Liber Gomorrhianus

Espiritualidad digital – Página 2 – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

La que vio llegar el día

Que esta vida es noche sólo lo discutirán quienes la pasan soñando. Pero no serán ellos quienes traigan luz al mundo. La verdadera luz del día, Cristo, está velada para el sentido, y sólo la fe atisba el futuro amanecer como atisba el centinela la aurora. Entre tanto, nuestros ojos no ven sino tinieblas, resplandores de sombras que mueren uno tras otro.

Les entró sueño a todas y se durmieron. Quien duerme se rinde ante la noche. Y así viven tantos, dormidos… Hasta que los despiertan.

A medianoche se oyó una voz: «¡Que llega el esposo, salid a su encuentro!». Entonces se despertaron. Una visita al médico, y de golpe se abren los ojos. Apenas te quedan meses. Está a punto de amanecer, y no te has preparado para el día. ¿Qué harás? ¿Te darás otra vuelta en la cama, y taparás tu cabeza con la almohada para seguir soñando? Pobre de ti.

Desde su conversión, Edith Stein vio llegar el día de lejos. Cuando entró en la cámara de gas, sus ojos estaban abiertos, y su lámpara encendida. Ha desayunado Dios, y ahora habita para siempre en la Luz. Que ella nos mantenga en vela. Puede amanecer en cualquier momento.

(0908)

Todo un crucifijo sobre el agua

Llegada la noche estaba allí solo… ¿Hace falta enlazar con el comentario de ayer? Tan sólo de noche alcanzó la humanidad santísima de Cristo momentos de soledad donde poder desahogar el alma ante su Padre. Quizá por eso se hizo de noche en el Calvario.

A la cuarta vela de la noche se les acercó Jesús andando sobre el mar. Los apóstoles no sabían lo que veían. Aún no había sido glorificado el Hijo del hombre, e ignoraban que era el misterio de la Cruz el que se presentaba ante ellos. En lugar de ser engullido por las olas de la muerte y del abismo, Jesús caminaba sobre ellas sereno y majestuoso. Ese Cristo era un crucifijo.

– Mándame ir a ti sobre el agua. ­– Ven. Como Simón, mientras mis ojos han estado clavados en la Cruz, he podido acercarme a Ti. La fuerza del Amor obró el milagro. Pero, también como Simón, cuando he llevado la mirada a mis dolores, me he hundido. Al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: «Señor, sálvame». También como él, te he gritado, y me has respondido. En adelante, no quisiera apartar jamás mis ojos de la Cruz.

(TOI18M)

Cuando no puedes ni llorar tranquilo

¿Habéis deseado quedaros a solas alguna vez? Quizá después de una mala noticia, o cuando fuisteis golpeados por un sufrimiento fuerte, sentisteis la necesidad de alejaros de todo el mundo para llorar en la intimidad. Jesús también experimentó esa necesidad: Al enterarse Jesús de la muerte de Juan el Bautista, se marchó de allí en barca, a solas, a un lugar desierto.

¡Qué cuadro tan precioso! ¿Por qué nadie lo ha pintado? Jesús, solo en la barca, remando hacia una orilla donde poder llorar a solas la muerte de su amigo.

Media hora después, la magia del momento estaba rota: Cuando la gente lo supo, le siguió por tierra desde los poblados. Al desembarcar vio Jesús una multitud, se compadeció de ella y curó a los enfermos. ¡Ni un momento de intimidad logró tener en la tierra el Hijo de Dios durante el día! Tan sólo por las noches pudo orar a solas a su Padre.

Olvidó el Señor su dolor, curó a los enfermos y dio de comer a la multitud.

Años más tarde, sobre la Cruz, nadie querrá acompañarlo. Y, cuando más necesidad tuvo de compañía, se encontrará solo con su Madre, con su amigo Juan… ¿Y contigo?

(TOI18L)

Escuchando silencios

Cuando, sobre el Tabor, Dios Padre señaló con su voz al Hijo, lo hizo con palabras muy parecidas a las que empleó en el Jordán, después del bautismo del Señor. Pero añadió algo.

Cuando Jesús salió del Jordán, la voz del cielo dijo: Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco (Mt 3, 17). Sobre el Tabor, sin embargo, dice: Éste es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo.

Escuchadlo. ¿Has tratado de hacerlo? No podrás, con tanto ruido. Muchos que se quejan del silencio de Dios deberían, más bien, quejarse de su propia sordera. Se cubren con ruido, y no pueden distinguir su voz.

Si quieres escuchar al Señor, haz silencio por fuera, y también por dentro. Busca, en tu interior, ese lugar silencioso que existe en el centro del alma. Recógete allí, abre el oído, y dime… ¿qué escuchas?

Silencio. Escuchas silencio, porque en silencio habla Dios. Es un silencio pleno y luminoso, el Amor mismo callado y vibrante.

Alégrate. Porque dice la Escritura que el malvado escucha en su interior un oráculo del pecado (Sal 35, 2). Si tú eres capaz de escuchar ese silencio, es que Dios ha vencido al mal en ti.

(0608)

Si yo no quería…

Leyendo a san Mateo, cualquiera diría que Herodes mató a Juan contra su voluntad, como quien se ve forzado a hacer algo que no quiere.

El rey lo sintió, pero, por el juramento y los invitados, mandó decapitar a Juan en la cárcel.

Toda una paradoja: asesina a Juan sin querer hacerlo, para guardar el octavo mandamiento, que ordena cumplir los juramentos. Sin embargo, el quinto, el que ordena no matar, parece importarle menos.

Lo he contado mal. Porque, a Herodes, la Ley de Dios le salía por una friolera. No era esa ley la que él cumplía, sino otra, la ley de este mundo, según la cual debes cuidar tu imagen y guardar tu prestigio. Si, para lograrlo, tienes que matar, ya se sabe, al que algo quiere, algo le cuesta. Es un precio inevitable. Te fastidias, y matas. Luego dices que tú no querías, y que, si fuera por ti, Juan tendría un monumento en la plaza del pueblo.

Todo comenzó con la lujuria; fue la lujuria la que lo movió al juramento, porque la impureza trae de la mano todos los pecados. Quien se mata por agradar a su cuerpo, también matará por agradar a sus aduladores.

(TOI17S)

¿De dónde saca…?

«¿De dónde saca pa’ tanto como destaca?». Es un refrán muy castellano. Uno no puede evitar recordarlo ante las preguntas que los vecinos de Jesús se hacían sobre Él:

¿De dónde saca éste esa sabiduría y esos milagros? ¿No es el hijo del carpintero?

Hay envidia secreta tras estas palabras. Muy propia de parientes y vecinos. Por eso dirá Jesús que sólo en su tierra y en su casa desprecian a un profeta.

Pero también existe, detrás de esas preguntas, la impotencia de quien no puede explicar la vida de Jesús contando sólo con los datos de experiencia humana. Un hombre pobre, hijo de otro hombre pobre, criado en una ciudad pobre con medios pobres no obtiene, sin más ayuda, esa sabiduría, ni realiza esos milagros. Dos más dos son siempre cuatro. Y, cuando no son cuatro, sino cuatro millones… Algo sucede. Ojalá lo investigasen. Porque debe haber otro sumando, y ese sumando debe ser divino. Este hombre es Dios.

Tu vida, y la mía, deberían suscitar esas preguntas. «¿Por qué perdona así? ¿Por qué sonríe así? ¿Por qué ama así?». Si investigasen, deberían concluir que la vida de un cristiano no se explica sin una ayuda directa del cielo.

(TOI17V)

Una red en el suelo de una barca

La parábola de la red echada en el mar es la última del discurso de Jesús en el evangelio de san Mateo. Me hace gracia, porque ese discurso lo pronuncia sobre una barca. Y me da por pensar que, a última hora, bajó el Señor los ojos, vio la red en el suelo de la barca, y añadió esta parábola marítima al sermón sin tenerla preparada. La compuso sobre la marcha.

El reino de los cielos se parece también a una red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran. Cuántas veces, en la barca de Pedro habría Jesús presenciado la escena.

Y, en esta red que es el tiempo, en la cual vamos todos arrastrados hacia la consumación, el único pez bueno es Él. Por eso se nos ofrece en alimento. Y, al devorarlo en la Eucaristía, es Él quien nos devora, como tragó la ballena a Jonás, y nos hace parte de su cuerpo, para que así seamos peces buenos. Comulgar, más que nada, supone dejarse comer. Él por nosotros, y nosotros por Él.

(TOI17J)

No confundas la perla con el precio

Cuando el comerciante en perlas finas de la parábola encuentra una perla de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra. No lo haría si no supiese que sale ganando; al fin y al cabo, es un comerciante, y al comerciante se le supone ánimo de lucro.

El significado de la parábola es claro: son tan valiosos los bienes del cielo, que, quien los encuentra, no duda en dar por perdidos los bienes de la tierra a cambio de las delicias celestiales. San Pablo decía: Todo lo doy por perdido, y lo tengo por basura, con tal de ganar a Cristo (Flp 3, 8).

Lo curioso es que haya personas que confundan la perla con el precio, y realicen la operación al revés: «Señor, haré una novena a san Tiburcio para que el tío Antonio se cure de la artritis». No digo que no sea lícito; mejor hacer una novena que darse a la bebida. Pero, en estos casos, la perla es un bien terreno muy caduco –la salud– mientras el precio son los bienes espirituales –las oraciones–. Uno reza como quien paga, no como quien recibe. Está bien, pero se puede comerciar mejor.

(TOI17X)

Hasta que no quede cizaña que segar

Estamos en el mundo, pero no somos de aquí. En el mundo vivimos como extranjeros y peregrinos, heridos por una infinita nostalgia, porque nuestra ciudadanía, y nuestro pasaporte, son del cielo. Sabemos que aún no hemos llegado a casa, y tenemos en la tierra una misión que cumplir: la de ganar almas para Cristo y más ciudadanos para el cielo.

La buena semilla son los ciudadanos del cielo; la cizaña son los partidarios del Maligno. He encontrado a personas que dicen ser partidarias del Betis o del Real Madrid. Pero nadie me ha confesado ser partidario del Maligno. Sin embargo, son partidarios del Maligno quienes le ayudan a ganar su partida; yo mismo podría serlo, y nada me aterraría más.

Entre ellos vivimos. Y los amamos, porque Dios los ama. Los buscamos como busca el buen pastor a la oveja perdida. Porque esos partidarios del Maligno, si se les anuncia que Dios los ama, los perdona, y les ofrece ser hijos suyos, pueden acompañarnos en nuestro viaje de vuelta a casa y compartir pasaporte con nosotros. Por eso vivimos en el mundo como ciudadanos del cielo: para que, cuando vengan los segadores, no encuentren ya cizaña que arrojar al fuego.

(TOI17M)

Morada de Dios; nido de ángeles

Un alma en gracia es morada de Dios; nido de ángeles. Nunca soñó el hombre con ser elevado a dignidad tan grande. Si ya estaba fuera de su alcance el poblar los cielos, cuánto menos podía imaginarse convertido en paraíso.

El reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que uno toma y siembra en su campo; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un árbol hasta el punto de que vienen los pájaros del cielo a anidar en sus ramas.

Ese grano de mostaza es el propio Cristo. Hecho el más pequeño de los hombres en la Cruz, fue sepultado en lo hondo de la tierra. Y, tan diminuto como la hostia que comulgas, es sembrado en tu alma.

Allí dentro, despliega su poder de Dios, resucita y crece transformado en el árbol de la Iglesia. Lo invade todo, desde lo profundo del alma, hasta convertirte en otro cristo. Y vienen las tres divinas personas al corazón del cristiano, y los ángeles al tabernáculo, para que esta tierra antes maldita, y esta alma, antes perdida, sean convertidas en cielo.

¡Qué grande es, Señor, tu misericordia!

(TOI17L)