Evangelio 2020

Fiestas del Señor – Espiritualidad digital

¡Alzad los dinteles!

Dice el salmo que rezamos hoy en la santa Misa: ¡Portones!, alzad los dinteles, que se alcen las puertas eternales: va a entrar el Rey de la gloria.

Los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor. Pero las puertas del templo de Herodes no necesitaron alzar sus dinteles, porque el Rey de la gloria era tan pequeñito que apenas le pesaba a la Madre que lo llevaba en brazos. Tan pequeñito, tan pequeñito era, que apenas nadie se percató de que Dios tomaba posesión de su templo.

Otros dinteles se alzaron: el corazón del anciano Simeón se dilató en divino asombro, y fue consagrado por el Dios que entraba a través de sus ojos, de esos ojos que han visto a tu salvador. Y el corazón de Ana, dilatado ya por ayunos y oraciones, se expandió para dar cobijo al gozo desbordante del liberador de Jerusalén.

Comulga bien en este día. Porque el Rey de la gloria entrará en tu alma y la consagrará en Amor. Pero irá tan pequeñito como esa Hostia diminuta que comulgas. Alza los dinteles, dilata el corazón para que entre y tome posesión, como Señor, de todo cuanto hay en ti.

(0202)

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Un intercambio de corazones

Cuando el Señor rezaba los salmos, ¿qué sentido tenían, en sus labios, palabras como éstas: Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado. Pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado. Contra ti, contra ti solo pequé, cometí la maldad en tu presencia (Sal 50, 3-6)?

Ante las aguas del Jordán, Juan interrogó a Jesús por el mismo misterio: Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí? ¿Cómo recibirá el Dios tres veces santo un bautismo de penitencia instituido para el pecador?

La respuesta la había dejado escrita el Profeta Isaías cientos de años antes: Nuestro castigo saludable cayó sobre él, sus cicatrices nos curaron (Is 53, 5).

Cargado con mis pecados, como si fueran suyos, pidió Jesús perdón al Padre por la maldad que yo había cometido. Porque Él rezó aquel salmo, puedo yo rezar éste: Hazme justicia, Señor, que camino en la inocencia (Sal 26, 1). Porque Él fue bautizado, el Bautismo ha sanado mi alma. Porque Él subió mis culpas a su Cruz, mi cruz, que ya es la suya, me lleva a mí al Cielo.

(BAUTSRA)

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Jesús… Jesús…

Hace ya diez días que llegamos a Belén, y no nos hemos cansado de mirar al Niño Dios. Pero ha sido tanta la alegría, tan dulce su silencio, tan preciosa la mirada de sus ojos, que sólo ahora caemos en la cuenta de que no nos lo han presentado. Sé que es una formalidad, porque «parece» que nos conociéramos de toda la vida, pero las formas son importantes.

Se llama Jesús. En este 3 de enero, despierta la Iglesia de su embeleso, y hace las presentaciones con la fiesta del santísimo nombre de Jesús.

Jesús… Jesús… Es buena oración pronunciar con cariño su nombre, y paladearlo como se saborea la miel en los labios, porque, al hacerlo, se llena de dulzura y amor el corazón. Te sugiero una forma de guardar, durante el día, la presencia de Dios: lleva un crucifijo en el bolsillo, y, discretamente, tómalo en la mano y apriétalo mientras pronuncias, en voz bajita: Jesús… Jesús… Encontrarás gran consuelo, y crecerás en amor.

Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Porque «Jesús» significa «Dios salva». Y de tus pecados ha venido a salvarte. Otro motivo para que te alegres cuando pronuncies «Jesús».

(0301)

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Si las casas hablasen…

Mira la veleta, tan deslumbrante, tan campanuda, tan engreída… Desde lo más alto de la casa, proclama a los cuatro vientos su superioridad, aunque ella misma es esclava de los vientos: «Soy rey. Estoy en la cumbre». Las ventanas, balcones y columnas, como alucinadas por el esplendor de la veleta, la miran y tiemblan, unos de miedo, y otros de admiración.

Los cimientos callan. En lo más bajo, pisados, ignorados y despreciados, habitan en lo escondido y sostienen el peso del edificio. Poco les afecta el cacareo de la veleta y el desvarío de los vientos. Un día, cuando el estúpido gallo de oro esté pronunciando su más ampuloso discurso, les bastará un leve movimiento, y toda la casa temblará, caerá la veleta y se romperán los cristales. Las piedras que estén asentadas sobre los cimientos serán arrancadas de esta tierra y llevadas al cielo por quien, desde abajo, todo lo sostenía en silencio.

Si tú eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo. Podéis burlaros de quien ahora calla. Pero no hay más rey que Él. Apoyad en Él vuestra vida, y viviréis para siempre. Seguid soñando que sois dioses, y, cuando Él despierte, moriréis sin remedio.

(XTOREYC)

Solamente…

Todos los años, cuando llega la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, me entretengo mirando una estampa que pintó san Rafael Arnáiz. En ella, el Crucifijo lo llena todo. Es un Cristo muerto; sereno, entregado, como el de Velázquez, aunque su rostro está descubierto y radiante. De fondo, una noche serena, la que cubrió la tierra desde la hora sexta, y unos montes que se divisan desde la altura, porque el Calvario es el monte más elevado de la tierra. Recuerdo haber visto así los montes cuando ascendí al Sinaí.

Debajo de la Cruz, y con un tamaño diminuto, un monje trapense se encuentra arrodillado, baja la cabeza y oculta por la capucha. Está inmerso en una profunda adoración. Y, como pie de la imagen, una frase: «Solamente Dios. Solamente la Cruz de Cristo…».

No hace falta nada más para rezar en este día. El «fuera de campo»: lejos de allí, los hombres se afanan y se inquietan por mil cosas que a nada los llevan. Ríen, lloran, compran, venden… y mueren. El enamorado, sin embargo, derrama su vida a los pies de la Cruz, y ya no desea nada más. Solamente Dios, solamente la Cruz de Cristo.

(1409)