La Resurrección del Señor

Espiritualidad digital – Página 2 – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

Antes de amar, escucha y aprende

Me he quejado muchas veces de esa versión abreviada y mutilada del primer mandamiento del Decálogo que enseñamos a los niños: «Amarás a Dios sobre todas las cosas». Apenas se parece a lo que Yahweh reveló a Moisés.

El primero es: «Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser».

Antes de que nos mande amar, Dios nos pide que escuchemos, y que aprendamos que Él es el único Señor. No lo aprenderemos si no escuchamos; por eso, todo comienza con abrir el oído y acoger la palabra de Dios. Si acogemos esa palabra, pronto nos daremos cuenta de quién es el que habla, y caeremos rendidos ante su majestad. Entonces, sólo entonces, podremos amarlo con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente, con todo el ser. Porque ¿cómo amarás a quien no conoces? Y ¿cómo conocerás a quien no escuchas?

Como segundo fruto de esa escucha, cuando aprendamos que Dios es el único Señor, dejaremos de pedirle a los demás que sean perfectos, y sabremos amarlos como Dios los ama: tal como son.

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No es Dios de muertos, sino de vivos

Se está produciendo en España un cambio social que no debería sorprender. Las personas que, aun viviendo alejadas de la práctica religiosa, se acercaban a la parroquia para bautizar a los hijos, celebrar su primera comunión o casarse están dejando de venir. Cada vez tenemos menos bodas, bautizos y comuniones. Las hojas secas se caen de árbol… con una excepción: los funerales. Quizá sea la última hoja seca en caer.

No lo pasamos bien los sacerdotes en los funerales. Tienes la iglesia llena de gente, pero celebras solo. Los asistentes no responden, ni saben cuándo estar de pie, cuándo sentarse, cuándo arrodillarse. También aquí hay una excepción. Dices «Daos fraternalmente la paz», y se monta un jaleo de muchísimo cuidado.

Me da pena, porque, para esas personas, la Iglesia es una gran enterradora. Y quisiera gritarles las palabras del Señor: No es Dios de muertos, sino de vivos. No somos enterradores. Somos unos grandes vividores, disfrutamos de la vida como nadie, porque la vivimos con Cristo. E incluso cuando enterramos a nuestros muertos celebramos la Vida.

Si no vienen a la iglesia más que a los funerales, salid vosotros a su encuentro y mostradles la alegría de vivir con Cristo.

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Cuando crees que has entregado todo…

Acabo de conversar con una persona que quiere ser santa. Y me dice: «Estoy triste como el joven rico. Rezo a diario, acudo a diario a la santa Misa, procuro pasar el día cerca de Dios y, sin embargo, hay algo que le estoy negando, pero no sé lo que es»… Le he respondido como si me respondiera a mí mismo: «Estás entregando cuanto tienes, pero te falta entregarte tú. Es lo más difícil».

– ¿De quién es esta imagen y esta inscripción? – Del César. – Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

Los primeros cristianos llamaban al Bautismo «sfragis», que, en griego, significa «sello», a semejanza del sello con que eran marcadas en el lomo las ovejas por su dueño. Como aquella moneda llevaba el sello del César, así llevamos los bautizados en el alma el sello de Cristo; le pertenecemos. Y debemos entregarnos por entero a Él. Una vez que le hemos dado nuestro tiempo y nuestros bienes, aún nos queda por entregar el corazón, el alma, la mente, la memoria, la voluntad… Sólo entonces, ya vacíos de nosotros mismos, seremos invadidos por su Espíritu y gozaremos plenamente de su Amor.

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Cuando matas a quien te ama

En la parábola de los viñadores homicidas hay una asimetría dramática entre ambas partes de la historia. Por un lado está el dueño de la viña, quien envía primero a los criados y después a su hijo para percibir su tanto del fruto de la viña. No nos engañemos, a ese hombre no lo mueve el afán de dinero. No comprenderemos su secreto si no lo miramos a la luz de estas palabras de Jesús: Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna (Jn 3, 16). Tanto los criados como el hijo quieren restablecer la relación entre los labradores y el Dueño que los eligió. No hay más que amor en esa embajada.

Del otro lado están los labradores: Este es el heredero. Venga, lo matamos y será nuestra la herencia. No hay amor en ellos, sólo egoísmo y afán de riquezas. Ni aman al dueño, ni respetan a los criados ni, desde luego, aman al hijo. Por eso el desenlace es dramático.

Recuérdalo. Cuando alguien te corrige en nombre de Dios, te está amando. No respondas con ira, movido por tu soberbia.

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Saber de Amor, sabor de Amor

No hace falta saber latín para entender que «Corpus» significa «cuerpo». Y basta con haber nacido de mujer para entender que «cuerpo» significa «amor». Los hombres no sabemos, no podemos amar sin sonreír, abrazar, besar, acariciar… Entre nosotros, cualquier amor que no encuentre su expresión en el cuerpo está destinado a morir de asfixia.

Tomad, esto es mi cuerpo. Si Cristo quería perpetuar en la Historia su Amor al hombre, era necesario que nos dejara su cuerpo, y que nos lo dejara así, entregado a los nuestros para perpetuar esa alianza.

Y de qué manera te has quedado, ¡Oh, Jesús! Tan pequeño, tan rendido, tan manso, tan dulce… No hay caricia, ni sonrisa, ni beso ni abrazo en esa unión de tu cuerpo y el nuestro que tiene lugar cuando comulgamos. Los sentidos quedan sedientos y crucificados. Pero es tan íntima, tan profunda la unión que se produce entre nosotros que ambos llegamos a ser una sola carne. Y, mientras el cuerpo anhela, el alma se llena de un gozo que es más del cielo que de la tierra.

Tú dijiste que si no comemos tu cuerpo no tendremos vida. Yo añado que quien no comulga no sabe de Amor.

(CXTIB)

Cristo jugando al póker

Quien nos aconsejó que fuéramos astutos como serpientes y sencillos como palomas supo guardar muy bien sus cartas cuando fue necesario.

Os voy a hacer una pregunta y, si me contestáis, os diré con qué autoridad hago esto.

Aquí tenéis a Cristo jugando al póker. «Descubre tus cartas, y descubriré las mías. Pero si te guardas las tuyas, yo me guardaré las mías».

Es verdad. Cada uno se lleva de la oración la medida de lo que ha puesto en ella. Quien no es sincero con Jesús y se niega a abrir el corazón no alcanzará intimidad con Él. Pero si uno abre el corazón en la oración, se cumplirán aquellas palabras del Señor: A vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer (Jn 15, 15).

En la dirección espiritual sucede lo mismo. Cada uno se lleva según lo que pone. Quien no es sincero con el confesor apenas se llevará un consejo genérico. Quien abre sin miedo el corazón en la dirección espiritual obtendrá de ella el consuelo y el consejo necesarios para ser santo. Que también los sacerdotes tenemos que jugar al póker de cuando en cuando.

(TOP08S)

Aires de grandeza

Mira esas ruedas de prensa que llenan el televisor cuando un jefe de Estado acoge la visita de otro. Mira cómo el visitante es recibido por altos funcionarios y soldados en formación, y es saludado solemnemente por el mandatario del país que lo recibe. Plantan micrófonos, se dirigen palabras ampulosas, se hacen regalos… Hay en la escena tales aires de grandeza que uno se pregunta cómo esos dos titanes pudieron caber un día en el vientre de sus madres.

– ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? – Dios ha mirado la humildad de su esclava.

Alégrate al contemplar a dos mujeres que se sienten muy pequeñas. Ambas están sobrecogidas, se ven indignas de haber sido elegidas y amadas por Dios. Y juntas comparten su alegría al saberse favorecidas tan por encima de sus méritos. ¡Quién diría que se trata nada menos que de la madre de Dios y la madre del mayor de los nacidos de mujer! Hay, en cualquiera de las dos, mucha más grandeza que en todos los gobernantes del mundo juntos.

Nunca te des aires de grandeza. Recuerda que eres una mota de polvo a la que Dios ama y ensalza. Vive agradecido.

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