Evangelio 2020

Adviento – Espiritualidad digital

¡Ya se le ve venir!

Ya pedimos hoy, en la oración Colecta, «esperar con alegría la gloria del nacimiento de tu Hijo». Por primera vez, Belén aparece, claro y nítido, en el horizonte. ¡Cuánta ilusión!

Preparémosle el camino con santa prisa. Porque, cuando se nos anuncie el nacimiento del Hijo de Dios en la Eucaristía, o cuando contemplemos, extasiados, un Belén, se encenderá dentro de nuestras almas la luz de Dios.

Suponed que un hombre tiene cien ovejas: si una se le pierde, ¿no deja las noventa y nueve en los montes y va en busca de la perdida? Así aparecerá el Señor: vendrá como pastor que apacienta el rebaño y lo congrega en torno a Él. La familia se agrupará alrededor del Belén, y la Iglesia rodeará los altares donde, recostado en una patena que es como un pesebre, se entregará a los hombres el Pan de vida.

Cuando Él aparezca, sabrás que quiere reunir a todas sus ovejas, a toda la Humanidad, en torno a Él. Y le traerás, aunque sea a través de tu oración, a tus hijos, a tus nietos, a tus amigos… ¡a todas las almas del mundo!

¡Date prisa! ¡Revístete de Cristo, que el propio Cristo ya se acerca!

(TA02M)

“Evangelio

Piedras en el alma

«Hace seis meses que no confieso, porque no tenía ningún pecado mortal». Lo escuchamos muchas veces los sacerdotes. Y nos apena, porque, en muchas de esas ocasiones, el motivo para volver ha sido un pecado grave que no se habría cometido si el penitente hubiera venido a confesar con más frecuencia.

No caigáis en esa trampa. Los pecados veniales, aunque no apagan la gracia divina, hacen al alma pesada y la impiden moverse hacia Dios. Un pecado, y otro, y otro… son piedras que lastran al espíritu y lo dejan clavado a tierra, incapaz de recorrer el camino hacia el cielo.

¿Qué es más fácil, decir: «Tus pecados te son perdonados», o decir: «Levántate y echa a andar»? Realmente, es lo mismo. Porque, si el pecado lastra y hace pesada al alma, el Perdón la vuelve ligera y grácil, como el ciervo del que habla el profeta: Saltará el cojo como un ciervo (Is 35, 6).

¿No te das cuenta de que, aunque no tengas pecado mortal, cada vez te cuesta más rezar, entregarte a los demás, y sonreír? Anda, no esperes. Confiesa, si puedes, cada quince días, y verás qué ligero te sientes para salir al encuentro del Señor.

(TA02L)

“Evangelio

Le has dado pena a Dios

No sé si lo has pensado alguna vez: ¿Por qué ha venido Dios a la tierra? Después de haber ensalzado al hombre sobre todas las criaturas, y de que el hombre le respondiera con ingratitud y pecado, bien podría haber dicho: «¡Ahí os quedáis! No os necesito para nada. Os lo he dado todo, y lo habéis rechazado: sufrid ahora el castigo que vosotros mismos os habéis impuesto». Sin embargo, en la plenitud de los tiempos, Dios decidió venir, no sólo a rescatarnos, sino a sufrir, Él mismo, nuestro castigo. ¿Por qué?

Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, «como ovejas que no tienen pastor».

Porque le hemos dado pena. Así de sencillo. Nos ha mirado desde el cielo, en esta condición tan penosa en que hemos quedado después del pecado, y el Amor que nos tiene no ha podido soportarlo. A Dios lo hemos vencido por la compasión.

¿O es que te creías bueno? Tú le has dado pena a Dios. Ha visto tu miseria, tu dolor, tu angustia, tu pecado, tu muerte… y ha venido, bañado en lágrimas, a recogerte.

¿Podrás ahora tú mirar con la misma compasión a tus hermanos?

(TA01S)

Tinieblas de colores

Cuando el anciano Tobías, que había quedado ciego por la impertinencia de un pajarraco, recobró la vista, lo primero que vieron sus ojos fue al fruto de sus entrañas. Y le dijo: ¡Te veo, hijo, luz de mis ojos! (Tob 12, 13). A aquel buen hombre, la luz del sol ya no le interesaba si no le devolvía el rostro del hijo querido, que llevaba tanto tiempo ausente.

Entonces les tocó los ojos, diciendo: «Que os suceda según vuestra fe». Y se les abrieron los ojos. Lo primero que vieron aquellos ciegos, al recobrar la vista, fue la Luz. Vieron el dulce rostro de quien es Luz del mundo. Y, después, quedaron ciegos otra vez, aunque se tragaran todas las series de todas las plataformas de streaming, porque al Hijo de Dios lo perdieron de vista.

¡Estamos tan ciegos! Mientras no nos sea devuelto el rostro de Cristo, cuando Él venga sobre las nubes, no vemos más que tinieblas. Son tinieblas de colores, para entretenernos, pero maldito entretenimiento, si nos aparta de la nostalgia del Hijo de Dios.

¡Benditos crucifijos, benditos belenes, benditas imágenes de la Virgen, que sirven de reposo a nuestros ojos hasta que vuelvan a verte, Señor!

(TA01V)

El mito de la autoestima

Vivimos tiempos de locura institucionalizada. Los estándares de la salud obligan a tener el colesterol bajo y la autoestima alta. Al niño se le convence de que es muy bueno, muy guapo, muy listo y, si algo no le funciona, entonces es, también, muy «especial». Buscamos personas que crean en sí mismas por encima de todo.

Es el camino más seguro hacia el abismo. ¿Acaso puede alguien sentarse sobre sus propias manos sin caer al suelo? Sólo quien ya está caído puede sentarse sobre sus propias manos. Pero, si el hombre quiere alcanzar la dignidad a la que está llamado, necesita un apoyo.

El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca.

La autoestima es una gran mentira. No puedo fiarme de mí mismo, porque no soy de fiar. Pero puedo saber que Dios me ama como soy, fiarme de su Amor y apoyarme en Él como descansa el niño en brazos de su madre. Entonces aprenderé a quererme sin mentirme, y seré fuerte, con una fortaleza que no es mía, sino de los brazos que me sustentan. Todo lo puedo en Aquél que me conforta.

(TA01J)