Libros de José Fernando Rey Ballesteros

Domingos de Tiempo Ordinario (ciclo C) – Espiritualidad digital

La maldición del hoyo

Hay algo peor que tener razón; y es reclamar que todo el mundo te la dé. Además, si estás seguro de tener razón, ¿por qué te empeñas en que te la den?; ¿no la tienes ya?

Sé de alguien que estaba tan seguro de tener razón que no concebía, en determinados asuntos, una opinión distinta a la suya. Y, pasados diez años, cuando le recordaron aquellas posturas tan drásticas, tuvo que reconocer, llevándose las manos a la cabeza, que estaba terriblemente equivocado.

¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo?

¡Estamos tan ciegos! Por eso, la única postura sabia es la de dejarse guiar por Dios, y por la Iglesia, que es el candil donde la luz de Dios reposa. Las verdades eternas son las únicas que podemos defender, incluso con nuestras vidas –como han hecho los mártires–, sin temor de estar equivocados. En cuanto a lo demás… mejor ser humildes.

Pero, si te gusta guiar a otros, al menos déjate guiar tú primero. ¿Tienes director espiritual? ¿Eres sincero con él? ¿Le obedeces? Cuando quien guía a otros se deja guiar por la Iglesia, es más fácil conjurar la maldición del hoyo.

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Genética y ejemplo

Los hijos llevan los genes de los padres, y solemos decir que «de tal palo, tal astilla». Pero no todo son genes. También imitan los hijos lo que ven hacer a sus progenitores. Genética y ejemplo se confabulan para que sean los hijos dignos de los padres.

Amad a vuestros enemigos; y seréis hijos del Altísimo, porque él es bueno con los malvados.

A nadie le brota del corazón el deseo de amar al enemigo. Del enemigo te defiendes, o lo atacas, o lo ignoras. Pero amarlo… Eso sólo lo hace Dios. Dios envió a su Hijo para redimir a quienes le habían ofendido, y, en la Cruz, ese Hijo pidió perdón para sus verdugos.

Para poder actuar así no basta con ser hombre; es preciso ser hijo de Dios, llevar sus genes, vivir de su Espíritu. Sólo un alma en gracia está capacitada para amar de esta manera.

Aunque no bastan los genes. Es preciso, además, que esa alma en gracia medite día y noche la misericordia que el Señor ha tenido con ella. Sólo así podrá imitarla y vivirla, también, con sus semejantes.

Genética y ejemplo. Gracia y contemplación. Ellas son la clave del Sermón de la Montaña.

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Ay, ay, ay, ay…

La versión que san Lucas nos ofrece de las Bienaventuranzas añade cuatro lamentos:

Ay de vosotros, los ricos… Ay de vosotros, los que estáis saciados… Ay de los que ahora reís… Ay si todo el mundo habla bien de vosotros

Ay, ay, ay, ay, como en Cielito Lindo. Pero más llora que canta.

Me quedo con el cuarto. ¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros!

Facebook nos ha demostrado lo mucho que nos gusta gustar. Y, también, el pánico que nos produce disgustar. Semejante idolatría, desgraciadamente, se filtra también en la Iglesia. Quisiéramos que el mundo nos aprobase. Si nuestro discurso no es alabado, nos acusamos de ser poco dialogantes y no aceptar los signos de los tiempos. Mejor callar «ciertas cosas», que chocan con lo políticamente correcto, que molestar a los hombres y perder más «likes» de los que ya hemos perdido.

Y, sin embargo, no deberíamos buscar más que un «like»: el de Dios. El que dio a su Hijo, mientras su Hijo colgaba de una Cruz, cubierto de infamias.

Si, al final, logramos que todo el mundo hable bien de nosotros, quizá debamos temblar. Eso es lo que vuestros padres hacían con los falsos profetas.

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Obedecer es fiarse

¿Qué es la obediencia?

Me respondes que consiste en estar abierto a lo que la Iglesia dice, y dejarse enseñar. Escuchar la doctrina, aplicar el entendimiento para comprenderla, y después, ponerla en práctica, sabiendo bien por qué lo haces. La misma actitud tienes ante el director espiritual: le escuchas, le preguntas, tratas de comprender lo que te dice y, cuando lo has comprendido, lo pones por obra. Pero, si no comprendes, si no estás de acuerdo…

Es que la obediencia no es eso. En el fondo, te obedeces a ti mismo. Y tienes razón en que hay que aplicar el entendimiento y tratar de entender, porque nada de lo que la Iglesia dice es irracional. Pero no siempre podrás comprender.

Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes.

Humanamente, era la pesca imposible. Todos los razonamientos incitaban a volver a casa. Pero Pedro se fio de Jesús, y echó las redes. Nunca había obtenido una pesca así.

Obedecer es escuchar, procurar comprender, y, cuando no se puede comprender –siempre que lo que te pidan no ofenda a Dios–, fiarse, abrirse al misterio. No todo cabe en tu cabecita.

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Amigo Juan…

Supón que, desde hace meses, tu desodorante favorito te ha abandonado. Algo le habrás hecho. O, simplemente, tus fluidos se han vuelto inmunes a la química del «Rexona». Y, conforme recorres los pasillos, la gente se echa a los lados, se da la vuelta, o se tapa la nariz disimuladamente… pero nadie se atreve a decirte nada. Hasta que un buen amigo te toma a solas (y sin mascarilla), para decirte: «Amigo Juan / apestas a caimán. / Tu Rexona / ya no funciona». En ese momento, te revuelves, le sacudes un derechazo, y te vas a esparcir tu fragancia a otro sitio.

Eres bobo. No sólo hueles a caimán; además, eres bobo.

Como aquellos nazarenos. Jesús les dio a sus familiares y vecinos lo mejor que podría darles: la verdad. Y les advirtió de la ingratitud de su raza, del modo en que habían despreciado a sus profetas mientras los extranjeros los honraban… Pero ellos, dándose por ofendidos, lo echaron fuera del pueblo y lo llevaron hasta un precipicio con intención de despeñarlo.

¡Si hubieran escuchado! Habrían sido los primeros en salvarse.

Pero hay algo peor que hacer las cosas mal, y es no dejarse corregir por el amigo.

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