Lirbos de José-Fernando rey ballesteros

Tiempo Ordinario (ciclo impar) – Espiritualidad digital

Levadura, levablanda, levatonta

El acertijo que los discípulos no comprendieron lo explicó Jesús poco después.

En la barca dijo: Evitad la levadura de los fariseos y de Herodes. Creyeron los discípulos que echaba Jesús en falta dos baguettes para la merienda. Por eso, más adelante aclaró el Señor: Cuidado con la levadura de los fariseos, que es la hipocresía (Lc 12, 1).

La levadura hincha la masa del pan, y la hipocresía hincha al necio. Empeñado en acaparar aplausos, se viene arriba, se muestra mejor de lo que es, se ensalza a sí mismo, presume de lo que tiene y de lo que no tiene… ¡Pobre idiota! Se cree que es más porque lo tengan en más. Es un actor de comedia barata, que oculta con el attrezzo sus harapos.

Vosotros sois panes ácimos (1Co 5, 7), nos dirá san Pablo. Los hijos de Dios desprecian la levadura del hipócrita, no quieren brillar en este mundo ni ser tenidos en nada. Prefieren ocultarse para que sólo brille Cristo, según lo que está escrito: Vuestra vida está escondida con Cristo en Dios (Col 3, 3).

Ojalá tengas en nada la opinión de los hombres. No quieras «inflarte» ante ellos. Sé pan ácimo. Sé Eucaristía.

(TOI06M)

Esos piadosos amantes de los zombis

Todavía no existía el cine de terror, ni el de catástrofes, pero ese oscuro anhelo de la naturaleza humana por todo lo tremebundo y espectacular ya estaba esperando a que llegaran los zombis y las películas sobre el fin del mundo.

Le pidieron un signo del cielo.

Pedían un pequeño adelanto del Apocalipsis; lo suficiente para unas palomitas y unos estertores. ¡Qué caigan dos o tres estrellas del firmamento! ¡Que se desplome algún monte, a ver si le cae encima al de las cabras! Tampoco hemos cambiado mucho. Aún tenemos cristianos adictos al thriller, que salen de un milagro para buscar un exorcismo, y después del exorcismo recorren el planeta en busca de la última aparición.

Jesús dio un profundo suspiro… ¡Cansáis incluso a Dios!

Se embarcó de nuevo y se fue a la otra orilla. Más que a la otra orilla, se fue al otro extremo, al del Calvario y la Eucaristía. Porque ni en la Cruz ni en la Hostia parece Dios.

Sin embargo… ¡Cómo enamora el Crucifijo! ¡Cómo cautiva el alma la Eucaristía!

Queréis encontrar a Dios en el ruido, pero Dios habita en el silencio. Queréis que os infunda temor, y Él quiere moveros al amor.

(TOI06L)

Final alternativo

Hoy traigo material adicional a la lectura del Evangelio: un final alternativo a la multiplicación de los panes y los peces.

Tomando los siete panes, dijo la acción de gracias, los partió y los fue dando a sus discípulos para que los sirvieran. A partir de aquí, el final alternativo: «Los discípulos sacaron la mortadela, se hicieron unos bocadillos y se los comieron mientras comentaban el resultado del Genesaret – Cafarnaúm del sábado anterior. La gente, entre tanto, se moría de hambre».

Muchos cristianos acuden a misa, y reciben vida eterna con la misión de repartirla a manos llenas entre tantas personas que mueren de hambre, porque viven sin Dios. Pero ellos salen de la iglesia, se quedan hablando unos con otros sobre las maravillas de la religión, alargan la «sobremisa» en piadosos cafés, y después vuelven a casa con el alma y el estómago llenos. Entre tanto, junto a su hogar, muchos mueren de hambre; pero ellos no hacen nada por acercarse a hablarles de Dios.

¿Imagináis que, durante una misa, en el momento de la comunión, el sacerdote consumiera todas las formas del copón y os dejase en ayunas? No lo hace, ¿verdad? Pues imitadle: repartid lo que recibís.

(TOI05S)

Penitentes difíciles

Para un confesor, hay dos tipos de penitentes que suponen un esfuerzo adicional. Los primeros son los sordos: tras escuchar su confesión, intentas darles algún consejo, pero ellos te piden que hables más fuerte. Miras la fila que hay formada junto al confesonario, y quisiera darle el consejo sólo al penitente. Pero, al final, media parroquia se aplica el consejo y cumple la penitencia.

Los segundos son los que hablan a toda velocidad. Tienes que pedirles que repitan los pecados (no que los vuelvan a cometer, sino que los vuelvan a decir). Al final, lo pasan ellos peor, porque hay pecados de vocalización poco agradable.

Si así sucede con el confesor, ¿qué no sucederá con Dios?

Le presentaron un sordo, que, además, apenas podía hablar. ¡Menuda joya! No podía escuchar a Jesús ni hablar con Él. Como tantos: el mundo y la carne taponan sus oídos, y no escuchan la voz de Dios; la palabra ociosa llena sus labios, y no pueden hablar con su Creador.

«Effetá» (esto es, «ábrete»). Abre, Señor, oídos y labios de quienes viven mundanizados. Y, cuando vengan a confesar, ya nos ocuparemos los sacerdotes de gritar a los sordos y hacer vocalizar a los mudos.

(TOI05V)

El perrito del Niño Jesús

¿Cómo reaccionas cuando te humillan, cuando te desprecian o te «hacen de menos»? ¿Eres de ésos que se yerguen, muy «dignos», y ponen cara de «no sabe usted con quién está hablando»? ¿Alguna vez te ha servido para algo, excepto para acabar aún de peor humor?

Aprende de esta mujer; no se reacciona como ella si uno no está muy entrenado en la humildad. Postrada ante el Señor, implorando la liberación de su hija, fue puesta a prueba por Jesús: Deja que se sacien primero los hijos. No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos. Y ella, con unos reflejos asombrosos, pronuncia una parábola hermosísima ante los oídos admirados del Redentor: Señor, pero también los perros, debajo de la mesa, comen las migajas que tiran los niños.

Es verdad. Los perros, postrados bajo la mesa, despiertan la ternura de los niños, y los mueven a compartir con ellos su comida. No estaría mal ser el perrito del Niño Jesús, vivir postrado ante Él bajo la mesa del altar y dejarse alimentar por la compasión del pequeño Hijo de María. Con toda seguridad, serían más que migajas lo que comeríamos si fuéramos así de humildes.

(TOI05J)

El hombre viejo

Dices que no te reconoces a ti mismo. Has dicho cosas terribles, has causado un daño enorme a las personas que más quieres, has proferido insultos y blasfemias… Ése no eres tú, aseguras. Está bien que pidas perdón. Pero mejor estaría si, además, anduvieras en la verdad: Ése eres tú.

De dentro, del corazón del hombre, salen los pensamientos perversos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, malicias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. San Pablo lo llama «el hombre viejo», y todos lo llevamos dentro. Es esa parte de nosotros que se resiste a morir y a dejarse vencer por la gracia. La oración y la vida de sacramentos mantiene cautiva y amansada a esa bestia, pero en cualquier momento puede despertar. Somos capaces de cualquier horror imaginable.

A partir de ahora, será mejor que estés atento; que no dejes la oración y que, al primer rugido del hombre viejo, lo acalles con presencia de Dios, fortaleza y templanza, para que no rompa los barrotes de la celda y cause estragos en quienes te rodean.

Y recuerda que, si Dios permite que esa bestia siga viva, es para que te recuerde quién eres. Así te resultará más fácil ser humilde.

(TOI05X)

Amarás a Dios… en tu prójimo

En la Ley estaba escrito: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas (Dt 6, 5). Es el mandato de un Dios celoso, que no quiere compartir con nadie el corazón del hombre. Y aunque sus celos no son fruto del egoísmo, sino de un Amor que desea liberar a sus hijos de toda esclavitud, queda claro que no debe haber, en el corazón humano, rivalidad entre la entrega a Dios y el cariño a criatura alguna.

Los fariseos decían a sus padres: Los bienes con que podría ayudarte son «corbán», es decir, ofrenda sagrada. Al hacerlo, estaban manifestando que la obligación que tenían con ellos les impedía servir enteramente a Dios, y que los dejarían sin auxilio para honrar mejor a Yahweh.

Jesús se lo reprocha. ¿Acaso el mismo Dios que nos pide amarlo con todo el corazón no nos pide también honrar a nuestros padres? ¿Acaso honrar a nuestros padres no es, para nosotros, amar a Dios? Si el amor a Dios te impide amar al prójimo, no es a Dios a quien amas. A Dios le rindes culto en el templo, pero lo amarás amando al prójimo.

(TOI05M)

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