Libros de José Fernando Rey Ballesteros

Semana Santa – Espiritualidad digital

No podía Dios caer más bajo

No era suficiente. No bastaba con que se agachase Dios ante los pies de los apóstoles para limpiarlos. Que no son pies lo más bajo de los hombres, sino el pecado que lo postra en el pozo negro de la muerte.

Salivazos, bofetadas, látigos que le arrancan a tiras la piel. Ultrajes, insultos, burlas, blasfemias. Una corona de espinas hincada a martillazos en el cráneo. Tres clavos que lo cosen a una cruz. Desnudo, sucio, cubierto de sangre, moribundo… y aún burlado. No podía Dios caer más bajo. Y, por Amor, cayó. Pero no fue derribado, sino que se agachó hasta postrarse, hasta morder el polvo.

E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu. Se oculta el sol, y tiemblan las piedras. El Altísimo es, ahora, el Bajísimo. Sepultado en el seno de la tierra, se ha dejado engullir por la obra de sus manos hasta desaparecer en ella. Como cuando comulgamos. La criatura encierra al Creador, como encierra la tierra a la semilla. ¿No es un abrazo?

Alma, calla y contempla. Mira a la Cruz, adora a tu Redentor, muerto de Amor por ti, y llora, serena, tus culpas, que han sido lavadas en sangre. Hoy has sido muy amada.

(VSTO)

Dios se está agachando

Dios se está agachando. Temblará la tierra. Deberían temblar, primero, los corazones de los hombres. Pero el pecado ha dejado corazones de piedra en el pecho de los hijos de Adán.

Como un padre que se dispone a recoger a su hijo caído, Dios se está agachando. ¿Por qué no temblamos? Se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido.

Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?¿Por qué no tiemblas, Simón? ¿Por qué preguntas? No me lavarás los pies jamás. ¿Por qué no lloras, Simón? ¿Por qué te niegas? Si no te lavo, no tienes parte conmigo. «¿Cómo te recogeré de tu pecado, si no me permites agacharme ante ti?». Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza.

Y más se agachará Dios, hasta abajarse como un pedazo de pan y encarcelarse voluntariamente en los sagrarios. ¿Por qué no temblamos de amor ante la Eucaristía? Se dejará comer. ¿Por qué no lloramos cuando comulgamos?

Dios se está agachando. Temblará la tierra. Temblemos de amor y de silencio nosotros hoy.

(JSTO)

Para no pecar

JudasTanto la traición de Judas como las tres negaciones de Pedro podrían haberse evitado. Ambos fueron advertidos, con antelación, del pecado que cometerían aquella noche. A Simón le predijo Jesús que por tres veces lo negaría. En cuanto a Judas, el Señor no pudo ser más explícito:

Preguntó Judas, el que lo iba a entregar: «¿Soy yo acaso, Maestro?». Él respondió: «Tú lo has dicho».

Si Dios te anunciara que vas a cometer un pecado esta noche… ¿lo evitarías?

Tenlo claro: podrías evitarlo. Y Jesús advirtió a los dos apóstoles, precisamente, para que lo evitaran. Pero ninguno de los dos lo evitó. Veamos por qué, y quizá, así, aprendamos también nosotros.

Judas no lo evitó, sencillamente, porque no quiso. Teniendo todos los caminos abiertos para volver al Señor, los despreció. Su pecado fue, por desgracia, plenamente libre y consciente. No fue un caso de debilidad.

En cuanto a Pedro, cuando Jesús le profetizó sus tres negaciones, no le creyó. Y allí mismo juró que no lo negaría. Confió en sus fuerzas más que en Jesús. Y cayó.

Pues bien. Ahí tienes la mejor prevención contra tus pecados: ódialos, y no te fíes de ti mismo. Reza para que no caigas.

(XSTO)

Cierra bien la puerta cuando entre

Cuando Jesús entre en tu casa, no dejes la puerta abierta. Cierra fuerte el corazón, con siete cerrojos, para que allí podáis estar los dos a solas. Mira que no quiere el Señor visitarte; te quiere conquistar, desea invadir hasta el último pliegue de tu alma, y que no le pertenezcas más que a Él. Es muy celoso, este Señor.

Cierra bien la puerta después de comulgar. No te vaya a suceder como a Judas:

Untando el pan, se lo dio a Judas, hijo de Simón el Iscariote. Detrás del pan, entró en él Satanás.

Queda claro que Judas era de quienes dejaban la puerta abierta. No quería intimidad, ni deseaba estar a solas con Jesús. Celebraba una fiesta, e invitó a todo el que pudo. En su corazón, Jesús tuvo que convivir con su egoísmo, con su soberbia, con sus deseos de honores terrenos… Y, al encontrar la puerta abierta, entró también Satanás y arrambló con todo. Jesús resultó expulsado de su casa con un beso de malas noches.

Quien desea al Señor, y, además, desea alguna otra cosa fuera de Él, termina por expulsar al Señor. Apréndelo. Cierra la puerta, y no tengas sino un solo deseo: Cristo.

(MSTO)

¡Benditos cabellos!

María es descarada, es provocadora, es fascinante. Avergüenza a los tibios, escandaliza a los hipócritas, fascina a los santos. Su lugar, a los pies de Jesús, está reservado a quienes nada se reservan cuando aman.

María tomó una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso, le ungió a Jesús los pies y se los enjugó con su cabellera.

¡Con su cabellera! ¡Qué cabellos tan preciosos! Dice san Pablo que a la mujer, la cabellera le sirve de velo (1Co 11,15). ¡Y velo nupcial, el de María! Resuena, una vez más, el Cantar de los Cantares: Un rey en esas trenzas está preso (Ct 7, 6). Has apresado, María, con tu amor, al amor de tu vida. Pero aún se te habrá de escapar, por dos veces, hasta que cruces la frontera y lo abraces para siempre.

No acallemos al Cantar: Porque es fuerte al amor como la muerte, cruel la pasión como el abismo (Ct 4, 6). Jesús, abrazado en los pies por los cabellos de María, se ve ya sepultado en la muerte por Amor: Lo tenía guardado para el día de mi sepultura. La Pasión de Cristo acaba de comenzar.

¿Dónde estarás, en estos días? ¿Con Él?

(LSTO)