Evangelio 2022

Tiempo Ordinario (ciclo par) – Espiritualidad digital

Quitando lo malo…

Me he acordado de Alicia. Era una mujer vasca, muy vasca, a quien conocí ya mayor, y a quien traté durante una larga vejez, hasta que se me fue al cielo. Te la encontrabas en la calle y le preguntabas: «¿Cómo estás, Alicia?». Entonces ella sonreía: «Quitando lo malo, todo bien». Un encanto.

Jesús promete en esta vida, a quien todo lo deje por él, cien veces más –casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones– y en la edad futura, vida eterna. Lo de las persecuciones va incluido, y con razón, porque siempre hay pecados que expiar, y porque el mundo se redime desde la Cruz. No va referido solamente a las persecuciones desatadas por enemigos de la Iglesia, sino, también, a las insidias con que persiguen al cristiano los enemigos del alma: el mundo, el demonio y la carne. Tentaciones, fracasos, contratiempos, dolores, enfermedad, muerte…

Pero reconozcamos que Alicia tenía razón. «Quitando lo malo», Dios nos mima mucho. ¡Son tantos los detalles de la Providencia espolvoreados con cariño a lo largo del día! Hay tanto Amor de Dios en nuestro camino, que ni siquiera es necesario, querida Alicia, quitar «lo malo». ¡Todo bien!

(TOP08M)

Siempre queda algo por hacer

En la maravillosa película de David Lean, después de planificar el asalto al puente sobre el río Kwai, Jack Hawkins recuerda una de las máximas más contrastadas en la Historia de la Humanidad: «Siempre queda algo por hacer». Nunca pienses: «Ya lo he hecho todo. Ya he cumplido». Porque, en cuanto termines de pensarlo, descubrirás que se te olvidó algo. Sucede siempre.

Aquel joven rico pensaba que había cumplido con Dios: Todo eso lo he cumplido desde mi juventud, le dice al Señor. Y Jesús, como Jack Hawkins, le recuerda: Una cosa te falta. ¡Y menuda «cosa»!: Anda, vende todo lo que tienes

Va por ti, tanto como por él. Póstrate ante un sagrario, y déjate mirar como fue mirado el joven rico: Jesús se quedó mirándolo, lo amó… Y, después, le dijo: «Una cosa te falta». Escucha en tu corazón. ¿Qué es lo que te falta?

Pide luz para saber qué es eso que Dios viene pidiéndote desde hace mucho, y que aún no le has querido entregar. Pide, también, humildad para aceptarlo. Y pide, sobre todo, fuerzas para entregarlo de una vez. Porque, si no lo haces, te seguirás engañando a ti mismo pensando que sirves a Dios.

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¡Mamá!

Un hombre que acababa de perder a su madre se lamentaba de que no volvería a decir «mamá». Le respondí que de ninguna manera sería así; que, a partir de entonces, tendría que decir «mamá» más veces que nunca, porque «mamá» es la Virgen, y en ella debería buscar a esa madre que en la tierra le faltaba.

Decir «mamá» nos hace niños. Por eso el trato filial con la Virgen me parece el camino más dulce a la infancia del espíritu. La infancia del espíritu no es como la del cuerpo. El niño es inocente porque sus ojos aún están cerrados para el mal. La infancia del espíritu, sin embargo, es para quienes, habiendo conocido el mal, desean la inocencia de la niñez. Son hijos pequeños de la Virgen, a quien llaman «mamá», y en cuyo manto se refugian para ser contagiados de la limpieza de la Purísima.

Dejad que los niños se acerquen a mí, no se lo impidáis, pues de los que son como ellos es el reino de Dios. Así presenta la Virgen a sus niños ante Jesús, y así los acoge el Salvador. Mira a una imagen de la Señora, y llénate la boca: «¡Mamá!».

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Sin miedo a la verdad

matrimonio cristianoJesús fue muy claro sobre la indisolubilidad del matrimonio: Si uno repudia a su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra la primera. Los apóstoles llegaron incluso a replicar que, si el repudio seguido de nuevas nupcias constituía adulterio, no traía cuenta casarse. Pero el mismo Señor que había dicho a la samaritana que el hombre con quien convivía no era su marido jamás se retractó de sus palabras.

Escribo esto porque vivimos tiempos delicados. Muchas personas que, tras casarse en la iglesia, se divorciaron y contrajeron matrimonio civil con otra pareja se acercan a nuestras parroquias. Y debemos quererlas, acogerlas y ayudarlas. Pero cometeríamos un grave error, y una traición, si les negásemos lo que Cristo jamás negó: la verdad. Y esa verdad nos obliga a llamar adulterio al adulterio, a proclamar que hay un camino de salvación para los adúlteros si renuncian al pecado y procuran vivir como hermanos, y a ofrecer toda la ayuda de los sacramentos y el acompañamiento de la Iglesia a quienes quieran hacer la voluntad de Dios.

Cualquier otra forma de tratar al pecador supondría negar al Señor, quien, tras perdonar a la mujer adúltera, la invitó a no pecar más.

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¿Y el que te perdona una multa?

¿Alguna vez te han dado un vaso de agua por ser cristiano? El agua bendita no vale.

El que os dé a beber un vaso de agua porque sois de Cristo, en verdad os digo que no se quedará sin recompensa. Yo lo tengo más fácil. El alzacuellos me ha atraído, por la calle, insultos y blasfemias, pero también muchas atenciones inmerecidas. Un guardia civil que me paró para multarme, cuando vio mi alzacuellos, me dijo: «Padre, tengo dos opciones: Si no le pongo la multa, voy a la cárcel y, si se la pongo, voy al infierno. Mejor márchese usted y no vuelva a pisar la línea continua». Es como cuando yo digo, en el confesonario: «Ve y no peques más».

Lo grande de estos gestos es que los protagonizan personas que no me conocen. Pero aman a Dios y, al ver al sacerdote, piensan: «Éste es de Dios». Por eso lo tratan bien. Lo mismo harías tú con el hijo de un amigo. Aunque apenas lo conozcas, te basta saber que es hijo de tu amigo para agasajarlo.

Empieza por tu propia alma. Es imagen de tu Dios. Dale agua cogida del costado de Cristo. Frecuenta los sacramentos.

(TOP07J)

La mecha vacilante

Sobre el Mesías estaba escrito: La caña cascada no la quebrará, la mecha vacilante no la apagará (Is 42, 3).

Aún era joven Juan, y seguramente no había comprendido las palabras del profeta.

Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir, porque no viene con nosotros. Ése que no viene con nosotros, y echaba demonios en tu nombre era, seguramente, un hombre que había oído hablar del poder de Cristo para vencer a los espíritus malignos y lo invocaba porque, sin conocer apenas al Señor, creía en él. Aquella fe era la de la mecha vacilante y recién encendida, llena de deficiencias e ignorancia, pero quizás se trataba, también, de los primeros vagidos de un santo. Juan vio en él a un usurpador, y quiso apagar la mecha. Jesús vio en él a un creyente, y dijo a Juan: No se lo impidáis.

La Iglesia aprendió pronto aquella lección. Cuando Prisca y Aquila encontraron hablando de Cristo al joven Apolo, que no conocía más que el bautismo de Juan (Hch 18, 25), en lugar de prohibírselo, lo instruyeron.

Hay mucho bien sembrado en mucha gente. Ojalá sepamos reconocerlo antes de juzgarlos.

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Te soporto porque te quiero

Amarse supone, también, soportarse. Cuando dos jóvenes se enamoran, todo se les vuelve ligero; parece que caminasen sobre nubes. Pero, con el paso del tiempo, las nubes se deshacen, los pies pisan tierra, los ojos se abren, y ambos descubren que el ser amado tiene defectos. En ese momento, soportarse con paciencia y con cariño supone, muchas veces, una las formas más hermosas del amor. «No te soporto», por desgracia, significa «no te quiero».

¡Generación incrédula! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo os tendré que soportar? Hasta el fin del mundo. Porque la Pasión de Cristo abarca la Historia de principio a fin. Hemos nacido veinte siglos después de que Cristo padeciera, y nuestros pecados hacen mella en su costado. Cristo me ha amado porque me ha soportado, y soportándome me ha redimido. No se ha echado atrás.

Jamás digas a nadie «no te soporto». Cada vez que te cueste soportar a alguien, mira despacio a un crucifijo, y recuerda cuánto te ha soportado Jesús a ti. Si Él quiere, ahora, que lleves una esquina de su Cruz, y soportando a tu prójimo lo redimas junto a Él, ¿serás capaz de decir que no? Qué mal cirineo serías, entonces.

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