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Espiritualidad digital – Página 2 – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

La muerte de un cristiano

Vista desde aquí, la muerte de un cristiano se parece mucho a una vela que se apaga. El rostro del ser querido –su mirada, su expresión, su sonrisa– se pierde entre las sombras, y las mismas sombras atraviesan su frontera para envolver también a los vivos.

Es entonces cuando la fe te permite alzarte sobre las tinieblas y pasar al otro lado. ¿Cómo se ve, desde el cielo, la muerte de un cristiano?

Voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde yo voy estéis también vosotros.

Desde el otro lado de la Cruz, se ve a Cristo ascendiendo a la derecha del Padre, y llevando, en sus gloriosas llagas, su oración por el cristiano. El Padre besa las llagas del Hijo, y el Hijo vuelve. Mira al cristiano, le sonríe, toma su mano, y, el alma, extasiada, sale de la oscuridad de este mundo hacia la luz que mana el rostro de Cristo. La oración de la Iglesia la acompaña en ese viaje y la precipita hacia la claridad eterna del eterno Amor.

No hay nada malo en la muerte de un cristiano. Lo malo se queda aquí.

(TP04V)

Criados de tal Amo

En todas las parroquias tenemos personas que –¡pobrecitas!– sueñan con ser «alguien» es una especie de escalafón clerical. Los subes a leer la segunda lectura, y ya se creen los presentadores de un programa televisivo en «prime time». Los nombras responsables de algo, y ya se imaginan ser los presidentes de una potencia mundial. Da un poco de pena, pero así de pobre es la condición humana.

El criado no es más que su amo, ni el enviado es más que el que lo envía. Lo dice el Señor después de lavar los pies de sus apóstoles, realizando con ellos el trabajo del más humilde esclavo. Y, poco después de pronunciar estas palabras, colgaría de una cruz como el último de los hombres.

¿Entiendes lo que nos está diciendo?

«No vas a ser tú más que Yo; recuérdalo. Si quieres ser como Yo, debes hacerte el último, el esclavo de todos, el que todo lo sufre y en nada se queja, el que a todos sirve y nada pide a cambio. ¿Sueñas con ser alguien? ¡Rebájate! Obedece y sirve.

» Porque, si te haces como Yo al humillarte, también serás como Yo en la gloria que tengo junto a mi Padre».

(TP04J)

Carne de burro

De niño me enseñaron que «la carne de burro no es transparente». Era la forma en que pedían que me echase a un lado cuando me situaba entre el televisor y mis hermanos. Cruel, pero cierto. Y cuando estorbas, estorbas.

Nada más agotador que esas personas que parecen estar siempre levantando la mano, queriendo llamar la atención y actuando como si gritaran: «¡Miradme, miradme!». Si los tienes cerca, no te dejan fijarte en nada más que en ellos. Por eso acabas deseando tenerlos a cierta distancia, o darte la vuelta en cuanto levantan la mano.

El que me ve a mí, ve al que me ha enviado, dice el Señor, refiriéndose a su Padre. Y pienso yo que ojalá cada uno de nosotros, con nuestra forma de comportarnos y de tratar a los demás, pudiéramos decir: «El que me ve a mí, ve a Cristo». Si fuéramos transparentes a Él, tendríamos la seguridad de no ser carne de burro, sino de santo.

Ojalá quienes nos tratasen acabaran sabiendo poco de nosotros y mucho de Cristo. Claro que, para llegar a esto, nos haría falta una intensa vida de oración que nos llevara a identificarnos con Él, y mucha, muchísima humildad.

(TP04X)

Vivo tranquilo

Si Dios me hubiera prometido que voy a tener salud hasta que muera, y que los míos tendrán una existencia feliz hasta que mueran, y que hará buen tiempo hasta que muramos todos, tendría que estar agradecido, aunque sentiría mucha vergüenza cada vez que mirase un crucifijo. Por otro lado, todas esas promesas tendrían un final: «hasta que muera». Y, cuando muriese, ya no habría salud, ni buen tiempo.

Dios no me ha prometido eso. Y también se lo agradezco, porque me ha prometido algo infinitamente mejor: Mis ovejas escuchan mi voz (…). No perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano. Y es que lo que más temo es vivir lejos de Dios. Por eso me conforta el que el Buen Pastor me haya prometido que viviré junto a Él eternamente, y que nadie me apartará de su lado.

Eso no quiere decir que nadie lo vaya a intentar. Habrá tentaciones, sacudidas, dudas y dificultades. He temblado y sé que temblaré. Pero, si no dejo de escuchar su voz, si no falto a mi oración de cada día, no caeré. El propio Jesucristo, hijo de Dios vivo, me lo ha prometido. Y Él es fiel. Vivo tranquilo.

(TP04M)

Pedro, el lobo, y el asalariado

Me contaron de niño, como a vosotros, el cuento de Pedro y el lobo. Aquel pequeño pastor se excedió dando la voz de alerta, y creando una alarma innecesaria. Cuando, de verdad, llegó el lobo, nadie lo creyó. Había gritado demasiado. Pecó por exceso.

Pero también se puede pecar por defecto, y ese defecto se llama cobardía: El asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo las roba y las dispersa; y es que a un asalariado no le importan las ovejas. ¿Por qué meterse en líos? El asalariado quiere ser popular: adula los oídos de las ovejas, porque la feligresía suele agradecer que les hablen de la bondad de Dios, de su misericordia y su perdón, y de una cierta bondad innata en todos los hombres. Pero cuando el asalariado tiene que advertir contra el pecado, o proclamar la existencia del infierno, o poner en guardia a las ovejas contra el demonio, prefiere callar. Y eso es huir. No quiere ser tildado de apocalíptico, ni de antipático. Entonces el lobo tiene el campo libre.

Sólo el buen pastor alimenta a sus ovejas con la verdad.

(TP04L)

La voz del buen pastor

Resumo, porque seguramente conocéis la anécdota: Cuando el Cura de Ars fue a su parroquia por vez primera, preguntó a un niño por el camino al pueblo. Al llegar, le dijo: «Tú me has enseñado el camino a Ars; yo te enseñaré el camino al cielo».

Funciona cuando se lo dices a un niño. Cuando se lo dices a un adulto es más difícil. Son muchos quienes creen saber orientarse solos. Le piden al sacerdote que perdone sus pecados, pero no están dispuestos a dejarse guiar. Llevo más de veinte años dirigiendo almas, y apenas he encontrado a una sola que obedezca. Sólo sé esperar.

Las ovejas atienden a su voz. No lo olvidéis: si queréis llegar al cielo, debéis dejaros guiar por la voz del buen pastor. Y esa voz la escucharéis en la Iglesia, en los pastores que Él ha dejado a vuestro servicio para indicaros el camino. Leed las vidas de los santos, y comprobaréis cómo todos se sometieron a una dirección espiritual.

Elige un confesor que te entienda y a quien entiendas. Sométete a él, obedécele en todo cuanto tenga que ver con tu camino al cielo, y ten por seguro que no errarás el camino.

(TPA03)

¿A quién vamos a acudir?

Creo que es en «El sueño eterno» donde Humphrey Bogart le pide a Lauren Bacall que dé una vuelta en torno a él. Cuando «la flaca» ha terminado la ronda, Bogart le pregunta: «¿Has tropezado con alguna cuerda que me ate?».

¿También vosotros queréis marcharos?, pregunta Jesús a sus apóstoles después de que Cafarnaúm entera lo abandonase. Cualquiera de ellos podría haber dicho que sí, y haber puesto rumbo de vuelta a su casa, y Jesús no hubiera movido un dedo para retenerlos, como no lo movió cuando el joven rico le dio la espalda.

No se sigue a Cristo por la fuerza. Quienes lo amamos no estamos atados con cadenas a Él, ni hay cuerdas que limiten nuestra libertad. Nos unen a Jesús los lazos libérrimos y dulces del amor, nada más. Podríamos vivir de otro modo, podríamos actuar como quienes no creen, y podríamos darle la espalda en cualquier momento… Pero no queremos.

Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna. Lo que nos sucede a quienes lo seguimos es que, tras haber gustado su Amor, todas las seducciones del mundo y de la carne nos parecen muerte y amarguras. Ya sólo deseamos Cristo.

(TP06S)

Lo único que da vida al hombre

Sé que es duro decirlo, pero ¿cómo ser blando mientras glosas un sermón que a Jesús le costó quedarse sin discípulos? ¿No sería cobardía?

Suene como suene, diré que todo cuanto hace el hombre, desde que se levanta hasta que se acuesta, le quita la vida; es decir, lo mata poco a poco. No basta decir que «fumar mata». Vivir mata. Trabajar cansa, los placeres se pagan –algunos a buen precio–, tener hijos envejece, el deporte desgasta… En cuanto a comer y dormir, no hacen sino aplazar la sentencia de muerte que pesa sobre el hombre. No dan vida; simplemente difieren el desenlace.

Lo único que da vida al hombre sobre la faz de la tierra es comulgar. Comulgar convierte en vida la misma muerte, y hace que trabajar, gozar, tener hijos, hacer deporte, comer y dormir se conviertan, también, en vida eterna cuando son prolongación de la Eucaristía.

Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. No soy yo quien lo dice; yo, simplemente, lo gloso. Quien lo dice es Dios encarnado, el Único que da vida eterna al hombre alimentándolo con su cuerpo y su sangre.

(TP03V)

Los dones de Dios, y Dios mismo

El maná, que los hebreos comieron en el desierto durante cuarenta años, era un don excelso de Dios. Pero Jesús, al referirse a la Eucaristía, a la vez que la compara con aquel alimento, marca entre ambos una diferencia abismal: mientras el maná era un regalo del Altísimo, la Eucaristía en Dios mismo que se entrega.

Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron (…) El que coma de este pan vivirá para siempre.

«Señor, concédele trabajo a mi hijo… Señor, sana a mi padre de esta enfermedad… Señor, pon paz en mi matrimonio» … Hacéis bien en pedirlo, y Dios sabrá daros cuanto necesitéis. Pero no os apeguéis a los dones de Dios, porque esos dones, ni os harán santos, ni os darán vida eterna. Simplemente, os harán más fácil el paso por esta tierra. Y, si Dios no estima oportuno concederos cuanto pedís, no se lo reprochéis; es que no lo necesitáis.

Apegaos, sin embargo, con todas vuestras fuerzas, a Dios mismo entregado por Amor. Porque Él es vuestra salvación y vuestra vida: «Señor, que no pase yo un solo día sin comulgar… Señor, que jamás me separe de ti». ¡He ahí la oración más valiosa!

(TP03J)

El síndrome de Tomás

Podríamos muy bien llamarlo «el síndrome de Tomás»: lo que no veo y no toco, no existe. Bajo esta mentalidad se oculta una triste antropología: soy un cuerpo dotado de mente; nada más. Un animal evolucionado capaz de procesar datos de experiencia empírica. Lo más parecido a un híbrido entre el animal y el ordenador.

Felipe le dice: «Señor, muéstranos al Padre, y nos basta». Jesús le replica: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe?».

También Felipe pensaba que la única forma de ver al Padre consistía en que se hiciese visible a los ojos. Pero Jesús emplea el verbo «ver» dos veces, y marca un abismo entre ellas: Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre. «Mientras me ves a mí con los ojos del cuerpo, verás al Padre con los ojos del alma, con la fe. Tienes alma, Felipe, no eres un animal ni un ordenador».

Creo haberlo escrito hace poco: los sentidos marcan sólo el inicio del camino, pero la relación con Dios, en este nuevo orden abierto desde la Pascua, se establece en el espíritu.

Es consolador que tanto Tomás como Felipe sean santos. El «síndrome de Tomás» se cura.

(0305)