Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

Adviento – Espiritualidad digital

Un velo finísimo

«Beati qui ad coenam agni vocati sunt». Perdón por el latinajo, pero es el texto latino original de la frase que hemos traducido como «dichosos los invitados a la cena del Señor». La traducción literal no es ésa, sino «bienaventurados los llamados al banquete de bodas del cordero».

Porque la Eucaristía es el banquete celeste. Por eso Cristo da a sus sacerdotes el pan de vida, del mismo modo que, al multiplicar los panes, los partió y los fue dando a los discípulos, y los discípulos a la gente.

Si la Eucaristía es el cielo, y nosotros, al participar en ella, estamos en la tierra, ¿qué nos separa, en ese momento, de la plena posesión del Paraíso?

Te lo diré: nos separa un velo muy fino, finísimo. Es la apariencia de pan y vino tras la que el Cordero se oculta. Tan cerca estamos, que es como si Cristo nos acariciase a través de esa cortina. Percibimos la caricia y nos hace estremecer, pero no sentimos su tacto.

Y arrancará en este monte el velo (Is 25, 7). Cuando el Señor vuelva, ese velo se rasgará, y Él mismo enjugará las lágrimas de todos los rostros (v. 8).

Marana Tah!

(TA01X)

“Misterios de Navidad

La verdadera sabiduría

Me gusta mucho la película «El hombre que no quería ser santo» (Edward Dmytryk, 1962), protagonizada por un inconmensurable Maximilian Schell. Cuenta la historia de san José de Copertino, un santo franciscano prácticamente analfabeto a quien Dios confió una sabiduría que lo elevaba sobre todos los teólogos. Lo de que «lo elevaba» es casi literal. Este hombre levitaba al celebrar la Misa. Es el patrono de la aviación. En serio. Ved la película. Si la encontráis.

Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños. Podríamos citar también a santa Catalina de Siena, o a Francisca Javiera del Valle, o a muchos otros.

Porque, al final, no es cuestión de quién sabe más o está más capacitado, sino de a quién le cuenta Dios sus secretos. Y se los cuenta a los pequeños, a quienes el mundo tiene en nada.

Debéis leer y estudiar. Pero la verdadera ciencia, la de Dios, no se alcanza, se recibe. Y se ha de recibir con gratitud, porque, cuando Dios te habla al oído, su sabiduría llena el alma como las aguas colman el mar.

(TA01M)

El místico con espada

Hay mucha gente que no sabe lo que hace; unos para mal, otros para bien. Algunos pecan sin saber que están partiéndole el corazón de tristeza a Dios. Otros hablan con sencillez sin saber que hablan palabras de Dios. El centurión del evangelio de hoy es uno de ellos. Al hablar con Jesús, no supo que estaba dando voz al diálogo entre el Señor y la Humanidad herida.

Voy yo a curarlo, le dice Jesús ante la noticia de la enfermedad del criado. Y llena el aire el eco de una conversación mantenida sin palabras en el seno de la Trinidad. Miran el Hijo y el Padre al hombre, sumido en la muerte y el pecado. Y, movido por el Espíritu –el Amor– dice el Hijo: Voy yo a curarlo. Vendrá el Señor a sanar las heridas de los hijos de Adán. Debería llenarme de alegría, pues tan herido estoy.

No soy digno de que entres bajo mi techo, responde el centurión. ¿Cómo un hombre será digno de recibir a Dios, si nadie puede ver a Dios sin morir?

Basta que lo digas de palabra. Y la Palabra se hizo carne.

Ese centurión era un místico. Y no lo sabía.

(TA01L)

¿Estamos preparados?

Ayer terminaba el tiempo ordinario con una exhortación: Estad preparados. Y comienza hoy el Adviento con la misma advertencia: Estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre.

Ya lo he escrito en alguna otra ocasión: Creo que la hora en que menos pensemos es ésta. En Occidente ya nadie piensa, vivimos bajo una nube espesa de sentimentalismo tóxico que ha anulado nuestros cerebros y nos ha puesto en manos de quienes controlan las emociones. Por eso pienso que el Señor debería estar al llegar.

¿Estamos preparados?

Para mucha gente, el comienzo del Adviento es una invitación a mirar hacia delante en el calendario, al 25 de diciembre, e ir encendiendo las luces navideñas. Pero se equivocan. Nada apunta, en la liturgia de hoy, al 25 de diciembre; ese anuncio llegará más tarde. Ahora no se nos invita a mirar hacia delante, sino hacia arriba. De lo alto vendrá el Señor.

Deberíamos estar recogidos, vueltos los ojos hacia el cielo, subidos al Monte Sion, ese lugar del centro del alma donde casi se toca a Dios. Allí, en oración permanente, debemos esperar a Cristo, que viene por encima de las tinieblas del mundo.

(TAA01)

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios

Te copio un texto de profeta Oseas: ¿Cómo podría abandonarte, Efraín, entregarte, Israel?  Mi corazón está perturbado, se conmueven mis entrañas (Os 11, 8). Es toda una resonancia magnética de las entrañas de Dios.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto.

El canto de Zacarías nos muestra el motivo de la visita que recibiremos esta noche: La entrañable misericordia de nuestro Dios.

Dios viene al mundo. Dios se hace hombre. Y viene por ti. No porque lo hayas merecido, ni porque seas digno de traer a Dios desde el cielo a la tierra. Viene porque eres un pecador y un miserable, que estás sumergido en tu miseria. Y Dios, al mirarte, no se ha enfadado contigo. Más bien, al ver cómo te hundías en la muerte y el pecado, se le han conmovido las entrañas y ha saltado desde el cielo a la tierra para rescatarte.

Te escribo todo esto para que esta noche, cuando te sientes a cenar con los tuyos, no vayas a creer que la Navidad la has hecho tú preparando la mesa perfecta. Y para que recuerdes cuál debe ser el sentimiento que llene tu corazón: gratitud.

(2412)

“Misterios de Navidad

La tele de Ain Karem y el villancico de Castilla

Ahora hubiera ido allí la televisión. No para las noticias, sino para uno de esos programas de media tarde de alguna cadena regional en que te cuentan curiosidades de los pueblos. Ain Karen TV hubiera entrevistado a los vecinos. ¿Es verdad que una anciana ha concebido? ¿Y que afirma que el nombre del niño se lo ha puesto el propio Dios? ¿Y por qué no quiere salir en directo? ¿No podemos ver al bebé? ¡Raquel, ven, mira lo que están echando en la tele!

Y todos los que los oían reflexionaban diciendo: «Pues ¿qué será este niño?» Porque la mano del Señor estaba con él. Y Raquel, al verlo, no tuvo duda de que era cosa de Dios. Y de que la cosa no acabaría ahí porque, cuando Dios empieza algo, lo lleva a término. Ese niño era un elegido del cielo, y convenía estar atentos, porque el Poderoso se serviría de él para obras grandes.

Del Niño Jesús dice un villancico castellano: «Eres niño y has amor ¿qué farás cuando mayor?»

¡Qué aventura, obedecer y ponerse en manos de Dios para que Él conduzca tu vida! ¡Y qué aburrimiento, querer tenerlo todo controlado y no dejar actuar al Señor!

(2312)

“Misterios de Navidad

Y María llevó a Isabel la Navidad

Son muchos quienes dicen que María emprendió el camino hacia la casa de Isabel para ayudarla en los últimos meses de su embarazo. Yo no tengo dudas de que la ayudó, pero sí de que ése fuera el motivo principal de la visita.

María se levantó y se puso en camino de prisa hacia la montaña; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.

Yo creo que María visitó a Isabel para llevarle la Navidad, la alegría por el misterio del Dios hecho hombre. Tras el anuncio del ángel, supo que había una mujer en las montañas de Judea que formaba parte de esa divina conspiración para cambiar el curso de la Historia. Y fue allí con prisa para compartir su alegría y entonar el primer villancico de la Historia: el Magnificat.

Desde que se encuentran, todo lo que se ve es la ebullición de la vida que ambas llevan dentro. En el vientre de María, el Hijo de Dios; en el de Isabel, el precursor. Lleno de gracia el corazón de María, lleno de Espíritu el de Isabel.

Mírate por dentro. Reza, déjate tú también llenar de vida por Dios. Y lleva la Navidad a quienes te rodean.

(TAC04)

“Misterios de Navidad

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