El Mar de Jesús de Nazaret

Cuaresma – Espiritualidad digital

La forma en la que dices «te perdono»

Nada tiene de extraño el que, si estamos pidiendo a Dios perdón de nuestras culpas, nos pida Dios que perdonemos nosotros las culpas de quienes nos ofenden.

Perdonad y seréis perdonados; pues con la medida que midiereis se os medirá a vosotros.

Y ten en cuenta que «perdonar» se dice de muchas formas. ¿Cómo quisieras que lo dijese Dios cuando imploras su perdón?

Lo dirá como lo digas tú.

«A esa persona –y evitas pronunciar su nombre, quizá para no manchar tus labios– la he perdonado. De verdad, no le deseo ningún mal, incluso rezo por él… pero no le hablo».

¿Te gustaría que Dios te perdonase así? ¿que no te deseara ningún mal, pero que se negara a tener relación contigo? Piénsalo bien, porque la pérdida de la amistad con Dios es el Infierno.

Pero tú no quieres eso. Tras haber ofendido a Dios, quieres que Dios te mire con cariño, que te recoja con misericordia, que te escuche y responda a tu oración con generosidad.

En ese caso, perdona tú también así a quien te ofendió. Vuelve a tender puentes hacia él. Y, si te encuentras con él, míralo con amor de misericordia. Entonces Dios te perdonará así.

(TC02L)

Dormilones

Dos veces, que sepamos, tomó Jesús consigo, a solas, a Pedro, Santiago y Juan. Una de ellas fue en la Transfiguración, y la otra fue durante la oración del Señor en el Huerto de los Olivos. Por estas dos muestras de cercanía, los tres apóstoles ha sido llamados «los íntimos del Señor». Pero, a decir verdad, los tres hicieron un papelón espantoso. En ambas ocasiones, se durmieron a pierna suelta. Del sueño de Getsemaní sabremos durante la Semana Santa. Contemplemos ahora a los tres «íntimos» dormidos en el Tabor:

Pedro y sus compañeros se caían de sueño, pero se espabilaron y vieron su gloria.

Os diré la verdad, si es que no la sabéis: la intimidad con el Señor da mucho sueño. No os extrañe. Nos mantiene despiertos, muchas veces, la preocupación: en el fondo, pensamos que debemos velar para que el mundo no se derrumbe a nuestro alrededor. Y, por eso, estamos en permanente estado de guardia. Pero cuando nos sabemos, de verdad, en manos de Dios, nuestra cabecita se toma un plácido descanso, y caemos como niños en brazos de mamá.

¿Nunca te duermes en la oración? Bueno, no te sientas tan culpable. Aprovecha, y descansa en Dios.

(TCC02)

¿Cuál es tu Egipto?

La Iglesia, durante la Cuaresma, se mira a sí misma en el peregrinaje que el pueblo de Israel realizó por el desierto, desde que fue liberado de la esclavitud de Egipto, hasta que entró en la Tierra Prometida.

¿De dónde saldrás tú, cuál es tu Egipto, el que abandonarás para adentrarte en el desierto en busca de la santidad? Escucha al Señor:

Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen. Porque, si amáis sólo a los que os aman, ¿qué premio tendréis?

Tu familia, tus amigos, tu Dios y tú. Ése es todo el escenario de tu vida. Vives entre quienes te quieren, y así te sientes protegido. Evitas acercarte a quien pueda hacerte daño: hace meses que no llamas a ese hermano tuyo que te hirió, procuras no relacionarte con los compañeros de trabajo más «molestos», y apenas saludas a ese vecino que te trata mal.

¡Sal de tu Egipto! Arriésgate a que te hieran. Llama a tu hermano, se cordial con esos compañeros de trabajo, sonríe a tu vecino. Y, si te lo pagan con injurias, dile a Dios que, con su Amor, te basta. No temas a ese desierto, o no heredarás la Tierra.

(TC01S)

Los que se quejan de ti

Cuando Satanás invitó a Jesús a lanzarse desde el alero del templo para ser recogido por los ángeles, le tentaba con el «camino fácil»: evitar el oprobio de la Cruz para dejar que sea Dios, con su poder, quien lo haga todo.

Ten cuidado con una Cuaresma demasiado «interior». No vayas a creer que tu purificación consiste sólo en orar y mortificarte. Aún cuando tus penitencias sean arduas, si todo queda en ayunar y orar, estás tomando el camino fácil.

La Cuaresma pasa también, necesariamente, por el prójimo.

Por tanto, si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano.

¿De qué te sirve reconciliarte con Dios, si no te reconcilias también con tus hermanos?

Si pudieras reunir a tus familiares, amigos y conocidos, y preguntarles: «¿Alguno tiene quejas contra mí?», ¿quién alzaría la mano? Sé sincero contigo mismo. Y, en lugar de pensar que no hay razón para las quejas de esas personas, pregúntate qué más puedes hacer por ellas. Porque a través de ellas pasa tu camino de vuelta hacia Dios.

(TC01V)

El tiempo entre «pedid» y «se os dará»

Dice el Señor: Pedid, y se os dará.

He tardado diez segundos en escribirlo. Si lo pronuncias en voz alta, tardas menos de tres.

Pero lo cierto es que, cuando te encuentras postrado ante Dios, entre pedid y se os dará pueden mediar años.

Porque tú pides, y quisieras que Dios fuera una máquina de refrescos. Echas el euro por la rendija, y «¡Clank!», el refresco cae. Pero ya habrás comprobado que no es así. Pides una vez… y no pasa nada. Vuelves a pedir… y no pasa nada. Quienes, después de eso, siguen creyendo que Dios es una máquina de refrescos, piensan que «no les funciona la religión». Y la emprenden a golpes con la máquina: «¡Dios no me ama! ¡Dios no me escucha! ¡Dios no existe!».

Dios te ama, te escucha, y, desde luego, existe. Pero no funciona así. Sobre todo, porque Dios no «funciona». Dios «es».

Sus tiempos no son los tuyos. Si quiere mantenerte en oración durante años, no desistas. Porque, en ese tiempo, te dará incluso más de lo que pides. Te hará humilde ante Él. Y, después, cuando llegue el momento, te dará también lo que le pedías, si lo que pedías es bueno.

(TC01J)