Lirbos de José-Fernando rey ballesteros

Espiritualidad digital – Página 2 – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

Quien te mira con ojos de Padre

Creo que era Jean Paul Sartre quien decía que la mirada del otro te convierte en objeto. Fuera él o no, la frase tiene su miga. Y mucha relación con lo que dice hoy Jesús en el Evangelio:

Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos. Cuando actúas para ser visto por la gente, como los fariseos, podrás lograr caer muy bien a la mayoría (jamás a todo el mundo). Pero, por muy bien que caigas, por mucho que te alaben, o incluso aunque te veneren, no dejarás de ser un saltimbanqui, un muñeco, un pelele movido por las expectativas de los hombres.

Cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. Quizá Sartre olvidó algo: hay una mirada que no te convierte en objeto, y es la de Dios. Esa mirada te convierte en hijo, porque es mirada amorosa de Padre. Tu Señor, que ve en lo escondido, te mira siempre con cariño; no tienes que ganarte su Amor haciendo méritos. Bendita mirada, y dichoso quien vive sólo para esos ojos.

(TOI11X)

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Para amar como Dios

Piensa en alguien con quien tengas especial afinidad: un buen amigo, alguien en quien confías.

Piensa en alguien que te ha hecho daño o que, simplemente, te resulta especialmente antipático.

¿Tratas por igual a los dos? ¿Los amas por igual? ¿Te entregas de igual modo a ambos?

Lo cierto es que, normalmente, comerciamos con el amor. Amamos más a quien más nos ama, y tratamos mejor a quien mejor nos trata. Es duro reconocerlo, pero apenas regalamos nada: nuestro corazón siempre busca una contraprestación por los servicios. No le culpes. El pobre está sediento de cariño.

Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos.

Sólo el Espíritu puede otorgarnos la gracia de amar como Dios. Porque Él es el mismo Amor divino y, al alcanzar el alma, llena el corazón y sacia toda su sed de afecto. Quien se sabe tan amado por Dios puede amar por igual a amigos y enemigos, porque no necesita paga; ya está pagado por el mejor Pagador.

Pero, para recibir ese Amor, y recibirlo de esa manera, sólo conozco una receta: oración y sacramentos.

(TOI11M)

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En resumen: déjate comer

Sagrada HostiaQuizá nos guste leerlo, pero nos cuesta aceptarlo: Si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también el manto. Si lo llevamos a la vida, tal como suena, creemos que nos tomarán por idiotas, se nos echarán encima, y seremos el felpudo de la Humanidad. ¿De verdad Dios nos pide «eso»?

Habría que realizar la pregunta mirando a un crucifijo, y recordando a quién estamos siguiendo. Desde luego, nadie tomó a Cristo por idiota. Pero en verdad se le echaron encima y lo pisaron hasta aplastarlo. La Pasión fue una comunión sacrílega: el sacratísimo cuerpo del Salvador fue devorado por chacales. Y Él, como hace en la Eucaristía, se dejó comer. Se sigue dejando comer hoy, en cada Hostia, tanto por quienes se lo comen a besos como por quienes lo profanan.

Por tanto, no te engañes, ni busques interpretaciones «tranquilizadoras» el Evangelio. A ti, que comulgas, el Señor te pide que te dejes comer; que seas, también Eucaristía. Y que, si alguien viene a darle un mordisco a tu tiempo, a tu honra, o a tu amor propio, te quejes tanto como se quejó Él: nada.

(TOI11L)

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Lo que aquéllos no entendieron

Sermón de la montañaDices que hubiera sido maravilloso escuchar el Sermón de la Montaña en directo, sentado en la hierba de aquel monte. Pero quienes escucharon entonces no entendieron al Señor. En primer lugar, porque el Espíritu aún no había sido derramado; en segundo lugar, porque aún no habían sucedido los hechos que darían pleno sentido a sus palabras.

El reino de Dios se parece a un hombre que echa semilla en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana. El hombre es Cristo. La semilla, su cuerpo. Durmió de noche un Viernes, y se levantó, de mañana, un Domingo.

La tierra va produciendo fruto sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Tras su resurrección, el árbol de la Iglesia va creciendo y dando frutos hasta la segunda venida del Señor.

Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega. Un día, el grano estará a punto, y llegará la siega. El Hijo del hombre volverá sobre las nubes, seremos arrancados de este mundo, y llevados por Él al Paraíso.

Todo esto no lo entendieron quienes estaban allí. Pero tú y yo lo entendemos y nos gozamos. Alégrate de escucharlo hoy.

(TOB11)

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Perfume de mujer

Quien anda calculando los honores rendidos a la Madre, con miedo de acercarlos a los rendidos al Hijo, como si entre ellos hubiera competencia, no ha entendido nada. No sabe quién es la Madre, ni sabe quién es el Hijo. Quien se pregunta, temeroso: «¿no estaré rezando más a la Virgen que a Jesús?» no conoce ni a la Virgen ni a Jesús. ¿Acaso existe algún buen hijo que no se alegre de los honores rendidos a su madre?

El corazón del Hijo y el corazón de la Madre no están enfrentados, porque ni siquiera se encuentran a la misma altura. Todo el Amor de corazón sacratísimo de Cristo se vierte en el corazón inmaculado de María y, desde allí, se nos entrega. Como si fuera un maravilloso embalse, el corazón de la Madre guarda el agua que mana del costado del Hijo y la reparte.

Cuando la Virgen me ama, es el Amor de Jesús es que me entrega, aunque viene perfumado de Mujer. Y cuando yo profeso mi amor rendido a la Señora, ella se lo devuelve a su Hijo, con perfume de Madre y de Esposa.

Una caricia de María es predilección de Cristo envuelta en ternura.

(ICM)

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En Vos confío

La muerte de Jesús de Nazaret fue el asesinato más injusto y cruel de la Historia. Y, sin embargo, al contemplar el Cristo de Velázquez, rendido y abierto como una fuente serena… ¡qué gozo inunda el alma, ante el dulce abismo de un Dios reventado de Amor por el hombre!

Le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua. Lo cierto es que estamos más necesitados de ser amados que de amar. Bien lo sabía nuestro Creador, y por ello quiso alumbrarnos esa fuente. ¡Cómo no beber, hasta saciarnos! ¡Cómo no decir: «Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío»!

No decimos: «Brazo poderoso y fuerte de Jesús, en Vos confío», como si nos sintiéramos protegidos por un guerrero invencible. Más bien, miramos a un Soldado a quien lo venció el Amor, rendido ante nuestros pies, y le gritamos: «Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío».

¿Qué queremos decir con esas palabras? «Oh, Jesús, sé que eres Dios, y que toda la omnipotencia de tu Padre está en tus manos. Pero ese poder podría destruirme si me hicieras justicia de mis culpas. Sin embargo, confío ciegamente en que me amas. Amándome Tú así, nada malo me podrá suceder jamás».

(SCJB)

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Las dos luces de junio

El mes de junio brilla con dos luces: la Eucaristía, cuyo esplendor celebramos el día del Corpus, y el Sagrado Corazón de Jesús, cuya fiesta también disfrutamos este mes. No permitas que ambas luces resplandezcan sólo un día; deja que iluminen tu oración durante todo el mes. Por ejemplo:

Todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado… Si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano.

Sólo mirando el corazón traspasado de nuestro Salvador podemos entender sus palabras acerca de la mansedumbre hacia los enemigos. No nos pidió nada que, en la Cruz, no hiciera Él. Y esa misma mansedumbre con que perdonó a sus verdugos mana de la fuente de su costado para que la bebamos y la vivamos también nosotros.

No podemos acercarnos al altar de Dios y comulgar el cuerpo de Cristo si nuestros corazones no están llenos de esos sentimientos de perdón. ¡Cómo introducir el Señor en la casa del odio! Reza bien el Padrenuestro antes de comulgar: «Como también nosotros perdonamos».

(TOI10J)

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