Libros de José Fernando Rey Ballesteros

Otras conmemoraciones – Espiritualidad digital

El celo de tu casa

El celo es un fuego que abrasa los corazones de los santos. Aunque los necios lo confunden con la ira, y los hipócritas lo identifican con su incapacidad para controlarse, lo cierto es que el verdadero celo se manifiesta de forma violenta. Es una violencia santa.

Haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo. Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: «El celo de tu casa me devora».

Ojalá ardieras, también tú, en celo por la casa de Dios. Porque tu alma es esa casa, y se te ha encargado custodiar la pureza y la santidad de ese templo.

Dios quiere que lo ames con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente, con todo el ser. Y cualquier criatura que pretenda compartir con Él tu corazón, tu alma, tu mente o tu ser debe ser expulsada de allí. Si tienes que emplear la violencia, hazlo: mortifica la carne, ayuna, arranca el corazón del apego a las criaturas, azota sin miramientos a la pereza y a la sensualidad… No temas, en definitiva, usar el látigo para consagrar de nuevo el templo, si es que las criaturas entraron a comerciar donde no debían.

(0911)

Por los que esperan

Tras la puerta de la muerte, nadie encontrará un confesonario. Los confesonarios están, todos, de este lado. Porque, en esta vida, se nos ha dado un tiempo de misericordia, a fin de que nos acojamos a esos brazos abiertos de Cristo en la Cruz que ofrecen la redención al hombre.

Tras la muerte no hay tiempo para la conversión. Pero sí para la purificación. No todo el que muere en gracia de Dios está preparado para los gozos celestes. Quedan apegos terrenos, costras de egoísmo y de soberbia que no han sido purificadas en vida, afectos desordenados… Entonces, el Señor, simplemente, nos dice: «Espera»… Y el alma cree morir, pero no muere; se purifica. Los consuelos terrenos ya no están a su alcance. Y, poco a poco, se despierta en ella una terrible hambre de Dios, que todavía no es saciada. Cuando esa hambre la abrasa por completo, y siente morir de amor, entonces, sólo entonces, cruza las puertas del Paraíso y resulta consolada eternamente.

Hoy pedimos, y ofrecemos sufragios, por aquellos que se purifican en el Purgatorio. Y confiamos en que, merced a esos sufragios, se acorte su espera. Es día de dolor; pero es día, también, de esperanza.

(0211)

«Cosas buenas» para pedir hoy

Las témporas de petición y acción de gracias, que celebramos hoy, marcan, en nuestra sociedad moderna, la dimensión sobrenatural del inicio del nuevo curso. En octubre, ya estamos todos. Y, como estamos todos, nos postramos unidos ante Dios.

Si vosotros, aun siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que le piden!

Déjame que te sugiera unas cuantas «cosas buenas» que podrías pedirle a Dios al comienzo de la nueva temporada de trabajo:

– Almas: que tu trabajo, sea el que sea, dé frutos apostólicos. Que las personas a quienes tratas a lo largo del día, por tu ejemplo, tu oración y tu consejo, se acerquen a Dios. Y, en todo caso, que tu trabajo bien hecho sea ofrenda al Señor por la salvación de todos.

– Vocaciones sacerdotales: no olvides esa intención al ofrecer tu trabajo diario, y al educar a tus hijos pequeños y jóvenes. La Iglesia está muy necesitada de sacerdotes santos.

– Santidad: que tu trabajo bien hecho te santifique, porque lo conviertas en prolongación de la Eucaristía, en una forma de entregar tu vida por amor, y en servicio abnegado a los demás.

(0510)

Decrece lo que has crecido

«Cuatro esquinitas tiene mi cama, cuatro angelitos que me la guardan. Dos a los pies, dos a la cabecera, y la Virgen María, que es mi compañera». Conozco a algunos adultos que creen en los ángeles, pero a muy pocos que recen esta oración. O esta otra: «Ángel de mi guarda, dulce compañía, no me desampares, ni de noche ni de día. No me dejes solo, que me perdería». Creen en ángeles «New Age», luminarias de poesía y yoguis en sus ratos libres. Demasiado sofisticado.

Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles están viendo siempre en los cielos el rostro de mi Padre celestial. A los niños no les cuesta creer en los ángeles, y conozco a muchos que rezan el «Cuatro esquinitas» y el «Ángel de mi guarda». No me extrañaría que, en sus sueños, vieran a sus custodios. ¿Viste al tuyo? ¿Le rezaste esas oraciones?

Pues, anda, vuelve a rezarlas. Que, si los niños ven a los ángeles, también los ángeles nos hacen niños. Y nos recuerdan que somos criaturas muy pequeñas, muy desvalidas, y muy queridas por Dios y por sus ángeles. Decrece lo que has crecido, y te salvarás.

(0210)