El Mar de Jesús de Nazaret

Navidad – Espiritualidad digital

Y Dios rezó en voz alta

Los cuadros que plasman la escena del bautismo de Cristo suelen mostrar al Espíritu Santo, en forma de paloma, sobre un Jesús que sale de las aguas. Pero, según el relato de san Lucas, las cosas no fueron exactamente así.

También Jesús fue bautizado; y, mientras oraba, se abrieron los cielos.

La epifanía del Jordán no sucedió en el instante en que Jesús salía del agua, sino poco después. Jesús, tras ser bautizado, se recogió en oración, probablemente cerca de la orilla. En esa oración, habló en voz baja con su Padre, como siempre hacía. Pero su Padre quiso elevar la voz, y hacer partícipes a todos los hombres del diálogo de Amor que mantenía con su Hijo.

Tú eres mi Hijo, el amado, en ti me complazco.

El Amor descendió visiblemente, y fuimos los mortales invitados al secreto de la Trinidad. La ruptura entre Dios y los hombres tocaba a su fin, las aguas de muerte del diluvio se secaban, y se nos ofrecía el agua viva del bautismo.

Todo esto sucedió para que nosotros sepamos que no hay salvación fuera de Cristo, y que Él es el único Salvador del hombre. Amarlo a Él ya es el Cielo.

(BAUTSRC)

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Su último día sin barba

Aprovecha estas últimas horas, porque mañana termina la Navidad. Y este Niño Jesús a quien hoy contemplas chiquitín en el pesebre, acompañado de la Virgen y san José, mañana tendrá barba en el Jordán, y ya no lo podrás besar sin pincharte. Por tanto, bésalo mucho hoy, bésalo hasta comértelo, que aún los besos son suaves. Mañana, y a partir del lunes, cuando comienza el Tiempo Ordinario, el pinchazo de su barba en cada beso te recordará que, para contemplar la rosa de su rostro, habrás de pincharte con las espinas de su Pasión.

Hoy todavía es pequeño; mañana será mayor. Hoy eres tú mayor; ojalá, conforme crezca Él, te hagas pequeño tú.

Él tiene que crecer, y yo tengo que menguar.

Déjale que crezca en ti, mientras tú menguas.

Propósito para todo este año, que acaba de comenzar: que cada día que pase haya, en mi vida, más de Ti y menos de mí. Quisiera retirarme, abandonar mis posiciones, para que puedas conquistarlas Tú. Hazte con mi carácter, con mis afectos, con mis juicios, con mis planes, con mi trabajo, y también con mi descanso. Invade Tú mis dolores, y que sea tuya la gloria que pueda recibir yo.

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Tu sitio ante Dios

Te he visto inclinarte ante esa imagen del Niño Jesús. Has besado su rodilla con cuidado y con cariño, y, después, te has erguido de nuevo para continuar tu camino.

¡Bien hecho! No has querido pasar de largo ante un Dios tan humillado. Y, aunque esa imagen lleva ya más dos semanas en tu casa, no quieres que quede convertida en un mueble. Por eso la besas cada vez que pasas ante ella.

Pero déjame decirte que aún te queda camino por recorrer. Y no es camino que puedas realizar andando, ni doblando la espalda.

Ante un Dios tan agachado, tan postrado, tan pequeño, no basta con inclinarse y erguirse de nuevo después de haber dejado un beso en sus rodillas. Es preciso abajarse más que Él, como hicieron los Magos, y vivir, en adelante, postrado ante su Majestad. Así encontrarás tu sitio.

Cayendo sobre su rostro, le suplicó diciendo: «Señor, si quieres, puedes limpiarme».

Es el beso de un enfermo el que dejamos en la piel del Niño Dios. Y, tras ese beso, debe venir una vida de completa adoración. Si «humildad» viene de «humus», que significa «tierra», el fruto más precioso de la Navidad es una vida humilde.

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Una ventana abierta al Cielo

luzAnte una nube luminosa como la que vio Isaías, rodeada de ángeles, es casi inevitable caer en tierra. Pero, ante un niño… Ante un niño te agachas, le haces carantoñas, y dices… «¡Qué guapetón!». No lo adoras, juegas con él.

Sin embargo, este niño, que parece en todo como los demás, no es como los demás. El Niño Jesús es una ventana. Si lo miras con fe, verás, tras Él, el cielo abierto, y a más ángeles de los que vio el profeta.

El Espíritu del Señor está sobre mí.

La nube que vio Isaías era el anuncio del Aliento divino que llena cada gesto del Niño. Cuando me sonríe, es Dios quien me sonríe; cuando me mira, es Dios quien me mira; cuando llora, llora Dios en sus lágrimas.

Me ha enviado a evangelizar a los pobres.

Verás, tras el Niño, al Padre que lo envía. Y conocerás el Amor tan grande de Dios por los hombres, que lo lleva enviar a su Hijo al mundo para proclamar la buena noticia del perdón de los pecados. La luz de ese Amor te llenará de alegría por dentro, porque este niño es una ventana abierta al Cielo.

¡Cómo no adorarlo!

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El chupete del Niño Jesús

Entró en la sacristía, después de la misa, una niña de seis años. Llevaba, en las manos, un enorme muñeco que le habían regalado los Reyes Magos. Y, en cuanto la pequeña le quitó de la boca el chupete al muñeco, el muñeco comenzó a llorar, y no paró hasta que la niña se lo volvió a poner. Di gracias porque a la pequeña no se le hubiera ocurrido quitarle el chupete al regalo durante la misa.

Le he quitado el chupete al Niño Jesús. En lugar de llorar, habla. Ayer me dijo un «te quiero» que todavía me tiene temblando. Y esta mañana, cuando, al darle mi beso, le quité el chupete, ha vuelto a hablar:

Ánimo, soy yo, no tengáis miedo.

¡Cuánta paz! Porque vivimos en la tormenta permanente. Preocupaciones, tareas, enfermedades, fracasos, dificultades, tentaciones… La muerte parece querer devorarnos, y nosotros nos afanamos por salir a flote en una lucha sin tregua.

Hasta que apareciste Tú.

Entró en la barca con ellos y amainó el viento.

Haciéndote hombre, has entrado en nuestra barca. Y, cuando te miramos, ya nada tememos.

Ánimo, soy yo, no tengáis miedo.

Creo que hoy no voy a ponerte de nuevo el chupete.

(0901)

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