Evangelio 2020

Espiritualidad digital – Página 2 – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

Un buen yerno

No sabemos si la mujer de Simón vivía, o si el apóstol era viudo; extraña que no se mencione a su esposa en ningún lugar del Evangelio. Lo que sabemos es que la suegra de Simón tenía un buen yerno. No todas las suegras pueden decir eso.

La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, e inmediatamente le hablaron de ella. Un buen yerno se preocupa por su suegra, y, si la ve enferma o sufriendo, además de cuidarla, pide por ella. Y eso hicieron Simón y los amigos de aquella mujer: hablar de ella a Jesús.

No podemos arreglar el mundo. Ni tan siquiera podemos arreglar las vidas de quienes están más cerca de nosotros. Pero, si amamos a quienes nos rodean, nuestra oración, nuestros rosarios, y nuestras misas deberían estar plagadas de intenciones: «Señor, este amigo mío no va a misa… Señor, este hijo mío está sufriendo… Señor, esta amiga necesitaría confesarse, y no quiere… Señor, este compañero de trabajo me ha tratado mal porque no soporta que sea cristiano…» ¡Maravillosa oración de intercesión de un apóstol con celo de almas!

¿De cuántas almas se compone tu oración? ¿A cuántos subes a la patena en cada misa?

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¡Hazlo callar!

Todo comenzó cuando una tal Eva, mujer de un cierto Adán, dejó hablar a una serpiente que llevaba veneno en la lengua. Si aquella mujer hubiera pasado de largo, o, como siglos después hizo otra mujer, hubiera pisado la cabeza de la víbora, este mundo sería otra cosa. Pero no lo hizo: dejó hablar al animal, y el animal la arrastró a ella y al marido. Y a nosotros, claro. Así nos va.

¡Cállate y sal de él! Para que aprendamos de una vez por todas, Jesús mandó callar a los demonios. No discutió con ellos, ni los escuchó, ni negoció con los reyes del engaño. Simplemente, los mandó callar.

El malvado escucha en su interior un oráculo del pecado (Sal 36, 2). Eso va por ti. Y por mí. ¿Qué haces cuando te sorprendes juzgando por dentro a tu prójimo, urdiendo mentiras, soñando traiciones, anhelando venganzas, chismorreando, o quejándote de todo? Acalla esas voces; porque, si no lo haces, se apoderarán de ti.

Acoge en tu interior la voz de Dios; mientras conduces, mientras trabajas, mientras comes, y no sólo en el tiempo de oración. A lo largo de un día, se pueden pensar cientos de miles de jaculatorias.

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La importancia de dejar las redes

Ha pasado la Navidad, pero no ha pasado como pasa una nube, de la que nada recuerdas cuando se marcha. Ha quedado en el alma una palabra, una dulce llamada del Señor. El Tiempo Ordinario, que hoy comienza, es el tiempo que Dios te da para que respondas a esa llamada.

Jesús les dijo: «Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres». Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Juan y Andrés acaban de darte una pista para que tu respuesta sea digna del Dios que tanto te ama. También tú podrías dejar las redes, como ellos, y seguir al Señor.

Pasas tanto tiempo en las redes, que estás realmente enredado. Todo el día pendiente de la pantalla del móvil: cuando no es el WhatsApp es el Facebook; cuando no es el Facebook es el Twitter; cuando no es el Twitter es el Instagram… ¡Si ni siquiera prestas atención a la persona que tienes delante! ¿Cómo vas a prestar atención al Señor? Te he visto respondiendo a mensajes delante del sagrario.

Anda, comienza por dejar las redes. Al menos, olvídalas cuando tienes a alguien delante, o cuando estás rezando. Y así podrás seguir a Cristo sin enredarte.

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Un intercambio de corazones

Cuando el Señor rezaba los salmos, ¿qué sentido tenían, en sus labios, palabras como éstas: Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado. Pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado. Contra ti, contra ti solo pequé, cometí la maldad en tu presencia (Sal 50, 3-6)?

Ante las aguas del Jordán, Juan interrogó a Jesús por el mismo misterio: Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí? ¿Cómo recibirá el Dios tres veces santo un bautismo de penitencia instituido para el pecador?

La respuesta la había dejado escrita el Profeta Isaías cientos de años antes: Nuestro castigo saludable cayó sobre él, sus cicatrices nos curaron (Is 53, 5).

Cargado con mis pecados, como si fueran suyos, pidió Jesús perdón al Padre por la maldad que yo había cometido. Porque Él rezó aquel salmo, puedo yo rezar éste: Hazme justicia, Señor, que camino en la inocencia (Sal 26, 1). Porque Él fue bautizado, el Bautismo ha sanado mi alma. Porque Él subió mis culpas a su Cruz, mi cruz, que ya es la suya, me lleva a mí al Cielo.

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A beso limpio

A punto de celebrar el Bautismo del Señor, adelantemos una frase del himno de esta fiesta: «Mas ¿por qué se ha de lavar el autor de la limpieza?».

El himno se queda corto. Jesús no es sólo el autor de la limpieza; es la limpieza misma. Si yo cubro con una sombra un lugar iluminado, la luz desaparece; pero si trato de cubrir con una sombra el sol, el sol destruye la sombra y la ilumina. Si toco con un paño sucio una pared blanca, la ensucio. Pero si una carne ensuciada por la lepra es tocada por la carne del Señor, no se ensucia Jesús, sino que queda limpio el leproso.

Extendiendo la mano, lo tocó diciendo: «Quiero, queda limpio». Y enseguida la lepra se le quitó.

Aún besamos, después de cada misa, al Niño Dios. Y nuestros labios están sucios de tanta conversación ociosa, tanta murmuración, tanta mentira y tanto veneno en nuestras palabras. Pero, cuando besamos el pie del Niño, no le ensuciamos nosotros a Él, sino que Él limpia nuestros labios y los purifica, como aquella brasa tomada del altar purificó al profeta.

Tengo la impresión de que podríamos santificarnos a besos. Si son sinceros, claro.

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