Lirbos de José-Fernando rey ballesteros

Pascua – Espiritualidad digital

Es porque Tú moras en mí

«Agua con tierra amasada, consigo la lleva el viento. Si algo soy no siendo nada, es porque Tú moras en mí».

Estas palabras estaban escritas, a pluma, en una estampa amarillenta con el rostro del Señor dibujado a carboncillo. En un dormitorio de la casa en que crecí, reposaba apoyada en una lámpara de mesa. Me parece estarla viendo ahora. Cada vez que pasaba por allí, leía esos versos y me los repetía.

Creedme: Cuando, tras la muerte de mi madre, vendimos aquella casa, pedí que me entregasen esa estampa, y la estampa no estaba. Ninguno de mis hermanos la recuerda. Mi padre tampoco. No logro explicármelo.

Pero esa estampa la llevo dentro. «Si algo soy no siendo nada, es porque tú moras en mí». He tecleado esas palabras en Google, y nadie las conoce. Pero, a partir de ahora, aparecerán.

Recibid el Espíritu Santo. El Espíritu Santo es Dios que mora en ti. Tú y yo no somos nada, somos barro, «agua con tierra amasada». Pero si Dios ha elegido ese barro como morada de su gloria, somos templos, somos santos, somos cristos. Llévate la mano al pecho, acaricia tu alma en gracia.

«Es porque Tú moras en mí».

(PENTB)

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Almas escogidas

Junto al Mar de Galilea, Jesús resucitado llama a Simón Pedro: Tú sígueme.

Juan, sin embargo, sigue a Jesús sin que Jesús se lo pida: Pedro, volviéndose, vio que los seguía el discípulo a quien Jesús amaba.

El discípulo amado entra y sale de su evangelio por la misma puerta: la de los enamorados. Al comienzo de su aventura, fascinado con aquel Jesús señalado por el Bautista, comenzó a seguirlo sin haber sido llamado. Y cuando el Señor le preguntó qué buscaba, él le pidió a Jesús que le dijese dónde vivía. Estaba dispuesto a vivir con Él.

Ahora, en la última página de su evangelio, lo vemos otra vez siguiendo la estela del Señor. Y es Simón quien pregunta: Y este, ¿qué?

Este, nada. No puedes entenderlo si no te sucede a ti. Hay almas así, limpias, vírgenes, que intuyen desde lejos las delicias del corazón de Cristo y ya no pueden vivir lejos de Él. Así era la Virgen, así era María Magdalena.

No es que no hayan sido llamados. Pero su llamada brota en lo más profundo de sus corazones; no necesitan hacerse violencia para seguir al Señor. Necesitarían hacerse violencia para vivir sin Él. Benditos sean.

(TP07S)

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Aunque no seas el Papa ni vivas en Roma

Cuando Jesús dice a Pedro: Pastorea mis ovejas, ¿a qué piensas que se refiere? Cristo estaba invistiendo a Simón como primer Papa. Pero ¿crees que el oficio de pastor lo desempeña sólo el Papa? ¿O que se extiende, solamente, a obispos y sacerdotes? Por el bautismo, todos los cristianos somos reyes, y «reyes», en cristiano, significa «pastores». Tú, amigo lector, no eres el Papa (si el santo Padre me estuviera leyendo, le pido disculpas), pero a ti te ha elegido el Señor como pastor. Y quiere que le congregues a muchas ovejas dispersas que conviven contigo en tu familia, en tu trabajo, entre tus amigos y vecinos…

Dices que no tienes habilidades para ser pastor, que apenas tienes virtudes, que no sabes hablar, que no eres ejemplo de nada… Pero Jesús ya sabe todo eso y, sin embargo, te ha elegido.

Sólo te pide una cosa: Simón, hijo de Juan, ¿me amas? Si eres un desastre humano que ama locamente a Jesucristo, serás buen pastor, contagiarás ese amor a los hombres, y muchos se acercarán a Dios. Y, si no lo amas así, acércate más a Él. Para la virtud, no todos servimos. Pero enamorarnos está al alcance de todos.

(TP07V)

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E pluribus unum

unidadCuando Jesús pide a su Padre, para quienes crean en Él, que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, sabe que el precio de esa oración será su muerte.

Esa unidad, tan querida por la Iglesia y –ojalá– tan anhelada por nosotros, requiere la muerte porque es la unidad de muchos granos de trigo en un solo pan, o la de muchos instrumentos en una sola orquesta. Para que se pueda obrar ese «e pluribus unum», es necesario que cada «unum» se niegue a sí mismo.

Piensa, por ejemplo, en tu familia. Para que seáis uno, es preciso que cada miembro renuncie a salirse siempre con la suya, y sacrifique muchas veces su interés y su capricho para entregarse a los demás. El hermano que renuncia a salir con sus amigos para celebrar el cumpleaños de su hermana, la madre que pierde una tarde de paseo para ayudar al hijo con los estudios… Sin esas pequeñas «muertes», no habrá unidad.

Pídele al Espíritu, que desciende como fuego, que queme eso tan «tuyo» que hay en ti, para que así, en lugar de ser tan «tuyo», seas más de Cristo, más de tus hermanos, más nuestro.

(TP07J)

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Fermentos de unidad

No es por hacer florituras con el lenguaje; es que, en ocasiones, los matices marcan diferencias abismales, y la lengua española es muy rica en matices. Jesús no pide a su Padre que los discípulos estén unidos, sino que sean uno, como nosotros. En esto, el castellano permite reflejar el matiz de ese «ἓν» del texto original griego.

Es que no es lo mismo estar unidos que ser uno. La gente se une para lograr objetivos comunes, para celebrar fiestas de familia, o porque los unen vínculos de amistad. Pero ese «ser uno» no puede obrarlo más que el Espíritu Santo. Comemos un solo Cuerpo y compartimos un solo Espíritu, que es de Dios y habita en nosotros. Por eso, los dolores de mi hermano son los míos, sus alegrías son las mías, y cualquier división que sufra la Iglesia me duele como un desgarro en mi propio cuerpo.

Y, también por eso, nuestra vocación es ser fermentos de unidad. ¡Cómo sufría Pablo al ver a los corintios enzarzados en banderías! La prueba de que un cristiano ha entrado en una habitación es que, cuando se marcha, quienes allí están se sienten más unidos, y van camino de ser uno.

(TP07X)

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El juicio particular de doña Gumersinda

Fuentes muy bien informadas me hacen llegar las actas del juicio particular de Dª Gumersinda Siempredispuesta, mujer que murió en época y lugar no determinados:

– ¡Oh, Señor! Hice mis oraciones, visité más de cincuenta hospitales, enseñé el catecismo a miles de niños, no hubo peregrinación a la que no me apuntase ni reunión de la parroquia a la que no asistiera. Entregué en limosnas la mitad de lo que ganaba, y ayuné cinco días por semana.

– ¡Oh, Gumersinda, qué linda! Tantos hospitales visitaste, tantas catequesis impartiste, a tantas peregrinaciones fuiste, que no paraste en tu casa ni te ocupaste de tu familia. Ayunaste, e hiciste ayunar a los tuyos. Diste limosna a los de fuera, y a los de casa no les prestaste ni siquiera atención. No me embauques, Gumersinda, vaya guinda. Aquí soy yo quien hace las preguntas: El día de tu boda prometiste, ante el altar, entregar tu vida a tu marido. ¿Se la has dado, Gumersinda? ¿O prefieres que le pregunte a él?

He llevado a cabo la obra que me encomendaste. ¡Ojalá pudiéramos morir pronunciando estas palabras! Que nadie irá al Cielo por haber amontonado buenas obras, sino por haber realizado la que Dios le pidió.

(TP07M)

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Fortaleza y piedad

El cristiano, si es alma de oración, despliega su vida en dos escenarios: el tiempo y la eternidad, el mundo con sus turbulencias y el trono sereno de Cristo.

Os he hablado de esto, para que encontréis la paz en mí. En el mundo tendréis luchas. Lo malo sería lo contrario: que estuviésemos en paz con el mundo y en guerra con Dios. Por desgracia, a muchos les sucede. Y lo imposible sería desear la paz en ambos campos: estar en paz con Dios y vivir tranquilos en el mundo. Mientras el mundo no haya sido ganado por entero para Cristo, seguirá siendo un lugar hostil para el cristiano.

Las luchas que tendremos en el mundo son luchas de paciencia, de humildad y mansedumbre. Requieren una gran violencia interior: romper nuestra «zona de confort» para acercarnos a quienes no creen, recibir burlas y desprecios, afrontar con sosiego las contrariedades… Para vencer esas batallas necesitaremos los dones de fortaleza y piedad: el de fortaleza, para contener la carne y sus pasiones; y el de piedad, para vivir asentados en la paz de Dios como niños en brazos de su Padre.

Pide esos dones cuando hagas hoy el decenario al Espíritu Santo.

(TP07L)

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