Evangelio 2022

Otras conmemoraciones – Espiritualidad digital

Barro convertido en piedra

Por san Juan sabemos que el nombre de Pedro no se lo impuso Jesús a Simón en Cesarea de Filipo sino, mucho antes, junto al Jordán, en el mismo momento en que Andrés presentó al Señor a su hermano: Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que se traduce: Pedro) (Jn 1, 42). Más tarde, en Cesarea de Filipo, tras escuchar la profesión de fe del apóstol, Jesús lo confirmó en aquel nombre: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia.

Llama Jesús «Piedra» a un hombre que es pura fragilidad. Minutos después de aquella confesión, renegó del anuncio de la Cruz. Y cuando Jesús fue entregado, vencido por el miedo, negó tres veces a su Maestro. Tras la Ascensión, también movido por el miedo, disimuló ante los cristianos judaizantes.

Pero Jesús lo nombró Piedra. Y, después de él, sobre su cátedra se han seguido sentando hombres llenos de fragilidad. Y de todos ellos, sin excepción, se ha servido Cristo para guiar a su Iglesia.

Con razón nos pide el Papa que recemos por él. Conoce bien su fragilidad. Y con razón nosotros lo amamos y lo seguimos. Conocemos bien el poder de Cristo.

(2202)

El celo, mejor en singular

En cuestión de celos, dos son multitud. Y es que al celo le sienta mal el plural. Los celos son egoístas, dominadores, destructivos. Matan el amor, y lo convierten en control. Y son, también, violentos, con una violencia letal que es corrupción de la violencia buena, la del singular, la del celo.

El celo de tu casa me devora. El celo, así, en singular, tal como aparece en la Escritura, en un fuego de amor que devora. También genera violencia, pero es violencia purificadora, que nace del amor ardiente. Cuando Jesús, haciendo un azote de cordeles, expulsó del templo a los vendedores, actuó movido por un amor apasionado. Si crees que descargó el látigo contra los mercaderes, abre los ojos. Jesús golpea el suelo y las mesas, grita con la voz y con la mano. Pero ni a las palomas azotó. Llegando a ellas, dijo: Quitad esto de aquí.

Ojalá tuvieras el mismo celo por el templo de tu alma. Y arrojaras de allí, con santa violencia de ayunos y mortificaciones, al pecado que profana ese santuario. Ojalá, también a ti, te devorara el celo por la casa de Dios.

Ojalá seas muy celoso. Pero en singular, no en plural.

(0911)

Es ir a casa

Dice la Escritura que Dios no hizo la muerte, ni goza destruyendo a los vivientes (Sab 1, 13). El hombre es un ser espiritual, imagen de Dios. No fue creado para morir, sino para vivir.

Mas por envidia del Diablo entró la muerte en el mundo (Sab 2, 23). Incitado por el Maligno, el hombre se separó de Dios y se arrojó en brazos de la muerte. Por eso nos duele tanto, porque la vemos como un pozo oscuro, y eso nos aterra. A duras penas te reconcilias con la muerte de tus padres. Con la de un hijo no te reconcilias jamás. Raquel, que llora a sus hijos, no quiere ser consolada, porque ya no viven (Jer 31,15).

Cristo, en la Cruz, se tendió sobre la muerte como un Puente, para que el cristiano, cruzando la muerte, llegue al cielo. Santa Teresa de Calculta exclamaba: «La muerte es algo hermoso; es ir a casa».

Por eso, nuestros sufragios por los difuntos están llenos de esperanza. Los acompañamos en ese camino y apresuramos su purificación. Al pedir su salvación eterna, no pedimos sino lo que el propio Dios quiere.

¡Bienaventurados los muertos que mueren en el Señor! (Ap 14, 13).

(0211)

Entre «pedid» y «se os dará»

Tú y yo tenemos fe en la palabra de Dios. Y cuando leemos: vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que le piden, sabemos que ese Padre no podrá negarse a darnos lo que le suplicamos. Ese amigo que no quiere confesarse, ese hijo que se ha apartado de Dios… Pedimos cosas buenas. ¿Cómo va Dios a dejarnos sin ellas?

Pero leemos: Pedid y se os dará, y lo leemos tan deprisa, tardamos tan poco en pronunciarlo, que quisiéramos que Dios obedeciera al ritmo de nuestros labios. ¡Cuánto nos gustaría! Rezar un Padrenuestro, y, al tiempo que decimos amén, mi amigo está en el confesonario y tu hijo está en misa de doce.

No sucede así, y eso nos hace vacilar. Entre «pedid» y «se os dará» media un tiempo: días, meses… ¡años! Hay madres que han visto a sus hijos convertidos desde el Cielo.

Es tiempo de trabajo y de oración, de entrega de la vida. Por eso hoy, en estas témporas de acción de gracias y petición, ofrecemos el trabajo de este curso para que Dios lo una a la Cruz de su Hijo, a quien no puede negar todas esas «cosas buenas».

(0510)

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