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Espiritualidad digital – Página 2 – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

Habla, no calles

Al despedirse de los presbíteros de Éfeso antes de dirigirse a Jerusalén para ser encarcelado, san Pablo declara haber cumplido la misión que Cristo le asignó: Testifico en el día de hoy que estoy limpio de la sangre de todos: pues no tuve miedo de anunciaros enteramente el plan de Dios(Hch 20, 26–27).

Al despedirse de los apóstoles, antes de ser llevado a la Cruz, Jesús ora a su Padre: He manifestado tu nombre a los que me diste de en medio del mundo.

Cuando tú te despidas de este mundo, quiera Dios que puedas decir lo mismo.

Te habrás dado cuenta de que, ni Cristo ni san Pablo, declaran haber sido escuchados ni obedecidos. Jesús, incluso, se lamentará, en esa misma oración, de la suerte del hijo de perdición (Jn 17, 12).

Dios no te va a preguntar si has sido escuchado. En este planeta tan extraño, todo el mundo hace lo que le da la gana. Jesús murió solo, y basta con leer las quejas de Pablo a los corintios y a los gálatas para entender que también fue muy despreciado. Con todo, Dios te va a preguntar si has hablado, si has manifestado su palabra.

(TP07M)

¿Azar?

Se representa a san Matías con unos dados, y algún incauto podría pensar que se trata del patrón de los juegos de azar.

Pero no hay tal. No hay azar, quiero decir. Ni casualidades. Tan sólo hay juego. Y es de Dios. Él juega con la bola del mundo y con los hijos de los hombres. No creas que «juego» supone frivolidad. «Juego» supone, más bien, gozo. Pero se trata de un juego muy serio.

Si los apóstoles decidieron lanzar los dados para encontrar al sucesor del Judas, no fue porque pensaran que se trataba de un asunto trivial. Ellos sabían que el azar no existe. Y, al lanzar los dados, le dejaban el campo libre a Dios: No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido.

No vayas a entender que la Iglesia se gobierna con ordalías. Ni los papas son elegidos a suertes, ni los obispos echan cartas para decidir los destinos de sus clérigos. Entiende, más bien, lo que Matías entendió: que no hay casualidades, sino palabras del cielo tras cada acontecimiento. Sólo es necesario aprender a leerlas. Y el Espíritu, con su don de ciencia, es el gran instructor de lectura.

(1405)

La gran dispersión

Jerusalén es el corazón del cosmos.

Como un corazón recoge la sangre del organismo, y, al atraerla a él, la bombea para que alcance a todo el cuerpo, del mismo modo, en Jerusalén, todo fue reunido para ser dispersado después.

Durante tres años, los hombres se arremolinaron en torno a Jesús. Subió el Señor a la Cruz, y la Historia entera de pecado de los hijos de Adán se dio cita en aquel cuerpo agonizante. Cuando sea levantado sobre la tierra–había dicho el Señor– todo lo atraeré hacia mí (Jn 12, 32).

 Y hoy, también en Jerusalén, el Hijo de Dios, resucitado, sube al Padre, mientras los creyentes, aventados por el Espíritu, se dispersan por toda la tierra. El Señor Jesús fue llevado al cielo… Ellos se fueron a predicar por todas partes. La ciudad de Dios es, ahora, el punto de partida de la gran dispersión: El Hijo vuelve al Padre, y la Iglesia llena la tierra.

Si te dejaste atraer al Calvario en Semana Santa, hoy, mientras contemplas cómo Cristo sube al cielo, pide el Espíritu, y deja que el Paráclito te convierta en apóstol ante quienes aún no conocen la mejor de las noticias.

¡En marcha!

(ASCB)

Pide a lo grande

Si pides, y recibes, te alegras. Pero, dependiendo de lo que hayas pedido, tu alegría será mayor o menor. Si pides la vez en la carnicería, y te dan la vez… Pues nada, a esperar que te toque. Y si pides un caramelo, y te lo dan, sonríes.

Pero las palabras del Señor indican algo infinitamente más grande: Pedid y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa. Una alegría completa no viene con cualquier dádiva. Jesús habla de pedir y recibir algo inmensamente valioso.

Viene la hora en que ya no hablaré en comparaciones, sino que os hablaré del Padre claramente. Se refiere al Espíritu Santo. Él es el que nos habla del Padre. Él es el que trae al alma la mayor alegría. Él es la noticia de Cristo impresa en lo más profundo de nuestros corazones.

Antes de ayer comenzamos el decenario al Espíritu Santo. Supongo que lo estás rezando. Pero, si no es así, te animo a que te unas, aunque sea en un octavario. Porque, en la medida en que pidamos el Espíritu durante estos días, en esa justa medida, lo recibiremos y nos llenaremos de alegría.

Por eso, puestos a pedir… ¡Pide a lo grande!

(TP06S)

Rezar, o haber rezado

Si la oración fuera un deber del cristiano, del mismo modo que pagar impuestos es deber del ciudadano, la satisfacción, más que en rezar, consistiría en haber rezado. Nadie disfruta pagando impuestos (salvo enfermedad); pero uno puede sentirse aliviado después de haber entregado la declaración del IRPF, pensando que se ha quitado un peso de encima (y unos cuantos euros). Del mismo modo, el «rezador» sentiría, durante la jornada, el peso de un deber no cumplido todavía («tengo que rezar»). Pero, después de hacer la oración, respiraría aliviado: «Ya he rezado. El resto del día, para mí».

Ahora bien, si la oración no es un deber, sino el mayor gozo de la vida, la satisfacción no consiste en haber rezado, sino en el mismo rezar. Volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría. En la oración, el Señor, por su Espíritu, viene al alma, y la llena de un gozo inefable. ¡Es tan dulce rezar! Muchas veces, ni siquiera es preciso decir nada; basta con escuchar en lo profundo del alma la voz sin palabras del Paráclito. Y, otras veces, es suficiente con mirar y ser mirado.

No. Definitivamente, rezar no es pagar impuestos.

(TP06V)