Lirbos de José-Fernando rey ballesteros

Espiritualidad digital – Página 2 – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

Ve a mis hermanos

El arte ha representado a María Magdalena abrazada a los pies de Cristo crucificado. Tiene sentido: Ella aparece siempre asociada al cuerpo del Salvador. Se postra a sus pies, lo unge para la sepultura, busca con amor inextinguible ese cuerpo después de muerto y, cuando lo encuentra, vuelve a echarse a sus pies para abrazarlos. Parece que, para ella, sin cuerpo no hay amor; y si hay cuerpo, aunque ese cuerpo haya muerto, el amor pervive. María Magdalena es profundamente eucarística. ¿Acaso no buscamos nosotros, en cada misa, ese mismo cuerpo?

De repente, un acorde rompe la armonía del impulso de la Magdalena, e instaura una armonía nueva. Cuando María se lanza a los pies de Cristo, Jesús dice: No me retengas… Pero, anda, ve a mis hermanos y diles: «Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro».

Lo mismo nos sucede en cada misa, en cada visita de oración al sagrario, en cada encuentro con ese cuerpo al que adoramos. En un momento dado, el Señor nos envía: «Id en paz, no os quedéis aquí, que aún no estamos en el Cielo, id a anunciar a los hombres el Amor con que los amo».

(2207)

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Verdadero, aunque prohibido

Ahora está prohibido decir que hombre y mujer somos distintos; te pueden llamar machista por eso y, si te descuidas, te borran la cuenta de tu red social, te acusan de un delito de odio y te queman en la hoguera pública. Pero los cristianos sólo obedecemos a la Verdad, y la verdad es que hombres y mujeres somos distintos. Hasta en el amor, la mujer es quien acoge, y el hombre quien siembra. Ese precioso diálogo convierte a la pareja en imagen de Dios.

Cristo es varón porque es Esposo. Y la Virgen mujer, porque es madre y figura de la Iglesia. El alma cristiana es también esposa de Cristo. Cristo entra en ella, siembra en ella su semilla, y el alma acoge al Esposo y recibe la semilla con reverencia y gozo.

Salió el sembrador a sembrar… Otra parte cayó en tierra buena y dio fruto.

Ya ves: la santidad consiste más en recibir que en hacer. Cristo es quien hace, y nosotros acogemos su Espíritu. Como la tierra recibe su semilla, como Marta acogió en su casa al Salvador…

¿Escuchas la palabra de Dios? ¿Procuras recibir formación cristiana? ¿Atiendes a la homilía? ¿Acoges los consejos del confesor?

(TOI16X)

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Misterios de un amor divino y humano

Esa visita frustrada de la Virgen, resuelta en la negativa de Jesús a recibir a su madre, siempre nos revuelve por dentro. Hubiéramos esperado otra cosa: que Jesús se levantara, dejase a sus discípulos allí sentados a la espera, y fuera a darle un beso y un abrazo a María, para después sentarla a su lado durante el resto del sermón. Pero lo cierto es que no fue así.

– Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren hablar contigo. – ¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Estos son mi madre y mis hermanos.

Cristo marcó con su madre distancia muy dolorosa. Apenas vemos a la Virgen en la vida pública. Luego, cuando todos huyan, María reaparecerá en el Calvario, y esa distancia y ese amor serán terribles: la Madre acompaña al Hijo, pero no lo toca hasta que ha muerto.

Es todo un misterio ese amor profundo entre Cristo y María, que se resolvió en dolor, y dolor dulce. Desde los doce años del Señor, para ellos amar fue sufrir.

Con todo, esa distancia también la ha marcado Jesús con nosotros. No recibirás un beso del Señor en esta vida. Pero compartirás su Cruz. ¿Qué une más?

(TOI16M)

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Señales

No te aconsejo que vayas por la vida pidiéndole señales a Dios.

«Señor, si quieres que vaya a visitar a mi suegra, dame una señal. Haz que pase un coche rojo… Bueno, ése que ha pasado es más bien magenta. Creo que no iré. ¡Gracias, Señor!»

«Señor, si te parece bien que compre un coche nuevo, dame una palabra. Abriré la Biblia por una página al azar». Entonces sale el libro de los Macabeos: Cuando Judas se enteró de la crueldad cometida con sus compatriotas, se lo anunció a sus hombres (2Mac 12, 5)… «Para anunciarlo necesitaría coger el coche. ¡Voy al concesionario! ¡Gracias, Dios!».

Parece de risa. Pero, a la vez, es muy real. En ocasiones, nuestras vidas se vuelven comedias.

Esta generación perversa y adúltera exige una señal. No seas adúltero y perverso. Además, no deberías jugar con esas cosas. ¿Piensas que no puede el Maligno hacer pasar un coche rojo, o abrirte la Biblia por donde quiera, como hizo con Jesús en el desierto?

Si dudas sobre la voluntad de Dios, mejor consulta al confesor. Y te adelanto que, en gran parte de las ocasiones, te responderá: «Dios quiere que hagas lo que te dé la gana».

(TOI16L)

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Consejos para un veraneo perfecto

Este domingo de julio nos regala un evangelio muy veraniego:

Venid vosotros a solas a un lugar desierto a descansar un poco. ¡Cuántos de vosotros habréis salido de vuestras casas para buscar ese lugar tranquilo donde descansar!

Claro que esos deseos estivales no siempre se cumplen. Un disgusto familiar, un catarro, un vecino armado con una sopladora que limpia su jardín a la hora de la siesta… O, simplemente, el descubrimiento de que no hacer nada es aburridísimo. ¡Pobre de ti!

Aquí te apunto unos consejos para que tú descanses de verdad.

– Toma el Sol. Busca una iglesia en tu lugar de veraneo. Visítala cada mañana para hacer un rato de oración y deja que el Sol, que es Cristo, tueste tu alma antes de que el sol de la playa achicharre tu piel.

– Aliméntate bien. Comulga diariamente. La paella vendrá después. Y estará más rica.

– Ponte en forma. Acude a confesar, que con tanto pecado encima anda el alma a rastras. Deja que la gracia divina la rejuvenezca, y verás lo ágil que te sientes.

En definitiva: si quieres descansar de verdad, no te conformes con que el cuerpo descanse. Practica el descanso integral: cuerpo y alma. Volverás «nuevo».

(TOB16)

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Encima de muerto, tonto

¿Te has dado cuenta de que, cada vez que alguien se muere, al dar o recibir la noticia intentamos alejar de nosotros el fantasma del «fatal desenlace»? «Fumaba mucho»… «Estaba muy gordo»… «No hacía nada de deporte»… «Era muy mayor»… «No se cuidaba»… Por si no fuera suficiente con morirte, van tus deudos y te echan la culpa.

Tomemos, no obstante, la parte de verdad que hay tras todos esos comentarios. El quinto mandamiento también nos incluye a nosotros mismos. Debemos cuidarnos, para que sepamos, cuando llegue nuestra hora, que es la hora fijada por Dios, y no por nuestra irresponsabilidad.

Los fariseos planearon el modo de acabar con Jesús. Pero Jesús se enteró, se marchó de allí y muchos lo siguieron. Él los curó a todos, mandándoles que no lo descubrieran. Si huyó de quienes querían matarlo, y mandó a los enfermos que no lo descubrieran, fue para no morir antes de tiempo. Sólo cuando se vio cercado por la muerte, sin posibilidad humana de escapatoria que no conllevara ser infiel a su misión, entregó la vida.

Cuídate. No conviertas el cuerpo o la salud en ídolos. Pero, en la medida de tus posibilidades, cuídate. Te lo pide Dios.

(TOI15S)

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Salvados por una mirada

Se comprende muy bien que los santos hayan rezado y predicado tanto sobre la misericordia de Dios. Ellos, mejor que nadie, sabían que es esa misericordia la que, al final, nos salva. La mano con la que Dios nos recoge y nos redime, esa mano llagada que fue tendida en la Cruz, se llama misericordia.

Si comprendierais lo que significa «quiero misericordia y no sacrificio», no condenaríais a los inocentes. En estas palabras, dirigidas a los fariseos, la misericordia se nos revela, sobre todo, como una forma de mirar.

Los fariseos miraban a los discípulos mientras éstos arrancaban las espigas en sábado, y pensaban: «Están quebrantando la Ley». Jesús, sin embargo, los miraba y pensaba: «Pobrecitos, qué hambre tienen». Es el ejemplo más claro de una mirada misericordiosa.

Los ojos del Señor estaban bañados en esa ternura. Más adelante, ya desde lo alto de la Cruz, mirará a sus verdugos y exclamará: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen (Jn 23, 34).

Pídele prestados sus ojos al Señor. Los necesitas. Así mirarás a quien te hace sufrir y, en lugar de pensar: «¡Qué mal me trata!», pensarás: «¡Pobrecillo! Si no estuviera sufriendo tanto, no me haría sufrir a mí».

(TOI15V)

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