Lirbos de José-Fernando rey ballesteros

Fiestas del Señor – Página 2 – Espiritualidad digital

Un dios solo es un dios triste

Hagamos una pregunta arriesgada, que nos ayude a sondear lo inabarcable. Si Dios es el cúmulo de toda perfección, ¿puede estar solo? Experimentamos la soledad como pobreza, porque el ser necesita comunicarse. Por tanto, si corresponde a Dios toda perfección, también le corresponde la compañía. Un dios uno y solo es un dios triste. La Trinidad nos muestra, en ese caso, la última de las perfecciones que Dios nos ha revelado de Sí mismo: Él es comunión constante entre Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas distintas y un solo Dios verdadero.

Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Esa misma comunión interior de Dios, entre las tres divinas personas, se extiende al hombre como los rayos del sol. Dios ama al hombre en su Hijo, con ese Amor que es el Espíritu. Y, al entregarse el Hijo en la Cruz, el Amor llega a nosotros, desde su costado abierto, como vida eterna. Porque el Espíritu es Amor y es Vida.

Porque te amas, me amas. Porque no estás solo, no estoy solo yo. ¡Bendita y adorada seas, verdadera y única Trinidad!

(SSTRA)

Vuelto hacia Dios

La santa Misa celebrada «cara al pueblo» ha facilitado a muchos fieles la tarea de sumergirse en el misterio. El hecho ver el rostro del sacerdote, y de entablar, cara a cara, un diálogo sagrado con quien representa a Cristo, les ha ayudado a sentirse parte de la celebración. Sin embargo, hasta hace poco, el sacerdote celebraba la misa de espaldas al pueblo.

Dicho así, «de espaldas al pueblo», parece desprecio. Pero no lo era. Ni tampoco se decía así. Se decía «cara a Dios». Y tenía, también, mucho sentido. Porque el sacerdote es el hombre que está vuelto hacia Dios, ofreciendo sacrificios por el pueblo.

Adelantándose un poco cayó rostro en tierra y oraba. Estamos en el comienzo de la única Misa, renovada cada día en nuestros altares. Cristo mira, con lágrimas, al Padre. Tras él, los tres apóstoles predilectos. Tras ellos, los otros ocho. Y, tras ellos, nosotros. El Sacerdote está «vuelto hacia Dios». No da la espalda al pueblo, aunque lo parezca, porque lleva los dolores del pueblo en sus lágrimas.

Pídele a Dios que los sacerdotes vivamos así: vueltos hacia Dios, orando por vosotros y entregando por vosotros la vida de Cristo, que es la nuestra.

(XTOSESA)

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