El Mar de Jesús de Nazaret

Pascua – Espiritualidad digital

Tu bautizo, tu boda, tu comunión

le da la ganaSupongo que, para los comercios, mayo es un mes maravilloso. Quien no tiene una primera comunión, tiene un bautizo; quien no tiene un bautizo, tiene una boda; y quien tiene alguna de las tres cosas, tiene un regalo que comprar. Si tienes las tres, mayo será tu ruina.

Si ya compraste el regalo de comunión de tu sobrino, detente un instante… Porque hoy, día de Pentecostés, es el día de tu bautizo, tu boda y tu comunión. Y, en lugar de comprar, recibiremos nosotros el mayor regalo que jamás haya recibido un hombre.

Sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo». Es el Hijo de Dios quien nos lo regala. Y no lo compra en una tienda; el regalo se lo saca de dentro. En la Cruz, vació su cuerpo de sangre y agua para derramarlo sobre nosotros. En Pentecostés, vacía su aliento y nos lo entrega… Es su propio Espíritu, su propia vida en nosotros.

Es tu bautismo, porque en ese Espíritu fuiste bautizado. Es tu boda, porque ese Espíritu es el Amor que te desposa con Él. Es tu comunión, porque ese Espíritu consagra el Pan que comulgas.

¡Felicidades! ¿Te gusta tu regalo? Recíbelo… y aprovéchalo.

(PENTB)

Deberíamos haber aprendido

Cuando Eva paseaba por el Jardín, su mirada estaba absorta en Dios… Hasta que la serpiente la llamó, y Eva fijó sus ojos en el Enemigo. La Humanidad entera se hundió entonces.

Miles de años después, Simón fue invitado por el Hijo de Dios a caminar sobre las aguas. Mientras caminaba, su mirada estaba fija en Jesús… Hasta que las olas y el viento lo asustaron, y Simón apartó los ojos del Señor para mirar al mar. En ese momento, se hundió.

Poco más tarde, en Getsemaní, Pedro siguió a Jesús hasta el Sanedrín… Hasta que la hoguera de unos soldados le recordó que tenía frío, y, olvidando a Jesús, acudió a calentarse al fuego de los enemigos. Después negó a Jesús tres veces.

Ha resucitado Jesús, y Simón, arrepentido, le ha declarado su amor. Camina junto al Señor… Hasta que, volviéndose, vio que los seguía el discípulo a quien Jesús amaba (…) «Señor, y este, ¿qué?».

¿A ti qué?, responde Jesús. Tú sígueme.

Dos mil años después, deberíamos haber aprendido: cada vez que fijamos la mirada en algo o alguien distintos del Señor, por importante o urgente que parezca, perdemos soberanamente el tiempo, y nos perdemos a nosotros mismos.

(TP07S)

Lecciones de amor humano

Simón¡Qué humano es el Amor de Dios, destilado en el corazón amorosísismo de Cristo! Y, aunque no podría ser de otra forma, ¡qué humano es nuestro amor a Dios!

Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?

Cuando alguien te ama, necesitas escucharlo. No te basta con saber; quieres que ese amor acaricie tus oídos con un «te quiero», y sólo entonces saboreas el cariño sincero de quien te proclama su afecto. Sorprende que Jesús, después de resucitar, no haya querido abandonar esa «debilidad»: sigue mostrándose necesitado de amor, y de amor humano. Poco antes, desde la orilla, había pedido una limosna de pescado a los apóstoles. Está claro que Jesús también se ha llevado al cielo nuestra hambre.

Dile al Señor, muchas veces, que lo amas. Observa, y escucharás su voz desde el sagrario: «¿Me quieres?». Responde.

Sí, Señor, tú sabes que te quiero.

Cuando amas a alguien, necesitas que lo sepa. ¿Qué hacer con todo ese amor, si no encuentras un corazón abierto que lo reciba? Amar en secreto es sólo padecer. Sin embargo, cuando el ser amado recibe tu amor, el corazón descansa.

Jesús sabe que lo amas. Conoce tu debilidad, pero también tu amor. Descansa.

(TP07V)

Desagravio

¡Qué buen Hijo, Jesús! Ve a su Padre ultrajado por la ingratitud de los hombres, y su corazón se estremece de angustia. Podría lanzar maldiciones sobre quienes así desprecian el Amor de Dios. Pero, en lugar de eso, prefiere ofrecerle a su Abbá algo que le consuele:

Padre justo, si el mundo no te ha conocido, yo te he conocido, y estos han conocido que tú me enviaste. Es como decirle: «Abbá, no los mires a ellos. Mírame a mí y a los míos. Nosotros sí te conocemos y te amamos. Acepta la ofrenda de mi amor y el de aquellos que me diste».

Se llama «desagraviar». Y es un gesto que, por ser de Jesús, te aconsejo que hagas tuyo. Cuando observes que tus hermanos hacen algo mal, no te vuelvas contra ellos ni los juzgues. Piensa en el Amor de Dios, afrentado por los pecados de los hombres, y procura hacer tú muy bien lo que otros hacen mal. Preséntale al Señor tu amor, y desagravia así por la frialdad de otros. Bendícele, y desagravia así por tantas blasfemias. Sé casto, y desagravia por tanta lujuria. Sé manso, y desagravia por tanta ira…

Tu vocación es el desagravio.

(TP07J)

¿Qué es la santidad?

A menudo pensamos en la santidad como si fuera un ejercicio moral, una medalla de oro en la olimpiada de virtudes que debe adquirirse a base de un tremendo esfuerzo. Pero, si así fuera, la santidad no sería asequible para todos los hombres; no todo el mundo puede ser campeón olímpico. Desde luego que los santos han mostrado virtudes, y en grado heroico. Pero no son esas virtudes la esencia de su santidad, sino, más bien, sus frutos. La santidad es otra cosa.

Santifícalos en la verdad; tu palabra es verdad. La santidad es una suerte de consagración. Y no me refiero, ahora, a los votos de los religiosos, sino al sentido más literal de la palabra «consagración»: el misterio por el que un ser se convierte en sagrado. Y lo sagrado es propiedad de Dios. Cuando un hombre pasa a ser propiedad de Dios, queda consagrado, es decir, santificado.

Te pido perdón por el galimatías, si crees que no me he explicado bien. Lo escribiré de forma más simple. Cuando el Espíritu Santo conquista tu alma, y puedes decirle al Señor, con verdad: «Soy tuyo, te pertenezco, me has robado el corazón»… Entonces, estás siendo consagrado, y también santificado.

(TP07X)