Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

Fiestas del Señor – Página 2 – Espiritualidad digital

Jesús… Jesús…

Hace ya diez días que llegamos a Belén, y no nos hemos cansado de mirar al Niño Dios. Pero ha sido tanta la alegría, tan dulce su silencio, tan preciosa la mirada de sus ojos, que sólo ahora caemos en la cuenta de que no nos lo han presentado. Sé que es una formalidad, porque «parece» que nos conociéramos de toda la vida, pero las formas son importantes.

Se llama Jesús. En este 3 de enero, despierta la Iglesia de su embeleso, y hace las presentaciones con la fiesta del santísimo nombre de Jesús.

Jesús… Jesús… Es buena oración pronunciar con cariño su nombre, y paladearlo como se saborea la miel en los labios, porque, al hacerlo, se llena de dulzura y amor el corazón. Te sugiero una forma de guardar, durante el día, la presencia de Dios: lleva un crucifijo en el bolsillo, y, discretamente, tómalo en la mano y apriétalo mientras pronuncias, en voz bajita: Jesús… Jesús… Encontrarás gran consuelo, y crecerás en amor.

Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Porque «Jesús» significa «Dios salva». Y de tus pecados ha venido a salvarte. Otro motivo para que te alegres cuando pronuncies «Jesús».

(0301)

“Evangelio

Si las casas hablasen…

Mira la veleta, tan deslumbrante, tan campanuda, tan engreída… Desde lo más alto de la casa, proclama a los cuatro vientos su superioridad, aunque ella misma es esclava de los vientos: «Soy rey. Estoy en la cumbre». Las ventanas, balcones y columnas, como alucinadas por el esplendor de la veleta, la miran y tiemblan, unos de miedo, y otros de admiración.

Los cimientos callan. En lo más bajo, pisados, ignorados y despreciados, habitan en lo escondido y sostienen el peso del edificio. Poco les afecta el cacareo de la veleta y el desvarío de los vientos. Un día, cuando el estúpido gallo de oro esté pronunciando su más ampuloso discurso, les bastará un leve movimiento, y toda la casa temblará, caerá la veleta y se romperán los cristales. Las piedras que estén asentadas sobre los cimientos serán arrancadas de esta tierra y llevadas al cielo por quien, desde abajo, todo lo sostenía en silencio.

Si tú eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo. Podéis burlaros de quien ahora calla. Pero no hay más rey que Él. Apoyad en Él vuestra vida, y viviréis para siempre. Seguid soñando que sois dioses, y, cuando Él despierte, moriréis sin remedio.

(XTOREYC)

Solamente…

Todos los años, cuando llega la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, me entretengo mirando una estampa que pintó san Rafael Arnáiz. En ella, el Crucifijo lo llena todo. Es un Cristo muerto; sereno, entregado, como el de Velázquez, aunque su rostro está descubierto y radiante. De fondo, una noche serena, la que cubrió la tierra desde la hora sexta, y unos montes que se divisan desde la altura, porque el Calvario es el monte más elevado de la tierra. Recuerdo haber visto así los montes cuando ascendí al Sinaí.

Debajo de la Cruz, y con un tamaño diminuto, un monje trapense se encuentra arrodillado, baja la cabeza y oculta por la capucha. Está inmerso en una profunda adoración. Y, como pie de la imagen, una frase: «Solamente Dios. Solamente la Cruz de Cristo…».

No hace falta nada más para rezar en este día. El «fuera de campo»: lejos de allí, los hombres se afanan y se inquietan por mil cosas que a nada los llevan. Ríen, lloran, compran, venden… y mueren. El enamorado, sin embargo, derrama su vida a los pies de la Cruz, y ya no desea nada más. Solamente Dios, solamente la Cruz de Cristo.

(1409)

La frase del verano

No sé si Pedro, desde el cielo, estará muy de acuerdo con la traducción moderna de sus palabras:

Maestro, ¡qué bueno es que estemos aquí!

¿Alguno de vosotros dice: «qué bueno es que estemos aquí»? La traducción anterior se entendía mejor: ¡Qué bien se está aquí!

Esa frase, además, es la más repetida del verano. ¿Cómo no entenderla? Ocho de la tarde, terraza de un bar, a la sombra. Llega una cerveza en copa helada. Y, después del primer sorbo, dice Mariano: «¡Qué bien se está aquí!». Doce de la mañana. Sale Benita del agua. Se extiende, cuan larga es, en su toalla, al sol, y dice: «¡Qué bien se está aquí!». ¿Lo ves? Es la frase del verano.

Y eso que la gente no conoce lo mejor. Por la mañana, a primera hora. O por la tarde, cuando atardece. Entras en la iglesia, te arrodillas ante el sagrario, lo miras con todo el amor de tu alma, Él te mira desde el tabernáculo… Y le dices: «¡Qué bien se está aquí!».

La cerveza y la playa están muy bien. Pero, si no descansa también el alma, me parece un pobre verano el tuyo. No te prives de lo mejor.

(0608)