Lirbos de José-Fernando rey ballesteros

Cuaresma – Espiritualidad digital

La paciencia (no) tiene un límite

No sé por qué todos ponen como ejemplo de paciencia a Job. Quizá por que marca el límite de la paciencia que puede alcanzar un homínido en condiciones extremas. Pero su paciencia –como la de cualquier homínido en condiciones extremas– tuvo un límite. Al principio de su desgracia, acogió con mansedumbre el padecimiento, se sentó en el estercolero, se rascó con la teja, y dijo que Dios le había quitado lo que le dio. Pero más adelante comenzó a pedirle a Dios explicaciones, y qué pasa conmigo, y qué hay de lo mío, y por qué a mí, etc.

El ejemplo perfecto de paciencia no es Job, sino Dios. Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo, le suplicamos los hombres, como aquel empleado de la parábola suplicaba a su Señor. Y Dios escuchó, tuvo paciencia, envió a su Hijo a padecer nuestros pecados, y nos dio en Él el sacrificio con que pagar nuestras deudas. En cada misa pagamos a Dios todo lo que le debemos.

Pero, después de esto, dejemos a Job tranquilo. Si nos hemos beneficiado de tanta paciencia, ahora debemos ser pacientes como Dios. Sin límites, porque, en Cristo, Dios nos ha regalado su propia paciencia.

(TC03M)

Hablar no siempre sale gratis

Dicen que «hablando se entiende la gente», pero no es verdad. Hablando no se entiende nadie, porque, para entender, primero hay que escuchar. La gente se entiende cuando habla y escucha, cuando acoge las palabras del otro, reconoce la verdad –mucha o poca– que hay en ellas, y les da una respuesta. El problema surge cuando la verdad duele.

Jesús no es de quienes callan por miedo a levantar tempestades. Él, que es la Verdad, regala palabras de verdad, aunque esa verdad duela. Llega a la sinagoga de su pueblo, y recuerda a sus vecinos que dos extranjeros, Naamán y una viuda de Sarepta, acogieron mejor a los profetas que los propios israelitas. Nazaret y Jesús se habrían entendido hablando si los nazarenos hubiesen acogido las palabras del Señor y, reconociendo su verdad, se hubiesen convertido para acoger al Salvador mejor de lo que sus padres acogieron a los profetas. Pero no fue así. Como aquellas palabras dolían, lo echaron fuera del pueblo y lo llevaron hasta un precipicio del monte sobre el que estaba edificado su pueblo, con intención de despeñarlo.

¿Estás dispuesto a ser odiado por decir la verdad? ¿O piensas que nos entendemos mejor callando «ciertas cosas»?

(TC03L)

Nuestro Amor vive allí

Mercaderes entrando y saliendo del templo, animales llenando el suelo de inmundicia, dinero que pasa de unas manos a otras, regateos discutidos a gritos, olor pestilente… Cuando Jesús entra allí, y contempla el espectáculo, se le remueven las entrañas. El celo de tu casa me devora.

Haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas.

¿Cómo se encontrará el Señor en nuestros templos? Si, para Él, el Templo de Jerusalén era la casa de su Padre, nuestras iglesias son la casa de nuestro Señor. ¿Nos devora el celo? Me han dado ganas de llorar cuando he visto patenas y cálices que parecían escupideras. ¿Están limpios nuestros templos? ¿Procuramos tener los mejores ornamentos? ¿Los cuidamos como cuidaría la Virgen las ropas de su Hijo? ¿Son nuestras iglesias espacios de silencio y oración? ¿Honramos al Señor en el sagrario con genuflexiones fervorosas?

Pensarás que estas palabras están escritas para sacerdotes y sacristanes. Ahí tienes lo tuyo: ¿Visitas cada día a Jesús en el sagrario? ¿Apagas el móvil cuando entras en la iglesia? ¿Procuras, en el templo, no hablar con nadie más que con Dios?

(TCB03)

El camino de vuelta a casa

El drama del hijo pródigo lo desencadenan dos decisiones libres: la de marcharse de casa (Padre, dame la parte que me toca de la fortuna), y la de volver (Me levantaré, me pondré en camino a donde está mi padre). Por desgracia, las cosas no siempre suceden así. Muchos hijos pródigos, cuando gustan la amargura de su pecado y se ven mendigando algarrobas a los puercos, deciden no volver, y mueren de asco. El drama, entonces, deriva en tragedia. Y la tragedia se condensa en llanto cuando, a quien les pregunta si desean volver y se ofrece para ayudarlos, le responden: «Estoy bien así».

Abre los ojos, reconoce que te has alejado de Dios. Ya sé que rezas, pero rezas desde muy lejos. Has tomado tu vida en tus manos, y haces con ella lo que quieres. No obedeces. Estás esclavizado por las criaturas: el teléfono, las series, las compras, la comida, la bebida, tu prestigio, tus planes, tus quejas… ¿Es que no ves tus cadenas? ¿Tan ciego estás?

No dejes que el drama se convierta en tragedia. Emprende el camino de vuelta. Desata esos lazos, y mira a la Virgen, tu madre. Ella te ayudará a regresar a casa.

(TC02S)

O la Cruz, o el sofá

Una paciente muy paciente me cuenta cómo el psicoterapeuta le pide que busque, en su imaginación, un «lugar seguro», un refugio donde se sienta a salvo. Supongo que tiene que ver con eso que llaman ahora «zona de confort». Y también supongo que, como nada hay nuevo bajo el sol, el «lugar seguro» de los hebreos era Jerusalén. Protegidos por la misteriosa presencia de Yahweh en su templo, los judíos se sentían a salvo en la que llamaban «ciudad de Dios».

Y agarrándolo, lo sacaron fuera de la viña y lo mataron. Jesús anunciaba cómo, antes de matarlo, los sumos sacerdotes lo sacarían fuera de Jerusalén, al Calvario. Era preciso vomitarlo primero, arrojarlo al estercolero del Gólgota y, allí, acabar con su vida como se acaba con un despojo.

Salgamos, pues, hacia él, fuera del campamento, cargados con su oprobio (Heb 13, 13). Llevas toda la Cuaresma rezando en tu «zona de confort». Sal de una vez, deja atrás tus comodidades, tus compensaciones, tus preocupaciones y tus planes. Mortifica la carne, abandona tus seguridades. ¡Ponte en pie, y camina siguiendo al Señor! No puedes ser un «cireneo de salón». ¿Qué has perdido, en esas dos semanas, para seguir a Cristo?

(TC02V)

Un abismo entre dos mundos

La parábola de Lázaro y Epulón tiene un epílogo de ultratumba. Tras su muerte, el rico es atormentado y el pobre es consolado. Quisiera el rico gozar de la paz del pobre, y no le es dado, porque un abismo se interpone entre ambos.

Entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que los que quieran cruzar desde aquí hacia vosotros no puedan hacerlo, ni tampoco pasar de ahí hasta nosotros.

No pienses que ese abismo se abrió de forma repentina tras la muerte de los dos. Ya en vida, Lázaro y Epulón representan dos mundos separados por una sima, dos caminos abiertos en galaxias distintas.

Minutos antes de morir, vieron a Epulón rezando. Y le preguntaron: «¿Tú crees que existe Dios?». Respondió: «Creo que Dios existe». Mientras tanto, pensaba: «Aunque, si no existe, tampoco me ha ido mal en esta vida». Murió como un animal satisfecho.

Cuando le hicieron la misma pregunta a Lázaro, respondió: «Si Dios no existiera, ya habría saqueado hace mucho tiempo la casa de Epulón. He vivido pobre por respetar su Ley, y muero pobre deseando verlo». Murió hambriento de Dios, como los santos.

El cielo es de quienes se lo juegan todo.

(TC03J)

El que vino para morir

Era Navidad. Y me encontraba yo ante el Belén de mi parroquia con un grupo de niños. Les pregunté: «¿Para qué ha venido el Niño Jesús a la tierra?». Y una niña, sin ni siquiera levantar la mano, respondió al instante: «Ha venido para morir».

Los niños tienen intuiciones poderosas.

Igual que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos. El propio Jesús explica a los suyos en qué se distingue esa muerte suya de la muerte que alcanza a todos los hijos de Adán. Los hombres estamos en el mundo y morimos; Cristo ha venido para morir. Y eso nos obliga a cambiar los términos, con permiso de mi pequeña profetisa. Jesús no muere; entrega la vida. Y así convierte la muerte en ofrenda voluntaria de Amor que redime a los hombres.

Ojalá se pudiera decir lo mismo de ti. Unido a Cristo, abrazado a su Cruz, no te conformes con la suerte triste del que muere. Entrega la vida, conviértela en ofrenda. Vive de forma que, cuando Dios te llame, los tuyos no digan que has muerto, sino que te has entregado del todo.

(TC02X)

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