El Mar de Jesús de Nazaret

Tiempo Ordinario (ciclo impar) – Espiritualidad digital

La pira y el sacrificio

Si yo hubiera vivido hace miles de años, y hubiese deseado hacerle un regalo a Dios, habría realizado un sacrificio. Y este asunto de los sacrificios tenía entonces su protocolo.

Por ejemplo, si hubiera decidido entregarle a Dios una vaca, lo primero hubiese sido asegurarme de que es la más gorda. No era de buen gusto entregarle a Dios la vaca escuchimizada, que, en lugar de leche, da pena. Después, hubiera encendido una pira, y, tras matar a la vaca, la habría quemado.

Pero vivo en la edad nueva, que inauguró Cristo. Y lo de las vacas ya no está de moda. No porque, como creen algunos, Dios se haya vuelto vegano, sino porque quiere algo distinto.

Casa, hermanos o hermanas, madre o padre, hijos o tierras

No vayas a encender una pira, que ni creo que le guste a tu madre, ni tampoco quiere Dios eso. Convierte tu casa en templo donde Dios sea honrado, y transforma los vínculos carnales que te unen a los tuyos en un amor espiritual libre de apegos. Después de eso, entra tú en la hoguera del Amor divino y arde allí, hasta que nada quede de ti mismo sin consumir por ese Amor.

(TOI08M)

Negociando

¿Tú quieres salvarte?

Supongo que la respuesta es «sí».

¿Sabes lo que significa «salvarte»?

El joven rico pensó que lo sabía. Pero, cuando conoció lo que realmente significaba, decidió que no quería salvarse.

¿Qué haré para heredar la vida eterna?

Para él, la vida eterna era un bien que se recibe, o en sus propias palabras, un patrimonio que se hereda.

Jesús le sigue el juego. ¿Crees que la vida eterna es un patrimonio? ¡Ahí tienes el precio!:

Ya sabes los mandamientos

El joven estaba acostumbrado a no tener que regatear:

Todo eso lo he cumplido desde mi juventud.

Ya sólo faltaba firmar el contrato y entregar el cheque. Pero, en ese momento, Jesús da un vuelco a la conversación:

Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dáselo a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego ven y sígueme.

No bastan tus obras, ni tus bienes. Eres tú mismo quien tienes que entregarte, y seguirme, porque no se trata de comprar vida eterna, sino de entrar en el reino de Dios. Y, para eso, es preciso morir, dejar que se repartan tu herencia, y nacer de nuevo.

¿Quieres entrar en el reino de Dios?

(TOI08L)

No privéis a Jesús de esa alegría

A Jesús no sólo le llevaban enfermos y endemoniados para que los sanase. Mirad, hoy, a un buen puñado de madres, de buenas madres, con sus hijos a cuestas, que buscaban para los pequeños la bendición del Señor.

Y tomándolos en brazos los bendecía imponiéndoles las manos.

Con qué alegría sostenía Jesús, entre sus brazos, a esos niños. Y con qué complacencia miraba a esas mujeres, que eran el anuncio temprano de las madres que acuden a nuestras parroquias solicitando el bautismo para sus hijos.

Me gusta leer este evangelio en los bautizos. Y decirles a los padres que la misma alegría que experimentaba Jesús entonces la experimenta en ese momento. Siento el eco de esa alegría en mí en cada bautizo.

Pero los discípulos los regañaban. Al verlo, Jesús se enfadó.

También; también siento ese enfado cuando entran los programadores de festejos a robarle a Jesús los niños de los brazos: «No lo bautices todavía; espera a que haga buen tiempo, y así celebraremos el banquete en el jardín del chalé». «Ya lo bautizaremos cuando sea mayor»…

Bautizad enseguida a vuestros hijos. No privéis al Señor de esa alegría, ni a los niños de esa Vida. Sed buenos padres.

(TOI07S)

El adulterio primordial

El sacramento del matrimonio, como los otros seis, manó del costado abierto de Cristo en la Cruz.

En el lecho esponsal del Madero, el Esposo de la Iglesia (y también del alma) entregó su cuerpo sacratísimo a su Esposa, representada, en el Calvario, por María y por Juan. Esos esponsales son el matrimonio primordial. Y todo matrimonio entre cristianos hunde sus raíces en ese misterio.

Ya no son dos, sino una sola carne. Pues lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.

Existe, también, un «adulterio primordial». Y es el pecado. Por el pecado, el cristiano, desposado con Cristo en el Bautismo, y hecho una sola carne con Él en la Eucaristía, abandona al Señor para emparentar con los ídolos del mundo, del demonio y de la carne. He ahí la primordial fornicación, y el primordial adulterio. Todo pecado conlleva una infidelidad y una ruptura de esa unión santa lograda en la Cruz.

Todo adulterio ocurrido en un matrimonio hunde sus raíces en ese adulterio primordial. Quien traicionó a su cónyuge comenzó por traicionar, primero, a Dios. Por tanto, si los casados lucháis, cada uno de vosotros, contra el pecado, vuestro matrimonio permanecerá unido hasta la muerte.

(TOI07V)

Estorbos

Me impresionaron, de joven, las palabras de libro «Camino», de san Josemaría Escrivá:

«Todo lo que no te lleva a Dios es un estorbo. Arráncalo y tíralo lejos». (p. 189)

El fundador del Opus Dei iba más allá que el propio Señor, quien dijo:

Si tu mano te induce a pecar, córtatela… Si tu pie te induce a pecar, córtatelo… Si tu ojo te induce a pecar, sácatelo…

Estas palabras nos invitan a apartar de nosotros aquello que nos induzca al pecado. Pero san Josemaría me estaba invitando a prescindir, también, de lo que, sin inducirme al pecado, tampoco me acercaba a Dios. Se trataba, principalmente, de deseos: un buen coche, una buena imagen, un disco que ya no estaba en el mercado, una tarde de ensueño en buena compañía… Nada de eso era pecado. Pero, a decir verdad, eran sólo proyectos personales que no me acercaban a Dios.

Pasaron años hasta que comprendí lo del «estorbo»: cualquier deseo fuera de Dios pesa como un fardo, y se interpone en nuestro camino hacia Él.

No te cuento esto para hacerte una confidencia. Te lo cuento para que te des cuenta del tiempo perdido en desear lo que no es Dios.

(TOI07J)