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Espiritualidad digital – Página 2 – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

En dos palabras: «Ut eatis»

«Ut eatis» significa «que vayáis». Es la versión latina de esta frase del evangelio:

Soy yo quien os he elegido, y os he destinado para que vayáis.

Aunque también podría traducirse de otra forma: «¡Marchaos!», «¡Fuera!», «¡Largo de aquí!»… Es decir: «Ut eatis!».

Cuando entras en el templo, Jesús te recibe con todo cariño. Te acoge en su corazón, se interesa por ti, te alimenta con su Cuerpo y su Sangre. Pero, una vez que has repuesto tus fuerzas, y te has llenado de su paz, Jesús levanta su cabeza, mira hacia las puertas del templo, y, señalándotelas con sus ojos, te dice: «Ut eatis!», «¡Venga, fuera, a dar la vida, a llenar la tierra con mi nombre, a padecer por mí, como yo he padecido por ti!». En dos palabras: «Ut eatis!».

Hazle caso, que para eso te ha elegido. El templo es hogar donde reponemos fuerzas, donde amamos y somos amados por Dios y los hermanos. Pero no debe ser refugio a donde huimos, escapando de las dificultades de la vida. Porque son, precisamente, esas dificultades las que te permitirán ser santo y mostrarle al Señor cuánto lo amas.

Otra vez, y ahora para ti solo: «Ut eas!».

(1405)

Entrando y saliendo a la vez

Toda puerta es de entrada, o de salida, según el sentido en el que la cruces. Lo difícil es encontrar una puerta por la que, al entrar, salgas.

Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos.

Cuando, de lejos, miras a la Cruz, ves la entrada a la morada oscura de la muerte. Te crees libre en tu vida, como en un espacio abierto. ¿Por qué cruzar esa puerta estrecha, y adentrarte en las tinieblas del dolor, donde tres clavos te impiden incluso moverte?

Te acercas un poco más, y contemplas la llaga del costado. Entonces reconoces tu primera equivocación: no es en la muerte donde entras. Si cruzas esa puerta, serás recibido en la intimidad de un corazón amorosísimo, y allí encontrarás tu morada. Entonces quieres entrar.

Pero, cuando has traspasado la puerta, un torrente de luz te desvela el mayor de tus errores: no has entrado, has salido. Ahora gozas de vida eterna, y el Cordero es tu luz. Caminas entre los pastos del cielo, y en ellos te alimentas con delicias divinas. Entonces, sólo entonces, te das cuenta de lo angosta y mezquina que era tu vida.

(TP04L)

Jamás permitas…

Cualquiera que haya conocido al Señor, y lo ame, se siente aterrado ante la posibilidad de pasar un solo minuto de su vida lejos de Él. Quienes no lo conocen huyen de Él, porque temen que Jesús les arrebate la libertad y la vida. ¡Pobres! No han entendido que la libertad y la vida son Él.

Antes de comulgar, en voz baja, el sacerdote pronuncia una oración del Misal que concluye así: «y jamás permitas que me separe de ti». ¡Con qué fervor pronuncia el presbítero esa oración! Él sabe que, sin Cristo, todo es muerte; pero, con Él, todo –hasta la muerte– es vida.

Y, sin embargo, esa unión con Cristo es de todo, menos pacífica. Constantemente, los vientos de la vida la amenazan: dificultades, agobios, tormentas, urgencias materiales, tentaciones de todo tipo… Abrazados a Jesús, no podemos evitar el vértigo ante la posibilidad de soltarnos, o de ser arrancados de su lado. ¡Cuánto nos confortan, entonces, las palabras con que Cristo, Buen Pastor, se refiere a sus ovejas!:

Nadie las arrebatará de mi mano. Nadie puede arrebatar nada de la mano de mi Padre.

¡Que así sea, Señor! ¡Jamás permitas que nada, ni nadie, me aparten de Ti!

(TPC04)

Espíritu y vida

Sagrada HostiaEl escándalo de los cafarnaítas, tras escuchar el discurso del Pan de vida, dejó a Jesús, prácticamente, sin discípulos:

Desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él.

¡Qué lástima! ¿Con quién irían, después de haber seguido al Hijo de Dios? Se apartaron de la Vida, y se unieron a esa triste multitud descrita en el salmo:

Son un rebaño para el abismo, la muerte es su pastor, y bajan derechos a la tumba (Sal 48, 15).

Pero aquel escándalo era fruto de su falta de fe. Cuando escuchaban pan de vida, pensaban en la vida de la carne, como si el pan que prometía Jesús, a semejanza del maná, fuese garantía del sustento material. Sin embargo, Jesús les dijo:

El Espíritu es quien da la vida; la carne no sirve para nada.

La vida eterna no la da la carne, sino el Espíritu, ese Espíritu que el Padre da al Hijo y el Hijo entrega a quien come su carne, bebe su sangre, y cree en su palabra:

Mis palabras son Espíritu y vida.

¿Tú qué quieres? ¿Vivir doscientos años en este mundo, o gozar, desde hoy y para siempre, de vida eterna?

(TP03S)

¡Oh, sagrado banquete!

pan de vidaA lo largo del discurso, Jesús fue provocando el escándalo de quienes lo escuchaban. Comenzó por señalarse a Sí mismo como verdadero pan del cielo. Más adelante, habló de la necesidad de comer su carne.

¿Cómo puede este darnos a comer su carne?

En lugar de echarse atrás, Jesús dio un paso más. E introdujo un nuevo motivo de escándalo: es preciso, también, beber su sangre:

Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida.

Lo que es escándalo para el judío, es delicia para el creyente. El alma, conforme avanza el discurso, se abisma en la dulzura de ese encuentro. La carne, la sangre… y, de nuevo, el Padre:

Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, del mismo modo, el que me come vivirá por mí.

Esa vida es el Espíritu, que rodea y, a la vez, llena al cristiano en la comunión, como la esponja es rodeada y llenada por el agua en que se sumerge. Por eso, el que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. ¡Qué abrazo tan dulce, en el que resultamos divinizados!

(TP03V)