Evangelio 2018

Pascua – Espiritualidad digital

Un beso de Amor

Cuando dos enamorados se besan, se entregan el aliento. Es como si el interior de cada uno fuera regalado al interior del otro. ¿No esconde un beso de amor el deseo de dar la vida, y seguir viviendo en el interior del ser amado?

Me he acordado de «La dama de las camelias» (George Cuckor, 1936). La mejor Greta Garbo de toda su carrera le dice a Robert Taylor: «Quizá sea mejor que viva en tu corazón, donde el mundo no me vea». ¡Cuántas veces le habré dicho yo lo mismo al Señor!

Pero, sobre todo, me he acordado del primer verso del Cantar de los Cantares: Que me bese con el beso de su boca (Ct 1, 1). Porque el Espíritu Santo no es sino el beso de Cristo.

Sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo». Al soplar, entrega Jesús su aliento al alma amada, igual que se entrega el enamorado en un beso. Y, si el alma recibe ese beso, Cristo vive dentro de ella, porque el Paráclito es Espíritu del Hijo, como también lo es del Padre.

En conservar ese beso, en guardarlo y dejarse transformar amorosamente por él, consiste la santificación del cristiano.

(PENTA)

¿Por qué te vuelves?

Un golpe de gracia, incluso una gracia «tumbativa» puede lograr, si quien la recibe es dócil, la conversión de una persona. Pero la santificación no es fruto de un golpe de gracia, sino de una vida entera de cooperación con la gracia. No es lo mismo.

En aquel tiempo, Pedro, volviéndose… Alto ahí. ¿Por qué te vuelves? ¿Acaso no te ha llamado el Señor? ¿No te ha dicho Él: Sígueme? ¿Por qué te vuelves? Teniendo a Cristo delante, ¿qué tienes que mirar detrás? ¿No recuerdas a la mujer de Lot?

Vio que los seguía el discípulo a quien Jesús amaba. Dirás que te volviste para mirar a un santo, pero no mirabas al santo, sino a la sección de cotilleos del «Heraldo de Galilea».

Señor, y éste, ¿qué? ¿Qué… de qué? Respuesta de Jesús: ¿a ti qué?

Hasta lo piadoso nos distrae de lo esencial, si buscamos algo distinto de Cristo.

¡Cuánto nos parecemos a Pedro! Seguimos al Señor, y, cuando nos damos cuenta, nuestra atención está puesta en las criaturas.

Al menos Pedro fue apóstol, santo, y mártir. Con una de las tres cosas tendrías bastante. Pero, si lo has imitado en su curiosidad, imítalo también en su entrega.

(TP07S)

Dolor de amor

Se ha dicho que un santo es un pecador que ama a Jesucristo. Pocas definiciones de la santidad he encontrado que me parezcan más luminosas, aunque de ella excluyo a la Santísima Virgen.

¿Puede un pecador amar a Jesucristo? ¡Puede!

Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero. Y lo dice quien había negado tres veces a Cristo en su Pasión. No miente, dice verdad. Y esa verdad le duele como un cuchillo clavado en el centro del corazón.

No temas. Nuestros pecados y debilidades no pueden impedir que nos enamoremos de Jesús, si abrimos el corazón al Espíritu Santo. Él es, no sólo el Amor de Cristo por nosotros, sino también el amor con que lo amamos. Por eso, también Él es el dolor de nuestras culpas; dolor de amor que quema como fuego y arranca lágrimas ardientes.

Nuestros pecados, si luchamos, desaparecerán cuando Dios quiera. Pero, entre tanto, amemos. Que también los criminales se enamoran. Sufriremos más, porque a quien no ama no le duelen sus traiciones. Pero ese mismo dolor nos llevará a amar más. Y diremos a Jesús, sin miedo: «Señor, soy un pecador, y mil veces te he ofendido. Pero sabes que te amo».

(TP07V)

¿Cómo esperar al Espíritu?

No hay, en Jesús, dos corazones. Hay un solo corazón, humano y divino a la vez, que arde en amor a Dios y a los hombres.

Y, aunque hay en Él dos voluntades, uno solo es ese Amor, que mueve tanto a su voluntad divina entregada al Padre como a su voluntad humana, postrada en obediencia y caridad.

Les he dado a conocer y les daré a conocer tu nombre, para que el amor que me tenías esté en ellos, y yo en ellos.

Ese Amor es el Espíritu Santo, cuya llegada esperamos con ansias de enamorados el día de Pentecostés. Sale del Padre y llega al Hijo. El Hijo lo entrega al Padre. Y, como si en esa corriente hubiera el centurión, con su lanza, provocado un derrame, del Hijo brota hacia las almas en gracia y las diviniza. Desde ese momento, Cristo habita en ellos.

¿Cómo esperar al Espíritu Santo? Como se espera al Amor. Como se espera un beso. Como un sediento espera el agua. Como se espera la luz cuando es de noche. Quienes lo esperan así, el próximo domingo lo acogerán en sus almas. Y sabrán, sin que medien palabras humanas, que Dios los ama.

(TP07J)

La mejor forma de rendir el alma

Poco antes de subir al Padre, cuando, a las puertas del cenáculo, Jesús estaba a punto de salir para adentrarse en la noche de su Pasión, miró el Señor al cielo y dijo a Dios: He llevado a cabo la obra que me encomendaste. Horas después, gritaría desde la Cruz: Todo está cumplido (Jn 19, 30). Y entregaría su Espíritu.

¡Quién nos diera poder hacer nuestras estas palabras antes de morir! Si, llegada la hora de rendir cuentas, una mirada hacia atrás en nuestra vida nos moviera a exclamar, antes de entregar el alma: «¡He hecho lo que Dios me pidió!», pienso que moriríamos de un ataque agudo de alegría.

Estamos a tiempo. Espero que lo estemos. Aún podemos llegar a esta noche y decir que, durante todo el día, hemos buscado hacer sólo su voluntad. Y, después, mañana; y pasado; y al otro… Si cada noche pudiéramos decir: «Hoy sólo he buscado obedecer a Dios», moriríamos con la paz de quien ha cumplido la misión.

Claro que, para que así sea, debemos negar nuestra voluntad muchas veces durante el día; y someternos a una dirección espiritual que nos ayude a discernir la voluntad de Dios. Vale la pena. ¿Verdad?

(TP07M)