El Mar de Jesús de Nazaret

Adviento – Espiritualidad digital

El centinela de la aurora

El Adviento está a punto de terminar. ¿Cómo te ha ido?

Me dices que tu Adviento ha sido oscuro, lleno de contrariedades y tristezas; que apenas has cumplido los propósitos que hiciste a primeros de diciembre, y que te sientes más lejos de Dios que nunca. En lugar de preparar la venida del Señor, te parece que hubieras estado alejándote de Él. Esta noche será Nochebuena, y, a falta de unas horas, te sientes poco «navideño».

No te extrañe. Sólo anhelan la luz quienes están a oscuras. Y el Adviento es tiempo de oscuridad. Dicen que la hora más oscura del día es, precisamente, la que precede al amanecer. Y esa hora es el Adviento: el turno de guardia del centinela que espera a la aurora. Por extraño que te parezca, así como estás, tus disposiciones son inmejorables. Esas tinieblas tuyas son todo un grito de auxilio lanzado a la luz.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte.

No apartes tu vista del horizonte, no retires tu atención de Dios. Esta noche estallará la luz en tu alma.

(2412)

“Evangelio

Vuelve a Casa por Navidad

Conforme hemos abandonado la fe, hemos ido trasladando el escenario de las navidades al terreno de lo visible, lo fungible, lo adquirible y lo previsible… Demasiados «ibles»: la familia perfecta, el niño del turrón el almendro que vuelve a casa, los regalos bajo el árbol, el gordo de las barbas, y la mesa bien nutrida. El problema de convertir en centro de la fiesta lo que era sólo una manifestación es que hemos dejado fuera a mucha gente. Son navidades para ricos.

Dios es más democrático. Su Navidad, que comenzó entre personas pobres y sencillas, es para todos, aunque no todos quieran volver a esa Casa por Navidad. ¿Quién quiere viajar, de lo visible, a lo invisible; de lo terreno, a lo celestial; de lo temporal, a lo eterno?

En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo

Juan no ve al Niño, y ya lo celebra. Tampoco lo ve Isabel, y se llena de alegría. El Espíritu invisible lo ilumina todo.

No es preciso tener dinero para tener fe, para ser vidente de lo invisible. Sólo los pobres de espíritu vuelven a Casa para celebrar la Navidad verdadera.

(TAC04)

“Evangelio

La verdadera dicha

¿Se puede ser feliz mientras se sufre?

Desde luego, no, si la felicidad es un estado de ánimo. Los estados de ánimo vienen y van: muchas veces, sin culpa, movidos por los humores que fluyen en el cuerpo; otras, a golpe de disgustos y consuelos. Si la felicidad es un estado de ánimo, es incompatible con el sufrimiento.

Pero si existe una alegría interior, mucho más interior que los estados de ánimo, los humores y la epidermis donde recibimos disgustos y consuelos, entonces esa alegría puede coexistir con el dolor, del mismo modo que el calor de la chimenea coexiste con la nieve que hay tras las ventanas.

Tenemos alma. No todos lo saben, pero tenemos alma. Y esa alma es lo más interior de nosotros mismos, como el hogar que se alza en el centro de un bosque. Si está vacía, vivimos a merced de disgustos y consuelos. Si está llena de pecados, padecemos una amargura interior que no sabemos explicar. Pero, si está llena de Dios, experimentamos una alegría espiritual indestructible: la del Amor.

Se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador.

Es la alegría de la Virgen. Y debería ser la tuya. ¿Te has confesado ya? ¿rezas?

(2212)

“Evangelio

La presencia invisible

Existe, en las escenas prenavideñas, una presencia invisible que hoy, al meditar la Visitación, se hace, si no visible, al menos audible. Me refiero a la presencia del Espíritu Santo.

El Espíritu Santo llenó de oración el silencio de Zacarías. Él impulsó a Isabel a esconderse a solas con Dios. Él fecundó las entrañas de María, y allí depositó al Verbo divino.

Pero, en ese momento en que la Virgen, impulsada también por el Espíritu, subió a los montes de Judea, el Paráclito fue, a las puertas de aquella casa, radiante y espeso como el aire que ambas mujeres respiraban.

Se llenó Isabel de Espíritu Santo

Muchos dicen que, en aquel instante, el pequeño Juan fue librado de la culpa original. En todo caso, el Espíritu agitó al niño, y llenó los labios de Isabel con palabras que eran toda una profesión de fe: ¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?

Invoca mucho al Espíritu en estos días. Él te recogerá en tu interior, y Él te llenará con la misma alegría que infundió en estas santas mujeres. Él te traerá la Navidad.

(2112)

“Evangelio

Un lugar para nacer

El egoísmo de los hombres obligó a Dios a nacer en un establo, rodeado de inmundicia y custodiado por bestias. Por hermosos que sean nuestros «portales de Belén», no debemos olvidar que aquel escenario fue un ultraje.

Sin embargo, antes de ser dado luz entre animales, el Verbo divino encontró el habitáculo más digno que ha existido jamás sobre la tierra: las purísimas entrañas de una inmaculada cuyo corazón estaba rendido a Dios.

He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.

El seno de aquella virgen era el Paraíso terrenal, el único lugar de la tierra donde el pecado no reinaba, y donde la gracia divina encontró su trono. Para el Hijo de Dios, pasar del Padre a la Madre fue como pasar, del cielo del cielo, al cielo de la tierra.

Ahora nos toca a nosotros. No podremos, desde luego, ofrecerle al Señor un alma tan limpia como la de la santísima Virgen. ¡Ya nos gustaría! Pero tampoco quisiéramos repetir aquel ultraje, y ofrecerle un muladar para nacer.

Anda, confiesa en estos últimos días de Adviento, purifica tu espíritu con la gracia y las buenas obras. Que, al menos, se parezca a Betania nuestra alma.

(2012)

“Evangelio