Libros de José Fernando Rey Ballesteros

Tiempo Ordinario (ciclo impar) – Página 2 – Espiritualidad digital

¡Por hablar!

El maestro de la ley, que compartía mesa con los fariseos, estaba allí mientras Jesús hablaba:

¡Ay de vosotros, fariseos, que os encantan los asientos de honor en las sinagogas y los saludos en las plazas! ¡Ay de vosotros, que sois como tumbas no señaladas, que la gente pisa sin saberlo!

Y, claro, aquel maestro de la ley también tenía su asiento reservado en sinagogas y banquetes. Que Jesús arremetiera contra los fariseos le parecía incluso bien, porque merecido lo tenían. Pero que denunciara la reserva de asientos según dignidades… eso era demasiado. Y levantó la voz:

Maestro, diciendo eso nos ofendes también a nosotros.

Jesús lo miró, y en sus ojos apareció un «por cierto, y ya que estás aquí…»

¡Ay de vosotros, también, maestros de la ley, que cargáis a los hombres cargas insoportables, mientras vosotros no tocáis las cargas ni con uno de vuestros dedos!

¡Por hablar! ¿Cómo se te ocurre defenderte de la Palabra de Dios? Cuando era joven me enseñaron algo que me ha servido mucho: Si, durante la predicación, una palabra del predicador te escuece, ten por seguro que esa palabra era para ti. No te defiendas; más bien, aprovéchala. Dios te ha hablado.

(TOI28X)

Escucha, Israel

Como ejemplo de conversión, Jesús muestra el caso de los ninivitas y la reina de Saba, gentiles que acogieron la sabiduría de Dios:

Ella vino desde los confines de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón… Ellos se convirtieron con la proclamación de Jonás.

Todos ellos se convirtieron escuchando, porque la fe nace del mensaje que se escucha (Rom 10, 17). El latín de la Neovulgata es mucho más conciso: «Fides ex auditu». La fe entra por el oído.

Ni los ninivitas ni la reina vieron nada extraordinario. Jonás era un alfeñique, un pobrecillo que no tenía dónde caerse muerto. Salomón tenía dónde caerse muerto, pero seguro que era gordo y feo. No se puede comer tanto y salir impune.

Sin embargo, tanto Jonás como Salomón hablaban palabras de Dios, y esas palabras, acogidas en el corazón, cautivaron a los ninivitas y a la reina.

No quieras ver. Más bien, escucha. Lo que ves se te impone, pero escuchar requiere atención. No imaginamos a la reina de Saba distraída mientras hablaba Salomón, después de haber hecho un viaje tan largo. Tampoco te distraigas tú durante la proclamación de la Palabra, ni durante la predicación. Escucha con atención, y creerás.

(TOI28L)

Las armas de que se fiaba

A Satanás le llama Jesús «el príncipe de este mundo». Así es, porque Adán y Eva le entregaron el dominio sobre los hombres. Y las armas de este príncipe, con las que precipita a los hombres en el pecado, son el sufrimiento, la muerte y las tinieblas.

Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su palacio, sus bienes están seguros, pero, cuando otro más fuerte lo asalta y lo vence, le quita las armas de que se fiaba y reparte su botín.

Es viernes. Medita hoy la Pasión del Señor. Y verás cómo, en el Gólgota, Jesús le arrebató a Satanás las armas de que se fiaba. Le arrebató la muerte, que hacía vivir como esclavos a los hombres, y la convirtió en el acto de amor supremo. Le arrebató el sufrimiento, que hacía desesperar a los hijos de Adán, y muriendo de tristeza convirtió el dolor en Redención. Le arrebató también las tinieblas, que confundían a los hombres, y, habiéndose ocultado el sol desde la hora sexta hasta la hora nona, Cristo crucificado llenó de luz la oscuridad, para iluminar a quienes viven entre sombras.

Después repartió el botín con nosotros. Y ahora somos reyes de la Creación.

(TOI27V)

Grandes deseos

panesUn error que cometemos muy a menudo es el de medir nuestra santificación en metros, o en kilómetros, qué sé yo. Pensamos que somos más santos cuando alcanzamos determinadas metas, y, si no las alcanzamos, le decimos al sacerdote: «¡No avanzo! ¡No avanzo!»… Olvidamos lo esencial: la santidad se obra en el corazón del hombre, y el corazón es el reino de los deseos. Las obras vienen después.

Cuando el personaje de la parábola pide tres panes a su amigo, ante la negativa del dueño de la casa, no desiste en su petición, sino que insiste con más fuerza. Y eso incrementa el deseo. Finalmente, ese deseo alcanza el bien anhelado: Os digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por su importunidad se levantará y le dará cuanto necesite.

¿Por qué no conviertes tus propósitos en plegarias? ¿Por qué, en lugar de decir: «seré manso», no imploras: «¡Señor, hazme manso!»? Apoya tu oración con una lucha firme, y, si el Señor no te concede la mansedumbre, pídela con más insistencia, deséala más. Ese gran deseo es, ya, un gran avance.

Fomenta los grandes deseos. Y Dios, después, te dará las obras.

(TOI27J)

Vive según lo que rezas

Como dos amigos que parten un trozo de pan, así, en el Padrenuestro, el hombre y Dios se reparten las plegarias. Pedimos (¡a Dios!) bienes para Dios, y pedimos, también, bienes para nosotros.

Para Dios pedimos el honor y el reino que le corresponden: Santificado sea tu nombre, venga tu reino. Puesto que eso pides en cada padrenuestro, ten cuidado, después, de vivir de forma acorde con tu plegaria. No vayas a pronunciar en tu oración esas palabras, y después vivas como quien dice: «que mi nombre sea honrado, que todos me alaben, que reine yo sobre todos, y que hagan todos lo que yo quiero». Eso sería, literalmente, un «contradiós». Quien reza el Padrenuestro debe buscar la honra de Dios con su vida, y la obediencia a sus mandatos con sus obras.

Para nosotros pedimos el perdón, el pan de los pobres, y el cuidado de los desvalidos: Danos hoy nuestro pan cotidiano, perdónanos nuestros pecados, no nos dejes caer en tentación. Si pides el pan, acude luego a comulgar con hambre. Si pides perdón, acude al sacramento donde ese perdón se derrama. Si pides a Dios que te guarde del mal, no juegues, después, tú con la tentación.

(TOI27X)