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Fiestas del Señor – Página 2 – Espiritualidad digital

¿Por qué el sacerdote es varón?

sacerdoteCuando, en el principio, Dios creó al hombre, lo creó varón y mujer, reflejando en ellos el diálogo amoroso y eterno que Padre e Hijo mantienen en el Espíritu. Ese diálogo amoroso marca la Historia y la condición humana misma. Adán y Eva, Yahweh e Israel, Cristo y María, Cristo y la Iglesia, el sacerdote y el pueblo… Esposo y Esposa.

Quienes hoy quieren eliminar la distinción entre varón y mujer lo hacen movidos por el deseo de reducir la naturaleza humana a una masa amorfa que puedan modelar según las ideologías del momento. Sus eslóganes son como una motosierra que arrasara el jardín de Dios, talando árboles, segando flores y plantas, y convirtiéndolo en un solar sobre el que edificar templos a sus baales. Una vez arrasado el jardín, lanzan su grito: «¿Por qué no hay sacerdotes mujeres?».

Por lo mismo por lo que no hay varones madres. El sacerdote es varón, como Cristo, porque es esposo, y lo es con todo su ser. Y la Iglesia es, como la Virgen, esposa. Y en torno a ese diálogo amoroso entre el Esposo y la Esposa surge la vida. Lo demás es muerte y esterilidad, aunque la proclamen a gritos.

(XTOSESC)

¡Qué gracia!

Estamos ante una de las páginas más luminosas de toda la Escritura. Ese diálogo entre Gabriel y la santísima Virgen alumbra en el alma resplandores de Cielo:

Alégrate, llena de gracia… No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios.

¿No se resume en gracia, al fin y al cabo, todo el misterio de la salvación humana? Está ante la Inmaculada, y Gabriel no dice: «Lo has hecho todo bien», aun cuando sería verdad. Pero su mensaje es: «A Dios le haces gracia, eres graciosa a sus ojos. Te mira, y sonríe». Todo el beneficio que la gracia divina derrama en el alma de una criatura comienza así: «Le has hecho gracia a Dios».

Me consuela, porque no soy, precisamente, inmaculado. Pero Dios ha derramado su gracia en mí, y sé que le hago gracia. No puedo dejar de pensarlo; en mi pecado y en mi imperfección, soy un agraciado, Dios me mira y sonríe. Y Él irá santificando su nombre en mí, con tal que yo diga, de corazón, lo que respondió la Inmaculada:

Hágase en mí según tu palabra.

Sólo el miedo a rendirme en sus manos podría truncar esta historia de amor. No lo permitas, Dios mío.

(2503)

Y el templo se llenó de gozo

Aquella mañana, el templo se llenó de alegría. La mayoría de quienes allí estaban no notaron nada, iban a lo suyo y no prestaban atención; tenían ojos y no veían; tenían oídos y no oían; honraban a Dios con los labios, pero su corazón no estaba en el templo, sino en otro lugar. Sin embargo, algunas almas escogidas, cuyos corazones estaban elevados al cielo esperando el consuelo de Dios, se llenaron de ese júbilo y lo hicieron resplandecer en sus rostros.

Mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos. Los labios de Simeón manaron una alegría serena y sobrenatural. Y Ana, la vieja profetisa, alababa a Yahweh, viendo compensados sus ayunos con aquel banquete de Amor divino. Y el silencio embelesado de la Virgen, y el gozo contenido de José…

Pido al cielo esa misma alegría para ti y para mí; para nuestras almas en gracia, que son templos donde habita el Espíritu de Cristo. Nuestros ojos no han visto al Salvador, como lo vieron los de Simeón; pero mora en nosotros, como moró en las entrañas de la Virgen, y nos llena por dentro, como llenó el Templo de Jerusalén aquella mañana.

(0202)

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