Evangelio 2022

Navidad – Espiritualidad digital

¡Qué rico estás!

Andaban los hombres como ovejas que no tienen pastor. Y, cuando el Pastor llegó, alimentó con pasto a sus ovejas. Tomando los cinco panes y los dos peces, alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los iba dando a los discípulos para que se los sirvieran.

Así anunciaba el Pastor el nuevo pasto de los hijos de Dios: la Eucaristía. En cada Eucaristía amanece la Navidad, porque en cada Misa asistimos al momento en que Dios nos entrega a su Hijo, dejándolo en manos del sacerdote para que él lo sirva a los cristianos. ¡Qué momento tan precioso, el de la consagración! Se abren los cielos, y el Verbo encarnado se hace presente en las manos del presbítero como se hizo presente el ese misterioso altar que fue el pesebre de Belén.

La Misa es epifanía para nosotros. En ella se cumplen las palabras de san Juan: En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Unigénito, para que vivamos por medio de él (1Jn 4, 9).

Saboread la Eucaristía. ¿No notáis que la Hostia sabe a Amor? Decidle al Niño Dios: «¡Qué rico estás!».

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Para reunir a los hijos de Dios

Imagina una mesa llena de clavos, desperdigados a lo ancho del tablero. Sitúa un potente imán en el centro de la mesa, y verás como todos los clavos son atraídos por él.

Al enviar a su Hijo a la tierra, Dios depositó en ella el imán más poderoso, para atraer hacia sí a los hombres y reunir a los hijos de Dios dispersos (Jn 11, 52). Con todo, hay una diferencia entre el Hijo de Dios y un imán de piedra: la fuerza de atracción con que llama el Verbo divino, aun siendo la más poderosa que jamás ha existido, es resistible. Con lástima dirá Jesús a los fariseos: Y no queréis venir a mí para tener vida (Jn 5, 40).

Depositó Dios su imán en Belén, y tres magos fueron atraídos desde Oriente por el fulgor de la Verdad. Hoy nos muestra san Mateo cómo lo seguían multitudes venidas de Galilea, Decápolis, Jeru­salén, Judea y Transjordania. Todo se va ordenando en torno a Él.

Déjate atraer. Deja que tu memoria, tus afectos, tus pensamientos, tus sentidos y potencias, tan dispersos en mil afanes, sean congregados en torno al Hijo de Dios. Recógete, y en Él encontrarás una paz inalterable.

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Por la verdad, a la Verdad

A Leví, el publicano, le debemos la noticia de aquellos magos de Oriente que se presentaron en Jerusalén preguntando: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo».

No eran, en sentido estricto, personas religiosas. Eran hombres de ciencia, que escrutaban la Creación en busca del mensaje que proclama. Perseguían una estrella, mendigando de ella una palabra sobre su Dueño. Benditos curiosos, incansables perseguidores de la verdad.

Pienso en Agustín de Hipona, en Edith Stein, en Chesterton, en André Frossard… Y lamento nuestra pobreza: hoy día, la verdad no le importa, prácticamente, a nadie.

La verdad ha sido destronada por el relato. No te preocupes por lo que es, escucha lo que te cuento, ¿no te emociona? Pues, si te emociona, vale.

No leen ni estudian. Los niños pasan de curso con suspensos y, aunque aprueben, aprueban en relatos, no en verdades. ¿Cómo buscará a Dios una generación que ha perdido la curiosidad por conocer?

¡Por el amor de Dios! Leed y haced leer, formaos, estudiad, sed curiosos… y seréis humildes, y buscaréis, y encontraréis y, como los Magos, un día os veréis de rodillas ante la Verdad encarnada.

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El que lo conoce todo

Si Juan Bautista es el profeta del Adviento, Juan evangelista es el profeta de la Navidad (¡Él, que no narra el nacimiento de Cristo!). No hay un solo día de la Navidad en que la liturgia no nos ofrezca textos de su primera carta. Hoy dice: Dios es mayor que nuestro corazón y lo conoce todo (1Jn, 3. 20). Y es verdad. Acercarse al Niño Dios es como acercarse a una luz resplandeciente que nos ilumina por dentro.

Dan ganas de decir lo que dijo Natanael: ¿De qué me conoces? Porque, al sentirnos iluminados, también nos sentimos mirados con amor dulcísimo que ausculta los pliegues más íntimos de nuestro corazón. Y sabemos que nada nuestro está oculto a los ojos del Niño. Mientras contemplamos, en medio de una inmensa paz, nos sabemos comprendidos y amados, y se hace verdad el salmo: Señor, tú me sondeas y me conoces (Sal 139, 1).

Eso es lo que hace que, en la Sagrada Familia, nos sintamos en casa. Y por eso le pedimos a la Virgen, que nos conoce «como si nos hubiera parido», que nos conceda dejarnos amar allí, porque sólo allí, invadidos por esa luz, nos sentimos amados tal cual somos.

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Donde vivas viviré

¡Es todo tan sencillo en Navidad! La teología nos proporciona las grandes palabras, los conceptos cargados de sentido, y nos anuncia que el Hijo de Dios se ha encarnado para redimirnos. Preguntamos al teólogo qué es la redención, y él nos explica la condición pecadora del hombre, la ineficacia de los sacrificios antiguos, y el poder del sacrificio redentor del Calvario. Y todo lo que nos dice el teólogo son verdades bien fundadas.

Pero si un niño me pregunta para qué ha venido el Niño Jesús a la tierra, le respondo: Ha venido para vivir contigo. ¿Tú quieres vivir con Él?

Les pregunta: «¿Qué buscáis?» Ellos le contestaron: «Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?». En estos días de Navidad, en los que todo es tan sencillo, este diálogo de Juan con el Maestro es inexcusable. Y cuando el cristiano, el niño, le pregunta a Jesús: «¿dónde vives?», la respuesta que brota del pesebre es: «Con María y José, en Nazaret».

Fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día. Abramos los ojos, contemplemos el Hogar de Nazaret, y quedémonos allí. ¿Por qué crecer? Seamos niños, no nos separemos de esa Sagrada Familia. No nos apetece salir de casa.

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El que bautiza con Espíritu Santo

Las palabras con que el Bautista describió a Jesús quizá sorprendieran a algunos: Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo. Todos habían visto a Juan bautizar, pero nadie vio a Jesús bautizando. Nos consta que sus apóstoles sí lo hacían, pero nunca el Señor (Cf. Jn 4, 2).

Juan bautizaba con agua sacada del Jordán, pero Jesús bautizaría con Espíritu, y el Espíritu se lo tendría que sacar del costado.

Él es el Cordero de Dios, y tendrá que morir para lavarnos y hacer, de nosotros, hijos del Padre. Su vida acaba de empezar, y sólo dará fruto cuando haya muerto. Hasta entonces, habrá multitudes, alabanzas, insultos… apariencia. Pero cuando, desde lo alto de la Cruz, broten, con el Espíritu, el agua y la sangre, entonces la Tierra quedará fecundada y será poblada por el bendito fruto de millones de almas santas.

Hoy lo vemos niño, y quisiéramos unirnos a Él; hacernos pequeños y comenzar, junto a Él, nuestras vidas. Bien está. Pero no esperemos, tampoco nosotros, frutos antes del tiempo. Entreguémonos, como Él, sin esperar nada más que su Amor. Cuando hayamos entregado todo, vendrán los frutos.

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Dos focos que iluminan el Misterio

fervorCada año, en Navidad, la liturgia de las horas enciende en mi alma dos focos que iluminan el Misterio de Belén. Uno de ellos se lo debo a san Bernardo: «Es como si Dios hubiera vaciado sobre la tierra un saco lleno de su misericordia; un saco que habría de desfondarse en la pasión, para que se derramara nuestro precio, oculto en él». Así contempla el santo lo que Juan nos anuncia: De su plenitud todos hemos recibido gracia tras gracia. Miras al Niño Dios, y tras su frágil humanidad atisbas el Amor de Dios dispuesto a derramarse cuando la lanza del centurión atraviese esa carne con una punción en el costado.

El otro foco lo enciende, en Nochebuena, el papa san León Magno: «Reconoce, cristiano, tu dignidad». Dios ha tomado de lo nuestro para darnos de lo suyo. Se ha hecho siervo, como yo, para que yo sea hijo, como Él. Se ha hecho mortal, como yo, para que yo tenga vida eterna, como Él. Se ha hecho hombre, como yo, para que yo participe de su naturaleza divina. Ha venido a mi casa para que yo tenga un puesto en la suya.

¡Qué fácil es rezar en Navidad!

(TNC02)

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