Evangelio 2018

Cuaresma – Espiritualidad digital

La santa prisa

¡Qué prisas tan serenas! Nada que ver con esas prisas desquiciadas de nuestras ciudades, nuestras carreteras y nuestras taquicardias:

María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.

Se apresura, porque la mueve un ataque de alegría. Y esa alegría, que en su vientre tiene carne, porque es la carne de que ella comparte con el propio Dios, la quema por dentro y la empuja hacia la casa de Isabel. Las dos mujeres llevan, en sus vientres, el futuro de la Humanidad. Y nadie lo sabe.

En cuanto Isabel oyó el saludo de María, la criatura saltó de alegría en su vientre. Tiene prisa Juan, y salta inquieto, deseoso de nacer y ver con sus ojos a la Madre del Señor.

¡Qué hermosa es, ante los ojos de Dios, la prisa por servirle, por anunciar su nombre, por gozar sus dulzuras! Esa prisa también santifica deprisa a quienes, como María e Isabel están poseídos por ella. Nada que ver –repito– con el estrés de quienes tienen prisa para todo, pero siempre llegan tarde a la oración y a la iglesia. ¡Tienen tanto que hacer!

(3105)

Si lo dejamos seguir…

Cuando los sumos sacerdotes y los fariseos se reunieron para decidir qué hacer con Jesús, llegaron a esta conclusión: Si lo dejamos seguir, todos creerán en él.

¿No es eso lo que deseamos? ¿No anhelamos, precisamente, que todos crean en Él? Quizá tengamos algo que agradecer a los sumos sacerdotes y fariseos: con su forma de pensar y de actuar, nos mostraron los caminos de la Redención. Y esos caminos no eran, desde luego, los de los hombres.

Lo cierto es que, si le hubieran dejado a Jesús seguir, otros lo habrían matado. Y más cierto aún es que, al clavar en la Cruz al Señor para detener a la fuerza sus pasos, lograron lo contrario de lo que deseaban. Al cabo de trescientos años, todos creían en Él. Y, dos mil años después, su nombre es conocido y adorado en el mundo entero.

Pienso en ti y en mí. Y en esa pasión por la actividad y la eficacia que actualmente nos domina. ¿Acabaremos de entender que, cuando un cristiano es reducido a la impotencia o al silencio, es cuando mayor es su eficacia? No hay cristiano más poderoso que el que vive clavado en la Cruz con Cristo.

(TC05S)

Todo al revés

Quisieron los judíos apedrear a Jesús, y le explicaron el motivo por el que le acusaban de blasfemia: Porque tú, siendo un hombre, te haces Dios.

Lástima. Lo entendieron al revés. O, quizá, sus cabezas estaban del revés, y así lo entendían todo en orden inverso. De haber sido las cosas como ellos decían, motivos había para acusar de blasfemia a Jesús: un hombre que se hace a sí mismo dios es un arrogante y un blasfemo.

Sin embargo, la realidad era la contraria: «Siendo Dios, te has hecho hombre». Y, en ese caso, apedrear a un Dios encarnado constituye la gran blasfemia y el peor de los ultrajes de la arrogancia humana. Ante un Dios encarnado, el hombre debe postrarse.

Reparemos. Digámosle nosotros la verdad: «Siendo Dios, te has hecho hombre por amor al hombre. Y vas a morir a manos de los hijos de Adán para rescatar el género humano. Siendo Dios, te has hecho hombre, para que nosotros, pobres hombres, seamos hechos dioses». ¿No está escrito en vuestra ley: «Yo os digo: sois dioses»?

 Y, para endiosarnos a nosotros, te encarnas Tú y mueres de Amor. ¡Oh, Jesús! ¡Quién me diera el poder seguirte, y morir contigo!

(TC05V)

La encrucijada

Cuando Jesús dice a los judíos: Antes de que Abrahán existiera, yo soy, sus palabras sólo podían ser interpretadas de dos maneras: O se trataba de Dios vivo, y entonces debían caer de rodillas, o se trataba de un blasfemo, y entonces debían lapidarlo inmediatamente. No había tercera opción.

La primera opción, la terrible posibilidad de que Dios estuviera ante ellos en carne mortal, estaba bien avalada: aquel hombre, Jesús, había realizado milagros y pronunciado palabras que iban mucho más allá de las capacidades de una criatura. Los escritos de los profetas, por otra parte, parecían darle la razón. Pero, en ese caso, a los escribas y sumos sacerdotes, depositarios temporales de las promesas divinas, les había llegado el tiempo de rendir cuentas, y tenían que hacerlo ante un hombre, aunque se tratase de Dios encarnado. Sabemos que no es fácil: muchos que rezan día y noche no se humillarán nunca a rendir cuentas de su vida a un director espiritual.

Por eso cogieron piedras para tirárselas. La segunda opción se acomodaba mejor a su soberbia. Ya sabes: «Creo en Jesucristo, pero no en la Iglesia. A mí no me va a decir ningún sacerdote lo que tengo que hacer».

(TC05J)

La verdadera libertad del hombre

En la película «La vida de Emile Zola» (1937), Dreyfuss, aquel militar judío encarcelado por un delito que no cometió y convertido en protagonista de un conflicto histórico («El caso Dreyfuss»), al salir finalmente de la cárcel, vuelve a entrar para salir de nuevo. Quiere saborear esa libertad que se le negó durante años.

No eres más libres porque te pasen otro libro, o un juego de mesa, por las puertas de la celda. Eres libre cuando esa puerta se te abre y te muestran el camino de salida.

El hombre vive encerrado en la muerte, en el pecado y en la mentira. Concedo que esa muerte brilla con esplendor, ese pecado está recubierto de falsas luces, y esa mentira resplandece hasta hipnotizar. Pero no es más libre el hombre porque le suministren entretenimientos mientras espera a la muerte. El hombre es más libre cuando le muestran la puerta de la vida y le enseñan el camino hacia ella.

Si permanecéis en mi palabra, seréis de verdad discípulos míos, conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres. Cristo es la puerta, el camino, la vida y la verdad. Sólo quien lo conoce es realmente libre. Mira a la Cruz.

(TC05X)