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Espiritualidad digital – Página 2 – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

El pensamiento de la muerte

La obsesión con la muerte lleva a la locura. El pensamiento sereno de la muerte infunde sensatez. La ignorancia de la muerte provoca idiocia.

El cristiano no se obsesiona con la muerte, porque ya está obsesionado, y lo está con Cristo. Sin embargo, el cristiano cuenta con la muerte, piensa en ella, y la mira de frente, como quien mira la puerta de entrada al Hogar donde termina su peregrinación.

Es cierto, da miedo, ¿para qué negarlo? Si el propio Cristo se dirigió a la muerte sudando sangre, ¿qué esperamos nosotros? Pero el temblor queda en el cuerpo, porque el cuerpo, tras esa puerta, no ve nada; y la nada da miedo. El alma, sin embargo, iluminada por la fe, divisa una luz muy hermosa detrás de ese umbral; es la luz de los brazos amorosos de Dios, que esperan al cristiano para introducirlo en el Paraíso.

Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?

Cuando Jesús venga a buscarme, quiero que me encuentre lleno de fe. Por eso, debo vivir de fe. Es la mejor manera de asegurarme de morir con fe. Y no sólo con fe; también con esperanza. Quisiera morir de amor.

(TOI32S)

Para la puerta de tu nevera

Hay recordatorios que uno pega en la puerta de la nevera, para no olvidarlos jamás. Supongo que es un lugar tan socorrido, porque siempre acabamos abriéndola en los momentos de ansiedad. Dicen que Elizabeth Taylor se hizo fabricar una nevera parlante, que, cada vez que la abría, le insultaba: «Cow! Cow!» (es decir: «¡Vaca!»).

San Pablo pide a Timoteo que ponga a Jesucristo en la puerta de la nevera: Acuérdate de Jesucristo (2Tim 2, 8). Es un recordatorio maravilloso. Busca un crucifijo con un imán, y pégalo allí, junto al aviso que te ha puesto tu hijo para que le compres la Nocilla. Además, hoy el Señor te da un post-it no muy reconfortante, para que lo añadas a esa puerta, que ya parece una pizarra:

Acordaos de la mujer de Lot.

Esa pobre señora, por mirar atrás mientras se quemaban Sodoma y Gomorra, en lugar de mirar hacia delante, al camino que Yahweh le había señalado, quedó convertida en estatua de sal. Te voy a regalar una estatua de sal con imancito, para tu nevera. A ver si así no conviertes tu oración en despacho de urgencias, donde repasas tu apretada agenda, cuando deberías buscar el rostro de Dios.

(TOI32V)

Del cielo al cielo

hijo del hombreHace unos días, alguien me dijo: «Padre, he encontrado a Dios dentro de mí». Me alegré, porque gran parte de los cristianos tienen un cielo en el alma, y mueren sin haberlo encontrado. Tendrán que recorrer, más allá de la muerte, el camino hacia el cielo que no recorrieron en vida. A eso llamamos Purgatorio.

Mirad, el reino de Dios está en medio de vosotros. A ese lugar, en el centro mismo del alma en gracia, donde reina Dios, se refiere Jesús. Recógete y búscalo en el silencio. Cuando lo encuentres, atraviesa el umbral, y quédate a vivir allí, porque allí todo es alegría. Por fuera, en tu cuerpo, en tus afectos, y en el mundo, la muerte y el dolor van ganando terreno, porque es necesario que el cristiano –como Cristo– padezca mucho y sea reprobado por esta generación. Pero, mientras eso sucede, el hombre interior, refugiado en el cielo del alma, vive en permanente fiesta.

Recogido allí, en medio de las tribulaciones de esta vida, esperas a que Jesús vuelva. Y cuando toda carne, al fin, calle ante el Señor, serás revestido de gloria. Habrás pasado, de la dicha de la gracia, a la bienaventuranza de la gloria.

(TOI32J)

Catarros e ingratitudes

Quizá contemplas, en el evangelio, a aquel leproso a quien sanó el Señor; imaginas cómo se postró a los pies de Jesús, rostro en tierra, dándole gracias; y lo comprendes, porque había recibido un enorme favor del cielo a través de Cristo.

Sin embargo, terminas tu oración, y sigues tu vida, de pie, como si tal cosa. Y no te has dado cuenta de tú tienes mil veces más motivos que aquel leproso para vivir postrado a los pies de Jesús.

Repasa tu vida. Imagina lo que hubiera sido de ti, si Cristo no hubiese entrado en ella. ¿No te horroriza el mero hecho de pensarlo? Y, sin embargo, mira cómo es ahora, desde que vives cerca del Señor: tienes fe, rezas cada día, miras al crucifijo en momentos de dolor, recibes la misericordia de Dios en el sacramento de la Penitencia, comulgas cada mañana el Cuerpo y Sangre de Cristo… ¿No deberías vivir en una permanente postración agradecida?

Y, sin embargo, aún te quejas de lo poquito que no tienes, o de tus pequeños dolorcillos. Es como si aquel leproso, después de haber sido curado, le hubiera dicho al Señor: «¡La lepra me la quitaste, pero aún sigo acatarrado!».

(TOI32X)

Baja esos humos

Te lo han dicho muchas veces, pero, en ocasiones, parece que aun no te hubieras enterado: Dios no te debe nada.

¿Acaso tenéis que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado?

Sin embargo, mírate: en lugar de pedir, parece que le exiges a Dios que haga tu voluntad, incluso cuando tú no estás haciendo la suya. Si Dios no te obedece, te enfadas, piensas que no te escucha, levantas la cabeza al cielo pidiendo explicaciones: «¿Por qué me sucede esto a mí? ¡No merezco este trato!».

Anda, baja esos humos. Si, de verdad, supieras lo que mereces, cerrarías esa boquita y agradecerías estar sufriendo solamente «eso». Ahora, mira a Dios, y mírate a ti. Él te lo ha dado todo sin que lo merezcas. Te ha dado la vida, te ha dado la fe, perdona todas tus culpas, te alimenta con el Pan de vida… Y, por si fuera poco, te ha llamado para que trabajes a su servicio.

Procura hacer tú su voluntad, antes que exigirle que te obedezca. Y, luego, pide lo que quieras con humildad; no como quien tiene derecho, sino como quien, siendo indigno, se atreve a pedir porque sabe que Dios lo ama.

(TOI32M)