Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

Otras conmemoraciones – Espiritualidad digital

Tú vales mucho

No olvides nunca lo mucho que vales. Y, si lo olvidas, escucha a san Pablo: El templo de Dios es santo: y ese templo sois vosotros (1Co, 3, 17). A causa del primer pecado, naciste siendo morada de demonios. Pero fuiste comprado con la sangre de Cristo, y eres casa de Dios. Debes cuidarte, e incluso venerarte, porque, merced a la gracia que recibiste en el Bautismo, el Espíritu divino habita en ti. Trátate bien, consérvate limpio, y no permitas que entre en tu alma nada que profane la santidad de ese templo.

No convirtáis en un mercado la casa de mi Padre. No sea tu corazón un mercado, ávido de ganancias y presa de intereses. Convierte en oración cuanto llega a ti. Que nada cruce las puertas de tu templo sin que sea depositado en el altar y transformado en ofrenda.

¿Estás viendo la televisión? Preséntale al Señor lo que ves, y desagravia por lo que le ofende. ¿Estás comiendo con unos amigos? Reza por ellos mientras conversas. ¿Estás trabajando? Ofrece tu trabajo a Dios como prolongación de la Eucaristía.

Y, si estuvieras pecando… Deja de pecar, y limpia, con tu contrición, la mancha con que profanaste tu alma.

(0911)

Un juicio, una mirada

¿Qué sucede después de la muerte? La doctrina cristiana nos habla del «juicio particular». Pero ese juicio cabe, entero, en una mirada entre Dios y el alma.

Quien ha vivido mirando al Cielo, anhelando, más que nada en este mundo, contemplar el rostro de Cristo, tendrá en esa mirada la consumación de sus anhelos. Y entonces, el juicio particular se resolverá en el abrazo de dos amigos que, al fin, han llegado a estar tan juntos como deseaban.

Quien ha vivido entre el Cielo y la Tierra, llevando el corazón y los ojos de las criaturas a Dios y de Dios a las criaturas, tendrá en esa mirada el inicio de un camino. El alma le pedirá abrazarse al Señor, pero necesitará primero liberarse de los apegos que la han atado al mundo. Sólo el hambre la liberará. Y nuestros sufragios, que le obtendrán ayuda en ese camino de purificación.

Quien ha vivido huyendo de Dios, al encontrarse cara a cara con Él… Huirá. Y se perderá a sí mismo para siempre. Por esas almas hay que rezar mucho, y pedirle al Señor que, antes de la muerte, al menos hayan dirigido sus ojos al Cielo, como el buen ladrón.

(0211)

Empezando con buen pie

Las témporas de acción de gracias y petición se han convertido en un «comienzo de curso» litúrgico. Un poco tarde, porque desde septiembre andamos todos en danza, y las vacaciones de verano son ya historia, pero, como la dicha es buena, el retraso se disculpa.

Hora de rectificar la intención. Tres actitudes nos propone la Iglesia para comenzar nuestros trabajos. Y, si no las hemos adoptado desde septiembre, octubre es buen momento para enderezar el camino:

– Gratitud: Te damos gracias, Señor, porque trabajamos para Ti. No trabajamos para la empresa, ni para el PIB, ni siquiera –en primer término– para los demás. Nuestro trabajo es ofrenda a Ti por todas las almas, Tú eres nuestro jefe, trabajamos en tu viña. ¡Gracias por habernos elegido!

– Contrición: Te pedimos perdón, Señor, si, en nuestro trabajo, nos hemos dejado llevar por la desgana, el egoísmo, la cicatería; si no hemos sido generosos, procurando ofrecerte un trabajo bien hecho hasta el final.

– Petición: Ahora que retomamos nuestras labores, te pedimos que las consagres para que den fruto, y ese fruto queremos que sean, principalmente, almas. Que no nos conformemos con santificarnos –¡como si fuera poco!– sino que nuestro trabajo santifique también a los demás.

(0610)

«Dile que lo amo»

Ojalá nunca olvidases la que es una de las grandes verdades de tu vida: no estás solo, nunca estás solo. Quien camina con un ángel a su lado se encuentra siempre en compañía.

Ya lo sé: muchas veces te sientes solo. Yo también. Todos nos sentimos solos en ocasiones. Nos sucede así porque no vemos a nuestro ángel, ni tampoco oímos su voz, ni olemos su delicioso perfume. Pero el hecho de que nos sintamos solos no quiere decir que lo estemos; no lo estamos. Por eso, deberíamos fiarnos más de lo que sabemos que de lo que sentimos. Y la fe nos hace saber que caminamos por la vida con buena escolta. Un compañero viaja a nuestro lado, y guarda todos nuestros pasos.

Tampoco vemos a Dios. Eso duele; duele más, incluso, que no ver a nuestro ángel. Pero él, nuestro custodio, sí ve a Dios: Sus ángeles están viendo siempre en los cielos el rostro de mi Padre celestial. Muchas veces, tu ángel será tus ojos, y verás a Dios a través de Él. Encárgale, puesto que ha sido puesto a tu servicio, que hable por ti: «Ángel mío, tú que ves a Dios, dile que lo amo».

(0210)

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