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Espiritualidad digital – Página 2 – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

Hablemos de unión ilegítima

Si uno repudia a su mujer –no hablo de unión ilegítima– la induce a cometer adulterio.

Me atreveré yo a hablar de unión ilegítima. Porque cada vez son más las parejas que conviven sin casarse.

Cuando tienen hijos, lo más conveniente no es que se separen, sino que algún buen amigo los ayude a conocer a Jesucristo y a contraer matrimonio. Una cariñosa conversación puede acabar en boda con bautizo incluido. Doy fe de ello.

¿Y cuando uno de los dos está casado sacramentalmente con otra persona? Si existen hijos pequeños, es preciso hablarles con esperanza y espíritu positivo sobre la posibilidad de convivir como hermanos. A algunos, esta posibilidad les parece imposible, y renuncian a plantearla. Se equivocan. Con ayuda de la gracia, es posible. Podría presentar muchísimos casos… Pero no debo. Creedme: los hay.

¡Es posible! No digo que sea lo mejor; después de todo, no deja de ser la cura de algo que estaba roto. Pero no es ninguna tragedia. Lo trágico es que alguien le diga al cojo que puede andar porque no está enfermo. ¡Pobre del cojo, y pobre, pobre de quien se lo dijo con afán de «ponerlo fácil»! Muchas cuentas tendrá que rendir.

(TOI10V)

Si quieres comulgar en condiciones…

Insistimos mucho en la necesidad de habernos reconciliado con Dios en el sacramento del Perdón para poder recibir la comunión, pero insistimos poco en la necesidad, también subrayada en los evangelios, de habernos reconciliado con nuestros hermanos antes de comulgar. Al fin y al cabo, el fundamento de ambos requisitos es el mismo: sólo debe recibir el Cuerpo sacramental de Cristo quien, por la gracia, forma ya parte de su Cuerpo místico. Pero ¿cómo comulgará quien se encuentra interiormente separado de los demás miembros?

Si cuando va a presentar su ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano.

Antes de comulgar, pregúntate: «¿Debo pedir perdón a alguien?». El acto de contrición con que comienza la misa es buen momento para ello. Si entonces descubres en tu alma una deuda pendiente con tu hermano, no es necesario que salgas de la iglesia y le llames desde el teléfono móvil durante la misa. Quizá bastaría un propósito de llamarlo en cuanto la misa termine. Pero, si no tienes ese propósito… Mejor consulta al sacerdote antes de acercarte a comulgar.

(TOI10J)

Embajadores de Cristo

La virtud o el pecado de un cristiano nunca son asuntos «estrictamente personales». Aunque nos quieran convencer de que la fe de cada uno es parte de su esfera íntima, y, por tanto, no debe expandirse a su vida social, lo cierto es que nuestra fe es siempre –¡debe ser!– pública. Estamos llamados –ayer nos lo recordaba el Señor– a ser sal y luz. Somos embajadores de Cristo ante nuestros semejantes. Por eso…

El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos. Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos.

Cuando quienes te rodean saben que amas a Cristo –y deben saberlo– se fijan en ti. Ya no basta con tu palabra; debes avalarla con tu vida, o, al menos, con tu lucha por cumplir cuanto crees. Tienes que dejar bien a Cristo y a la Iglesia. Si ven que cumples lo que predicas, quedarán edificados y querrán imitarte. Si ven que caes, que al menos te vean levantarte e intentarlo de nuevo. Pero si ven que no tomas en serio tu fe… Recapacita.

(TOI10X)

Mejor en la calle

No cometáis el error de pensar que por rezar estáis salvados. Lo he escrito miles de veces, y miles de veces más lo escribiré: no basta rezar. Es preciso dar la vida.

Vosotros sois la sal de la tierra… Vosotros sois la luz del mundo… ¿De qué sirve la sal si se queda en el salero? ¿Para qué sirve la luz si está bajo el celemín?

La oración es necesaria para salvarse, pero tiene sus riesgos. ¡Se está tan bien rezando! ¡Son tan dulces los consuelos! Encuentro a seglares que pasarían la vida de sagrario en sagrario, de custodia en custodia, de reunión en reunión y de santuario en santuario. Mientras tanto, en el mundo, las almas se condenan sin que nadie les anuncie a Jesucristo.

Escribo para laicos: sed templados también con la oración. El tiempo justo, y ni un minuto más. Donde vais a santificaros no es ante un sagrario, sino en la calle, entre adúlteros y blasfemos, entre incrédulos y anticlericales. Vertiendo en ellos el amor que recibís de Dios, y sufriendo sus culpas junto a ellos, os salvaréis y los salvaréis.

Y todo ello sin dejar la oración. Porque, si la dejáis, el mundo os tragará.

(TOI10M)

Formas distintas de llorar

No es lo mismo llorar que ser llorica; que también para las lágrimas es preciso tener estilo.

El llorica llora a tiempo y a destiempo; de día más que de noche, porque de noche nadie lo escucha. Llora para que le compadezcan, y busca en los demás miradas de compasión que le hagan sentirse importante. Si no tiene motivos para lamentarse, los inventa. Y, si le falta imaginación para inventarlos, tiene un buen catálogo del que echar mano: las guerras, el hambre, el cambio climático, la liga de fútbol… El caso es llorar.

Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. No se refiere el Señor al llorica; ése nunca encuentra consuelo. Se refiere a quien sabe llorarle a Dios.

Es todo un arte, y una gracia. La tienen las almas que sufren por dentro, pero saben sonreír a pesar de todo, para no cargar con su cruz a los demás. Nadie diría, al verlos, que están padeciendo. Sus dolores sólo los conocen los más íntimos: su cónyuge, su confesor, Dios. Vierten sus lágrimas silenciosamente ante el sagrario, y Jesús las enjuga. En tanto valoran ese consuelo divino, que jamás buscarán otro. No es lo suyo llorar por las esquinas.

(TOI10L)

No pienses. No hables. Sólo mira

Llega el Adviento, y te dice el sacerdote: «¡Tienes que prepararte para recibir al Señor!». Llega la Navidad, y te dice el sacerdote: «Jesús ha nacido. ¡Tienes que nacer de nuevo!». Llega la Cuaresma, y te dice el sacerdote: «¡Tienes que convertirte!». Llega la Semana Santa, y te dice el sacerdote: «¡Tienes que morir!». Llega la Pascua, y te dice el sacerdote: «¡Tienes que resucitar!» (¡Ahí es nada!). Llega Pentecostés, y te dice el sacerdote: «¡Tienes que recibir al Espíritu!».

Lo que más me gusta es que llega el día de la Santísima Trinidad, y el sacerdote se calla. Debe callarse, debemos callarnos. Si acaso, una sola palabra: ¡Mira!

Esta fiesta no se deja atrapar por los consejos morales de los clérigos, que tantas veces nos empeñamos en decir a la gente lo que debe hacer. Esta fiesta es para almas contemplativas. ¿Queda alguna?

Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo. Ahí los tienes: el Padre, el Hijo y el Amor. No pienses; sólo mira. Mira desde dentro, desde el alma, con ojos de fe. Y déjate extasiar. Sin «cosas raras», que «éxtasis» significa salir de uno mismo. Mira y goza hasta que olvides tu propia existencia.

(SSTRA)

Revelación en la capilla

Entré en la capilla, y el Santísimo estaba acompañado por una mujer cuya actitud de recogimiento me impresionó. Estaba sentada en el primer banco, inclinada hacia delante con la cabeza entre las manos, como si no quisiera que nada la distrajese. El silencio parecía perfumado por la devoción de aquella alma rendida. No quise hacer ruido. Me arrodillé sigilosamente, y le dije por dentro al Señor: «Señor, me uno a la oración de esta sierva tuya».

En ese momento, tan sagrado silencio fue interrumpido por un sonido casi bestial, cavernoso y rugiente. La figura devota que tenía ante mí estaba emitiendo un ronquido digno de la siesta de un oso polar. ¡Ingenuo! Me «desuní» de aquella no-oración y comencé la mía, aunque seguí en silencio para no despertarla.

Aparentan hacer largas oraciones, dice el Señor de los escribas. Y es que, ni es oro todo lo que reluce, ni es oración todo lo que se inclina.

En todo caso, si me permites un consejo, cuando ores en un lugar público evitar adoptar posturas que llamen la atención, ni para bien, ni para mal. Arrodíllate o siéntate con sencillez. Y que sólo Dios sepa si estás rezando o no. Sé pudoroso.

(TOI09S)

Sólo Tú Señor

Según san Pablo, nadie puede decir Jesús es Señor, si no lo mueve el Espíritu Santo (1Co 12, 13).

El mismo David, movido por el Espíritu Santo, dice: Dijo el Señor a mi Señor, siéntate a mi derecha, y haré de tus enemigos estrado de tus pies. Son palabras del mismo Señor, que atestiguan que el Espíritu Santo habló por boca de David refiriéndose a Cristo. ¿Quién, si no, iba a llamar a Cristo Señor?

Déjale hablar también por tus labios. Paladea ese nombre: «Señor». Y date cuenta, cuando el Espíritu lo ponga en tus labios, de lo que supone pronunciarlo. «Señor» significa «Dueño».

Tú eres mi dueño, Jesús. Cuanto tengo te pertenece: mis pensamientos, mis afectos, mis palabras, mis obras, mi tiempo, mi vida… No permitas que robe lo tuyo; no dejes que emplee cuanto me has dado como si fuera mío. No tenga yo más señor que Tú. Dispón de mí según tu santa voluntad, y lléname con tu Espíritu para que sea yo terreno conquistado por Ti. Desde hoy, me rindo a tus designios, me someto a tu providencia, y me encomiendo a tu Amor.

Sólo Tú Señor. Y yo, siervo tuyo por tu infinita misericordia. Amén.

(TOI17V)

¡El cura en el bar, y el laico en el altar!

Nos reunimos un grupo de sacerdotes, y un laico asistió para asesorarnos en ciertas cuestiones. El hombre, al verse ante semejante auditorio, aprovechó la ocasión para soltar «todo lo que llevaba dentro». Y nos reprochó a los clérigos que estábamos separados de los laicos, que dividíamos la Iglesia entre quienes mandan (nosotros) y quienes obedecen (ellos), etc. A mí me daba la risa por dentro, porque nunca nadie me hace caso, así que ya puedo mandar lo que sea, que si quieres arroz, catalina. Y, sobre todo, porque todos los sacerdotes estábamos en esa reunión por mandato suyo.

Sin embargo, tenía razón en lo que decía, y no en lo que pedía.

Sentaos aquí mientras voy allá a orar… Adelantándose un poco, cayó rostro en tierra. Cristo siempre cuidó esa distancia, la del sacerdote segregado de entre los hombres y ofrecido a Dios. Cuando los sacerdotes no la cuidamos, dejamos al pueblo sin pastores. Y ¿sabéis lo que sucede después? Que acaba el sacerdote en el bar, mientras el laico no baja del altar. ¡Qué despropósito! Al final, algunos querían que bajásemos para subir ellos. Pero sólo al altar, que a la Cruz nadie quiere subir.

¡Qué cosas! En fin…

(XTOSESA)

Como ángeles del cielo

De los siete sacramentos, sólo tres imprimen carácter: el bautismo, la confirmación y el orden sacerdotal. El matrimonio, sin embargo, queda disuelto cuando muere uno de los cónyuges. De este modo, quienes en la tierra estáis unidos por el vínculo del matrimonio no permaneceréis unidos por ese mismo vínculo en el cielo.

Cuando resuciten, ni los hombres se casarán ni las mujeres serán dadas en matrimonio, serán como ángeles del cielo. Vale la pena dedicar unas líneas a explicarlo.

En esta tierra, el marido o la mujer son la mediación a través de la cual se vive el desposorio del alma con Cristo. El marido se entrega a Cristo en su mujer, y la mujer se entrega a Cristo en su marido.

En el cielo, sin embargo, ninguna mediación será necesaria. La plena visión nos hará semejantes a los ángeles, que ven a Dios cara a cara.

Pero lo que decimos del sacramento no lo diremos del amor. Cuando marido y mujer se han amado en esta vida según Dios, ese amor es eterno, más fuerte que la muerte y el abismo. Sin necesidad de sacramento alguno, ese amor perdura en el cielo, transfigurado, gozoso y radiante por los siglos.

(TOI09X)