Lirbos de José-Fernando rey ballesteros

Espiritualidad digital – Página 2 – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

El camino que lleva al Camino

Quien estuvo allí nos lo cuenta: Junto a la cruz de Jesús estaba su madre.

Dios nunca permite castigo sin consuelo en quienes lo aman. Si en Getsemaní envió a un ángel para confortar la angustia de su Hijo, en el Calvario quiso endulzar la agonía del Cordero con la presencia de su madre. He aquí uno de los motivos de la presencia de María junto a la Cruz. Pero existen, al menos, dos más:

En las bodas del Cordero, consumadas en el Leño santo, María es la Esposa y es la Iglesia. Como acoge la esposa al esposo dentro de sí en la noche nupcial para ser fecundada, así María acogió en su inmaculado corazón los dolores y la sangre de su Hijo, derramados en el tálamo de la Cruz, y quedó fecundada como madre de un pueblo santo: Ahí tienes a tu hijo.

Pero la Virgen es, también, camino que lleva al Camino. Si el cristiano quiere unirse a la Pasión de Cristo, no veo otra senda que María. Con ella llegó Juan, y junto a ella llegaremos tú y yo a lo alto del Calvario. Sus brazos son asiento del alma de niño que contempla el Crucifijo.

(1509)

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Esa mirada que sana

Se nos cuenta en el libro de los Números que, cuando Dios castigó a su pueblo con serpientes venenosas, mandó a Moisés hacer una serpiente de bronce. Cuando una serpiente mordía a alguien, este miraba a la serpiente de bronce y salvaba la vida (Núm 21, 9). Siglos después, el Hijo de Dios explicó a Nicodemo: Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. La mirada a la serpiente es reemplazada por la fe en el Crucificado. Así sabemos que creer es mirar.

No es una mirada cualquiera. La fe es una mirada que se origina en lo profundo del alma, en ese silencio que permite ver lo invisible. Desde ese «hondón», el cristiano mira con amor profundo a quien pende del Leño santo, y ve en Él al Dios entregado en Amor. Queda el alma embelesada, y se postra, sin pensarlo, a los pies del Redentor. Entonces la sangre del Cordero es recogida en un corazón convertido en cáliz. Sanan las heridas y son perdonados los pecados.

Mucho he escrito. Ante la Cruz, mejor calla y mira.

(1409)

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Cuando Jesús se derrite

Hay escenas en las que vemos a Jesús «derretirse». Por ejemplo, cuando aquella mujer cananea, a quien el Señor probó comparándola a un perrillo, respondió que también los perros comen las migajas caídas de la mesa de los amos. Lo mismo sucede hoy. Jesús se derrite ante las palabras de un pagano: Señor, no te molestes, porque no soy digno de que entres bajo mi techo. Dilo de palabra y mi criado quedará sano. Admirado, Jesús exclama: Os digo que ni en Israel he encontrado tanta fe.

No hay nada como la humildad para vencer a Dios. Pienso que, si tuviéramos nosotros esa humildad, no habría nada que no obtuviésemos del Señor.

Dios nos ha redimido, nos ha convertido en hijos suyos y en templos de su gloria. Pero ha sido pura gracia. No olvidemos quién somos, y dónde estaríamos si Él no nos hubiera salido al encuentro. ¿Qué hubiese sido nuestra vida sin Dios? ¿De cuántos pecados seríamos esclavos ahora mismo sin su gracia?

Le pido al Señor, para ti y para mí, que jamás nos engriamos por lo que ha sido pura gracia, para que así no nos sirva de perdición lo que se nos dio para salvación.

(TOI24L)

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El arte de amar bien

SimónCuando, después de resucitar, a orillas del Lago, Jesús preguntó a Simón Pedro si lo amaba, éste respondió: Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo (Jn 20, 27).

¿Era verdad? Creo firmemente que sí. Aunque hubiese negado por tres veces a su Señor, creo que Pedro amaba con pasión a Jesucristo. Pero también creo que, por entonces, lo amaba mal. Amar mal no es no amar; puede ser el comienzo de amar bien.

Cuando Jesús anunció que debía padecer y morir, Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo. Eso es amar mal. Y, por ello, Jesús se volvió y, mirando a los discípulos, increpó a Pedro: «¡Ponte detrás de mí, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!».

Ama mal quien piensa que amar es evitar que el ser amado sufra. Hay padres que aman mal a sus hijos y, por evitarles sufrimientos, los maleducan. Realmente, lo que buscan evitar es su propio dolor.

Amar no es evitar sufrimientos al ser amado, sino sufrirlos con él. A menudo le pedimos a Dios que nos quite la cruz. Y Él no nos la quita, porque nos ama bien. Por eso la sufre con nosotros.

(TOB24)

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No busques setas en una mina de oro

Propósitos, propósitos… ojalá hagas buenos propósitos. No hagas muchos, porque no los cumplirás. Haz pocos, y sé firme a la hora de cumplirlos. Pero, por favor, no dediques todo el tiempo de tu oración a hacer propósitos o a buscarlos. Eso sería como buscar setas en una mina de oro.

Los propósitos son necesarios para asegurarnos de que nos movemos. Pero, si toda la vida espiritual se fundara en ellos, convertiríamos la aventura de la santidad en una especie de olimpiada moral para campeones de la virtud. Y no, no es eso.

El hombre bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal. No seas tan «práctico». El tiempo que dedicas a la oración debe ser, principalmente, tiempo de contemplación gozosa. Al contemplar las escenas del Evangelio, o al considerar, embelesado, las palabras de Jesús, vas atesorando joyas en el corazón, y lo vas llenando de luz. Conforme lo llenas de luz, las tinieblas se dispersan. Y, al terminar la oración, más importante que salir resuelto es salir enamorado.

En el último minuto, formula tu propósito. Y entonces será deseo de amor, no desafío de virtud.

(TOI23S)

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El que a dos ciegos lleva de la mano

En cierta ocasión, los fariseos preguntaron a Jesús si ellos estaban ciegos. Jesús les respondió: Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado; pero como decís «vemos», vuestro pecado permanece (Jn 9, 40).

¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? Al Señor le pido que nos dé, al menos, la luz suficiente para percibir nuestra ceguera. No vemos apenas nada, porque lo que ven los ojos del cuerpo es nada. Dios, los santos, los ángeles, el bien y el mal, el horror del pecado y la belleza de la gracia, las intenciones del corazón, las heridas profundas de nuestros hermanos, las nuestras… Todo eso, y mucho más, se nos escapa.

Si fuéramos conscientes de nuestra ceguera nos dejaríamos guiar, y no por otro tan ciego como nosotros, sino por el buen Pastor. Ése es el milagro que sucede en la dirección espiritual. El sacerdote con quien nos dirigimos, por sí mismo, es tan ciego como nosotros. No es sino un ciego que guía a otro ciego. Pero, cuando le abrimos el alma, el buen Pastor guía a ese ciego para que Él nos guíe a nosotros. Y el resultado es la salvación de ambos.

(TOP23V)

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¿De verdad quieres?

El Sermón de la Montaña es hermosísimo… visto desde lejos. Le sucede como al sol del amanecer. De cerca, quema.

Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, no le impidas que tome también la túnica.

Lees esto de cerca, pensando, precisamente, en «esa» persona que te destrozó el corazón, o que te está haciendo la vida imposible, y te dices a ti mismo que no puedes amar así. No te ves capaz de presentarle la otra mejilla, ni de permitir que te despojen.

Sin embargo, créeme, el verdadero problema no consiste en que no seas capaz. El mismo Dios que te lo pide te hará capaz, si estás dispuesto a amar así. Pero ahora debes enfrentarte al verdadero escollo que te impide avanzar: ¿Realmente quieres amar así?

Mira al Crucifijo. Contempla al Señor humillado, escupido y ultrajado; manso como cordero, sin defensa; humilde y paciente, entregado. Y pregúntate: ¿Quiero ser yo un crucifijo? ¿Estoy dispuesto a serlo?

El paso que tienes que dar lo puedes dar sin moverte. Di: «Sí, Señor estoy dispuesto por tu Amor». Y, salvado ese escollo, Él te hará capaz. No dejes de rezar, y verás maravillas.

(TOI23J)

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