Desde que Adán y Eva fueron expulsados del Paraíso, el cielo estaba lejos del hombre y el hombre estaba lejos del cielo. Israel ofrecía sacrificios y oraciones en lugares altos, esperando que el humo de las ofrendas y el incienso de las plegarias llegase a alcanzar al llamado «el Altísimo».
Alégrate. Hoy el cielo está al alcance de la mano. Dios se ha agachado, ha irrumpido en nuestro destierro y, revestido de carne humana, grita: Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos. San Juan anuncia lo que contemplamos y palparon nuestras manos acerca del Verbo de la vida (1Jn 1, 1). Él palpó a Dios. La Virgen palpó a Dios. San José palpó a Dios. Centenares de enfermos fueron palpados por un Dios que imponía sus manos sobre ellos. También, también los soldados que lo crucificaron, abofetearon y flagelaron palparon a Dios con manos sacrílegas.
Yo no lo palpo, porque las sagradas especies me lo esconden mientras me lo muestran, pero yo tengo a Dios en mis manos cada día, cuando celebro la santa Misa. ¿Por qué no tiemblan? Quizá porque es Amor.
¡Qué cerca está Dios de nosotros! No cometamos ahora la torpeza de alejarnos de Él.
(0701)

















