Evangelio 2018

Fiestas del Señor – Espiritualidad digital

¡Qué gran día!

Se reúnen en el corazón de la Iglesia, cada 2 de febrero, gozo y dolor. La alegría de la Navidad, ya pasada, y el dolor de la Semana Santa, cada vez más próxima, parecen darse cita en una sola fiesta. Un escalofrío recorre el alma del cristiano.

Mis ojos han visto a tu Salvador… El gozo de Simeón ante el Niño Dios es, también, nuestro gozo. En mi parroquia, como en muchos hogares, el Belén sigue luciendo hasta el día de hoy; mañana lo retiraremos. Pero no queremos privarnos del júbilo de Simeón. Dios se ha hecho Niño, camina con nosotros y nos trae noticia del Amor más grande.

Una espada te traspasará el alma… La sangre de las tórtolas, derramada por el sacerdote, unida a la ofrenda de la vida del Primogénito, ya anuncia el sacrificio del Calvario. Aquel sacerdote nunca supo que ofrecía la misma Víctima que yo ofrezco en cada misa. Sin derramamiento de sangre no hay perdón de los pecados (Hb 9, 22). La Semana Santa está presente por entero, como en germen, en la fiesta de hoy. Y las velas con que entramos en la iglesia ya preanuncian la Vigilia Pascual.

¡Qué día tan grande!

(0202)

¡Dulces clavos!

Nicodemo no podía comprender.

Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna.

Para los fariseos, la salvación del hombre dependía del cumplimiento de una ley cuyos preceptos se multiplicaban casi hasta el infinito. ¿Cómo aceptar que la vida eterna sería entregada al hombre a cambio de una mirada amorosa a otro hombre levantado? A los crucificados se los llamaba «levantados». ¿Va a salvarse el hombre por mirar a una cruz? ¿Incluso si no cumplió los preceptos de la ley?

Que se lo digan al buen ladrón. En la Cruz, la ley ha saltado hecha añicos, para obtener su consumación. La salvación ya no depende de un comportamiento ajustado a unas normas, sino de una mirada en la que el hijo de Adán se enamora del Hijo de Dios. Ella, la Cruz, es escalera hacia el Paraíso y puerta del Cielo.

Miramos la Cruz de este lado, donde vemos a la muerte desposada con el Verbo Divino. Y, al enamorarnos, pasamos al otro lado, al de la Vida. En ese proceso, somos transformados y santificados.

¡Dulces clavos, dulce árbol!

(1409)

Escuchando silencios

Cuando, sobre el Tabor, Dios Padre señaló con su voz al Hijo, lo hizo con palabras muy parecidas a las que empleó en el Jordán, después del bautismo del Señor. Pero añadió algo.

Cuando Jesús salió del Jordán, la voz del cielo dijo: Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco (Mt 3, 17). Sobre el Tabor, sin embargo, dice: Éste es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo.

Escuchadlo. ¿Has tratado de hacerlo? No podrás, con tanto ruido. Muchos que se quejan del silencio de Dios deberían, más bien, quejarse de su propia sordera. Se cubren con ruido, y no pueden distinguir su voz.

Si quieres escuchar al Señor, haz silencio por fuera, y también por dentro. Busca, en tu interior, ese lugar silencioso que existe en el centro del alma. Recógete allí, abre el oído, y dime… ¿qué escuchas?

Silencio. Escuchas silencio, porque en silencio habla Dios. Es un silencio pleno y luminoso, el Amor mismo callado y vibrante.

Alégrate. Porque dice la Escritura que el malvado escucha en su interior un oráculo del pecado (Sal 35, 2). Si tú eres capaz de escuchar ese silencio, es que Dios ha vencido al mal en ti.

(0608)

Cardiolatría

Uno de los grandes pecados de nuestro tiempo es la idolatría del corazón, una especie de «cardiolatría» que lleva a los hombres a someterse a los dictados de la afectividad como si fueran las nuevas tablas de la ley. Obedecer al corazón es como lanzarse al río y obedecer a la corriente; echarse a morir entre olas de miel y eructos de hiel. La palabra es hoy más inútil que nunca. ¿De qué sirve tratar de argumentar con un cardiólatra, que no usa la cabeza porque todo le nace del impulso y de una «intuición» que no es sino «emoción»?

Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas.

Nuestra generación no tendrá redención hasta que no caiga en la cuenta de que el corazón nace podrido de soberbia por el pecado, y debe ser cincelado a imagen del corazón humilde de Cristo. Si el propio Dios encarnado ha postrado en tierra su corazón, ¿qué no deberíamos hacer nosotros con los nuestros?

Pero hace falta mucha penitencia para obedecer al corazón de Cristo en lugar de dejarse esclavizar por el corazón propio. Y no sé si estamos dispuestos a humillarnos tanto. Tengo miedo.

(SCORJA)

Demasiado bueno

¿Sabes, Jesús, por qué los hombres no creen en Ti? Eres demasiado bueno. Si aparecieras sobre una nube negra, lanzando rayos a los pecadores, todos creerían en Ti, temblarían ante tu Nombre. No habría guerras, ni asesinatos, ni mentiras ni injusticia… Ni tampoco libertad; ni amor. Pero creerían en Ti.

Sin embargo, tuviste la osadía de nacer pobre en un pesebre. Y aceptaste morir en una cruz como blasfemo. ¿Quién iba a creer que eras Dios?

En tu bondad, no se te ocurrió otra cosa que encerrarte en los sagrarios bajo la apariencia de un pedazo de pan. Y exponerte a sacrilegios, profanaciones e indiferencias sin quejarte. ¿Cómo quieres que crean en Ti? Eres demasiado bueno.

No nos has dejado otra opción: sólo podemos creer en Ti y amarte desesperadamente. Quien no esté dispuesto a amarte, no creerá jamás. ¿Cómo, sin entender de amor, va nadie a creer el disparate divino de la Eucaristía?

Ahora bien: cuando uno ha experimentado lo que supone comulgar enamorado; cuando uno ha conocido esa fuerza de atracción descomunal que mana de cada sagrario, uno ya no puede no creer. Y acaba creyendo sólo en Ti, y teniendo por mentira todo lo demás. ¡Te amo!

(CXTIA)