Evangelio 2018

Fiestas del Señor – Espiritualidad digital

¡Dulces clavos!

Nicodemo no podía comprender.

Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna.

Para los fariseos, la salvación del hombre dependía del cumplimiento de una ley cuyos preceptos se multiplicaban casi hasta el infinito. ¿Cómo aceptar que la vida eterna sería entregada al hombre a cambio de una mirada amorosa a otro hombre levantado? A los crucificados se los llamaba «levantados». ¿Va a salvarse el hombre por mirar a una cruz? ¿Incluso si no cumplió los preceptos de la ley?

Que se lo digan al buen ladrón. En la Cruz, la ley ha saltado hecha añicos, para obtener su consumación. La salvación ya no depende de un comportamiento ajustado a unas normas, sino de una mirada en la que el hijo de Adán se enamora del Hijo de Dios. Ella, la Cruz, es escalera hacia el Paraíso y puerta del Cielo.

Miramos la Cruz de este lado, donde vemos a la muerte desposada con el Verbo Divino. Y, al enamorarnos, pasamos al otro lado, al de la Vida. En ese proceso, somos transformados y santificados.

¡Dulces clavos, dulce árbol!

(1409)

Escuchando silencios

Cuando, sobre el Tabor, Dios Padre señaló con su voz al Hijo, lo hizo con palabras muy parecidas a las que empleó en el Jordán, después del bautismo del Señor. Pero añadió algo.

Cuando Jesús salió del Jordán, la voz del cielo dijo: Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco (Mt 3, 17). Sobre el Tabor, sin embargo, dice: Éste es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo.

Escuchadlo. ¿Has tratado de hacerlo? No podrás, con tanto ruido. Muchos que se quejan del silencio de Dios deberían, más bien, quejarse de su propia sordera. Se cubren con ruido, y no pueden distinguir su voz.

Si quieres escuchar al Señor, haz silencio por fuera, y también por dentro. Busca, en tu interior, ese lugar silencioso que existe en el centro del alma. Recógete allí, abre el oído, y dime… ¿qué escuchas?

Silencio. Escuchas silencio, porque en silencio habla Dios. Es un silencio pleno y luminoso, el Amor mismo callado y vibrante.

Alégrate. Porque dice la Escritura que el malvado escucha en su interior un oráculo del pecado (Sal 35, 2). Si tú eres capaz de escuchar ese silencio, es que Dios ha vencido al mal en ti.

(0608)

Cardiolatría

Uno de los grandes pecados de nuestro tiempo es la idolatría del corazón, una especie de «cardiolatría» que lleva a los hombres a someterse a los dictados de la afectividad como si fueran las nuevas tablas de la ley. Obedecer al corazón es como lanzarse al río y obedecer a la corriente; echarse a morir entre olas de miel y eructos de hiel. La palabra es hoy más inútil que nunca. ¿De qué sirve tratar de argumentar con un cardiólatra, que no usa la cabeza porque todo le nace del impulso y de una «intuición» que no es sino «emoción»?

Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas.

Nuestra generación no tendrá redención hasta que no caiga en la cuenta de que el corazón nace podrido de soberbia por el pecado, y debe ser cincelado a imagen del corazón humilde de Cristo. Si el propio Dios encarnado ha postrado en tierra su corazón, ¿qué no deberíamos hacer nosotros con los nuestros?

Pero hace falta mucha penitencia para obedecer al corazón de Cristo en lugar de dejarse esclavizar por el corazón propio. Y no sé si estamos dispuestos a humillarnos tanto. Tengo miedo.

(SCORJA)

Demasiado bueno

¿Sabes, Jesús, por qué los hombres no creen en Ti? Eres demasiado bueno. Si aparecieras sobre una nube negra, lanzando rayos a los pecadores, todos creerían en Ti, temblarían ante tu Nombre. No habría guerras, ni asesinatos, ni mentiras ni injusticia… Ni tampoco libertad; ni amor. Pero creerían en Ti.

Sin embargo, tuviste la osadía de nacer pobre en un pesebre. Y aceptaste morir en una cruz como blasfemo. ¿Quién iba a creer que eras Dios?

En tu bondad, no se te ocurrió otra cosa que encerrarte en los sagrarios bajo la apariencia de un pedazo de pan. Y exponerte a sacrilegios, profanaciones e indiferencias sin quejarte. ¿Cómo quieres que crean en Ti? Eres demasiado bueno.

No nos has dejado otra opción: sólo podemos creer en Ti y amarte desesperadamente. Quien no esté dispuesto a amarte, no creerá jamás. ¿Cómo, sin entender de amor, va nadie a creer el disparate divino de la Eucaristía?

Ahora bien: cuando uno ha experimentado lo que supone comulgar enamorado; cuando uno ha conocido esa fuerza de atracción descomunal que mana de cada sagrario, uno ya no puede no creer. Y acaba creyendo sólo en Ti, y teniendo por mentira todo lo demás. ¡Te amo!

(CXTIA)

No pienses. No hables. Sólo mira

Llega el Adviento, y te dice el sacerdote: «¡Tienes que prepararte para recibir al Señor!». Llega la Navidad, y te dice el sacerdote: «Jesús ha nacido. ¡Tienes que nacer de nuevo!». Llega la Cuaresma, y te dice el sacerdote: «¡Tienes que convertirte!». Llega la Semana Santa, y te dice el sacerdote: «¡Tienes que morir!». Llega la Pascua, y te dice el sacerdote: «¡Tienes que resucitar!» (¡Ahí es nada!). Llega Pentecostés, y te dice el sacerdote: «¡Tienes que recibir al Espíritu!».

Lo que más me gusta es que llega el día de la Santísima Trinidad, y el sacerdote se calla. Debe callarse, debemos callarnos. Si acaso, una sola palabra: ¡Mira!

Esta fiesta no se deja atrapar por los consejos morales de los clérigos, que tantas veces nos empeñamos en decir a la gente lo que debe hacer. Esta fiesta es para almas contemplativas. ¿Queda alguna?

Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo. Ahí los tienes: el Padre, el Hijo y el Amor. No pienses; sólo mira. Mira desde dentro, desde el alma, con ojos de fe. Y déjate extasiar. Sin «cosas raras», que «éxtasis» significa salir de uno mismo. Mira y goza hasta que olvides tu propia existencia.

(SSTRA)

¡El cura en el bar, y el laico en el altar!

Nos reunimos un grupo de sacerdotes, y un laico asistió para asesorarnos en ciertas cuestiones. El hombre, al verse ante semejante auditorio, aprovechó la ocasión para soltar «todo lo que llevaba dentro». Y nos reprochó a los clérigos que estábamos separados de los laicos, que dividíamos la Iglesia entre quienes mandan (nosotros) y quienes obedecen (ellos), etc. A mí me daba la risa por dentro, porque nunca nadie me hace caso, así que ya puedo mandar lo que sea, que si quieres arroz, catalina. Y, sobre todo, porque todos los sacerdotes estábamos en esa reunión por mandato suyo.

Sin embargo, tenía razón en lo que decía, y no en lo que pedía.

Sentaos aquí mientras voy allá a orar… Adelantándose un poco, cayó rostro en tierra. Cristo siempre cuidó esa distancia, la del sacerdote segregado de entre los hombres y ofrecido a Dios. Cuando los sacerdotes no la cuidamos, dejamos al pueblo sin pastores. Y ¿sabéis lo que sucede después? Que acaba el sacerdote en el bar, mientras el laico no baja del altar. ¡Qué despropósito! Al final, algunos querían que bajásemos para subir ellos. Pero sólo al altar, que a la Cruz nadie quiere subir.

¡Qué cosas! En fin…

(XTOSESA)

El pecado se redime obedeciendo

Todo el misterio del pecado se resume en una palabra: desobediencia. El hombre quiso ser dios para sí mismo, quiso decidir sobre el bien y el mal. En lugar de obedecer a su Creador, que le mostraba el camino de una vida plena, prefirió seguir los dictados de su ignorancia: «Esto no puede ser pecado; esto es muy difícil y no lo haré…» Y se despeñó en la muerte, arrastrando consigo a todos los hijos de Eva. Cada día se alejaba más el hombre de su Dios y se hundía con más fuerza en el abismo.

¿Cómo desandar el camino andado, cómo redimir al hombre? Obedeciendo. Por eso el Verbo se hizo carne, para unirse a nosotros en nuestra humana naturaleza, y, desde dentro, emprender el camino de la obediencia: «Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad».

Lo dice el Hijo desde el seno de la Virgen. Aún no habla, y ya obedece. Obedecerá hasta la Cruz, y hará en todo la voluntad de su Padre.

Aquí está la esclava del Señor… María, desde el principio, camina con Él. Y tú, y yo, cogidos de su mano. Desandemos el camino que nunca debimos recorrer. Obedezcamos. ¿Tienes ya un director espiritual?

(2503)

Misterio nupcial

Hoy, en nuestras parroquias, comenzaremos la santa Misa con una procesión de candelas. A los niños les gustan esas cosas, aunque sólo sea para jugar con fuego. Quiera Dios que se acaben quemando en Amor de Dios.

En cuanto a los mayores, me pregunto si somos conscientes de lo que celebramos. Cuando entraban con el niño Jesús sus padres… Esa entrada del Señor en el templo, inadvertida para casi todos, era el comienzo de la consumación de un noviazgo de siglos. Por eso, como las vírgenes prudentes, recibimos al Esposo con lámparas encendidas.

Él, el Esposo anhelado por Israel, entraba por vez primera en las entrañas de su esposa, y en la sangre de dos pichones se anunciaba la sangre con la que, en el lecho del Calvario, fecundaría a la Iglesia para hacerla madre de innumerables hijos. Ese día, preanunciado hoy, la esposa se estremecerá en un terremoto que será un grito de amor.

También nosotros, que comulgamos, recibiremos en nuestras entrañas al Esposo. Y las candelas que llevamos en las manos deberían recordarnos la necesidad de comulgar en gracia para ofrecer al Señor un templo consagrado, un alma amante en la que pueda recostar su cabeza y dormir.

(0202)

Los ojos del buen ladrón

cristo-y-el-buen-ladron-tiziano-vecellioEse momento en que Jesús, agonizante, dice a su compañero de condena hoy estarás conmigo en el paraíso sólo tiene dos interpretaciones posibles. Y hay tal distancia entre ellas, que el lector debe, necesariamente, escoger una.

O es el último delirio de dos locos que agonizan, y entonces acudimos a una bufonada, a un rey de burlas coronado de infamia y a un demente que le sigue el juego antes de entregar ambos su último suspiro…

…O somos nosotros los necios, ciegos y alucinados, porque Hijo de Dios está muriendo de Amor en una cruz. En ese caso, ni la crueldad ni la arrogancia de los hombres han podido arrebatarle su imperio. Y es el pecador arrepentido el único capaz de distinguir la grandeza que nosotros hemos cubierto de infamia.

Quien crea la primera interpretación tendrá que explicarnos cómo un loco alucinado y muerto entre ladrones ha partido en dos la Historia. No lo tendrá fácil.

Quienes creemos lo segundo, sin embargo, deberíamos pedirle a ese «buen ladrón» que nos enseñe a vivir y a morir. Porque no tendría sentido ver lo que él vio y no someternos por completo al Rey de reyes entregado por Amor en una cruz.

(XTOREYC)

La Santa Misa y el Divino Protocolo

Dulces clavos, dulce árbol donde la vida empieza

santa cruz    A nuestros primeros padres los engañó el Demonio presentándoles a un dios malo y perverso, que les prohibía comer de todos los árboles del jardín para evitar que fuesen como él.

    Hoy, el propósito del Tentador no es acercar al hombre a un árbol prohibido, sino alejarlo de Árbol de salvación. Y, para ello, también miente, y muestra la Cruz como el retablo de todos los espantos. «La Cruz –parece decir– significa que Dios quiere que sufras. Quiso que sufriera su Hijo y ahora quiere que sufras tú»…

    Es urgente acabar con esa imagen deformada de la Cruz que tiene como centro el dolor. Porque, aunque hay dolor en la Cruz, también lo hay en la vida, incluso en la de quienes huyen de la Cruz. No es el sufrimiento el que vivifica ese Árbol:

    Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único. ¡He ahí el verdadero retrato de la Cruz! Dios no inventó el dolor en el Calvario; lo que hizo allí fue abrazarlo y perfumarlo de Amor. No nos acercamos a la Cruz para sufrir, sino para amar y ser amados, para dar sentido a nuestros sufrimientos convirtiéndolos en dolores de parto hacia la Vida.

(1409)