Evangelio 2020

Domingos de Tiempo Ordinario (ciclo C) – Espiritualidad digital

Un amigo incómodo

No estoy seguro de que la palabra «resignación» sea católica. Yo, desde luego, no la he bautizado. Me parece una palabra triste, propia de quien baja la cabeza, se encoge de hombros, y ahí me las den todas.

No. Los cristianos no nos resignamos con el dolor. Podemos, incluso, amar el dolor, porque nos acerca a Jesús crucificado. Convertido en Cruz, el dolor es amor para nosotros.

Pero nuestro amor al dolor no supone apego, porque sólo a Cristo estamos apegados. Por mucho que amemos el dolor, estamos deseando quitárnoslo de encima. Y no hay contradicción en lo que digo. En esta vida, el dolor nos acerca a Cristo; pero, en el cielo, no necesitaremos tan incómodo amigo. Lo mismo sucede con la muerte: la amamos, porque nos llevará al Paraíso, pero estamos deseando dejarla atrás definitivamente.

Con vuestra perseverancia, salvaréis vuestras almas. Las pruebas anunciadas en el evangelio (terremotos, hambres, pestes, persecuciones…) son «el lado de acá» de la puerta. Las cruzaremos llenos de esperanza, porque nuestros ojos se clavarán en «el lado de allá», en la salvación.

Por tanto… Bienvenido sea el dolor; bienvenida la muerte… Pero que pasen cuanto antes, por favor. Queremos ver a Cristo glorioso.

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Sudokus

Los sudokus con que los saduceos, en tiempos de Jesucristo, pasaban el rato, no se formaban con números, sino con dilemas morales. Tan entretenidos les resultaban, que quisieron comprometer al Señor con un sudoku de nivel 5:

Moisés nos dejó escrito: “Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero sin hijos, que tome la mujer como esposa y dé descendencia a su hermano”. Pues bien, había siete hermanos; el primero se casó y murió sin hijos. El segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete, y murieron todos sin dejar hijos. Por último, también murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer?

Jesús tomó el sudoku y lo rasgó. En este mundo los hombres se casan. Pero los que sean juzgados dignos de tomar parte en el mundo futuro no se casarán, pues ya no pueden morir.

No habéis entendido nada. El mundo futuro no es una prolongación infinita de esta vida. ¡Menudo aburrimiento, si así fuera! El matrimonio es vínculo que une a caminantes, pero, allí, el camino ya estará completado. Quedarán la verdad, la vida, el Amor, el gozo. la quietud… Y no habrá sudokus.

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¡Súbete a esa higuera!

«Siento envidia de ti, porque tienes fe. Yo quisiera tener fe, pero Dios no me la ha dado». Son palabras seductoras, que quizá algunos habéis escuchado de labios de un agnóstico. Dan ganas de responder: «¡Pobrecito! Voy a rezar por ti». Sin embargo, no siempre la respuesta que pide el corazón es la respuesta correcta. En este caso, más valdría responder: «Si quieres tener fe, búscala, y Dios no te la negará».

Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de ver quien era Jesús, pero no lo lograba. Se subió a un sicomoro para verlo. Este pecador redomado no se lamentaba, diciendo a sus amigos: «Quisiera ver a Jesús, pero no puedo, porque soy bajito». En lugar de eso, echó mano de su ingenio y de sus fuerzas, y puso todos los medios para alcanzar lo que realmente deseaba. Y ¡vaya si lo alcanzó! Lo visitó Jesús, se convirtió, y cambió su vida.

Díselo a tu amigo: «Si realmente deseas tener fe, busca a un sacerdote. Plantéale tus dudas. Acude a un medio de formación cristiana, para que conozcas esa doctrina que quisieras creer. Súbete a esa higuera, y te aseguro que Jesús pasará, te mirará, y lo amarás desesperadamente».

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Rezando y pecando a la vez

parábola del fariseo y el publicanoEn ocasiones, he tenido que reprender a quien estaba confesando sus pecados, porque, en lugar de pedir perdón de sus culpas, estaba acumulando culpas nuevas. «Padre me confieso de que mi cuñado es insoportable, no hay quien lo aguante, es un pesado, y no paga sus deudas»…

El realizar una acción sagrada no nos inmuniza contra el pecado. Hay quien peca mientras reza, como el fariseo de la parábola: ¡Oh, Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros. Peca contra la humildad, y peca contra la verdad. ¿Por qué estás tan seguro de no ser como los demás? Quizá no robes bancos, pero a Dios le has robado tu vida muchas veces. Quizá no seas injusto cuando compras y vendes, pero juzgas a muchos injustamente. Quizá no hayas mancillado el lecho conyugal, pero has mancillado el Amor de Dios adulterando con tus pecados. No sólo eres soberbio. Además, mientes.

Nunca os creáis mejor que nadie. Muchas horas, y muchos años de confesonario, me han dejado una certeza que corroboro cada día: aunque cada uno tenemos nuestras especialidades a la hora de pecar, venimos a ser todos, más o menos, lo mismo: unos pobres pecadores.

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El grito de la viuda

La parábola de la viuda inoportuna suscita algunas preguntas:

Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. En aquella ciudad había una viuda que solía ir a decirle: «Hazme justicia frente a mi adversario».

¿Qué pedía aquella viuda? ¿Quién era su adversario? ¿Quería que el juez confiscase el televisor del vecino, porque lo ponía a todo volumen por las noches? ¿O quería que el yerno le devolviera los dos mil euros que le prestó? ¿Qué quería?

La viuda, que es la Iglesia, elevó su grito al Juez con lágrimas poco después de que Jesús pronunciara esta parábola. Lo hizo en un escrito del siglo II, llamado «Didaché» o «Enseñanza de los apóstoles». Allí rogaba: «¡Venga tu gracia y pase este mundo!».

Eso es lo que gritaba la viuda: «Soy esposa de Cristo, he sido comprada por Él. No merezco estar asediada por las tinieblas del demonio y de la muerte. Hazme justicia: envíame a tu Hijo para que reine con Él eternamente. Marana Tah!».

En el siglo II, la viuda seguía gritando. En el siglo XXI… ¿Cuántos prolongan este grito?

Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?

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La lepra, la gripe, la gracia…

diez leprososCuando los leprosos acudieron a Jesús, se quedaron a distancia. Se pararon a lo lejos, y a gritos le decían: «Jesús, maestro, ten compasión de nosotros». La lepra era señal de impureza, y, por respeto, no se acercaron. Ojalá los imitaran mis penitentes, porque tengo a media parroquia con gripe, y algún pecador, además de confesarme los pecados, me va a transmitir los gérmenes si siguen confesando cara a cara en lugar de usar la rejilla. Y, como acabe yo en cama, ¿a quién confieso?

Volviendo a lo importante: Mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se postró a los pies de Jesús. ¿Ves cómo se han acortado las distancias? Mientras estaba sucio, se quedaba lejos. Ahora, cuando está limpio, se aproxima hasta besarle los pies.

No es lo mismo estar en pecado que estar en gracia. Un alma en pecado siempre reza desde lejos; el alma en gracia reza en intimidad con Cristo. Por eso, si estás en pecado, haz caso a Jesús: ve al sacerdote, confiesa. Y, si andas griposo, ve por la rejilla, por favor. Luego, ya en gracia, abraza al Señor. Al sacerdote, mejor déjalo, hasta que te cures. Gracias.

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El Siervo

Jamás entenderemos la hondura de la parábola del siervo inútil si la leemos deprisa. Porque rápidamente pensamos que el Hijo de Dios, autor de la parábola, es el Amo, y a nosotros nos corresponde el papel del servidor.

Trasladémonos a la Última Cena: Os digo que desde ahora ya no beberé del fruto de la vid hasta el día que beba con vosotros el vino nuevo en el reino de mi Padre (Mt 26, 29). Después de realizar su trabajo labrando o pastoreando  (que ambas labores realizó el Hijo de Dios), Jesús piensa ya en la comida que le aguarda en casa.

Prepárame de cenar, cíñete y sírveme mientras como y bebo, y después comerás y beberás tú. Antes de pasar al reino de su Padre, el Siervo tenía que alimentar a sus señores. Y, en la Cruz, nos entregó su cuerpo como alimento y su sangre como bebida. Después, cuando consumó su servicio, pasó a comer y beber con su Padre.

Lo sorprendente de la parábola es que el Hijo de Dios asumió primero el papel del siervo. Y así nos marcó el camino a nosotros.

Dios ya te ha servido a ti. Ahora, dime: ¿sirves tú a Dios?

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