Evangelio 2022

Domingos de Tiempo Ordinario (ciclo C) – Espiritualidad digital

Motas que parecen vigas…

Hablemos de motas y de vigas. De motas que nos parecen vigas, y vigas que nos parecen motas.

¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo?

Si lees en la prensa que un hombre, en Nueva Zelanda, ha enloquecido y ha matado a tiros a veinte personas, apenas le dedicas un pensamiento y pasas la página. Pero si, al terminar de leer, descubres que tu cónyuge ha dejado los calcetines tirados en el suelo, montas en casa la tercera guerra mundial. Y si tu propio cónyuge, o tus hijos, te dicen que no es para ponerse así, respondes que la culpa es suya, porque acaban con tu paciencia.

Ridículo. Pero cierto. La mota de quien tienes cerca se te convierte en viga, la viga de quien está lejos te parece mota, y tu propia viga no existe. ¿No te percatas de tu ceguera?

No has montado ese espectáculo para ayudar a tu cónyuge a que sea más ordenado, sino para no encontrarte calcetines en el pasillo. Para «sacarle la mota», le diste con tu viga en el ojo. Más te hubiera valido callar.

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Confesiones de un tonto ilustrado

No conozco a nadie que le caiga bien a todo el mundo todo el tiempo. Cuando yo era joven, uno de los chicos de mi grupo de amigos la tenía tomada conmigo. Yo no le había hecho nada malo, pero, simplemente, no me soportaba. El caso es que los insultos y los desaires de aquel chico me causaban un problema de conciencia, porque yo intentaba poner por obra el mandato del Señor: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian. Y me esforzaba por llamarlo, por invitarlo, por intentar tenerlo a mi lado. Finalmente, consulté el asunto con un sacerdote santo, y me dio un consejo que os copio en estas líneas, porque me hizo mucho bien: «Tienes que amar a quien te odia, pero no tienes por qué imponer tu compañía a quien no la quiere. Déjalo en paz. Simplemente, procura tratarlo bien si se acerca a ti, y no le devuelvas sus desaires con desaires. Pero nadie te pide que seas tú quien se acerque a él».

Cuando era joven, yo era tonto. Y quizá lo sigo siendo, pero soy un tonto ilustrado por la experiencia y por muchos buenos consejos. Escuchando se aprende.

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Y, llorando, viste a Dios

A lo largo de los siglos, el genio de los hombres ha podido escribir la Odisea, El Quijote, Macbeth y La Regenta. Pero dudo mucho que, si no las hubiera pronunciado el mismo Dios encarnado, hubiese podido escribir nadie las Bienaventuranzas. Para la sabiduría humana, las bienaventuranzas son un disparate. ¿Quién puede decir: bienaventurados los que lloráis, sin ser tenido por loco? Es como decirle a quien ha perdido las dos piernas en un accidente de moto que debe alegrarse de ello.

Pero yo he conocido a ese hombre. Y todos los años celebraba el aniversario de su accidente. Porque, en el hospital, cuando se vio inválido y recibió la visita del capellán, se encontró con un Dios a quien había rechazado desde niño. Y ese Dios llenó su vida de una alegría que jamás había conocido hasta entonces.

No es que sea bueno enfermar. Pero, cuando todo nos va demasiado bien, a menudo olvidamos a Dios, porque nos creemos seguros. Si, de repente, sucede algo que te hace llorar, y a través de las lágrimas descubres que estabas edificando sobre arena, porque sólo en Dios puedes apoyar tu vida, acabarás diciendo, mientras lo abrazas dulcemente: Bienaventurados los que lloráis.

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Y Simón le dijo que sí

Tras una noche en vela, echando en vano las redes sin lograr capturas, Simón recogía el aparejo y se disponía a volver a casa para descansar. En esto, Jesús, subiendo a una de las barcas, que era la de Simón, le pidió que la apartara un poco de tierra. Y Simón, aunque estaba cansado, le dijo que sí.

Durante horas, el Señor estuvo predicando desde la barca. Y cuando terminó, y Simón pensó que había llegado el momento de descansar, Jesús le pide: Rema mar adentro. Y Simón, una vez más, le dijo que sí.

Echad vuestras redes para la pesca, les manda el Señor. Si no habían pescado durante la noche, ¿iban a lograrlo durante el día? Pero Simón, tras una leve protesta, dijo que sí.

La pesca fue abundante. Más que eso, era «la pesca del siglo». Podrían haber nombrado a Simón, después de aquello, «el pescador del año». Y entonces Jesús le pide que abandone esa montaña de peces y se vaya con Él para ser pescador de hombres. Y Simón, de nuevo, dejándolo todo, le dijo que sí.

Hay personas que no saben decirle a Dios que no. Benditos sean. Ojalá fueras tú uno de ellos.

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Desde la butaca

La actitud de los nazarenos hacia Jesús recuerda mucho a la de Herodes. Mientras mantenía encarcelado a Juan Bautista, acudía a su celda y lo escuchaba con gusto (Mc 6, 20). Pero, en cuanto terminaba el sermón, volvía a su pecado. Después mató a Juan, y su interés se centró en Jesús. Tenía ganas de verlo (Lc 9, 9); pero, cuando lo tuvo delante, lo trató como a un mono de feria y le pidió que le hiciera un milagro (cf. Lc 23, 8). Como Jesús no se prestó al juego, lo devolvió a Pilato para que lo matase.

Aquellos nazarenos parecían hijos de Herodes. Tras escuchar a Jesús, todos le expresaban su aprobación. Pero, inmediatamente, le pidieron signos: haz también aquí, en tu pueblo, lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún. Y, como Jesús no los hizo, sino que puso en evidencia su poca fe, lo quisieron despeñar por un barranco.

Mucha gente asiste a la vida de Cristo desde la butaca del teatro. Desde allí se aplaude o se abuchea mientras se devoran palomitas. Pero Cristo no quiere fans que lo aplaudan ni críticos que lo maten; quiere discípulos que lo sigan. Y apenas los encuentra.

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“Evangelio 2022

Buscabas consejos… y te presentaron a un hombre

Hasta aquel día, Jesús había sido en todo semejante a sus vecinos nazarenos, unido a ellos en gozos y alegrías, pero sin un solo detalle que se apartase de la vida cotidiana en un pueblo pequeño.

Pero, aquel día, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Corrían rumores de que Jesús, el hijo de José, había convertido el agua en vino en Caná, había empezado a predicar, y había expulsado demonios en Cafarnaún. Por eso, cuando terminó de leer, toda la sinagoga tenía los ojos clavados en él.

Comenzó a decirles: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír». En definitiva: «El siervo de Dios, ungido por el Espíritu, soy yo». Nadie ha tenido semejante afán de protagonismo. Y en ningún caso ha estado ese afán de protagonismo tan justificado. Cristo es el protagonista de la Historia.

Los judíos acudían a la sinagoga para que les dijesen qué debían hacer. Y aquel sábado, en lugar de recibir consejos, recibieron el anuncio de un hombre.

No es necesario que digamos a todo el mundo lo que debe hacer. Las almas necesitan que se les hable de Cristo.

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“Evangelio 2022

La importancia de un buen vino

El primer milagro de Jesús sucedió entre borrachos. Lo sabemos por las palabras del mayordomo: Todo el mundo pone primero el vino bueno y, cuando ya están bebidos, el peor; tú, en cambio… «cuando ya estamos borrachos, nos sacas el Vega Sicilia».

Así fue. La Humanidad había bebido hasta la náusea el vino peleón del pecado; se había embriagado hasta olvidar quién era su Padre. De repente, aparece el Redentor. Una mujer ruega «por nosotros, pecadores», y Jesús pide que cojamos agua. El borracho no quiere agua, del agua se está quitando, cómo se te ocurre invitar a un lujurioso al rosario de la aurora. Pero la madre dice a los borrachos: Haced lo que él os diga.

Y va el lujurioso al rosario de la aurora, y el publicano sigue a Jesús, y la meretriz se postra a sus pies… Entonces prueban el Vega Sicilia, el vino nuevo de la gracia, y despiertan a la verdadera alegría, a esa «sobria embriaguez del Espíritu» que hizo a la Virgen cantar el Magnificat y a los apóstoles hablar en lenguas sobre Jerusalén.

En ese momento te das cuenta de que la vida sabe mejor cuando has sabido elegir bien el vino.

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“Evangelio 2022

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