Evangelio 2022

Espiritualidad digital – Página 3 – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

La Cruz de Cristo es la paz del hombre

muerteLa fiesta que hoy celebramos se llamó, originalmente, la «invención» de la Cruz. Pero el cambio ha sido a mejor, y celebramos la «exaltación» de la santa Cruz. Porque Cristo, en el evangelio de Juan, habla varias veces de su crucifixión como un ser «levantado» o «elevado». Así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. ¡Qué gran desquite! ¿Quién podrá contra la majestad de Cristo? Quisieron los hombres humillarlo y arrastrarlo por tierra y, en lugar de eso, lo elevaron sobre toda criatura. Leed a san Pablo, y veréis al Crucifijo en el centro del Cosmos, atrayendo hacia Sí con enorme poder a los planetas, los astros, los coros de los ángeles y, sobre todo, los corazones de los hombres.

Dice el Apóstol, señalando al Crucifijo: Él es nuestra paz (Ef 2, 14). Y, con todo, muchos, incluso entre quienes se dicen «cristianos», andan como enemigos de la cruz de Cristo (Flp 3, 18). Rezan y miran al Cielo, pero cuando, en su camino, aparece la Cruz, huyen. A ellos les digo: reconciliaos con la Cruz, con vuestra cruz, y hallaréis la paz.

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¡Levántate!

¡Qué gran intuición, la de los habitantes de Naín, tras ver resucitar al hijo de aquella viuda! Dios ha visitado a su pueblo.

Es cierto. Dios ha visitado a su pueblo. Y se ha quedado. El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban en tierra y sombras de muerte, y una luz les brilló (Is 9, 1).

En el sacramento de la Penitencia, y en la sagrada Comunión, sigue realizando en las almas mayores milagros de los que antes realizaba en los cuerpos. A quienes estábamos muertos por el pecado, nos toca. Revestido de nuestra carne, y devorado por nosotros, nos dice: ¡Muchacho, a ti te digo, levántate! ¿No lo escuchas en cada absolución, o cada vez que comulgas? «¡Levántate! No te conformes con abrir la boca y recitar unas oraciones. ¡Levántate! Abre los ojos a la vida eterna. Ya es hora de despertar del sueño (Rom 13, 11)».

Porque los sacramentos, muchas veces, nos encuentran dormidos. Y esa visita del Señor es la visita de una madre que despierta a sus hijos. Y así, comunión a comunión, llegaremos a la última, al viático. Y en ese ¡levántate! Nuestros ojos se abrirán del todo a la luz.

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Si fuéramos temerosos de Dios…

Deberíamos hablar más sobre el don de temor. No está de moda. No tememos a Dios, pero tememos al covid, tememos a la guerra, tememos a la factura de la luz, tememos a Hacienda y tememos, sobre todo, a la muerte. Si fuéramos más temerosos de Dios, quizá seriamos menos esclavos de miedos estúpidos.

Señor, no te molestes, porque no soy digno de que entres bajo mi techo.

No confundas el temor de Dios con el miedo al castigo. Quien teme a Dios sabe que Dios le ama, y que no hay pecado que no pueda perdonarle. Pero se sabe indigno de tan grande Amor, y por eso tiembla. Una falsa humildad podría llevarlo a alejarse de Él, pero el temeroso de Dios no se aleja, porque más teme vivir sin Él. Se deja abrazar y se estremece.

Si fuéramos más temerosos de Dios, acudiríamos dignamente vestidos al templo. Nuestras genuflexiones serían elegantes, palaciegas. Temblaríamos sobrecogidos por dentro durante la consagración. Y comulgaríamos con tal fervor que resultaríamos abismados en el Amor de Cristo. Por algo pone la Iglesia en nuestros labios, antes de comulgar, la oración del centurión.

Si fuéramos temerosos de Dios, piedad y asombro serían lo mismo.

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Un tonto que se salva, y un soberbio que se pierde

Teniendo en cuenta que nadie es bueno sino sólo Dios (Lc 18, 19), habrá que decir que aquel padre tenía dos hijos malos: uno listo y otro necio. Como aquellas diez vírgenes, cinco prudentes y necias otras cinco. El necio pensó que podría vivir sin su padre. Y, tras pedirle la herencia, se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. El listo sabía que «como en casa, en ningún sitio». Pero se aburguesó, se llenó de soberbia y se vació de amor.

La diferencia con las diez vírgenes reside en que, en esta parábola, es el necio quien se salva y el listo quien se pierde. Porque el necio, golpeado por la vida y sin el auxilio de su padre, entra en razón a su modo y vuelve a casa arrepentido. El listo, sin embargo, se pasa de listo, se cree perfecto y se permite juzgar a su padre y a su hermano.

Está claro que tiene mejor remedio la estupidez que la soberbia. Tú no caigas en la una ni en la otra. Ama a Dios más cada día y, si le fallas, no esperes para pedir perdón. Lo encontrarás con los brazos abiertos.

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La falsa mística

Sucede en ocasiones: una persona que ha vivido sin Dios se encuentra repentinamente con Él y se lanza de cabeza a la piedad. En muy poco tiempo, lo ves arrodillado durante horas en la iglesia, y se ha unido a varios grupos de oración. Quien, hasta hace muy poco, era ateo te habla de Dios como si ya hubiera alcanzado las cumbres de la vida espiritual… ¿Tan deprisa? Hasta que te acercas, y te das cuenta del engaño. Es incapaz de levantarse a su hora, hace mal su trabajo, llega tarde a las citas, descuida el aseo personal…

La falsa mística. Le es fácil al alma subir hasta las cumbres cuando se deja al cuerpo en tierra. Libre de ese peso, el alma vuela. Se trata de una mística sin ascética: no hay mortificación, ni penitencia, ni lucha interior, ni abnegación. Sólo sentimentalismo religioso.

¿Por qué me llamáis «Señor, Señor», y no hacéis lo que os digo?

Recoge la vida, por favor, y carga con ella. Toda esa oración tan intensa y elevada conclúyela con un propósito: «¡Oh, Jesús mío, cuánto te adoro!… y mañana me levantaré a la hora en punto». Así sí. Irás más despacio, pero llegarás entero.

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Por la vergüenza, a la santidad

Ojalá no lo olvidásemos nunca. Deberíamos grabar la frase en piedra o, al menos, en uno de esos imanes que la gente pone en la nevera para mirarlo cada vez que va Mariano a buscar la chocolatina:

No está el discípulo por encima de su maestro.

Junto a la frase, un crucifijo. Para que lo mires y recuerdes tu sitio. Dice santo Tomás que la santidad reside en amar lo que Cristo en la Cruz amó y despreciar lo que, subido al Leño, despreció el Señor.

Y si, antes de abrir la nevera, lees la frase y miras el crucifijo… ¿cogerás la chocolatina? Unas veces sí, y otras no, porque no habla Jesús del chocolate. Aunque nada de tu vida queda fuera de ese lema. Pero, más que de gula, examínate de vergüenza.

Ojalá sientas vergüenza si ves que no te privas de nada, mientras a Él lo han privado de todo. Ojalá sientas vergüenza cuando quieras que te traten mejor que a un crucificado. Ojalá sientas vergüenza cuando digas «no» a Dios, ante quien llevó su «sí» hasta la muerte.

Ya ves: por la mirada a la Cruz llegas a la vergüenza. Y, por la vergüenza, a la santidad.

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Qué bello es vivir… con la Virgen

Me gusta Capra, pero detesto la costumbre de poner, en navidades, «Qué bello es vivir». Porque esa película supone, en el cine, lo que supuso Dickens en la literatura: el comienzo de las navidades sin Cristo. Y conste que también me gusta Dickens.

No obstante, el recurso del que Capra echa mano en «Qué bello es vivir», aunque no sea específicamente cristiano, es magistral: Imagina un mundo donde tú no hubieras vivido, un mundo sin aquello que tu vida ha aportado a los demás.

Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo.

Apenas sabemos nada sobre el nacimiento de la Virgen, y lo que sabemos no es del todo fiable. Pero sabemos que nació. Eso es bastante como para llenar la vida de alegría. Y ahora Capra me hará un favor, si puedo imaginar la pesadilla de la que nos hemos librado: la de un mundo sin la Virgen.

Si la Virgen no hubiera nacido, no habría habido Anunciación. Ni Mesías. Ni Crucifijo. Ni Redención. Ni Misa. Ni Paternóster.

Si la Virgen no hubiera nacido, no tendríamos una madre en el Cielo. Ni una Reina.

¿Cómo no alegrarnos, Madre santa, de tu nacimiento?

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