Libros de José Fernando Rey Ballesteros

Tiempo Ordinario (ciclo impar) – Espiritualidad digital

La lista Forbes y el reino de los cielos

La lista Forbes nos informa sobre las personas más ricas del Planeta. Por tanto, si alguna vez quisieras saber lo rico que eres, tendrás que consultar en qué numero te encuentras de esa lista. Quizá seas el 3.508.437.654… No está mal, uno arriba o uno abajo. Pero ten cuidado:

En verdad os digo que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos.

Así pues, si quiero saber las posibilidades que tengo de salvarme, tendré que consultar de nuevo la lista, y comprobar que estoy, al menos, en la última cuarta parte del ranking. Yo creo que, a partir de número 7.537.846.231, comienza a haber posibilidades de obtener una entrada al Paraíso.

Mentira. Todo mentira. La lista Forbes no tiene nada que ver en todo esto. Si, realmente, quieres saber lo rico que eres, donde tienes que consultar es en tu propio corazón. Pregúntate qué te importa, además de Dios. Quizá obtengas este resultado: «además de Dios, me importan mi imagen, mi salud, mis planes, mi dinero…».

Cuando nada te importe, salvo Dios, y el prójimo –por Dios–, entonces serás realmente pobre, y entrarás en el reino de los cielos. Aunque fueras el primero en la lista Forbes.

(TOI20M)

No está en hacer, sino en amar

A menudo, cuando visito a ancianos que se encuentran impedidos, escucho esta frase: «Padre, ¿qué hago ya en este mundo? No puedo moverme, me tienen que ayudar a todo y no puedo ayudar a nadie. ¿Por qué el Señor no me lleva con Él?». Detrás de su queja, está el convencimiento de que el Cielo se gana haciendo cosas. Cuando ya no puedes hacer cosas, ¿qué pintas aquí?

El joven rico también pensaba así: Maestro, ¿qué tengo que hacer de bueno para obtener la vida eterna?Y Jesús le advierte: Si quieres ser perfecto, anda, vende tus bienes, da el dinero a los pobres –así tendrás un tesoro en el cielo– y luego ven y sígueme.

Semejante gesto no es una «cosa buena», sino un disparate propio de quien se ha enamorado perdidamente. La perfección, según Jesús, no consiste en hacer, sino en amar hasta la locura.

Eso le digo a mis ancianos: No puedes hacer, pero puedes amar. Y eso hace que tu vida sea muy valiosa. Aunque perdieras la cabeza, podrías seguir amando, que el Alzheimer no apaga el corazón. ¿Qué quiere Dios de ti? Que ames mucho. Dios quiere que haya en la tierra corazones que amen.

(TOI20L)

Los niños no molestan

Ante la avalancha que se precipitaba sobre Jesús, los apóstoles se enfadaron.

Le presentaron a Jesús unos niños para que les impusiera las manos y orase, pero los discípulos los regañaban.

La Virgen nunca hubiera hecho eso. Las madres entienden más sobre niños que los pescadores. Ella nunca nos impedirá acercarnos a Jesús, si somos niños. Al revés; como aquellas mujeres hebreas, ella nos presentará ante el Señor.

Los niños nunca molestan. En misa, los teléfonos móviles molestan; los niños no. Me sorprende que algunos «adultos», a quienes parece no importarles entrar en la iglesia con el teléfono encendido, miren con desprecio a los niños que lloran o a sus madres.

Claro que las mamás debéis procurar tener a los niños controlados, y, si es preciso, sacarlos un ratito para que se calmen, cuando han cogido una rabieta. No es lo más adecuado que mamá esté de rodillas, con los ojos cubiertos por sus manos, mientras el pequeño sube al presbiterio y tira del mantel. Pero, en todo caso, no dejéis de traer a vuestros hijos a la iglesia, lloren o no. Y, si a alguien le molesta… que se aguante, y que compruebe que su teléfono está en silencio.

(TOI19S)

No te olvides el alma en el asiento

La unión carnal de los esposos no es un mero acto corporal. Es un encuentro gozoso entre tierra y cielo, realizado en los cuerpos de un hombre y una mujer que se aman en Dios.

Dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne.

Pero, para que así suceda, la carne debe ir acompañada del corazón y del alma, que la santifica. No son sólo dos cuerpos los que se unen: son dos corazones y dos almas. Esa unión es tan carnal como espiritual, tan terrena como celestial. Entre un hombre y una mujer, una unión puramente carnal, sin alma, que es la propia de los animales, resulta algo bestial y degradante. Para los dos. El dormitorio de un matrimonio cristiano no debe convertirse, jamás, en una «casa de fieras».

Quiero ir más allá: recuerda que, cuando comulgas, también el Señor y tú os hacéis una sola carne. Por el Amor de Dios, no te olvides el alma en el asiento cuando vayas a comulgar. Pon amor, fervor, emoción y gratitud. No conviertas la comunión en una mera deglución de la sagrada Hostia. Sería un sacrilegio.

(TOI19V)

Si no es fraterna…

Tradicionalmente, esta enseñanza del Señor se ha llamado «corrección fraterna»:

Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas.

Le viene bien el nombre, porque es la forma en que ayudamos a un hermano, mostrándole su error y situándolo frente a su propia verdad. Por eso, cuando corregimos, tratamos de hacerlo, no movidos por la ira o el rencor, sino por el cariño.

Pero, por el mismo motivo, algunas veces, es mejor callar que corregir. Me refiero a esas ocasiones en que tú no miras a quien te ofendió como a un hermano, o él no te mira a ti de la misma manera. Aquí tienes dos ejemplos:

Cuando estás airado por la ofensa sufrida, es mejor que calles y perdones. Porque si, en ese momento, tratas de corregir, te traicionará la ira, y acabarás desquitándote. Harás un daño innecesario, y la corrección no servirá de nada.

Cuando quien te ha ofendido lo ha hecho con odio, mejor es que sufras la ofensa mansamente, y calles; al fin y al cabo, digas lo que digas, no te escucharán. Toma ejemplo de lo que hizo Jesús en el Sanedrín. En esos casos, la mejor corrección es nuestra paciencia.

(TOI19X)