Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

Tiempo Ordinario (ciclo par) – Espiritualidad digital

Eres un pueblo

Normalmente, escuchamos la parábola del sembrador e imaginamos a cuatro grupos distintos de personas, uno por cada terreno. Pero tú mismo eres un pueblo. Y no estaría mal que conocieras el mapa de tu propia geografía.

Algo cayó al borde del camino, lo pisaron, y los pájaros del cielo se lo comieron. Si la palabra queda en la carne, en un mero vibrar del tímpano, los demonios se la llevarán sin que cunda.

Otra parte cayó en terreno pedregoso, y, después de brotar, se secó por falta de humedad. Si recibes la palabra en la tierra de los afectos y emociones, donde todo es impulsividad, brotará deprisa, pero, como los propios impulsos, se secará rápidamente.

Otra parte cayó entre abrojos, y los abrojos, creciendo al mismo tiempo, la ahogaron. Si recibes la palabra en la inteligencia, son tantos los afanes que llenan tu pensamiento, que se perderá entre ellos.

Y otra parte cayó en tierra buena, y, después de brotar, dio fruto al ciento por uno. Pero si recibes la palabra en la tierra silenciosa del hondón del alma, como la Virgen, dará fruto abundante.

Para hacerlo así, mientras Dios habla… ¡Calle toda carne ante el Señor! (Ha 2, 20).

(TOP24S)

Inconvenientes de llevar 10.000 € en la cartera

Si pierdes la cartera en un taxi, y en la cartera llevabas diez mil euros (¿qué irías a hacer tú con diez mil euros en la cartera?), te llevas un buen disgusto. Pero si, al cabo de una hora, te llama el taxista y te devuelve la cartera perdida, le das al buen hombre cincuenta euros como recompensa. Los otros 9.950 te los guardas (¿qué irás a hacer con ellos?).

No puedes entender a las santas mujeres. Ellas juegan en «otra liga».

Jesús iba caminando acompañado por los Doce, y por algunas mujeres, que habían sido curadas de espíritus malos y de enfermedades. Estas buenas mujeres no habían perdido diez mil euros en un taxi; habían perdido la vida entera. Y Jesús se la devolvió. Como muestra de gratitud, no hicieron la promesa de viajar descalzas a Santiago, o de rezar el Via Crucis todos los viernes. Puedes hacer todo eso, y después vivir el resto de tu vida como te dé la gana. Ellas, sin embargo, le entregaron a Jesús su vida entera, la que habían perdido, y, en adelante, la vivieron sólo para Él.

¡Benditas almas generosas y enamoradas, que están llamadas a perfumar de Dios el mundo!

(TOP24V)

No serás perdonado si no te postras

La mujer pecadora se postra a los pies del Señor, y con sus lágrimas le enjuga los pies. Simón, el fariseo, se escandaliza, y Jesús justifica a la mujer: se porta así porque se le ha perdonado mucho. Pero le echa en cara a Simón sus faltas de cortesía: ni lo había besado, ni lo había ungido. Trayendo el ejemplo a nuestros días, es como si yo invito a cenar a alguien y no le doy ni las buenas noches.

Sus muchos pecados han quedado perdonados, porque ha amado mucho, pero al que poco se le perdona, ama poco. Si a Simón, según las palabras del Señor, se le perdonó poco… ¿fue porque tuviera menos pecados? ¿Era Simón mejor que aquella meretriz?

No; desde luego. Si se le perdonó poco, fue porque nunca pidió perdón. Y no lo pidió, porque se tenía por justo. Hay pecados, como la lujuria, que son difíciles de disfrazar. El lujurioso se siente sucio, tiene asco de sí mismo. Pero la soberbia es sibilina: se viste de ángel de luz, y puede hacer que el soberbio se tenga a sí mismo por santo mientras va camino del infierno.

Oye… ¿no deberías llorar un poco más?

(TOP24J)

El diapasón celeste

El corazón de Cristo es el gran diapasón, el perfecto instrumento musical venido del Cielo con el que nuestros corazones deberían estar siempre afinados. Si Él llora, todos deberíamos llorar; si Él ríe, todos deberíamos alegrarnos. Contemplad el inmaculado corazón de la santísima Virgen, y escucharéis los acordes perfectos que suenan cuando los espíritus de Redentor y criatura desgranan sus notas a la par.

Desgraciadamente, esa armonía ha sido, y es, muy extraña. Los hombres hemos desafinado mucho: Hemos tocado la flauta y no habéis bailado, hemos entonado lamentaciones, y no habéis llorado.

Como ejemplo contrario al de la Virgen, piensa en aquel hermano mayor del hijo pródigo: Cuando su padre se entristecía por haber perdido a su hijo, él se alegraba de no tener que soportar a su hermano menor. Cuando el padre se alegró de recuperar al pequeño, él se entristeció y fue devorado por la envidia.

Sin embargo, todos los hijos de la sabiduría le han dado la razón. La Sabiduría se escribe con mayúscula. Es el Espíritu que animaba a reír y llorar al corazón de Cristo. ¿Nos dejaremos animar por Él? ¿Reiremos y lloraremos a su son, o seguiremos, cada uno, interpretando nuestra «ópera bufa»?

(TOP24X)

¿Qué es orar?

«Orar es hablar con Dios». La definición es correcta, pero, tal como muchos la entienden –y la practican– «hablar con Dios» se queda en «hablarle a Dios». «Oye, Señor… Mira, Señor… Por favor, Señor… Perdón, Señor… Gracias, Señor… Ten piedad, Señor… ¿Sabes, Señor…?»

¿Por qué me llamáis «Señor, Señor», y no hacéis lo que os digo? Tú le hablas a Dios, le hablas muchísimo a Dios, pero no hablas con Dios, porque nunca lo escuchas. Toda tu oración es un derramarte hacia fuera, soltarle al Señor todo lo que llevas dentro, verter ante Él tus lágrimas, tus problemas, tus alegrías, tus angustias… Pero ¿has probado a callarte para acoger en tu alma lo que Dios quiere decirte a ti?

Me preguntas cómo se escucha a Dios. Y la respuesta no puede ser más sencilla: tienes a mano su palabra, está cerca de ti. Abre los evangelios, lee y calla, mientras esa palabra resuena, como un eco, en las paredes de tu alma. Déjala resonar, que cale hondo, que lo llene todo. Y como una semilla sembrada en tierra buena, deja que dé fruto y te transforme por dentro. Así, además de decir «Señor, Señor», harás lo que Él te pide.

(TOP23S)

¡Estamos tan ciegos!

Si me consientes un consejo, no pongas demasiado empeño en defender tu opinión. Si te la piden, ofrécela con sencillez, una sola vez, sin hacer demasiado énfasis. Y, si no te la aceptan, o la refutan, quizá deberías alegrarte; así no serás responsable de errores ajenos.

¿No te ha sucedido nunca que defendiste con entusiasmo una opinión, porque estabas convencido de tener la verdad de tu parte, y, al cabo de cinco años, descubriste que era un error garrafal? ¡Es tan fácil equivocarse! Quizá, incluso, nos equivocamos en todo lo que decimos o hacemos. Las verdades eternas son muy poquitas. Pero, fuera de ellas, la verdad es terriblemente resbaladiza.

¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? La viga en el propio ojo no se ve fácilmente. Si el ojo está ciego, ¿cómo verá la viga que lo cubre? Queda el oído: alguien te advertirá de tu ceguera. Y ojalá le hagas caso. Mejor que poner énfasis en defender tu opinión, pon atención al escuchar a quien te critica, aunque duela. Será más provechoso para ti. La estupidez es peor que la ceguera.

(TOP23V)

¿Será verdad que nunca amaste?

«Ya no quiero a mi marido… Ya no quiero a mi mujer». Si ya no quieres a esa persona, es que nunca la quisiste. Porque el amor verdadero es eterno. El amor no pasa nunca (1Cor 3, 8).

Nunca amaste. Amabas lo que recibías de tu cónyuge. Y ahora, cuando dices: «Ya no amo», te refieres a que ya no recibes, o –peor– a que recibes ofensas. No se ha acabado el amor; nunca existió. Lo que se ha terminado es el stock de regalos.

El amor auténtico es el empeño de todo el ser en la búsqueda de la plenitud del ser amado. Quien ama no busca enriquecerse, sino entregarlo todo.

Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra. Sólo desde el amor verdadero, el que no pasa, se puede hacer vida el Sermón de la Montaña. Si Cristo se dejó abofetear y crucificar por mí, fue porque me amaba, y decidió empobrecerse por mí. Con ese amor me sigue amando, y me amará siempre.

Y ahora, Señor, si descubriera yo que mi corazón no es capaz de amar a nadie así… ¿Podrías tú prestarme el tuyo, para que con tu corazón ame a quien me hiere?

(TOP23J)