Lirbos de José-Fernando rey ballesteros

Fiestas del Señor – Espiritualidad digital

Navidad en plena Cuaresma

llena de graciaTiene gracia esta irrupción premonitoria de la Navidad en plena Cuaresma. Camina el pueblo de Dios hacia el Calvario y, de repente, se planta ante nosotros Gabriel y nos recuerda que faltan nueve meses para Navidad. Abrimos los ojos, cansados del camino, y nos maravillan la Virgen joven, el anuncio gozoso, el Cristo chiquitín encerrado en el vientre de Mamá. Nos restregamos, esperábamos un Jesús crucificado y una Virgen traspasada de dolor. ¿Dónde estamos, realmente?

He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra. En el mismo lugar, una luz distinta sobre el mismo misterio: el de la Redención. Comprenderás mejor en el Calvario si sabes que la Cruz no fue sino consumación de un sacrificio comenzado en Nazaret.

Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, y, en cambio, me abriste el oído; no pides holocaustos ni sacrificios expiatorios; entonces yo digo: «Aquí estoy —como está escrito en mi libro— para hacer tu voluntad (Sal 39, 7-9). El sacrificio del Calvario no es ofrenda de dolor, sino de obediencia. Y esa obediencia comenzó en el vientre de una Virgen que también obedeció. Festeja hoy. Ya sabes cómo unirte al sacrificio. ¿Eres dócil a los consejos del director espiritual?

(2503)

Tu cuerpo

Durante la misa de hoy escucharás el salmo 23, con toda su solemnidad: ¡Portones, alzad los dinteles! Que se alcen las puertas eternales: va a entrar el Rey de la gloria.

Y es que hoy celebramos cómo el Rey de la gloria, cuarenta días después de nacer, hizo su entrada en el Templo de Yahweh. Fue una entrada solemne, majestuosa, triunfal; pero esa majestad, ese triunfo y esa solemnidad sólo fueron vistas desde el cielo. En la tierra, apenas cuatro personas vislumbraron la gloria de aquel momento.

¿Y tú? ¿Te das cuenta, de verdad te das cuenta, de que lo que entonces sucedió sucede cada vez que comulgas? Cuando recibes a Jesús Eucaristía, el Rey de la gloria hace su entrada en un templo mucho más digno que aquel templo de piedra construido por Herodes. ¿Se alzan, de par en par, las puertas de tu corazón para recibir al Señor? ¿Preparas cada comunión con comuniones espirituales que aumenten tu hambre, tu deseo de recibir a Cristo? ¿Procuras llegar pronto a misa para hacer honor a ese momento? ¿Tiemblas de amor al acoger a Jesús en ti?

Una última pregunta: ¿Sabes que tu cuerpo es templo de Dios? ¿Lo conservas casto?

(0202)

El reinado silencioso del que espera

Que Cristo esté callado no significa que no reine. Vivimos en el ojo de un huracán. Este silencio aparente de Dios debería mantenernos en vela.

Vino el Hijo de Dios a la Tierra, hizo de una cruz su trono y conquistó un reino entregado hasta entonces a los demonios. Cuarenta días después de resucitar, ocupó su lugar a la derecha del Padre, y dejó a la Tierra sumida en el silencio de un prolongado y misterioso Sábado Santo.

Los hombres mienten, y el Cielo guarda silencio. Matan, y el Cielo guarda silencio. Blasfeman, y el Cielo guarda silencio. Roban, y el Cielo guarda silencio. El mal se extiende, y el Cielo guarda silencio. ¿Dónde está hoy su reinado? ¿Qué está sucediendo?

Sucede que aún no ha llegado el día en que vuelva sobre las nubes.  Entonces se sentará en el trono de su gloria y se separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras.

El Señor no calla; espera. Espera que extendamos su reino, que se le rindan los corazones, y que los hombres obedezcan por amor y no por miedo. Aún sueña con encontrar, a su llegada, un rebaño donde solamente haya ovejas.

(XTOREYA)

Contemplación de la Cruz

Cuando miras un crucifijo, ¿qué ves? Porque no basta cualquier mirada para ser sanado.

Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna.

La mirada sanadora al crucifijo debe ser una mirada de fe y de amor. Si, al mirar hacia la Cruz, sólo ves maldición, sufrimiento y ultrajes, no obtendrás más que tristeza.

Mira bien. Esto debes ver, cuando mires a la Cruz: Tanto amó Dios al mundo… Tanto, que ha enviado a su Hijo para rescatarte del pecado y de la muerte. Tanto, que, cuando nosotros lo despreciamos, Él lo sufrió mansamente para salvarnos. Tanto, que le pidió a su Padre que nos perdonase, porque no sabíamos lo que hacíamos. Tanto, que ha ofrecido su vida entera, y hasta la última gota de su sangre, por ti.

Contempla ese amor, deja que, al mirar a la Cruz, te llene por dentro. Y así, al contemplarlo, serás sanado de todos tus males.

(1409)

El pudor de Cristo

¡Cuántas veces le pidieron al Señor los judíos, sedientos de «pirotecnia celestial», un signo como el del Tabor!

Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. ¡Lo que hubiesen dado muchos fariseos, y el propio Herodes, por ver aquello! Con gente como esa nunca hay que jugársela, pero, quizá, muchos de ellos, al verlo, lo habrían adorado como a Dios.

Sin embargo, Jesús nunca quiso ser adorado así, a golpe de pirotecnia celeste. Fue extraordinariamente pudoroso en público con su divinidad, y sólo en privado, ante sus más íntimos, mostró su gloria en un acto de amor y consuelo. Para el «público», el Señor reservaba otra señal: ante todo Jerusalén se mostró crucificado, coronado de espinas, abierto el cuerpo a latigazos, y cubierto de esputos. De este modo, sólo por amor quiso ser libremente adorado.

Tú glorifica a Dios, y jamás busques tu propia gloria. Aprende del Señor: sé pudoroso a la hora de hablar de ti mismo, no quieras deslumbrar a los hombres con tus talentos. Gloríate, más bien, como san Pablo, de vivir crucificado con Cristo, entregado a Dios y a los demás con sencillez.

(0608)

Las entrañas de Dios

La devoción al sagrado Corazón de Jesús, aun cuando brilla con especial fuerza en la edad moderna, se remonta a una tradición inmemorial sobre el corazón de Dios, fuertemente anclada en el Antiguo Testamento. Allí se nos habla de las «entrañas de misericordia» de Yahweh. Pero, para los judíos, estas palabras, aunque fueran un consuelo, suponían una metáfora. ¿Acaso tiene entrañas Dios?

En la Encarnación, Dios se revistió de entrañas. Adquirió un corazón humano, tan humano como el nuestro, capaz de gozar, sufrir, reír y llorar. Y ese corazón, al ser abatido por nuestras culpas, en lugar de rebelarse contra nosotros, respondió con la humildad suprema y se echó a llorar.

Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón.

Así nos ha rescatado. Hemos sido redimidos por un corazón humano, capaz de llorar por Amor a Dios y al hombre.

¡Qué alegría, qué consuelo, qué delicia, poder acercarnos a Dios, incluso cuando lo hemos ofendido, y encontrar esa misericordia en unas entrañas abiertas por una lanza para que podemos refugiarnos en su seno!

¡Qué seguridad, en el camino de la vida, la que otorga el saber que, haga yo lo que haga, Tú, Señor, jamás dejarás de amarme!

(SCORJA)

Locuras

hostiaPara muchos de nosotros, desde niños, la Eucaristía ha sido el pan de nuestras vidas. Vimos comulgar a nuestros padres, recibimos nuestra primera comunión, y apenas recordamos un domingo que no haya estado iluminado por la santa Misa. Sabemos, desde siempre, que esa hostia con apariencia de pan es el Cuerpo de Cristo.

Pero si alguien que jamás hubiera oído hablar de ese misterio nos viese arrodillados ante la custodia, y le explicásemos que allí está Dios, creador de cielo y tierra, preso por Amor, diría que hemos enloquecido, y tomaría nuestra profesión de fe por un delirio.

El pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo. Estas palabras escandalizaron a los judíos, y escandalizarían a cualquiera. No somos conscientes de lo increíble que resulta ese misterio de Amor, porque lo hemos adorado desde niños.

La transustanciación se puede explicar, pero no se puede obligar a nadie a creer. Sólo quien experimenta el descomunal poder de atracción que genera la sagrada Hostia sobre el alma cae rendido, y no tiene más remedio que creer. Nadie fuera de Dios puede atraer así. No hemos enloquecido nosotros al creer; ha enloquecido Dios al amarnos.

¡Te adoro, sagrada Hostia!

(CXTIA)

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