Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

Navidad – Espiritualidad digital

A beso limpio

A punto de celebrar el Bautismo del Señor, adelantemos una frase del himno de esta fiesta: «Mas ¿por qué se ha de lavar el autor de la limpieza?».

El himno se queda corto. Jesús no es sólo el autor de la limpieza; es la limpieza misma. Si yo cubro con una sombra un lugar iluminado, la luz desaparece; pero si trato de cubrir con una sombra el sol, el sol destruye la sombra y la ilumina. Si toco con un paño sucio una pared blanca, la ensucio. Pero si una carne ensuciada por la lepra es tocada por la carne del Señor, no se ensucia Jesús, sino que queda limpio el leproso.

Extendiendo la mano, lo tocó diciendo: «Quiero, queda limpio». Y enseguida la lepra se le quitó.

Aún besamos, después de cada misa, al Niño Dios. Y nuestros labios están sucios de tanta conversación ociosa, tanta murmuración, tanta mentira y tanto veneno en nuestras palabras. Pero, cuando besamos el pie del Niño, no le ensuciamos nosotros a Él, sino que Él limpia nuestros labios y los purifica, como aquella brasa tomada del altar purificó al profeta.

Tengo la impresión de que podríamos santificarnos a besos. Si son sinceros, claro.

(1101)

“Evangelio

La sorpresa ante el misterio

Encendí el belén para dos niños que habían llegado a deshora. Y viendo aquellas caras de asombro ante el río que corre, el molino que se mueve, el ángel que resplandece y el fuego que calienta a los pastores, sentí cierta preocupación. Me dio por preguntarme si nuestros feligreses se siguen asombrando cada vez que el sacerdote hace bajar a Jesús al altar, si comulgan con el corazón encogido de sorpresa… Me dio miedo responder. Sería terrible que nos hubiéramos acostumbrado a lo extraordinario. Pedí no dejar de temblar cada vez que tengo a Cristo en mis manos.

Se admiraban de las palabras de gracia que salían de sus labios. Sé que no basta con asombrarse. Pero es el primer paso. Los dos siguientes son la contemplación y la transformación. Tras el asombro, permaneces ante el misterio, bien abiertos ojos y oídos. Entonces dejas que lo contemplado entre en ti y te transforme por dentro. Aquellos nazarenos se asombraron ante las palabras del Señor, pero después cerraron sus puertas a la luz. Lo que me da miedo es que haya cristianos que se aburran durante la Segunda Lectura, y lleguen dormidos al Evangelio.

Quizá deberíamos comenzar por recuperar la sorpresa.

(1001)

“Evangelio

¡Anímate!

Cuando los apóstoles vieron a Jesús caminando sobre las aguas, y, aterrados por el miedo a los fantasmas de la noche, comenzaron a gritar, el Señor les dijo: Ánimo, soy yo, no tengáis miedo.

Escucha esa misma palabra mientras contemplas a Jesús recién nacido. Todo en Él –sus pequeños ojos, sus bracitos, sus pies diminutos, su sonrisa– te grita: ¡Ánimo!

También tú estás sumido en tus miedos, tus fantasmas, tus batallas de pesadilla contra espectros imaginarios, porque todos esos dolores que te ahogan son nada en comparación con la luz que te rodea. Saca los ojos de las sombras, libéralos de las tinieblas, que ya ha clareado el día, y el resplandor del Sol que nace de lo alto está sonriendo para ti. ¡Míralo a Él, y escucha con los ojos!

«¡Ánimo, soy yo! Estoy aquí, he venido desde el Cielo para hacerte compañía. No quisiera separarme de ti jamás, porque mi alegría es estar contigo. Y tú, a mi lado, ¿qué tienes que temer? Soy niño, pero soy Dios, Dios contigo. Descansa en Mí, que yo descanso en ti. Y así, mientras reposo en tus brazos, Yo, el Dios que no pierde batallas, te guardo y te protejo. ¡Ánimo!».

(0901)

“Evangelio

Muchas cosas que se dicen en silencio

Aunque ya pasó la fiesta de Epifanía, seguimos en Navidad. Y, si te has quejado de que el trasiego de estas fechas te impedía contemplar al Niño Dios como hubieras querido, aprovecha estos últimos días, cuando los pequeños ya están en el colegio y las visitas familiares quedaron atrás. Jesús sigue en Belén, en el belén de tu casa y en el de tu parroquia. Contémplalo con cariño y en silencio.

Días vendrán en que sus labios, al abrirse, entreguen a los hombres palabras de Vida: Jesús vio una multitud y se compadeció de ella, porque andaban como ovejas que no tienen pastor; y se puso a enseñarles muchas cosas. Pero hoy, en el pesebre, las muchas cosas –¡muchísimas!– las enseña sin palabras, apenas con vagidos. Por eso las escuchamos con los ojos.

Ahí está, tan pequeño y humillado, porque se ha compadecido de nosotros. Su sonrisa infantil nos guía por caminos de infancia. Sus pequeñas manos, al tomar las nuestras, nos llevan a la niñez, porque sólo un niño puede entenderse con este Dios recién nacido. Por tanto, ahora que has logrado quedarte a solas y en silencio ante el Belén, haz niñerías: canta, ríe… ¡baila! Disfruta la Navidad.

(0801)

“Evangelio

Hoy, carmín. Mañana, sangre

Nacido en un establo, recostado entre animales, anunciado a sencillos pastores, y crucificado entre bandidos. Así lo quiso Él:

Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos (Lc 14, 12-13).

No ha venido a llamar a justos, sino a pecadores. Ni ha sido enviado en busca de los sanos, sino de los enfermos.

Le traían todos los enfermos aquejados de toda clase de enfermedades y dolores, endemoniados, lunáticos y paralíticos.

Nuestro beso –¡ya quisiéramos!– no es el beso de la Virgen. Entre otras cosas, porque la Virgen no usaba carmín, y un servidor está harto de frotar al Niño con el manutergio para limpiarle el lápiz de labios de algunas señoras. Pero, sobre todo, porque nuestro beso es el de los enfermos. Mientras froto al pobre Niño, rezo: «Ten ensuciamos, Jesús, para que Tú nos limpies. En la Cruz será con sangre. En mi parroquia… ¡con carmín! Pero a eso has venido: a mancharte con los sucios, para limpiarlos; a enfermar con los enfermos, para sanarlos».

(0701)

“Evangelio

Preguntando se llega a Belén

Hay una historia detrás de una frase: De pronto, la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos… Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría.

Aquellos magos habían emprendido un largo viaje en pos de una estrella. Pero si, al llegar a Jerusalén, preguntaron: ¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido?, fue, seguramente, porque la estrella había desaparecido. Quizá una noche nublada, o un milagro de tinieblas –que también los hay– tuvo la culpa de que los Magos dejaran de ver aquella luz.

Nos sucede lo mismo a nosotros. En algunos momentos de nuestras vidas, hemos visto la voluntad de Dios con claridad resplandeciente. Y hemos seguido esa llamada, llenos de ilusión. Pero, a lo largo del camino, hay días en que miramos al cielo, y no vemos más que tinieblas… ¿qué hacer?

Lo que hicieron los Magos: preguntar. Pregunta a tu director espiritual, y déjate guiar. Que si hasta de Herodes se sirvió Dios para guiar a los Magos, con mayor razón se servirá de un buen sacerdote para orientarte a ti. Después, cuando obedezcas, te ocurrirá como a ellos: aparecerá de nuevo la estrella, verás su luz, y te alegrarás de haber obedecido.

(0601)

“Evangelio

El pañuelo de la Virgen

Asombrado ante la Encarnación del Verbo divino, Juan exclama: Hemos contemplado su gloria. Se refiere a la visión que le fue regalada en el Tabor, y también a las apariciones del Resucitado. En ambos casos, la humanidad santísima de Cristo dejó traslucir, ante los ojos del discípulo amado, la gloria de su divinidad.

Tú y yo, sin embargo… La visión de la gloria del Hijo nos está reservada para el Cielo.

Aunque adornamos, a menudo, la cabeza del Niño Jesús con esos tres rayos que se llaman «potencias», al Niño Dios, en Belén, no le salían rayos de la cabeza. No busques signos visibles de su divinidad entre los pelitos del Mesías recién nacido.

Yo te mostraré una ventana que me acerca a un amor que sólo un Dios puede mostrar, pero no te ofendas. Al Niño Jesús no le saldrían potencias del cráneo, pero me conmueve contemplar a la Virgen limpiándole los moquitos, como hace cualquier madre con su niño. Los niños moquean muchísimo. Y, qué quieres que te diga, ver a Dios moqueando, y a su madre sonándole la nariz, me inspira tal devoción que besaría ese pañuelo con el mismo fervor con que besaría el santo sudario.

(TNA02)

“Evangelio