo de la fe.

(VSTO)

Días como siglos

siglos   A partir de esta tarde, entraremos en los días más sobrecogedores y decisivos del año. Entre este jueves y el próximo domingo no transcurrirán tres días, sino una eternidad; un abismo insondable que sólo abrazados a la Cruz podremos atravesar. Durante el Triduo Pascual, el tiempo parece ralentizarse, y se vuelven siglos los segundos. Aunque, claro, todo depende. Esquiando, o en la playa, el tiempo pasa volando.

   Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos.

   En casi todas las parroquias los confesonarios están abiertos durante toda la mañana del Jueves Santo. Y es que no puede subir al altar de la Cruz quien no esté limpio, salvo que lo haga como verdugo. Esta tarde participaremos de la Misa en la Cena del Señor, y debemos comulgar en gracia. En esa comunión, su Cuerpo abrazará fuertemente el nuestro. Y así, hechos uno, subiremos con Él al Calvario. Una sola carne hasta el tálamo nupcial de la Cruz, cuando la noche nos envuelva entre sus sombras. Llegará entonces el amanecer, y, abrazados a Él, despertaremos a un nuevo día. Pero aún faltan abismos para eso. Partimos…

(JSTO)

Bendito miedo

miedo   Ante el anuncio de Jesús: Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar, los apóstoles se pusieron a preguntarle uno tras otro: – «¿Soy yo acaso, Señor?».

   No sé por qué lo harían; quizá, si las preguntas se formularon en voz alta, fue para quedar limpios ante los demás. Pero, en ese caso, Judas tendría que haber bajado la voz, y el Señor habría tenido el detalle de responder también en voz baja.

   Prefiero pensar que ninguno se fiaba de sí mismo. Cada uno de los once que permanecían fieles se sentía capaz de entregar a su Maestro. Conocían su debilidad, la huella que el pecado había dejado en sus almas, y temían… Yo también. He aprendido a no fiarme de mí mismo, y temo, más que nada en este mundo, que un día pudiera dejar la oración. Sé que ese día sería la víspera de mis traiciones. Por eso, cuando no encuentro fervor para rezar, rezo por miedo. No quisiera separarme de Jesús ni traicionarlo jamás.

   Sé que, poco después, Pedro se dejó llevar del entusiasmo: Aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré (Mt 26, 33). Ése fue el inicio de sus caídas. Bendito miedo.

(XSTO)

¡Comulga bien!

comunión   Aunque la rezo todos los días, no puedo evitar sobrecogerme por dentro cada vez que mis labios, antes de comulgar, pronuncian esta oración: «la comunión de tu cuerpo y de tu sangre no sea para mí motivo de juicio y de condenación» (Del Misal Romano). El mero hecho de pensar que lo más sagrado y maravilloso de mi vida, la comunión eucarística, pudiera empujarme al Infierno me hace estremecer.

   Sin embargo, esa posibilidad, por terrible que parezca, existe. San Pablo dice que quien comulga el cuerpo del Señor y bebe su sangre indignamente come y bebe su propia condenación (Cf. 1Co 11, 27.29).

   Tras el bocado, entró en él Satanás. Cuando se está interiormente separado del Señor por el pecado mortal, la comida que se recibe de su mano se vuelve purga en el alma. Las entrañas, entonces, se revuelven, y lo que debería unirnos a Dios nos separa de Él. De algún modo, toda la Pasión no fue sino una enorme comunión sacrílega: el hombre partió y consumió cruelmente el Pan de Vida eterna.

   Comulga bien, por Amor de Dios. Mantén tu alma en gracia por el sacramento del Perdón. Recibe a quien amas, y ama a quien recibes.

(MSTO)