Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

Adviento – Espiritualidad digital

Pies en la tierra, mirada en el cielo

Levanta la Iglesia sus ojos, en Adviento, con esperanzas de Cielo. Y anhela, ilusionada, el día en que el Señor descienda sobre las nubes para instaurar la nueva Creación.

Llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y toda dolencia. Los milagros no desterraron el dolor de la faz de la tierra; tan sólo sanaron algunas dolencias en personas que, después, sufrirían otras. Pero eran signos de una tierra nueva en la que ya no habrá luto, ni dolor, ni lágrimas, cuando el Señor vende la herida de su pueblo y cure las llagas de sus golpes (Is 30, 26).

Los necios te dirán que son quimeras; que más te valdría poner pie en tierra, y aprovechar el momento presente, que suspirar por fantasías celestiales. Pero la Iglesia, que es sabia, tiene los pies bien puestos en esta tierra; como los apóstoles, socorre al necesitado y conforta al afligido. Su mirada, sin embargo, está en el Cielo, en la llegada de ese día en que toda herida sea curada, toda lágrima enjugada, y calmado todo dolor, cuando Cristo aparezca en gloria.

No son sueños. Se llama esperanza. Y es virtud teologal.

(TA01S)

Las dos cegueras, las dos venidas

Aquellos dos hombres estaban ciegos, pero, desde luego, no estaban mudos. Y necios tampoco eran, puesto que se sabían necesitados de ayuda y la pidieron a quien se la podía prestar: Ten compasión de nosotros, hijo de David.

Nosotros lo tenemos más difícil, porque cada mañana salimos a la calle y vemos la luz. Nos creemos sanos, quizá porque nos hemos acostumbrado a estas tinieblas llenas de mentiras resplandecientes.

Pero la luz es Cristo, y mientras no lo veamos a Él estaremos ciegos. Un día –quizá hoy– Él volverá sobre las nubes, y entonces se abrirán nuestros ojos y lloraremos de pena y de alegría; de pena, por el engaño que sufrimos, y de alegría, por el gozo de contemplar su hermosura. Hasta que ese día llegue –quizá sea hoy–, gritaremos como los ciegos gritaron. Marana Tah! ¡Ven, Señor Jesús!

Pero, antes de que se abran los ojos del cuerpo, tendrán que abrirse los del espíritu. ¡Ven, Señor Jesús! Ilumíname con la luz sagrada de la fe, para que te contemple y te conozca en mi interior. Porque si no percibo el resplandor de tu rostro en mi alma en gracia, ¿cómo te reconoceré cuando vengas sobre los cielos?

(TA01V)

Perdiendo el equilibrio

Nuestra generación pensó que cuando expulsara de su horizonte a Dios pasaría a ser todopoderosa. La religión –dijeron– es herramienta de opresión, el «opio del pueblo» que narcotiza las conciencias para crear almas sometidas. ¡Liberémoslas! Desatémoslas del miedo al infierno y de las garras de los clérigos, y tendremos a un hombre nuevo.

Resultado: el vértigo. Sin Dios, el hombre pierde el equilibrio. Y encontramos cada vez más personas con desequilibrios mentales, afectivos, emocionales… Corren, porque no se sostienen si están quietos. Hablan sin descanso, porque el silencio les produce pánico. Los dogmas religiosos han sido sustituidos por los nuevos dogmas de la corrección política, que han confirmado a la religión (esta nueva «religión») como opio del pueblo. Feminismos, homosexualismos, veganismos, animalismos y todos los «ismos» del nuevo credo mantienen narcotizadas las conciencias de personas mentalmente esclavas.

El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca. ¡Qué curioso! Los santos han sido las personas más equilibradas –mental, afectiva y emocionalmente– de la Humanidad. Ellos se apoyaron en la Roca, y la Roca es Cristo. ¿Qué equilibrio tendrá quien se apoya en el último eslogan de moda?

(TA01J)

Cenas de amigos y comidas de trabajo

El verdadero placer de la comida no se agota en el alimento. Para los animales, la comida no es más que una función fisiológica; pero los humanos somos capaces de disfrutar la comida como un placer social. Una cena con amigos, bien surtida y bien regada, sazonada con una conversación agradable, es un verdadero descanso para el alma. Sin embargo, una comida de trabajo, compuesta por sándwiches, prisas, y conversaciones urgentes es un trámite engorroso en el que, al menos, agradeces poder llevarte algo al gaznate.

¡Bienaventurado el que coma en el reino de Dios! (Lc 14, 15), le dijo un hombre a Jesús. Y llevaba razón.

Tomó los siete panes y los peces, pronunció la acción de gracias, los partió y los fue dando a los discípulos, y los discípulos a la gente. Comieron todos hasta saciarse. En este mundo, la comida más gozosa y sublime, aperitivo del banquete celeste, es la Eucaristía. No la conviertas en apresurada comida de trabajo, que no son sándwiches lo que se te ofrece, sino al propio Dios. No vayas con prisa, disfrútala, saboréala, porque es tu descanso en el camino. Procura que no te falte ningún día la comunión en este Adviento.

(TA01X)

No apto para mayores

«No te acerques hoy a mamá, que no tiene un buen día». Espero, mamá, que no digan esto de ti en casa. Ni de ti, papá. Espero que no hayáis crecido tanto que os volváis insoportables cuando las cosas no os van bien. Porque la «mayoría de edad» a menudo se convierte en suficiencia y, cuando el adulto sufre, la suficiencia se convierte en «dejadme en paz».

Fijaos en vuestro hijo pequeño: cuando llora, es todo lo contrario del «dejadme en paz». Al revés, os quiere cerca, necesita vuestros brazos y vuestras caricias, vuestro consuelo y vuestro apoyo. El pequeño, cuando sufre, pide consuelo y se deja consolar.

Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños. El anuncio del Adviento no es apto para mayores. Dios promete su consuelo a los pequeños, porque sólo ellos lo pueden acoger. El adulto pretende redimirse a sí mismo, pero el niño se deja redimir.

Papá, mamá: ¿Por qué no os dejáis primero consolar por Dios en vuestra pobreza, para que así sepáis consolar a vuestros hijos en la suya? Volved a ser pequeños.

(TA01M)

¿Queda alguien despierto?

¿Cuántos cristianos quedan sobre la tierra que miren al cielo cada mañana, anhelando la llegada del Señor? ¿Cuántos desean ardientemente que Cristo vuelva hoy? ¿Cuántos, si se les anunciara que, dentro de diez minutos, este mundo se disolverá, y Cristo aparecerá sobre las nubes, se alegrarían, y no pedirían una prórroga, hasta que concluya la serie que están viendo en televisión? ¿Queda alguna virgen despierta, al menos entre las sensatas?

Temo que hayamos desnaturalizado el cristianismo; que estemos viviendo una religión más terrena que celeste, no orientada a la bienaventuranza, sino empeñada en construir en este mundo un paraíso de poesías, eslóganes y deseos tan buenos como mediocres. Esa religión ya no sabría gritar: Marana Tah!

Velad entonces, pues no sabéis cuándo vendrá el señor de la casa. Cuando dejamos de añorar el rostro de Cristo, ese día, y no otro, nos dormimos. Y soñamos con un mundo mejor, en lugar de soñar con la noche en que cielos y tierra desaparezcan para dejar paso a ese cuerpo sagrado, a ese rostro luminoso, a esos ojos radiantes por los que jamás debimos dejar de suspirar.

¡Arriba! Despertemos, encendamos nuestras lámparas. El grito del Adviento debería hacernos estremecer: ¡Viene el Señor!

(TAB01)

Esta web utiliza cookies propias y de terceros para su correcto funcionamiento y para fines analíticos. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de sus datos para estos propósitos. Más información
Privacidad