Libros de José Fernando Rey Ballesteros

Espiritualidad digital – Página 3 – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

Los peligros de la falsa humildad

Esa razón tan «razonada» que paraliza tu apostolado se llama «falsa humildad». Te dices a ti mismo: «Estoy lleno de pecados y miserias. ¿Cómo voy a hablar de Dios? No soy ejemplo de nada. Me responderían: “¿Quieres que amemos a Dios, para que seamos como tú? Mejor no, gracias”».

Te lo repito: falsa humildad. Entre aquellos once apóstoles, quien menos podía presumir de virtud era Simón. Juan había acompañado al Señor junto a la Cruz. Los demás había huido. Pero sólo Pedro había negado a Jesús tres veces con juramento. Y todos lo sabían. Sin embargo, a él le pidió el Señor:Apacienta mis ovejas.

Claro que, antes de pedírselo, le había preguntado: ¿Me amas más que éstos?No le preguntó si era mejor que ellos, sino si lo amaba más. La respuesta de Simón no deja lugar a dudas: Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero. Es decir: «Señor, sabes que soy el peor; pero también sabes lo mucho que te amo».

Apréndelo, y despójate de esa falsa humildad. No te pide el Señor que seas mejor que quienes te rodean; te pide que lo ames más. Por tanto, reza, y deja de excusarte: Apacienta mis ovejas.

(TP07V)

El Cristo extendido, y el niño con rabieta

El día de Pentecostés, los apóstoles estaban reunidos. Llegó el Espíritu, y los dispersó. Sin embargo, los unió. Que no es necesario estar reunidos para estar unidos. La unión que tejió el Espíritu es la de un solo corazón y una sola alma.

Que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros.

Cuando un niño coge una rabieta, se tapa la cara, se repliega detrás de las rodillas como si volviera a la posición fetal, y se acurruca en un rincón. Un cuerpo encogido es un cuerpo cerrado sobre sí mismo, que nada quiere saber del mundo. Una Iglesia permanentemente reunida no es una Iglesia unida: parece una Iglesia con una rabieta.

El cuerpo de Cristo es lo contrario a un cuerpo replegado sobre sí mismo. Con los brazos extendidos en la Cruz, quisiera alcanzar hasta los confines de la Tierra. Ésa es la vocación de la Iglesia: nos reunimos en torno al altar, y nos congregamos para recibir la buena doctrina. Pero, después, animados por el Espíritu, nos dispersamos entre los hombres para iluminar el mundo. Y, como somos uno en Cristo, así llenamos de Cristo la Tierra.

(TP07J)

Dulce huésped del alma

Me cuenta una madre de familia que su hijo adolescente llegó de madrugada a casa «alegre». En el fondo, lo que quiere decir es que el pobre hijo está vacío, no es feliz, y tiene que buscar la alegría en el alcohol. Poco dura esa alegría; y amarga es la resaca que viene después.

Los «me alegro mucho de verte» duran hasta que te alegras de que se marche la visita. No es lo mismo alegrarte de ver a quien viene a comer, que tener que darle conversación hasta la hora de cenar, porque no se marcha ni con agua caliente.

¿Dónde encontrarás una alegría que perdure?

Digo esto en el mundo para que tengan en sí mismos mi alegría cumplida.

Está Jesús pidiendo al Padre el Espíritu para ti y para mí. Él es la alegría cumplida, el «gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos». Gozo y paz son sus frutos. Quien lo recibe y lo saborea conoce la verdadera felicidad.

«Me alegro de verte», le dirás cuando venga en Pentecostés. Pero, en esta ocasión, más aún te alegrarás de que permanezca en ti. Una vez que lo recibas, guárdate del pecado; no lo expulses jamás.

(TP07X)

Cuando Jesús habló de los hombres a Dios

Durante tres años, Jesús habló de Dios a los hombres. Les anunció el Amor de su Padre, les explicó las delicias del reino de los cielos, les mostró la misericordia y el perdón del Creador… ¿Cuántos le creyeron? ¿Cuántos le entendieron? ¿Cuántos recordaron sus palabras? Jesús murió abandonado de los suyos e incomprendido.

Pero, antes de morir, alzó los ojos a lo alto, y habló de los hombres a Dios: Padre, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti y, por el poder que tú le has dado sobre toda carne, dé vida eterna a los que le has dado. Te ruego por ellos… En esa oración sacerdotal, ofreció su vida al Padre pidiendo, para nosotros, vida eterna. Y Dios, que aceptó el sacrificio, derramó el Espíritu Santo sobre todo hombre que quiera acogerlo. Frutos de esa oración sacerdotal, y de ese sacrificio, son los santos, y los mártires, y las vírgenes, y tu alma en gracia, y la mía.

Apréndelo: debes hablar de Dios a los hombres, pero, cuando lo hagas, cuenta con el fracaso, y no lo temas. Habla de los hombres a Dios, y ese fracaso se convertirá en vida eterna para muchos.

(TP07M)

¿Dónde vives?

Fuera de casa, rayos y centellas. Llueve, truena, cae granizo y las calles se han llenado de ladrones que acechan. Dentro de casa, calor, paz, compañía de seres queridos, amor de padre y de madre, alimento y descanso. Dime, ¿dónde prefieres pasar el día?

Os he hablado de esto para que encontréis la paz en mí. En el mundo tendréis luchas.

Fuera del alma, debilidad del cuerpo, incomprensión de las gentes, fracasos y angustias, urgencias, prisas, ruidos, ingratitud, exigencias de unos y otros… Dentro del alma, Dios, el Espíritu que trae consigo al Padre y al Hijo, el Amor inefable, la paz de Cristo. Dime, ¿dónde prefieres pasar la vida?

Mientras quemaban su cuerpo en una parrilla, san Lorenzo bromeaba: «Por este lado ya estoy hecho. Dadme la vuelta. La carne ya está lista; podéis comer». ¿Acaso no le dolían las llamas? Le dolían, pero, sencillamente, él no estaba allí. Estaba recogido dentro del alma, mientras el cuerpo se quemaba. Tenía paz.

¿Dónde vives? ¿Vives en tu alma, o vives en tus problemas? Sufre tus problemas con paciencia, y haz lo que tengas que hacer. Pero no les entregues tu corazón. Ten el corazón recogido en Dios, y tendrás paz.

(TP07L)