Libros de José Fernando Rey Ballesteros

Tiempo Ordinario (ciclo impar) – Página 2 – Espiritualidad digital

Tiene remedio

¿No hubieras deseado que las palabras de Jesús fuesen distintas? ¿Que, en lugar de decir, el Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres y lo matarán, hubiera dicho «el Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres y lo adorarán»? Yo también lo hubiera deseado. Pero, por desgracia, las palabras de Jesús se cumplieron tal como las dijo: fue entregado en manos de los hombres, y los hombres lo matamos. Tú y yo también; que también nuestros pecados le taladraron el corazón.

Sin embargo… ¿Nunca te has parado a pensar que tiene remedio? Porque lo tiene. Y quienes desearíamos que Jesús, entregado en manos de los hombres, fuese adorado en lugar de crucificado, aún podemos hacerlo verdad.

Míralo en la Eucaristía: sigue entregado en manos de los hombres. Tan pequeño y débil se ha hecho, que hasta para bendecir a su pueblo necesita ser llevado por las manos del sacerdote. Y, cada vez que comulgas, se pone en tus manos, indefenso. También está en tus manos en cada sagrario, pues depende, también, de ti, el que sea adorado o ignorado.

¡Cambiemos esa frase, en la medida en que podemos! ¡Adorémosle! ¡Comulguemos con fervor cada día!

(TOI19L)

Por la misma boca

Te copio estas palabras, de la carta del apóstol Santiago: La lengua nadie puede domarla, es un mal incansable cargado de veneno mortal. Con ella bendecimos al Señor y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, creados a semejanza de Dios.  De la misma boca sale bendición y maldición. Eso no puede ser así, hermanos míos. ¿Acaso da una fuente agua dulce y amarga por el mismo caño? (St 3, 8b-11). La cita es larga, pero viene a cuento. Observa a Simón:

Cuando Jesús pregunta a sus apóstoles quién es Él para ellos, Pedro profesa que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios. Y el Señor responde: Eso no te lo ha revelado la carne ni la sangre, sino mi Padre. Y, así, por boca de Simón habló Dios.

Cinco minutos después, cuando Jesús anuncia su Pasión, Pedro, asustado, le dice: ¡Lejos de ti tal cosa, Señor!Y Jesús, entonces, le reprende: ¡Ponte detrás de mí, Satanás! Eres para mí piedra de tropiezo. Ya lo ves: por la misma boca por la que habló Dios, en cinco minutos estaba hablando Satanás.

Piensa antes de hablar. Reza antes de abrir los labios. Y discierne a quién entregas tus palabras.

(TOI18J)

El gran regalo de la comunión diaria

Comulgar cada día no es un acto de virtud, ni un propósito que deba hacerse para cumplirlo con esfuerzo, ni un «grado superior» sobre la piedad del cristiano medio. Comulgar cada día es un privilegio, un regalo preciosísimo del Cielo, una señal de predilección divina.

A aquella mujer que le pedía que expulsara al demonio de su hijo, Jesús le replicó:

No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos.

Y ella reconoció, con gran humildad:

Pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos.

La Eucaristía es el pan de los hijos. Comparado con ella, un exorcismo no es sino migajas. Porque, por el exorcismo, el alma se vacía de la presencia del Malo. Pero, con la Eucaristía, se llena el alma del Bueno.

Cuando una persona comulga a diario, si lo hace con fervor y reverencia, se va convirtiendo, día tras día, en otro Cristo.

Pero si el cristiano se acostumbrara a recibir ese Pan cada día, y lo recibiese con rutina y sin fervor, estaríamos echando a los perros el pan de los hijos. ¡Dios nos libre! Y ¡líbrate tú también! ¡Cuidado con la rutina!

(TOI18X)

Final alternativo de un milagro feliz

que nada se desperdicieImaginemos un «final alternativo» del milagro de la multiplicación de los panes y los peces.

Vamos, primero, con el auténtico:

Partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente. Comieron todos y se saciaron.

Y, ahora, la distopía: «Partió los panes y se los dio a los discípulos. Y ellos hicieron lo que hace mi hermana, pero llevándolo hasta el final».

¿Y qué hace mi hermana? Cuando voy a comer a su casa, observo que vuelve de la panadería con la barra de pan mutilada; siempre falta uno de los picos, y parte del mástil. Deduzco que es incapaz de contener su hambre, y devora una ración de pan por el camino. Después, los demás tocamos a menos.

«Los discípulos comenzaron a comerse el pan entre ellos. Y la gente quedó hambrienta».

¿Imaginas un mundo de cristianos encantados con el Amor de Dios, que disfrutan con misas, rosarios y oraciones, pero no salen a la calle a hablar de Cristo a quienes no lo conocen? ¿Imaginas a los hombres muriendo de hambre en las plazas, mientras los cristianos están saciados en los templos?

¡Qué final tan terrible! ¡No lo permita Dios!

(TOI18L)

Líneas rojas

Herodes era una autoridad religiosa. Y, a su manera, era, también, una persona religiosa.

¿Cuál era «su manera»? La de muchos. Existen dos clases de personas «religiosas»: quienes se moderan en todo, menos en el amor a Dios, y quienes no se moderan en nada, salvo en el amor a Dios. Herodes era de los segundos. Con el vino y la lujuria, aquel hombre era la encarnación del desenfreno. La religión, sin embargo, la consumía «en dosis moderadas», no le fuera a perjudicar. Rezaba, pero tenía muy bien marcada una línea roja: la de su capricho. Y en esa línea estaba escrito: «Dios, hasta aquí puedes llegar. Pero, como cruces esta línea, te mato».

Y lo mató. Porque, matando a Juan, mató al Dios que le hablaba en Juan.

Juan le decía que no le era lícito vivir con ella. Así cruzó Juan la línea roja que Herodes le había impuesto a su religión. Sencillamente, le puso ante el Dios que le pedía lo que él no estaba dispuesto a darle. Y eso se paga.

Maldito desenfreno, y maldita templanza, las de Herodes. Tú, si quieres ser santo, haz lo contrario: sé templado en todo, y ama a Dios desenfrenadamente.

(TOI17S)