Libros de José Fernando Rey Ballesteros

Pascua – Espiritualidad digital

El regalo

le da la ganaSupón que quieres hacer un regalo a un ser querido. Como deseas agradarle, primero lo eliges bien: buscas, entre todo lo que le gusta, lo que más necesita. Y, aunque tengas que gastarte cuanto tienes, se lo compras, con la ilusión de darle una gran alegría. Pero cuando llega el momento, y le entregas ese regalo, él empieza a buscar en sus bolsillos para ver qué puede darte a cambio, te llena las manos con bolígrafos y cajas de pastillas, mientras tú te quedas con cara de bobo: ni siquiera ha abierto el regalo que le diste.

Imagino que, en ocasiones, Dios se debe sentir así con nosotros. Tratamos de complacerle con obras buenas y acciones piadosas, antes de haber recibido su Amor en lo profundo del alma.

El que me ama guardará mi palabra… Y nosotros, rápidamente, pensamos en cumplirla. Pero Él no ha dicho eso: ha dicho «guardará». Quiere que le escuches, que atesores en el corazón esa palabra de Amor con que te acaricia, que disfrutes de su predilección y seas feliz. Cuando así lo hagas, será su palabra la que se cumpla en ti.

Apréndelo de la Virgen: amar a Dios es, sobre todo, recibirlo dentro.

(TP05L)

Dios te ha dado hermanos

Fue el escritor Tertuliano quien, en el siglo III, dejó constancia del estupor de los gentiles ante la caridad vivida por los cristianos: «¡Mirad cómo se aman!».

El Mandamiento Nuevo, entonces, estaba recién estrenado:

Os doy un mandamiento nuevo; que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros.

Este mandato nos lo regalo Jesús para que lo viviéramos, precisamente, entre los cristianos. Sólo quienes viven en gracia pueden amarse con ese mismo Amor con que se aman las tres divinas personas. Es preciso haber nacido de nuevo para amar así.

¡Cómo debería brillar ese Amor en el matrimonio cristiano, y en la familia!

Somos hermanos, que es mucho más que amigos. Y, durante la celebración de la Eucaristía, cualquiera que entrase en el templo tendría que percibir un calor de familia sobrenatural que le hiciera sentirse acogido en el Amor de Dios.

Para que gustes ese amor, y lo vivas, no te conformes con llegar al templo con el tiempo justo. Conoce a tus hermanos, quiérelos. Únete a algún grupo de formación, o a alguna pequeña comunidad de vida espiritual, que te haga afirmar, en rostros concretos, que Dios te ha dado hermanos.

(TPC05)

Duelen los ojos

Estaba escrito que nadie puede ver a Dios sin morir:

Mi rostro no lo puedes ver, porque no puede verlo nadie y quedar con vida (Éx 33, 20).

Pero, en la plenitud del tiempo, el Verbo se hizo carne. Y el resplandor de la gloria divina se apaciguó en el aspecto del más hermoso de los hijos de Adán. Quienes vieron, con sus ojos, al Señor, vieron a Dios.

Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto.

Aquellos hombres privilegiados contemplaron realmente a Dios, y muchos no lo supieron. Otros lo rechazaron. Y otros, como Tomás, se postraron ante Él cuando fueron conscientes de la gloria que manaba de sus llagas:

¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto (Jn 20, 29).

Esas palabras son para nosotros. Y también las de san Pedro:

No habéis visto a Jesucristo, y lo amáis. No lo veis, y creéis en él (1Pe 1, 8).

Un día, cuando nuestra pobre carne resucite, la contemplación del rostro de Jesús llenará de gozo nuestra eternidad. Pero, hasta entonces, sólo la fe nos ilumina. Alegra el alma, sí… pero duelen los ojos.

(TP04S)

Las muchas moradas

Mucho se ha hablado, y también se ha escrito, acerca de las muchas moradas:

En la casa de mi Padre hay muchas moradas.

Si no queremos complicarnos, podríamos entender estas palabras de la forma más sencilla: en el Cielo hay sitio para todos. Punto.

Y es verdad. Pero, aunque Dios es la sencillez misma, nuestra vida, queramos o no, es complicada. Y las palabras del Señor van más allá. Ni el Cielo de Juan es el Cielo de Pedro, ni el Cielo de Pedro es el de Ana. En el Cielo existen, efectivamente, muchas moradas.

Tantas como distintos son los amores. No hay dos iguales. El Cielo –ya en esta vida– es la unión amorosa del alma con Dios, a la que es llevado el cuerpo a través de la Cruz. Y no existen dos historias de amor idénticas; cada una es originalísima. Como me relaciono yo con Jesús no se relaciona, ni se ha relacionado jamás, nadie. Qué gran estupidez, el querer meter a la gente por tubos, pretendiendo que amen a Cristo como lo amamos nosotros.

Y qué gran desperdicio, el de quien se niega a amar a Jesús. Esa historia de amor no vivida jamás se vivirá.

(TP04V)

Ese pequeño Judas

A Jesús le duele que alguien tan cercano como Judas, a quien amaba como amigo, lo traicionase:

Yo sé bien a quiénes he elegido, pero tiene que cumplirse la Escritura: «El que compartía mi pan me ha traicionado».

Repasa tu vida, y verás cómo la historia se repite. ¡Cuántas veces, quienes más cerca están han sido quienes más nos han hecho sufrir! Pero, en lugar de juzgarlos, fíjate ahora en el pequeño Judas que más a mano tenemos:

Me refiero a la carne, a ese hombre viejo que nos acompaña día y noche, y que, en palabras de san Pablo, es hostil a Dios, pues no se somete a la ley de Dios, ni puede someterse (Rom 8, 7). Ese hombre carnal come con nosotros, comparte nuestro pan, vive a nuestro lado… y, constantemente, reniega de la Cruz. Nos grita que, si entregamos la vida, moriremos; nos susurra que la Cruz es el final de todo, el gran desperdicio. Y, en cuanto bajamos la guardia, nos traiciona.

Deja que tu pequeño Judas te haga sufrir, pero nunca le obedezcas, porque te sumirá en un pozo de desdicha. Sigue a Jesús hasta la Cruz, y hasta tu pobre carne quedará redimida.

(TP04J)