Lirbos de José-Fernando rey ballesteros

Adviento – Espiritualidad digital

La conversión de Zacarías

Los nueve meses de silencio de Zacarías obraron en él una auténtica conversión. Aquel sacerdote de la antigua alianza, al ver sus labios sellados por la fuerza de un ángel, se adentró en su interior y atisbó el sacerdocio nuevo, por el que sería redimida la Tierra.

La prueba es que, tras negarse a llamar a su hijo con el nombre esperado por sus familiares, siguió rompiendo las expectativas de los suyos. Al recuperar el habla, sus labios prorrumpieron en alabanzas al Señor. Pero, contra todo pronóstico, aquellas alabanzas no tienen como origen el nacimiento de Juan, a quien sólo tangencialmente se refiere en su canto, sino la próxima y cercana llegada del Mesías. No olvidemos que la Virgen estaba presente en aquel momento, y que en su vientre ya moraba el Hijo de Dios.

Dios –dirá Zacarías, en clara referencia a la Visitación de María– ha visitado y redimido a su pueblo, suscitándonos una fuerza de salvación… Nos visitará el sol que nace de lo alto. Todo ello va referido a Jesús.

No te deleites si te alaban; sólo Dios es digno de alabanza. Sé humilde, y serás visitado por la Mujer capaz de dar a luz al Sol.

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¡No!

Hablamos mucho de los síes que hicieron posible la Navidad; nos deleitamos en el «fiat» de la Virgen y asistimos al «sí» titubeante de Zacarías, al recogido «sí» de Isabel y al silencioso pero rendido «sí» de san José. Sin embargo, meditamos poco los «noes». Y hoy tenemos uno que suena como el trueno.
Querían llamarlo Zacarías, como su padre; pero la madre intervino diciendo: «¡No! Se va a llamar Juan». Ese tremendo «no» de Isabel, confirmado poco después por Zacarías, es una ruptura terrible y necesaria. Supone romper con lo que todo el mundo espera de uno. Supone, también, la quiebra de la antigua alianza, con todos los derechos de paternidad otorgados al varón sobre su primogénito, en favor de una alianza nueva en la que los llamados serán hijos de Dios y, por tanto, nombrados y bautizados por Dios.
Pero, más aún, puesto que Isabel y Zacarías obedecían al propio Dios, y haber cedido a las expectativas de los familiares hubiera supuesto una desobediencia al mandato del Altísimo, su «no» es un «no» al pecado, con todo lo que conlleva.
Sé que quieres obedecer a Dios. Pero quizá todavía estás a un «no» de distancia de la Navidad.
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Lo que importa no es tener salud

Ya es casualidad –o lo que sea– que este día, en el que la Iglesia nos trae el canto de júbilo de la Virgen, coincida, en España, con el sorteo de la lotería de Navidad. Por esa casualidad –o lo que sea–, el Magnificat se mezcla con gritos entusiasmados de personas que ven entrar en sus vidas unos miles de euros.

De todas formas, no hay confusión posible. La alegría del vecino eufórico que descorcha el champán en plena calle nada tiene que ver con el gozo de una Virgen que lleva dentro a Dios y descorcha un corazón donde el gozo espiritual se enclaustró durante años. Las burbujas son distintas en uno y otro caso.

Los euros se gastan, Dios dura siempre. Quien tiene dentro a Dios es bendecido con una alegría que nada le puede arrebatar. Como los demás hombres, sufrirá, llorará, enfermará y morirá. Pero, por debajo de todos esos padecimientos, un río de alegría recorrerá su alma, y convertirá en dulces todos los dolores.

Se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador. Si no te ha tocado la lotería, alégrate también. Lo que importa no es tener salud; lo que importa es vivir en gracia.

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A cielo abierto

El encuentro gozoso entre María e Isabel lo imaginamos siempre con el cielo como bóveda; casi ningún pintor lo ha representado como escena «de interior». Es lógico, porque no hay lugar cerrado que pueda albergar tanta alegría.

María entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Quienes hemos estado allí, en Ain-Karem, lo tenemos más fácil para representarnos la escena. María cruza la puerta del jardín y, desde fuera, grita el nombre de Isabel. La anciana, al escucharlo y sentir los brincos de Juan en su vientre, sale al jardín y recibe allí a la Virgen: ¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!

Vedlo parado tras la cerca, mirando por la ventana, atisbando por la celosía (Ct 2, 9).

Va por ti. Faltan cuatro días para Navidad, y la Virgen, que lleva al Niño en sus entrañas, te está saludando. ¿Por qué no sales? ¿Por qué no dejas todas esas cosas en las que andas enredado y, dejando atrás tu propia vida, te apresuras a recibirla con un abrazo de alegría? Después la invitas a entrar, y ella dará a luz en tu alma a su Hijo. Será la mejor Nochebuena de tu vida.

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Sin panderos ni tropeles

Permite que te copie unos versos del salmo 68: Aparece tu cortejo, oh Dios, el cortejo de mi Dios, de mi Rey, hacia el santuario. Al frente, marchan los cantores; los últimos, los tocadores de arpa; en medio, las muchachas van tocando panderos. «En vuestras asambleas, bendecid a Dios, al Señor, estirpe de Israel». Va delante Benjamín, el más pequeño; los príncipes de Judá con sus tropeles; los príncipes de Zabulón, los príncipes de Neftalí. Oh Dios, despliega tu poder, tu poder, oh Dios, que actúa en favor nuestro. A tu templo de Jerusalén traigan los reyes su tributo (Sal 68, 25-30).

La cita es larga, pero vale la pena. Así entiendes lo que esperaban los judíos cuando Dios entrara solemnemente en su santuario. ¡Menudo espectáculo!

Y, de repente… El ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen… Hágase en mí según tu palabra. Y el Verbo Divino entró en la Historia de los hombres. Sin panderos, sin tropeles, sin ruido, sin espectadores terrenos.

Salvo tú. Y yo, si guardamos silencio durante estos días. Sólo en silencio, como la Virgen, podremos escuchar la Palabra de un Dios que hablará en voz baja.

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La ilusión perdida de un Adviento apagado

Pobre Zacarías. Toda la vida pidiendo el milagro y cuando, finalmente, Dios se lo concede, no se lo cree.

¿Cómo estaré seguro de eso? Porque yo soy viejo, y mi mujer es de edad avanzada.

Si no te lo ibas a creer, ¿para qué lo pedías? Venga, Zacarías, dime la verdad: pedías por costumbre. Llevabas suplicando desde joven por ese hijo y ahora, a los noventa y siete años (por decir algo), no ibas a echarte atrás. Era parte de tus súplicas matutinas: «Señor, salva a Israel, bendice a los huérfanos y a las viudas, y concédeme el hijo que tanto deseo». Tanto habías repetido la plegaria, que ni prestabas atención. Pero cuando Dios se la tomó en serio, descubriste que quien ya no te la tomabas en serio eras tú.

Un adviento, y otro, y otro… Ya son unos cuantos años. Y siempre repitiendo: «¡Ven, Señor Jesús!». Pero, en el fondo, ya no crees que otra Navidad pueda cambiar tu vida.

Te quedarás mudo, sin poder hablar… Estuvo sin salir de casa cinco meses. Quizá necesitas silencio, como Zacarías, y recogimiento, como Isabel. Búscalos en estos días, a ver si así se enciende en tu alma la ilusión perdida.

(1912)

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Ironía, sin llegar a sarcasmo

El otro día me preguntaba mi sobrina pequeña por la diferencia entre ironía y sarcasmo. Le respondí, para salir del paso, que en ambos se dice lo contrario de lo que se quiere decir, pero el sarcasmo es más cruel que la ironía. Lo que sigue ahora se queda en ironía; no quisiera ser cruel.

Los únicos que no se alegrarán al escuchar hoy el Evangelio son quienes no tienen pecados. Porque a José le dice el ángel que el Mesías salvará a su pueblo de sus pecados. Pero ellos recibirán la noticia como recibiría yo la de que viene el médico a curar el sarampión. Salvo que, en su enorme bondad, estas personas libres de tacha se alegren por nosotros, pobres pecadores.

Quienes estamos tan cansados de luchar, una y otra vez, con las mismas culpas sin llegar nunca a erradicarlas deberíamos alegrarnos y llenarnos de esperanza en nuestras batallas. Dios, que conoce nuestra debilidad y ha contemplado nuestro combate, se compadece de nosotros y nos envía al Guerrero que acabará con nuestros enemigos. Recibiremos fuerza de lo alto y venceremos por su Nombre.

Hoy celebramos, también, a Santa María de la Esperanza. Quienes no tengan pecados, pueden abstenerse.

(1812)

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