Evangelio 2020

Cuaresma – Espiritualidad digital

Una burra y un asesino

En el libro de los Números (cap. 16, 22ss.) se nos cuenta cómo Dios hizo profetizar a la burra de Balaán en contra de su amo. Nos viene bien el relato a quienes predicamos diariamente: no nos escogió Dios para predicar porque haya visto en nosotros cualidades especiales, sino por puro Amor. Igual que se sirve de nuestros labios, puede servirse de los labios de un jumento. Es toda una cura de humildad.

Incluso el cinismo de Caifás, uno de los asesinos de Cristo, lo aprovechó Dios para profetizar. La burra de Balaán, al menos, obedecía a su Creador. Pero si se sirvió el Señor de un asesino para hablar a su pueblo, el predicador que se engría es un necio.

No comprendéis que os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera. Así habló Caifás, y anunció a lo sumos sacerdotes que la muerte de Cristo convenía.

Y aún conviene. Allí donde hay pecado, se necesita un Cristo que lo padezca y lo redima. No nos apartemos jamás de quienes hacen el mal. ¿Quién los sufrirá, si no? ¿Quién los redimirá? Conviene, allí donde hay pecado, que haya un cristiano que lo sufra.

(TC05S)

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Preludio de Getsemaní

El instinto de supervivencia es natural en el ser humano. No pertenece a la concupiscencia, que es esa tendencia al pecado heredada de Adán. El afán de supervivencia es la nostalgia de un lugar donde el hombre no moría. Jesús, cordero de Dios, no sufrió la tendencia interior al pecado, pero quien era la Vida misma sí experimentó el anhelo de sobrevivir. En Getsemaní, ese afán le hizo sudar sangre, y luchó contra su voluntad divina de obediencia. La obediencia venció, y Jesús se entregó a la muerte.

No sucedió entonces por primera vez. Cuando los judíos agarraron piedras para apedrear a Jesús, el Señor experimentó, como cualquier hombre, la inclinación a salir corriendo de allí. Pero el deseo de salvar almas fue más fuerte en Él, y, en lugar de alejarse, continuó ofreciéndoles la salvación hasta el último momento.

Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis, pero si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras.

Sólo después, cuando los judíos despreciaron esta última mano tendida, se les escabulló de las manos.

Ojalá, también a ti, te importen más las almas de los pecadores que tu propia vida. Entonces serás apóstol.

(TC05V)

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Toma la mano que te salva

En mi juventud, durante los años 80 de aquella movida madrileña, se hizo famosa una canción de Víctor Manuel: «Déjame en paz, que no me quiero salvar».

La he recordado mientras contemplo el dolor del Señor ante aquellos judíos que parecían empeñados en no dejarse salvar. Jesús les ofrece el remedio ante la muerte: Quien guarde mi palabra no verá la muerte para siempre. Y ellos responden: Estás endemoniado.

Qué bien se entienden, ahora, las palabras que pronunció Jesús en la Última Cena: Si yo no hubiera hecho en medio de ellos obras que ningún otro ha hecho, no tendrían pecado, pero ahora las han visto y me han odiado a mí y a mi Padre (Jn 15, 24).

He aquí el drama de la Pasión de Cristo: Dios no condenó al hombre, sino que se hizo hombre para ofrecerle al mundo la salvación de la condena a muerte en que el propio hombre había incurrido. Y cuando tendió su mano ofreciendo al hombre vida eterna, los hombres le escupieron en la mano y lo mataron.

Se acerca la Semana Santa. Y Cristo te ofrece su mano llagada y su palabra de vida. Déjate salvar. Medita su Pasión, y acompáñalo.

(TC05J)

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¿Por qué te engañas a ti mismo?

Si estás mal… ¿por qué te empeñas en decirte a ti mismo que estás bien? ¿Por qué quieres aparentar fortaleza ante los demás, cuando tu debilidad está a la vista de todos?

Yo te diré por qué: porque te aterra la idea de dejarte ayudar, y la mera posibilidad de dejarte sanar por otro te produce pánico. Quieres ser tú quien ayude y quien sane a otros; no por caridad –no te engañes–, sino porque, así, te sientes superior. Te gusta que te den las gracias, te encanta que te necesiten. Pero ser tú el necesitado, el débil… ¡de ninguna manera! Tanto peor para ti. Mientras no te conviertas, tu enfermedad no tiene remedio.

Fíjate en los fariseos. Les dice Jesús: Si permanecéis en mi palabra, seréis de verdad discípulos míos; conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres. Y responden ellos: Nunca hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú: «Seréis libres»? Les dice Jesús: Vosotros hacéis lo que le habéis oído a vuestro padre, refiriéndose al Demonio. Y responden ellos: Tenemos un solo padre: Dios.

No seas como ellos. Déjate corregir por los tuyos. Nunca sabrás amar a los demás, si primero no te dejas querer.

(TC05X)

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La muerte que cura de la muerte

Se acercaba la Semana Santa, y aquel hombre desahogaba su inmenso dolor con el sacerdote. «Lo último que necesito ahora es un Viernes Santo. Sólo me falta que me pongan delante más dolor. Este año me iré a la playa hasta el domingo de Resurrección. Necesito olvidarme de todo esto».

Distinguí la falsa compasión del Maligno. Era él quien le susurraba: «Ahora no puedes mirar a la Cruz. Mira algo hermoso, como el amanecer sobre el mar». Lo que no le decía es que su dolor lo acompañaría a la playa y cegaría sus ojos. Nunca amanece para el desconsolado.

Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre, sabréis que «Yo soy». Jesús se puso a sí mismo en el lugar de la serpiente levantada por Moisés cuando las serpientes infectaron a los israelitas. Quienes la miraban quedaban sanados. Parecía extraño curar el veneno de serpiente con una serpiente.

Y parece extraño curar la muerte con otra muerte, el dolor con otro dolor. Pero, cuando el afligido mira al Crucifijo, la muerte de Cristo cura su muerte, y el dolor del Señor consuela su dolor.

Cristo va a ser levantado. No temáis. Alzad los ojos hacia Él, y quedaréis sanos.

(TC05M)

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Tenemos a uno que abogue ante el Padre

En el libro de Job, Lucifer tiene un lugar en la corte de Dios: el del «Satán», que significa «acusador», «fiscal». Así lo llama también el libro del Apocalipsis: El acusador de nuestros hermanos (Ap 12, 10). Satanás le recuerda a Dios nuestros pecados, reclamando nuestra condena. Y nos los recuerda también a nosotros, quitándonos la paz y haciéndonos creer que somos indignos del favor de Dios. ¡Cuántas almas atormentadas por culpa de escrúpulos inútiles!

Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices? Con estas palabras, los fariseos dejaban claro a quien servían: al Acusador. Habían formalizado, sobre la marcha, un juicio rápido, y se apresuraron a ocupar el asiento del fiscal. Ahora querían saber qué asiento ocuparía el Señor.

Pero Jesús dejó vacío el estrado del juez. El juicio no será rápido, porque aún no ha llegado la hora. Todavía es tiempo de misericordia.

El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra. Jesús ocupó el asiento del abogado y recusó al fiscal. Ha venido a salvar al hombre, no a juzgarlo.

Dime una cosa: ante los pecados ajenos, ¿qué asiento ocupas tú?

(TC05L)

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La prueba de la fe

Mientras Jesús estaba en Galilea, alguien se acercó, procedente de Betania, y le transmitió un mensaje de Marta y María: El que tú amas está enfermo.

Trasladémonos a Betania, entremos en casa de las hermanas, y procuremos averiguar cómo vivieron aquella prueba de fe. Lázaro enfermó, la enfermedad se agravó, y ellas pensaron en Jesús: «Él vendrá y lo sanará, porque lo ama». Enviaron el mensaje, con la seguridad de que el Maestro, al saber que su amigo había enfermado, vendría deprisa.

Pero Jesús se quedó todavía dos días donde estaba. Lázaro murió, y Jesús no había venido. Lo enterraron, y Jesús no había venido. Pasaron tres días, y Jesús no había venido.

¿Imaginas lo que debió pasar en el corazón de aquellas hermanas? ¿Qué sucede cuando rezas, y no hay respuesta; cuando sigues rezando, y no hay respuesta; cuando rezas aún más, y no hay respuesta?

Te diré lo que les sucedió a ellas. Cuando, finalmente, Jesús llegó, Marta dijo: Yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo. Y resucitó Lázaro.

En ocasiones, Dios calla. Dichoso quien, en esos momentos, mantiene encendida la lámpara de la fe. Será recompensado.

(TCA05)

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