Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

Cuaresma – Espiritualidad digital

La santa prisa

¡Qué prisas tan serenas! Nada que ver con esas prisas desquiciadas de nuestras ciudades, nuestras carreteras y nuestras taquicardias:

María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.

Se apresura, porque la mueve un ataque de alegría. Y esa alegría, que en su vientre tiene carne, porque es la carne de que ella comparte con el propio Dios, la quema por dentro y la empuja hacia la casa de Isabel. Las dos mujeres llevan, en sus vientres, el futuro de la Humanidad. Y nadie lo sabe.

En cuanto Isabel oyó el saludo de María, la criatura saltó de alegría en su vientre. Tiene prisa Juan, y salta inquieto, deseoso de nacer y ver con sus ojos a la Madre del Señor.

¡Qué hermosa es, ante los ojos de Dios, la prisa por servirle, por anunciar su nombre, por gozar sus dulzuras! Esa prisa también santifica deprisa a quienes, como María e Isabel están poseídos por ella. Nada que ver –repito– con el estrés de quienes tienen prisa para todo, pero siempre llegan tarde a la oración y a la iglesia. ¡Tienen tanto que hacer!

(3105)

Si lo dejamos seguir…

Cuando los sumos sacerdotes y los fariseos se reunieron para decidir qué hacer con Jesús, llegaron a esta conclusión: Si lo dejamos seguir, todos creerán en él.

¿No es eso lo que deseamos? ¿No anhelamos, precisamente, que todos crean en Él? Quizá tengamos algo que agradecer a los sumos sacerdotes y fariseos: con su forma de pensar y de actuar, nos mostraron los caminos de la Redención. Y esos caminos no eran, desde luego, los de los hombres.

Lo cierto es que, si le hubieran dejado a Jesús seguir, otros lo habrían matado. Y más cierto aún es que, al clavar en la Cruz al Señor para detener a la fuerza sus pasos, lograron lo contrario de lo que deseaban. Al cabo de trescientos años, todos creían en Él. Y, dos mil años después, su nombre es conocido y adorado en el mundo entero.

Pienso en ti y en mí. Y en esa pasión por la actividad y la eficacia que actualmente nos domina. ¿Acabaremos de entender que, cuando un cristiano es reducido a la impotencia o al silencio, es cuando mayor es su eficacia? No hay cristiano más poderoso que el que vive clavado en la Cruz con Cristo.

(TC05S)

Todo al revés

Quisieron los judíos apedrear a Jesús, y le explicaron el motivo por el que le acusaban de blasfemia: Porque tú, siendo un hombre, te haces Dios.

Lástima. Lo entendieron al revés. O, quizá, sus cabezas estaban del revés, y así lo entendían todo en orden inverso. De haber sido las cosas como ellos decían, motivos había para acusar de blasfemia a Jesús: un hombre que se hace a sí mismo dios es un arrogante y un blasfemo.

Sin embargo, la realidad era la contraria: «Siendo Dios, te has hecho hombre». Y, en ese caso, apedrear a un Dios encarnado constituye la gran blasfemia y el peor de los ultrajes de la arrogancia humana. Ante un Dios encarnado, el hombre debe postrarse.

Reparemos. Digámosle nosotros la verdad: «Siendo Dios, te has hecho hombre por amor al hombre. Y vas a morir a manos de los hijos de Adán para rescatar el género humano. Siendo Dios, te has hecho hombre, para que nosotros, pobres hombres, seamos hechos dioses». ¿No está escrito en vuestra ley: «Yo os digo: sois dioses»?

 Y, para endiosarnos a nosotros, te encarnas Tú y mueres de Amor. ¡Oh, Jesús! ¡Quién me diera el poder seguirte, y morir contigo!

(TC05V)

La encrucijada

Cuando Jesús dice a los judíos: Antes de que Abrahán existiera, yo soy, sus palabras sólo podían ser interpretadas de dos maneras: O se trataba de Dios vivo, y entonces debían caer de rodillas, o se trataba de un blasfemo, y entonces debían lapidarlo inmediatamente. No había tercera opción.

La primera opción, la terrible posibilidad de que Dios estuviera ante ellos en carne mortal, estaba bien avalada: aquel hombre, Jesús, había realizado milagros y pronunciado palabras que iban mucho más allá de las capacidades de una criatura. Los escritos de los profetas, por otra parte, parecían darle la razón. Pero, en ese caso, a los escribas y sumos sacerdotes, depositarios temporales de las promesas divinas, les había llegado el tiempo de rendir cuentas, y tenían que hacerlo ante un hombre, aunque se tratase de Dios encarnado. Sabemos que no es fácil: muchos que rezan día y noche no se humillarán nunca a rendir cuentas de su vida a un director espiritual.

Por eso cogieron piedras para tirárselas. La segunda opción se acomodaba mejor a su soberbia. Ya sabes: «Creo en Jesucristo, pero no en la Iglesia. A mí no me va a decir ningún sacerdote lo que tengo que hacer».

(TC05J)

La verdadera libertad del hombre

En la película «La vida de Emile Zola» (1937), Dreyfuss, aquel militar judío encarcelado por un delito que no cometió y convertido en protagonista de un conflicto histórico («El caso Dreyfuss»), al salir finalmente de la cárcel, vuelve a entrar para salir de nuevo. Quiere saborear esa libertad que se le negó durante años.

No eres más libres porque te pasen otro libro, o un juego de mesa, por las puertas de la celda. Eres libre cuando esa puerta se te abre y te muestran el camino de salida.

El hombre vive encerrado en la muerte, en el pecado y en la mentira. Concedo que esa muerte brilla con esplendor, ese pecado está recubierto de falsas luces, y esa mentira resplandece hasta hipnotizar. Pero no es más libre el hombre porque le suministren entretenimientos mientras espera a la muerte. El hombre es más libre cuando le muestran la puerta de la vida y le enseñan el camino hacia ella.

Si permanecéis en mi palabra, seréis de verdad discípulos míos, conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres. Cristo es la puerta, el camino, la vida y la verdad. Sólo quien lo conoce es realmente libre. Mira a la Cruz.

(TC05X)

«Yo me voy»

¡Qué amargo sabor de despedida tienen las palabras de Jesús: Yo me voy!

Yo me voy… No dice «me echáis». Dice Yo me voy porque ha convertido en sacrificio voluntario la afrenta de los hombres. ¡Qué misterioso dominio de la escena conservará el Señor durante su Pasión! Cuando más manso se muestre, será cuando más Señor parezca.

Y me buscaréis. Porque, cuando me haya ido, seguiréis buscando redención. Tras haberme desechado a mí, que os traje vida, pediréis a vuestros honores, filacterias y placeres que os rediman, porque vosotros sois de este mundo.

Y moriréis por vuestro pecado. Me daréis muerte, y en la muerte quedaréis sepultados. Con ella os desposaréis al matarme, y ella os devorará.

Si no creéis que «Yo soy», moriréis. Aún os queda una esperanza, aún tenderé mi mano hacia vosotros para que podáis salvaros:

Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre, sabréis que «Yo soy». Miradme a Mí, a quien traspasáis, levantado sobre la Historia. Miradme con fe, y ved en Mí, rodeado de muerte y surtidor de vida, aquella zarza que Moisés vio arder sin consumirse. Mirad con fe al Crucifijo, llorad vuestras culpas, y creed, para que vosotros, mis verdugos, tengáis vida.

(TC05M)

Viejos y ancianos

No significa lo mismo, en español, «viejo» que «anciano».

En el «viejo», el tiempo ha producido un deterioro. De hecho, esta palabra no se aplica sólo a personas. Hay muebles viejos, películas viejas, árboles viejos y viejos trucos que ya no engañan a nadie.

En el «anciano», sin embargo, el tiempo ha producido el efecto contrario: la acumulación de experiencias le ha dotado de sabiduría. Sólo el hombre es «anciano».

En la Escritura, más que el tiempo, es el pecado el que envejece y corrompe a los hombres. San Pablo habla del «hombre viejo» para referirse al pecador decrépito que llevamos dentro. También la ancianidad, en la Escritura, escapa del tiempo; es la sabiduría divina la que convierte al hombre en anciano. Siendo niño, Daniel fue nombrado anciano. Y el presbítero, aunque tenga veinticuatro años, es ya anciano.

Cuando Jesús invita a arrojar la primera piedra sobre la mujer adúltera a quien se encuentre libre de pecado, los acusadores se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Ya se ve que la edad los había tratado mal.

Tú no envejezcas nunca. Mantente joven en la presencia de Dios. Pero te deseo que llegues a anciano cuanto antes.

(TC05L)

La fe temblorosa que vence a la muerte

Considera el abismo de angustia que se esconde detrás de estas palabras: Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado.

A Jesús lo habían llamado Marta y María mientras su hermano aún vivía: Señor, el que tú amas está enfermo. ¡Preciosa oración! Sin pedir nada, pide todo: «Basta que sepas que está enfermo, y vendrás a curarlo. No rogaremos por él, porque Tú mismo lo amas».

Y, sin embargo: Se quedó todavía dos días más donde estaba. Esperaron a Jesús, y Jesús no vino. Murió su hermano, y Jesús no vino. Lo enterraron, y Jesús no vino. Pasaron dos días, y Jesús no vino… ¿Valía la pena seguir esperando?

Para que nunca desfallezcas en tu oración: el Señor llegó.

Si hubieras estado aquíPero aún ahora sé que todo lo que pidas… Desfallece la fe, y de nuevo se levanta. ¡Como nosotros!

Tu hermano resucitará… ¡Sé que resucitará en la resurrección del último día! «Pero yo quiero verlo vivo hoy» –le faltó decir–.

Yo soy la resurrección. ¿Crees esto?… Yo creo que tú eres el Cristo. De nuevo la fe se incorpora. ¡Bendita lucha, la de Marta!

¡Lázaro, sal afuera! «Sé que querías verlo vivo hoy. También yo».

(TCA05)

Cuando parece que vencen los malos

En varias ocasiones los judíos habían tratado de prender a Jesús sin conseguirlo. Aunque el Señor nunca usó la fuerza para defenderse, todos los intentos resultaron frustrados. En ocasiones salió corriendo entre ellos. En otras, como la que hoy nos relata san Juan, quienes estaban encargados de apresarlo fueron detenidos por el enorme respeto que Jesús inspiraba: Jamás ha hablado nadie como ese hombre. Asombrado, el evangelista dice: Algunos querían prenderlo, pero nadie le puso la mano encima.

Hasta que se la pusieron. Y, cuando lo hicieron, en Getsemaní, ya no la retiraron hasta que Jesús murió. Pero todo sucedió en el tiempo marcado por Dios, no el marcado por los hombres.

Dios quiso dejar claro que el mal actuaba bajo su misterioso permiso. Por eso los judíos no lograron prender al Señor hasta la hora señalada por el Padre.

Fue así para que tú y yo no temblemos cuando el mal gana terreno. Cuando sucede, es con permiso de Dios. Y no avanzará un paso más de los que Dios le permita dar. Aunque parece que el mal triunfa –no lo olvides– es el plan de Dios el que se cumple. Y Él nos ama. Nada hay que temer.

(TC04S)

¡Respóndeme!

Faltan dos semanas para que escuchemos en nuestros templos, mientras nos acercamos a depositar nuestro beso en la Cruz, los improperios de Miqueas: Pueblo mío, ¿qué te he hecho?, ¿en qué te he ofendido? ¡Respóndeme!

Y se hace muy difícil responder. La pregunta lleva tantos siglos en el aire que el dolor de esa respuesta que no llega es ya insoportable.

Trataban de matarlo… Intentaban agarrarlo… ¿Por qué? ¿Qué había hecho, qué ha hecho Jesús? ¿Es un delincuente, un ladrón, un asesino, un peligro para la humanidad? ¿Acaso va armado, o ha amenazado de muerte a alguien? ¿Qué te he hecho?

Y, sin embargo, esa fuerza terrible que grita ¡Crucifícalo! está también dentro de mí. Se trata de ese «hombre viejo» que quisiera matar todo atisbo de vida espiritual; es la carne, herida por el pecado, que odia al alma tocada por Dios. Hay en mí una fuerza que desearía que Dios estuviera muerto para erigirse, ella misma, en dios.

A ese «hombre viejo» es a quien debo llevar, por la penitencia, a la cruz. Quizá allí, como el buen ladrón, se amanse y se convierta. Y el verdugo pase a compartir la muerte de su víctima. Entonces estaré redimido.

(TC04V)