Evangelio 2022

Espiritualidad digital – Página 2 – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

Sólo trae cuenta si cuentas bien

(Para Marian y Edu, que se casan hoy, con todo mi cariño de sacerdote)

«Chicos, esto es una locura. Ya veo que estáis enamoradísimos, pero ¿de verdad creéis que vais a seguir mirándoos así dentro de veinte años? Mira, niño, como sigas remirando el lunar que tu pichurrita tiene junto a la boca, un día te darás cuenta de que es una verruga, y de que la verruga tiene pelos. Y tú, niña, a ver si sigues pensando que tu pichurrito es un príncipe cuando descubras que ronca como un hipopótamo. ¿En serio queréis entregaros la vida ante Dios uno al otro hasta la muerte? ¿Estáis seguros de poder mantener ese juramento dentro de veinte años?».

Los discípulos le replicaron: «Si esa es la situación del hombre con la mujer, no trae cuenta casarse». ¡Puro realismo! Si cuentas sólo con la inconstancia y la veleidad del corazón humano, no trae cuenta.

No todos entienden esto, solo los que han recibido ese don. No os digo que no soñéis con el amor eterno ¡Soñadlo, que es un anhelo santo del corazón humano! Pero no creáis que saldrá de vosotros. Pedídselo a Dios cada día, vivid unidos a Él. Y Él os concederá amaros con una fuerza y una juventud que ni siquiera imagináis. Puro realismo.

(TOP19V)

Cómo aprovechar los defectos ajenos

Si tan sólo tuviéramos un poco menos de vísceras, y un poco más de cabeza, los defectos de los demás, en lugar de servirnos de piedra de tropiezo, nos serían de gran ayuda para alcanzar la santidad.

Al salir, el criado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba diciendo: «Págame lo que me debes». ¡Pobre necio! Le acaban de perdonar una deuda mil veces superior, y no consta ni siquiera que diese las gracias. Si, en lugar de enfurecerse y estrangular al compañero, hubiera pensado un poco, se habría dicho: «Mucho más me han perdonado a mí». Y hubiera sido clemente con su deudor y agradecido con su señor.

Cuando te digan que alguien ha robado, recuerda que le robaste al Señor tu vida.

Cuando sepas que alguien ha mentido, acuérdate de que tú mentiste a Dios en casi todos tus buenos propósitos.

Cuando pienses que te tratan mal, mira al Crucifijo y recuerda cómo has tratado tú al Señor.

Cuando alguien se te haga pesado, recuerda que Jesús cargó con tus culpas.

Créeme: los defectos ajenos pueden ser una gran ayuda. Basta con aplacar las vísceras, y usar la cabeza.

(TOP19J)

Dichosos los que mueren en el Señor

Vino Cristo a la tierra como ladrón. A la hora que menos pensaba el dueño de la casa, abrió un limpísimo boquete en el alma de una mujer inmaculada y, a través de ese boquete, entró en la Historia y le arrebató a Satanás su botín. No sólo le robó las almas de los hombres, sino que le robó también la muerte.

Ese robo tuvo lugar en la Cruz. Y la muerte, que hasta entonces era signo de suprema maldición, se convirtió en el acto de amor más sublime que jamás vieran los siglos. Ante la muerte de Cristo, la tierra retembló estremecida, como tiembla la esposa al ser abrazada por el esposo. Dichosos los que mueren en el Señor (Ap 14, 13).

Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. Morir no es, simplemente, exhalar el último suspiro. Morir en Cristo es ir entregándose en amor poco a poco, segundo a segundo, a través de sufrimientos, contrariedades, y actos de abnegación. Todos exhalaremos ese último suspiro, pero no todos daremos fruto abundante, sino aquéllos que hayan derramado generosamente su vida. Sólo ellos mueren en el Señor. Benditos sean.

(1008)

Elogio de la campanilla

No sé por qué, desde hace años, la campanilla desapareció de las misas de muchas iglesias. A mí su sonido me parece venido del Cielo (salvando aquellos casos en que la campanilla cae en manos de algún salvaje aficionado a aporrear el metal).

¡Que llega el esposo, salid a su encuentro! Cuando el sacerdote extiende las manos sobre las ofrendas, la campanilla despierta a los dormidos y alegra a los despiertos. Después, cuando el sacerdote alza la Hostia, su sonido es grito jubiloso: «¡Ya está aquí!».

Se pusieron a preparar sus lámparas. El alma en gracia, dispuesta a recibir al Esposo, se pone en pie y eleva sus ojos al Cielo, uniéndose a la Plegaria recitada por el sacerdote.

¡Salid a su encuentro! Sale el corazón del pecho, encendido en amor, y asoma a las comisuras de los labios, donde el sacerdote deposita al Esposo.

Las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta. Se cierran los labios, se cierran las puertas del alma y allí, en esa bendita bodega, el Esposo y su amada, protegidos por un silencio santo y una oscuridad luminosa, se hacen uno en Amor.

Me encanta la campanilla.

(0908)

El paraíso fiscal

Puede parecer un milagro «superfluo». ¿Por qué iba Jesús a servirse de su poder de Dios para pagar un impuesto? Si se prodigara en gestos como ése, acabaría el Señor convirtiendo a la Iglesia en un «paraíso fiscal». Pero lo que parece superfluo, cuando sale de las manos del Señor, abre ventanas por las que nos invade la luz del Cielo. En las entrañas del pez que Simón pescó en Cafarnaún se escondía algo más que un tributo al Emperador.

Dice san Pablo que Cristo, por nosotros, tomó la condición de esclavo y se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de Cruz (Flp 2, 8). Y aunque, según sus propias palabras, los hijos están exentos, Jesús se sometió a las leyes humanas, pagó los impuestos de los siervos, y se dejó juzgar y condenar por Pilato hasta morir crucificado.

Cógela, y págales por ti y por mí. No podía redimirnos, si primero no se sometía. Pero ese Cristo obediente hasta la Cruz, como aquel pez, lleva en sus entrañas el precio de nuestro rescate. La sangre que brotó de su costado, ofrecida a su Padre por nosotros, la entregamos como precio en cada misa.

(TOP19L)

Me pregunto si estaremos a la altura

Hoy me quedo con la última frase. Es la que deja el sabor de boca. Y, no nos engañemos, la única que algunos feligreses recuerdan tras decir: «Gloria a ti, Señor Jesús».

Al que mucho se le dio, mucho se le reclamará; al que mucho se le confió, más aún se le pedirá.

Gran parte de vosotros estáis entre aquéllos a quienes se les ha dado mucho. Tenéis fe, frecuentáis los sacramentos, comulgáis y habláis con Dios. No creo que a un joven educado en Teherán se le reproche no haber atendido en misa. Pero nosotros… somos unos privilegiados. Y se nos pedirá mucho.

Se nos preguntará si hemos aprovechado la Misa, si hemos procurado confesar con frecuencia para participar, vestidos de boda, en el banquete del Cordero.

Se nos preguntará si quienes hemos sido bendecidos con la predicación, y hasta con la dirección espiritual, hemos obedecido a quien nos mostraba el camino.

Se nos preguntará si hemos repartido generosamente esos tesoros a quienes no los conocían, o nos hemos apoderado egoístamente de ellos.

Se nos preguntará si hemos agradecido tanta bendición…

No permitas, Señor, que tantos dones los recibamos en vano. Otórganos uno más: la correspondencia a la gracia.

(TOC19)

Una tienda en el Tabor

¡Qué bien comprendemos la petición de Pedro! Maestro, ¡qué bueno es que estemos aquí! Haremos tres tiendas. ¿Quién, al ver transfigurado al más hermoso de los hijos de Adán, no querría habitar allí, para jamás dejar de contemplar esa gloria? Allí no hay lugar para la duda, la incertidumbre, el miedo, o la tristeza. Sólo caben el gozo, la paz y el Amor. ¿Cómo no desear permanecer?

Pero nuestra pobre carne aún tiene que ser purificada para poder habitar en esa luz. Es preciso que contemple, primero, la oscuridad del Gólgota; es preciso que padezca la frialdad de la muerte, abrazada al Crucifijo, para que después, pagados ya sus sábados, pueda ser introducida en el domingo sin ocaso. Tenemos otro monte que subir.

Con todo, la petición de Pedro puede y debe verse cumplida en nosotros, aunque de otra manera. Mientras nuestra pobre carne cruza las tinieblas, en lo profundo de nuestras almas en gracia se encuentra la tienda de Dios, de la que está escrito: Él me protegerá en su tienda el día del peligro (Sal 27, 5). Si el alma no habita en esa contemplación perpetua del Tabor, difícilmente resistirá la carne los rigores del Gólgota. Rezad mucho.

(0608)

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