Tú, pecador

Pascua – Espiritualidad digital

Como aquel primer día

Perdonad la licencia, dejadme contaros cómo imagino aquel día:

Al soplar el viento, unas lenguas de fuego aparecieron sobre sus cabezas. La de la Virgen era estrecha y alargada, se elevaba al cielo como si quisiera abrasarlo. Comenzó el alboroto, cada uno hablaba en lenguas según el Espíritu le concedía expresarse. La Virgen cantaba; cantaba con una voz que hacía temblar de gozo el aire. Entonces se quemaron por dentro, notaban que el fuego les ardía en el pecho. Y ella, María, les increpaba: «¿Qué hacéis aquí? ¡Id a anunciar al pueblo esta noticia de salvación!». Fueron saliendo del cenáculo, uno por uno, todos menos Juan, que permaneció junto a la Virgen. «Sal tú también. Marcha a proclamar las maravillas de Dios». Y Juan salió. Y se llenó Jerusalén de gozo y de alegría.

Recibid el Espíritu Santo. No sé cómo sucederá hoy. No creo que vea yo lenguas de fuego sobre los feligreses de misa de doce. Tampoco quiero verlas. Lo que quiero, lo que imploro, es que ese mismo fuego abrase los corazones, y que mi «Podéis ir en paz», como el dulce grito de la Virgen, los haga salir del templo y convertir en templo el mundo.

(PENTC)

El niño que se entretenía con todo

Nunca podremos agradecer lo suficiente a los evangelistas el que nos hayan dejado conocer, con tanta sencillez, los defectos de los apóstoles. Hubiera sido fácil ocultarlos bajo una capa de pudor, pero era necesario que supiésemos que aquellos hombres eran como nosotros, para que no dudásemos que, con ayuda de la misma gracia, podremos nosotros llegar a ser como ellos.

Pedro dice a Jesús: «Señor, y este, ¿qué?» Jesús le contesta: «Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué? Tú sígueme». Mirad al primer papa: es como un niño que camina junto a su padre y se va deteniendo en todos los escaparates de las tiendas. El padre tiene que cogerlo una y otra vez de la mano y decirle: «Deja eso y ven conmigo».

¿Acaso no somos nosotros así? Vamos caminando por la vida junto al Señor, y nos detenemos en cada escaparate. ¿Y éste por qué hace eso? ¿Y esto por qué sucede? Mira este perrito, voy a acariciarlo. ¿Te has fijado en ese pájaro? Espera, mira esa nube, qué forma tiene… Nos vamos enganchando en todo. Jesús nos tira de la manga, una y otra vez. ¿A ti qué? Tú sígueme

¡Bendito Simón!

(TP07S)

Fui joven, ya soy viejo

Prediqué acerca del sentido del sufrimiento. Al terminar, una joven me dijo: «A mí me gusta mi vida. Yo estoy muy bien, salgo mucho de fiesta, tengo amigos, he aprobado todo y dentro de nada estaré de vacaciones».

Me sonreí por dentro. Y por fuera. Se notaba a la legua que la chica vive con papá y mamá, que papá y mamá son un matrimonio bien avenido, que la comida está puesta cuando ella llega a casa, su ropa está lavada todas las mañanas y no tiene la menor idea de la cuota de hipoteca que sus padres pagan cada mes por la casa en que vive. No sé si la juventud es divino tesoro o alucinación pasajera.

Cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras. Llega un día en que papá y mamá dejan de protegernos, y la vida nos lleva por caminos empedrados que no elegimos nosotros. Es entonces cuando Jesús nos pastorea, y nos conduce por las sendas que Él anduvo. Termina el tiempo de la alucinación, y comienza el del amor. Es la hora de la Verdad.

(TP07V)

Que tú seas uno

Es bueno que, uniéndote a los deseos del Señor, pidas cada día por la unidad de la Iglesia y, yendo más allá, por la unidad de los hombres todos en torno a Cristo: Que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti.

Pero, mientras lo pides, recuerda que la unidad es tarea que se cumple como se expanden las ondas en un estanque tras lanzar una piedra en su centro: va de menos a más. Una familia unida podrá unir a un vecindario; un vecindario unido podrá unir a un pueblo…

El centro está en ti. Si tu vida no es una, no podrás ser fermento de unidad a tu alrededor. Si, mientras tu alma alaba a Dios, tu lengua critica al vecino, tu memoria se regodea recordando las ofensas, tu imaginación se enfanga en imágenes obscenas, y tu juicio se emplea en juzgarlo todo por su cuenta… ¿cómo unirás a nadie, si tú mismo estás dividido? Quien te ve rezando te toma por santo; quien te escucha hablar te tiene por sembrador de cizaña; y quien te oye juzgar se asusta de tu soberbia. ¿Cuántas vidas estás viviendo?

Comienza por esto: que tú seas uno.

(TP07J)

Corazón de madre

Se marcha Jesús, y parece como si tuviera miedo de lo que pudiera ocurrirle a su rebaño cuando Él no esté. Su oración, más que de pastor, parece de madre. He visto a madres irse al cielo con miedo por la unidad de sus hijos y la salvación de sus almas. Y las he visto amonestar, en el lecho de muerte, a hombretones de cincuenta años como si tuvieran doce: «¡Qué haréis sin mí! No os peleéis. Perdona a tu hermana por lo que te hizo. Cuidaos unos a otros»…

Padre santo, guárdalos en tu nombre, a los que me has dado, para que sean uno… Cuando estaba con ellos, yo guardaba en tu nombre a los que me diste… Ahora voy a ti, y digo esto en el mundo para que tengan en sí mismos mi alegría cumplida.

Como los hijos de cualquier familia, somos todos muy distintos, y no nos entendemos igual de bien con todo el mundo. Pero traicionaríamos esos deseos maternales de Jesús si cada uno nos empeñáramos en vivir nuestra fe en solitario, o arropados sólo por nuestro pequeño grupito de afines. Tómalo como un encargo directo de Jesús a ti: cuida a tus hermanos.

(TP07X)

Malditas sopladoras

Odio las sopladoras. A las 8 de la mañana, un ejército de empleados municipales llena de decibelios el aire, asesinando el silencio de las primeras horas del día. Por las rendijas de las ventanas se cuela la nostalgia de aquellos silenciosos rastrillos. ¿Por qué no volverán? Se fueron para siempre.

Si hay que soportar el ruido, prefiero el del aspirador. El aspirador no esparce, recoge. Es viento que sopla hacia dentro. Y eso me lleva al Viento de Dios, a ese Aliento, también ruidoso, con ruido bueno, del Espíritu Santo.

Está para llegar la hora, mejor, ya ha llegado, en que os disperséis cada cual por su lado y a mí me dejéis solo. Aventados por el soplo del miedo, se dispersaron los apóstoles en Getsemaní. Y, aventados por alguna maligna sopladora, nos dispersamos nosotros en mil cosas a lo largo del día, y dejamos solo al Señor.

Os he hablado de esto, para que encontréis la paz en mí. En el mundo tendréis luchas. Le pido al Espíritu ese recogimiento. Que venga como viento que sopla hacia dentro, y traiga todos mis afanes hacia el centro de mi alma, donde Cristo reposa y me invita a reposar en Él.

(TP07L)

En alas de un deseo

En español son sólo cuatro palabras, pero suenan como cuatro golpes de espada sobre un lazo que ha quedado roto y llora sangre: Se separó de ellos.

Te separaste de ellos, Jesús. Y no volvieron a verte. Y vivieron esperando el día en que volvieras sobre las nubes del cielo. Y murieron esperando, porque ese día aún no ha llegado.

De nosotros ni siquiera te separaste, porque hemos nacido después de tu marcha, y nunca te hemos visto. ¿No te mueve eso a compasión? Porque, cuanto más te amamos, más desean nuestros ojos ver tu rostro, y tu rostro sigue oculto para ellos. Se clavan en la Hostia, se abrazan al Crucifijo, se esconden tras las puertas del sagrario… pero lloran, porque quieren verte. ¿Cómo es tu sonrisa? ¿Cómo es tu frente? ¿Cómo son tus ojos? ¿Qué ropas llevas puestas? ¿Son grandes tus manos? ¿Y tus pies? ¿Qué color tienen tus cabellos?

Antes quería llegar a ese cielo al que subiste para huir de la muerte. Ahora tengo prisa por cruzar esa puerta que dejaste abierta, pero no llegaré huyendo. Llegaré sediento, porque, más que ninguna otra cosa en este mundo, me mueve el deseo incontenible de ver tu rostro.

(ASCC)

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