Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

Fiestas del Señor – Espiritualidad digital

El reinado silencioso del que espera

Que Cristo esté callado no significa que no reine. Vivimos en el ojo de un huracán. Este silencio aparente de Dios debería mantenernos en vela.

Vino el Hijo de Dios a la Tierra, hizo de una cruz su trono y conquistó un reino entregado hasta entonces a los demonios. Cuarenta días después de resucitar, ocupó su lugar a la derecha del Padre, y dejó a la Tierra sumida en el silencio de un prolongado y misterioso Sábado Santo.

Los hombres mienten, y el Cielo guarda silencio. Matan, y el Cielo guarda silencio. Blasfeman, y el Cielo guarda silencio. Roban, y el Cielo guarda silencio. El mal se extiende, y el Cielo guarda silencio. ¿Dónde está hoy su reinado? ¿Qué está sucediendo?

Sucede que aún no ha llegado el día en que vuelva sobre las nubes.  Entonces se sentará en el trono de su gloria y se separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras.

El Señor no calla; espera. Espera que extendamos su reino, que se le rindan los corazones, y que los hombres obedezcan por amor y no por miedo. Aún sueña con encontrar, a su llegada, un rebaño donde solamente haya ovejas.

(XTOREYA)

Contemplación de la Cruz

Cuando miras un crucifijo, ¿qué ves? Porque no basta cualquier mirada para ser sanado.

Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna.

La mirada sanadora al crucifijo debe ser una mirada de fe y de amor. Si, al mirar hacia la Cruz, sólo ves maldición, sufrimiento y ultrajes, no obtendrás más que tristeza.

Mira bien. Esto debes ver, cuando mires a la Cruz: Tanto amó Dios al mundo… Tanto, que ha enviado a su Hijo para rescatarte del pecado y de la muerte. Tanto, que, cuando nosotros lo despreciamos, Él lo sufrió mansamente para salvarnos. Tanto, que le pidió a su Padre que nos perdonase, porque no sabíamos lo que hacíamos. Tanto, que ha ofrecido su vida entera, y hasta la última gota de su sangre, por ti.

Contempla ese amor, deja que, al mirar a la Cruz, te llene por dentro. Y así, al contemplarlo, serás sanado de todos tus males.

(1409)

El pudor de Cristo

¡Cuántas veces le pidieron al Señor los judíos, sedientos de «pirotecnia celestial», un signo como el del Tabor!

Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. ¡Lo que hubiesen dado muchos fariseos, y el propio Herodes, por ver aquello! Con gente como esa nunca hay que jugársela, pero, quizá, muchos de ellos, al verlo, lo habrían adorado como a Dios.

Sin embargo, Jesús nunca quiso ser adorado así, a golpe de pirotecnia celeste. Fue extraordinariamente pudoroso en público con su divinidad, y sólo en privado, ante sus más íntimos, mostró su gloria en un acto de amor y consuelo. Para el «público», el Señor reservaba otra señal: ante todo Jerusalén se mostró crucificado, coronado de espinas, abierto el cuerpo a latigazos, y cubierto de esputos. De este modo, sólo por amor quiso ser libremente adorado.

Tú glorifica a Dios, y jamás busques tu propia gloria. Aprende del Señor: sé pudoroso a la hora de hablar de ti mismo, no quieras deslumbrar a los hombres con tus talentos. Gloríate, más bien, como san Pablo, de vivir crucificado con Cristo, entregado a Dios y a los demás con sencillez.

(0608)

Las entrañas de Dios

La devoción al sagrado Corazón de Jesús, aun cuando brilla con especial fuerza en la edad moderna, se remonta a una tradición inmemorial sobre el corazón de Dios, fuertemente anclada en el Antiguo Testamento. Allí se nos habla de las «entrañas de misericordia» de Yahweh. Pero, para los judíos, estas palabras, aunque fueran un consuelo, suponían una metáfora. ¿Acaso tiene entrañas Dios?

En la Encarnación, Dios se revistió de entrañas. Adquirió un corazón humano, tan humano como el nuestro, capaz de gozar, sufrir, reír y llorar. Y ese corazón, al ser abatido por nuestras culpas, en lugar de rebelarse contra nosotros, respondió con la humildad suprema y se echó a llorar.

Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón.

Así nos ha rescatado. Hemos sido redimidos por un corazón humano, capaz de llorar por Amor a Dios y al hombre.

¡Qué alegría, qué consuelo, qué delicia, poder acercarnos a Dios, incluso cuando lo hemos ofendido, y encontrar esa misericordia en unas entrañas abiertas por una lanza para que podemos refugiarnos en su seno!

¡Qué seguridad, en el camino de la vida, la que otorga el saber que, haga yo lo que haga, Tú, Señor, jamás dejarás de amarme!

(SCORJA)

Locuras

hostiaPara muchos de nosotros, desde niños, la Eucaristía ha sido el pan de nuestras vidas. Vimos comulgar a nuestros padres, recibimos nuestra primera comunión, y apenas recordamos un domingo que no haya estado iluminado por la santa Misa. Sabemos, desde siempre, que esa hostia con apariencia de pan es el Cuerpo de Cristo.

Pero si alguien que jamás hubiera oído hablar de ese misterio nos viese arrodillados ante la custodia, y le explicásemos que allí está Dios, creador de cielo y tierra, preso por Amor, diría que hemos enloquecido, y tomaría nuestra profesión de fe por un delirio.

El pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo. Estas palabras escandalizaron a los judíos, y escandalizarían a cualquiera. No somos conscientes de lo increíble que resulta ese misterio de Amor, porque lo hemos adorado desde niños.

La transustanciación se puede explicar, pero no se puede obligar a nadie a creer. Sólo quien experimenta el descomunal poder de atracción que genera la sagrada Hostia sobre el alma cae rendido, y no tiene más remedio que creer. Nadie fuera de Dios puede atraer así. No hemos enloquecido nosotros al creer; ha enloquecido Dios al amarnos.

¡Te adoro, sagrada Hostia!

(CXTIA)

Un dios solo es un dios triste

Hagamos una pregunta arriesgada, que nos ayude a sondear lo inabarcable. Si Dios es el cúmulo de toda perfección, ¿puede estar solo? Experimentamos la soledad como pobreza, porque el ser necesita comunicarse. Por tanto, si corresponde a Dios toda perfección, también le corresponde la compañía. Un dios uno y solo es un dios triste. La Trinidad nos muestra, en ese caso, la última de las perfecciones que Dios nos ha revelado de Sí mismo: Él es comunión constante entre Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas distintas y un solo Dios verdadero.

Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Esa misma comunión interior de Dios, entre las tres divinas personas, se extiende al hombre como los rayos del sol. Dios ama al hombre en su Hijo, con ese Amor que es el Espíritu. Y, al entregarse el Hijo en la Cruz, el Amor llega a nosotros, desde su costado abierto, como vida eterna. Porque el Espíritu es Amor y es Vida.

Porque te amas, me amas. Porque no estás solo, no estoy solo yo. ¡Bendita y adorada seas, verdadera y única Trinidad!

(SSTRA)

Vuelto hacia Dios

La santa Misa celebrada «cara al pueblo» ha facilitado a muchos fieles la tarea de sumergirse en el misterio. El hecho ver el rostro del sacerdote, y de entablar, cara a cara, un diálogo sagrado con quien representa a Cristo, les ha ayudado a sentirse parte de la celebración. Sin embargo, hasta hace poco, el sacerdote celebraba la misa de espaldas al pueblo.

Dicho así, «de espaldas al pueblo», parece desprecio. Pero no lo era. Ni tampoco se decía así. Se decía «cara a Dios». Y tenía, también, mucho sentido. Porque el sacerdote es el hombre que está vuelto hacia Dios, ofreciendo sacrificios por el pueblo.

Adelantándose un poco cayó rostro en tierra y oraba. Estamos en el comienzo de la única Misa, renovada cada día en nuestros altares. Cristo mira, con lágrimas, al Padre. Tras él, los tres apóstoles predilectos. Tras ellos, los otros ocho. Y, tras ellos, nosotros. El Sacerdote está «vuelto hacia Dios». No da la espalda al pueblo, aunque lo parezca, porque lleva los dolores del pueblo en sus lágrimas.

Pídele a Dios que los sacerdotes vivamos así: vueltos hacia Dios, orando por vosotros y entregando por vosotros la vida de Cristo, que es la nuestra.

(XTOSESA)

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