Libros de José Fernando Rey Ballesteros

Cuaresma – Espiritualidad digital

Progresismo

Lo llaman progresismo, y creen que lo acaban de inventar. La política ya no busca lo que es justo; buscar lo justo es «fascista». Ahora buscamos lo que interesa. Si leyéramos el evangelio, nos restregaríamos los ojos: hemos retrocedido dos mil años. Practicamos la política del Sanedrín de tiempos de Cristo.

Este hombre hace muchos signos. Si lo dejamos seguir, todos creerán en él, y vendrán los romanos y nos destruirán.

No importa si este hombre dice la verdad. No importa si su condena será injusta. Lo único que importa es que no nos interesa que viva.

¿Por qué matamos a los niños en el vientre de sus madres? ¿Por qué denunciamos ante las autoridades a quien pretende ayudar al homosexual a volver a las tendencias naturales? ¿Por qué fomentamos el divorcio fácil que destruye la familia? Porque interesa. Y ya lo creo que hay «intereses». Demasiados.

Los judíos tenían razón. Quienes creyeron en Cristo fueron perseguidos por los romanos. Pero también fue destruida la Jerusalén que lo mató.

Si persistes en tu progresismo, y te empeñas en hacer lo que «interesa», al menos sé inteligente. Matando a Dios vas a sufrir igual que adorándolo. Pero te servirá para menos.

(TC05S)

Por qué los hombres no creen

En la parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro, Abrahán responde a Epulón, cuando éste le pide que Lázaro visite a sus hermanos: Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se convencerán ni aunque resucite un muerto (Lc 16, 31).

Hoy, Jesús les dice a los judíos: Aunque no me creáis a mí, creed a las obras.

Nadie lo tuvo jamás tan fácil: aquellos hombres habían visto recobrar la vista a un ciego de nacimiento, recobrar las piernas a un paralítico, y, por si fuera poco, había visto a un muerto salir de su tumba (no será casualidad que también se llamara Lázaro). ¿Qué más necesitaban?

¿Tú crees que, si se detuviese el sol en lo alto del cielo, los hombres creerían? Por si no lo sabes, eso sucedió en octubre de 1917, en Fátima, y los hombres hablaron de una «alucinación colectiva».

El problema no es que Dios no hable claro, sino que nosotros no queremos creer. Creer que Napoleón fue derrotado en Waterloo es fácil; no altera mi vida. Pero si creo que Jesús es Dios, debo convertirme o aceptar mi condena. Por eso los hombres no creen: porque no están dispuestos a convertirse.

(TC05V)

He visto a Abrahán

AbrahánMe costaba entender las palabras de los judíos: No tienes todavía cincuenta años, ¿y has visto a Abrahán?

Hasta que cumplí los cincuenta. El mismo día de mi cumpleaños, vi a Abrahán, y, desde entonces, no ha pasado un día sin que me tope con él y con sus barbas.

Ese día vi a Abrahán mientras era llamado por Dios a abandonar su tierra y emprender una larga peregrinación. Y entendí, por fin, que mi vida era cansancio en busca del descanso prometido por quien me llamó.

Le he visto, también, esperando una promesa que parecía no cumplirse, hasta que, llegado el momento, el hijo anhelado nació. Y comprendí, por fin, que los tiempos de Dios no son los míos. Los suyos siempre se cumplen. Los míos, raras veces.

También le he visto sacrificando a su hijo en lo alto del Monte. Y, tras él, he contemplado el Calvario, donde el Hijo de Dios se sacrificó por mí. Así he aprendido, por fin, que mis ojos no deben apartarse jamás de la Cruz.

Quienes aún no habéis cumplido los cincuenta no podréis ver estas maravillas. Tened paciencia, y conformaos con ver a… no sé, al perro de Tobías, por ejemplo.

(TC05J)

Cadenas de muerte y lazos de amor

Caminamos hacia el Calvario. Allí, el Hijo de Dios entregará su cuerpo para liberarte de las cadenas que te atan. Si el Hijo os hace libres, seréis realmente libres.

¿Conoces tus cadenas? Mira que, si no las conoces ni las detestas, difícilmente podrás ser librado. La Cuaresma es, también, un ejercicio de odio al pecado que esclaviza. Todo el que comete pecado es esclavo.

Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres. ¡Qué paradoja! Precisamente, el conocer la verdad sobre tus ataduras será lo que te lleve a buscar, en la Cruz, esa misericordia por la que serás liberado. No tengas miedo a verte como eres.

Hay cadenas de hierro: la lujuria, la ira, la gula… Esas cadenas son fáciles de ver. Muy ciegos tienen que estar el lujurioso, el alcohólico o el iracundo para no saberse esclavos.

Me asustan más las cadenas de seda: esa soberbia revestida de justicia; esa vanidad revestida de piedad; esa murmuración revestida de buenas intenciones; esa autosuficiencia revestida de humildad…

Pídele al Espíritu Santo luz para conocer y odiar tus ataduras. Así, cuando lleguemos al Gólgota, serás liberado de ellas, y, a cambio serás unido para siempre a Cristo con lazos de amor.

(TC05X)

¿De dónde eres?

La distancia que marca Cristo con los fariseos es, por abismal, casi infranqueable:

Vosotros sois de aquí abajo, yo soy de allá arriba; vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo.

Quedó patente cuando llegó la hora decisiva: Cuando levantéis al Hijo del hombre, sabréis que «Yo soy». En ese momento, cada uno demostró de dónde era. Los fariseos rechazaron la vida eterna ofrecida por Dios, y crucificaron al Santo venido del cielo, para no perder sus privilegios y sus pobres consuelos de la tierra. Jesús, en cambio, renunció a su vida terrena, a su honra, a su salud, a su cuerpo y a su sangre para volver al cielo, con su Padre, y obtenernos vida eterna.

No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo (Jn 17, 16). Esto dijo Jesús de sus apóstoles. ¿Eres tú uno de ellos? ¿Eres de aquí abajo, o eres de allá arriba?

¿Qué haces cuando tienes que quedar mal para dar testimonio de Cristo? ¿Qué haces cuando tienes que renunciar a tu descanso para servir a Dios en el prójimo? ¿Qué haces cuando tienes que perderte esa serie de televisión para dedicar tiempo a la oración?

¿De dónde eres?

(TC05M)