“Evangelio

Pascua – Espiritualidad digital

Cuando Cristo sopla

sopla    Una de las acepciones del verbo «soplar» es la de «informar», aunque clandestinamente. Se llama «soplón» al delincuente que delata a sus cómplices, y también los estudiantes dicen que alguien les «sopló» el examen cuando un compañero le proporcionó las respuestas.

    Exhaló su aliento sobre ellos… Si es Dios quien sopla, toda la sabiduría divina se transmite a través de su aliento. Porque su Aliento es su Espíritu, y por Él conocemos la intimidad de Cristo. Dice san Pablo: ¿Qué hombre conoce lo íntimo del hombre sino el espíritu del hombre que está en él? Del mismo modo, nadie conoce lo íntimo de Dios, sino el Espíritu de Dios. Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios, para conocer las gracias que Dios nos ha otorgado. Porque ¿quién conoció la mente del Señor para instruirle? Pero nosotros tenemos la mente de Cristo (1Co 2, 11–12. 16).

    Jesús se sopla a sí mismo en su Espíritu. Quien lo recibe, piensa como Cristo, ama como Cristo, perdona como Cristo, habla como Cristo, vive como Cristo… Es otro Cristo. Por ello, para recibirlo es preciso estar dispuesto a quemarse y desaparecer. ¿Tú lo estás?

(PENTC)

El abuelo es casi un crucifijo

viejo    ¡Qué fácil de escuchar, y que difícil de encajar!

    Cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá, y te llevará adonde no quieras.

    Ya sé que, en primer término, Jesús dijo estas palabras a Simón aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios. Pero, si las hubiera dicho sólo para él, no aparecerían en el Evangelio.

    Estas palabras son para todos. Las escuchas con veinte años, y se las enseñas a la abuela, para que aprenda. Cuando te las enseñe tu nieta, veremos la cara que pondrás –si es que puedes leerlas–.

    Porque te haces viejo, y ya no puedes calzarte. Te tienen que vestir. Te tienen que lavar de arriba abajo. Te llevan a donde no quieres ir. Y todo ello lo hacen quienes te aman, y lo hacen con cariño. Pero te rebelas, reniegas por dentro, y a veces por fuera. Tienes preocupado a todo el mundo.

    Si entendieras, te darías cuenta de que nunca te pareciste tanto a un crucifijo. Sólo te falta una cosa para ser otro Jesús crucificado, y con Él redimir la tierra: que te dejes.

(TP07V)

Aquí se está en la gloria

gloria    ¿Os habéis fijado en cuántas veces, en el relato de san Juan sobre la Última Cena, aparece, en labios de Cristo, la palabra «gloria»? No las contaré; son muchísimas.

    La gloria verdadera, la auténtica, la «fetén», es el resplandor de Dios, del que gozan los santos en el cielo. Todo lo demás son imitaciones. Cuando alguien dice: «¡Aquí se está en la gloria!», sueña que el cielo debe ser algo como lo que está experimentando… Pero se equivoca.

    Padre, éste es mi deseo: que los que me confiaste estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria, la que me diste, porque me amabas, antes de la fundación del mundo. El mayor deseo de Cristo es que nos salvemos; que lleguemos al cielo, junto a Él, y gocemos de la gloria que Él goza.

    También les di a ellos la gloria que me diste. Entonces… ¿ya nos la ha dado? Sí; pero en prenda, como una pregustación. Se trata de la vida de la gracia, por la que el Espíritu nos convierte en templos de la gloria divina. Quien vive de la gracia pregusta el cielo. Aunque no todos los que viven en gracia viven de la gracia. Por desgracia.

(TP07J)

Caminar supone pisar tierra

tierra    Tan importante es la oración sacerdotal de Cristo por lo que pide a su Padre como por lo que no le pide. No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del mal. Acto seguido, afirma: No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo.

     No somos del mundo. Nuestra patria es el cielo. Y estamos en el mundo como quien va de paso. Somos quienes caminan mirando siempre hacia delante.

    Pero una cosa en pensar sólo en llegar, y otra muy distinta es pensar en llegar solos. De camino hacia el cielo, nuestros pies deben pisar fuerte la tierra. Hay muchas almas que salvar, muchos pecados que expiar, muchos anhelos humanos que merecen ser llevados a Dios.

    Jesús vino al mundo con una carne como la nuestra, para llevarnos a Dios. No puede un cristiano caminar por el mundo como un ser extraño a quien no le interesa nada de cuanto le rodea. Un seglar que quiere ser santo tiene que saber de fútbol, de política, de informática, y de todo cuanto interesa a sus semejantes. Es urgente que seamos muy normales, para que gente muy normal, a través de nosotros, pueda acercarse a Dios.

(TP07X)

Querer el pan y aborrecer la vida

vida    ¡Qué paradoja tan terrible y tan real! Jesús dio a los hombres cuanto tenía. Les dio a comer panes, y los hombres lo aclamaron hasta intentar convertirlo en rey. Dio salud a los enfermos, y esos enfermos se postraron ante Él mientras los testigos se maravillaban. Dio vida a los muertos, y los muertos le servían. Dio palabras hermosas a quienes lo escuchaban, y el auditorio se bebía sus discursos. Pero el pan, la salud, la vida terrena y las palabras duran poco. Gustan a los hombres, pero duran poco. Seguramente, gustan a hombres que duran poco.

    Glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique, y por el poder que le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a los que le confiaste. Cuando, finalmente, Jesús se dispuso a dar vida eterna a los hombres, entonces los hombres se apartaron de Él y lo crucificaron. Mientras entregaba al mundo el único Don que sacia para siempre, el mundo lo vomitaba. Y Él, muriendo apartado de los hombres, derramaba más vida eterna sobre el mundo.

    Todos quieren pan. Y pocos desean al Espíritu. Quien da pan, es aclamado. Quien entrega vida eterna, es perseguido. ¿Tan necios somos?

(TP07M)

Lo que sabes, y lo que sientes

solo    El jueves por la noche, Jesús dijo: No estoy solo, porque está conmigo el Padre. Y el viernes por la tarde gritó, desde la Cruz: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? (Mc 15, 34). ¿Acaso ni siquiera el Padre supo permanecer con Él? ¿Desmintió con su abandono las palabras de su Hijo? Y, si no fue así, si realmente el Padre estuvo junto al Hijo durante la Pasión, ¿ se engañó y nos engañó Jesús al gritar que estaba abandonado?

    Sabéis que no. Presencia y abandono se dieron cita en la Cruz, y allí, misteriosamente, se besaron sobre el Cuerpo del Señor.

    Jesús se sentía solo; ningún hombre se ha sentido tan solo como Él. El grito de abandono es el desahogo filial de una carne que se hunde en la muerte y llora a Dios.

    A la vez, Jesús se sabía acompañado y amado de su Padre. Por eso, mientras la carne lloraba, exultaba el alma. Al Espíritu no siempre se lo siente. Al Espíritu se lo conoce. Las almas de Espíritu son almas de fe. Y, en ocasiones, se sienten solos. Pero saben que Cristo está con ellos, y esa certeza los llena de alegría.

(TP07L)

El camino más corto entre dos puntos…

el camino más corto entre dos puntos    Sube Jesús al Cielo, y los apóstoles, en lugar de alzar las manos como el niño que sale corriendo detrás del tren en que se marchan sus padres, toman la dirección opuesta y se hunden en tierra: Mientras los bendecía se separó de ellos, subiendo hacia el cielo. Ellos se postraron ante él.

    Sin embargo, la línea recta no siempre es el camino más corto entre dos puntos. Quien haya intentado alcanzar el cielo a fuerza de saltos sabe que se trata de una empresa imposible.

    Jesús mismo había dejado trazada la senda; los apóstoles no hicieron sino seguir sus huellas. El camino que une la tierra con el Cielo, antes de ascender, desciende. Es preciso abajarse, vivir en humildad y apresurarse a ocupar el último puesto, el del último de los hombres, el del servidor de todos. Es preciso soportar con paciencia el dolor y el oprobio. Los mismos apóstoles descendieron en su postración hasta el martirio.

    Entonces, Dios ensalza con su Hijo a quien con su Hijo se humilló, y lo sienta con Él a su derecha en el Cielo.

    Es verdad: el camino más corto entre estos dos puntos no es la línea recta, sino la Cruz.

(ASCC)

Un cheque en blanco

cheque   La semana pasada escuchábamos: Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseéis, y lo obtendréis (Jn 15, 7). Hace cuatro días nos anunciaba el Señor: Lo que pidáis al Padre en mi nombre, yo lo haré (Jn 14, 13). Y hoy: Si pedís algo al Padre en mi nombre, os lo dará.

   Jesús entrega un cheque en blanco al creyente, y le asegura que obtendrá cuanto pida en su oración.

   Para comprender estas palabras, es preciso que tengamos en cuenta que van dirigidas a aquéllos que creen en Él y permanecen en Él. Cuando un cristiano se encuentra unido a Cristo por la gracia, ya no es él quien pide, sino el Espíritu Santo que en él habita. Y el Espíritu pide siempre según Dios. Si es el Espíritu quien pide en nosotros, sabemos que pedimos lo que es bueno. «Y, si pedimos lo que Dios ya quiere –podríais objetar–, ¿qué sentido tiene nuestra oración?» Por la oración, Dios nos hace partícipes de su labor redentora. Para realizar lo que es bueno, Él cuenta con nuestras súplicas, y nos envía al Espíritu para que ore en nosotros. Semejante oración nos convierte en corredentores.

(TP06S)

¡Fíjate en mí!

Espíritu   He consultado la versión latina, por si se trataba de un matiz de la traducción. Pero latín y español concuerdan: Volveré a veros… Iterum autem videbo vos. Me resulta curioso. Ayer decías que vendrías para que te volviésemos a ver, y dices hoy que volverás para vernos Tú.

   Bueno, al fin y al cabo, es lo que hacen los amigos: verse. Y ser vistos, porque a uno le gusta que sus amigos lo vean, que se fijen en él.

   … Y se alegrará vuestro corazón. Tu Espíritu traerá el don de sabiduría, por el que te vemos bajo la luz de la fe. Pero también nos regalará el don de piedad, por el que vivimos bajo tu mirada, como hijos de tu Padre. Cuando Tú, Jesús, nos miras con esos ojos dulces del Paráclito, es tu Padre quien nos mira tras tus párpados, y su mirada acaricia los pliegues del alma.

   Ven a verme, oh Jesús. Mírame despacio, penetra con tu Espíritu hasta lo profundo de mi ser y conóceme. Eres mi Amigo, y tienes deseos de verme. Yo abriré de par en par las puertas de mi alma, porque, la verdad, me muero por que te fijes en mí.

(TP06V)

Tres tristes tigres

tres tristes tigres   Como los seglares no proclamáis el evangelio durante la misa, desconocéis los esfuerzos que tiene que realizar el pobre presbítero para pronunciar estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría. Es peor que decir aquello de «tres tristes tigres».

   Aunque más difícil todavía es vivirlo. La tristeza de no poder ver a Jesús con los ojos es la suma de todas las tristezas. Dentro de poco ya no me veréis… ¡Y lo dijiste hace casi dos mil años! Sé que esas palabras tienen un correlato: poco más tarde me volveréis a ver. Y sé que la llegada de tu Espíritu supondrá en nosotros ese incremento de fe que nos permite verte con la mirada del alma. Pero, Jesús, el cuerpo tiene sus ojos, y esos ojos te añoran aunque el alma esté empapada con toneladas de fe.

   Vuestra tristeza se convertirá en alegría. Yo supuse que, al convertirse en alegría, la tristeza desaparecería, como desparecen las tinieblas al convertirse en luz. Hoy sé que no es así: que hay una gran fiesta en el alma mientras los ojos lloran. Mientras te gozo en el corazón, te echo de menos en los párpados, que aún tienen que purificarse. ¡Bendito Simeón!

(TP06J)