Evangelio 2020

Fiestas del Señor – Página 2 – Espiritualidad digital

Llanto y consuelo de Dios

sagrado corazón«Anoche, soñando, he visto a Dios llorando, jamás lo olvidaré»… Recuerdo esta canción desde mi niñez, cuando la escuché en una de aquellas cintas de casete que mi padre llevaba en el coche. Las palabras «Dios» y «llorando», al chocar entre sí en mi cabeza, hacían saltar chispas. ¿Dios llora?

¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas y pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento.

La fiesta del sagrado corazón de Jesús celebra a un Dios que llora y ríe. A este Dios pastor, cuando se le descarrió el hombre, se le salió el corazón del pecho en busca de su oveja perdida. El Hijo, inflamado por el Espíritu, es el corazón de Dios. Y, habiendo salido del pecho de la Trinidad, se hizo hombre, y adoptó un corazón humano, capaz de reír y llorar.

No tengo que soñar para ver a Dios llorando; yo le hice llorar. Sus lágrimas me han redimido. Por el mismo motivo, también sé que le puedo consolar. A esa tarea quisiera dedicar el resto de mis días.

(SCORJC)

El Pastor en la custodia

Me han preguntado si no será irreverente detener la procesión del Corpus en la plaza del centro comercial a la una y media de la tarde, mientras cientos de personas están sentadas en las terrazas de los bares tomando el aperitivo, y realizar allí una estación a Jesús sacramentado.

No es irreverente, es maravilloso. Porque es precisamente allí, donde los hombres comen y beben, donde debemos mostrarles el Pan de vida, el alimento que sacia sin cansar. Cuando elevo la custodia sobre todas esas mesas y todas esas gentes, me siento el más distinguido de los camareros. Miro a mi alrededor, y veo cómo algunos se levantan de las sillas, dejan aparte cerveza y calamares, y se santiguan con reverencia. Otros, ya sabe usted, otra de gambas y qué pesados son los curas.

Pero en todos queda el recuerdo. Y, en quienes quieran aceptarlo, el mensaje de que a Cristo le importan, y así ha querido abandonar el sagrario para ir Él a donde están los que no van donde está Él. En la custodia lo siento como un pastor que sale a buscar a las ovejas perdidas.

¡Sal con Él! No faltes hoy a la procesión del Corpus Christi.

(CXTIC)

La oración como tertulia

En España, la palabra «tertulia» se hizo famosa desde el siglo XIX. Escritores, médicos, o intelectuales se reunían para hablar de asuntos en los que todos tenían interés. Se hablaba por el gozo de hablar y de intercambiar opiniones. Yo mismo, que no soy tan mayor, en mis tiempos universitarios asistía, regularmente, a una tertulia en un famoso café de Madrid junto a otros estudiantes. Llegábamos a las tres de la tarde, y, en ocasiones, salíamos ya de noche. Algunos sábados nos reuníamos más de veinte, y, otros, menos de diez. Pero nos hubiera bastado con tres: lo que para dos es diálogo, con tres se convierte en tertulia.

Está bien que, en tu oración, hables con Dios. Pero Dios y tú sois dos. Aún no has descubierto la oración como tertulia.

El Espíritu de la Verdad hablará de lo que oye. Recibirá de lo mío y os lo anunciará. Todo lo que tiene el Padre es mío.

Abre los ojos, que sois cuatro en oración, no dos. Habla con el Padre («Papá»), habla con el Hijo («Jesús»), y deja que el Espíritu te acerque sus palabras para que escuches. Disfruta, en tu oración, el placer de una maravillosa tertulia.

(SSTRC)

Cristoestima

simón y judasDurante su paso por la tierra, el corazón humano del Señor mostró predilecciones, que no son lo mismo que la acepción de personas. Privilegió a tres apóstoles: Pedro, Santiago y Juan, y les confió su intimidad en el Tabor y en Getsemaní. Privilegió a Marta, María y Lázaro, en cuyo hogar de Betania descansaba como si fuera su casa.

No tengo la menor duda de que, en el Cielo, ese corazón humano sigue teniendo sus predilectos. Y esos predilectos son sus sacerdotes. Dirás que el sacerdote que escribe tiene inflamada la autoestima. Bueno, confieso que tengo inflamada la «Cristoestima». Me la ha inflamado Él. Palpo y saboreo esa predilección cada día.

Padre, este es mi deseo: que los que me has dado estén conmigo donde yo estoy.

Los sacerdotes somos regalo del Padre al Hijo; le pertenecemos, somos suyos. Y quiere que estemos donde Él está: en la Cruz. Esa Cruz es nuestro hogar y nuestra vida, nuestro altar y nuestra Hostia. Un sacerdote que no está crucificado es un pobre hombre fuera de su casa.

¿Qué pediréis hoy para los sacerdotes? Pedid lo más necesario: que seamos santos, que estemos inquebrantablemente unidos a la Eucaristía que ofrecemos cada día.

(XTOSESC)

La Anunciación: detrás de las cámaras

Cuando san Lucas nos presenta a la Virgen, nos la muestra ya adolescente, sonrojada ante el saludo del arcángel Gabriel. Pero ese encuentro, decisivo en la vida de María, fue preparado por una infancia que apenas se vislumbra tras los relatos evangélicos.

Desde muy niña, la que fue concebida inmaculada experimentó en su alma el Amor de Dios como nadie hasta entonces. Dios la amaba con santos celos, con amor de Esposo; la quería toda suya. Y, así, en secreto, desde la más tierna infancia se consagró a Él. A sí misma se decía que ella era la esclava del Señor. Pero no podía decírselo a nadie más, porque hubiera sido tenida por blasfema.

Concertaron sus padres el matrimonio con José, y ella guardó silencio y celebró los desposorios. Pero, por dentro, se sumió en el desconcierto. ¿Cómo cumplir con su voto de virginidad, y obedecer también a sus padres?

Entonces llegó el ángel. Y desplegó ante ella el plan de Dios, que ponía fin a sus dudas. Sería esposa, sería madre, y sería virgen. Toda de Dios para siempre.

Se postró.

He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.

Y el Verbo se hizo carne.

(2503)