“Evangelio

Espiritualidad digital – Página 2 – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

Los discípulos del alemán

Hace ya casi dos siglos, un filósofo alemán, Arthur Schopenhauer, realizó una curiosa descripción de la vida humana: según él, la existencia del hombre es un ir y venir del sufrimiento al aburrimiento, y del aburrimiento al sufrimiento… Sufres por el deseo de aquello que no tienes; pero cuando, al fin, lo tienes, tras un breve instante de embriaguez, te has aburrido de ello y sufres nuevamente porque deseas algo más… ¡Qué vida tan triste!

El que bebe de esta agua vuelve a tener sed. Es la vida de la mujer samaritana, y de tantos y tantas, que ponen su deseo en los bienes materiales. Schopenhauer escribió para gente así. Deseabas aquel trabajo, y sufriste hasta que fue tuyo. Pero, al cabo de un año, sufrías porque querías ascender. ¿Y tu cónyuge? ¡Cuántos deseos de boda! Y, tras ocho años, ya te aburrías y anhelabas a otra persona. ¿No ves que nada te sacia?

El que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed. Cuando conozcas y ames a Jesucristo, disfrutarás de cuanto tienes, y amarás realmente a tus semejantes. Porque tu corazón, saciado por el Amor de los amores, no convertirá en ídolos a las criaturas.

(TCA02)

El hermano mayor

Cuando uno termina de leer la parábola del hijo pródigo, se pregunta quién de los dos hijos estaba más lejos de su padre: el que se marchó de casa para perderse, o el que se mantuvo en casa obedeciendo por fuera y odiando por dentro. ¡Pobre padre!

Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos.

¡Qué podrida obediencia! Cumplía por fuera las órdenes; nadie le hubiera podido reprochar nada. Pero, por dentro, quizá desde hacía años, cuando le fue negado un cabrito, juzgaba a su padre y renegaba de él. ¿Cómo iba a ser feliz, cuando su cuerpo obedecía mandatos ajenos, mientras su corazón deseaba conseguir su capricho?

Ambos hijos mataron al padre. El menor, porque le pidió la herencia en vida; el mayor, porque lo juzgó y lo condenó. Pero, al menos, a quien se había marchado, el hambre le hizo saber que estaba lejos, y volvió. El que nunca se fue no pudo aceptar su pecado.

¡Qué triste es permanecer dentro de la Iglesia, y tener más razón que los sacerdotes, los obispos, e incluso que el Papa!

(TC02S)

Arquitectos y piedras

Supongo que, entre los lectores de estas líneas, habrá algún arquitecto o alguna arquitecta. Yo no soy, ni lo uno, ni la otra. Por eso quisiera saber que se siente al ser lo uno o la otra, y leer que Jesús dice: La piedra que desecharon los arquitectos, es ahora la piedra angular.

Tú eres arquitecto, y el dueño de la finca te trae una piedra: «Mire, señor arquitecto: esta piedra me parece la más adecuada para sostener todo el muro norte». Entonces le dices al dueño: «¡A la escombrera con ella! ¡No vale para nada!» Después te despiden, y, al cabo de los años, te encuentras esa misma piedra convertida en la piedra angular de una señora catedral. ¡Menuda vergüenza!

Les sucedió a los escribas y fariseos: un Dios encarnado, que lloraba, sufría, y hasta tosía, no era lo que soñaban. Querían un dios resplandeciente, majestuoso, que obligase a los hombres a someterse a su poder. Y arrojaron el crucifijo al estercolero del Calvario.

Pero, hoy, la Cruz es el centro de la Historia. Fuera de ella, no hay salvación. Y sobre ella se edifica la ciudad sobre sólidos cimientos, cuyo arquitecto y constructor es Dios (Hb 11, 10).

(TC02V)

¡Maldito egoísmo!

Epulón nunca saldrá del Infierno. Ya sé que nadie sale nunca del Infierno, salvo los demonios, y ésos salen para incordiarnos. Pero Epulón no es un personaje real; es un modelo.

¿Sabéis por qué Epulón nunca saldrá del Infierno? Por sus lamentos. Cuando se queja ante Abrahán del estado en que se encuentra, su mayor preocupación, y el motivo de que no quiera ver allí a sus cinco hermanos es que me torturan estas llamas. Condenado, sigue siendo tan egoísta como en vida. Y no me digáis que la preocupación por sus hermanos es señal de una cierta generosidad, porque la familia es parte del propio cuerpo. ¡Si al menos se hubiera preocupado por los pecadores, como los pastorcitos de Fátima! Pero una persona egoísta no podrá nunca gozar del Amor de Dios. Ni siquiera puede conocerlo.

Lo que pudo haber sido y no fue: suponed que Epulón hubiese dicho: «¡Cuánto siento haber ofendido a Dios, con lo bien que me trató! ¡Cuánto siento no haberme ocupado de Lázaro, y no haber aliviado su pobreza!». En ese momento, el demonio lo echaría del Infierno a patadas, para que no corrompiese a los demás condenados. Pero eso nunca sucede. ¡Maldito egoísmo!

(TC02J)

No todo el monte es Tabor

Apenas hace tres días que contemplábamos a Santiago y a Juan en el Tabor. ¡Qué bien se estaba allí! Todos los dolores, preocupaciones, y penas parecían haber quedado atrás, y la hermosura de la faz de Cristo llenaba de paz el aire.

Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha, y el otro a tu izquierda. Esta mujer debió pensar que todo el monte es Tabor, y, como cualquier madre, quería «lo mejor» para sus hijos. Pero ni todo el monte es Tabor, ni ese Tabor, durante nuestra vida temporal, es «lo mejor» para unos pecadores que no se han purificado.

No sabéis lo que pedís. Ni lo sabían ellos, ni lo sabemos nosotros cuando suplicamos a Dios que nos ahorre los sufrimientos de esta vida. No hemos comprendido que, tras haber quedado heridos por el pecado, lo que aquí no purifiquemos lo tendremos que purificar en el Purgatorio.

El Hijo del hombre va a ser entregado… Jamás me he atrevido a pedir sufrimientos a Dios. Pero, si Cristo va a padecer por mí, hay una osadía que puedo acometer: le pediré no separarme de Él, y, después, abrazándolo fuertemente, cerraré los ojos.

(TC02X)

La santidad con lentejuelas

Cuando uno lee las vidas de los santos, se percata de que, en todos ellos, ha habido siempre un fortísimo deseo de pasar desapercibidos. Nunca quisieron brillar en el mundo; antes bien, se gloriaron en las injusticias, y vieron como un privilegio el ser perseguidos. Algunos de ellos, no obstante, fueron aplaudidos y venerados en vida; Dios quiso ensalzarlos en este mundo como lumbreras que mostraran a los hombres el camino del cielo. Pero ellos accedieron a este deseo divino con mucha humildad y soportando una fuerte repugnancia interior; no querían ser vistos. Cuando a san Francisco lo aclamaban en los pueblos, él, para desengañarlos, decía: «¡Aún puedo tener hijos e hijas!». Después pedía a fray Bernardo que le escupiese. ¡Pobre fray Bernardo!

Les gustan los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas. Es todo un distintivo de la falsa piedad. Cuando un cristiano se gloría en los aplausos, o se envanece al ser designado como maestro, o busca puestos de relevancia dentro de la Iglesia, sabes que su pretendida piedad no es sino una forma de engañarse a sí mismo y a los demás.

El verdadero santo quiere quemarse para que Cristo brille.

(TC02M)

Manual de salvación para el perfecto egoísta

Si no puedes evitar ser egoísta, al menos encauza tu egoísmo hacia la vida, y no hacia la muerte.

Venga, sé egoísta, pero hazlo bien: trata con cariño a los demás, aunque sea por la cuenta que te trae. ¿No has oído cómo el Señor dice: No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará?… ¡Si parece todo un manual de salvación para el perfecto egoísta!

«Oiga, cada vez que me encuentro con usted, lo que me pide el cuerpo es ignorarle, o, peor aún, llamarle cualquier cosa. Pero, como soy un perfecto egoísta y quiero que Dios me lo perdone, le voy a tratar bien, y hasta voy a sonreírle y a morir, si es preciso, por usted. Sepa que lo hago por puro egoísmo; así Cristo morirá por mí».

No parece muy elegante, pero Dios es muy comprensivo. Y, al final, quien no hace lo que quiere, acaba queriendo hacer lo que hace. Y ya se encargará el Espíritu de que un día puedas decir: «Lo que antes hacía por egoísmo, lo hago ahora por amor. Mi egoísmo, bien orientado, se ha matado a sí mismo».

(TC02L)

Los riesgos de vivir de fe

No sabemos cuánto duró aquel dulcísimo momento que los tres apóstoles compartieron con Jesús sobre el Tabor. Pero, durante ese tiempo, todos sus sentidos y potencias se embriagaron de cielo. No podían pensar sino en Dios, no podían ver sino a Dios, no podían sentir sino a Dios. Señor, ¡qué bien se está aquí!

Y, desde luego, no podían pecar. Por nada se hubieran separado de quien los llenaba con tanta dulzura. Jesús los sedujo como sólo Dios puede seducir.

Precisamente por eso, aquel momento no podía durar toda la vida, como hubiese querido Simón. Sé lo extraño que parece, pero es importante que el hombre pueda pecar. Porque, si no puede pecar, tampoco puede amar. Si vive en estado de seducción continua, no es dueño de su vida ni puede entregarla; se la están robando.

Pasó la Transfiguración, y quedó grabada en lo profundo del alma. Ya nada sentían, pero lo sabían: Jesús era Dios. Y, sabiéndolo, Pedro lo negó tres veces. Es el riesgo de vivir de fe: cuando vives de lo que sientes, te entregas sin querer. Cuando vives de lo que sabes, tienes que querer entregarte. Y es más difícil. Pero sólo esa entrega es amor.

(TCA02)

Los hijos se parecen a sus padres

El hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios. Cuando nuestros primeros padres pecaron, la imagen de Dios, que es la firma del Autor inscrita en la entraña misma de la criatura, no desapareció de su alma, aunque quedó mancillada. Pero la semejanza con Dios se desvaneció. Quien peca deja de parecerse a Dios; Dios no peca. Por eso, quien había sido creado como hijo, perdió la filiación divina y quedó convertido en esclavo.

Todo el camino cuaresmal, que es camino de oración y penitencia, quiere ser la senda por la que el hombre recupere la filiación divina y vuelva a ser hijo de Dios, semejante a su Padre. Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos… Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto.

 Es todo un aprendizaje, y un camino de regreso, como el del hijo pródigo. Si, por nuestra rebeldía, nos hemos hecho semejantes a los demonios, actuando como ellos, en estos días aprenderemos a ser obedientes y a parecernos de nuevo a Dios. El Espíritu, desde dentro del alma en gracia, nos instruirá. ¿Nos dejaremos?

(TC01S)

Casi el rey del mundo

El diablo le ofreció a Jesús ponerlo en alto sobre todos los reinos de la tierra si Jesús se postraba y lo adoraba. Jesús no sucumbió a la tentación.

¿Y tú? ¿No te han ofrecido ser el rey del mundo? ¿Aceptaste?

Puede que no, pero casi. Casi eres el rey del mundo. ¿Ante quién estás casi postrado?

De los tres poderes de un gobernante, sólo te falta el ejecutivo, porque nadie te hace caso. Pero, en cuanto a los otros dos…

Legislas para el orbe entero. Sabes perfectamente lo que se tiene que hacer y quién tiene que hacerlo, tienes la solución a todos los problemas, y bien te encargas de proclamarlo.

Respecto a la facultad de juzgar… No queda nadie que no haya sido juzgado por ti. Que si éste es bobo, que si éste no tiene ni idea, que si aquél es un mamarracho…

Ten cuidado: Si uno llama a su hermano imbécil, tendrá que comparecer ante el Sanedrín. Los problemas de ser casi el rey del mundo es que, un día, viene el que es Rey de todo (sin casi), y, de repente, puedes verte convertido en súbdito de demonios.

Baja del pedestal. Aún estás a tiempo.

(TC01V)