Evangelio 2018

Tiempo Ordinario (ciclo par) – Espiritualidad digital

A la distancia justa

No era la primera vez que Jesús lo hacía: Encargó a sus discípulos que le tuviesen preparada una barca, no lo fuera a estrujar el gentío. Es natural: si a Jesús lo hubieran acaparado cinco personas, los demás no habrían podido verlo ni escucharlo.

También hoy reina Jesús desde la distancia. No sube a una barca, sino a los accidentes del pan y del vino, que lo apartan de la voracidad voluptuosa del sentido. ¡Qué sería de nuestros templos si el Señor se mostrase en ellos con su cuerpo físico! O, peor… ¡Qué sería, qué habría sido de Él! Pero las almas eucarísticas aprenden a tratarlo a esa distancia, libres del ruido de la sensualidad. Para ellas, la distancia entre los ojos y el sagrario dibuja el abrazo más sublime.

Antes se hablaba de «gravedad sacerdotal», y más nos valdría volver a hablar de ella. También los sacerdotes debemos alejarnos un poco de los fieles, aún a costa de parecer menos simpáticos; no pertenecemos a diez privilegiados, sino a todo el pueblo de Dios. Y, aunque al algunos les guste que los estrujen, no es ésa la llamada que hemos recibido. Debemos pertenecer a todos, aunque nadie quede totalmente satisfecho.

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Verdadera y falsa humildad

Jesús buscó siempre el último puesto en la mesa de los hombres. Miradlo hoy: los fariseos ocupan el lugar de amos y jueces. Desde esa tribuna, observan al Señor para ver si curaba en sábado y acusarlo. Por debajo de ellos se encuentra ese hombre que tenía una mano paralizada. Era un enfermo, un pecador, un maldito a sus ojos. Y, por debajo del enfermo, pecador y maldito, se encuentra, postrado, Jesús, dispuesto a servirlo y a sanarlo de su enfermedad como el siervo lava los pies de su señor.

Lo sorprendente es que, cuando los fariseos, ejerciendo su papel de amos y señores de la escena, juzgan al Señor por curar al enfermo en sábado, Jesús se levanta de su último puesto y, alzando la voz, toma el lugar de Dios que le corresponde y acalla las voces de quienes murmuran. ¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer lo bueno o lo malo?, ¿salvarle la vida a un hombre, o dejarlo morir? Atemorizados, ellos callaban.

Apréndelo, cristiano, que estás llamado a ser otro Cristo: serviremos a todos los hombres sin distinción, pero jamás pediremos perdón por decir la verdad, sino que la proclamaremos con santo orgullo. Evita la falsa humildad.

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Verdadero Cuerpo

EucaristíaSi ayer los amigos del esposo compartían la dicha del recién casado, hoy son los hombres del séquito de David quienes comparten con él otro banquete.

Entró en la casa de Dios (…), comió de los panes de la proposición, que sólo está permitido comer a los sacerdotes, y se los dio también a quienes estaban con él.

Si aquellos panes sólo podían ser consumidos por sacerdotes, ¿quién podrá comer ese Pan que es el Cuerpo del único sacerdote, Jesucristo? No es difícil responder. Yo como mi propio cuerpo cada día, puesto que lo consumo en mi actividad. Pero si alguien ajeno a mí quisiera comer mi cuerpo, me ultrajaría y cometería un acto deplorable de canibalismo. Con cuánta más razón, el Cuerpo de Cristo sólo puede ser consumido por Él mismo.

Ahora bien, si vivo en gracia de Dios, soy otro Cristo, miembro de su propio Cuerpo, y el que yo me alimente de su Cuerpo se vuelve algo natural.

Por eso, si los hombres de David pudieron comer aquellos panes sacerdotales, las almas en gracia comen el Pan más suculento, tomado de la espiga más dulce, porque son otros cristos, y, con Él, son sacerdotes.

Ave, Verum Corpus!

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Banquete celestial

Hoy día se llaman «damas de honor», y sólo acompañan a la novia en algunas bodas de postín. Pero, en tiempos de Jesucristo, tanto el novio como la novia llegaban a la boda acompañados de su corte. La novia llevaba a sus amigas, y el novio a sus amigos. Su función no era ayudar a la novia a cargar con el velo, sino ayudar a los contrayentes a cargar con su alegría. El gozo de la novia se expandía en sus amigas, y el júbilo del novio era compartido por los suyos.

¿Es que pueden ayunar los amigos del esposo, mientras el esposo está con ellos?

En la santa Misa, el sacerdote es el amigo del Esposo, cuando no el Esposo mismo. Por eso vive cada eucaristía rebosante de júbilo interior. No olvides que allí se renueva, sin dolor, el sacrificio del Calvario, y que ese sacrificio es la consumación de un desposorio entre Cristo y su Iglesia. ¡Cómo no alegrarse! Los fieles sois las amigas de la Esposa, cuando no la Esposa misma. Y, al uniros sacramentalmente al Cuerpo de Cristo, debéis festejar en vuestras almas toda la dicha de la Iglesia.

¡Realmente, la santa Misa es banquete celestial!

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“Evangelio

Lo que no puedes hacer sentado

Un amigo mío, de figura gruesa, y de carácter tranquilón y apacible, nos sorprendió a todos cuando supimos que llevaba varios meses saliendo a montar en bicicleta. No esperábamos de él semejante fervor deportivo. Y, cuando le pregunté por qué había elegido el ciclismo, me respondió: «Porque es el único deporte que se practica sentado».

Al pasar vio a Leví, el de Alfeo, sentado al mostrador de los impuestos. Sentado se está muy bien. Ya sea perdiendo kilos, como mi amigo, o ganando dinero, como Leví. Sentado también se puede comer, jugar a las cartas, ver la televisión, beber cerveza, leer, estudiar, escribir, y realizar otras muchas actividades.

Hasta que te encuentra Jesús. Le dice: «Sígueme». Se levantó y lo siguió. Lo que no puedes hacer sentado es seguir al Señor. Algunos lo intentan con todas sus fuerzas: imaginan que, a base de sentarse a meditar y reunirse durante horas lograrán seguir los pasos del Maestro. Pero, para seguir a Jesús, es preciso levantarse: salir de casa, buscar a los hombres, acercarse a las ovejas perdidas, desmontar la vida propia y perder el control… La vida del discípulo es toda una aventura. Pero no para quien la quiere vivir sentado.

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“Evangelio