Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

Fiestas del Señor – Página 2 – Espiritualidad digital

No hay otro rey sino Tú

En tiempos de Jesús, un rey era un rey. Pero ya no quedan de ésos. Tenemos reyes, pero no mandan. Les queda el oropel, el brillo. Oropel y brillo tienen hasta deslumbrar, porque se han convertido en símbolos, y los símbolos tienen que lucir. También les queda la distancia. Son inasequibles para el hombre de a pie, que hoy se conforma con verlos por televisión.

Mirad, sin embargo, al Rey de reyes, al único y verdadero rey:

Los magistrados hacían muecas a Jesús. Se burlaban de él también los soldados, que se acercaban y le ofrecían vinagre.

Como trono, una cruz. Como corona, las espinas. Como medallas, salivazos y llagas. Como corte, dos ladrones. ¿Qué brillo, qué oropel es ése?

Sin embargo… Han pasado dos mil años, y ahí sigue, gobernando el Cosmos desde esa Cruz que permanece levantada hasta el fin de los tiempos. Cualquier hombre que sufra lo encontrará a su lado, cualquier moribundo se abrazará a Él. Acuérdate de mí cuando llegues a tu reino. Hoy estás conmigo en el Paraíso, te he conquistado, tu vida es mía, tu dolor es mío, tu muerte es mía y mi reino es tuyo.

No hay otro rey sino Tú.

(XTOREYC)

Nuestro camino hacia la cima

Comenzó llevando cafés a los jefes, y acabó de CEO en la multinacional. Todo un camino de ascenso, peldaño a peldaño, con gran esfuerzo. Después se murió. Como todo el mundo. Porque así es el mundo. Muchos pasan la vida procurando ascender puestos en el escalafón, trepar por muros y escaleras para estar por encima, para ser más importantes, para tener más poder. Y, cuando han llegado a la cúspide –si llegan–, lo disfrutan un rato y mueren después. No condeno la ambición por ser influyente; se puede hacer mucho bien desde arriba de la montaña, si al llegar se planta un crucifijo en la cima para que todos lo vean. Pero, por desgracia, lo único que quieren plantar muchos allí es su retrato.

Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre.

Nosotros tenemos otra montaña, otra cima. Y también queremos escalar. Deseamos subir a lo alto de la Cruz para alcanzar la gruta abierta en la llaga del costado y vivir allí. Cuando nos insultan, nos ascienden. Cuando fracasamos, trepamos. Cuando sufrimos, escalamos. Cuando oscurece, somos glorificados. Que se lleven ellos la gloria terrena. Nosotros queremos cielo.

(1409)

En una palabra: Belleza

La escena de la Transfiguración está llena de misterio. No es fácil imaginar a ese Jesús radiante, ni el blanco inmaculado de sus vestidos, ni el resplandor de la nube. Nunca hemos visto nada semejante, y por eso lo que allí sucedió escapa a nuestra pobre imaginación.

¿Qué fue lo que mantuvo absortos a aquellos apóstoles? ¿Qué fue lo que hizo decir a Simón: Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías?

Sólo cabe una respuesta: Belleza. Una belleza que supera todo cuanto el hombre puede ver sobre la tierra. Recuerdo esa oración colecta de la fiesta de Epifanía, donde pedimos «poder contemplar un día, cara a cara, la hermosura infinita de tu gloria».

Uno de los grandes obstáculos con los que topa nuestra civilización para encontrar a Dios es el gusto por la fealdad. Tanto en el cine como en las series de TV como en las fiestas públicas se ha instaurado una horrorosa exaltación de lo feo, lo oscuro, lo grosero. Estamos huyendo del cielo hacia las tinieblas.

Pero también creo que aquellos pocos que aún buscan la belleza no tardarán en encontrar al más hermoso de los hijos de Adán, a Cristo.

(0608)

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