Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

Pascua – Espiritualidad digital

Entendimiento

¡Al menos lo reconocen! No entendemos lo que dice, confiesan los apóstoles. No mucho antes, en Cafarnaúm, miles de personas se rebelaron contra el discurso del Pan de vida y abandonaron a Jesús, sin tampoco haber entendido lo que decía. Pero, por su cuenta, decidieron que aquellas palabras eran duras y no merecían ser escuchadas. Su soberbia los perdió.

Es normal que los apóstoles no entendieran. Aún no habían recibido el Espíritu, y, por tanto, no habían sido bendecidos con el don de entendimiento. Días más tarde, cuando el Paráclito descendiese sobre ellos, no sólo entenderían; también proclamarían. Y, desde ese momento, serían ellos los incomprendidos.

De los siete dones, el don de entendimiento es el que abre para nuestras almas las palabras de Jesús. Si lo pides, y después lo acoges, una sola frase de la Escritura podrá tenerte en oración días enteros, y tu alma se iluminará con las palabras del Señor. Sabrás entonces que esas palabras son más dulces al paladar del espíritu que la miel en la boca. Y las saborearás despacio, encontrando en esa dulzura el más grande de los siete dones: el de sabiduría, que tiene más que ver con saborear que con saber.

(TP06J)

La modestia de Dios

El que un hombre sea modesto es admirable, porque muy pocos lo son, pero se comprende. ¡Somos tan poca cosa! Lo realmente sobrecogedor es la modestia de Dios. Quizá es el último a quien le pediríamos que fuese modesto, porque nadie está sobre Él. Y, sin embargo, hay entre las tres divinas personas tal modestia que el sólo atisbarla hace estremecer.

Dice el Hijo –lo hemos oído muchas veces estos últimos días– que Él nunca hace ni dice nada por su cuenta. Habla y actúa según le muestra su Padre. Y el Espíritu –nos anuncia hoy el Señor– no hablará por cuenta propia, sino que hablará de lo que oye. ¡Nadie parece darse importancia en esta concurrencia de personas divinas! Y, por si alguno pensase que, al menos, el Padre hace ostentación de lo suyo como fuente y origen de todo, prosigue hoy el Señor: Todo lo que tiene el Padre es mío. De modo que también el Padre entrega lo suyo sin darse importancia.

¡Qué ridículos quedamos, en comparación, los seres humanos! Siempre queremos vender nuestra marca, y dejar claro ante todos nuestra originalidad, para ensalzar nuestra imagen. ¡Cuánta inmodestia! Si tanto quieres encumbrarte, sé como Dios. Sé modesto.

(TP06X)

Los hijos de Dios no mueren

Jesús nunca dijo «me muero». Cuando se refirió a su Pasión, anunció más bien que entregaría la vida (Cf. Jn 10, 18). Otras veces, como en el evangelio de hoy, habló de su muerte como una vuelta al Padre: Ahora me voy al que me envió.

Un hijo de Dios nunca muere. Un hijo de Dios entrega su vida. Si pasas tus días huyendo de todo aquello que te hace sufrir, y defendiéndote de las personas que vienen a quitarte la vida, no vivirás como hijo de Dios, sino como un pobre animalito empeñado en sobrevivir. Entonces, un día, morirás. Y lo harás como un fracasado, que, al final, perdió la partida y fue alcanzado por la muerte.

Pero, si no te defiendes, si eres generoso y te dejas comer, si entregas tu vida a quienes vienen a buscarla, no morirás. El día en que salgas de este mundo, lo harás para volver a Cristo, de cuyo costado naciste. Y quienes te recuerden no dirán: «se ha muerto»; eso se dice de los animales. Si has vivido como un hijo de Dios, quienes te recuerden dirán: «Ha entregado la vida. Ha vuelto a Cristo, su Amor».

Vale la pena. ¿No?

(TP06M)

Rojo por el fuego. Rojo por la sangre

¿Te has preguntado alguna vez por qué el color litúrgico del Espíritu Santo es el rojo, el mismo color de los mártires? Fácil sería decir que el rojo de los mártires es el de la sangre, mientras el rojo del Espíritu es el del fuego. Pero más acertado será afirmar que el que viene como fuego al corazón del cristiano se acaba manifestando al mundo a través de la sangre.

El Espíritu de la verdad dará testimonio de mí; y también vosotros daréis testimonio. El testimonio del Paráclito en el corazón del cristiano es dulce. Trae el recuerdo vivo del Señor, y, con el recuerdo, la presencia misma del Padre y del Hijo. El alma se llena de una inefable suavidad, y el cristiano se recoge dentro de sí para descansar sólo en Dios como descansa un niño en el regazo de su madre.

Pero el mismo Espíritu abrasa por dentro las entrañas. Había en mis entrañas como fuego –dice Jeremías–. Yo intentaba sofocarlo, y no podía (Jr 20, 9). Entonces el testimonio del Espíritu se vuelve oprobio para el cristiano, y el mundo recibe al siervo como recibió al Señor. El rojo, ahora, es el de la sangre.

(TP06L)

Haz que vean los que no ven

El discípulo de Cristo está en el mundo, vive en el mundo, ríe y llora en el mundo, y ama al mundo… Pero no es del mundo. Podría decirse que el discípulo de Cristo está en el mundo, pero no es –¡no debe ser nunca!– mundano.

El mundo no puede recibirlo (al Paráclito), porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque mora en vosotrosEl mundo no me verá, pero vosotros me veréis. La diferencia esencial entre los cristianos y el mundo radica en la fe. El mundo no puede recibir al Espíritu porque, al no admitir más que lo que entra por los sentidos, no lo ve. Esa torpeza de quien sólo mira por los ojos mueve a Cristo a lamentarse de que, después de su ascensión, el mundo no me verá. Está ciego. Sólo la fe permite al cristiano ver a Cristo, presente en la Eucaristía y también presente en el alma en gracia por su Espíritu.

¿Cómo haremos nosotros que ese mundo, que sólo mira por los ojos, vea? Mostrando a Cristo ante sus ojos. ¡Seamos nosotros otros cristos! Y, al vernos, muchos ciegos recobrarán la vista. Entonces, cuando vean, se confesarán.

(TPA06)

Palabras que se vuelven locas

Cuando las palabras humanas apuntan a lo inefable, las pobres se vuelven locas, y no pueden sino dar vueltas. A quien escucha, todo se le hacen contradicciones y desmentidos, como un afirmar algo y también su contrario. Es preciso tomar la distancia justa que permita oír a la vez el sí y el no, y, entonces, el corazón se eleva a lo sublime.

Dice Jesús: Yo os he escogido sacándoos del mundo; y, poco después, orando a su Padre: No te pido que los saques del mundo (Jn 17, 15). Por vocación, y por esperanza, el corazón del cristiano está en el cielo, porque camina, como peregrino, hacia la gloria. Pero, mientras caminamos, estamos en el mundo, y desde dentro ansiamos con redimirlo crucificados con Cristo.

Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán. E, inmediatamente: Si han guardado mi palabra, también guardarán la vuestra. Mira a San Pablo: persiguió a los cristianos, y guardó finalmente su palabra. Cuando el perseguidor arrincona al cristiano en la Cruz, y el cristiano, mansamente, se inmola, resulta transformado el corazón del verdugo, y queda convertido en cristiano.

Ya lo ves: no son contradicciones. Son formas de apuntar a lo inefable.

(TP05S)

No te admiro; te felicito

¡Qué ridículos somos cuando convertimos en heroicidades humanas las misericordias de Dios! Ingresa una joven en un convento, y familiares y amigos se pasman: «¡Con lo guapa y lista que es! Podría haber conseguido lo que quisiera, podría haber llegado más lejos que nadie, y elige la pobreza de un monasterio». Reciben unos jóvenes el sacramento de la confirmación, y, en ocasiones, hasta el celebrante los ensalza: «Estos jóvenes han dicho que sí a Jesucristo, a pesar de las seducciones del mundo. Tienen mucho mérito». Cuando nos lo proponemos, podemos alcanzar grandes logros en el campo de la idiocia.

No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido. ¿Acaso se edifica un monumento a quien abre la ventana para que entre el sol? Más bien, habría que castigarlo si no lo hace y nos deja a todos a oscuras. Decir «sí» a un Dios que, en su misericordia, te ha elegido, tiene el mismo mérito que abrir la puerta y dejarlo entrar. La dicha es que Él entre y llene la casa.

A quien dice «sí» no le admira; se le felicita por haber sido elegido. ¡Ay de él –y de nosotros– si dijera «no»!

(TP05V)

Jesús, mi hogar

Entre los hombres –y las mujeres– el amor es, frecuentemente, moneda de cambio: te amo si me amas, te amo para que me ames, ámame y te amaré, etc. Por eso, cuando le preguntas a alguien por un amor roto, no es raro que vuelque las culpas sobre quien dejó de amarle: «Esto es cosa de dos», te dicen. «Si me hubiera tratado mejor, aún le amaría» …

Es lo que me fascina de Dios. En Dios, el amor no es moneda, sino hogar. Una moneda la guardas y la usas; en un hogar vives o te marchas, pero el hogar sigue ahí, con las puertas abiertas para cuando quieras regresar. Cristo no te ama dándote algo –aun cuando su propio cuerpo te lo da en alimento–; Cristo te ama mostrándote la llaga de su costado e invitándote a vivir en Él.

Como el Padre me amó, así os he amado yo. Y es que cristo vive en el Padre; está en Él y en Él mora. Permaneced en mi amor. Es decir: «Ven a vivir en Mí y quédate, no te marches. Entra en mi costado y no salgas de allí».

Amar a Cristo es vivir en Él.

(TP05J)

Cosas inútiles

Puede parecer la obra de un viñador despreocupado: Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen, y los echan al fuego, y arden. Sin necesidad de trabajar para Federico Paternina, supongo que el tal viñador pasea por la viña, ve a un sarmiento descolgado de la vid y lo termina de arrancar para que no sea un peso muerto. Luego se seca, y con el tiempo hará buena leña. Poquita, pero buena.

Pero, en la vida espiritual, la situación es ligeramente distinta. No es Dios, el viñador, quien arranca el sarmiento que no permanece en la vid. Cuando el alma no permanece recogida en Cristo se entrega de lleno a las criaturas. No piensas en Dios porque estás pensando en tus problemas, en tus urgencias, en cosas inútiles o, simplemente, soñando despierto. Y son esas mismas criaturas, esas «cosas inútiles», las que tiran de ti y acaban por arrancarte del todo de Cristo. Después se hacen contigo (los recogen) te precipitan en la muerte (los echan al fuego) y te pierdes para siempre (y arden).

¿Qué hace, entre tanto, el Viñador? Llorar desde la Cruz y llamarte para que vuelvas.

(TP05X)

La pizarra de Dios

Harto de explicar una y otra vez lo mismo, cuando te das cuenta de que no te han comprendido, procuras simplificar. Que entre por los ojos lo que no entró por el oído. Y, entonces, haces un dibujo, lo señalas, y dices: «¡Esto es!». Si has logrado condensar en una sola imagen cuanto quisiste explicar con mil palabras, quizá te comprendan.

Por eso la Cruz es la pizarra de Dios: Se acerca el príncipe de este mundo; no es que él tenga poder sobre mí, pero es necesario que el mundo comprenda que yo amo al Padre, y que, como el Padre me ha ordenado, así actúo.

Lo más desconcertante, y a la vez la señal suprema de la genialidad divina, es que Dios permitió que fuera el demonio quien dibujase, mientras encargaba a su Hijo que dotase de color el cuadro. La Cruz fue obra de Satanás; la Redención, obra de Cristo. Pero esa dulce obediencia perfumó la Cruz de tal manera que cuantos la miran comprenden, en una sola intuición, el Amor de Cristo. ¡Qué grandeza, la de Dios!

Déjame decirte algo: ojalá los hombres, al verte actuar, comprendieran que amas a Dios. Ojalá fueras dibujo de Cristo.

(TP05M)