Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

Fiestas del Señor – Espiritualidad digital

Bastaría con no tener miedo

La fiesta del Sagrado Corazón de Jesús es la fiesta del Amor de Dios, el día en que celebramos que Cristo me ama. Así, en singular.

Sin embargo, no nos lo acabamos de creer. Lo creemos, la noticia está en la cabeza, pero no la acabamos de asimilar, no «nos lo hemos tragado». Nos cuesta aceptar que seamos tan amados, quizá porque en el fondo sabemos que no lo merecemos. No hablo sólo por mí, son muchos años de confesonario. Cuando Cristo te dice que te ama, algo dentro de ti responde, desde lo más profundo: «¿A míiiiiii?».

También nos cuesta creerlo porque quienes dijeron amarnos nos hicieron daño. Y nos defendemos de cualquiera que nos ame, nos da miedo darle las llaves de nuestro corazón y, con ellas, el derecho a herirnos. Tememos que, si nos dejamos amar por Dios, nos quite todo, nos complique la vida y nos arruine. «¡Con lo que han sufrido los santos! ¡Cualquiera se arriesga!».

Al final, nos perdemos lo mejor. Si de verdad creyéramos que Dios es bueno y nos ama, bajaríamos las defensas, nos dejaríamos abrazar por Él, y seríamos las personas más felices de la tierra.

Bastaría con no tener miedo.

(SCJA)

El Dios que se deja comer

Es curioso cómo el verbo «comer» forma parte del lenguaje del amor. ¿Acaso besar no es una forma sublimada del comer? «Te comería a besos» no es frase que suene extraño. ¿Y no dice una mamá de su bebé: «Está para comérselo»? Supongo que psiquiatras, psicólogos y antropólogos podrán explicar eso. Yo pienso que tras esas frases se esconde el afán de hacerse uno, también corporalmente, con el ser amado. Es un deseo profundo de unión.

Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él.

Nadie ha llevado más lejos ese lenguaje, ni lo ha empleado con tanto atrevimiento como Jesús. Los judíos se escandalizaron, porque, para ellos, la salvación dependía del cumplimiento de la Ley. Pero el primer mandato de esa ley era amar a Dios, y un ser de carne no puede amar a quien no puede tocar, ni besar, ni abrazar. No somos ángeles.

Gracias al milagro de la Eucaristía, podemos amar a Dios. Y comérnoslo a besos. Y hacernos uno, también corporalmente, con Él. Y sacarlo a las calles para que todos sepan que Dios se deja amar.

(CXTIA)

El rostro de Dios

En 2020 (¿recordáis?), las mascarillas cubrían todos los rostros, dejando a salvo solamente los ojos. Pero cuando, en la santa Misa, llegaba el momento de la comunión, los fieles tenían que retirarse la mascarilla para consumir la sagrada forma. Y yo me alegraba muchísimo, era una epifanía, volvía a ver el rostro de mis feligreses.

Moisés pidió a Dios que se quitara la mascarilla, y Dios dijo que nones, que le permitiría ver su espalda, pero no su rostro. Moisés vio la espalda de Dios.

Pero, en Cristo, Dios se quitó la mascarilla y nos mostró su rostro. Su triple rostro:

Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna.

El Padre que me ha creado para que viva, y que está dispuesto a entregar a su Hijo para salvarme.

El Hijo, Dios junto a mí, que se entrega a la muerte por mí.

Y el Espíritu… ¿Dónde está el Espíritu? En la segunda palabra: «Amó». Es el Amor de Dios dentro de mí, el consuelo de mi alma.

Contemplad ese rostro de Dios, alegraos en Él y decidle: «Dios mío, qué grande eres».

(SSTRA)

Un hombre envuelto en debilidades

Confiando en que su eminencia, mi querido obispo, no esté leyendo estas líneas, haré una confesión comprometida. Confieso que, en algunas ocasiones, durante alguna celebración en la catedral de mi diócesis, me he quedado dormido durante la homilía. No me deja bien esto. Y no es culpa de su eminencia. Es que llego cansado y, como me recojo en oración profunda, experimento una especie de suspensión sensorial. Incluso sueño y todo. Sueños santos. Pero sólo en la homilía. Jamás me he dormido en la Plegaria.

¿No habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu está pronto, pero la carne es débil. El Señor ha elegido, para perpetuar su sacerdocio, a hombres débiles, de carne, capaces de caer dormidos cuando más necesario sería que estuvieran en vela.

No esperes, del sacerdote, una perfección que tú tampoco tienes. Espera de él que esté muy unido a Jesucristo por un amor fuerte, tierno y fervoroso. Porque, a pesar de su debilidad, el Señor podrá servirse de ese amor para derramar en ti su gracia a través de él.

Respecto a su flaqueza… Pide por él, que también él quisiera estar a la altura.

(XTOSESA)

La primera comunión de la Historia

Es gracioso (porque es gracia) cómo se solapan los ciclos litúrgicos. Sumergidos, como estamos, en lo más profundo de la Cuaresma, se abre hoy un paréntesis y comienza la cuenta atrás para la Navidad. Nueve meses a partir de hoy. Porque hoy, a través del anuncio del ángel, siembra Dios en las purísimas entrañas de María, la tierra buena, la semilla de su Hijo encarnado.

He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra. No cabe más docilidad. Dieciséis siglos después, esas palabras virginales encontrarían eco en los versos de santa Teresa de Jesús: «Vuestra soy, para Vos nací. ¿Qué mandáis hacer de mí?»

Es la primera comunión de la Historia. El mismo cuerpo que cada día comulgamos fue recibido en las entrañas de la Virgen. Ella fue el primer sagrario. Podríamos saludar al Hijo de Dios con una reverente genuflexión ante santa María encinta. Hoy quiero yo hacer esa genuflexión.

Pero no olvidemos que también en nosotros siembra Dios su semilla, su palabra pronunciada y escuchada cada día. Acojámosla con la misma devoción con que acogió la Virgen en su seno al Hijo de Dios. Y también nosotros, salvadas todas las distancias, seremos madre de Cristo.

(2503)

Las bodas del Cordero

Llamamos a esta fiesta, también, «la candelaria». Porque los fieles entran en el templo portando candelas encendidas en las manos. Y esa entrada nos recuerda a la parábola de las vírgenes prudentes, que entraron al banquete junto al esposo con las velas encendidas.

Porque esta fiesta de la Presentación del Señor es, también, fiesta de bodas, misterio esponsal.

Y cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo acostumbrado según la ley

¿Ves cómo entra el Señor en su templo? Igual que el esposo, tras la boda, entra en el santuario de la esposa y lo fecunda, alumbrando en su seno una vida nueva, así entra Cristo en el tabernáculo, fecundándolo con el sacrificio de dos tórtolas que anuncian la próxima efusión de la sangre del Cordero.

Tú eres el templo. Tú eres la esposa. Y Cristo entra en ti, en lo profundo de tu alma, por la efusión de su gracia, anunciada en la sangre y el agua manadas de su costado. Esa sangre y esa agua, esa gracia divina, te fecunda y te santifica, te hace partícipe de la vida divina y te convierte en hijo de Dios.

Es tu boda la que celebramos.

(0202)

Él es, yo no soy

Pensábamos que se había marchado, y aquí lo tenemos de vuelta. Juan Bautista, el profeta del Adviento, es también el Heraldo en Navidad. Él es el dedo que señala al Mesías:

Los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a que le preguntaran: «¿Tú quién eres?» Él confesó y no negó; confesó: «Yo no soy el Mesías».

Es importante anotar que estas palabras figuran en el evangelio según san Juan. Porque, en ese evangelio, Jesús se referirá a sí mismo repetidas veces con las palabras que escuchó Moisés ante la zarza: «Yo soy». Es una declaración velada de su divinidad.

Juan, sin embargo, dice: «Yo no soy». Él es, yo no soy. En otras palabras: Él es Dios; yo, sin Él, no soy nada.

Recordémoslo, porque ni tú ni yo somos el Mesías. Somos unos pobres hombres que apenas podemos hacer un poco de bien a unas pocas personas. Y que tantas veces, queriendo arreglar algo, lo estropeamos todo.

No te empeñes en salvar a nadie, que no puedes. Ni siquiera puedes salvarte a ti mismo. Haz lo que el Bautista: habla de Jesús, señálalo, muéstralo a los hombres para que acudan a Él y Él los salve. Él es.

(0201)

“Misterios de Navidad

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