Misterios de Navidad

Adviento – Espiritualidad digital

Un festín de manjares suculentos

El reino de los cielos es comparado por el profeta Isaías a un banquete: Preparará el Señor del universo para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares exquisitos, vinos refinados (Is 25, 6). Yo que tú no me fiaría mucho de la gente a la que no le gusta comer ni beber; son capaces de llegar al cielo y pedir verduritas y agua. No van a disfrutar nada, los pobres. A los católicos nos gusta comer y beber. Por eso la Misa es la mejor preparación para el cielo.

Tomó los siete panes y los peces, pronunció la acción de gracias, los partió y los fue dando a los discípulos, y los discípulos a la gente. En la Misa, el Señor pone el Pan de su cuerpo en manos de los sacerdotes, y los sacerdotes os lo entregan. Quien acude comulgar bien preparado está bien preparado para sentarse a la mesa del reino de Dios. Es buen examen para este cuarto día de Adviento: ¿Acudes con hambre a la santa Misa? ¿Llevas el alma bien vestida, en gracia? Si comulgas bien en la tierra, te saciarás en el cielo.

(TA01X)

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El poder de la palabra

familiaAquel centurión vivía en un entorno –el ejército romano– donde la palabra tenía un enorme poder. Yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes; y le digo a uno: «Ve», y va; al otro: «Ven», y viene; a mi criado: «Haz esto», y lo hace. Por eso le pareció innecesario que Jesús se tomara la molestia de acercarse hasta su casa: Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano.

La Iglesia nos muestra el ejemplo de este hombre porque nuestra esperanza está puesta, precisamente, en la Palabra, en el Verbo de Dios. Dios se dispone a hablar, y la Iglesia, con sus ojos fijos en Él, en silencio los labios y abiertos los oídos, desea ardientemente acoger la Palabra salida de su boca.

Silencio. Es un buen propósito para el Adviento. Seguramente, el mejor. No se puede escuchar en medio del ruido, ni acoger la palabra del otro si uno no está callado. Por eso te sugiero que, durante estas cuatro semanas, busques tiempos de silencio y leas los santos Evangelios como quien acoge al Señor en lo profundo del corazón.

Nos enviarás tu Palabra, Señor, y quedaremos limpios. Habla, que tus siervos escuchan.

(TA01L)

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¿Otro adviento?

Otro adviento. Podría parecerte el cuento de Pedro y el lobo. Todos los años nos repite la Iglesia que viene el Señor, y el Señor sigue sin venir.

Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y gloria. ¡Otra vez! Ya te cansaste de mirar nubes sin pasajero. ¿Por qué levantar ahora la cabeza?

Porque te has equivocado. Este no es el enésimo adviento. Es el único adviento, la única advertencia. El Señor la ha pronunciado una vez, y su voz, recibida en la Iglesia como recibe la caja de resonancia la vibración de las cuerdas de la guitarra, llena la Historia. No es el grito el que se repite; eres tú quien, de la mano de la Iglesia, te acercas de nuevo a un sonido que no ha cesado.

Te equivocaste porque, cuando lo oías, mirabas hacia delante en el calendario. «Quizá el Señor vuelva esta tarde, o mañana, o la semana que viene»… Pero miraste en la dirección equivocada. Debiste –¡debes!– mirar hacia arriba, hacia lo eterno. Ojalá este año lo hagas. Y verás venir al Señor.

Perdona mi torpeza. No te lo sé explicar mejor. Pero lo que te digo es cierto.

(TAC01)

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