El Mar de Jesús de Nazaret

Tiempo Ordinario (ciclo impar) – Página 2 – Espiritualidad digital

Haz bien lo que haces

De todas las alabanzas que las gentes le dedicaron a Jesús en los evangelios, quizá la más elocuente sea ésta:

Todo lo ha hecho bien.

No ensalzaban al Señor por haber hecho muchas cosas, sino por haber hecho, precisamente, las que debía, y haberlas hecho bien.

Ojalá vivieras así. No quieras hacer muchas cosas, ni prodigarte en obras buenas, no vaya a ser que acabes buscando acumular alabanzas para ti. Discierne en tu oración, y en la dirección espiritual, qué obras te está pidiendo Dios que hagas, y aplícate a ellas con dedicación y amor, sabiendo que son tu homenaje al Señor.

Si eres padre, sé un buen padre. Si esposa, una buena esposa. Si abuela, la mejor abuela. Haz tu trabajo con perfección, como quien trabaja para el Dios a quien ama. Si estás enfermo, sé un buen enfermo. Y, si estás en la cárcel, sé un buen preso. Con tus amigos, sé un buen amigo. Y, si vas a un restaurante, sé un buen comensal.

¿Ves? No hace falta inventarse proezas. Convierte en proeza la tarea sencilla que Dios te ha encomendado. Y así, cuando digan de ti: «¡qué bien lo hace!», alabarán a Dios por causa tuya.

(TOI05V)

Purifica el corazón

Sin que lo busques, te asaltan pensamientos terribles: insultos, blasfemias, obscenidades, desesperación… En ocasiones, vienen a ti en los momentos más sagrados: cuando estás en la iglesia, o en la fila para comulgar. Sabes que no pecas, porque no los buscas. Y, cuando los sufres, rezas para dirigir el pensamiento a Dios. ¡Bien hecho!

Pero no te conformes. Todo eso que viene a tu pensamiento son residuos de batallas libradas que han quedado en el fondo del corazón, como quedan los cadáveres en el campo de batalla después de la lucha. Son impurezas que se han ido acumulando, y que debes limpiar.

De dentro, del corazón del hombre, salen los pensamientos perversos. Todas esas maldades salen de dentro y hacen impuro al hombre.

No te ensuciarán mientras no consientas. Pero, si purificas bien el corazón, te librarás, en gran parte, de esos pensamientos.

Sé alma eucarística. Lleva el corazón al sagrario. Visita cada día a Jesús sacramentado, y procura que esas visitas sean las propias de un enamorado. No te conformes con mascullar oraciones; prodígate en actos de amor, emociónate. Y, poco a poco, ese corazón tuyo dejará de emanar pestilencias y, en su lugar, perfumará el pensamiento con jaculatorias.

(TOI05X)

Corbán

Muchos de vosotros colaboráis con actividades parroquiales, y ayudáis –debéis hacerlo– al sostenimiento económico de vuestra parroquia.

Dios os pagará el tiempo y dinero que tan generosamente dedicáis a su Viña. Pero no perdáis de vista, jamás, estas palabras que dice el Señor a los fariseos, para que nunca merezcáis escucharlas de su boca:

Vosotros decís: «Si uno dice al padre o a la madre: “los bienes con que podría ayudarte son ‘corbán’, es decir, ofrenda sagrada”», ya no le permitís hacer nada por su padre o por su madre.

Encerrarse en la familia sería negar vuestra vocación de ser sal de la tierra. Pero también supondría un pecado gravísimo refugiarse en la parroquia para no afrontar las obligaciones familiares.

Lo mejor es que no haya conflicto. Pero, si lo hubiera, nunca deis a la parroquia lo que debéis darle a la familia. Si tenéis que elegir entre darle tiempo a la parroquia o dárselo a vuestra familia; o entre aportar dinero a la parroquia y mantener a la familia, debéis elegir la familia. Aunque el párroco se enfade. Y lo escribe un párroco.

Porque, cuando Dios os llame, la primera pregunta que os hará no será sobre vuestra parroquia.

(TOI05M)

El pobre tío Gerardo

Busca una camilla, prepárala, ponla al lado de la cama, busca a quien te ayude con el tío Gerardo, que pesa 120 kilos, súbelo a la camilla, busca a quienes se presten a llevar la camilla con el tío Gerardo encima durante kilómetros, ábrete paso entre las demás camillas sin que se te caiga al suelo el tío Gerardo, y que tengas la suerte de que, para cuando logres todo eso, Jesús no se haya marchado.

¿Te das cuenta de la cantidad de historias como ésta que caben en una frase del Evangelio?:

Se pusieron a recorrer toda la comarca; cuando se enteraba la gente dónde estaba Jesús, le llevaban los enfermos en camillas.

Ahora dime qué es lo que no funciona. Tú te has enterado de dónde está Jesús. Sabes que se encuentra encerrado en el sagrario de tu parroquia, y que se derrama a través de las manos del sacerdote en el confesonario. Tienes, junto a ti, en tu bloque de vecinos, en tu lugar de trabajo, en tu familia, o en tu grupo de amigos, multitud de enfermos de alma que viven sin Dios.

Ya sé que vas a misa. Pero… ¿Cómo es posible que vayas solo?

(TOI05L)

Los frutos de tu apostolado

Si tienes celo de almas (y, si no, pídeselo a Dios), serás apóstol. Y, si eres apóstol, si no puedes callar el nombre de Cristo y sales al encuentro de quienes no lo conocen para anunciarlo, verás frutos. No todos los que quisieras, que ya se encarga Dios de evitarte esa tentación de vanidad; pero también, para que no te desalientes, te concederá el Señor ver algunos frutos de tu apostolado.

Cuando eso suceda, recuerda siempre que no has sido tú quien lo has logrado. Y no cometas el error –¡el pecado!– de hablar de esos frutos con tus amigos, como quien, bajo capa de piedad, presume de sus «habilidades apostólicas».

Los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús, y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado.

Aprende de ellos: Si quieres hablar de los frutos de tu apostolado, habla con el Señor. Cuéntale todo lo que has dicho y todo lo que has visto. Dale gracias porque te ha permitido contemplar sus maravillas en otras almas, y porque se ha servido de ti para obrarlas. Y dile que, al igual que te alegras con esos frutos, también quieres estar dispuesto, por él, al fracaso y a la persecución.

(TOI04S)