El Mar de Jesús de Nazaret

Adviento – Espiritualidad digital

El ayuno perfecto

Cuando pensamos en el ayuno, contamos con pasar hambre, y con presentar esa hambre como ofrenda que expíe nuestras culpas.

Pero, paradójicamente, el ayuno perfecto es el de quien no tiene hambre.

Llegarán días en que les arrebatarán al esposo, y entonces ayunarán.

Los amigos del esposo ayunan porque están tristes. Y, cuando a uno le invade la tristeza, el apetito desaparece. ¿Qué te pasa, que estás deprimido y no comes alimento alguno? (1Re 21, 5), le dijo Jezabel a Ajab cuando éste se deprimió al no conseguir la viña de Nabot. Por motivos más nobles que ése, el conocimiento de nuestro pecado debería sumirnos en una tristeza aún mayor: «Por ser Vos quien sois, bondad infinita, y porque os amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón haberos ofendido». Ese pesar amoroso nos llenaría por dentro de tal forma que ni siquiera sintiéramos hambre.

Pero nuestra contrición, normalmente, no alcanza esa profundidad. Por eso, al ayunar, pasamos hambre, y esa misma hambre, ofrecida a Dios, es buena manifestación de arrepentimiento. Si no estamos tristes por nuestras culpas, que al menos el hambre entristezca al cuerpo, mientras el alma se goza y se consuela en la divina misericordia.

(TC0V)

Un puente levadizo

Supongo que no quedan puentes levadizos. Los he visto, como tú, en las películas. Y siempre me pareció más romántico un puente levadizo que todas las puertas de todos los castillos. Porque una puerta se abre como quien se echa a un lado con cierta molestia para dejarte pasar, y después se cierra y recupera su espacio. Pero un puente levadizo es la elegancia suprema: se agacha, se postra ante ti, y te invita a pasar por encima de él haciendo de alfombra para tus pasos. Después, cuando los has cruzado, se levanta de nuevo para que te sientas protegido en el interior del castillo. ¿Por qué no quedarán puentes levadizos?

He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra. Dios entró en la Historia por un puente levadizo. El inmaculado corazón de María se postró ante Él lleno de amor, y con sus virginales palabras, dijo: «Entra, soy tuya, haz lo que quieras de mí». Después, cuando el Verbo hubo entrado en aquellas purísimas entrañas, el puente se levantó y el vientre de María fue huerto sellado para siempre.

No seas puerta para el Dios que viene. Ten buen gusto. Sé puente levadizo. Ríndete ante Él.

(TAB04)

“Evangelio

A tus manos, Señor…

Dice el salmo 139: Me cubres con tu palma. Si vuelo hasta el margen de la aurora, si emigro hasta el confín del mar, allí me alcanzará tu izquierda, me agarrará tu derecha (Sal 139, 5b. 9–10). ¡Qué protegido se siente quien se sabe custodiado en las manos de Dios! Por eso dice otro salmo: A tus manos encomiendo mi espíritu (Sal 31, 6). Nada malo puede sucederle a quien encuentra cobijo en esas manos. Ellas protegen al justo, y lo guían por el camino recto hasta las moradas eternas. El camino recto es Cristo.

De san Juan Bautista dice Lucas que la mano del Señor estaba con él. Y así creció el precursor de Jesús, obediente en todo a la voluntad de Dios y amparado por su Amor providente.

Lo peor que puede sucederle a una persona es que su vida esté en sus propias manos. Por eso te aconsejo a menudo que tengas un director espiritual y le obedezcas. Porque así sabes que tu vida se encuentra en las manos de Dios. Las manos del sacerdote, ungidas con aceite el día de su ordenación, son manos de Dios. Yo beso las mías muchas veces; no me pertenecen.

(2312)

“Evangelio

De generación en generación

Si, como dicen, cada siglo conoce tres generaciones, resulta que el nacimiento de Jesús no es tan lejano. A tres por siglo, son sesenta las personas que, en línea recta, me separan del día en que el Señor nació. Caben en una sala grande de los locales de mi parroquia.

Su misericordia llega a sus fieles de generación en generación… A través de esas sesenta generaciones, la noticia ha llegado hasta nosotros limpia como el primer día. Si pudiera introducir a los sesenta eslabones de la cadena en esa habitación, todos me dirían, cada uno a su modo, que el Verbo se ha hecho carne, y ha nacido en Belén, de las entrañas de María, para redimir al mundo.

Es una gran responsabilidad. Detrás de nosotros, otra generación viene. Y confío en que no se diga que el Niño Jesús se perdió por el camino para terminar metamorfoseado en un obeso de barba blanca cargado con un saco.

Habladle del Niño Jesús a los pequeños. Mostradles el Belén. Y saboread con ellos el Amor de Dios. Que un día, dentro de treinta años, puedan acordarse de vosotros cuando escuchen que su misericordia llega a sus fieles de generación en generación.

(2212)

“Evangelio

Pagadores y favorecidos

Está claro que Isabel no había ido de tiendas todavía. Supongo que su retiro de cinco meses la tuvo tan centrada en Dios que no cayó en la cuenta de las fechas. Aunque, hablando de fechas, tampoco entonces era tan popular la Navidad. De hecho, se estaba inaugurando en aquellos momentos, y más bien con poco ruido. Con mucha alegría, pero con poco ruido.

¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? A estas palabras me refería. Cuando uno fabrica la Navidad entre gastos, invitaciones, agobios y pucheros, si el 24 de diciembre se pregunta: «¿Quién soy yo?» la respuesta sale como disparada: «El que paga. Yo soy el que paga». Pero cuando la Navidad te la hace Dios sin esperarlo, como a Isabel, te sientes abrumado y eres todo gratitud.

Recuérdalo, no vayas a creer que tu esfuerzo fabricó la Nochebuena. Por mucho te que muevas –y puede que no tengas más remedio que moverte–, ni a Jesús, ni a José ni a María los puedes traer a tu casa con tus fuerzas. Por tanto, cuando los veas llegar, cambia de sitio; que ya no eres el que paga, sino el que recibe. Póstrate.

(2112)

“Evangelio