El Mar de Jesús de Nazaret

Espiritualidad digital – Página 2 – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

Los que se quejan de ti

Cuando Satanás invitó a Jesús a lanzarse desde el alero del templo para ser recogido por los ángeles, le tentaba con el «camino fácil»: evitar el oprobio de la Cruz para dejar que sea Dios, con su poder, quien lo haga todo.

Ten cuidado con una Cuaresma demasiado «interior». No vayas a creer que tu purificación consiste sólo en orar y mortificarte. Aún cuando tus penitencias sean arduas, si todo queda en ayunar y orar, estás tomando el camino fácil.

La Cuaresma pasa también, necesariamente, por el prójimo.

Por tanto, si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano.

¿De qué te sirve reconciliarte con Dios, si no te reconcilias también con tus hermanos?

Si pudieras reunir a tus familiares, amigos y conocidos, y preguntarles: «¿Alguno tiene quejas contra mí?», ¿quién alzaría la mano? Sé sincero contigo mismo. Y, en lugar de pensar que no hay razón para las quejas de esas personas, pregúntate qué más puedes hacer por ellas. Porque a través de ellas pasa tu camino de vuelta hacia Dios.

(TC01V)

El tiempo entre «pedid» y «se os dará»

Dice el Señor: Pedid, y se os dará.

He tardado diez segundos en escribirlo. Si lo pronuncias en voz alta, tardas menos de tres.

Pero lo cierto es que, cuando te encuentras postrado ante Dios, entre pedid y se os dará pueden mediar años.

Porque tú pides, y quisieras que Dios fuera una máquina de refrescos. Echas el euro por la rendija, y «¡Clank!», el refresco cae. Pero ya habrás comprobado que no es así. Pides una vez… y no pasa nada. Vuelves a pedir… y no pasa nada. Quienes, después de eso, siguen creyendo que Dios es una máquina de refrescos, piensan que «no les funciona la religión». Y la emprenden a golpes con la máquina: «¡Dios no me ama! ¡Dios no me escucha! ¡Dios no existe!».

Dios te ama, te escucha, y, desde luego, existe. Pero no funciona así. Sobre todo, porque Dios no «funciona». Dios «es».

Sus tiempos no son los tuyos. Si quiere mantenerte en oración durante años, no desistas. Porque, en ese tiempo, te dará incluso más de lo que pides. Te hará humilde ante Él. Y, después, cuando llegue el momento, te dará también lo que le pedías, si lo que pedías es bueno.

(TC01J)

Signos en el desierto

desiertoNo te extrañe si, en Cuaresma, tu oración se vuelve seca, y se apaga tu entusiasmo. Hemos entrado en el desierto, y, en el desierto, parece que Dios no existe.

Le pides un signo al Señor. No te basta con la Eucaristía, ni te consuela el crucifijo, ni te conforta la palabra del sacerdote. Quieres un milagro, aunque sea pequeñito: que se resuelva un problema, que se apacigüe un dolor, que acaricie el corazón un consuelo sensible.

Dios te responde: «Dame tú un signo a mí. Muéstrame un signo de tu conversión».

Esta generación es una generación perversa. Pide un signo, pero no se le dará más signo que el del profeta Jonás.

Jonás era un alfeñique, un pobre hombre. Desde luego, no parecía un enviado de Dios. Pero tampoco Jesús parece Dios en la Cruz, y, menos aún, en la Hostia. En cuanto al sacerdote… en algunos casos, Jonás, a su lado, parece san Pablo bendito.

Pero si nosotros, como aquellos ninivitas, aceptamos esos signos; si nos postramos ante la Hostia, abrazamos la cruz, y obedecemos al sacerdote, le daremos a Dios un signo de nuestra conversión. Y, después, Dios nos mostrará su presencia entre nosotros. No lo dudes.

(TC01X)

Secuestrado en un Padrenuestro

Cuando rezas el Padrenuestro, tienes las palabras de Jesús en tus labios. Pero, ten cuidado, porqué aún eres tú quien la tiene a ellas. Y podrías conformarte con usarlas, como usas cualquiera de las otras cosas que tienes: el dinero, el teléfono móvil, la comida o el coche. Rezas un Padrenuestro para que tu hijo encuentre trabajo; o para que tu padre se cure de una enfermedad; o, si quieres, para que un amigo tuyo se confiese. Y creo que haces bien en pedir esas cosas tan buenas. Pero, si me lo permites, te advertiré de que algo te falta.

Vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes de que lo pidáis.

Ya sabe Dios que necesitas todo eso. Y, al regalarte el Padrenuestro, no sólo te ha entregado Jesús unas palabras con que obtener el favor del cielo.

El Padrenuestro es el alma de Cristo. Y, mientras seas tú quien lo tiene, no lo aprovecharás.

Déjate secuestrar por el Padrenuestro. Entrégate a él, sumérgete en esa oración. Pon tu vida al servicio de lo que el Señor pide a su Padre. Deja que Jesús siga rezando su Padrenuestro desde tu corazón. Entonces serás cristiano, porque serás de Cristo.

(TC01M)

Las obras y el corazón

Visitar y cuidar a los enfermos, dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, dar posada al peregrino, vestir al desnudo, redimir al cautivo, enterrar a los muertos… Cuando hablamos de obras de misericordia, nos referimos a los frutos que emanan de un corazón misericordioso. Y no son tanto las obras, en sí mismas, sino el corazón que ellas desvelan, el que es premiado.

Venid, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber

En el restaurante dan de comer al hambriento, en el bar dan de beber al sediento, y en la sastrería visten al desnudo. Pero todo eso se hace por dinero. Es bueno que existan restaurantes, bares y mercerías. Pero, sin misericordia, el mundo sería inhabitable.

Más que esforzarte en practicar las obras de misericordia, esconde tu corazón en la fragua del Corazón de Cristo, hasta que se derrita y se torne misericordioso. Considera cómo Él te alimenta en la Eucaristía, cómo te viste con su gracia, cómo te hospeda en su pecho, cómo te visita en tu destierro… Medítalo hasta que llores. Y, después, haz tú lo mismo.

(TC01L)