Libros de José Fernando Rey Ballesteros

Pascua – Espiritualidad digital

El beso de su boca

Que me bese con el beso de su boca (Ct 1, 2). Así comienza el Cantar de los Cantares. Y así comienza, también, la historia del hombre sobre la Tierra. Porque, según nos explica el Génesis, tras haber formado al hombre del barro, Dios insufló en su nariz aliento de vida (Gn 2, 7). ¿Acaso no es un beso, ese soplo? Cuando se besan quienes se aman, comparten lo más íntimo que sus cuerpos pueden compartir: su aliento. Y cuando, en el principio, Dios besó a aquel muñeco de barro en la nariz, le entregó su Aliento de vida, es decir, su Espíritu.

Y, dicho esto, sopló sobre ellos.

Es la nueva Creación. Y el Verbo divino, por quien todo fue creado en el principio, resucitado de entre los muertos, besa a la nueva criatura, le entrega su Aliento, y, con Él, su Amor y su Vida. Ese soplo crea santos.

Hoy te besa Cristo, si es que estás dispuesto a dejarte besar. Hoy te entrega su Aliento, y lo insufla en lo más íntimo de ti. Hoy recibirás, en tu alma, el Amor más tierno y poderoso. Hoy, quien te ama morará en ti. Hoy serás templo de Dios.

(PENTC)

San Juan no usaba calcetines

Me he puesto calcetines negros esta mañana (los amarillos de rombos no le sientan bien al clergyman). Pero, si alguien preguntara quién soy, jamás le diría: «soy el hombre de los calcetines negros». Mis calcetines no me definen. Ni siquiera diría: «soy el hombre de la camisa negra». Mi camisa tampoco me define. Sin embargo, sí podría decir: «soy sacerdote». El sacerdocio de define y me marca.

Pedro, volviéndose, vio que los seguía el discípulo a quien Jesús amaba.

Lo sorprendente de estas palabras es que es el propio Juan quien las escribe. Y, al redactar su evangelio, se define a sí mismo, no por su nombre, sino por algo que lo define más que su propio nombre: El discípulo a quien Jesús amaba. Ese Amor de Cristo lo ha transformado de tal forma que lo ha convertido en una criatura nueva.

Mañana llega el Amor. Y ojalá te alcance de lleno. Abre, de par en par, las puertas del alma, confiesa tus pecados para el que el Paráclito no encuentre obstáculos en su camino hasta lo más hondo. Y, ojalá, a partir de mañana, si te preguntan quién eres, puedas responder: «Soy cristiano», es decir: «Le pertenezco a Cristo».

(TP07S)

Los peligros de la falsa humildad

Esa razón tan «razonada» que paraliza tu apostolado se llama «falsa humildad». Te dices a ti mismo: «Estoy lleno de pecados y miserias. ¿Cómo voy a hablar de Dios? No soy ejemplo de nada. Me responderían: “¿Quieres que amemos a Dios, para que seamos como tú? Mejor no, gracias”».

Te lo repito: falsa humildad. Entre aquellos once apóstoles, quien menos podía presumir de virtud era Simón. Juan había acompañado al Señor junto a la Cruz. Los demás había huido. Pero sólo Pedro había negado a Jesús tres veces con juramento. Y todos lo sabían. Sin embargo, a él le pidió el Señor:Apacienta mis ovejas.

Claro que, antes de pedírselo, le había preguntado: ¿Me amas más que éstos?No le preguntó si era mejor que ellos, sino si lo amaba más. La respuesta de Simón no deja lugar a dudas: Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero. Es decir: «Señor, sabes que soy el peor; pero también sabes lo mucho que te amo».

Apréndelo, y despójate de esa falsa humildad. No te pide el Señor que seas mejor que quienes te rodean; te pide que lo ames más. Por tanto, reza, y deja de excusarte: Apacienta mis ovejas.

(TP07V)

El Cristo extendido, y el niño con rabieta

El día de Pentecostés, los apóstoles estaban reunidos. Llegó el Espíritu, y los dispersó. Sin embargo, los unió. Que no es necesario estar reunidos para estar unidos. La unión que tejió el Espíritu es la de un solo corazón y una sola alma.

Que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros.

Cuando un niño coge una rabieta, se tapa la cara, se repliega detrás de las rodillas como si volviera a la posición fetal, y se acurruca en un rincón. Un cuerpo encogido es un cuerpo cerrado sobre sí mismo, que nada quiere saber del mundo. Una Iglesia permanentemente reunida no es una Iglesia unida: parece una Iglesia con una rabieta.

El cuerpo de Cristo es lo contrario a un cuerpo replegado sobre sí mismo. Con los brazos extendidos en la Cruz, quisiera alcanzar hasta los confines de la Tierra. Ésa es la vocación de la Iglesia: nos reunimos en torno al altar, y nos congregamos para recibir la buena doctrina. Pero, después, animados por el Espíritu, nos dispersamos entre los hombres para iluminar el mundo. Y, como somos uno en Cristo, así llenamos de Cristo la Tierra.

(TP07J)

Dulce huésped del alma

Me cuenta una madre de familia que su hijo adolescente llegó de madrugada a casa «alegre». En el fondo, lo que quiere decir es que el pobre hijo está vacío, no es feliz, y tiene que buscar la alegría en el alcohol. Poco dura esa alegría; y amarga es la resaca que viene después.

Los «me alegro mucho de verte» duran hasta que te alegras de que se marche la visita. No es lo mismo alegrarte de ver a quien viene a comer, que tener que darle conversación hasta la hora de cenar, porque no se marcha ni con agua caliente.

¿Dónde encontrarás una alegría que perdure?

Digo esto en el mundo para que tengan en sí mismos mi alegría cumplida.

Está Jesús pidiendo al Padre el Espíritu para ti y para mí. Él es la alegría cumplida, el «gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos». Gozo y paz son sus frutos. Quien lo recibe y lo saborea conoce la verdadera felicidad.

«Me alegro de verte», le dirás cuando venga en Pentecostés. Pero, en esta ocasión, más aún te alegrarás de que permanezca en ti. Una vez que lo recibas, guárdate del pecado; no lo expulses jamás.

(TP07X)