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Espiritualidad digital – Página 2 – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

Apóstoles del Adviento

Las calles, los supermercados y los bares están llenos de gente; elige uno de los tres escenarios, acércate a una persona al azar, y pregúntale: «¿Espera usted a alguien?». Si descartamos a quienes esperan al autobús, unos esperan a la suegra por Navidad, otros esperan al gordo de las barbas, otros esperan a los niños de san Ildefonso, y otros no esperan a nadie.

Ayer, en todos los templos, se anunciaba la venida del Señor. Pero eso no significa que todos los hombres hayan escuchado el anuncio. Una enorme multitud aun no sabe que Jesús está al llegar.

Cristo anuncia su venida a los cristianos. Pero, sobre todo, quiere anunciarla a los de lejos, a esos millones de personas que no vienen a la iglesia: Vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos.

Llevemos la noticia a toda esa multitud que vaga sin rumbo. Acércate a quienes no creen, y contágiales tu alegría, tu esperanza, tus deseos de eternidad. Escucha sus penas, comparte sus soledades, enjuga sus lágrimas. Y, con tu compasión y tu cariño, anúnciales que viene Aquél que sana los corazones afligidos. Sé apóstol del Adviento.

(TA01L)

¡Y tú, con esos pelos!

Comienza el Adviento… otro adviento… ¡No! El único Adviento. No es él el que vuelve a nosotros, sino nosotros quienes volvemos a él, para no olvidar quiénes somos: los que esperamos al Señor.

Conforme entramos en este tiempo sagrado, escuchamos un anuncio, y una invitación.

Un anuncio. Y repetido tres veces, por si no hemos oído bien: Cuando venga el Hijo del hombre, pasará como en tiempo de Noé… Lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre… A la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre. ¿Lo has entendido? ¡Viene el Señor! ¡Y tú, con esos pelos!

Una invitación. También repetida: Estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor… Estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre. ¿A qué esperas? ¡Aséate, péinate, prepárate!

Confiésate. Es lo primero que debes hacer para estar en vela: renueva la llama que se prendió en aquella vela de tu bautismo. Aleja de tu alma las tinieblas del pecado, e ilumínala con la gracia divina. Y reza, reza, reza… Reza como quien mira al cielo, porque de los cielos vendrá el Señor, y, si no lo estás mirando, ¿cómo podrás salvarte?

(TAA01)

La misión de los cristianos en el mundo

Si me acerco a un hombre soltero, que malgasta en vicios el poco tiempo de vida que le deja su trabajo, y le reprocho el modo en que se está matando a sí mismo, tan sólo lograré amargarle la vida más todavía. Sus vicios son lo único que tiene, y yo he intentado barrer su pie de apoyo con mi discurso moral.

Pero si ese hombre se enamora de una buena mujer, todo cambia. Por hacerla feliz, es capaz de convertirse en un marido y un padre ejemplar. Y no sucede como fruto de un sombrío discurso moral, ni de un esfuerzo titánico provocado por el miedo a la muerte. Sencillamente, encontró un amor por el que le merecía la pena dejarlo todo; y lo hizo con inmensa alegría.

Venid en pos de mí. La conversión de los apóstoles no fue resultado de las monsergas de los fariseos. Conocieron a Cristo, se enamoraron, y todo lo dejaron por él.

Los cristianos no estamos llamados a llenar la tierra de consejos que nadie nos pide. Somos quienes anunciamos a Jesucristo, el que llena de luz las vidas de quienes habitan en las sombras. Somos quienes llevamos la alegría a los tristes.

(3011)

No morimos; nacemos

Antes de su Pasión, Jesús comparó la redención del hombre con un esperado y doloroso alumbramiento: La mujer, cuando va a dar a luz, siente tristeza, porque ha llegado su hora; pero, en cuanto da a luz al niño, ni se acuerda del apuro, por la alegría de que al mundo le ha nacido un hombre (Jn 16, 21). San Pablo, en la carta a los Romanos, recurre a la misma imagen: Hasta hoy toda la creación está gimiendo y sufre dolores de parto (Rom 8, 22).

Vosotros, cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que está cerca el reino de Dios. La caducidad de todo lo terreno; la decepción que nos producen las criaturas; el fracaso; la enfermedad; el dolor; la contrariedad; la vejez… Todas esas sombras no anuncian sino la llegada de la luz. Cuando sufrimos, no fijamos la mirada en nuestros padecimientos, por grandes que sean; dejamos que la fe nos ilumine, y miramos más allá. Entonces nos percatamos de que no estamos muriendo, sino naciendo; y, así, en medio del dolor, nos llenamos de gozo. Hay mucha luz al final del túnel; mucha vida detrás de la muerte; mucha alegría en el fondo de la tristeza.

(TOI34V)

La ansiedad es el miedo a la muerte

Por tercer día, el evangelio se extiende describiendo un cataclismo universal.

Desfalleciendo los hombres por el miedo y la ansiedad ante lo que se le viene encima al mundo

¿Pensáis que habla de un futuro lejano? Preguntad a cualquier farmacéutico por la cantidad de ansiolíticos que despacha cada día. La ansiedad se ha convertido en pandemia desde que los hombres dejaron de creer en el Cielo. Cercenado el horizonte de la vida eterna, se angustian ante lo que se le viene encima al mundo, ante la muerte. La muerte no es sólo la amenaza del final de la vida; es, también, el muro que convierte el tiempo en un bien escaso. Y las gentes se angustian porque saben que se les termina.

Levantaos, alzad la cabeza, se acerca vuestra liberación. En un mundo dominado por la ansiedad, los cristianos tenemos que ser testigos de vida eterna. Nuestros rostros alzados al Cielo, la esperanza que brilla en nuestros ojos, debería gritarle al mundo que la eternidad está abierta ante nosotros; que no hay que tener miedo; ni tampoco hay que tener prisa para nada, salvo para servir a Dios. Y esa prisa es muy alegre; no necesita ser aliviada con lexatín.

(TOI34J)