Evangelio 2022

Domingos de Tiempo Ordinario (ciclo C) – Espiritualidad digital

Nefertiti en camisón

«Estoy tremendo, estoy que crujo. Soy Nefertiti en camisón»… Escucho este anuncio en la radio cada mañana. Si compras el cupón de lotería, estarás tremendo, crujirás, serás la emperatriz en traje de noche… ¿Quién no quiere estar tremendo? La misión del vendedor es agradar y suscitar unanimidades. ¿Podría vender algo un comerciante diciendo que, si compras su cupón de lotería, lo normal será que no salga premiado?

Todo esto puede servirte para vender lotería. Pero, si quieres ser apóstol de Cristo, olvídate. Jamás podrá competir un crucificado con Nefertiti en camisón.

Jesús anuncia, pero no vende nada. El marketing le es completamente ajeno. Sus palabras no suscitan unanimidades, sino perplejidad. Algunos, fascinados con Él, lo siguen hasta la muerte. Otros, encolerizados por el anuncio, lo odian y lo matan.

¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división. Desde ahora estarán divididos cinco en una casa: tres contra dos y dos contra tres. Si quieres ser apóstol, debes renunciar a caer bien. Proclamarás la verdad sin respetos humanos. Muchos te seguirán. Otros te odiarán, pero a nadie dejarás indiferente. Tú amarás a todos, y a todos redimirás, ya sea por la palabra o por la sangre.

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Me pregunto si estaremos a la altura

Hoy me quedo con la última frase. Es la que deja el sabor de boca. Y, no nos engañemos, la única que algunos feligreses recuerdan tras decir: «Gloria a ti, Señor Jesús».

Al que mucho se le dio, mucho se le reclamará; al que mucho se le confió, más aún se le pedirá.

Gran parte de vosotros estáis entre aquéllos a quienes se les ha dado mucho. Tenéis fe, frecuentáis los sacramentos, comulgáis y habláis con Dios. No creo que a un joven educado en Teherán se le reproche no haber atendido en misa. Pero nosotros… somos unos privilegiados. Y se nos pedirá mucho.

Se nos preguntará si hemos aprovechado la Misa, si hemos procurado confesar con frecuencia para participar, vestidos de boda, en el banquete del Cordero.

Se nos preguntará si quienes hemos sido bendecidos con la predicación, y hasta con la dirección espiritual, hemos obedecido a quien nos mostraba el camino.

Se nos preguntará si hemos repartido generosamente esos tesoros a quienes no los conocían, o nos hemos apoderado egoístamente de ellos.

Se nos preguntará si hemos agradecido tanta bendición…

No permitas, Señor, que tantos dones los recibamos en vano. Otórganos uno más: la correspondencia a la gracia.

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Parábola del necio

Llevaba yo la comunión a una mujer que vivía en la miseria, y pregunté a sus hijos cómo permitían que su madre viviera en esa precariedad. Me dijeron que la madre tenía millones en el Banco. Cuando le pregunté a ella, me respondió: «Es por si me pasa algo»… Cuando le «pasó algo», los hijos dilapidaron los millones de la madre a la velocidad a la que gasta uno el dinero por el que no ha sudado.

Necio, esta noche te van a reclamar el alma, y ¿de quién será lo que has preparado?

¿Qué nos pasa con los bienes materiales? ¿Por qué razón las que deberían ser herramientas que nos permitan alcanzar el Cielo se convierten en grilletes que nos impiden caminar hacia Dios? Me dices que faltaste a Misa porque te quedaste esperando al técnico que venía a reparar la conexión a Internet… ¿De verdad valió la pena? ¿Perdiste la comunión… por unos gigabytes?

No es malo tener dinero. Pero empleadlo para llegar al Cielo, no para apartaros de Dios.

Termino con dos consejos, uno de san Pablo y otro mío: Aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Y moríos sin un céntimo.

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Aparcar el coche y redimir almas

Desde el momento en que abro la puerta del coche para conducir hasta Madrid, aviso a mi ángel de que estoy saliendo, para darle tiempo a que me consiga una plaza de aparcamiento. He descubierto que, si se lo pido al llegar, se lo pongo muy difícil al pobre.

«¡Qué tontería!», pensaréis. Cierto. Pero la vida también se compone de tonterías simpáticas, que forman parte del coloquio con amigos del Cielo. Luego están las cosas serias. No es lo mismo pedir aparcamiento al ángel que pedirle almas a Dios.

Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá. Quienes pedís con lágrimas por vuestros hijos, vuestros nietos o vuestros amigos, como pido yo por mis feligreses, acordaos de santa Mónica. Dios nunca rechaza esa oración. Pero las almas son muy caras.

Para obtener almas, debemos pedir desde la Cruz, mezclar nuestras lágrimas con las de Cristo, y unir a la ofrenda del Calvario el sacrificio de nuestras vidas. Sobre todo, no le marquéis plazos a Dios. Si quiere teneros pidiendo durante años, no desfallezcáis. Veréis el fruto desde la tierra, o desde el Cielo. Dios no puede negar almas a quien se las pide con lágrimas.

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La extraña pareja

Entre Marta y María, estoy dividido. Porque mis vísceras se abrazan a Marta.

Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola para servir? Dile que me eche una mano.

¡Pobrecilla! Se está deslomando, mientras su hermanita está tan tranquila, sentada, escuchando a Jesús. ¿Habéis visto la película «La extraña pareja»? Yo viví unos años con un compañero, y la clavábamos. Me afanaba en la limpieza y en la cocina mientras él rezaba. Le gritaba: «¿Puedes ir a por sal a la tienda, que se nos ha acabado?». Y él, desde su habitación, me respondía: «Es que estoy rezando». Como para abrirse las venas.

María, pues, ha escogido la parte mejor. Las vísceras se quejan, pero el alma lo entiende. Si deposito una tonelada de pan sobre el altar, y no la consagro, será sólo pan. Una miga consagrada vale infinitamente más. Así es quien trabaja y trabaja, pero no reza. Y quienes dicen: «¡Si yo estoy rezando todo el día!», son los que menos rezan, porque nunca se sientan.

Querida Marta: Ya sé que te acuerdas de Dios mientras friegas. Pero nunca te sientas. Siéntate, por favor. Al menos media hora al día. Y, después, ¡a fregar!

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El mejor traje de samaritano

«Cariño, trátame como si fuera un enfermo de ese hospital que visitas. Porque he visto cómo te deshaces de ternura con ellos, cómo les hablas, con qué cariño te interesas por todo lo suyo… Y luego, cuando entras en casa, ni me diriges la palabra. ¿Tengo que enfermar de peritonitis para que te fijes en mí?».

¿Y quién es mi prójimo? Jesús responde con el relato del hombre que cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Y muchos, al oírlo, se visten de samaritano y salen de casa en busca de enfermos, pobres y desahuciados. Bien está. Pero deja de estar tan bien cuando esos mismos olvidan que su prójimo está en casa.

Mira a tu marido, a tu mujer, a tus hijos. ¿Conoces sus dolores? ¿O piensas que, porque no te los cuentan, eso significa que no sufren? ¿Les has preguntado? Fácilmente los juzgas cuando te hieren, pero nunca piensas que no te herirían si no estuvieran heridos ellos. ¿Por qué no te ocupas primero de los heridos que tienes en casa, antes de buscar a los de lejos?

El mejor traje de samaritano es el pijama.

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El drama de un Cristo mudo

Sal de casa, abre los ojos y los oídos, mira bien y escucha… Enciende la televisión, toma nota de lo que ves… Sube al tren, presta oído a las conversaciones… Y, dime: ¿Dónde está Cristo? ¿Has visto su imagen por las calles, has escuchado su nombre en boca de los hombres, ha sido noticia en los informativos de la televisión? ¿Dónde está Cristo? ¿Acaso no parece que Cristo haya desaparecido, o lo hayan hecho desaparecer del horizonte? ¡Cuántos niños, hoy en día, crecen y son educados en un mundo sin Cristo! Jamás han oído su nombre.

Me dirás que Cristo está, que tú lo llevas en el alma. Y te pregunto que quién se entera. ¿A cuántas personas que no lo conocen les has hablado de Él en los últimos quince días?

La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies. Quizá me equivoque, pero tengo la sensación de que muchos cristianos del siglo XXI creen que la religión es para disfrutarla, más que para darla. Rezan, pero no les arde el corazón con el celo por la oveja perdida. Tienen a Cristo, pero lo han dejado mudo.

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