Lirbos de José-Fernando rey ballesteros

Semana Santa – Espiritualidad digital

Tres horas en doscientas palabras

viernes santo

Cuando Jesús alcanzó la cima del Calvario, ya le habían quitado a Simón el palo transversal de la cruz, y lo clavaban al poste que hincarían en tierra. Desnudaron al Señor, sin quitarle la corona de espinas, y un cuerpo ensangrentado y ennegrecido manó por todas sus heridas, pegadas hasta entonces a las ropas. María tomó la mano de su hijo y lloró. Lloraron ambos mientras se miraban, sin decir palabra. Los separaron. Con tres clavos, cosieron a Cristo al madero. Lo alzaron como un estandarte.

Pasadas las doce, las tinieblas cubrieron el cielo. El luto de la Creación. El centurión, tan bravo al comienzo del Vía Crucis, se estremeció. ¿Quién era ese hombre que apagaba el firmamento como quien sopla sobre una vela?

Tengo sed. Tomó el centurión la lanza, clavó en ella una esponja, y la empapó en la jarra del soldado. «¡Deja, a ver si viene Elías a darle de beber!» El centurión lo miró con desprecio: «¡Idiota!». Y dio de beber a Jesús. Le pareció que sonreía.

Está cumplido. Inclinando la cabeza, entregó el Espíritu. Primero, el aliento. Después, la sangre y el agua. Un Dios muerto derramando vida en la tierra. Pero debemos esperar.

Silencio.

(VSTO)

Trece y el diablo sentados a la mesa

Al inicio, estaban a la mesa trece y el diablo. Ya el diablo había suscitado en el corazón de Judas, hijo de Simón Iscariote, el propósito de entregarlo. ¡Qué congregación tan terrible! ¡Qué cena tan misteriosa!

Se pone a lavarles los pies a los discípulos… Y llega, entonces, a Judas. Primero, Pedro se había revuelto, pero ante las palabras de Jesús se amansó. Judas, sin embargo, no movió un músculo… por fuera. Por dentro se abrasaba. Las manos de Jesús eran fuego para él, le quemaban el alma. ¡Cómo se vuelve infierno el propio cielo cuando no quieres amar ni ser amado! El diablo gritaba en su interior con alaridos y estertores. Jesús, compadecido, poco después le mostró la puerta, y Judas salió de allí –literalmente– «como alma que lleva el diablo».

Quedaron once y Jesús. Y tú, que te has dejado limpiar, porque has confesado esta mañana. No te vayas, amigo. Sí, amigo, porque esta cena de amigos no ha hecho más que comenzar. Comerás su Cuerpo, beberás su Sangre, llorarás sus lágrimas, morirás su muerte y vivirás su vida.

La llaman la «Última Cena». Pero sólo lo fue para dos invitados: Judas y el diablo. Nosotros seguimos cenando.

(JSTO)

El fulano desaparecido

Antes traducían «a casa de fulano». No era elegante, pero me gustaba porque me hacía gracia lo del tal fulano. Ahora preferimos la elegancia: Id a la ciudad, a casa de quien vosotros sabéis, y decidle: «El Maestro dice: mi hora está cerca; voy a celebrar la Pascua en tu casa».

Tanto mejor; así no tengo que llamarte fulano. ¿Quién es quien vosotros sabéis? No busques mucho, quien mejor «tú sabes» eres tú. A ti te está diciendo el Señor: Voy a celebrar la Pascua en tu casa.

Espero que, al menos, te portes como Fulano (ahora con mayúscula). Porque él prestó al Señor su mejor sala.

¿Acaso creías que, simplemente, ibas a acercarte a la iglesia para asistir a los Oficios? A la iglesia irás (eso espero), pero Jesús quiere más de ti: quiere celebrar la Pascua en tu casa, quiere que le abras las puertas, quiere entrar e invadirte, quiere convertirte en Sanedrín, en Pretorio, en Vía Crucis, en Gólgota y en jardín de José de Arimatea. Quiere amar en ti, llorar en ti, sangrar en ti, morir en ti y en ti resucitar.

No quiere que le hagas una visita. Quiere una conmoción total de tu persona.

(XSTO)

Quisiera ser Juan

Llevamos, Jesús, unas cuantas semanas santas juntos. Muchas –demasiadas– te vi padecer desde el banco de la iglesia. Tú llorabas, y yo miraba, aunque alguna lágrima surcara mi rostro. Pero llorar a distancia es fácil.

Me levanté del banco, rompí esa maldita barrera y me vi dentro del cuadro. Y fui Judas. En verdad, en verdad os digo: uno de vosotros me va a entregar… Y, untando el pan, se lo dio a Judas. Yo mismo, que tantas veces me había alimentado con tu pan, pequé, te traicioné y te entregué a la muerte. ¡Cómo no llorar!

También fui Pedro: ¿Conque darás tu vida por mí? En verdad, en verdad te digo: no cantará el gallo antes de que me hayas negado tres veces. ¡Tantas veces te dije que te amaba! ¡Y tantas, ante la sombra de la Cruz, salí corriendo y te negué por miedo a la muerte!

Este año, Jesús, quiero ser Juan. Él, apoyándose en el pecho de Jesús… Quisiera reclinar mi cabeza en tu costado, callar, guardar cada uno de los latidos de tu corazón y alcanzar, como el discípulo amado, la cima del Gólgota. Quizá, una vez allí, pueda soñar un año con ser Tú.

(MSTO)

Te está pidiendo cariño

Sé que es difícil pensar en un Dios necesitado. Los necesitados –decimos– somos nosotros, y por eso acudimos a Dios, que es la riqueza suma, la omnipotencia y el Amor eterno: para que nos socorra y sacie nuestra hambre de pan y de consuelo.

Pero así no podemos participar en la Semana Santa. El Dios que se hizo carne quiso someterse a nuestra misma pobreza y pasar necesidad. En Semana Santa, el necesitado, el enfermo y el menesteroso es Él. Y –no te sorprendas– nos pide socorro.

Verás al Señor, en esos últimos días, muy necesitado de cariño humano. Cuando María unge sus pies, Jesús se deja consolar y valora el gesto de esa santa mujer: Déjala; lo tenía guardado para el día de mi sepultura.

Así va a ser durante toda esta semana: Jesús te está pidiendo cariño, quiere compañía, busca cireneos que se arrimen a Él, verónicas que enjuguen su rostro, marías y juanes que le consuelen al pie de la Cruz.

Anda, despierta, que Dios encarnado te necesita. ¿Qué harás para darle cariño, puesto que tanto Amor has recibido de Él? Visita el sagrario, mira al Crucifijo, dile lo que más le gusta oír: «¡Jesús, soy tuyo!»

(LSTO)

Quien no estrena no tiene manos

Ni los discípulos ni los habitantes de Jerusalén tenían la menor idea de que aquella entrada de Jesús en la ciudad santa sería la última. ¿Cómo iban a saberlo? Creían ver una apoteosis, quizá soñaban con un futuro de poder y de riquezas, mientras contemplaban a los pobres y a los niños rendidos a los pies el Maestro: ¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Bendito el reino que llega, el de nuestro padre David!

Pero Jesús sabía que era la última vez que entraba en Jerusalén durante su vida mortal; que aquellas voces pronto se convertirían en gritos de condena; y que el reino que proclamaban tendría una cruz como trono. Por eso dijo: Encontraréis un pollino atado, que nadie ha montado todavía. Desatadlo y traedlo.

Había llegado a la tierra en un vientre virgen. Saldría de este mundo en un sepulcro nuevo, envuelto en una sábana recién comprada. Su entrada en la ciudad santa, esa última entrada, tenía que ser a lomos de un pollino jamás montado.

Para estos días, Jesús lo quiere todo nuevo. «Domingo de Ramos; quien no estrena no tiene manos». Pero no hablamos de ropa. Cristo quiere tu alma virgen. ¿Estás confesado?

(DRAMOSB)

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