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Fiestas del Señor – Espiritualidad digital

Descansos y tentaciones

Para un cristiano, la vida es travesía. Y, aunque el propio Cristo es el camino, no es camino fácil, porque asciende a lo alto del Calvario para alcanzar la puerta de la Cruz y entrar, a través de ella, en el reino de Dios. Nos da fuerzas el Amor que nos acompaña, pero atravesamos dolores, cansancios, enfermedades, tinieblas, persecución…

En su infinita bondad, también quiere el Señor darnos, de cuando en cuando, un descanso, un tramo del sendero en el que todo está en calma: los niños, bien; la salud, bien; los afectos, apaciguados… Lo necesitamos para seguir adelante.

No culpemos mucho a Pedro. Es comprensible que, en esos momentos de descanso, aparezca también la tentación:

Maestro, ¡qué bueno es que estemos aquí! Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.

El bueno de Simón hubiera estado dispuesto a dormir en el suelo, con tal de quedarse en el Tabor.

Cuando bajaban del monte… Pero no puede ser, Simón. Aún no hemos llegado a casa; debemos seguir caminando.

Agradece los momentos de descanso que Dios te dé durante la vida. Disfrútalos dando gracias… pero no te apegues a ellos. Aún estamos de camino.

(0608)

La lanza que se clavó en Dios

corazón de jesúsNi por asomo podía sospechar aquel soldado la verdadera hondura del golpe que asestaba con su lanza. ¿Cómo saber que aquel corazón humano guardaba dentro todos los tesoros del Amor divino?

Y al punto salió sangre y agua. Esa sangre y esa agua derramaban sobre la tierra toda la misericordia que Dios almacenaba en tan precioso odre para entregársela a la Iglesia, y para que la Iglesia la entregase generosamente a los hombres.

Decimos, cuando en alguien percibimos sentimientos nobles, que tiene «un gran corazón». Incluso añadimos que «no le cabe en el pecho». Pero hay algo mejor, mucho mejor que un gran corazón, y es un corazón roto, un pecho abierto, y un amor derramado.

¡Oh, Jesús! Miro tu cuerpo como un odre que se vacía, y todos los amores de este mundo me parecen nada, y menos que nada. Sólo Tú me has amado, y las criaturas que me quieren no hacen sino señalarme tímidamente el Crucifijo. Y cuando bebo del Cáliz precioso que pusiste en mis manos, me parece que aplico los labios al caño de tu costado y me sacio sin saciarme de esa fuente que jamás se agota.

No hay más amor que el Amor.

(SCJB)

Un buen día para salir

Cuando Jesús entró en Jerusalén, lo hizo montado en un borrico. Aquella aparición tan humilde sacó de sus casas a los vecinos, y las calles se llenaron de aclamaciones. Jesús se dejó aclamar, y recibió aquellas alabanzas que honraban a su Padre y lo honraban a Él.

Tomad, esto es mi cuerpo. Hoy, ese mismo Jesús recorrerá las calles de tu barrio, de tu pueblo, o de tu ciudad. No es un borrico su trono, sino la pobre apariencia de un trozo de pan. Pero, bajo esa apariencia tan humilde, es su Cuerpo el que recorre tus calles.

No es buen día para que te quedes en casa. Tienes que mostrarle al Señor cuánto lo amas, y tienes, también, que hacer profesión pública de tu fe.

Fíjate cómo llenan la estatua de La Cibeles los seguidores del Real Madrid cuando su equipo gana un trofeo. No parece que les dé vergüenza, ¿verdad? Ni tampoco parece que les pueda la pereza cuando están jubilosos por el triunfo.

¿Vas a avergonzarte tú del triunfo de Cristo? ¿Va a retenerte en casa la pereza cuando el Amor de Dios invade las calles?

No. No es buen día para que te quedes en casa.

(CXTIB)

Ahogado en Ti

SantisimaTrinidadCuando tengo tu nombre en mis labios, te saboreo a Ti.  Decir «Jesús» es mi manera de besarte. Tu nombre eres Tú en mi boca; como una forma de comulgar en el aliento.

«Bautismo» significa inmersión. Cuando fui bautizado, me bañé en Ti. Me cubriste como el agua cubre a la esponja, llenándome de Ti por dentro mientras me abarcabas.

Id y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Ser sumergido en tus nombres, Dios Trino y Uno, significa vivir hundido en Ti. Y, también, ahogarme en Ti y de Ti llenarme.

Digo «Papá», y digo «Jesús», como quien respira. Es Él quien lo dice en mí. Yo, tan sólo, tomo Aire, y ese Aliento de Amor y Vida forma palabras dentro de mí que yo desconozco. Son palabras dulces, inefables. Ahora escribo como un idiota, soñando con formar letras que dejen escapar el brillo que encendiste en mí… Pero son solamente borbotones. En realidad, no estoy escribiendo nada.

Papá… Jesús… ¡Es tan sencillo rezar! Porque no hay que rezar, sino dejarse rezar. Él reza al Padre y al Hijo, y yo sólo me ahogo mientras soy vivificado.

(SSTRB)

El que vive vuelto hacia Dios

Cuando Jesús, antes de padecer, consagró por primera vez el pan y el vino, dijo, mientras entregaba el cáliz a los apóstoles: Esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos. Mira que no dijo «para muchos», sino por muchos. Esa sangre estaba ofrecida a Dios por la redención del hombre.

Cada vez que un sacerdote celebra la Eucaristía, consagra Jesús el pan y el vino. Es Él quien consagra, no el pecador que recibió la unción de manos del Obispo. La carne de ese pecador, junto a su alma, han sido expropiadas e invadidas por Cristo. Y están ofrecidas junto al Pan y Vino consagrados.

El sacerdote es aquél que vive vuelto hacia Dios. Está ofrecido y entregado a Él por ti; es otro Cristo. No te pertenece; le pertenece sólo a Dios. Su celibato es ofrenda que arranca desde el corazón y abarca hasta la última de sus células. Por eso, se deja comer por ti cuando acudes a él buscando el perdón de tus pecados, el Pan de vida, la efusión del Espíritu, o la luz que necesitas en tu camino. Pero recuerda que ese hombre es de Dios. Cómelo con gratitud, como comulgas.

(XTOSESB)