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Cuaresma – Espiritualidad digital

La Providencia y sus misterios

El saber que Dios cuida de nosotros nos ayuda a dormir por las noches. Podemos bajar la guardia, y abandonar el cuidado del mundo en las manos de Aquél que no duerme ni reposa, que nos guarda de todo mal para que no nos haga daño el sol de día, ni la luna de noche (cf. Sal 121). En paz me acuesto, y enseguida me duermo, porque tú solo, Señor, me haces vivir tranquilo (Sal 4, 9).

Y, sin embargo… Mirad hoy a los pecadores, convertidos en providencia del propio Dios. En lugar de abandonarse a sus cuidados, y someterse a sus designios, serán ellos quienes quieran decidir los destinos del Verbo encarnado: ¿Qué hacemos? Este hombre hace muchos signos… Y decidieron darle muerte.

¡Qué paradoja tan terrible! El mismo que nos invitó a dejarnos cuidar por Dios, como aves del cielo o lirios del campo, se someterá ahora a esa perversa providencia de sus enemigos y se dejará prender, azotar, crucificar y matar. No se defenderá, callará durante su condena, y aceptará su muerte.

Pero cuando extienda sus brazos en la Cruz, sobre ellos sostendrá la tierra y tomará posesión de la Historia. Estamos salvados. Misteriosa y amorosamente salvados.

(TC05S)

Viernes de dolores

Para muchos cristianos, hoy sigue siendo Viernes de Dolores. Cualquiera que tenga en la familia a una María Dolores mayor de 45 años sabe que le conviene felicitarla hoy, porque a la tía Loli no hay quien la convenza para que celebre su santo en septiembre.

Por desgracia, bautizamos pocas María Dolores. Es por ceguera. Oímos «dolor» y salimos huyendo como hubieran esparcido ántrax. Peor para nosotros.

Hay un dolor santo. El de la Virgen lo es. Santo, y dulce. Es el dolor de la espada que atraviesa su inmaculado corazón mientras ve cómo los pecados de los hombres apagan, como una vela que titila, la vida de su Hijo.

No te apedreamos por ninguna obra buena, sino por una blasfemia: porque tú, siendo hombre, te haces Dios.

Por eso, porque no soportaban que Dios se acercase a ellos, en la Cruz quisieron apagar la luz de la divinidad de Cristo. Había que cubrirlo de infamias hasta que no pareciese Dios, sino hombre derrotado.

Apagaron el brillo de su divinidad, y apagaron también su resplandor humano. Sobre el madero, ya no parecerá Dios. Ni siquiera parecerá hombre, sino gusano pisoteado y agonizante.

Para que, después, tú y yo queramos brillar.

(TC05V)

El cielo callado

¡Qué misterioso eres, Jesús!

Dices: Quien guarda mi palabra no verá la muerte para siempre. Pero, si clavo mis ojos en el crucifijo, tu palabra es silencio, y Tú mismo mueres. ¿Cómo dices que no veré la muerte, cuando te veo morir, y reconozco la muerte en mis miembros? ¿Por qué me pides que guarde tu palabra, si sólo escucho tu silencio en el Calvario?

Sé que olvido el para siempre. No has dicho quien guarde mi palabra no verá la muerte, sino no verá la muerte para siempre. Pero, a mí, las horas que van del viernes al domingo me parecen una eternidad. Me parecen el infierno, porque tu silencio lo siento como ausencia.

Este año, callaré contigo. No te haré más preguntas. Me abrazaré a Ti, y sabré que, al guardar silencio, te guardo a Ti, que eres la Palabra. Voy a abrazarte muy muy fuerte, y me sumergiré contigo en las tinieblas. Callaremos juntos, y así tu silencio no será infierno, sino cielo callado. Prefiero el cielo callado al infierno.

Veré la muerte, veré tu muerte. Pero, si, abrazado a Ti, también la muero yo, el para siempre triunfará sobre el silencio. Resucitaremos juntos.

Bendito cielo callado.

(TC05J)

¿Conoces tus cadenas?

Es muy, muy triste… Se encarna el Hijo de Dios para liberar al hombre, atado con las cadenas del pecado, y el hombre le responde: Nunca hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú: «Seréis libres»?

Es el famoso «yo no tengo pecados», de siempre. Los hombres arrastran cadenas cada vez más pesadas, mientras ríen y lloran soñándose dueños de sus vidas. Si les ofreces la liberación, no la querrán.

¿Conoces tus cadenas? Sí, sí, ya sé que te confiesas. Y casi siempre te acusas de lo mismo. Esas cadenas las conoces, aunque… ¿De verdad quieres librarte de ellas? Porque confiesas tus pecados con tal rutina, que a veces tengo la impresión de que te aportan seguridad. Es como si tu examen de conciencia fuera una forma de pasar revista a tus pecados de siempre para comprobar que siguen allí. ¡Qué harías, sin ellos! ¡De qué te ibas a confesar, si te faltasen!

Mientras tanto, sigues atado por pecados como hilos de seda que nunca has querido confesar ni reconocer. Si tu familia o tu confesor te insinúan su presencia, te revuelves interiormente contra ellos. ¡No te comprenden!

¡Anda! ¿Quieres, de verdad, ser libre? Entonces, examínate bien. Y confiésate bien.

(TC05X)

Quiero y no puedo. Pido

Hay palabras del Señor que mueven a la angustia: Donde yo voy no podéis venir vosotros. Durante la Última Cena, les repetirá a los apóstoles: Me buscaréis, pero lo que dije a los judíos os lo digo ahora a vosotros: «Donde yo voy no podéis venir vosotros» (Jn 13, 33). Y, poco más tarde, a Pedro: Adonde yo voy no me puedes seguir ahora (v. 36).

¿Por qué? ¿Por qué no puedo ir contigo?

No me lo digas. Por desgracia, conozco la respuesta: No sé obedecer, ni sé negarme a mí mismo. No soy humilde ni paciente. ¿Cómo podré, entonces, seguirte a la Cruz?

Sé rezar. Pero también los fariseos rezaban. Y ellos te empujaron a la Cruz. Rezar es fácil. Dar la vida, sin embargo…

¿Realmente quiero? ¿Quiero seguirte hasta el Calvario? Aunque nos están leyendo, responderé: Dicho así, me cuesta decir que quiero. Pero sé decirlo de otra manera, y eso no me cuesta nada: Quiero estar contigo, y no separarme jamás de Ti. Yo cerraré los ojos, e iré donde vayas Tú, bien cogido de tu mano.

Por eso, porque quiero y no puedo… Por eso te lo pido. Concédemelo, que me va la vida en ello.

(TC05M)