Evangelio 2022

Espiritualidad digital – Página 2 – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

Sobre cómo escuchar a Dios

No todas las ovejas pertenecen al rebaño del buen pastor. ¿Cómo hará Él para separar las suyas y llevarlas a las verdes praderas de su reino? Simplemente, abrirá sus labios y las llamará.

Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen.

Tan sencillo como eso… O tan difícil.

Si estás esperando a escuchar, como Abrahán o como Samuel, una voz venida del cielo que te saque de la cama a medianoche, lo más seguro es que esa voz sea la de tu hijo pequeño que no puede dormirse y te pide agua. Pero no te garantizo que vaya Dios a pronunciar tu nombre haciendo temblar las paredes del dormitorio.

La voz del Señor la escuchas abriendo los santos evangelios. ¿Qué más quieres, si allí está cuanto Jesús ha querido decirte? Léelos despacio, dejando que esas palabras resuenen en lo profundo del alma, y estarás escuchando al buen pastor.

Y, si quieres más… Entonces, calla. Quédate en silencio ante el sagrario, y en ese silencio escucharás el silencio de Dios. Acógelo, y te dirá aquello que no pudo ser escrito en los evangelios, porque la única palabra que lo expresa es el silencio amoroso de Jesús.

(TP04M)

Esa vida que se desborda

Desde el domingo de resurrección, no ha cesado de aparecer en la liturgia la palabra «vida». Dios envió a su Hijo –dijo Cristo a Nicodemo– para que quienes creen en Él tengan vida, Él es el pan que baja del cielo y da vida al hombre, y Él es –escuchamos hoy– el buen pastor que ha venido para que sus ovejas tengan vida, y la tengan abundante. Estamos ya en la cuarta semana de Pascua, y la vida mana a borbotones desde ese manantial sagrado de la liturgia.

Se trata de una vida nueva, que no se identifica con el latir del corazón, sino con el gozo del alma en gracia. Muchos, cuyos corazones dejaron de latir hace años, disfrutan esa vida para siempre. Y muchos, cuyos corazones laten sin parar por las calles y avenidas, sin embargo, están muertos.

¿Y tú? ¿Qué vida estás viviendo? ¿Gozas de esa vida nueva, notas su alegría en tu alma, saboreas ese aire fresco del Espíritu? ¿O sigues atrapado en esa vida antigua que desemboca en la muerte? ¿Cuáles son tus penas y alegrías, las de ayer o las de este hoy eterno que Cristo ha abierto para ti? Si aún duermes… ¡Despierta!

(TP04L)

Chicos buenos y ovejas de Cristo

ovejasEl mejor retrato de lo que es un discípulo de Cristo lo dibuja el propio Jesús en la alegoría del Buen Pastor:

Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna.

Un discípulo no es un «chico bueno». El joven rico (¿te acuerdas de él?) era un chico bueno. Rezaba, cumplía los mandamientos, y no salía de botellón por las noches. Pero existe una enorme diferencia entre el discípulo y el buen burgués que reza y cumple. El buen burgués reza, pero él decide cuánto (en ocasiones, muchísimo, incluso «más de la cuenta»). Da limosnas, a veces cuantiosas, pero él decide el importe, y ya puede la Iglesia estarle agradecido. Cumple los mandamientos –¡faltaría más!–, y así piensa que se ha ganado el cielo. Su religiosidad está tan controlada como el resto de su vida. Controlada por él, claro.

La oveja, sin embargo, es pura necesidad. El pastor la guía, le da de comer, la saca del establo y le muestra el camino. Ella, más que hacer, se deja cuidar. Y es que, mientras el burgués dice a Dios: «Haré esto», el santo pregunta: «¿Qué quieres que haga?».

(TPC04)

La respuesta de Simón Pedro

Cuántos santos, cuántas vírgenes, cuántos mártires hubieran respondido a Jesús con las mismas palabras y la misma sinceridad de Simón Pedro:

– ¿También vosotros queréis marcharos?

– Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna.

Años antes, cuando Simón no era sino un rudo pescador de Galilea, hubiera sabido bien a quién acudir en caso de apuro: a su hermano, a sus compañeros de trabajo, a sus amigos, a su familia… ¡a su suegra! Al fin y al cabo, a ellos acudía cada jornada, al terminar el trabajo, y con ellos descansaba, reía y discutía. Pero una mañana, cerca del Jordán, conoció a Jesús, y lo amó de tal forma que ya no podía concebir su vida sin Él.

Es cierto. Son millones los seres humanos que viven sin Cristo. Y la vida se les hace más o menos soportable, porque no lo han conocido nunca. Pero, una vez has conocido a Jesús, y has gustado aunque sólo sea una gota de su Amor en el paladar del alma, la mera idea de pasar un minuto sin Él se vuelve insoportable.

Díselo tú también: «Señor, ¿a quién acudiré si no te tengo? No permitas que viva sin Ti».

(TP03S)

Una prueba de fe

Para los judíos que escucharon el discurso del pan de vida, las palabras de Jesús suponían una auténtica prueba de fe en Él. Cuanto el Señor había dicho parecía contradecir la enseñanza de Moisés, según la cual el hombre se salva por el cumplimiento de la Ley. Aquel rabí, sin embargo, hacía residir la salvación del hombre en algo tan tosco y tan prosaico como comer. Y en eso hubiera quedado todo, en algo tosco y prosaico, de no ser porque el alimento que Jesús ofrecía era nada menos que su carne y su sangre. Aquello les parecía brutal:

En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros.

Desde niños nos hemos acostumbrado a comulgar, y por eso estas palabras no nos escandalizan. Pero tratad de poneros en la piel de aquellos hombres. ¿Hubierais aceptado este discurso? Yo sólo lo hubiese aceptado si antes creyera que quien habla es el Hijo de Dios. Y, entonces, habría entendido que no tengo que ganarme el cielo; sólo tengo que dejarme amar y alimentar por Él, como se deja un niño amar y alimentar por su madre.

(TP03V)

Come, y vivirás

El discurso del pan de vida prosigue su caminito, y de los ojos pasamos a los labios. Aparece, por vez primera, el verbo «comer»:

Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron; este es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. El que coma de este pan vivirá para siempre.

Si los hebreos comieron el maná y murieron, fue porque aquel alimento estaba destinado al vientre. Nuestros contemporáneos comen tres veces al día y también mueren. Da igual que coman pan duro o langosta; la muerte los alcanza siempre.

Pero Cristo, Hijo de Dios encarnado, además de compartir con nosotros la biología, vive otra vida que es para siempre. Y ese para siempre no es una mera prolongación del ciclo biológico a través de cientos de años solares. Para siempre significa «para Dios», para la eternidad. Como escapa el pájaro de la trampa del cazador, esa vida escapa de la cárcel del tiempo y descansa en el Padre.

Quien come de su pan es alzado a su vida. Y vive ya en el cielo, aun cuando sus pies sigan clavados en tierra.

(TP03J)

Mira y cree

EucaristíaEn la primera parte del discurso del pan de vida, la mirada de los ojos despierta en el alma otra mirada: la de la fe. El camino comienza en la carne, pero no se detiene allí. Una vez que los ojos han llevado al alma hasta su frontera, ella prosigue su camino, dejando al sentido clavado en la carne y adentrándose en el misterio, del mismo modo que el jinete deja el caballo atado a un poste junto a la orilla para zambullirse en las aguas.

Me habéis visto y no creéis… Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna.

Miramos con fe a la sagrada Hostia, y dejamos los ojos colgados de su blancura. El alma, entonces, contempla y exclama: «¡Señor mío y Dios mío!». Es sólo el primer paso, el que la separa de la orilla. Después viene el silencio, un silencio lleno de luz y de vida en que Cristo y el alma se abrazan sin tocarse.

Cuando el sacerdote, tras consagrar, alce la Hostia, y cuando te la presente mientras te dice: «El cuerpo de Cristo», antes de devorarla, mira. Mira y cree.

(TP03X)

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