Lirbos de José-Fernando rey ballesteros

Pascua – Espiritualidad digital

Caribdis, Escila y tú

Que la virtud está en el medio ya lo decían los griegos hace unos cuantos siglos. Y en el medio está el lugar del cristiano: en el mundo sin ser del mundo.

Por seguir con los griegos, llamemos a los extremos Caribdis y Escila.

Caribdis es el miedo al mundo que puede llevar al seglar a encerrarse en «ambientes cristianos», piadosas burbujas donde el mundo no lo contamine, pero desde donde no puede anunciar el Evangelio a quienes no creen.

Escila es el espíritu frívolo que lleva al cristiano a mundanizarse. Por no ser diferente, se llena de mundo por dentro, y participa en todos los pecados con los que el mundo ofende a Dios.

Vosotros lloraréis y os lamentaréis, mientras el mundo estará alegre; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría. El cristiano está en el mundo, y ama a quienes allí viven. Pero es ciudadano del Cielo. Sus tristezas y alegrías son distintas de las de los hombres. Porque al cristiano le entristece el pecado y le alegra Cristo, mientras al mundo le alegra el pecado y le asusta Cristo.

Si un día me alegra más el chismorreo que la misa, tendré que convertirme urgentemente.

(TP06J)

Un cordón sanitario en la azotea

Muchas veces, en el evangelio de san Juan, dice Jesús que Él no habla por cuenta propia, sino que dice lo que el Padre le ha ordenado. Pensé que era virtud del Hijo, pero ya se ve que es costumbre de familia, algo habitual en la Trinidad:

El Espíritu de la verdad os guiará hasta la verdad plena. Pues no hablará por cuenta propia, sino que hablará de lo que oye.

Si en la Trinidad Santísima se practica esta buena costumbre, ¡qué necios seríamos si no tomásemos buena nota! ¡Cuántos males vienen de hablar por cuenta propia, cuántos estropicios por decir lo primero que nos viene a la cabeza! Si, al menos, una vez que la sentencia aterriza en nuestra azotea, antes de permitir que desembarquen las palabras les preguntásemos de dónde vienen… Así podríamos tender un cordón sanitario para todas aquéllas que traen pasaporte de las vísceras. Y son muchas. Y muy peligrosas.

Mañana comenzamos el decenario al Espíritu Santo. Pero, ya desde hoy, pidámosle el don de consejo. Que nuestra palabra sea siempre sopesada y espiritual, como corresponde a personas de vida interior. Que no hablemos por cuenta propia, sino que sean nuestros labios instrumentos dóciles de Dios.

(TP06X)

Desátanos, Señor…

Se acerca la fiesta de la Ascensión. A lo largo de estos días de Pascua, el Señor nos ha ido preparando para contemplar su subida al Padre: Subo al Padre mío y Padre vuestro (Jn 20, 17), me voy a prepararos un lugar (Jn 14, 2), os alegraríais de que vaya al Padre (Jn 14, 28)… Y, hoy mismo: Ahora me voy al que me envió. Desde aquel «no me retengas» del Resucitado a María Magdalena, ha dejado claro que Él no está atado a nada ni a nadie de este mundo. Cristo ama con Amor infinito a cada criatura, pero también con infinita libertad: su Padre es su único apego.

Ojalá nuestra vida transmitiera a los hombres el mismo mensaje: «Me voy a Cristo. A Él le pertenezco. Y nada de este mundo me atará ni me alejará de Él».

¡Cuántas cadenas! ¡Cuántos apegos! «Voy a rezar, pero, antes, terminaré de responder a los whatsapps. Voy a misa, pero, antes, paso un momento a comprar algo. Voy a hablarle de Dios a este amigo, pero, antes, me lo pensaré, no vaya a ser que se ría de mí».

Desátanos, Señor, de todo lo que no nos ate a Ti.

(TP06M)

El nuevo y discutible «testimonio»

Nuestro mundo hace cosas extrañas con las palabras. Incluyo, desgraciadamente, a nuestro «mundo eclesial».

También vosotros daréis testimonio. Leemos esto, y de inmediato nos vamos al circo. Porque, hoy día, la palabra «testimonio» ha adquirido tintes circenses, al estilo de aquellos espectáculos donde se exhibía a la mujer barbuda.

Una prostituta convertida, un cocainómano que se ha encontrado con Dios, un ladrón evangelizado en la cárcel, una actriz porno que ahora le reza a la Virgen, un punki que ya va a misa todos los días, un médico abortista convertido en fraile… Se nos llenan las webs religiosas de «testimonios» y, en las parroquias, ante cualquier retiro de jóvenes, tienes que buscar a algún ex-degenerado cuya vida haya sido lo más escandalosa posible y cuya conversión haga estremecerse al auditorio.

Total: que los que llevamos desde pequeños yendo a misa, los que somos «normalitos» y no hemos surcado las profundidades del abismo, porque estáis conmigo desde el principio, somos un asco. Si no te has drogado o prostituido, no tienes nada que decirle al mundo.

Me apena escribir esto. No pensé que testimonio fuese sinónimo de thriller. Había creído que testimonio es confirmar, con tu alegría, que Cristo vive. Perdón.

(TP06L)

El nuevo «primer mandamiento»

En su primera carta, san Juan da un vuelco sumamente atrevido al primer precepto de la Torah, que mandaba al hombre amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todo el ser: En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados (1Jn 4, 10). Entre aquel primer precepto y esta carta del apóstol ha tenido lugar un acontecimiento fundamental y sobrecogedor. Tras esperar, durante siglos, al amor del hombre, el propio Dios ha descendido y ha entregado al hombre su Amor en el Hijo.

Como el Padre me ha amado, así os he amado yo. Permaneced en mi amor. Esto lo cambia todo. Porque, a partir de ese momento, en que Dios ha entregado amorosamente a su Hijo, la salvación ya no es algo que se obtenga mediante un empeño, sino un don que se recibe como se recibe un beso.

O como se reciben el Bautismo, la absolución y la comunión. La principal tarea del hombre sobre la tierra, ahora, más que amar a Dios, es dejarse querer por Él. Somos niños.

(TPB06)

Sorpresas de apóstoles perplejos

De todas las palabras que el Señor pronunció en aquella Última Cena con los suyos, quizá éstas sean de las más tristes:

Y todo esto lo harán con vosotros a causa de mi nombre, porque no conocen al que me envió.

Se llena de tristeza el corazón al considerar que el mundo no conoce a Dios. Cuando se sabe quién es Jesucristo, cuando se han gustado las mieles del Amor divino, uno desearía que todos los hombres pudieran compartir ese gozo, el único que convierte la vida en una fiesta. Y, al ver que las gentes viven sin Dios, al intuir el vacío de esas almas que se precipitan en la muerte, uno comprende las lágrimas que Cristo vertió sobre Jerusalén.

El grupo de la Legión de María de mi parroquia sale cada domingo a las plazas a anunciarle a la gente que Dios los ama. Y vuelven, cada martes, sorprendidos de que haya tantos que no han oído hablar de Dios jamás. La sorpresa aumenta cuando comprueban que quienes sí han oído hablar de Dios son quienes menos quieren escucharlos.

¿Qué nos pasa? Si a los propios creyentes nos aburre el anuncio, ¿cómo gritaremos al mundo la buena noticia?

(TP05S)

Divinas niñerías

Recuerdo, de cuando era niño, aquella expresión con la que nos apartábamos del amigo que nos había tratado mal: «Ya no te ajunto». ¿Lo decías también tú?

Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando.

– Y, si no lo hago… ¿Ya no me «ajuntas», Jesús? ¿Dejarás de ser mi amigo si te desobedezco?

– No. Yo seré tu amigo siempre. Pero tú serás mi amigo sólo si cumples mis mandamientos. Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Aunque yo sea amigo tuyo, tú no puedes ser amigo mío si no estás conmigo. Amando a tu prójimo me «ajuntarás». A vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. Pero tú no podrás escucharlo si no estás cerca de mí; amando a tu prójimo como te he amado yo estarás cerca de mí y escucharás mis secretos. Estarás, como mi Madre, al pie de la Cruz, donde encuentro al discípulo amado. Y allí verás que yo doy la vida por mis amigos. No por todos, sino por mis amigos; por aquellos que quieren ser amigos míos; por aquellos que me «ajuntan».

(TP05V)

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