Libros de José Fernando Rey Ballesteros

Domingos de Tiempo Ordinario (ciclo C) – Espiritualidad digital

El enfriamiento global

Quizá haya quien piense que habría que reservar estos pasajes evangélicos para enero, cuando la prensa no viene llena de incendios, pirómanos, y subidas de temperaturas:

He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo!

Sólo faltaba un texto como éste para que nos culpen a los cristianos del apocalipsis climático, como culpó Nerón a la Iglesia primitiva del incendio de Roma.

Te ofreceré una visión del Planeta distinta a la que capta el Meteosat:

Hace un frío terrible; vivimos la peor de las glaciaciones. El amor a Cristo desaparece de las almas, y los corazones se congelan entre pantallas e indiferencias. Muchos cristianos, que acuden a los templos, han refrigerado su piedad sepultándola entre el hielo de una vida burguesa. Van a misa, y rezan, pero todo lo hacen con desgana… Les despierta más pasión el fútbol, o la política, que Jesucristo.

He venido a prender fuego a la tierra

El mundo necesita pirómanos; corazones encendidos de amor a Jesucristo que incendien la Tierra y derritan las almas de los hombres como cera. Cuando provoquemos ese necesario «calentamiento global», el Señor podrá volver tranquilo a instaurar su reino, sabiendo que nos encontrará preparados.

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El aprobado infeliz

¿Qué tiene de malo que un estudiante se dedique al ocio, día tras día, hasta la noche anterior al examen? Si aprueba, ¿qué problema hay?

Hay dos problemas: el primero es que ese joven no disfruta del estudio; es, para él, una tarea aburrida a la que dedicará el menor tiempo posible. El segundo es que si, con una noche de estudio, logró aprobar, si hubiera estudiado cada día habría obtenido una nota mejor. Al final, lo que le ha salvado es conocer el día del examen. Así sabía, exactamente, qué noche sacrificar.

Estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre. Si, como ese estudiante, conocieras la hora de tu muerte, y decidieras vivir a tu antojo y confesar quince minutos antes de esa hora, quizá te salvaras… pero no habrías disfrutado de Dios en vida, y eso no tiene remedio. Además, si la confesión de última hora te ha llevado al Cielo a través de un largo purgatorio, una vida santa y feliz habría convertido en cielo tus días aquí, y te llevaría al Paraíso sin apenas purificación.

Por si acaso… Te recuerdo que no conoces el día ni la hora del examen.

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La libertad de los hijos de Dios

Aquel hombre pensaba que la autoridad de Jesús pondría fin a un conflicto familiar: Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia. Pero Jesús no respondió como él esperaba: Hombre, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre vosotros?Después comenzó a enseñarles verdades eternas: Guardaos de toda clase de codicia. Le estaba respondiendo: «tu problema no te lo resuelvo; pero escucha lo que te digo, y sabrás resolverlo tú solito». ¡Bravo!

Jesús no vino a pensar por nosotros, sino a redimirnos. Tampoco la Iglesia está en el mundo para dar respuesta a cuestiones temporales, sino para mostrarnos el camino del Cielo. Ella os dirá lo que os acerca a Dios y lo que os aleja de Él; pero no os dirá a qué partido político debéis votar, ni cuál es la solución a los problemas económicos de un Estado. Lo mismo sucede con la dirección espiritual: el sacerdote te mostrará cómo acercarte a Cristo, pero no le preguntes dónde debes ir de vacaciones. Y, si te lo dice, no le hagas caso. Ni la Iglesia, ni el sacerdote, pueden suplir tu inteligencia y tu libertad. Después de haber escuchado la enseñanza, tus problemas debes resolverlos tú solito.

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Las serpientes no se comen

«Yo rezo, pero Dios no me escucha». No lo digas jamás. Dios te escucha siempre. Aunque no siempre te da lo que le pides.

Cuando el hombre de la parábola que hoy nos regala el evangelio pide tres panes a su amigo, el amigo responde: No me molestes. Pero, ante la insistencia de aquel hombre –dice el Señor–, al menos por su importunidad se levantará y le dará cuanto necesite.

¿Quiere eso decir que obtendrás de Dios todo lo que desees, si eres perseverante en tu oración? No necesariamente. Fíjate en que el amigo inoportuno pedía pan, y el hijo a quien después se refiere Jesús pide un pez: ¿Qué padre entre vosotros, si su hijo le pide un pez, le dará una serpiente?(No es casualidad: panes y peces). Pero, ¿qué hará el padre, si el hijo le pide una serpiente? ¿se la dará, por mucho que insista?

A veces pedimos cosas que no nos convienen. Y Dios, que lo sabe, no nos las otorga. En esos casos, si persistimos en la oración, Dios nos concede algo mejor: acabamos por descubrir que las serpientes no se comen, y agradecemos a Dios que no nos concediera lo que pedíamos.

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La «pachorra» de Jesús

En casa de Marta y María, y yo acordándome de la barca y la tormenta. ¿Qué tendrán que ver? La barca es pequeña, y la casa grande. La barca estaba empapada, y la casa seca, salvo por el agua de fregar platos. En la barca, Jesús dormía, y, en casa de Marta, habla. ¿Qué tienen, entonces, que ver ambos escenarios?

En la barca, los apóstoles se agobiaron y despertaron al Señor: Maestro, ¿no te importa que perezcamos? (Mc 4, 38). En casa de María, Marta se agobia e interrumpe a Jesús: ¿No te importa que mi hermana me haya dejado sola para servir?Las dos preguntas se parecen mucho. Y también se parecen los preguntones: tanto los apóstoles como Marta, sin decirlo, pensaron que Jesús tenía una «pachorra» inexplicable. ¿Cómo puede estar tan tranquilo mientras nos ahogamos, mientras yo me desvivo como una esclava? En el Lago, Jesús se levantó y calmó la tormenta. En casa de María, en cambio, Jesús se levantó y regañó a Marta.

Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; sólo una es necesaria.

Aprende una cosa: cuando tú estás nervioso, y Jesús está tranquilo, el que anda desajustado eres tú, no Él. Cálmate.

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