Evangelio 2020

Tiempo Ordinario (ciclo impar) – Espiritualidad digital

No morimos; nacemos

Antes de su Pasión, Jesús comparó la redención del hombre con un esperado y doloroso alumbramiento: La mujer, cuando va a dar a luz, siente tristeza, porque ha llegado su hora; pero, en cuanto da a luz al niño, ni se acuerda del apuro, por la alegría de que al mundo le ha nacido un hombre (Jn 16, 21). San Pablo, en la carta a los Romanos, recurre a la misma imagen: Hasta hoy toda la creación está gimiendo y sufre dolores de parto (Rom 8, 22).

Vosotros, cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que está cerca el reino de Dios. La caducidad de todo lo terreno; la decepción que nos producen las criaturas; el fracaso; la enfermedad; el dolor; la contrariedad; la vejez… Todas esas sombras no anuncian sino la llegada de la luz. Cuando sufrimos, no fijamos la mirada en nuestros padecimientos, por grandes que sean; dejamos que la fe nos ilumine, y miramos más allá. Entonces nos percatamos de que no estamos muriendo, sino naciendo; y, así, en medio del dolor, nos llenamos de gozo. Hay mucha luz al final del túnel; mucha vida detrás de la muerte; mucha alegría en el fondo de la tristeza.

(TOI34V)

La ansiedad es el miedo a la muerte

Por tercer día, el evangelio se extiende describiendo un cataclismo universal.

Desfalleciendo los hombres por el miedo y la ansiedad ante lo que se le viene encima al mundo

¿Pensáis que habla de un futuro lejano? Preguntad a cualquier farmacéutico por la cantidad de ansiolíticos que despacha cada día. La ansiedad se ha convertido en pandemia desde que los hombres dejaron de creer en el Cielo. Cercenado el horizonte de la vida eterna, se angustian ante lo que se le viene encima al mundo, ante la muerte. La muerte no es sólo la amenaza del final de la vida; es, también, el muro que convierte el tiempo en un bien escaso. Y las gentes se angustian porque saben que se les termina.

Levantaos, alzad la cabeza, se acerca vuestra liberación. En un mundo dominado por la ansiedad, los cristianos tenemos que ser testigos de vida eterna. Nuestros rostros alzados al Cielo, la esperanza que brilla en nuestros ojos, debería gritarle al mundo que la eternidad está abierta ante nosotros; que no hay que tener miedo; ni tampoco hay que tener prisa para nada, salvo para servir a Dios. Y esa prisa es muy alegre; no necesita ser aliviada con lexatín.

(TOI34J)

Ser cristiano en Occidente, hoy

Si el Reino de Jesús fuese de este mundo, el Evangelio sería aclamado por todos, aplaudido en parlamentos, ovacionado en salas de cine, promocionado en colegios públicos y difundido en las galas de la «gente bien».

Pero el Reino de Jesús no es de este mundo. Y, hoy día, en Occidente, decir públicamente que vas a misa o vestir de clérigo conlleva ser visto como enemigo del progreso y la sostenibilidad. Quien quiera aplausos, que se haga vegano, feminista, animalista o ecologista. Ser cristiano te convierte en apóstata social de esta nueva religión que profesa «ismos» en lugar de mandamientos.

Os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a las cárceles, y haciéndoos comparecer ante reyes y gobernadores por causa de mi nombre.

Si las cosas siguen por este camino, a los sacerdotes que predicamos el evangelio nos acabarán encarcelando por «delitos de odio»… ¡Cuando proclamamos el Amor de Dios! Y, mientras nos acusan de «delitos de odio», espumarajos de odio saldrán a borbotones de sus bocas.

Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas. ¡Que tiempos tan apasionantes, en que la perseverancia de un abrazo al Crucifijo redimirá, no sólo nuestras almas, sino también las de quienes nos odian!

(TOI34X)

Augurios

Llamamos «augurios» a los anuncios de catástrofes. Que te anuncien que mañana es tu cumpleaños no es un augurio; que te pronostiquen que mañana caerá tal tromba de agua que se desbordará el río que pasa junto a tu pueblo es un augurio.

Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá grandes terremotos y, en diversos países, hambres y pestes. Habrá también fenómenos espantosos y grandes signos en el cielo.

Un augurio en toda regla. Y no lo pronuncia Jesús para suscitar miedo en los suyos, sino, más bien, para infundir sabiduría. Quiere el Señor que no pongamos nuestras esperanzas en las criaturas, que recordemos que todo cuanto vemos es caduco, y que jamás nos apeguemos a nada ni a nadie que no sea Él.

Si yo te dijera que la belleza de que ahora presumes será vejez mañana, o que esa persona en quien depositas tus esperanzas te fallará –¡o morirá!–, podrías reaccionar de dos maneras: podrías pedirle a Dios la juventud perpetua, o rogarle que libre de la muerte a tus seres queridos… o podrías pedirle la dicha de apoyar tu vida sólo en Él, y no separarte de Él jamás. Te aconsejo lo segundo.

(TOI34M)

Nadie hace eso

viuda pobreCon razón le sorprendió a Jesús el gesto de aquella viuda:

Todos esos han contribuido a los donativos con lo que les sobra, pero ella, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir.

Y es que nadie hace eso; ni con un rey, ni con un dios. Ningún pobre le da a un rey cuanto tiene para vivir, porque el rey, ni lo necesita, ni probablemente llegue a tener conocimiento de esa ofrenda. En cuanto a un dios… lo normal es que el pobre se acerque a su dios a pedirle ayuda, no a darle cuanto tiene.

Por eso aquella ofrenda suscitó la admiración de quien es Dios y Rey. Porque un gesto así lo hacen sólo los enamorados, que no se contentan hasta que no han entregado sus vidas al ser amado. Y este Dios, que es Rey, más que súbditos o adoradores, desea enamorados, locos que no se reserven nada ni escatimen esfuerzos hasta haber entregado cuanto tienen al amor de su alma.

Y es que Él mismo es así: un Dios enamorado del hombre, un Rey enamorado de su pueblo, que no se conforma hasta que no ha entregado su vida por cada alma.

(TOI34L)