“Evangelio

Pascua – Espiritualidad digital

El que no se sorprenda de nuevo…

Uno de los problemas que los cristianos tenemos para dejarnos sorprender por la Escritura es que, si hemos recibido buena formación, aparentemente contamos con casi todas las respuestas, y por ello no nos damos por aludidos con las preguntas. Cuando Nicodemo escuchó decir a Jesús: El que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios, quedó sumido en el estupor. Nosotros leemos las mismas palabras, y pensamos: «el bautismo nos hacer nacer a la gracia». Pasamos al párrafo siguiente. Pero eso no significa que hayamos entendido. Significa solamente que nos lo han explicado.

¿Puede por segunda vez entrar en el vientre de su madre y nacer? El nacimiento que Nicodemo conoce es el biológico, cuando el hombre nace «hacia fuera», hacia los seres creados.

El nuevo nacimiento es un nacer hacia dentro. A través de los sacramentos, el Espíritu saca al hombre, cruzando una puerta interior, hacia la eternidad, donde mora con él. No basta, para entenderlo, haber estudiado teología sacramental. Es preciso tener vida interior, y haber cruzado una muerte a la que pocos se arriesgan.

Por eso, ante el evangelio de san Juan, prefiero el estupor de Nicodemo al bostezo de quien todo lo sabe.

(TP02L)

La Divina Misericordia y el perdón de los pecados

divina misericordiaSólo los niños se dejan limpiar cuando se han manchado. Para muchos cristianos, sin embargo, el arrodillarse ante un sacerdote y confesar sus pecados, reconociendo que necesitan su absolución para quedar limpios, supone un trauma imposible de afrontar. Por eso se acercan a Dios imponiendo sus reglas: «Mira, Señor, esto mejor lo arreglamos entre Tú y yo». Convencidos de que se han confesado directamente con Dios, no dudan en acercarse a comulgar.

He escrito «imponiendo sus reglas», porque el Señor ha dejado claro cómo desea derramar el perdón de los pecados en las almas. Y lo ha hecho el mismo día de su resurrección, al decir a los apóstoles: A quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados. Desde ese momento, la Iglesia ha buscado siempre el perdón en las manos de los obispos y los sacerdotes.

Hoy es el día de la Divina Misericordia. Pero no olvidemos que esa Misericordia, que brota del costado de Cristo, llega a las almas a través de las manos de sacerdotes pecadores. Quizá, de este modo, la misma misericordia brilla más. En todo caso, así lo ha dispuesto el Señor. Será porque nos quiere niños, y desea que nos dejemos redimir y limpiar.

(TPA02)

Si tuviéramos fe

Cuando uno celebra su boda, lo que menos le apetece es enfadarse con los invitados. No creo que Cristo resucitado pueda contrariarse por tener que reñir a los suyos; al fin y al cabo, ya ha vencido toda batalla. Pero no fue elegante, por parte de los cristianos, recibir la victoria de Cristo con incredulidad. Tampoco ese día, el más grande de la Historia, estuvimos a la altura.

Se apareció Jesús a los Once, cuando estaban a la mesa, y les echó en cara su incredulidad y su dureza de corazón, porque no había creído a los que lo habían visto resucitado. De la misma forma había reprendido a los dos de Emaús.

Esas reprensiones estaban más dirigidas a nosotros que a ellos. Porque ellos, al fin y al cabo, lo vieron, y, al verlo, cesaron sus dudas. Pero nosotros, muy probablemente, no lo veremos en esta vida; tendremos que esperar hasta alcanzar su orilla. Entre tanto, debemos creer a quienes lo habían visto.

Más me preocupan quienes no tienen a quien creer, porque nadie les habló. Porque mayor reprensión mereceremos nosotros que ellos. ¿Acaso no nos dijo Jesús Id al mundo entero y proclamad el evangelio? ¿Lo estamos haciendo?

(TP01S)

Sobre el rostro de Jesús resucitado

Ese «mirar dos veces» con que los apóstoles escrutan el rostro del Señor resucitado, es fascinante. María lo toma al principio por el hortelano, los de Emaús creen que es un peregrino, los Doce lo confunden con un fantasma… Y hoy, junto al Mar de Galilea ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor. Pero, si no se atrevían, es porque estaban tentados de preguntarle.

El rostro de Jesús había cambiado. Era el mismo rostro, pero sus rasgos no eran los que ellos recordaban. No debería extrañarnos. El que un cuerpo humano escape de las redes del tiempo para ingresar en la eternidad tiene que conllevar, necesariamente, cierta alteración. En muchas ocasiones, y precisamente al meditar este pasaje, lo he imaginado más mayor, con los cabellos y la barba ligeramente canos. ¿No ha sufrido la Historia entera en la Cruz? ¿Qué tendría, pues de extraño, el que reflejase en su semblante la experiencia de la ancianidad? También han desaparecido los rictus de la tensión, la angustia y el dolor. Ya sólo hay paz en ese rostro.

Y, sin embargo, más que nunca, las palabras de Juan son verdaderas: Es el Señor.

(TP01V)

Creer sin tocar

Quizá pensaba en este momento Juan cuando escribía: Lo que contemplamos y tocaron nuestras manos: al Verbo de la vida, pues la vida se hizo visible (1Jn 1, 1–2). Jesús, en la noche del domingo, se había aparecido a los apóstoles, temerosos y asustados, y les había invitado a tocarlo: Palpadme, y daos cuenta de que un espíritu no tiene carne y huesos.

¡Qué bien lo entendemos! El sentido del tacto es el mejor remedio contra el miedo. Toma la madre la mano del hijo asustado, y el niño, al contacto con la piel de su mamá, recupera la calma. ¿Nunca has puesto tu mano en el hombro de quien está preocupado o triste? Ese contacto, tan personal y directo, es certeza de la cercanía de un ser querido, y por ello aporta seguridad. Quien toca o es tocado sabe que no está solo. Y lo sabe en las células, que es donde necesita saberlo, porque son las células las que tiemblan.

No es por halagar nuestra vanidad, pero tenemos mérito. No tocamos a Cristo, y creemos. No lo palpamos, y lo amamos. Sé que parafraseo a san Pedro; de él lo he aprendido.

¡Qué tremenda es la fe!

(TP01J)

Al menos conservaste la memoria

Les ha sucedido lo de aquel proverbio tan cierto: «el perro vuelve a su vómito» y «la puerca lavada, a revolcarse en el cieno» (2Pe 2, 22). Estas palabras parecen estar pensadas para aquellos dos discípulos que iban caminando a una aldea llamada Emaús.

Un día encontraste a Jesús, y, loco de amor, decidiste romper para siempre con el pecado y con la muerte. Querías vivir eternamente, porque la eternidad era Él. Junto a Él caminaste, dejando atrás cuanto fuiste… Hasta que el Señor se adentró en las sombras que preceden a la luz.

Te quedaste quieto. Titubeaste, y, asustado por las sombras, te diste la vuelta. «¿Y si no hay nada? ¿Y si, después, todo era mentira o sugestión? Ya no lo veo. ¿Y si ha muerto? ¿Y si nunca existió, si fue un sueño?»… Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día.

Tomaste el camino de vuelta hacia tu sepultura, dispuesto a encerrarte allí. ¡Pobre idiota! ¿No ves que, después de haber conocido a Cristo, nada colmará tu corazón si no es Él?

Quédate con nosotros. ¡Menos mal que, aunque perdieras la fe, no perdiste la memoria!

(TP01X)

Como una niña perdida

¿Te perdiste alguna vez cuando eras niño? ¿Lloraste? Habías perdido de vista a tus padres, y desconocías el camino hacia casa. El mundo, que hasta entonces era un lugar apasionante, se te convirtió, de repente, en campo de batalla poblado de enemigos y repleto de peligros. No había en él un lugar para ti. De sentirte en casa y protegido, habías pasado a sentirte extraño e indefenso.

Por eso llora María: Se han llevado a mi Señor, y no sé dónde lo han puesto. Desde que conoció a Jesús, el mundo había cambiado para ella. Cristo era su padre, su madre y el camino hacia su hogar; su único punto de referencia para orientarse en la vida. Ahora siente que lo ha perdido, y se ve desorientada, extraña y forastera en un mundo hostil que ya no es el suyo. Está perdida, no sabe a dónde ir, ni quiere ir a ningún sitio si Cristo no está en él.

– ¡María! – ¡Rabbuní!… Ante aquella voz, y ante aquel rostro, María recupera la orientación. Los caminos vuelven a llevar a lugares definidos, y ella sabe hacia dónde dirigir sus pasos. De nuevo es niña. Tiene hogar, y sabe cómo llegar a él.

(TP01M)

Galilea

Es lunes, pero es domingo. Durante ocho días prolonga la Iglesia este domingo de Pascua, y así se complace en recorrerlo despacito, aprovechando cada minuto del Día de los días.

Ayer recibíamos la noticia de labios de un sepulcro vacío de muerte y rebosante de luz, y hoy es el mismo Jesús, resucitado y eterno, quien se muestra a las mujeres que habían acudido a embalsamar su cuerpo. Como si fuera una consigna, les repite la misma frase con que había anunciado su triunfo sobre la muerte antes de padecer: Id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea. Allí me verán.

¿Por qué a Galilea? Porque allí comenzó todo. Y es preciso comenzar de nuevo. No podemos continuar la vida donde la dejamos antes de la Semana Santa, porque aquella vieja vida ha quedado sepultada para siempre. Hoy nacemos, volvemos al punto de partida y empezamos a vivir, pero ahora vivimos para Dios.

Habéis vuelto a nacer. Y no de una semilla corruptible, sino de una incorruptible: la palabra de Dios, viva y verdadera (1Pe 1, 23). Por eso volvemos a Galilea. Porque hoy comienzan nuestras vidas, y ya no tendrán fin. Nuestra vida, en adelante, es Cristo.

(TP01L)

¡Vive! ¡No está muerto!

Siempre me ha desconcertado la forma en que la Iglesia proclama al mundo entero la resurrección de Cristo. Porque ni anoche, en la vigilia pascual, ni hoy, en la misa del domingo de resurrección, los relatos se centran en Jesús resucitado. Toda la atención la acapara el sepulcro vacío. La Iglesia proclama que Cristo vive gritando que no está muerto.

El anuncio, realizado así, está lleno de sentido. Porque a Cristo resucitado no lo vemos, pero nuestra muerte la palpamos cada día. El sepulcro abierto del Señor ha convertido esa muerte en camino hacia Él.

A lo largo de esta semana de Pascua que ahora empieza, el evangelio nos mostrará a Cristo resucitado. Pero es preciso que hoy escuchemos que la muerte ha sido vencida, y que el sepulcro que parecía proclamar el triunfo de las sombras es hoy puerta y frontera de la vida eterna. Desde el otro lado de esa frontera, Cristo brilla como nunca y nos llama a su gloria.

No. No vemos a Cristo resucitado. Pero percibimos su brillo detrás de nuestra muerte, de nuestro dolor y de nuestra pobreza. Ese sepulcro vacío es también el nuestro, y está abierto a la vida eterna.

¡Feliz Pascua!

(TPA01)

Cuando Cristo sopla

sopla    Una de las acepciones del verbo «soplar» es la de «informar», aunque clandestinamente. Se llama «soplón» al delincuente que delata a sus cómplices, y también los estudiantes dicen que alguien les «sopló» el examen cuando un compañero le proporcionó las respuestas.

    Exhaló su aliento sobre ellos… Si es Dios quien sopla, toda la sabiduría divina se transmite a través de su aliento. Porque su Aliento es su Espíritu, y por Él conocemos la intimidad de Cristo. Dice san Pablo: ¿Qué hombre conoce lo íntimo del hombre sino el espíritu del hombre que está en él? Del mismo modo, nadie conoce lo íntimo de Dios, sino el Espíritu de Dios. Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios, para conocer las gracias que Dios nos ha otorgado. Porque ¿quién conoció la mente del Señor para instruirle? Pero nosotros tenemos la mente de Cristo (1Co 2, 11–12. 16).

    Jesús se sopla a sí mismo en su Espíritu. Quien lo recibe, piensa como Cristo, ama como Cristo, perdona como Cristo, habla como Cristo, vive como Cristo… Es otro Cristo. Por ello, para recibirlo es preciso estar dispuesto a quemarse y desaparecer. ¿Tú lo estás?

(PENTC)