Evangelio 2018

Domingos de Tiempo Ordinario (ciclo C) – Espiritualidad digital

La señal

cruzCelebrábamos hace pocos días a san Martín de Tours. A él le fue revelada con anterioridad la fecha de su muerte. Pero aquello sucedió por un designio divino que tiene mucho de excepcional. No podemos esperar que nos suceda así a nosotros.

Entonces, ¿cuál será la señal de que todo eso está para suceder? Que los apóstoles hicieran esa pregunta se explica bien: apenas sabían nada. Pero nosotros no tendríamos por qué hacerla; conocemos la señal. No existe otra bajo el cielo, pero ella nos lo dice todo. La señal del cristiano es la Santa Cruz.

Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá grandes terremotos, y, en diversos países, epidemias y hambre. Os perseguirán (…), matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán a causa de mi nombre.

El sufrimiento, la contrariedad, la humillación, el fracaso… Cuando aparezca la cruz en tu vida, y antes de que abras la boca para pedirle a Dios que te libre de ella, recuerda que se te está anunciando el paso de esta vida y tu entrada en la vida eterna. Recuerda que estás cruzando una puerta, y que detrás de ella se abre el cielo.

Ahí tienes la señal.

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La Santa Misa y el Divino Protocolo

Tras la noche llega el día

amanecerDecía santa Teresa que esta vida no es sino «una mala noche en una mala posada». Y no le faltaba razón, que aquí son más pesadas las tinieblas que la luz, y la mayor parte de nuestros años los pasamos a oscuras. Cuando la vida empieza, amanece toda la luz que cabe en la sonrisa de un niño. Pero van pasando los años, y, tras el mediodía de la juventud, las tinieblas se convierten en tus compañeras de camino. Descubres entonces otra luz, la de la fe, que es como la linterna que te guía. Pero las sombras, cada vez, son más cerradas.

Hasta que despiertas. Justo en lo más espeso de la noche, te toca una mano de Mujer y abres los ojos. La ves a Ella, a María, y te despierta sonriente para llevarte a ver a Jesús. Entonces recuerdas: Pues ya no pueden morir, son como ángeles. Y sabes que las tinieblas han quedado definitivamente atrás. Entiendes que todo el sufrimiento ha valido la pena.

Te lo escribo ahora, porque sé que sucederá. Y ojalá, antes de que suceda, mientras peregrinamos a través de la noche, alimentemos la esperanza y recordemos que vale –y mucho– la pena.

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La Santa Misa y el Divino Protocolo

Para llorar, aunque ridículo

burbujaCuando leo que criticaban a Jesús diciendo: Ha ido a hospedarse en casa de un pecador, siento lástima de muchos.

«Padre, mi hijo se ha marchado para vivir con otro hombre. ¡Y ahora quieren que yo vaya a comer a su casa! Jamás lo haré».

«Padre, esta tarde los matrimonios del grupo parroquial estamos ocupados, porque hay fútbol y vamos a verlo juntos».

«Esta tarde he quedado con Mari Pía y con Mari Luz para ir a ver con nuestros maridos y nuestros hijos una película pro-vida muy chuli que echan en el Cine aguabendita».

Para llorar. Ese afán por «no contaminarse» y mantenerse lejos de los pecadores es lo más contrario al cristianismo.

Si te gusta el fútbol, vete al bar, donde se blasfema. Y le invitas al blasfemo a otra cerveza mientras le cantas las cuarenta. Si amas a tu hijo, ve primero tú a donde está él, ya que te invita, para que después pueda él volver a donde tú estás. Y, si te gusta el cine… Déjame decirte que todo ese cine pío y catequético que se está haciendo hoy es una bazofia. Mil veces mejor es «Mad Max». A ver si aprendemos también en eso.

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La Santa Misa y el Divino Protocolo

Un gol en propia puerta

gol en propia puertaVeinte siglos de literatura cristiana y de predicación han logrado que la palabra «fariseo» se haya convertido en sinónimo de hipócrita. Haremos enfadar a san Pablo, quien se gloriaba de ser en cuanto a la ley, fariseo (Flp 3, 5).

Seamos justos, al menos, con el fariseo de la parábola. Y reconozcámosle algunos méritos: En primer lugar, no dice: «Señor, agradéceme lo bueno que soy», sino: Te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros… Reconoce que, si no ha pecado, no ha sido mérito suyo, sino una gracia recibida de lo Alto. Ya quisiera yo a muchos tan «fariseos» como éste.

Por otro lado, si es verdad que no roba, no comete injusticia, y no comete adulterio, habrá que concederle que muy mal no anda. Tal como está el patio, este hombre se sitúa en la parte alta de la tabla.

Y, dicho esto, porque es verdad, también es verdad que el pobre era idiota. ¿A quién se le ocurre presentarse ante el Médico que todo lo cura y presumir de salud? Es como si fuera uno a confesar, y dijera: «rezo el rosario todos los días». No hay nadie tan tonto, ¿verdad? ¿verdad? ¿verdad?…

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La Santa Misa y el Divino Protocolo

La única defensa de los pobres

viudaEn los tiempos en que Jesús pronunció su enseñanza, cuando una mujer enviudaba, si no tenía hijos que la recibieran, quedaba indefensa. ¿Cómo iba a protegerse la viuda de la parábola de un adversario más fuerte que ella? Tan sólo le quedaba importunar al juez.

Desde la Ascensión del Señor, el alma se siente viuda. Ha perdido de vista a Cristo, su Esposo, y se siente sola frente al pecado y la muerte. Contempla cómo algunas de sus hermanas, por no hacer frente a esos enemigos, han preferido entregarse a ellos y consolarse con las miserables compensaciones que, a cambio de la vida eterna, ofrecen el mundo, el demonio y la carne. Pero ella, el alma fiel, no quiere renunciar a su tesoro ni olvidar a su Esposo. Por eso clama día y noche ante el Juez: Hazme justicia frente a mi adversario.

Dios ¿no hará justicia a sus elegidos que claman ante él día y noche? Me pregunto si estás entre ellos. Porque, si no rezas, no puedes vencer al pecado. Pero, si oras siempre, sin desfallecer, ni legiones enteras de demonios podrán arrebatarte tu tesoro. Te harán sufrir, pero no te harán pecar. Y, al final, te salvarás.

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Caprichos de Dios

sacerdotesDe vez en cuando, los sacerdotes nos encontramos con personas que nunca acuden al confesonario. Vienen a misa, incluso comulgan, pero jamás se confiesan. Si les preguntas, te dicen: «Yo me confieso con Dios». Otros nos necesitan como «dispensadores de sacramentos» –¡para eso estamos!– pero jamás nos verán como pastores. ¡Para qué, si Dios mismo habla con ellos como con Moisés!

Y yo comprendo perfectamente a ambos. Quizá mejor que ellos a sí mismos, porque conozco, de primera mano, el pobre material del que estamos hechos los sacerdotes. En el fondo, tienen razón: ¿Por qué va a servirse Dios de unos miserables para perdonar pecados, cuando Él mismo es todo perdón? ¿Por qué va a pedir a su pueblo que obedezca a unos pecadores, cuando hay personas tan sabias y espirituales que no han sido ordenados presbíteros? De verdad, creo que los sacerdotes somos el derroche más innecesario de Dios sobre la tierra.

Sin embargo, después de desplegar su poder, Jesús dice a los hombres: Id a presentaros a los sacerdotes. ¡Cosas de Dios, a mí no me miréis! Pero, si no os confesáis y no obedecéis al sacerdote, no entraréis en el reino de los Cielos. Caprichos de Dios.

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Inútiles, pero muy amados

siervos-inutilesHay personas que emplean horas y horas en atender a los pobres, pero luego se creen los ministros de asuntos sociales de Dios. Otros educan a una prole numerosa, pero después se sienten más patriarcas que Abrahán. También hay quien pasa horas y horas ante el sagrario, pero en el fondo se cree el guardaespaldas de la Eucaristía. Ya se ve que no basta con hacer cosas buenas…

Por eso me fascina lo que dice Jesús. En boca de un criado que ha cumplido a la perfección con su trabajo pone estas palabras: Somos siervos inútiles. Cualquiera diría que el trabajo de un criado es útil. Y lo es. Pero no el de quien sirve a Dios. Porque Dios no te necesita para nada. Lo que tú haces lo podría hacer Él mucho mejor que tú: podría educar a tus hijos, podría alimentar a los pobres y mandar a los ángeles que custodiasen el sagrario. Si te pide a ti que lo hagas no es porque piense que vas a hacerlo como Él lo haría, sino para darte el privilegio de servirle. Y mucho arriesga con ello, porque, a decir verdad, somos bastante inútiles. Sin embargo, Él nos quiere tanto…

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La Santa Misa y el Divino Protocolo

No es el dinero, es el corazón

lázaro y epulónLa parábola de Lázaro y Epulón siempre nos causa problemas de conciencia. Nos sentimos demasiado ricos, pensamos que vivimos demasiado bien, y fácilmente recordamos, cuando la leemos, a los cientos de personas que piden limosna en las calles abarrotadas de nuestras grandes ciudades. Todo parece estar perfectamente pensado para que nos identifiquemos con Epulón, quien, para nuestra desgracia, es el personaje que se condena.

Y, sin embargo, el centro de la parábola no es el dinero. Nadie se salvará por haber quebrado, ni se condenará por triplicar el salario mínimo interprofesional. El centro de la parábola se encuentra en el discurso con que Abrahán responde al rico: Recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, a su vez, males. Quedaos con esas dos palabras: tus bienes. Es decir, lo que deseabas, lo que pensabas que era bueno para ti…

No se trata de tener o no tener dinero, sino de un corazón lleno de tierra o un corazón que anhela el cielo. Hay cristianos cuya oración está llena de tierra; son Epulón. Pero si un cristiano, por muchos bienes que tuviera, está dispuesto a perderlo todo con tal de alcanzar el cielo, ese cristiano es pobre y es Lázaro.

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La Santa Misa y el Divino Protocolo

Astutos para lo terreno, tibios para lo eterno

astutos    Si a un concesionario le diera por regalar automóviles de alta gama un martes a las ocho de la mañana, habría gente haciendo cola desde el domingo anterior por la tarde. En los confesonarios se regala vida eterna, y el sacerdote reza el breviario porque nadie viene. Cuando vienen, si alguien ve a tres personas esperando se da la vuelta; es mucha cola.

    La gente va todos los días al supermercado, donde espera cola para pagar en caja. En misa Dios regala cada día el alimento celeste, y de lunes a viernes apenas nadie acude. ¡No es de precepto!

    Los futbolistas famosos se quejan de que no pueden salir a la calle sin que la gente se acerque a hablar con ellos. En los sagrarios, el Rey de cielo y tierra pasa horas y horas solo, porque los cristianos lo tienen «muy visto».

    La inmensa mayoría de la población occidental se ducha cada día, aunque no se hayan caído en un charco. Gran parte de los cristianos piensa que con confesar una vez al año tienen bastante (si llegan a hacerlo).

    Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz. ¿Verdad?

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Dale a Dios una alegría

abrazar a Dios    Cuando el hijo pródigo dice a su padre: dame la parte que me toca de la fortuna, lo que realmente le dice es: «Padre, en adelante viviré como si hubieras muerto. Me llevaré tu dinero y prescindiré de ti el resto de mis días. Dirigiré mi vida sin padre que me oriente. Soy el amo».

    En cuanto al hijo mayor, cuando le reprocha a su padre: a mí nunca me has dado un cabrito para celebrar una fiesta con mis amigos, realmente le está diciendo: «Eres un estorbo para mis deseos. Tu presencia y tu autoridad me impiden ser feliz».

    Conozco a los dos: A quien toma el control de su vida y se comporta como si Dios no existiese, y a quien obedece a Dios deseando en el fondo que Dios muriera, porque le está amargando la vida el que no le permitan pecar. Son dos infelices a quienes más les valdría no haber nacido que vivir así.

    Tú dile a Dios: «¡Me alegro de que existas! Eres la alegría de mi existencia. Eres la luz en mi camino. Eres el alma de mis días. Moriría si no te tuviese cerca». Haz que Dios se alegre de ser Dios.

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