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Espiritualidad digital – Página 2 – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

¿Qué es orar?

«Orar es hablar con Dios». La definición es correcta, pero, tal como muchos la entienden –y la practican– «hablar con Dios» se queda en «hablarle a Dios». «Oye, Señor… Mira, Señor… Por favor, Señor… Perdón, Señor… Gracias, Señor… Ten piedad, Señor… ¿Sabes, Señor…?»

¿Por qué me llamáis «Señor, Señor», y no hacéis lo que os digo? Tú le hablas a Dios, le hablas muchísimo a Dios, pero no hablas con Dios, porque nunca lo escuchas. Toda tu oración es un derramarte hacia fuera, soltarle al Señor todo lo que llevas dentro, verter ante Él tus lágrimas, tus problemas, tus alegrías, tus angustias… Pero ¿has probado a callarte para acoger en tu alma lo que Dios quiere decirte a ti?

Me preguntas cómo se escucha a Dios. Y la respuesta no puede ser más sencilla: tienes a mano su palabra, está cerca de ti. Abre los evangelios, lee y calla, mientras esa palabra resuena, como un eco, en las paredes de tu alma. Déjala resonar, que cale hondo, que lo llene todo. Y como una semilla sembrada en tierra buena, deja que dé fruto y te transforme por dentro. Así, además de decir «Señor, Señor», harás lo que Él te pide.

(TOP23S)

¡Estamos tan ciegos!

Si me consientes un consejo, no pongas demasiado empeño en defender tu opinión. Si te la piden, ofrécela con sencillez, una sola vez, sin hacer demasiado énfasis. Y, si no te la aceptan, o la refutan, quizá deberías alegrarte; así no serás responsable de errores ajenos.

¿No te ha sucedido nunca que defendiste con entusiasmo una opinión, porque estabas convencido de tener la verdad de tu parte, y, al cabo de cinco años, descubriste que era un error garrafal? ¡Es tan fácil equivocarse! Quizá, incluso, nos equivocamos en todo lo que decimos o hacemos. Las verdades eternas son muy poquitas. Pero, fuera de ellas, la verdad es terriblemente resbaladiza.

¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? La viga en el propio ojo no se ve fácilmente. Si el ojo está ciego, ¿cómo verá la viga que lo cubre? Queda el oído: alguien te advertirá de tu ceguera. Y ojalá le hagas caso. Mejor que poner énfasis en defender tu opinión, pon atención al escuchar a quien te critica, aunque duela. Será más provechoso para ti. La estupidez es peor que la ceguera.

(TOP23V)

¿Será verdad que nunca amaste?

«Ya no quiero a mi marido… Ya no quiero a mi mujer». Si ya no quieres a esa persona, es que nunca la quisiste. Porque el amor verdadero es eterno. El amor no pasa nunca (1Cor 3, 8).

Nunca amaste. Amabas lo que recibías de tu cónyuge. Y ahora, cuando dices: «Ya no amo», te refieres a que ya no recibes, o –peor– a que recibes ofensas. No se ha acabado el amor; nunca existió. Lo que se ha terminado es el stock de regalos.

El amor auténtico es el empeño de todo el ser en la búsqueda de la plenitud del ser amado. Quien ama no busca enriquecerse, sino entregarlo todo.

Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra. Sólo desde el amor verdadero, el que no pasa, se puede hacer vida el Sermón de la Montaña. Si Cristo se dejó abofetear y crucificar por mí, fue porque me amaba, y decidió empobrecerse por mí. Con ese amor me sigue amando, y me amará siempre.

Y ahora, Señor, si descubriera yo que mi corazón no es capaz de amar a nadie así… ¿Podrías tú prestarme el tuyo, para que con tu corazón ame a quien me hiere?

(TOP23J)

¿Dónde está tu alegría?

Dichosos los que lloranPodemos leerlas en san Mateo o en san Lucas; del derecho o de revés; deprisa o despacio… El mensaje de las Bienaventuranzas, al final, siempre es el mismo: la felicidad del hombre no está en este mundo, sino en el otro. Lo cual no quiere decir que haya que esperar a morirse para ser plenamente felices, sino que deberíamos escuchar más a menudo a san Pablo: Aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra (Col 3, 2).

Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. Si no aprendemos a encontrar nuestra alegría en Dios, seremos unos desdichados. Pero si el Señor es nuestra delicia, seremos los más felices de entre los hombres. Este mundo no da alegría; a lo sumo, da alegrías, alegrías pequeñas que vienen y van, dejando paso a tristezas pequeñas que van y vienen. La alegría verdadera, la que no pasa, sólo la da Dios a quienes lo aman.

Quizá deberíamos preguntarnos qué buscamos: ¿buscamos las alegrías de este mundo a través de Dios, o buscamos a Dios mismo a través de las pobrezas y riquezas, alegrías y tristezas de este mundo? Cuando sólo a Dios buscamos, somos pobres ante Él.

(TOP23X)

¡Me alegro de que hayas nacido!

No tengo la menor idea de si, en los tiempos en que vivió la Virgen, los cumpleaños se celebraban en Israel. Sé que hoy los celebramos; hace no muchos días celebré el mío. Y también sé que, aunque todas las felicitaciones se agradecen, las que más llegan al alma son las verdaderas. Una verdadera felicitación de cumpleaños es la de quien te dice «felicidades», como todo el mundo, pero, con el tono de su voz o con su mirada, te suelta un discurso silencioso: «¡Me alegro de que hayas nacido!». Eso emociona.

Por eso la Iglesia, en este día de la Natividad de la Virgen (es decir, su cumpleaños), nos muestra a José: José, hijo de David, no temas acoger a María, tu mujer. Repito que no sé si José felicitaba el cumpleaños a la Virgen, ni tan siquiera si conocía el día de su nacimiento. Pero acogió a María lleno de amor y, en cada una de las muchas miradas de amor a su esposa le decía: «¡Me alegro de que hayas nacido!»

¡Me alegro de que hayas nacido, Madre! Te lo diré con los ojos, con el alma y el corazón. No concibo mi vida sin tenerte cerca.

(0809)

Ese Dios tan confortable

«Padre, yo creo que voy a tener un purgatorio larguísimo. Porque a Dios lo amo muchísimo, pero a mi prójimo no lo amo nada, nada, nada». Así lo escucharon estos oídos que se ha de comer la tierra.

Ojalá todo quede en un largo purgatorio. Pero el sacerdote no puede evitar preguntarse si esa persona le está rezando al Dios verdadero. Sería terrible que, al ser llamada a su presencia, escuchase: «Tú yo no nos conocemos. Nunca me rezaste a mí. ¿A quién rezabas?».

El concepto de Dios que tenían los fariseos era muy parecido a ese ídolo. Estaban al acecho para ver si Jesús curaba en sábado, y encontrar de qué acusarlo. Su descanso sabático consistía en reposar en un Dios a quien el prójimo no le importaba lo más mínimo. También el burgués cruza la puerta del templo, y reza: «¡Qué bien estoy aquí contigo, Señor, y no con los pesados de mis familiares!».

Levántate y ponte ahí en medio. Jesús pone al enfermo en medio de todos, para que entendamos, de una vez por todas, que esa entrega a Dios a la que llamamos santidad pasa, necesariamente, por el prójimo. En sábado, en domingo, y en martes.

(TOP23L)

Ni corrección, ni fraterna

correcciónUn ser querido te ha hecho daño, y has decidido que vas a decirle «cuatro cosas “bien dichas”». Antes de hablar, ya has multiplicado tus propósitos por diez, y has decidido «cantarle las cuarenta». Ya no son cuatro, sino cuarenta; y no vas a hablar, sino a cantar; por soleares. Estás muy decidido, porque tienes al Evangelio de tu parte: Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas. Por supuesto que estaréis a solas; mejor que nadie vea la que vas a montar.

Antes de que hables, o cantes, permite que te quite el Evangelio de las manos; anda, no lo profanes atizando a tu prójimo un «evangeliazo». Así no se evangeliza.

¿Para qué lo vas a hacer? ¿Para ayudar a tu hermano, o para defenderte? ¿Para mostrarle el camino de la verdad, o para protegerte –o desquitarte– de él?

¿Por qué lo vas a hacer? ¿Por cariño, o por despecho? ¿Por celo, o por resentimiento?

¿Cómo lo vas a hacer? ¿Con delicadeza, o con brusquedad? ¿Con respeto, o «se va enterar»?

Y, ahora que tengo yo el Evangelio en la mano… ¿No sería mejor que te callases y esperases, al menos… un par de años?

(TOA23)