Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

Tiempo Ordinario (ciclo impar) – Espiritualidad digital

Mejor en el banquillo que en el estrado

Dejando aparte a los señores magistrados de los juzgados de primera y demás instancias, quienes tienen un trabajo profesional que cumplir, la silla de juez, de verdadero juez, debe dejarse reservada sólo para Dios. Él es el único que cuenta con todos los datos para emitir un veredicto; sólo Él conoce los pliegues del corazón de cada persona. Quienes apenas nada sabemos de los demás –porque sólo conocemos lo que está a la vista– haríamos bien en cuidarnos mucho de juzgar a nadie.

No juzguéis, para que no seáis juzgados. Paradójicamente, lo mejor para no juzgar es ser juzgados; ocupar, más bien, el banquillo del acusado que la silla del juez; y ocuparlo ahora, mientras vivimos, para que después, cuando Dios nos llame, no tengamos que volver a sentarnos allí.

Por ejemplo: una persona cercana a mí, en quien confiaba, me ha herido. Podría juzgarla como ingrata, injusta y desconsiderada. Pero, en ese caso, Dios me juzgará por cuantas veces le he herido yo, a pesar de que Él me eligiese como amigo.

¿No será mejor, ante el daño que esa persona me ha hecho, pensar: «Lo merezco por mis pecados»? En ese caso, mi penitencia está hecha. Salgo ganando.

(TOI12L)

Más que pedir lo que deseas, desea lo que pides

Si Jesús no hubiese inventado el Padrenuestro, a nadie se le hubiera ocurrido pedir semejantes cosas. Puede que yo sea desconfiado, pero…

Santificado sea tu nombre… Venga tu reino… Hágase tu voluntad… Perdona nuestras ofensas… No nos dejes caer en tentación… Líbranos del Maligno…

La gente no pide eso. La gente pide: «Que se cure mi hijo», «que mi nuera encuentre trabajo», «que mi matrimonio se apacigüe», «que tengamos salud»…

Diréis que, al menos, el pan de cada día es petición común. Pero si os aclaro que, fundamentalmente, esa petición va referida al Pan eucarístico, y que lo que pedimos es la comunión diaria, quizá algunos se echasen atrás.

No sé… Creo que si, en lugar de acomodar la oración a nuestros deseos, acomodásemos nuestros deseos al Padrenuestro, seríamos santos aunque no lográsemos vencer al pecado. Porque, con tan santos deseos, es imposible no llegar al cielo. Lo que sí es posible es rezar diariamente para pedir salud, dinero y amor; obtener de Dios las tres cosas, y condenarse después.

Por eso, yo, que también pido salud, dinero y amor para los míos, prefiero terminar siempre con un padrenuestro y decir: «Pero, sobre todo, eso. Lo demás no importa tanto».

(TOI11J)

Sobre limosnas, curas y templos

En cierta parroquia donde estuve, había un feligrés que cada domingo dejaba 10.000 pesetas en el cestillo. Estiraba el billete, lo aireaba, se abanicaba con él, y después lo depositaba suavemente. Quizá no cumplía aquello de que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha, porque de su donativo se enteraba su mano izquierda, su mano derecha, la mano izquierda del de vecino y el ojo derecho de todos. Pero los curas nos alegrábamos tanto…

Es que los curas tenemos fama de pedir dinero. Pero no seáis duros, que nunca pedimos para nosotros, sino para Dios, para la Iglesia y para vosotros, que preferís que haya luz, agua y calefacción en los templos.

Cuando hice una reforma para convertir la vivienda parroquial –donde vivía– en locales para catequesis y construir otra vivienda más pequeña, pedí que cada feligrés aportase cinco euros. Mientras tomaba un refresco en una terraza, cierta mujer se me acercó, quiso arrebatarme el refresco, y comenzó a vociferar que para eso quería yo los cinco euros, para darme la buena vida. Nadie movió un dedo, ni clientes ni camareros.

Lo mejor es que colaboréis con vuestra parroquia sin hacer alardes. Pero, aunque sea alardeando, colaborad.

(TOI11X)

No te doy la razón, porque te quiero… Y porque no la tienes

Ayer considerábamos lo que supone poner la otra mejilla, y hoy nos fijaremos en lo que no supone. Que también un muñeco de trapo puede poner ambas mejillas, y no por eso tiene caridad.

Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen… Si entregamos sin luchar la integridad física, es porque aspiramos a un bien mayor. Cedemos un terruño para conquistar un imperio, porque queremos el alma de nuestros enemigos, y la queremos para Cristo. ¿Recuerdas cómo, en «Los Miserables», aquel monseñor Bienvenido dejó que Valjean le robara la vajilla, y a cambio afirmó haber comprado su alma?

Fíjate, como ayer, en lo que hizo el Señor: entregó su cuerpo a sus enemigos, pero no les dio la razón. Y, a precio de su cuerpo, compró sus almas, porque los amaba.

Haz tú lo mismo: si te injurian, no respondas. Pero no des la razón a quien no la tiene. En eso no puedes transigir, porque esa verdad no es tuya, sino de Cristo. Y porque, a cambio de las injurias, entregarás a tu enemigo el mayor y más preciado de los dones: la propia verdad. Si no la quiere, o la rechaza, tendrá que rendir cuentas.

(TOI11M)

Motivos para poner la otra mejilla

Quizá sea una de las frases más sonadas, más repetidas, más conocidas y menos cumplidas de los evangelios: Si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra. ¿Qué significa, exactamente, «poner la otra mejilla»?

Para empezar, significa que no vas a devolver el sopapo a quien te sacude. Para seguir, que tampoco vas a esconderte para que no te sacuda otro –y, para actuar así, es preciso ser valiente–. En tercer lugar, que incluso se lo vas a poner fácil, porque vas a presentar ante sus ojos otra mejilla intacta que pueda abofetear, con la ventaja de que tu oponente ha aprendido que no te defenderás.

¿Por qué tengo que hacer eso?

Antes de responder, mira un «Ecce Homo». Contempla el rostro de Cristo cubierto de ultrajes, en ambas mejillas y en toda su faz. Y piensa que si Jesús, ante tu primer pecado, te hubiese castigado como merecías, no estarías leyendo esto. Si hubiese roto contigo para que no lo abofeteases más, tampoco estarías aquí.

¿Por qué tienes que hacer eso? Por amor. Porque Cristo lo ha hecho contigo primero. Porque tus dos mejillas rotas son las monedas con que comprarás el alma de tu enemigo.

(TOI11L)

Tíñeme, peluquero

Leídas hoy, las palabras del Señor pueden parecer exageradas: No puedes volver blanco o negro un solo cabello. Blanco, negro, rubio de bote, rojo con mechas grises, azul con brotes verdes, y fucsia con ramitas de azafrán. Si uno pasea por una calle céntrica de nuestras ciudades, verá cabelleras de todos los colores.

Sin embargo, debajo del tinte… El pelo es lo que es –o lo que no es–, y punto. Lo que sucede es que, la mayor parte del tiempo, esa verdad no la ve ni el interesado. Salvo cuando deciden cambiar el tinte y disuelven al antiguo, el color del pelo sólo lo ve Dios.

Sucede igual con el alma: muchos se la tiñen, y ni ellos mismos saben de qué color es. Si a la murmuración la llamo «vida social», a la mentira le añado el apellido de «piadosa», a la pereza la denomino «cansancio» y tengo mis rencores por justicia divina… Al final, voy a confesarme, y le acabo diciendo al sacerdote que hago poco silencio en la oración y que no me acuerdo de más.

Lo malo es que la bestia que entró en el confesonario escondida bajo el tinte sale de allí intacta.

(TOI10S)

Hablemos de unión ilegítima

Si uno repudia a su mujer –no hablo de unión ilegítima– la induce a cometer adulterio.

Me atreveré yo a hablar de unión ilegítima. Porque cada vez son más las parejas que conviven sin casarse.

Cuando tienen hijos, lo más conveniente no es que se separen, sino que algún buen amigo los ayude a conocer a Jesucristo y a contraer matrimonio. Una cariñosa conversación puede acabar en boda con bautizo incluido. Doy fe de ello.

¿Y cuando uno de los dos está casado sacramentalmente con otra persona? Si existen hijos pequeños, es preciso hablarles con esperanza y espíritu positivo sobre la posibilidad de convivir como hermanos. A algunos, esta posibilidad les parece imposible, y renuncian a plantearla. Se equivocan. Con ayuda de la gracia, es posible. Podría presentar muchísimos casos… Pero no debo. Creedme: los hay.

¡Es posible! No digo que sea lo mejor; después de todo, no deja de ser la cura de algo que estaba roto. Pero no es ninguna tragedia. Lo trágico es que alguien le diga al cojo que puede andar porque no está enfermo. ¡Pobre del cojo, y pobre, pobre de quien se lo dijo con afán de «ponerlo fácil»! Muchas cuentas tendrá que rendir.

(TOI10V)

Si quieres comulgar en condiciones…

Insistimos mucho en la necesidad de habernos reconciliado con Dios en el sacramento del Perdón para poder recibir la comunión, pero insistimos poco en la necesidad, también subrayada en los evangelios, de habernos reconciliado con nuestros hermanos antes de comulgar. Al fin y al cabo, el fundamento de ambos requisitos es el mismo: sólo debe recibir el Cuerpo sacramental de Cristo quien, por la gracia, forma ya parte de su Cuerpo místico. Pero ¿cómo comulgará quien se encuentra interiormente separado de los demás miembros?

Si cuando va a presentar su ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano.

Antes de comulgar, pregúntate: «¿Debo pedir perdón a alguien?». El acto de contrición con que comienza la misa es buen momento para ello. Si entonces descubres en tu alma una deuda pendiente con tu hermano, no es necesario que salgas de la iglesia y le llames desde el teléfono móvil durante la misa. Quizá bastaría un propósito de llamarlo en cuanto la misa termine. Pero, si no tienes ese propósito… Mejor consulta al sacerdote antes de acercarte a comulgar.

(TOI10J)

Embajadores de Cristo

La virtud o el pecado de un cristiano nunca son asuntos «estrictamente personales». Aunque nos quieran convencer de que la fe de cada uno es parte de su esfera íntima, y, por tanto, no debe expandirse a su vida social, lo cierto es que nuestra fe es siempre –¡debe ser!– pública. Estamos llamados –ayer nos lo recordaba el Señor– a ser sal y luz. Somos embajadores de Cristo ante nuestros semejantes. Por eso…

El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos. Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos.

Cuando quienes te rodean saben que amas a Cristo –y deben saberlo– se fijan en ti. Ya no basta con tu palabra; debes avalarla con tu vida, o, al menos, con tu lucha por cumplir cuanto crees. Tienes que dejar bien a Cristo y a la Iglesia. Si ven que cumples lo que predicas, quedarán edificados y querrán imitarte. Si ven que caes, que al menos te vean levantarte e intentarlo de nuevo. Pero si ven que no tomas en serio tu fe… Recapacita.

(TOI10X)

Mejor en la calle

No cometáis el error de pensar que por rezar estáis salvados. Lo he escrito miles de veces, y miles de veces más lo escribiré: no basta rezar. Es preciso dar la vida.

Vosotros sois la sal de la tierra… Vosotros sois la luz del mundo… ¿De qué sirve la sal si se queda en el salero? ¿Para qué sirve la luz si está bajo el celemín?

La oración es necesaria para salvarse, pero tiene sus riesgos. ¡Se está tan bien rezando! ¡Son tan dulces los consuelos! Encuentro a seglares que pasarían la vida de sagrario en sagrario, de custodia en custodia, de reunión en reunión y de santuario en santuario. Mientras tanto, en el mundo, las almas se condenan sin que nadie les anuncie a Jesucristo.

Escribo para laicos: sed templados también con la oración. El tiempo justo, y ni un minuto más. Donde vais a santificaros no es ante un sagrario, sino en la calle, entre adúlteros y blasfemos, entre incrédulos y anticlericales. Vertiendo en ellos el amor que recibís de Dios, y sufriendo sus culpas junto a ellos, os salvaréis y los salvaréis.

Y todo ello sin dejar la oración. Porque, si la dejáis, el mundo os tragará.

(TOI10M)