Libros de José Fernando Rey Ballesteros

Tiempo Ordinario (ciclo impar) – Espiritualidad digital

Tontos con dinero

Jesús pronunció varias parábolas sobre tontos, y también algunas sobre tontas, ya que ahora usamos lenguaje inclusivo. Nos regaló la parábola de las vírgenes tontas, y hoy nos ofrece la parábola del tonto con dinero, a quien, por un respeto inmerecido, llama «necio»:

Necio, esta noche te van a reclamar el alma, y ¿de quién será lo que has preparado?

Se puede ser pobre y sensato, y también se puede ser necio y estar forrado. La estupidez no está reñida con la fortuna. Lo que distingue al rico sensato del tonto con dinero es que este último cree que su dinero lo salvará:

Alma, tienes bienes acumulados para muchos años: descansa, come, bebe, banquetea alegremente.

Eso es tan estúpido como pensar que va a salvarse uno por ser joven, por ser guapo, o por tener bajo el colesterol. Basta un golpe de sensatez, y una pizca de sentido sobrenatural, para caer en la cuenta de que el dinero, que no te salvará, sin embargo puede ayudarte a salvarte. Recuerda que no es tuyo, que eres mero administrador de Dios, y empléalo en lo que Dios quiere. Te salvará la obediencia, no el dinero, pero habrás aprovechado bien tus cuatro perras.

(TOI29L)

Un perdón frustrado

perdonarNo siempre, cuando hay alguien que perdona, otro resulta perdonado. Perdonar es el gesto de una persona ofendida que abre sus brazos a quien le ofendió; pero si el ofensor no se acerca a recibir ese perdón, y huye del abrazo que se le ofrece, no resultará perdonado jamás.

Al que blasfeme contra el Espíritu Santo no se le perdonará.

El Espíritu Santo es el Amor del Padre y el Hijo. Es el mismo Amor de misericordia que Dios derrama en el corazón del pecador para limpiarlo de sus culpas y convertirlo en templo de su gloria. El Espíritu Santo, abrazo eterno entre Padre e Hijo, es también el abrazo con que Dios recibe en su intimidad al pecador. Y ese abrazo tiene lugar en el seno de la Iglesia, en los sacramentos del Bautismo y la Penitencia.

Pero si el pecador recela de ese abrazo, si reniega de la Iglesia y de los sacramentos, si se niega a recibir el Espíritu Santo en la confesión, no podrá ser perdonado, y morirá para siempre. No será, desde luego, culpa de Dios. Dios lo perdonó, incluso desde antes de que pecase. Pero él no quiso recibir en su alma ese perdón.

(TOI28S)

Jamás mates a un profeta

Matar a un profeta significa deshacerte de quien te habla en nombre de Dios. Israel mató a los profetas, porque aquellos hombres, enviados del Altísimo, ponían en evidencia sus pecados.

«Les enviaré profetas y apóstoles: a algunos de ellos los matarán y perseguirán»: y así a esta generación se le pedirá cuenta de la sangre de todos los profetas.

Pero matar profetas no siempre conlleva violencia física. Te mostraré un ejemplo: escuchas en la homilía, o en el confesonario, palabras que te disgustan, porque ponen en evidencia tus pecados. No estás dispuesto a aceptarlas, porque ello conllevaría cambiar de vida, y no quieres cambiar de vida. Entonces, al salir de la iglesia, comienzas a hablar mal del sacerdote, y lo desprestigias ante quienes te escuchan. Lo has matado como profeta, porque a muchos, después de oírte, les costará reconocer en él las palabras de Dios; más bien, recordarán las tuyas, y no le obedecerán.

Jamás hables mal de un sacerdote; no lo mates como profeta. Si ves en él algo digno de reproche, díselo a él, o, si llegara el caso, a su obispo. Pero jamás lo desprestigies ante el resto de los fieles. Eso no le gusta a Dios.

(TOI28J)

¡Por hablar!

El maestro de la ley, que compartía mesa con los fariseos, estaba allí mientras Jesús hablaba:

¡Ay de vosotros, fariseos, que os encantan los asientos de honor en las sinagogas y los saludos en las plazas! ¡Ay de vosotros, que sois como tumbas no señaladas, que la gente pisa sin saberlo!

Y, claro, aquel maestro de la ley también tenía su asiento reservado en sinagogas y banquetes. Que Jesús arremetiera contra los fariseos le parecía incluso bien, porque merecido lo tenían. Pero que denunciara la reserva de asientos según dignidades… eso era demasiado. Y levantó la voz:

Maestro, diciendo eso nos ofendes también a nosotros.

Jesús lo miró, y en sus ojos apareció un «por cierto, y ya que estás aquí…»

¡Ay de vosotros, también, maestros de la ley, que cargáis a los hombres cargas insoportables, mientras vosotros no tocáis las cargas ni con uno de vuestros dedos!

¡Por hablar! ¿Cómo se te ocurre defenderte de la Palabra de Dios? Cuando era joven me enseñaron algo que me ha servido mucho: Si, durante la predicación, una palabra del predicador te escuece, ten por seguro que esa palabra era para ti. No te defiendas; más bien, aprovéchala. Dios te ha hablado.

(TOI28X)

Escucha, Israel

Como ejemplo de conversión, Jesús muestra el caso de los ninivitas y la reina de Saba, gentiles que acogieron la sabiduría de Dios:

Ella vino desde los confines de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón… Ellos se convirtieron con la proclamación de Jonás.

Todos ellos se convirtieron escuchando, porque la fe nace del mensaje que se escucha (Rom 10, 17). El latín de la Neovulgata es mucho más conciso: «Fides ex auditu». La fe entra por el oído.

Ni los ninivitas ni la reina vieron nada extraordinario. Jonás era un alfeñique, un pobrecillo que no tenía dónde caerse muerto. Salomón tenía dónde caerse muerto, pero seguro que era gordo y feo. No se puede comer tanto y salir impune.

Sin embargo, tanto Jonás como Salomón hablaban palabras de Dios, y esas palabras, acogidas en el corazón, cautivaron a los ninivitas y a la reina.

No quieras ver. Más bien, escucha. Lo que ves se te impone, pero escuchar requiere atención. No imaginamos a la reina de Saba distraída mientras hablaba Salomón, después de haber hecho un viaje tan largo. Tampoco te distraigas tú durante la proclamación de la Palabra, ni durante la predicación. Escucha con atención, y creerás.

(TOI28L)