Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

Navidad – Espiritualidad digital

Me sorprende que no se sorprendan

Cuando Juan se ve ante sí al Cordero de Dios, al que quita el pecado del mundo, como un penitente más que deseara ser bautizado, queda sobrecogido:

Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?

La sorpresa de Juan a mí no me sorprende. Como tampoco la de la Virgen: «Soy yo quien necesito que Tú me alimentes, ¿y Tú te aferras a mis pechos en busca de comida?». Entiendo, también, la sorpresa de José: «Tú, el Dios a quien rezaron nuestros padres, el Dios a quien he dirigido mi oración desde niño, ¿me pides a mí que te enseñe a orar?».

Por el admirable misterio de la Encarnación, el Dueño y Señor de todo lo creado se ha despojado de su majestad y se ha convertido en mendigo de amor. El tres veces santo ha asumido la pobreza de un pecador. El Omnipotente se ha reducido a sí mismo a la indigencia. La sorpresa de los hombres santos ante su humildad no me sorprende.

Me sorprende que no se sorprendan quienes comulgan, que no tiemblen quienes reciben a Jesús indignamente. Me sorprende la frialdad de quienes, a ese Mendigo divino, le dicen «no».

(BAUTSRA)

Evangelio 2017

Multitudes y soledades

Comenzaron siendo tres, dos hombres y una mujer. Junto a ellos, dos animales que extasiados contemplaban un pesebre en el que jamás encontraron un alimento mejor.

Después llegaron los pastores. ¿Diez? ¿Doce? ¿Veinte?

Más tarde, aparecieron los Magos.

Hoy, ya no damos abasto: Lo seguían multitudes venidas de Galilea, Decápolis, Jerusalén, Judea y Transjordania. Este Niño, que nació en soledad y pobreza, quiere reunir en torno a Sí a la Humanidad entera. Lo sobrecogedor es que, aunque se congreguen multitudes a su alrededor, Él sigue mirando de uno en uno, y llora por cada alma que no acuda a su llamada.

Este año fuimos muchos en la Misa del Gallo. Mis feligreses se me quejan porque me empeño en seguir celebrándola a las doce de la noche. Yo los escucho, y no les hago caso, porque creo que esa hora tan querida para la Iglesia, la de la medianoche, es cuando Dios rompe las tinieblas. Luego acuden de todas formas, y este año llenaron el templo.

Pero, cuando, al consagrar, el Niño Dios temblaba entre mis manos, sentí que lloraba por los que faltaban. Y son muchos.

¿Querrás darles la Buena Noticia antes de que termine la Navidad? ¡Date prisa!

(0701)

Evangelio 2017

Oro, incienso y mirra

Esta mañana, los Reyes Magos han pasado por tu casa. Y así anda todo revuelto: papeles por los pasillos, cajas en los rincones… Los niños se han abalanzado sobre los regalos, y han dejado el hogar patas arriba.

A pesar de todo ese desorden, te voy a pedir que busques bien: ¿Has encontrado los regalos del Niño Jesús? ¡Menudo día de Reyes, si Aquél por quien tanto viajaron se queda sin sus ofrendas!

Ta daré una pista, para que encuentres lo que Melchor, Gaspar y Baltasar le han dejado al Niño:

– Oro: No tienen por qué ser lingotes amarillos; pesan mucho. Pero seguro que hay un dinero para Jesús, que tú entregarás como ofrenda a los pobres y como ayuda a la Iglesia.

– Incienso: Es la oración que asciende al Cielo como el humo, y perfuma el aire llenándolo de Dios. Tus propósitos de rezar más este año son incienso agradable al Niño Dios.

– Mirra: Es bálsamo que unge a los muertos, y cambia el olor de putrefacción por aroma agradable. Tus ayunos, tu mortificación y penitencia, este año, convertirán la muerte en vida.

¿Lo has encontrado ya? ¡Pues venga, corre, a Misa! ¡A entregar las ofrendas al Niño Dios!

(0601)

Evangelio 2017

Conócete a ti mismo

Vivimos tiempos favorables para psiquiatras, psicólogos, y escritores de libros de autoayuda. Los hombres han abandonado a Dios, y muchos andan como locos buscándose a sí mismos, porque sueñan ser el sustituto más idóneo del Dios a quien abandonaron.

Un médico o un buen escritor podrán situar al hombre ante el espejo, pero ni basta el espejo para que una persona se conozca, ni está garantizado que el encuentro con uno mismo, sin Dios, genere la felicidad.

Los médicos ayudan cuando el cuerpo o la mente están enfermos, y los escritores pueden ayudar o estorbar (depende). Pero, cuando es el alma la que adolece, sólo Dios puede sanar. Es su terreno.

Con todo, quien se busca a sí mismo va por buen camino si desea ser feliz. Pero debe saber dónde encontrarse. Y no es en la consulta de un médico, sino en los ojos de Dios encarnado.

¿De qué me conoces?, pregunta Natanael a Jesús. Yo también pregunté a Jesús: «¿Me conoces? Dime quién soy». Jesús me respondió: «Tú eres aquél a quien amo y por quien estoy dispuesto a dar la vida». Todo lo demás de mí –¡incluso mi pecado!– se echó atrás. Resulta que ahora me gusto.

(0501)

Evangelio 2017

Es limpio, y limpia. Es santo, y santifica

Lo normal, lo que dictan las leyes físicas, es que, si yo mezclo una tela limpia con diez telas manchadas de barro, la tela limpia deje de estarlo y se ensucie con el barro de las demás. La suciedad se contagia; la limpieza, no.

Con el Señor, sin embargo, las leyes físicas no parecen importar demasiado en materia de limpieza. Vino a la tierra limpio de pecado, y, mientras estaba en el seno materno, todo era limpieza. Pero, apenas nació, vivió entre hombres manchados. El hogar de Nazaret fue un pequeño refugio de santidad, aunque no era impermeable al entorno que lo rodeaba (¿por qué algunos cristianos se empeñan en vivir en «burbujas católicas»?). A los doce años, Jesús abandonó aquel hogar por vez primera y se mezcló con los hombres. Y, desde los treinta, vivió entre ellos. Sin embargo…

Este es el Cordero de Dios… Sabemos cómo sigue: El que quita el pecado del mundo. En lugar de mancharse Él, Cristo limpia a quien lo toca.

¿El secreto? Jesús no es una tela limpia entre telas manchadas. Jesús es la limpieza misma. Basta con que le dejes tocarte con su gracia y quedarás limpio tú; no se manchara Él.

(0401)

Evangelio 2017

Un cordero, una escena, tres lugares

Así lo presenta Juan: Este es el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.

Y, conforme escuchas las palabras del Bautista, mientras miras al Niño en el pesebre, se congregan en el cuerpo de un pequeño la blancura inocente del cordero y la púrpura terrible de la sangre.

Un pesebre no es sólo el comedero donde se alimentan las bestias. Cuando el Hijo de Dios se recostó en el pesebre de Belén –cuyo nombre significa «casa del pan»– ese pesebre fue altar, patena y cruz. Es lugar de sacrificio, donde se ofrece la víctima que nos obtendrá el perdón de nuestras culpas. Mi patena, con la que celebro misa cada día, es pesebre donde yace el Niño Dios.

El Santo Sacrificio ha comenzado a ofrecerse. Las primeras gotas de sangre se derraman en la circuncisión; serán preludio de un río que lavará la tierra. Y a ese pesebre, comedero de bestias, acudiremos quienes nos convertimos en peores que bestias por nuestros pecados, ya lavados en su gracia, para allí comer el Pan de vida.

¿Lo ves? Belén, el Calvario, y el altar, los tres son uno. Los reúne el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.

(0301)

Evangelio 2017

El misterio y sus ventanas

Han pasado dos mil años desde que Cristo vino a este mundo, y sigue siendo uno que no conocéis.

A lo largo de estos veinte siglos, ha habido santos, doctores y teólogos que han tratado de explicarnos su misterio, pero sus palabras no han sido sino linternas que tratan de alumbrar la cavidad de un pozo sin fondo: han desvelado partes de la entraña, aunque la entraña misma sigue oculta en una luminosa oscuridad, invitando al alma enamorada a adentrarse de nuevo en lo profundo de claridades llenas de tinieblas.

Cuanto más escribo, más lo complico. Y, sin embargo, todo es tan sencillo como una mirada a los ojos del Niño Jesús. Esos ojos, ventanas de su humanidad santísima, son la entrada del pozo. Uno puede mirar a través de ellos, inclinarse hacia delante en busca de horizontes, y, desear caer de cuerpo entero dentro del misterio, ser absorbido por él. Pero, cuando eso sucede, ya no puedes contarlo a nadie, porque has pasado de la muerte a la vida y sólo puedes esperar a que otros lleguen, a que lleguen todos.

Uno que no conocéis… Pero sólo Él es verdad, y lo demás mentira, si no está en Él.

(0201)

Evangelio 2017

Descansa. No corras más. Has llegado

Los pastores fueron corriendo hacia Belén y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre.

Corren los pastores. María y José reposan en Jesús. Reposa Jesús en el pesebre. Y cuando, finalmente, los pastores llegan, reposan ellos en Jesús, María y José. Ya no corren. Han alcanzado a Aquél a quien buscaban, y ahora, mientras recuperan el aliento entre jadeos, sueñan con no moverse nunca más de allí. No será posible; tras un tiempo de adoración profunda, deberán salir a proclamar cuanto han visto y oído. Pero sus corazones quedan, de por vida, recostados con Jesús en el pesebre. Hay ya un fondo de paz en sus almas que los acompañará siempre.

Has corrido mucho en tu vida. Detente, calla y mira. Aquí, en ese pesebre, está lo que buscabas, aunque no te lo parezca. Parece un niño más, nada hay en Él que asombre a los sentidos, salvo su pobreza. Pero, si contemplas sus ojos, en ellos verás el Cielo. Ningún niño tiene esos ojos; ninguno, sólo Él.

María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Aprende de ella, y de los pastores. Guarda en el alma cuanto ahora ves.

(0101)

Evangelio 2017

Un belén viviente

Nace Jesús como hijo de Mujer –aún estamos en la octava de Navidad– y nos desvela san Juan el misterio de nuestro nuevo nacimiento como hijos de Dios: A cuantos lo recibieron les da poder para ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios.

No se refiere, ahora, al nuevo nacimiento obrado por la gracia santificante, sino al obrado por la fe –a los que creen en su nombre–. Habrá que aclarar que, en san Juan, la fe es una mirada que penetra lo invisible, y descubre la divinidad de Cristo mientras los ojos se posan en su humanidad santísima.

Por tanto, mirando al Recién Nacido nacemos nosotros. Al mirarlo, lo recibimos en el santuario del alma. Y, al recibirlo, su impronta nos transforma y nos hacemos niños, como Él. Del mismo modo que Moisés, al mirar frente a frente a Dios, recibía en su rostro el brillo de la gloria, así nosotros, al mirar al Niño, niños nos hacemos. Y, al contemplarlo nacido de mujer, nacemos nosotros de Dios.

Eres un belén viviente.

(3112)

Evangelio 2017

Tan iguales, tan distintos

La belleza tiene sus peligros, y el arte también. Cuando se nos muestra la luz, es tal la fascinación con que la miramos que podríamos pasar por alto las sombras. Contemplas, por ejemplo, el Cristo de Velázquez, y podrías olvidar los horrores y angustias del Calvario para pensar que la muerte del Señor fue el éxtasis de un poeta.

Otro tanto nos sucede con la Sagrada Familia. Las representaciones de Jesús, María y José son todas ellas preciosas. Cualquiera diría que se trata de una familia celestial, libre de las angustias de esta vida y sumergida en los consuelos del Paraíso. ¡Quién no quisiera «colarse» en el cuadro para huir de los dolores de nuestra condición! Sin embargo…

Levántate, huye a Egipto, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo. Y los tres salen de allí sin nada, hacia una tierra extraña y maldita donde tendrán que vivir durante años como extranjeros, en la pobreza absoluta…

No bastan los cuadros; necesitamos los evangelios. Así estamos seguros de que sufrieron como nosotros. Lo que nos separa de ellos es la inmensa gracia que llenaba sus corazones. Pero, hoy, es también nuestra. La Sagrada Familia tiene abiertos sus brazos para nosotros.

(SDAFAMA)

Evangelio 2017