Libros de José Fernando Rey Ballesteros

Tiempo Ordinario (ciclo impar) – Página 2 – Espiritualidad digital

Por más que digan…

Dicen por ahí que las personas no cambian; que el temperamento con que nacemos nos acompañará a la tumba; y que la conversión no consiste en un cambio de temperamento, sino, todo lo más, en una corrección del carácter. Es decir: «Si has nacido colérico, morirás colérico. Intenta, con la ayuda de Dios, que esa cólera tuya no cause estragos en los demás».

No es verdad. Y Juan me da la razón. La gracia cambia a las personas, si se dejan.

Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir, porque no viene con nosotros.

Éste es el Juan anterior a la Cruz. El mismo que quiso incendiar una aldea de samaritanos. El mismo que pretendía, sin merecerlo, sentarse a la derecha de Jesús en su reino.

Nada tiene que ver ese Juan con el alma contemplativa que se abismó ante el costado abierto del Señor en la Cruz; ni con el discípulo amado que creyó en silencio ante el sepulcro vacío; ni con el apóstol que apoyaba su cabeza en el pecho del Maestro; ni con el autor del cuarto evangelio.

Sí. La gracia cambia a las personas… si se dejan.

(TOI07X)

Pequeño entre los pequeños

A Dios debería corresponder el lugar más alto entre los hombres. Y, sin embargo, en cada Eucaristía, cuando el sacerdote extiende las manos sobre un trozo de pan y un poco de vino, el Señor desciende al altar, se oculta bajo esas apariencias tan humildes, y se hace presente como el más pequeño de todos. Incluso el niño que, en brazos de su madre, llora y rompe el silencio de la asamblea, se hace notar más que Él. Él calla, duerme, se postra, y hasta para entrar en el cuerpo de sus discípulos tiene que ser llevado allí por las manos del sacerdote. Mirad al Omnipotente, tratado como un inválido. ¿Hay alguien más pequeño que Él en la asamblea? Y, sin embargo, ¿existe alguien mayor que Él?

Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos.

Si nos dejáramos sobrecoger por este misterio, si comulgásemos bien, saldríamos de la iglesia tan empequeñecidos que nada desearíamos sino postrarnos a los pies de nuestro prójimo, a fin de ocupar el sitio que Él ha ocupado ante nosotros. Y no desearíamos aparentar ni brillar ante los hombres, sino, solamente, servir.

Pero ¿nos sobrecogemos en cada Eucaristía?

(TOI07M)

Secretos

La vida interior consiste en tener secretos con Dios. Cuando existe unión interior entre el alma y su Señor, se crea una intimidad amorosa en la que Creador y criatura se comunican ternuras y delicias que quedan en lo escondido. Tan secretas son, que sólo en lo profundo del alma quedan impresas. Y uno no puede hacer otra cosa, para referirse a ellas, que llevarse la mano al pecho y callar. «Secretum meum mihi».

La muerte interior consiste en tener secretos con los demonios. Intenciones perversas, dobleces, deseos infames que se ocultan para no perjudicar la «buena imagen» que uno quiere preservar ante los hombres. En ocasiones, esos secretos se le ocultan incluso al confesor, disfrazando maldades ocultas con palabras genéricas y eufemismos perfumados que salvan, a duras penas, la tranquilidad de la conciencia.

Tiene un espíritu que no le deja hablar; y, cuando lo agarra, lo tira al suelo, echa espumarajos, rechina los dientes y se queda rígido.

Quienes tienen secretos con los demonios sufren una tensión interior que no les deja vivir. Quienes tienen secretos con Dios gozan de una paz que es manantial de vida eterna.

Elige bien a quién quieres confiar el secreto de tu alma.

(TOI07L)

Escucha

La fórmula con que los niños hispanohablantes aprenden el primer mandamiento de la Ley de Dios deja mucho que desear: «Amarás a Dios sobre todas las cosas». Es un resumen bastante deficiente del precepto escrito en el Deuteronomio: Escucha, Israel: El Señor es nuestro Dios, el Señor es uno solo. Amarás, pues, al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas (Dt 6, 4). Por tanto, la Ley de Dios comienza con esta palabra: Escucha.

Sobre el Tabor, Yahweh renovó, de forma misteriosa, ese primer precepto cuando, ante su Hijo transfigurado, dijo: Este es mi Hijo, el amado; escuchadlo. Y es que, en Cristo, Dios ha dicho todo lo que tenía que decir al hombre.

Hoy, sábado, parece que la Tierra hubiera escuchado a ese Verbo consumido hasta el silencio en la Cruz, y que guardara en sus entrañas a esa Palabra que yace, dormida, en el sepulcro. Mañana, domingo, será la propia Tierra la que, al abrirse el sepulcro, despegue sus labios para gritar la Palabra, anunciada ya como Palabra de vida.

Haz como ella, haz como María: guarda hoy la Palabra en tu corazón, y grítala mañana con tu vida.

(TOI06S)

Define «Mesías»

La mitad de un 10 es un 5. Y, en los estudios, con un 5 se aprueba. Démosle un aprobado «raspado» a Simón Pedro, porque, de dos preguntas, acertó la primera y falló en la segunda.

La primera es ésta: ¿Quién decís que soy? Y, si hubiera sido la única, Pedro habría sacado un diez en toda regla. No se puede responder mejor: Tú eres el Mesías.

La segunda es ésta: «Comenta la frase: “El Hijo del hombre tiene que padecer mucho”». Y, allí, Simón se cayó con todo el equipo: Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo. El reproche del Señor fue demoledor: ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!

Entre las dos preguntas, una pregunta intermedia habría sacado a la luz el error: «De acuerdo, soy el Mesías. Pero ¿qué significa “mesías” para ti?».

Entonces, Simón habría respondido como el mal ladrón, quien también apeló a Jesús como Mesías: «Mesías es el que viene a librarnos del sufrimiento, el que nos bajará de la cruz».

Aún no había entendido Pedro que el Mesías no vendría a bajarnos de la cruz, sino a subir Él a la Cruz, para llenar de vida eterna nuestros dolores.

(TOI06J)