Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

Tiempo Ordinario (ciclo par) – Espiritualidad digital

¡Qué atrevimiento!

¡Pero cómo se atreven! Hay que entrar en la cabeza de los fariseos, palpar su escándalo. ¿Quién se han creído que son esos tipos? ¿Pues no están arrancando espigas y comiéndolas en pleno sábado? ¿Y no se dan cuenta de que estamos aquí delante? ¿Es que no tienen vergüenza? Y su Maestro no les reprende.

Mira, tus discípulos están haciendo una cosa que no está permitida en sábado.

Jesús les habla de un atrevimiento mayor, cuando David y los suyos entraron en la casa de Dios y comieron de los panes de la proposición, cosa que no les estaba permitida ni a él ni a sus compañeros, sino solo a los sacerdotes. Al lado de aquello, lo de las espigas no llegaba ni a pecado venial.

Pero, para atrevidos, nosotros. ¿No comemos cada día la carne de Cristo y devoramos su sangre? ¿Existe atrevimiento mayor? Y con qué alegría, con qué naturalidad lo hacemos, como si fuera lo normal.

Demos un paso más en el atrevimiento. ¡Es lo normal! Lo es para un hijo de Dios, incorporado al cuerpo de Cristo por la gracia.

Aunque esa «normalidad» no debería dejar de sobrecogernos nunca. Ojalá temblásemos de gratitud en cada comunión.

(TOP15V)

El alivio del cristiano

Meditas la Pasión de Cristo, y vuelves a imaginar esos azotes, esas bofetadas, esa corona de espinas y esos clavos. Contemplas cómo carga con la Cruz sin apenas fuerzas y sin apenas sangre. Y hoy lees las palabras del Señor y, claro, te haces preguntas.

Mi yugo es llevadero y mi carga ligera.

¿Cómo va a ser llevadero semejante yugo, y ligera semejante carga?

Pero te equivocas. El yugo y la carga a los que se refiere Jesús no son los azotes, ni las espinas, ni los clavos, ni el peso del madero. Si Dios te pidiera el martirio, Él mismo te haría capaz. Siempre lo ha hecho. Pero el martirio de sangre no es lo habitual ni lo ordinario.

El yugo y la carga a los que se refiere Jesús son la crucifixión de tu propia voluntad para hacer en todo, como Él, la voluntad del Padre. Y hacerla abrazado a Él.

Ese yugo es llevadero y esa carga ligera. Porque el mayor peso que llevas es ese apego a tus planes, a tu propia voluntad, ese querer siempre salirte con la tuya. Cuando te desprendas de esa carga y te abraces al Señor, experimentarás el alivio del cristiano.

(TOP15J)

Cumplidores y contemplativos

Han pasado dos mil años, y muchos no se han enterado todavía. San Pablo lo repitió decenas de veces, y muchos siguen sin enterarse.

Repitámoslo una vez más, a ver si alguno de ellos al menos se entera.

En el pasado, Dios reveló al pueblo escogido su Ley en el Sinaí. En esos mandatos estaba escrito lo que debían hacer los hombres para obtener la bendición del Altísimo. Observa mis mandatos y vivirás (Prov 4, 4).

Pero, llegada la plenitud del tiempo, Dios mostró a los hombres el rostro de su Hijo.

Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños.

Ahora, en Cristo, Dios revela a los humildes, mediante el Espíritu, la hermosura del Hijo y del Padre. Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo (Jn 17,3). Ya no se trata de hacer, ni de cumplir. Ahora, el camino a la santidad pasa por contemplar y enamorarse para tener vida eterna.

Antes había que ser santo para ser feliz. Ahora se trata de ser feliz para ser santo.

(TOP15X)

Las lágrimas de Dios

Las palabras que Jesús dirige a Cafarnaún, Corozaín y Betsaida podrían leerse como una condena fulminante, como rayos de fuego caídos del cielo para abrasar a quienes han traicionado a Dios.

¡Ay de ti, Corozaín, ay de ti, Betsaida!… Y tú, Cafarnaún, ¿piensas escalar el cielo? Bajarás al abismo.

Pero, aunque lo parezcan, estas palabras no son una condena. Son el llanto del corazón de Cristo sobre aquéllos a quienes tanto amaba. No son fuego, son lágrimas.

En aquellas tres ciudades había realizado Jesús la mayoría de sus milagros. Una de ellas, Cafarnaún, es incluso llamada «la casa del Señor». Fueron muy privilegiadas por el Maestro. Pero esa predilección, en lugar de moverlas a gratitud y a obediencia a las palabras de Cristo, las movió a soberbia y presunción.

Cuando Jesús dice a Cafarnaún que bajará al abismo, no lo dice como quien envía a todo un pueblo al infierno de una patada, sino como una madre que ve a su hijo entregarse a los peores vicios y, llorando, le grita: «¡Te vas a matar!»

No conoce el corazón de Jesús quien lo ve vomitando condenas. Conoce el corazón de Jesús quien contempla y comparte sus lágrimas. Y hay motivo.

(TOP15M)

Con dignidad, pero sin tonterías

Tirarse de cabeza a una piscina con sesenta años es una impertinencia. Eso es para los jóvenes. Si yo veo a un tipo de mi edad tirándose de cabeza pienso: «¡Quién se habrá creído que es este mamarracho!»

Así que, cuando disfruto de la piscina de mi hermana, bajo por la escalera, con la dignidad propia de mis años. Pero bajo deprisa y, en cuanto bajo, me sumerjo por completo, esté el agua fría o caliente. Eso de ir poquito a poquito, primero la puntita del pie, luego la rodillita, luego el ombliguito, luego te echas agüita por la nuca etc., es una tortura propia de cobardes.

Con la fe sucede igual: El que no carga con su cruz y me sigue no es digno de mí. Quienes rezan «un poquito», quienes se rinden sólo a medias no disfrutan de la fe, porque la tibieza se lo impide; y tampoco disfrutan del mundo, porque se lo impide su mala conciencia. Para que Cristo te haga feliz debes sumergirte en Él. Si no le entregas absolutamente todo, si no lo amas desesperadamente, si no bajas todas las defensas y le permites conquistar tu vida por entero, no conocerás la verdadera dicha.

(TOP15L)

El manantial inagotable y las botellas de la sacristía

Tenemos en la sacristía uno de esos dispensadores de agua que funcionan con botellas de veinte litros suministradas periódicamente por el proveedor. En todas pone que esa agua procede de un manantial, siempre el mismo. Y yo pienso en las miles y miles de botellas de veinte litros que esta gente lleva suministrando durante años por toda España, y quisiera conocer ese manantial que mana tanta agua durante tanto tiempo y nunca se agota.

El que persevere hasta el final, se salvará. Han sido estas palabras del Señor las que me han hecho pensar en el manantial inagotable de las botellas de veinte litros. Porque la perseverancia que nos pide Jesús nos convierte en algo parecido a esa fuente que no para de manar agua.

Te traicionan, y sigues amando. Hablan mal de ti, y sigues amando. Te parten las dos mejillas, y sigues amando. Un día, y otro día, y un año, y otro año… hasta que mueres amando.

No sé si el manantial de las botellas existe; supongo que sí. Pero sé que ese manantial de amor inagotable que debe ser el corazón del cristiano sólo puede fluir si se alimenta del agua manada del corazón de Cristo.

(TOP14V)

Frases lapidarias

Un dirigente socialista español cuyo nombre omito, aficionado a hacer frases lapidarias, tuvo la ocurrencia de decir: «Ser socialista es tener muy poco y estar dispuesto a dar mucho». Se podrían haber añadido dos palabras al final, pero mejor paso a lo mío, no vaya a tener que confesarme antes de tiempo.

No sé si esa sentencia define a la perfección el socialismo, no soy político. Pero me viene bien para decir lo que es ser cristiano: Ser cristiano es tener mucho y estar dispuesto a darlo todo.

Gratis habéis recibido, dad gratis. Desde el día de nuestro bautismo, hemos recibido tesoros de un valor incalculable: la fe, la esperanza, la caridad. El don del Espíritu Santo y su gracia. El cuerpo de Cristo que devoramos diariamente. El cariño de los hermanos en la fe. Las Escrituras. Los dones del Paráclito y sus carismas. Y, por encima de todo, el Amor y la predilección de Dios para cada uno.

¿De qué te quejas? Piensa en todo esto, medítalo, da gracias hasta que te quedes afónico.

Si no ofreciésemos al mundo tan valiosos dones, seríamos los epulones de la tierra ante tantos lázaros que viven sin Dios. No permitas que suceda.

(TOP14J)

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