“Evangelio

Semana Santa – Espiritualidad digital

¡Benditos velos!

velos   Según una antigua tradición, que estuvo muy arraigada en España, durante la Semana de Pasión (la 5ª semana de Cuaresma) las imágenes de las iglesias se cubren con un velo morado. La liturgia permite mantener esta práctica, y yo procuro hacerlo en mi parroquia, porque al entrar en el templo y tropezar con los velos, quedan los ojos envueltos en la noche. Nada ven los sentidos, sino tristeza. Es la hora de la fe.

   Sólo la fe puede atravesar estas tinieblas. Sólo ella puede acompañar al Señor con el Madero por las calles del Vía Crucis. Sólo ella puede permanecer sobre el Gólgota.

   Finalmente, durante los Oficios, cae el velo… Canta el sacerdote la antífona Mirad… Y vemos la carne muerta del Hijo de Dios. Besamos el Crucifijo entre lágrimas, y sabemos que es otro velo el que besamos; un velo de muerte que oculta la Vida.

   … Y al instante manó sangre y agua. Se ha abierto la fuente, y mana la eternidad sobre la Tierra. Beberemos hasta saciarnos. Pero, para alcanzar esa fuente, es preciso haber alcanzado antes el corazón de la noche. ¡Benditos velos! Que nadie nos distraiga en estas horas. Es el tiempo de la fe.

(VSTO)

Días como siglos

siglos   A partir de esta tarde, entraremos en los días más sobrecogedores y decisivos del año. Entre este jueves y el próximo domingo no transcurrirán tres días, sino una eternidad; un abismo insondable que sólo abrazados a la Cruz podremos atravesar. Durante el Triduo Pascual, el tiempo parece ralentizarse, y se vuelven siglos los segundos. Aunque, claro, todo depende. Esquiando, o en la playa, el tiempo pasa volando.

   Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos.

   En casi todas las parroquias los confesonarios están abiertos durante toda la mañana del Jueves Santo. Y es que no puede subir al altar de la Cruz quien no esté limpio, salvo que lo haga como verdugo. Esta tarde participaremos de la Misa en la Cena del Señor, y debemos comulgar en gracia. En esa comunión, su Cuerpo abrazará fuertemente el nuestro. Y así, hechos uno, subiremos con Él al Calvario. Una sola carne hasta el tálamo nupcial de la Cruz, cuando la noche nos envuelva entre sus sombras. Llegará entonces el amanecer, y, abrazados a Él, despertaremos a un nuevo día. Pero aún faltan abismos para eso. Partimos…

(JSTO)

Bendito miedo

miedo   Ante el anuncio de Jesús: Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar, los apóstoles se pusieron a preguntarle uno tras otro: – «¿Soy yo acaso, Señor?».

   No sé por qué lo harían; quizá, si las preguntas se formularon en voz alta, fue para quedar limpios ante los demás. Pero, en ese caso, Judas tendría que haber bajado la voz, y el Señor habría tenido el detalle de responder también en voz baja.

   Prefiero pensar que ninguno se fiaba de sí mismo. Cada uno de los once que permanecían fieles se sentía capaz de entregar a su Maestro. Conocían su debilidad, la huella que el pecado había dejado en sus almas, y temían… Yo también. He aprendido a no fiarme de mí mismo, y temo, más que nada en este mundo, que un día pudiera dejar la oración. Sé que ese día sería la víspera de mis traiciones. Por eso, cuando no encuentro fervor para rezar, rezo por miedo. No quisiera separarme de Jesús ni traicionarlo jamás.

   Sé que, poco después, Pedro se dejó llevar del entusiasmo: Aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré (Mt 26, 33). Ése fue el inicio de sus caídas. Bendito miedo.

(XSTO)

¡Comulga bien!

comunión   Aunque la rezo todos los días, no puedo evitar sobrecogerme por dentro cada vez que mis labios, antes de comulgar, pronuncian esta oración: «la comunión de tu cuerpo y de tu sangre no sea para mí motivo de juicio y de condenación» (Del Misal Romano). El mero hecho de pensar que lo más sagrado y maravilloso de mi vida, la comunión eucarística, pudiera empujarme al Infierno me hace estremecer.

   Sin embargo, esa posibilidad, por terrible que parezca, existe. San Pablo dice que quien comulga el cuerpo del Señor y bebe su sangre indignamente come y bebe su propia condenación (Cf. 1Co 11, 27.29).

   Tras el bocado, entró en él Satanás. Cuando se está interiormente separado del Señor por el pecado mortal, la comida que se recibe de su mano se vuelve purga en el alma. Las entrañas, entonces, se revuelven, y lo que debería unirnos a Dios nos separa de Él. De algún modo, toda la Pasión no fue sino una enorme comunión sacrílega: el hombre partió y consumió cruelmente el Pan de Vida eterna.

   Comulga bien, por Amor de Dios. Mantén tu alma en gracia por el sacramento del Perdón. Recibe a quien amas, y ama a quien recibes.

(MSTO)

Apenas diez minutos

diez minutos   Los evangelios están repletos de contradicciones luminosas. La frase de Jesús: A mí no siempre me tenéis, parece desmentir la que diría poco después, ya resucitado y a punto de ascender a los cielos: Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo (Mt 28, 20).

   La aparente contradicción se resuelve cuando entendemos que Jesús se refiere a formas diferentes de presencia: se encuentra con nosotros hasta el fin de los tiempos, y mora realmente en nuestras almas por su Espíritu. Pero su cuerpo, ese cuerpo que María Magdalena ungía con devoción; el mismo cuerpo que ella querrá perfumar y embalsamar, creyéndolo muerto, pocos días después; ese cuerpo, ya resucitado, que intentará atrapar asiéndolo de los pies en el huerto de José de Arimatea; ese cuerpo que le dijo: Suéltame (Jn 20, 17)… Ese cuerpo, es verdad, no siempre lo tenemos. María Magdalena es la maestra de todas las almas eucarísticas.

   Lo abrazamos y besamos en cada comunión, y sólo palpamos sus accidentes. Intentamos retenerlo en nuestros cuerpos, y, en apenas diez minutos, esos mismos accidentes se han disuelto y su divino cuerpo ya no está.

   A mí no siempre me tenéis. ¡Ojalá aprovechásemos esos diez minutos!

(LSTO)

¿Cuánto tarda una persona en enamorarse?

hoy estarás conmigo en el Paraíso   He tardado menos de medio minuto en leer la escena. Nadie tardaría más. Pero, ¿cuánto tiempo duró realmente?

   – ¿No eres tú el rey de los judíos? Pues sálvate a ti y a nosotros. – ¿Ni siquiera temes a Dios, tú que estás en el mismo suplicio? Y nosotros con razón, porque lo hemos merecido con nuestros hechos. Pero éste nada malo ha hecho.

   Le bastó mirarlo. Al comprobar la paz de su rostro, la majestad en esos ojos llenos de escarnio, y su aceptación del sufrimiento, se dio cuenta –no supo cómo– de que era un hombre inocente, quizás el único hombre inocente. Se sintió sucio; nunca hasta entonces había sido consciente de la ponzoña de sus crímenes. Pero, ante la pureza de aquel hombre, se vio a sí mismo como era. Se arrepintió, confesó sus faltas, y proclamó la santidad de quien estaba crucificado a su lado. ¿Qué le faltaba? Sólo esto:

   – Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu reino.

   – Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso.

   Total: ¿media hora? Lo que tarda uno en enamorarse cuando los ojos miran despacio la bondad y hermosura del Crucifijo.

   ¿Cuánto tiempo necesitas para morir de Amor? ¡Abre los ojos!

(DRAMOSC)

Hoy, que la mesa está vacía…

viernes   Siempre me ha sorprendido la enorme afluencia de personas que concurre a los oficios del Jueves Santo, y cómo se reduce la cifra a la mitad llegado el Viernes. Me dicen –y lo tendré que creer– que la culpa es del horario. Prescribe la liturgia que los oficios del Viernes Santo se celebren lo más cerca posible de las tres de la tarde. «… ¡Y nos coge a todos comiendo!», me protestan. Lo más curioso es que el Viernes Santo es día de ayuno.

   Parece de risa, pero no lo es. Es como para ponerse a rezar. Porque los oficios del Jueves celebran –precisamente– una comida, pero el Viernes el Señor grita que tiene sed desde la Cruz mientras le llevan vinagre a los labios.

   Grita Dios: «¡A comer!», y todos vienen. Grita Dios: «¡A morir!» y los hombres gritan: «¡A comer!»

   ¿Quién habrá, Jesús, que quiera morir contigo? ¿Quién habrá que se adentre contigo en la noche, cruce a tu lado las tinieblas, experimente tu desolación, llore junto a Ti por los pecados cometidos, y abrazado a Ti en esa Cruz que es tálamo nupcial entregue la vida por Amor?

   Tú Mamá… Y la Magdalena… Y Juan… ¿Y yo?

(VSTO)

¡A morir, a dar la vida!

Si no te lavo, no tienes nada que ver conmigo   Entramos en las horas más decisivas e intensas del año. Comienza a oscurecer. Es el tiempo de los amores, de la intimidad, de los secretos y las confidencias. Sé que cuanto ahora escribo contrasta con las multitudes que abarrotan las playas, con este sol de abril y las terrazas de los bares atestadas de gente. Y, sin embargo, Jesús sigue llamando al hombre al Calvario, aunque una buena parte de la Humanidad haya decidido tomar la dirección contraria, al grito de «¡A vivir, que son dos días!»

   ¡A morir, a dar la vida, que es la eternidad la que está en juego! Si se adentra Jesús en la noche, esa noche es nuestro día. Y si se adentra Jesús en la muerte, esa muerte es nuestra vida. Allí, sobre el Gólgota, veremos alumbrarse una fuente de agua y sangre capaz de limpiar todo pecado y de saciar la insoportable sed de cada hombre.

   Si no te lavo, no tienes nada que ver conmigo.

   Sucio estoy, y enfermo. Y no puedo lavarme ni curarme a mí mismo. Permíteme ir contigo hasta la Cruz. Lávame y cúrame. Báñame en tu muerte, para que, en adelante, mi vida esté indisolublemente unida a Ti.

(JSTO)

El traidor y el tibio

Judas   Judas traicionó a Jesús. Después de haberlo hecho, fue acosado por el remordimiento, que no es lo mismo que la contrición; en la contrición hay amor, y en el remordimiento sólo hay soberbia, la rabia de no ser perfecto, y –quizás– el miedo de la condena. En todo caso, hubiera sido suficiente esa atrición si Judas hubiese confiado en la misericordia del Señor, y, como Simón, hubiese buscado su perdón… Pero no lo hizo. En lugar de eso, se colgó de un árbol y se mató. Jesús dijo de él: más le valdría no haber nacido.

   Te hablaré de otra persona, y te invitaré a pensar quién es peor: me refiero a aquél que «confía» tanto en la misericordia de Dios que peca repetidamente sin el menor reparo. Al fin y al cabo, sabe que, llegado al confesonario, todo se saldará con un avemaría. En el fondo, piensa que le sale barato, y apenas lucha para evitar el pecado. ¿Es peor quien –como Judas– desconfía de la misericordia de Dios, o quien abusa de ella y traiciona a Cristo mil veces sin apenas remordimiento?

   Lo curioso es que, en gran parte de los casos, la absolución del segundo es válida.

(XSTO)

Esa gloria misteriosa

gloria   Si leyésemos despacio y con atención el Evangelio, muchas palabras, sobre las que pasamos o «pisamos» sin el menor aspaviento, nos harían detenernos, llenos de estupor. Hoy aparece una de ellas: Ahora es glorificado el Hijo del hombre.

   Sorprende que Jesús diga esto horas antes de su Pasión. Porque, tal como lo veremos, no parecerá cubierto de gloria. La gloria es el brillo que manan la majestad, la hermosura y el poder del Altísimo. Moisés contempló la gloria de Dios, y esa gloria quedó impresa en su rostro, hasta el punto de que tuvo que cubrirlo con un velo a causa del resplandor. Moisés fue, entonces, glorificado.

   También el rostro de Jesús, durante su Pasión, fue cubierto con un velo. Pero lo cubrieron quienes lo golpeaban, para que la belleza de esa santa faz no les impidiese abofetearlo. Si levantásemos ese velo, no sería luz lo que veríamos, sino sangre, moratones e infamia.

   Y es que, durante la Pasión, el oprobio del Hijo será la gloria del Padre. Y brillará con la sangre sobre la Tierra quien en el Cielo brilla con divina luz. El dolor se convertirá en gloria, pues Dios mismo sufre. ¡Amado sea, desde entonces, el dolor!

(MSTO)