Evangelio 2020

Tiempo Ordinario (ciclo par) – Espiritualidad digital

Amor paciente

¡Cómo os gustaría, padres, que vuestros hijos cambiasen al momento, cuando los instruís o los reprendéis! ¡Cómo os gustaría, maestros, que vuestros alumnos aprendieran las lecciones conforme las enseñáis! ¡Cómo os gustaría, apóstoles, que vuestros amigos se convirtiesen al escucharos hablar de Cristo! ¡Cómo nos gustaría, sacerdotes, que nuestros feligreses hicieran caso de lo que predicamos en las homilías!

Pero lo cierto es que las cosas, en la condición humana, no funcionan así. Nos guste, o no. Es lo que hay.

Decía Jesús: El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres y lo matarán. Y, a los pocos segundos, los apóstoles por el camino habían discutido quién era el más importante. Por si fuera poco, horas antes de morir Jesús, mientras compartía con los Doce su Última Cena, se produjo también un altercado a propósito de quién de ellos debía ser tenido como el mayor (Lc 22, 24). Poco tiempo le quedaba ya al Señor para repetir las cosas.

Quisiéramos redimir a los demás «desde arriba»: instruirles desde el púlpito, y que aprendiesen. Pero, si no aprendieron del Señor, tampoco aprenderán de nosotros. Jesús nos ha enseñado cómo redimir a las almas: desde abajo, sufriéndolas.

(TOP07M)

… Y nosotros lo abandonamos

Contempla, frente a frente, dos imágenes: Por un lado, el Cristo que, investido de majestad, expulsa los demonios, tal como hoy nos lo muestra el evangelio; por otro lado, contempla el «ecce homo», al mismo Cristo despojado de su dignidad, su honor y hasta su piel, cubierto de sangre y salivazos y coronado de espinas. ¿No quisieras morir de vergüenza? El Hijo de Dios vino al mundo para librarnos de los demonios, y nosotros, en pago, lo abandonamos a Él en manos de sus enemigos, e incluso, unidos a ellos por nuestras culpas, lo cubrimos de infamia.

Desde luego, quien pronunció el Sermón de la Montaña nos mostró cómo hacer el bien a quienes nos ofenden. Podríamos, y deberíamos llorar… Pero no creo que basten las lágrimas.

Esta especie sólo puede salir con oración. Hora de convertirse. Y de rezar, porque la oración constante e ininterrumpida nos unirá a Jesús en lo más íntimo de nuestros corazones. Llorar es una cosa; acoger, en las propias mejillas, las lágrimas de Jesús es otra. Contempla, pero no te quedes mirando: entra en la Roca, refúgiate en la llaga del costado, y padece con Él. Entonces serás más fuerte que todos los demonios.

(TOP07L)

No somos supersticiosos

¿Cuál es la diferencia entre religión y superstición? La superstición, a través de signos sensibles (amuletos, prácticas, palabras…) recurre a poderes ocultos para burlar al sufrimiento y a la muerte: «Si llevo esta pulsera, triunfaré en el amor; si toco madera, ahuyentaré la desgracia; si llevo esta camisa, aprobaré el examen». La religión, sin embargo, es misterio de amor que lleva al hombre a unir su vida a Dios en comunión interior.

Pero si Dios cuelga de una cruz, la religión se convierte en lo contrario de la superstición. Porque el hombre, para unirse en amor a Él, es capaz de abrazar la muerte y perderlo todo.

Quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el evangelio, la salvará. Cuando el propio Dios te invita a tomar tu cruz y seguirle, y aceptas la llamada, no debería extrañarte que aparezcan en tu vida la contrariedad, el dolor y el fracaso. No rezamos para ahorrarnos sufrimientos, sino para unirnos a Cristo.

¿Cuál es la diferencia entre el santo y el supersticioso? El supersticioso muere como quien, finalmente, perdió la partida. El santo muere unido a Cristo, y alcanza, en Él, vida eterna.

(TOP06V)

No me responda ahora…

Hace años, un programa de televisión puso de moda aquello de: «No me responda ahora. Respóndame después de la publicidad». Dejaba en suspenso al espectador, para que aguantase la retahíla de anuncios que le esperaban antes de conocer la respuesta.

Aunque un soplo del Espíritu llevó a Pedro a responder sin esperar a la publicidad, la pregunta de Jesús debería quedar abierta: ¿Quién decís que soy yo? Podríamos dedicar la vida a buscar la respuesta, y habríamos vivido una vida fascinante.

Nadie conoce al Hijo más que el Padre (Mt 11, 27). Preguntémosle al Padre: Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo (Mt 17, 5).

Jesucristo es el Hijo amado de Dios. Y, en la medida en que lo escuchamos, y dejamos que su palabra se adentre en lo profundo de nuestros corazones, lo vamos conociendo como por contacto, y vamos recibiendo vida eterna: Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo (Jn 17, 3). Dedica la vida a escucharlo. Y si, segundos antes de morir, te preguntan quién es Cristo, tú, sin abrir los labios, te llevarás la mano al pecho y partirás con Él.

(TOP06J)

El triste sino de los árboles

Me lo contaba, con tristeza e ironía, un marido mal resignado: «Cuando mi mujer y yo éramos novios, nos decíamos lindezas como: “– Cariño, tú eres mi sol – Amor mío, tú eres mi flor”. Después de veinte años, ayer le regalé a mi mujer otro piropo: “Cariño, yo soy tu árbol, y tú eres mi perro”». Ya se ve que la poesía no siempre está al servicio del romanticismo.

Los hombres no son árboles. Ni tampoco perros. Aquel ciego, a cuya curación le faltaba un hervor, tras imponerle las manos el Señor había quedado como el marido de mi historia: Veo hombres, me parecen árboles, pero andan. No le dio tiempo Jesús a que se viera a sí mismo como un chucho y obrara en consecuencia. Le puso otra vez las manos en los ojos; el hombre miró: estaba curado y veía con toda claridad.

¿No necesitarás, también tú, un nuevo «hervor»? En los hombres no ves árboles, pero tampoco los ves con claridad. A quienes te caen bien los ves guapísimos; quienes te caen mal son todos feos… Pídele al Espíritu las claridades del don de ciencia. Así verás en todos los hombres, lo que son: hijos de Dios.

(TOP06X)