Libros de José Fernando Rey Ballesteros

Espiritualidad digital – Página 2 – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

¿Por qué acudimos a los santos?

«Pero, padre, ¿por qué voy a hacerle novenas a los santos, si tengo línea directa con Jesucristo? Le pido a Él directamente, y me ahorro los trámites». Esta objeción, tan de Lutero, se la escuchamos a muchos católicos que la proponen como si estuviera cargada de sentido común. ¿Por qué acudimos a la intercesión de los santos quienes podemos hablar libremente con Dios?

Precisamente, por sentido común. Como el que tenía aquel centurión romano. Al oír hablar de Jesús, le envió unos ancianos de los judíos rogándole que viniese a curar a su criado… Le envió unos amigos a decirle: «Señor, no te molestes». Aquel hombre se sentía indigno de presentarse ante el Señor, y buscó intercesores más dignos que él. Como el sentido común siempre termina por hallar la fe, Jesús dijo de él: Ni en Israel he encontrado tanta fe.

Todos los días presento mis peticiones al Señor. Pero nunca estoy seguro de que haya pedido con la suficiente fe, humildad, y piedad. Tampoco logro acompañar mis súplicas con una vida santa. Por eso acudo a los santos. Y le digo al Señor: «¿Se lo negarás a tu Madre? ¿Se lo negarás a tus santos? ¿Verdad que no?».

(TOI24L)

Ojos de misericordia

Si me preguntas dónde reside la misericordia, tendré que contestarte que, más que en las obras, la misericordia reside en la mirada.

¿Cómo mira, en la parábola del hijo pródigo, el hermano mayor a su hermano pequeño? ¿Quién es su hermano, para él?: Ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres. Ni siquiera lo llama «hermano». Es el «hijo de su padre». La acusación que formula es verdadera; aquel joven había malgastado el dinero de su padre en excesos y pecados. Pero los ojos del hermano mayor no pueden ir más allá.

¿Cómo mira el padre ultrajado a su hijo? Se le conmovieron las entrañas… lo cubrió de besos… «Este hijo mío estaba muerto y ha resucitado». Es su hijo amado, el que perdió su vida, y ahora vuelve arrepentido. Por eso, en lugar de acusarlo, lo abraza.

Así te mira Dios cada vez que te confiesas. No temas nunca acercarte a Él, por muchos que sean tus pecados.

Y así deberías mirar, tú también, a quien te ofende. Si tus ojos, en lugar de clavarse en la ofensa, se clavan con compasión en la desgracia de quien te ha ofendido, serás misericordioso. Aprende a mirar.

(TOC24)

Solamente…

Todos los años, cuando llega la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, me entretengo mirando una estampa que pintó san Rafael Arnáiz. En ella, el Crucifijo lo llena todo. Es un Cristo muerto; sereno, entregado, como el de Velázquez, aunque su rostro está descubierto y radiante. De fondo, una noche serena, la que cubrió la tierra desde la hora sexta, y unos montes que se divisan desde la altura, porque el Calvario es el monte más elevado de la tierra. Recuerdo haber visto así los montes cuando ascendí al Sinaí.

Debajo de la Cruz, y con un tamaño diminuto, un monje trapense se encuentra arrodillado, baja la cabeza y oculta por la capucha. Está inmerso en una profunda adoración. Y, como pie de la imagen, una frase: «Solamente Dios. Solamente la Cruz de Cristo…».

No hace falta nada más para rezar en este día. El «fuera de campo»: lejos de allí, los hombres se afanan y se inquietan por mil cosas que a nada los llevan. Ríen, lloran, compran, venden… y mueren. El enamorado, sin embargo, derrama su vida a los pies de la Cruz, y ya no desea nada más. Solamente Dios, solamente la Cruz de Cristo.

(1409)

En la consulta del oftalmólogo

Acudimos a la consulta del divino oftalmólogo. Allí acuden los miopes y ciegos. Quien cree que ve sólo acude a la consulta para acompañar a otro. Tú, ¿por qué has venido?

¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? Escuchas, y piensas: «Como el sacerdote de mi parroquia. Está lleno de defectos, y encima se permite decirnos lo que debemos hacer»… (O sea, que vienes a acompañar al sacerdote. Vale. Dios te lo pague). O piensas: «¿Cómo podré educar bien a mis hijos, teniendo yo tantos defectos? ¡Señor, ayúdame!»… ¡Bien!

¿Cómo puedes decirle a tu hermano: «Hermano, déjame que te saque la mota del ojo», sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo? Escuchas, y piensas: «Esto tendría que escucharlo mi suegra. Siempre criticando, y ella es peor que todos» (Vamos, que ibas a acompañar a tu suegra a la consulta, y te la has dejado en casa. Qué despiste). O piensas: «¿Cómo corregiré a esta persona, si soy peor que él?». ¡Bien!

A los que vienen de compañía, no les digo nada. A los miopes y ciegos, como yo, nos dice el Señor: Si quieres guiar a otro, déjate guiar primero tú. ¿Tienes ya un director espiritual?

(TOI23V)

La sencillez de una mirada

Con los hombres, a menudo, lo sencillo se acaba volviendo complejo. Con Dios sucede lo contrario: lo complejo se vuelve sencillo, hasta que se convierte en silencio y mirada. El Sermón de la Montaña, por ejemplo, está compuesto de palabras. Pero si nos adentramos en esas palabras, con las cuales quiso Dios hablar nuestro propio idioma, poco a poco vamos aprendiendo nosotros el suyo, y todo el Sermón se resuelve en una mirada al Crucifijo o a la Hostia.

Si amáis a los que os aman, ¿qué merito tenéis?… Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada. Míralo en la Cruz, entregado a Dios por quienes lo odian. Míralo en la Eucaristía, indefenso y derramado, inerme ante quienes lo profanan y amoroso para quienes lo adoran.

Por eso, la vida cristiana es, también, sencilla. Comulgando con fervor, y mirando con amor al Crucifijo, dejando que esa comida y esa mirada entren hasta lo profundo del alma, sin nada reservarnos, poco a poco nos iremos transformado en lo que comemos y miramos. Y llegará un día en que nos dejemos despojar de todo, y gocemos del único tesoro que repartimos sin nunca perderlo: el Amor de Dios.

(TOI23J)