Lirbos de José-Fernando rey ballesteros

Navidad – Espiritualidad digital

Una inyección de autoestima

Mira el retrato ecuestre del emperador Carlos V pintado por Tiziano. ¿Verdad que inspira reverencia? Los retratistas de reyes parecen seguir una consigna: dignidad.

Cuando admires esos retratos, recuerda que hay más dignidad en ti que toda la que cabe en el Museo del Prado.

Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco. Esa voz está dirigida a ti. No es que seas hijo de Dios como Cristo (¿quién podría compararse a Él?), es que eres Cristo. Por el Bautismo, Cristo mora en tu alma en gracia, y su Espíritu hace que Él y tú seáis uno.

Eres hijo de Dios; Dios te ama y se complace en ti. Todo lo creado te pertenece. Y llamas a Dios «Abbá», «Papaíto». Si una vez fuiste esclavo, ahora eres hijo, y, por tanto, libre. Tan libre eres, que ya no necesitas agradar a criatura alguna, sino sólo a tu Padre, Dios.

¿Recuerdas ese prefacio de Navidad? «Por esa unión admirable, nos hace a nosotros eternos». La misma eternidad de Cristo te pertenece, y reinarás en el Cielo con Él.

Quiérete. Trátate bien. Y no temas nada, salvo al pecado, que te despoja de tu dignidad y te devuelve a la esclavitud.

(BAUTSRB)

“Misterios de Navidad

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El susto y la paz

Del Señor se dice, en los evangelios, que crecía, que pasó sed, que se asombraba, que experimentó angustia y pavor… Todo ello son detalles preciosos, porque nos muestran la humanidad santísima del Redentor. Sin embargo, nunca se dice que Jesús se asustara. Los sustos son todos de los apóstoles, y hay unos cuantos; por cierto, todos relacionados con fantasmas.

Viéndolo andar sobre el mar, pensaron que era un fantasma y dieron un grito, porque se asustaron. El susto de los Doce ya lo habían pasado, hacía siglos, los profetas ante las grandes teofanías. Ese Cristo caminando sobre las aguas en medio de la noche y envuelto en tempestad recuerda mucho a aquellas visiones terribles. Y es que Dios, mirado así, de lejos y entre tinieblas, da miedo.

Entonces dice Jesús: «Ánimo, soy yo, no tengáis miedo». Entró en la barca con ellos y amainó el viento. De cerca, Dios sosiega. Cuando, ya resucitado, Jesús se aparezca a los Doce, también se asustarán y lo tomarán por un fantasma hasta que les invite a tocarlo. Entonces se apaciguarán.

Dios está cerca. Se ha hecho carne, ha subido a nuestra barca, camina con nosotros y entre nosotros, vive en nosotros… No temamos.

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“Misterios de Navidad

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¿Por qué? ¿Para qué?

Desde el pasado 25 de diciembre, una sola noticia debería acaparar la atención de los hombres: Dios nos ha entregado a su Hijo.

El buen investigador, ante la noticia, se pregunta el por qué y el para qué. ¿Por qué ha sucedido? ¿Qué intención movió al autor, para qué lo hizo?

La primera pregunta la responde san Juan: En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Unigénito (Jn 4, 9). Dios me ha enviado a su Hijo porque me ama. Si quiero seguir adelante, y pregunto a Dios: «¿por qué me amas?», encuentro un abismo ante el que sólo puedo estremecerme; no lo puedo sondear. «Te amo porque te amo».

La segunda pregunta la responde san Marcos: Pronunció la bendición, partió los panes y se los iba dando a los discípulos para que se los sirvieran. Dios me ha enviado a su Hijo para que me alimente y alimente a los demás. No puedo recibirlo sin entregarlo; no puedo comer Cristo sin dar Cristo. Y mi forma de dar Cristo es ser Cristo y dejarme comer.

En Belén, la «Casa del Pan», los cristianos somos los camareros de la Humanidad.

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¡Qué afán de protagonismo!

Caminas a oscuras por un pasillo y, de repente, desde el otro lado, alguien enciende la luz. ¿Qué haces? Te vuelves. Es decir, te conviertes, porque convertirse significa girarse para mirar.

A los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló. Vivíamos entre tinieblas. No veíamos y, por eso, preferíamos palpar; lo que no podíamos tocar no lo creíamos, y aun lo que tocábamos procurábamos tocarlo fuerte, para estar seguros de que pudiera sostenernos.

Y, de repente, Dios nos encendió la luz: Convertíos. Es Cristo, el Hijo, la Luz: «Volveos hacia Mí». Nos giramos, lo miramos, y ya no podemos apartar de Él nuestros ojos. ¡Pobre Tomás! ¿Para qué tocar? Las manos estropean la hermosura que asombra la mirada.

Convertíos… «Volveos hacia Mí». ¡Qué afán de protagonismo! Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí (Jn 12, 32), Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré (Mt 11, 28), El que tenga sed, que venga a mí y beba (Jn 7, 37). Pero nunca el afán de protagonismo estuvo más justificado: Cristo es el Amo de la Historia. Quien no lo mira, pierde soberanamente el tiempo.

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Soy tuyo

Sé que solemos situar a los Magos junto al pesebre en nuestros belenes, y hacemos bien, porque la adoración de estos sabios, y sus ofrendas, son el tributo, lleno de asombro, que el hombre ofrece a Dios encarnado.

Pero no descartemos que las cosas fueran distintas. Por la edad de los niños a quienes Herodes mandó matar, quizá la visita de los Magos encontrara al Niño con dos años de edad. Si la estrella comenzó a guiar a aquellos hombres cuando nació, esos dos años estuvieron viajando, y Jesús ya andaba cuando lo encontraron.

Vieron al niño con María, su madre. ¿Dónde estaba José? ¡Dónde iba a estar! Trabajando, ganando el pan para el Niño y su Madre. Imagino a la Virgen asombrada al recibir aquella visita, y maravillada al contemplar cómo se postran los viajeros y ofrecen sus presentes al Hijo. A Jesús lo imagino tocándolo todo: el oro, el incienso, la mirra, las barbas de los Magos… Y al llegar José, cansado, y escuchar, de labios de María, el relato de lo sucedido, lo imagino abrazando a Jesús mientras le dice: «Yo también te pertenezco». Yo lo repito en voz baja, bañados los ojos en lágrimas: «Soy tuyo».

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¡Lo hemos encontrado!

Despunta ya la Epifanía. Y el evangelio, como la estrella que guio a los Magos, nos acerca al Misterio que mañana amanecerá.

Aquel de quien escribieron Moisés en la ley y los profetas, lo hemos encontrado: Jesús, hijo de José, de Nazaret. Las palabras de Felipe podrían haber salido de los labios de aquellos Magos, o de los nuestros: Hemos encontrado al que todos buscan sin saberlo, al que da sentido a la vida del hombre, al único capaz de librar de la muerte al ser humano, al Redentor que rescata de la angustia a los hijos de Adán.

Y ahora, cuando nuestro viaje en busca de redención termina, y comienza la peregrinación hacia el Cielo, ¿no lo anunciaremos a tantos que buscan sentido al sufrimiento de sus vidas? ¿Seremos tan egoístas de guardarnos para nosotros el secreto de la felicidad y la llave de la santidad? ¿No iremos, como Felipe, en busca de nuestros hermanos para anunciarles la llegada del Redentor?

«Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel». Hoy se postra ante Él Bartolomé, mañana serán los Magos. No nos cansemos de anunciarlo, hasta que toda rodilla se postre emocionada delante del Señor.

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Yo quiero vivir contigo

Saber responder bien a las preguntas importantes de la vida no es de todos. Es de los inteligentes, y de videntes de lo invisible, como Juan.

«¿Qué buscáis?» Ellos le contestaron: «Rabí, ¿dónde vives?». Ese ¿dónde vives? es la respuesta correcta al Misterio de la Encarnación. Dios no ha venido a la Tierra de visita, ni de paseo; ha venido para quedarse, para vivir junto a nosotros. Encarnado, sigue habitando todos los sagrarios del mundo para unirse a la carne de los suyos.

¿Dónde vives? significa: «Quiero vivir contigo. No quiero que me eches una mano cuando te necesite, o que estés disponible para cuando te llame. Quiero vivir contigo, como la Virgen, y no pasar ni un segundo del resto de mis días en el que no goce de tu compañía. Porque, Jesús, estoy lleno de necesidades que tú conoces y que pongo en tus manos; pero mi gran necesidad, mi gran deseo, mi gran anhelo eres Tú. Te amo, y vivir sin Ti, una vez que te he conocido, se me hace muerte. ¿Dónde vives? No me importa si es en el Tabor, o en el Calvario. Me importa que allí vives Tú, y allí está mi hogar».

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