Evangelio 2020

Adviento – Espiritualidad digital

Redimidos por un beso

Esta noche, en la Misa del Gallo, nuestros labios darán el primer beso a la imagen del Niño Dios. ¡Con cuánto cariño, con cuánta ternura nos acercaremos a mostrarle nuestro amor y a rendirle nuestras vidas! Y nos sucederá lo mismo que nos sucede cuando comulgamos: en ese sagrado momento, en que devoramos al Hijo de Dios, es Él quien realmente nos come, y hace de nosotros cuerpo suyo. Del mismo modo, esta noche, cuando nos acerquemos al besar al Niño, será Él quien bese nuestros labios, y, con un beso, nos redimirá.

Porque ese Niño es la misericordia encarnada de Dios, la salvación que nos libra de nuestros enemigos: el mundo, el demonio, y la carne. Y, así, al congregar en torno a Él toda nuestra atención, todo nuestro amor, y todos nuestros pensamientos en un beso, seremos librados de las redes que nos tenían atrapados, y podremos servir al Señor con santidad y justicia, en su presencia, todos nuestros días.

Ya se que es sólo una imagen de madera, o de pasta; ya sé que no se trata de un sacramento. Pero, yo que tú, prepararía ese beso con la misma devoción con que preparas la sagrada comunión.

(2412)

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Únete a la conspiración

Hace tres días escuchábamos aquel virginal hágase, el «fiat» de María que abrió las puertas de la Historia al Verbo encarnado. Pero, en aquel complot en que tierra y cielo se confabularon para salvar al hombre, había tres personas más implicadas, y también ellos tuvieron que decir su «fiat».

¡No! Se va a llamar Juan. Ahí tienes el «fiat» de Isabel. Y el de Zacarías, que llegó con nueve meses de retraso, y por escrito: Juan es su nombre. Con estas palabras, los dos esposos dejaron entrar en su vida al plan de Dios, y apartaron sus propios planes y las expectativas de los hombres. La cuarta persona implicada en la conspiración es el propio Juan. Y él, que aún no podía hablar, pronunció su «fiat» bailando.

Dios quiere que formes de parte de esta bendita insurrección que acabará con el poder del pecado. Y, para ello, tendrás que prestar tu juramento y pronunciar tu «fiat». ¿Sabes ya cuál es?… Venga, no te hagas el remolón, que apenas quedan dos días. ¿Qué es eso que te está pidiendo Dios, y que no le has dado aún? ¡Sí, sí, exactamente «eso»! Pues, a «eso», di «fiat». Y ¡Bienvenido a la conspiración!

(2312)

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Todo comienza en María

San Mateo es muy poco amigo de prolegómenos. Comienza su evangelio sin presentarse, con la fuerza de quien planta sobre la mesa un documento: Libro del origen de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abrahán (Mt 1, 1). Tras la extensa genealogía, comienza el relato: La generación de Jesucristo fue de esta manera:

El lector podría esperar, ahora, un «En aquel tiempo…». Pero, de nuevo, Mateo va a lo esencial. Y, comienza el relato, directamente, con un nombre propio.

María, su madre

Queda perfectamente entendido. Si, para Juan, el origen de la Redención comienza en el cielo, donde existía el Verbo, Mateo busca el origen terreno de esa misma Redención, el momento en que el Verbo irrumpió en la Historia. Y ese origen es María. En ella empieza todo. Si con Eva comenzó la perdición, la salvación comienza en María.

No quieras comenzar sin ella, porque ella es el camino hacia Cristo, como Cristo es el camino hacia el Padre. Acércate a María, vive junto a ella y junto a José estos próximos días, y, cuando nazca el Hijo de Dios, estarás en el mejor de los palcos: sentado en las rodillas de tu madre, que es, también, madre suya.

(TAA04)

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¡A bailar!

Cuando el arca del Señor entró en Jerusalén, David iba danzando ante el Señor con todas sus fuerzas (2Sam 6, 14). La alegría que llenaba su corazón, al saber que Yahweh plantaría su tienda en medio de su pueblo, se desbordaba en brincos y cabriolas.

En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Lo mismo le sucedió al pequeño Juan. Fue tanta su alegría al presentir al Dios-con-nosotros, que saltó de gozo, y contagió de júbilo a su madre.

Me gustan los santos que bailan. Y espero que a ti también. Porque, aunque te gustaría esperar al Señor en silencio, paz y serenidad, en estos días todo se mueve. El Belén ha dejado tu casa «patas arriba». Los niños comienzan sus vacaciones. Las compras te tienen de acá para allá. Todavía no sabes cuántos hijos, nietos, cuñados, yernos y nueras vienen en Nochebuena… Estamos en los días más alborotados de todo el año.

Está visto que Dios no te quiere quieto. Quiere que bailes. ¡Pues baila para Él! Convierte ese movimiento resignado en un baile de júbilo. ¡Súmate a Juan, y al rey David! ¡A bailar todo el mundo, que viene el Niño Dios!

(2112)

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Fiat!

Hay palabras que se bastan por sí solas para dar paso al misterio, sin ayuda de adjetivos ni complementos, cuando se pronuncian desde el corazón. Quizá, de entre todas ellas, la más sencilla y poderosa sea ésta: Hágase.

He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.

La primera parte –he aquí la esclava del Señor– es dulce introducción. Y la tercera –en mí según tu palabra– no es sino el eco dejado en el aire por la segunda: Hágase. Fiat. Tiene tal poder esa palabra, que ella bastó para propiciar la encarnación del Hijo de Dios. Al sonido de ese Fiat, el Verbo se hizo carne, igual que, al sonido de las palabras de la consagración, se convierte el pan en Cuerpo de Cristo.

Ojalá lo dijeras muchas veces, a lo largo del día. Porque el hágase es el permiso que le damos a Dios para que obre milagros en nosotros. Al despertar, al comenzar el trabajo del día, al comer con un amigo, al recibir una mala noticia, al sufrir una humillación, al entrar en casa, al acostarte… Hágase en mí tu santa voluntad, Señor. Ni te imaginas lo que puede ocurrirte si eres fiel.

(2012)

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