Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

Pascua – Espiritualidad digital

Mejor recibir que padecer

Si, mientras caminas por la calle, te cae encima un tiesto que se ha descolgado de un balcón, engrosarás dos colectivos nada apetecibles: el de los descalabrados, y el de los sujetos pasivos. El de los descalabrados, porque el tiesto te ha abierto la cabeza. Y el de los sujetos pasivos, porque tu participación en el accidente se ha limitado a padecerlo. También el balón es sujeto pasivo de la patada del futbolista. No es agradable parecerse a un balón.

Perdón por el prólogo, pero era necesario para explicar que el Espíritu Santo no es un tiesto que te cae en la cabeza, ni una patada de Dios en el alma. Jesús no dice: «¡Ahí va el Espíritu Santo!», sino: Recibid el Espíritu Santo.

Tendrás que ingresar en el colectivo de los sujetos receptivos, más humano que el de los pasivos. El sujeto receptivo no padece, recibe. Se prepara, abre puertas, alberga en lo profundo lo recibido y lo guarda. No es lo mismo «oír» que «escuchar», ni es lo mismo que el Paráclito te caiga encima que recibirlo en el alma.

¿Has confesado? ¿Te mantienes en oración constante? ¿Permaneces cerca de la Virgen? Recibid el Espíritu Santo. Y alegraos.

(PENTA)

Secuelas, precuelas y vidas de santos

Hace años, cuando el cine era arte, y no técnica, las películas terminaban con el consabido «The End». Ese rótulo ha desaparecido en las cintas modernas porque, como la gallina ponga algún huevo de oro, nadie se atreverá a matarla con un «The End». Habrá secuela, precuela, «spin-off», segunda parte, tercera, y las que hagan falta, mientras dé dinero.

Primero fue san Juan. El discípulo amado se niega a poner el «The End», y deja el final tan abierto que, dos mil años, después, la película no ha terminado:

Muchas otras cosas hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que ni el mundo entero podría contener los libros que habría que escribir. No será porque no lo hayamos intentado: las actas de los mártires, las Confesiones de san Agustín, la Florecillas de san Francisco, la bibliografía entera de santa Teresa, todas las vidas de santos habidas y por haber… son la narración continuada de las «cosas» que hizo Jesús, a través de su Espíritu, en las almas que se le rindieron.

Y tu biografía… si quieres. ¿Te dejarás cautivar por el Paráclito? ¿Le entregarás cuanto tienes, para que Jesús pueda seguir haciendo sus «cosas» a través de ti?

(TP07S)

El «Otro»

SimónTened mucho cuidado antes de juzgar a Pedro por sus tres negaciones. Ninguno de nosotros sabemos cómo hubiéramos reaccionado, de haber estado en su lugar. Lo que sí sabemos es que Simón Pedro amaba a Jesús, y lo amaba locamente. El propio apóstol lo sabía, cuando, entre lágrimas, respondió al Señor:

Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero.

Si su amor estaba en contradicción con sus obras, era, simplemente, porque amaba según sus pobres fuerzas, con un corazón herido por el pecado y enfermo de egoísmo, incapaz de dar la vida por el ser querido. Sólo cuando fuese purificado por el Espíritu podría amar a Cristo como Cristo lo había amado a él.

Cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras. El Espíritu Santo es ese «Otro», que nos ata, nos somete a dulce obediencia, y nos lleva donde nuestro corazón enfermo no quiere ir: a la muerte. Él llevó a Jesús al desierto, Él llevó a los apóstoles por toda la tierra, Él llevó a los mártires al cadalso.

Pídelo tú también, no tengas miedo. Atado por el Espíritu Santo con lazos de Amor, darás generosamente tu vida por Cristo.

(TP07V)

Respuesta de una mujer celosa

Una mujer criada, desde niña, en el ateísmo, me escribió: «Yo no podría amar así a ese Jesús de quien usted habla. No soportaría que alguien a quien amo con esa pasión fuera amado, también, por millones de mujeres».

Comprendí la respuesta. Esta mujer no tenía otro punto de comparación que el amor que sentía por su marido. Y no hubiera soportado ver a su marido amado por millones de mujeres. Hay que encontrarse con Cristo y amarlo para entender que el amor a Cristo, y la intimidad con Él, genera tal explosión de alegría en el alma que el cristiano necesita comunicarlo; y que, al comunicarlo, no pierde esa intimidad.

Les he dado a conocer tu nombre, para que el amor que me tenías esté en ellos. Si el propio Cristo necesita comunicar la intimidad que tiene con su Padre, cuánto más necesita el cristiano manifestar a todos el Amor de Cristo.

Me cuesta más trabajo entender a quienes, asegurando haber alcanzado intimidad de amor con Jesús, parecen querer guardárselo para ellos solos. Si les hablas de apostolado, parece que les estuvieras invitando a escalar el Everest de rodillas. No creo en esa intimidad. La tengo por sentimentalismo barato.

(TP07J)

Gozo que enjuga las lágrimas

Es urgente acabar con esa mentalidad, tan arraigada en muchos espíritus, según la cual el hombre se santifica sufriendo. Hace poco me lo recordaba un hermano, y hoy lo repito yo: no es verdad que, entre dos posibilidades, Dios prefiera, siempre, la que más fastidia. Eso es un insulto a la paternidad de Dios.

El sufrimiento va incluido en la vida. La gracia convierte ese sufrimiento en ofrenda de amor, pero nunca en la esencia de la santidad. Al contrario, el hombre se santifica gozando y obedeciendo.

Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad. El «Espíritu de la verdad», trae al alma la noticia de Cristo y la enamora. En esa contemplación gozosa, el hombre alcanza el fin para el que fue creado: Sea el Señor tu delicia (Sal 37, 4).

Como tú me enviaste al mundo, así yo los envío también al mundo. Encendida en amor, el alma, llena de alegría, se entrega a la obediencia, y ya sólo busca cumplir la misión para la que ha sido enviada. En esa misión hay dolor, porque lo hay en la vida, pero el Amor todo lo vuelve dulce, y la vida del santo, incluso cuando llora, es una fiesta.

(TP07X)

Burbujas piadosas

¿Recordáis a aquel hombre de la parábola, a quien su amo le dio un talento para que lo hiciera fructificar, y que prefirió enterrarlo para que no se perdiera? Así son muchos cristianos que, sabiendo que el mundo es hostil a Cristo, deciden encerrar su vida en «burbujas piadosas» para no contagiarse de los males de este siglo. Buscan «ambientes cristianos», medios de comunicación católicos, webs piadosas, grupos de amigos creyentes, entretenimientos píos y lecturas espirituales para no tener contacto con un mundo al que temen. No se mezclan con adúlteros, ni con blasfemos, ni con ateos…

Pero Jesús vino al mundo, y se mezcló con pecadores, publicanos, prostitutas y gentiles. Vino al mundo, y estuvo en el mundo; no se quedó encerrado en el Hogar de Nazaret, ni en la sinagoga.

Antes de subir al Padre dijo: Yo ya no voy a estar en el mundo, pero ellos están en el mundo.

Cuando el Espíritu rompió las puertas del Cenáculo en Pentecostés, los apóstoles se dispersaron por toda la tierra, y anunciaron el evangelio a gentiles y pecadores.

A ese mismo Espíritu le pediremos, para este Pentecostés, que rompa las burbujas. No necesitamos «ambientes cristianos»; necesitamos cristianizar los ambientes.

(TP07M)

El don de entendimiento

Leído aisladamente, el evangelio de hoy no ofrece ninguna complicación en cuanto a la exclamación de los apóstoles: Ahora si que hablas claro y no usas comparaciones. Pero, si te introduces en la escena, infiltrándote en el capítulo 16 de san Juan, verás que, dos minutos antes, los apóstoles estaban desconcertados: «¿Qué significa eso de “dentro de poco ya no me veréis, pero dentro de otro poco me volveréis a ver”, y eso de “me voy al Padre”?». Y se preguntaban: «¿Qué significa ese “poco”? No entendemos lo que dice» (Jn 16, 17-18). ¿Cómo pasaron, en dos minutos, de no entender a entender?

Como mucha gente. Yo he visto cómo personas incapaces de leer dos páginas seguidas de la Biblia, de repente, pasaban a devorar las Escrituras con hambre atrasada de años. Y todo comenzó con una frase, una palabra del evangelio que, colándose en el corazón como una llave, lo abrió a los secretos divinos.

Se llama don de entendimiento. Pídeselo al Espíritu en este decenario. Es una luz, una palabra interior que te explica las páginas de la Escritura y las vuelve dulces al paladar del alma. Cuando lo recibas, la Palabra divina será alimento necesario para ti.

(TP07L)