Evangelio 2018

Tiempo Ordinario (ciclo impar) – Espiritualidad digital

¿Cómo quieres escuchar, con tanto ruido?

No te quejes, diciendo que Dios te ha abandonado, o que no te escucha. Él ha llamado a tu puerta muchas veces, y has sido tú quien no ha prestado atención.

No eres quién para obligarle a Dios a gritar. Su llamada es suave y silenciosa. Pero tú tienes la aspiradora funcionando, la lavadora centrifugando, la televisión a todo volumen, y, por si fuera poco, no paras de cantar a gritos… ¿Cómo quieres escucharlo?

Vosotros estad como los hombres que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame. No pareces alguien que esté esperando a Alguien. Más bien, pareces uno que está muy ocupado en vivir a todo tren. ¿Cómo vas a escuchar a Dios así? ¿Y aún te quejarás de que no te escucha Él?

Anda, apaga todos esos artilugios, deja de gritar, guarda silencio, afina el oído… Y lo escucharás llamar mil veces a tu puerta: en el sol que sale, en el vecino que te saluda, en el fracaso inesperado, en la enfermedad que te impide moverte, en el buen amigo, en tu familia, en el ser querido que ha marchado al cielo… ¿Ves, ahora, cuántas visitas recibes de Dios?

(TOI29M)

La pena del eterno ridículo

Condenarse por tonto debe ser una triste gracia. Imagino que, a la pena del fuego eterno, se añade, para los tontos, la pena del eterno ridículo. Ya comprenderéis que hablo de tontos con culpa. No es lo mismo la falta de luces que la obstinación de cerrar los ojos para no ver.

Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe, banquetea… Y Dios le dijo: ¡Necio!

Quieres darte la «buena vida», y te anuncia Dios que morirás de mala muerte. Te crees dueño de muchos años, cuando tu propia existencia no está en tus manos. Y la «vidorra» que te prometen los bienes de este mundo –aunque los tengas en abundancia– no es sino una forma de cebarte antes de que la muerte te salga al paso y termine con todo. ¿No quieres darte cuenta de que lo que a ti te parece vida es una estúpida forma de morir?

Ojalá, ante el altar de Dios, donde una pobre porción de trigo es consagrada, pudieras exclamar cuanto dijiste ante tus miserables toneladas de grano: Descansa, como, bebe, banquetea… ¡He ahí el verdadero banquete, la verdadera «buena vida» por la que vale la pena renunciar a tus graneros!

(TOI29L)

Los ángeles y el Juicio Final

Existe un himno muy antiguo, cantado por muchas generaciones de cristianos ante los restos mortales de sus seres queridos, que reza así: «In paradisum deducant te angeli». La versión española («Al paraíso te lleven los ángeles») es igualmente hermosa.

Los ángeles están presentes en la muerte del hombre, como lo estarán en el juicio. Ellos son los ejecutores de la justicia divina; llevan al cielo al santo, precipitan en el infierno al impío, y conducen al purgatorio al alma necesitada de purificación. Por eso, cuando el Señor describe el juicio, explica: Todo aquel que se declare por mí ante los hombres, también el Hijo del hombre se declarará por él ante los ángeles de Dios. Por el contrario, aquél que le niegue ante los hombres será negado ante los ángeles de Dios. Los ángeles obedecerán a Cristo, juez de vivos y muertos, cuando venga junto a ellos a establecer la justicia en la tierra.

Y aunque los fiscales, que son los demonios, saquen a relucir ante el Juez todos los pecados del cristiano, si Cristo dice a los ángeles «éste es mío», el acusado por los diablos será llevado por los ángeles al cielo.

¿Aún te pesan los respetos humanos?

(TOI28S)

La amistad entre Jekyll y Hide

Cuando se habla de «doble vida», es fácil acabar pensado en casos al estilo Jekyll-Hide: personas que se comportan de una manera en determinados ambientes, y que resultan irreconocibles cuando cambian de escenario. «¡Qué persona tan maravillosa es su marido! Da gusto estar con él». Y la buena mujer sonríe, mientras piensa: «¡Si lo viese usted en casa!». Jekyll y Hide.

Pero no siempre es así.

Cuidado con la levadura de los fariseos, que es la hipocresía. La hipocresía es la doble vida sin levantarse del asiento. Por fuera Jekyll, y por dentro Hide. Los dos conviven, no se turnan, están siempre presentes. Jekyll cuida las formas, y gestiona la buena imagen del hipócrita. Mientras tanto, Hide campa a sus anchas por dentro, y convierte el alma en un estercolero de odios, sensualidad, envidias, soberbia y egoísmo.

Cuando recéis, dejaos mirar por Dios; no tengáis pliegues ante Él; mostradle hasta los últimos rincones del alma, para que su mirada lo limpie todo. Haced lo mismo con el confesor: no le ocultéis las insinuaciones del mal en los sótanos del corazón. No tengáis secretos nunca con el director espiritual.

Pero, antes de todo eso, no tengáis miedo a conoceros por dentro.

(TOI28V)

Pecados que rezan

¿Rezan los pecados? Diréis que es una pregunta estúpida, que los pecados ofenden a Dios, y eso no es oración. Sin embargo, los pecados, en ocasiones, rezan. Y, aunque no sea verdadera su oración, conserva la apariencia, y así muchos se engañan con ella.

¡Ay de vosotros, que edificáis mausoleos a los profetas, a quienes mataron vuestros padres! El hijo del asesino no debe edificar mausoleos al muerto, sino hacer penitencia por los pecados de su padre. Una oración que no ha pasado por la compunción es un pecado que reza. Y los pecados no deben rezar, deben morir.

Si yo difamo a mi hermano, y después acudo a orar a la iglesia sin haberme arrepentido, mi oración es un pecado que reza. Si me niego a darle a Dios lo que me pide, pero luego rezo pidiendo a Dios que haga lo que le pido yo, mi oración es un pecado que reza. Si me niego a confesar mis pecados ante el sacerdote, pero, a cambio, le digo a Dios interiormente que «ya quiero ser bueno», mi oración es un pecado que reza…

Los pecados no deberían rezar. Debería morir, para que así ore el Espíritu dentro del alma.

(TOI28J)

Mantén limpios los ojos

Somos más transparentes de lo que pensamos. Los hipócritas sólo engañan a los necios, y a quienes tienen por costumbre no mirar a los ojos para no descubrir los suyos. El hipócrita, normalmente, sólo tiene su secreto a buen recaudo ante quien es tan hipócrita como él, o más.

Limpiáis por fuera la copa y el plato, pero por dentro rebosáis de rapiña y maldad.

Uno puede acicalarse, y pretender dar la talla ante el espejo del cuarto de baño. Pero, cuando hay maldad en el corazón, y no se limpia, esa maldad siempre acaba por fermentar, y rebosa. Sale a borbotones por los ojos, se filtra en el tono de la voz, y rezuma una pestilencia ante el olfato del alma cuya mezcla con el perfume de Chanel no sienta nada bien.

No te asustes si ves brotar la mala hierba en tu corazón. Pero, por el amor de Dios, no la guardes. Acude al confesor, y sé sincero con él. Que no te dé vergüenza decir: «Estoy lleno de soberbia, me come la lujuria, me invade el rencor». Y allí, ante Dios, déjate limpiar. Así la mala hierba no contaminará el campo, y tus ojos se mantendrán limpios.

(TOI28M)

Signos pequeños, fe grande

Jesús nunca se comparó a sí mismo con Isaías, Jeremías o Ezequiel, que son los llamados «profetas mayores». Curiosamente, se comparó a sí mismo con Jonás, que era un alfeñique, un cobarde, y no tenía ni media bofetada.

Como Jonás fue un signo para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del hombre para esta generación.

Si Jonás hubiese escupido rayos y hubiera hecho bajar fuego del cielo, los ninivitas, temblado, se habrían convertido. Sin embargo, la grandeza de la historia de Jonás consiste en que aquellos hombres creyeron que un pobrecito asustado les hablaba en nombre de Dios. Y se convirtieron.

Los judíos querían un signo; querían que Jesús pareciese Dios para no tener más remedio que creerlo. Pero Jesús, como Jonás, no parece Dios, sino hombre; tal quiso Dios que fuera su apariencia.

Miradlo en la Hostia: tan pequeño, tan manso, tan callado, tan dormido, tan humilde… Es preciso realizar un acto libérrimo de fe para rendirse a Él. Por eso es maravilloso postrarse ante una custodia, o realizar la genuflexión ante un sagrario: nada te obliga, nada te empuja, sólo la fe te mueve.

Pedid fe. La fe vale más que todos los signos juntos.

(TOI28L)

Como cualquier hijo

Cuando miles de personas aclaman a la vez a alguien, las voces de todos se funden en un alboroto indescifrable. Incluso si las masas se ponen de acuerdo en corear una consigna, cuesta trabajo entenderla. Son demasiadas personas gritando a la vez.

No era el caso. Allí, cada uno decía lo que le salía de dentro. Pero san Lucas aplica el zoom sobre una sola persona: Una mujer de entre el gentío, levantando la voz, le dijo: «Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron».

Si esta mujer ha pasado a la Historia es porque, en medio toda aquella algarabía, sus palabras lograron abrirse paso hasta el corazón de Jesús y se clavaron en él como una flecha. El Señor se emocionó al escuchar aquel elogio dirigido a su madre. No debería extrañarnos. Cualquier ser humano bien nacido tiembla por dentro cuando le mientan a su madre.

Gracias a esta buena mujer, sabemos que cada avemaría del santo rosario se clava en el corazón de Jesús. Si alguien piensa que rezarle a la Virgen es hacer de menos al Señor, que se desengañe inmediatamente. Cada vez que rezas a la Madre, el Hijo engorda de satisfacción.

(TOI27S)

Frikis

Según mi hermana, la Iglesia se nos está llenando de «frikis». Se refiere a personas obsesionadas con los demonios. Si les duele la cabeza, llaman al exorcista, porque no tienen virus, sino demonio. Si se les avería el automóvil, no es el carburador, sino espíritus malignos… Agotador. Si Woody Allen los descubriera, se percataría de que el exorcista es más cinematográfico que el psicoanalista: – «Mi exorcista es más serio que el de Marilou, que terminó casándose con ella. El mío es feo, como tienen que ser los exorcistas, y habla en latín, como está mandado».

El pecado de Eva consistió en prestarle al demonio más atención de la cuenta. Los ojos deben clavarse en la luz.

Además, ver demonios tras todos los males es soberbia. Con muchas personas, el demonio se sienta y aplaude. Concupiscencia, debilidad y estupidez le dan el trabajo hecho.

Son las casas barridas y arregladas, los santos, quienes hacen sudar al demonio. Con ellos se emplea a fondo, aunque poco puede. Y, para disgusto de «frikis», el santo habla mucho de Dios, pero poco del diablo. Si le pides un exorcismo para la jaqueca, igual te invita a aprovechar tu tarjeta de la Seguridad Social.

(TOI27V)

Cuando oréis, decid «Padre»

Hay quien, cuando reza, dice: «¡Oh!». Levanta los ojos al cielo, toma aliento, alza la cabeza y suspira: «¡Oh, Señor!». Luego viene el resto.

No es que esté mal. Muchas oraciones litúrgicas comienzan así, y por algo será. Quien dice «¡Oh!» está lanzado al cielo un grito para que Dios escuche. Es la imprecación dirigida desde el abismo a quien se encuentra en lo alto.

Pero, cuando los discípulos pidieron a Jesús que les enseñase a orar, Jesús respondió: Cuando oréis, decid: «Padre». Decir «Padre» es distinto que decir: «¡Oh!». «Padre» es la llamada que dirige un hijo, cuando está en casa, a su papá. Es una invocación llena de confianza y de amor, que brota de labios de un pequeño que nada posee a un Padre que lo ama y lo comprende.

Ambas invocaciones son necesarias, y de ambas debemos servirnos. Por nuestros pecados, que tanto nos han alejado de Dios, es necesario que gritemos: «¡Oh, Señor, apiádate de mí!». Por la gracia que hemos recibido, y que se renueva en cada confesión sacramental, podemos salir del confesonario diciendo: «¡Padre! ¡Papá! ¡Papaíto!».

Por eso, cada vez que, arrepentidos, decimos «¡Oh!», Dios nos responde otorgándonos la gracia de decir: «¡Padre!».

(TOI27X)