Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

Tiempo Ordinario (ciclo par) – Espiritualidad digital

Ceñida la cintura

La parábola de los criados que esperan a su señor es, en el evangelio de san Lucas, la versión breve, y en masculino, de la parábola de las diez vírgenes del evangelio de san Mateo. Como allí, el esposo llega entrada la noche, a la segunda vigilia o a la tercera.  También como allí, vuelve de su boda. Y, también como allí, es preciso tener encendidas las lámparas durante la espera.

Algo añade la parábola de Lucas: Tened ceñida vuestra cintura. Los criados deben mantener el abrigo puesto, estar preparados para salir en cualquier momento. Ya se ve que, en esta parábola, el banquete se celebra en otro lugar, al que serán llevados por el propio esposo.

¿No es ésa nuestra vida? ¿No estamos esperando a que el Señor vuelva y nos lleve al Cielo? Estamos en este mundo como en nuestra casa, pero siempre al borde de la puerta, mirando el alma hacia el Cielo. Estamos en esta vida, pero no como quien se arrellana en el sillón con la cerveza y las zapatillas, sino como quien está dispuesto a salir en cuanto el Señor llegue. Sin apegarnos a nada ni a nadie, y en perpetua y constante oración.

(TOP29M)

Parábola del prejubilado

¡Hombre! ¡Hoy toca la parábola del «prejubilado»! Una de las más actuales de todo el Evangelio:

50 añitos. La vida ha ido bien. Ha ahorrado como una hormiguita. Y tiene un fondo de inversión como «colchón» para futuras necesidades: Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe, banquetea alegremente. Con esa edad, debería saber que al alma no se le dicen esas cosas. Hubiera sido mejor comenzar: «Cuerpo mío». Pero el muy bobo se lo dice al alma, que ni come, ni bebe, ni banquetea, porque sabe que la vida es Cristo, y está muerta de hambre en el cuerpo de un energúmeno así. Por eso Dios le dedica, desde el Cielo, un cariñoso insulto bien merecido: Necio, esta noche te van a reclamar el alma, y ¿de quién será lo que has preparado?

Aunque uno se prejubile, su vida no depende de sus bienes. Porque la vida es Cristo. Y si fueras sensato en vez de necio, conforme cumples años y ves que se acerca el final de tus días, pensarías: «¿No debería ir apartando los ojos de las cosas de la tierra, y poniéndolos en las del Cielo? ¿No debería prepararme para encontrarme con Dios?»

(TOP29L)

Algo peor que el pecado

Me pregunto si, después de haber negado tres veces al Señor, recordaría Simón aquellas palabras: Todo el que diga una palabra contra el Hijo del hombre podrá ser perdonado, pero al que blasfeme contra el Espíritu Santo no se le perdonará.

Como si hubiera tenido presente la futura traición de Pedro, Jesús le estaba consolando por adelantado: «Aunque me niegues, aunque jures que no me conoces, no desesperes. Podrás ser perdonado, siempre que no reniegues del Espíritu. Si confías en mi perdón, y crees que mi Espíritu puede limpiar tu culpa, acércate sin miedo a mí, y tu pecado será purificado para que tengas vida nueva.

» Pero si reniegas de mi Espíritu, si haces ascos a la confesión de tus culpas, si no aceptas el perdón que te llega a través de las manos del sacerdote en la Iglesia, entonces jamás podrás ser purificado de tus faltas».

Decimos, con frecuencia, que el pecado es lo peor que puede sucederle a un hombre sobre la tierra. Pero, a la vista de estas palabras, quizá debiéramos decir que hay algo peor, incluso, que el pecado: la desconfianza en el perdón que lleva al pecador a no acercarse a recibir la absolución.

(TOP28S)

Sobre la hipocresía

Uno de los pecados que, con más frecuencia, reprochó el Señor a los fariseos fue la hipocresía: Cuidado con la levadura de los fariseos, que es la hipocresía.

Aclaremos el término, porque muchos andan confundidos. «Padre, si pongo, como usted dice, “buena cara” cuando estoy que “echo chispas”, soy un hipócrita. Si estoy enfadado, mejor que lo noten, porque soy muy sincero, ya lo sabe usted».

Lo que eres –sin perdón– es muy necio. Porque hipócrita no es quien manifiesta lo contrario de lo que siente. Eso lo han hecho los santos. Estaban cansados, y sonreían; les caías mal, y te trataban con cariño; estaban enfermos, y no se quejaban. Eso es amor: dar a los demás lo mejor de nosotros, no lo peor.

Hipocresía es manifestar lo contrario de lo que quieres. El hipócrita te dice con su sonrisa que te ama, mientras lo que ama es tu dinero o tu alabanza. El hipócrita finge hablar en nombre de Dios, cuando sólo se busca a sí mismo.

¡Ah! Y, en cuanto a esa «sinceridad»… Sinceridad no es mostrar lo que sentimos; Dios nos libre. Sinceridad es decir siempre la verdad. ¡Cuántas mentiras hay en esos enfados tuyos tan «sinceros»!

(TOP28V)

No permitas que me olvide

Me gusta escribirlo con mayúscula: el Amor de Dios. Así lo distingo de todos los demás amores, que no son sino su tímido reflejo, tantas veces empañado por nuestros egoísmos y cicaterías. No; no es lo mismo un amor que el Amor. El Amor lo es todo. Si nos diésemos cuenta, realmente, de cómo somos amados, seríamos los más felices de entre los hombres.

Por eso me parece terrible el reproche que el Señor profiere ante los fariseos: Pasáis por alto el amor de Dios. Creo que ahí está la causa de muchísimas tristezas.

Señor, que jamás pase yo por alto tu Amor. Concédeme recordar, muchas veces al día, que me amas locamente, que me miras y «se te cae la baba», que no dejas de sonreírme como a tu hijo predilecto. Y que, cuando hago mal las cosas, cuando te olvido y te ofendo, Tú me sigues amando, y no debo tener vergüenza de mirarte, porque encontraré de nuevo tu sonrisa y tus brazos abiertos hacia mí.

Pase yo por alto las horas del día, pase por alto la lista de la compra, pase por alto el ticket del aparcamiento, pero jamás, ¡jamás! pase yo por alto tu Amor.

(TOP28X)

No quisiera ser descortés

Parece una falta de cortesía. Alguien te invita a comer, aceptas la invitación y allí, sentado a su mesa y comiendo su comida, le pones de vuelta y media.

Vosotros, los fariseos, limpiáis por fuera la copa y el plato, pero por dentro rebosáis de rapiña y maldad. Me pregunto cómo le sentó al anfitrión el rapapolvo. «Encima que le invito, me llama cochino. La próxima vez, que lo convide su tía». ¡Pobre Isabel! A saber si aún vivía.

«Tú me invitas a comer, y yo te lo agradezco mostrándote la verdad sobre ti mismo, para que puedas salvarte».

Pero a la gente no le gusta escuchar la verdad sobre su persona. Si ni ellos mismos se la dicen a sí mismos, menos aún les agrada que se la diga otro. Date por aludido, por favor. Porque quizá también tú rebosas de rapiña y maldad, y no quieres saberlo. Te lo digo porque, a esta distancia, lo peor que me puedes hacer es dejar de leerme. Pero quién sabe, igual te da por hacerme caso, te miras bien por dentro… y descubres un universo de maldad que llevaba aposentándose allí durante años. Eso sería el comienzo de una buena limpieza.

(TOP28M)

Corpus natum de Maria Virgine

Aquella mujer que, al paso de Jesús, alzó la voz bendiciendo a su madre no sospechaba el verdadero alcance de sus palabras:

¡Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron! El elogio es tremendamente carnal, muy al gusto del pueblo judío; son el vientre y los pechos de la Virgen los agraciados con la presencia del Verbo Divino. Pero, precisamente por eso, es un elogio deliciosamente eucarístico. Nada más carnal y, a la vez, más espiritual que la Eucaristía, la carne del propio Cristo oculta tras las sagradas especies.

Porque ese cuerpo de Cristo, que adoramos en la Hostia, Jesús lo recibió por entero de su madre. No hay herencia de varón en la generación de Cristo, toda su carne y todos sus genes son de la Virgen. Así lo cantamos en el Ave Verum, y ensalzamos al «Corpus natum de Maria Virgine».

Medítalo cuando comulgues, o cuando te postres en adoración ante la Eucaristía, y así descubrirás la presencia silenciosa de la Inmaculada junto al Pan de vida. ¡Te adoro, cuerpo nacido de María! Y te ensalzo a ti, Virgen madre de Dios, que diste tu limpísimo cuerpo al cuerpo sagrado que adoramos y comulgamos.

(TOP27S)