Tú, pecador

Espiritualidad digital – Página 2 – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

Perseverancia

La salvación consiste en atravesar una puerta. Y esa puerta es Cristo crucificado. Quien no cruza a través de Él para llegar a Él no puede salvarse. El Crucifijo, centro del Cosmos, es el lugar donde las tinieblas se abren a la luz.

Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas. Esa perseverancia de la que habla el Señor consiste en no echarse atrás en el momento de la prueba, cuando las tinieblas lo envuelven todo y la puerta está más cerca cada vez.

Perseverar es seguir rezando en los momentos de sequedad, cuando no sientes nada más que ausencia y parece que no hay nadie al otro lado.

Perseverar es seguir cumpliendo la voluntad de Dios cuando lo que Dios quiere es algo que no apetece.

Perseverar es mantenerte al lado de quien te humilla, y no dejar de amarlo a pesar de los ultrajes.

Perseverar es levantarte de la cama una mañana más para rezar, cuando el cuerpo te suplica por una hora más de sueño.

No estás solo en esos esfuerzos; si estuvieras solo, no podrías con ellos. Pero perseverar es, en definitiva, abrazarte a Cristo crucificado y ser abrazado por Él. Así las tinieblas se llenan de Amor.

(TOP34X)

No pasa nada

No es lo mismo contemplar desde un balcón la voladura de un edificio que estar allí mientras se te cae encima la casa.

El fin del mundo es fin del mundo para quienes son del mundo. Igual que la muerte es muerte para quien pertenece a la muerte. Pero nosotros no somos del mundo, estamos de paso. Y tampoco le pertenecemos a la muerte, sino a la vida.

Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá grandes terremotos, y en diversos países, hambres y pestes. Habrá también fenómenos espantosos y grandes signos en el cielo.

Por eso Cristo habla con esa serenidad sobre el fin del mundo, y también por eso muere con esa majestad. Porque, aunque camina por la tierra y atraviesa la muerte, donde está sentado es en el Cielo.

Un alma que vive en gracia y de la gracia está sentada en el Cielo junto a Cristo, como un niño en brazos de su madre.

Aunque la Basílica de San Pedro se desplome sobre la plaza, aunque el Monasterio de El Escorial se venga abajo, aunque las estrellas caigan del Cielo… Mientras Dios no deje de amarnos, todo eso es sólo dolor. No pasa nada.

(TOP34M)

Conságrate a la Consagrada

La Presentación de María en el templo es una consagración en toda regla. Ella, aún niña, según narra la tradición, se postra ante Yahweh y convierte en ofrenda de amor lo que recibió como don del Cielo. Toda aquella plenitud de gracia, todas las virtudes con que Dios la bendijo, se las entrega a quien se las dio. Y así queda consagrada, convertida en propiedad del Altísimo, en esclava del Señor.

El que haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, y mi hermana y mi madre. Quien se ha consagrado a Dios no puede hacer sino su voluntad, porque ambas voluntades son ya una.

Hoy te animo a que te consagres a la Virgen. Es la manera más dulce de renovar esa consagración a Dios que es tu bautismo. Basta con que reces, cada mañana, esta oración:

«Oh señora mía, oh madre mía, yo me ofrezco enteramente a ti. En prueba de mi filial afecto te consagro en este día, mis ojos, mis oídos, mi lengua, mi corazón, en una palabra, todo mi ser. Ya que soy todo tuyo, oh madre de bondad, guárdame y defiéndeme como cosa y posesión tuya. Amén».

(2111)

El Rey y su trono

Podrían reírse de nosotros. Y se han reído, aunque cuantos se rieron han muerto, y quienes hoy se ríen morirán mañana. Proclamamos que Cristo es Rey y, cuando entran en nuestros templos, ¿qué se encuentran?

– Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino. – En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso.

Esto es lo que se encuentran: a un condenado a muerte, agonizante y cubierto de infamias, prometiéndole su reino a otro condenado que agoniza como él. Entonces se ríen. «¿Éste es vuestro rey?» Que se salve a sí mismo, si es el Mesías de Dios.

Pero, después de veinte siglos, los reinos de este mundo han pasado y Cristo sigue vivo. La tierra ha girado miles de veces sobre su eje, y la Cruz sigue en pie. Ella es el eje del Cosmos.

¿Por qué, entonces, su reino no ha calado en los corazones de los hombres? ¿Por qué se lo ha expulsado de la vida pública? Te lo diré: En buena medida, porque los cristianos nos hemos refugiado en los templos, y no acabamos de llevar el reinado de Cristo a la entraña de la sociedad. Nos da miedo su trono, que es la Cruz.

(XTOREYC)

Cuando, al fin, nazcamos

A las puertas de la solemnidad de Cristo Rey, pregustemos ese día en que su reinado brillará de un extremo al otro del cielo, cuando venga revestido de majestad sobre las nubes.

Y son hijos de Dios, porque son hijos de la resurrección. La expresión hijos de la resurrección es sublime. Porque el resurgir glorioso de los muertos el día de la venida del Hijo del hombre se nos presenta como un gran alumbramiento. La tierra, entonces, morirá al dar a luz para la gloria a sus hijos. Y será reemplazada por cielos y tierra nuevos.

Los recién nacidos serán hijos de Dios, y sus cuerpos, glorificados a semejanza del de Cristo, verán cumplidas las palabras del discípulo amado:  Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es (1Jn 3, 2).

Entonces nos daremos cuenta de que esta vida no ha sido sino una larga gestación entre tinieblas. Todo habrá valido la pena cuando, asidos al talón del Resucitado como se asió Jacob al talón de Esaú, amanezcamos, por fin, a la luz. Y la luz es Cristo.

(TOP33S)

La cueva de bandidos y la casa de oración

Una casa tiene puertas; una cueva no es más que un boquete en la roca. En casa hay una chimenea que caldea el aire en invierno; en una cueva te mueres de frío. La casa se barre y está limpia; la cueva está sucia y llena de tierra. En casa vive la familia, y se convierte en hogar; en la cueva se refugian los ladrones y fugitivos.

¿A qué se parece más tu alma, a una casa o a una cueva?

Escrito está: «Mi casa será casa de oración»; pero vosotros la habéis hecho una «cueva de bandidos». El alma en pecado es una cueva de bandidos. Allí se esconde la maldad mientras el hipócrita procura mostrar buena cara.

Tú vive siempre en gracia de Dios. Y, para ello, confiesa tus pecados con frecuencia. Así Cristo morará en tu alma, y será casa de oración. El Espíritu será el fuego que la convierta en hogar cálido, donde te protegerás del frío de este mundo. Vive de tal modo que, en cualquier momento, mientras compras, mientras trabajas o mientras conduces, puedas recogerte y refugiarte allí. Encontrarás, en ese templo, silencio y paz cuando por fuera el aire se llena de ruido.

(TOP33V)

Escondido a tus ojos

En la ménsula sobre la que reposa el sagrario hicimos grabar las palabras de santo Tomás de Aquino: «Adoro te devote, latens Deitas», te adoro con devoción, Dios escondido. Escondido en el sagrario está el copón. Escondida en el copón está la Hostia. Y escondido en la Hostia, tras ese velo de apariencia de pan y vino, está el Señor. No pueden los ojos cruzar las tres barreras.

«¡Ábranos el sagrario!»… y aparece el copón. «¡Ábranos el copón, expónganos al Santísimo en la custodia!»… y aparece la Hostia. Pero la Hostia no os la puedo abrir. Jesús sigue oculto a los ojos. «Latens Deitas».

¡Si reconocieras tú también en este día lo que conduce a la paz! Pero ahora está escondido a tus ojos. Así es. Hasta que el Señor vuelva, lo que te conduce a la paz está escondido a tus ojos. No te empeñes en ver, no rodees de mil focos de colores la custodia, como si quisieras asustar a Jesús para que salga; no va a salir. Sólo provocas contaminación lumínica: tanta bombilla aturde al alma.

Adéntrate, más bien, en la noche. Que, cuando los ojos no ven, la fe se enciende, y el alma, iluminada, contempla.

(TOP33J)

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