Libros de José Fernando Rey Ballesteros

Fiestas del Señor – Espiritualidad digital

Solamente…

Todos los años, cuando llega la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, me entretengo mirando una estampa que pintó san Rafael Arnáiz. En ella, el Crucifijo lo llena todo. Es un Cristo muerto; sereno, entregado, como el de Velázquez, aunque su rostro está descubierto y radiante. De fondo, una noche serena, la que cubrió la tierra desde la hora sexta, y unos montes que se divisan desde la altura, porque el Calvario es el monte más elevado de la tierra. Recuerdo haber visto así los montes cuando ascendí al Sinaí.

Debajo de la Cruz, y con un tamaño diminuto, un monje trapense se encuentra arrodillado, baja la cabeza y oculta por la capucha. Está inmerso en una profunda adoración. Y, como pie de la imagen, una frase: «Solamente Dios. Solamente la Cruz de Cristo…».

No hace falta nada más para rezar en este día. El «fuera de campo»: lejos de allí, los hombres se afanan y se inquietan por mil cosas que a nada los llevan. Ríen, lloran, compran, venden… y mueren. El enamorado, sin embargo, derrama su vida a los pies de la Cruz, y ya no desea nada más. Solamente Dios, solamente la Cruz de Cristo.

(1409)

La frase del verano

No sé si Pedro, desde el cielo, estará muy de acuerdo con la traducción moderna de sus palabras:

Maestro, ¡qué bueno es que estemos aquí!

¿Alguno de vosotros dice: «qué bueno es que estemos aquí»? La traducción anterior se entendía mejor: ¡Qué bien se está aquí!

Esa frase, además, es la más repetida del verano. ¿Cómo no entenderla? Ocho de la tarde, terraza de un bar, a la sombra. Llega una cerveza en copa helada. Y, después del primer sorbo, dice Mariano: «¡Qué bien se está aquí!». Doce de la mañana. Sale Benita del agua. Se extiende, cuan larga es, en su toalla, al sol, y dice: «¡Qué bien se está aquí!». ¿Lo ves? Es la frase del verano.

Y eso que la gente no conoce lo mejor. Por la mañana, a primera hora. O por la tarde, cuando atardece. Entras en la iglesia, te arrodillas ante el sagrario, lo miras con todo el amor de tu alma, Él te mira desde el tabernáculo… Y le dices: «¡Qué bien se está aquí!».

La cerveza y la playa están muy bien. Pero, si no descansa también el alma, me parece un pobre verano el tuyo. No te prives de lo mejor.

(0608)

Llanto y consuelo de Dios

sagrado corazón«Anoche, soñando, he visto a Dios llorando, jamás lo olvidaré»… Recuerdo esta canción desde mi niñez, cuando la escuché en una de aquellas cintas de casete que mi padre llevaba en el coche. Las palabras «Dios» y «llorando», al chocar entre sí en mi cabeza, hacían saltar chispas. ¿Dios llora?

¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas y pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento.

La fiesta del sagrado corazón de Jesús celebra a un Dios que llora y ríe. A este Dios pastor, cuando se le descarrió el hombre, se le salió el corazón del pecho en busca de su oveja perdida. El Hijo, inflamado por el Espíritu, es el corazón de Dios. Y, habiendo salido del pecho de la Trinidad, se hizo hombre, y adoptó un corazón humano, capaz de reír y llorar.

No tengo que soñar para ver a Dios llorando; yo le hice llorar. Sus lágrimas me han redimido. Por el mismo motivo, también sé que le puedo consolar. A esa tarea quisiera dedicar el resto de mis días.

(SCORJC)

El Pastor en la custodia

Me han preguntado si no será irreverente detener la procesión del Corpus en la plaza del centro comercial a la una y media de la tarde, mientras cientos de personas están sentadas en las terrazas de los bares tomando el aperitivo, y realizar allí una estación a Jesús sacramentado.

No es irreverente, es maravilloso. Porque es precisamente allí, donde los hombres comen y beben, donde debemos mostrarles el Pan de vida, el alimento que sacia sin cansar. Cuando elevo la custodia sobre todas esas mesas y todas esas gentes, me siento el más distinguido de los camareros. Miro a mi alrededor, y veo cómo algunos se levantan de las sillas, dejan aparte cerveza y calamares, y se santiguan con reverencia. Otros, ya sabe usted, otra de gambas y qué pesados son los curas.

Pero en todos queda el recuerdo. Y, en quienes quieran aceptarlo, el mensaje de que a Cristo le importan, y así ha querido abandonar el sagrario para ir Él a donde están los que no van donde está Él. En la custodia lo siento como un pastor que sale a buscar a las ovejas perdidas.

¡Sal con Él! No faltes hoy a la procesión del Corpus Christi.

(CXTIC)

La oración como tertulia

En España, la palabra «tertulia» se hizo famosa desde el siglo XIX. Escritores, médicos, o intelectuales se reunían para hablar de asuntos en los que todos tenían interés. Se hablaba por el gozo de hablar y de intercambiar opiniones. Yo mismo, que no soy tan mayor, en mis tiempos universitarios asistía, regularmente, a una tertulia en un famoso café de Madrid junto a otros estudiantes. Llegábamos a las tres de la tarde, y, en ocasiones, salíamos ya de noche. Algunos sábados nos reuníamos más de veinte, y, otros, menos de diez. Pero nos hubiera bastado con tres: lo que para dos es diálogo, con tres se convierte en tertulia.

Está bien que, en tu oración, hables con Dios. Pero Dios y tú sois dos. Aún no has descubierto la oración como tertulia.

El Espíritu de la Verdad hablará de lo que oye. Recibirá de lo mío y os lo anunciará. Todo lo que tiene el Padre es mío.

Abre los ojos, que sois cuatro en oración, no dos. Habla con el Padre («Papá»), habla con el Hijo («Jesús»), y deja que el Espíritu te acerque sus palabras para que escuches. Disfruta, en tu oración, el placer de una maravillosa tertulia.

(SSTRC)