Evangelio 2020

Fiestas del Señor – Página 2 – Espiritualidad digital

La oración como tertulia

En España, la palabra «tertulia» se hizo famosa desde el siglo XIX. Escritores, médicos, o intelectuales se reunían para hablar de asuntos en los que todos tenían interés. Se hablaba por el gozo de hablar y de intercambiar opiniones. Yo mismo, que no soy tan mayor, en mis tiempos universitarios asistía, regularmente, a una tertulia en un famoso café de Madrid junto a otros estudiantes. Llegábamos a las tres de la tarde, y, en ocasiones, salíamos ya de noche. Algunos sábados nos reuníamos más de veinte, y, otros, menos de diez. Pero nos hubiera bastado con tres: lo que para dos es diálogo, con tres se convierte en tertulia.

Está bien que, en tu oración, hables con Dios. Pero Dios y tú sois dos. Aún no has descubierto la oración como tertulia.

El Espíritu de la Verdad hablará de lo que oye. Recibirá de lo mío y os lo anunciará. Todo lo que tiene el Padre es mío.

Abre los ojos, que sois cuatro en oración, no dos. Habla con el Padre («Papá»), habla con el Hijo («Jesús»), y deja que el Espíritu te acerque sus palabras para que escuches. Disfruta, en tu oración, el placer de una maravillosa tertulia.

(SSTRC)

Cristoestima

simón y judasDurante su paso por la tierra, el corazón humano del Señor mostró predilecciones, que no son lo mismo que la acepción de personas. Privilegió a tres apóstoles: Pedro, Santiago y Juan, y les confió su intimidad en el Tabor y en Getsemaní. Privilegió a Marta, María y Lázaro, en cuyo hogar de Betania descansaba como si fuera su casa.

No tengo la menor duda de que, en el Cielo, ese corazón humano sigue teniendo sus predilectos. Y esos predilectos son sus sacerdotes. Dirás que el sacerdote que escribe tiene inflamada la autoestima. Bueno, confieso que tengo inflamada la «Cristoestima». Me la ha inflamado Él. Palpo y saboreo esa predilección cada día.

Padre, este es mi deseo: que los que me has dado estén conmigo donde yo estoy.

Los sacerdotes somos regalo del Padre al Hijo; le pertenecemos, somos suyos. Y quiere que estemos donde Él está: en la Cruz. Esa Cruz es nuestro hogar y nuestra vida, nuestro altar y nuestra Hostia. Un sacerdote que no está crucificado es un pobre hombre fuera de su casa.

¿Qué pediréis hoy para los sacerdotes? Pedid lo más necesario: que seamos santos, que estemos inquebrantablemente unidos a la Eucaristía que ofrecemos cada día.

(XTOSESC)

La Anunciación: detrás de las cámaras

Cuando san Lucas nos presenta a la Virgen, nos la muestra ya adolescente, sonrojada ante el saludo del arcángel Gabriel. Pero ese encuentro, decisivo en la vida de María, fue preparado por una infancia que apenas se vislumbra tras los relatos evangélicos.

Desde muy niña, la que fue concebida inmaculada experimentó en su alma el Amor de Dios como nadie hasta entonces. Dios la amaba con santos celos, con amor de Esposo; la quería toda suya. Y, así, en secreto, desde la más tierna infancia se consagró a Él. A sí misma se decía que ella era la esclava del Señor. Pero no podía decírselo a nadie más, porque hubiera sido tenida por blasfema.

Concertaron sus padres el matrimonio con José, y ella guardó silencio y celebró los desposorios. Pero, por dentro, se sumió en el desconcierto. ¿Cómo cumplir con su voto de virginidad, y obedecer también a sus padres?

Entonces llegó el ángel. Y desplegó ante ella el plan de Dios, que ponía fin a sus dudas. Sería esposa, sería madre, y sería virgen. Toda de Dios para siempre.

Se postró.

He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.

Y el Verbo se hizo carne.

(2503)

Cuando la grandeza nos encuentra distraídos

Cuando Israel entró en la tierra prometida, Dios hizo un pacto con ellos: Ya no pertenecían al Faraón, sino a Dios. Y, en prueba de ello, le entregarían todos los primogénitos. A los animales los matarían; a los hombres los rescatarían, ofreciendo, en su lugar, un animal. Este rescate no suponía sino un aplazamiento del sacrificio, porque la muerte del primogénito, que llegaría más adelante, era sacrificial: Todos los primogénitos me pertenecen (Núm 8, 17).

Cuando se cumplieron los días de la purificación, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén.

Nunca presentó Israel a Dios un primogénito como el que ese día se ofrecía en el templo; ni se derramó en el templo una sangre tan elocuente como la de aquellas palomas. Era el primogénito de Dios el que se ofrecía, y era la sangre redentora la que aquellas palomas señalaban. El sacerdote de la antigua alianza nunca supo que, de modo misterioso, ofrecía la misma Eucaristía que ofrecemos los sacerdotes de Cristo. Toda la redención estaba allí, en aquel templo, el primer templo que albergó a la sagrada Hostia… Pero apenas nadie lo supo.

Cuida de que la grandeza, cuando pase ante tus ojos, no te encuentre distraído.

(0202)

Y Dios rezó en voz alta

Los cuadros que plasman la escena del bautismo de Cristo suelen mostrar al Espíritu Santo, en forma de paloma, sobre un Jesús que sale de las aguas. Pero, según el relato de san Lucas, las cosas no fueron exactamente así.

También Jesús fue bautizado; y, mientras oraba, se abrieron los cielos.

La epifanía del Jordán no sucedió en el instante en que Jesús salía del agua, sino poco después. Jesús, tras ser bautizado, se recogió en oración, probablemente cerca de la orilla. En esa oración, habló en voz baja con su Padre, como siempre hacía. Pero su Padre quiso elevar la voz, y hacer partícipes a todos los hombres del diálogo de Amor que mantenía con su Hijo.

Tú eres mi Hijo, el amado, en ti me complazco.

El Amor descendió visiblemente, y fuimos los mortales invitados al secreto de la Trinidad. La ruptura entre Dios y los hombres tocaba a su fin, las aguas de muerte del diluvio se secaban, y se nos ofrecía el agua viva del bautismo.

Todo esto sucedió para que nosotros sepamos que no hay salvación fuera de Cristo, y que Él es el único Salvador del hombre. Amarlo a Él ya es el Cielo.

(BAUTSRC)

“Evangelio