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Espiritualidad digital – Página 3 – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

Cadenas de muerte y lazos de amor

Caminamos hacia el Calvario. Allí, el Hijo de Dios entregará su cuerpo para liberarte de las cadenas que te atan. Si el Hijo os hace libres, seréis realmente libres.

¿Conoces tus cadenas? Mira que, si no las conoces ni las detestas, difícilmente podrás ser librado. La Cuaresma es, también, un ejercicio de odio al pecado que esclaviza. Todo el que comete pecado es esclavo.

Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres. ¡Qué paradoja! Precisamente, el conocer la verdad sobre tus ataduras será lo que te lleve a buscar, en la Cruz, esa misericordia por la que serás liberado. No tengas miedo a verte como eres.

Hay cadenas de hierro: la lujuria, la ira, la gula… Esas cadenas son fáciles de ver. Muy ciegos tienen que estar el lujurioso, el alcohólico o el iracundo para no saberse esclavos.

Me asustan más las cadenas de seda: esa soberbia revestida de justicia; esa vanidad revestida de piedad; esa murmuración revestida de buenas intenciones; esa autosuficiencia revestida de humildad…

Pídele al Espíritu Santo luz para conocer y odiar tus ataduras. Así, cuando lleguemos al Gólgota, serás liberado de ellas, y, a cambio serás unido para siempre a Cristo con lazos de amor.

(TC05X)

¿De dónde eres?

La distancia que marca Cristo con los fariseos es, por abismal, casi infranqueable:

Vosotros sois de aquí abajo, yo soy de allá arriba; vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo.

Quedó patente cuando llegó la hora decisiva: Cuando levantéis al Hijo del hombre, sabréis que «Yo soy». En ese momento, cada uno demostró de dónde era. Los fariseos rechazaron la vida eterna ofrecida por Dios, y crucificaron al Santo venido del cielo, para no perder sus privilegios y sus pobres consuelos de la tierra. Jesús, en cambio, renunció a su vida terrena, a su honra, a su salud, a su cuerpo y a su sangre para volver al cielo, con su Padre, y obtenernos vida eterna.

No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo (Jn 17, 16). Esto dijo Jesús de sus apóstoles. ¿Eres tú uno de ellos? ¿Eres de aquí abajo, o eres de allá arriba?

¿Qué haces cuando tienes que quedar mal para dar testimonio de Cristo? ¿Qué haces cuando tienes que renunciar a tu descanso para servir a Dios en el prójimo? ¿Qué haces cuando tienes que perderte esa serie de televisión para dedicar tiempo a la oración?

¿De dónde eres?

(TC05M)

La pregunta del millón

Poco antes de morir, mientras cenaba Jesús con sus discípulos, Felipe le pidió:Señor, muéstranos al Padre y nos basta (Jn 14, 8).

Es la pregunta del millón. También los fariseos le dijeron: ¿Dónde está tu Padre?

Todos queremos ver al Padre. Todos queremos saber dónde está. Todos quisiéramos, como el hijo pródigo, que nos indicaran un lugar al que dirigirnos para levantarnos e ir adonde está nuestro Padre, y un rostro que besar, para pedirle perdón.

Pero, al Padre, ni se le puede ver, ni se le puede situar en un lugar. Es el Hijo quien le ha dado a Dios un rostro humano, y quien puede ser encontrado en todos los sagrarios de la tierra.

Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre.

No hay acceso al Padre si no es por Cristo, con quien comparte un solo Espíritu y con quien conforma una sola divinidad.

¿Tú quieres conocer al Padre? ¿Quieres tener noticia de su Amor? Acude al sagrario, abre el Evangelio, contempla la vida de Jesús y sondea su sacratísimo corazón. La fe y el amor te llevarán, entonces, a Dios Padre. Y, cuando quieras darte cuenta, el Espíritu estará gimiendo en ti: «¡Papá!».

(TC05L)

De rodillas se confiesa mejor

En mis años de sacerdocio, nunca he sido demasiado remilgado con las formas a la hora de absolver a un pecador. En cierta ocasión, mientras paseaba, alguien detuvo su automóvil a mi paso y me pidió que le confesara. Allí mismo, en plena calle, escuché su confesión y le absolví. También he confesado a jóvenes en el patio del colegio, y a excursionistas con mochila mientras subíamos una montaña. La confesión es sacramento de urgencia, y no es cuestión de poner trabas a quien busca el perdón de Dios.

Sin embargo, es maravilloso estar de rodillas mientras se confiesa y se recibe la absolución sacramental.

Y quedó solo Jesús, con la mujer en medio, que seguía allí delante. Jesús se incorporó. –¿Ninguno te ha condenado? –Ninguno, Señor. –Tampoco yo te condeno, anda, y en adelante no peques más.

Míralos a los dos: Jesús en pie, y la mujer postrada. Hasta que, al ser alcanzada por el perdón, se levanta para emprender una nueva vida.

Lo maravilloso de arrodillarse para confesar no es sólo la humildad de quien se postra para reconocer su culpa. Es, también, la alegría de ser levantado por la misericordia de Dios para emprender una vida nueva.

(TCC05)

El robo de la Ley

Las palabras dirigidas por los fariseos a aquellos soldados que había quedado prendados de Jesús eran terribles:

¿También vosotros os habéis dejado embaucar? ¿Hay algún jefe o fariseo que haya creído en él? Esa gente que no entiende de la ley son unos malditos.

El hecho de pensar que el estudio de la Ley pudiera alejar a los hombres del propio Hijo de Dios produce escalofríos. Por lo que a ellos se refería, sus palabras eran verdaderas: quienes pasaban la vida estudiando la Torah rechazaron a Cristo, mientras los publicanos y meretrices, que nada sabían de la Ley, se rindieron ante Él.

Por sobrecogedor que resulte, el estudio de la ley divina puede alejar al hombre de Dios. Sucede cuando los preceptos del decálogo, en lugar de leerse y venerarse como un camino que conduce al Padre, se utilizan como instrumento para obtener un interés personal. El joven rico cumplía la Ley, y rechazó a Cristo.

Haces el bien… para que te lo agradezcan; para sentirte a gusto contigo mismo; para considerarte mejor que los demás; para que te alaben; para dormir tranquilo; ¡para no ir al infierno!

Devuélvele a Dios la Ley. Haz el bien para besar a Dios.

(TC04S)