Liber Gomorrhianus

Tiempo Ordinario (ciclo impar) – Espiritualidad digital

La segunda inocencia

Hace pocos días, en España, una mujer con gran protagonismo en la actualidad política convocaba una rueda de prensa. Me llamó la atención que emplease la frase «no somos inocentes», cuando lo que, realmente, quería decir era «no somos ingenuos». Esa acepción de la palabra «inocente», en el sentido de «ingenuo», está mejor expresada con el vocablo «inocentón».

La inocencia se aplica, normalmente, a quienes quieren defenderse de una acusación y, también, a los niños. De los niños se dice que son inocentes, porque no aún no han conocido el mal, y, por tanto, no han cometido pecado.

No impidáis a los niños acercarse a mí; de los que son como ellos es el reino de los cielos. Ser como un niño no es ser un niño. La inocencia del niño no deja de ser una forma de ignorancia. Ser como un niño, sin embargo, supone recuperar esa inocencia cuando ya se ha conocido el mal. Es fruto de una conversión. Esa «segunda inocencia», la de quienes vuelven a ser niños tras renegar del pecado, es la de muchos santos. Y es preciso gritar a grandes voces que, con la ayuda de Dios, es posible. El pecado tiene vuelta atrás.

(TOI19S)

Esa forma «piadosa» de pecar

En ocasiones, los pecados del mundo se mimetizan, y, bajo capa de piedad, se infiltran en los miembros de la Iglesia. Por ejemplo: hay matrimonios jóvenes que saben que la anticoncepción constituye un pecado mortal. Pero, interpretando a su manera la «Humanae Vitae», emplean los métodos naturales con la misma frivolidad con que otros emplean los anticonceptivos. Su pecado es doble: el de la anticoncepción, y el usar la doctrina de la Iglesia a favor de su egoísmo.

Católicos de misa diaria que jamás se divorciarían para casarse con otra persona acuden a los tribunales eclesiásticos en busca de una nulidad que les permita contraer nuevas nupcias. No les mueve un deseo de conocer la verdad, sino que buscan por todos los medios una nulidad; y, finalmente, muchas veces la encuentran. Su pecado también es doble.

Si esa es la situación del hombre con la mujer, no trae cuenta casarse… Trae cuenta, y es cuenta divina. Pero debéis saber que, en ocasiones, el matrimonio, como cualquier vocación, es la cruz en la que uno debe inmolarse. Y, cuando ese momento llega, bajarse de la cruz sigue siendo una deserción. Con papeles, o sin ellos. Con métodos naturales, o sin ellos.

(TOI19V)

Seres imperfectos pidiendo perdón

Cuando el criado de la parábola, angustiado por la amenaza de ser vendido junto a su familia para pagar su deuda, implora clemencia ante el rey, le dice: Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo. No le mueve el dolor de haber sido injusto con un rey que le prestó dinero. Su petición es egoísta; desea librarse del castigo. No obstante, el rey se compadece, y va más allá de lo que el criado pedía. En lugar de diferir la deuda, la perdona.

La atrición es ese dolor de los pecados cuyo único motivo es el temor del infierno. No suscita en el alma la gracia, como sucede con la contrición. Pero es suficiente para poder confesar los pecados, y recibir con fruto la absolución. También el hijo pródigo recibió el perdón de su padre, a pesar de no tener más dolor que el hambre.

No esperes a tener unas disposiciones perfectas para confesar. Si ya fueras perfecto, no tendrías que confesarte. Dios es bueno y comprensivo, no temas. Para confesar válidamente, basta con que tengas pecados y no quieras condenarte. Si pides perdón, tal como estás, el amor no se hará esperar, y un día confesarás con contrición.

(TOI19J)

La misteriosa libertad para pecar

Cada vez que oigo hablar de la Iglesia como instancia de poder, me entra la risa. Cualquier concejal de mi pueblo tiene más poder que el Papa. Porque si el concejal ordena que no aparquemos en una calle, puede multar a quien desobedezca o llevarse el vehículo con la grúa. Pero si sale Francisco a la plaza de San Pedro a decir que perdonemos las ofensas, y quienes allí están no quieren perdonar, ni el Papa les multa, ni el párroco les pone un monaguillo de guardia para comprobar que cumplen la enseñanza.

Así debe ser; el bien no se practica bajo coacción. Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas (…) Si no te hace caso, llama a otros dos (…) Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso…

Tres veces dice Jesús si no hace caso. Porque el hombre debe actuar libremente. Y si, tras tres advertencias, el amonestado no se enmienda… Considéralo como un pagano o un publicano. Es decir, déjalo en paz y reza por él.

Bendita libertad, con todos sus riesgos. Si Dios permite pecar al hombre, ¿quién somos nosotros para impedirlo por la fuerza?

(TOI19X)

Esperanza

Cuando Jesús anunció a sus apóstoles que el Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres, lo matarán, pero resucitará al tercer día, cuenta san Mateo que ellos se pusieron muy tristes.

Podrían haber guardado el eco de las últimas palabras –resucitará al tercer día–, y haberse llenado de júbilo con la noticia de que Cristo vencería a la muerte. Pero ni siquiera escucharon estas palabras. Se quedaron en la tristeza del primer anuncio –será entregado en manos de los hombres, lo matarán– y no supieron ir más allá.

Como nosotros. Cuando llega la contrariedad o aparece el sufrimiento, nunca somos capaces de ir más allá, a la gloria preparada para nosotros si lo sufrimos con paciencia y lo ofrecemos con mansedumbre. Sólo vemos nuestro dolor, y nos entristecemos.

La virtud de la esperanza es virtud teologal. No sólo es que sea necesaria para salvarnos; es que ella misma nos salva, porque nos lleva más allá de dolor presente, y nos hace gustar, por adelantado, la gloria futura.

¿Acaso crees que permitiría Dios el sufrimiento en aquellos a quienes tanto ama, si no fuera el camino para grandes gozos? Ten esperanza, y alégrate cuando llegue el dolor.

(TOI19L)

Paciencia

¿Has pasado alguna vez un fin de semana de ejercicios espirituales, te has sentido allí como en el cielo, y al volver a casa te has dado de bruces con la primera riña familiar? ¿Has pensado, entonces: «¡Con lo bien que yo volvía de ejercicios, y lo poco que ha durado!»?

Así entenderás mejor al Señor. Desciende del Tabor, con la miel del cielo aún en los labios, y encuentra aquella algarabía. El niño epiléptico que grita, el padre que se encara con los apóstoles, los apóstoles respondiendo a voces, y una multitud alborotada tomando partido por uno o por los otros… Pero ni la vida eterna ni el Amor de Dios parecen importarle a nadie allí.

¿Hasta cuándo estaré con vosotros, hasta cuándo tendré que soportaros?

¡Con lo contento que volvía Jesús! En verdad, le hemos cansado mucho. También tú y yo, cuando no pensamos más que en las cosas de la tierra.

Con todo, Jesús no se ha marchado. Sigue padeciendo en la Cruz la ingratitud de los hombres, y esperando en los sagrarios el amor de sus ovejas. Si al menos tú y yo tuviéramos, con los demás, la misma paciencia que el Señor tiene con nosotros…

(TOI18S)

No hace falta morir para aprender

Tratemos de responder a la pregunta del Señor: ¿De qué le servirá a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma?

Supón que tienes todo aquello con lo que tantos sueñan: dinero, prestigio, el aprecio de los hombres, y una salud de hierro. Sueña, incluso, con una juventud indestructible. Compras, comes, bebes, sales de vacaciones, amas y eres amado…

Yo conocí a alguien así. Era joven y guapo, hijo de una familia adinerada del sur de España. No había restricciones en su vida; ni un semáforo en rojo. Hacía cuanto quería.

Una mañana, a eso de las doce, después de una noche de borrachera, se acercó a mí y se echó a llorar. Me dijo que no dormía, que bebía para dormir y tampoco así lograba descansar. «¡Quién tuviera tu fe! ¡Si supieras que no soporto el silencio, porque me aterra pensar! Y, de noche, doy vueltas en la cama muriendo de asco, pensando en el sinsentido de todo lo que hago y en lo absurdo de la vida. ¡Quién tuviera tu fe!».

No envidiéis a quienes lo tienen todo, pero no tienen fe. Rezad, más bien, por ellos. Porque no hace falta morir para ir al infierno.

(TOI18V)

Todo un crucifijo sobre el agua

Llegada la noche estaba allí solo… ¿Hace falta enlazar con el comentario de ayer? Tan sólo de noche alcanzó la humanidad santísima de Cristo momentos de soledad donde poder desahogar el alma ante su Padre. Quizá por eso se hizo de noche en el Calvario.

A la cuarta vela de la noche se les acercó Jesús andando sobre el mar. Los apóstoles no sabían lo que veían. Aún no había sido glorificado el Hijo del hombre, e ignoraban que era el misterio de la Cruz el que se presentaba ante ellos. En lugar de ser engullido por las olas de la muerte y del abismo, Jesús caminaba sobre ellas sereno y majestuoso. Ese Cristo era un crucifijo.

– Mándame ir a ti sobre el agua. ­– Ven. Como Simón, mientras mis ojos han estado clavados en la Cruz, he podido acercarme a Ti. La fuerza del Amor obró el milagro. Pero, también como Simón, cuando he llevado la mirada a mis dolores, me he hundido. Al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: «Señor, sálvame». También como él, te he gritado, y me has respondido. En adelante, no quisiera apartar jamás mis ojos de la Cruz.

(TOI18M)

Cuando no puedes ni llorar tranquilo

¿Habéis deseado quedaros a solas alguna vez? Quizá después de una mala noticia, o cuando fuisteis golpeados por un sufrimiento fuerte, sentisteis la necesidad de alejaros de todo el mundo para llorar en la intimidad. Jesús también experimentó esa necesidad: Al enterarse Jesús de la muerte de Juan el Bautista, se marchó de allí en barca, a solas, a un lugar desierto.

¡Qué cuadro tan precioso! ¿Por qué nadie lo ha pintado? Jesús, solo en la barca, remando hacia una orilla donde poder llorar a solas la muerte de su amigo.

Media hora después, la magia del momento estaba rota: Cuando la gente lo supo, le siguió por tierra desde los poblados. Al desembarcar vio Jesús una multitud, se compadeció de ella y curó a los enfermos. ¡Ni un momento de intimidad logró tener en la tierra el Hijo de Dios durante el día! Tan sólo por las noches pudo orar a solas a su Padre.

Olvidó el Señor su dolor, curó a los enfermos y dio de comer a la multitud.

Años más tarde, sobre la Cruz, nadie querrá acompañarlo. Y, cuando más necesidad tuvo de compañía, se encontrará solo con su Madre, con su amigo Juan… ¿Y contigo?

(TOI18L)

Si yo no quería…

Leyendo a san Mateo, cualquiera diría que Herodes mató a Juan contra su voluntad, como quien se ve forzado a hacer algo que no quiere.

El rey lo sintió, pero, por el juramento y los invitados, mandó decapitar a Juan en la cárcel.

Toda una paradoja: asesina a Juan sin querer hacerlo, para guardar el octavo mandamiento, que ordena cumplir los juramentos. Sin embargo, el quinto, el que ordena no matar, parece importarle menos.

Lo he contado mal. Porque, a Herodes, la Ley de Dios le salía por una friolera. No era esa ley la que él cumplía, sino otra, la ley de este mundo, según la cual debes cuidar tu imagen y guardar tu prestigio. Si, para lograrlo, tienes que matar, ya se sabe, al que algo quiere, algo le cuesta. Es un precio inevitable. Te fastidias, y matas. Luego dices que tú no querías, y que, si fuera por ti, Juan tendría un monumento en la plaza del pueblo.

Todo comenzó con la lujuria; fue la lujuria la que lo movió al juramento, porque la impureza trae de la mano todos los pecados. Quien se mata por agradar a su cuerpo, también matará por agradar a sus aduladores.

(TOI17S)