El Mar de Jesús de Nazaret

Domingos de Tiempo Ordinario (ciclo C) – Espiritualidad digital

Ay, ay, ay, ay…

La versión que san Lucas nos ofrece de las Bienaventuranzas añade cuatro lamentos:

Ay de vosotros, los ricos… Ay de vosotros, los que estáis saciados… Ay de los que ahora reís… Ay si todo el mundo habla bien de vosotros

Ay, ay, ay, ay, como en Cielito Lindo. Pero más llora que canta.

Me quedo con el cuarto. ¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros!

Facebook nos ha demostrado lo mucho que nos gusta gustar. Y, también, el pánico que nos produce disgustar. Semejante idolatría, desgraciadamente, se filtra también en la Iglesia. Quisiéramos que el mundo nos aprobase. Si nuestro discurso no es alabado, nos acusamos de ser poco dialogantes y no aceptar los signos de los tiempos. Mejor callar «ciertas cosas», que chocan con lo políticamente correcto, que molestar a los hombres y perder más «likes» de los que ya hemos perdido.

Y, sin embargo, no deberíamos buscar más que un «like»: el de Dios. El que dio a su Hijo, mientras su Hijo colgaba de una Cruz, cubierto de infamias.

Si, al final, logramos que todo el mundo hable bien de nosotros, quizá debamos temblar. Eso es lo que vuestros padres hacían con los falsos profetas.

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Obedecer es fiarse

¿Qué es la obediencia?

Me respondes que consiste en estar abierto a lo que la Iglesia dice, y dejarse enseñar. Escuchar la doctrina, aplicar el entendimiento para comprenderla, y después, ponerla en práctica, sabiendo bien por qué lo haces. La misma actitud tienes ante el director espiritual: le escuchas, le preguntas, tratas de comprender lo que te dice y, cuando lo has comprendido, lo pones por obra. Pero, si no comprendes, si no estás de acuerdo…

Es que la obediencia no es eso. En el fondo, te obedeces a ti mismo. Y tienes razón en que hay que aplicar el entendimiento y tratar de entender, porque nada de lo que la Iglesia dice es irracional. Pero no siempre podrás comprender.

Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes.

Humanamente, era la pesca imposible. Todos los razonamientos incitaban a volver a casa. Pero Pedro se fio de Jesús, y echó las redes. Nunca había obtenido una pesca así.

Obedecer es escuchar, procurar comprender, y, cuando no se puede comprender –siempre que lo que te pidan no ofenda a Dios–, fiarse, abrirse al misterio. No todo cabe en tu cabecita.

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Amigo Juan…

Supón que, desde hace meses, tu desodorante favorito te ha abandonado. Algo le habrás hecho. O, simplemente, tus fluidos se han vuelto inmunes a la química del «Rexona». Y, conforme recorres los pasillos, la gente se echa a los lados, se da la vuelta, o se tapa la nariz disimuladamente… pero nadie se atreve a decirte nada. Hasta que un buen amigo te toma a solas (y sin mascarilla), para decirte: «Amigo Juan / apestas a caimán. / Tu Rexona / ya no funciona». En ese momento, te revuelves, le sacudes un derechazo, y te vas a esparcir tu fragancia a otro sitio.

Eres bobo. No sólo hueles a caimán; además, eres bobo.

Como aquellos nazarenos. Jesús les dio a sus familiares y vecinos lo mejor que podría darles: la verdad. Y les advirtió de la ingratitud de su raza, del modo en que habían despreciado a sus profetas mientras los extranjeros los honraban… Pero ellos, dándose por ofendidos, lo echaron fuera del pueblo y lo llevaron hasta un precipicio con intención de despeñarlo.

¡Si hubieran escuchado! Habrían sido los primeros en salvarse.

Pero hay algo peor que hacer las cosas mal, y es no dejarse corregir por el amigo.

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El «aconsejón» y el evangelista

La forma «menos buena» del apostolado es la del «aconsejón»: se te acerca, te pone la mano en el hombro, y te endilga una monserga que no le habías pedido: «Esa vida que llevas no es buena, y, acabarás en el Infierno. Haz caso a mis consejos, ve a confesar, ve a misa, y verás cómo te sientes mejor». Ante semejante discurso, el «atacado» puede optar por salir corriendo, o por discutir. Y discutir de religión no suele ser productivo.

Lee a san Lucas:

He resuelto escribirte por su orden (los hechos que se han cumplido entre nosotros).

El evangelista no aconseja; relata. «Eres mi amigo, y te quiero contar lo que me ha sucedido. Desde que comulgo a diario, y confieso con frecuencia, mi vida se ha llenado de luz y de sentido. Cristo vive, y ha iluminado mi existencia. Te lo cuento, porque puede sucederte también a ti». Con palabras como éstas, en lugar de «atacar» con consejos a quien no los quiere, has abierto un camino ante tu amigo. Que quiera recorrerlo, o no, ya es asunto distinto. Pero recuerda que no basta con hablar. El evangelista también reza y se mortifica por aquellos que lo escuchan.

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“Evangelio

Seis benditas palabras

Las personas inteligentes escuchan mucho y hablan poco. Pero, cuando hablan, más vale apuntar lo que dicen; sus palabras son tesoros. Con la Virgen sucede, exactamente, eso.

Son sólo seis palabras. Pero pueden iluminar toda tu vida, si quieres ser santo.

Haced lo que él os diga.

¿Atraviesas la noche de la fe, dudas de Dios, no sabes si tu vida y tu oración tienen valor para Él, lo sientes lejos? Haced lo que él os diga. No temas. Limítate a hacer, en cada momento, lo que Dios quiere. Y ten por seguro que estás en el camino.

¿Te ves incapaz de ayudar a los demás, te sientes impotente ante los problemas y dolores de tus seres queridos, sufres porque muchas almas están lejos de Dios? Haced lo que él os diga. Limítate a obedecer tú. Tu vida, ofrecida a Dios en sacrificio de obediencia junto a la de Cristo, salvará a todas las almas.

No hace falta que te hagas muchas preguntas, si quieres agradar a Dios. Tan sólo ésta: «¿Estoy haciendo ahora lo que Dios quiere?». Con ganas, sin ganas, con facilidad, con dificultades, con fervor, sin fervor…

Haced lo que él os diga.

¡Tan sencillo! ¡Tan heroico!

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“Evangelio