Evangelio 2020

Espiritualidad digital – Página 3 – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

Dos preguntas… y una tercera

Por una pregunta de Jesús, dos preguntas tengo yo.

Primero, la de Jesús:

¿Qué es más fácil, decir al paralítico: «Tus pecados están perdonados», o decir: «Levántate, coge la camilla y echa a andar»?

Ahora, las mías:

¿Cuál de los dos milagros es mayor: la sanación de las piernas del tullido, o la limpieza del alma del pecador? Respuesta: Sin duda, el perdón de los pecados. La sanación de las piernas la pueden lograr los avances de la Ciencia. El perdón de los pecados sólo Dios lo puede otorgar. ¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo uno, Dios?

¿Cuál de ambos milagros le costó más a Jesús? Respuesta: sin duda, el perdón. Para curar cuerpos, le bastaba su poder de Dios. Pero, para perdonar pecados, tuvo que derramar su sangre sobre una cruz. Le costó más a Cristo perdonar a un pecador que crear cielos y tierra.

Y, dicho esto, tengo una tercera pregunta:

Si se corriera la voz de que, con la imposición de mis manos, se cura el cáncer de próstata, en dos meses tendría a miles de septuagenarios atascados haciendo cola en la puerta de mi parroquia. Si me siento en el confesonario, apenas viene nadie. ¿Por qué?

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Al pan, pan

Al pan, pan; y, al vino, vino… Nos jugamos mucho en llamar a las cosas por su nombre, y en identificarlas por lo que son, no por lo que a nosotros nos gustaría que fuesen. El pecado es pecado, y la virtud es virtud.

Se acerca a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: «Si quieres, puedes limpiarme». Si a este leproso le hubieran convencido de que la lepra es agua de colonia, nunca hubiera obtenido la sanación, porque nunca la habría pedido. Peor aún, habría procurado contagiar su lepra a sus vecinos, convencido de que los perfumaba con su enfermedad.

Si al adulterio lo llamamos «rehacer la vida», a las desviaciones sexuales las llamamos «libre elección», al aborto lo llamamos «interrupción del embarazo» y a la blasfemia la llamamos «libertad de expresión», nuestra sociedad está condenada a perecer ahogada en su propio vómito, convencida de que huele a rosas.

Pecados, por desgracia, tendremos siempre. Y los limpiará Dios, si jamás dejamos de identificarlos como lo que son: pecados. De este modo, lucharemos contra ellos e imploraremos, como el leproso, el perdón del Señor. Pero si los perfumamos con palabras amables, y acabamos por enamorarnos de ellos… Entonces, no habrá salvación.

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Un buen yerno

No sabemos si la mujer de Simón vivía, o si el apóstol era viudo; extraña que no se mencione a su esposa en ningún lugar del Evangelio. Lo que sabemos es que la suegra de Simón tenía un buen yerno. No todas las suegras pueden decir eso.

La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, e inmediatamente le hablaron de ella. Un buen yerno se preocupa por su suegra, y, si la ve enferma o sufriendo, además de cuidarla, pide por ella. Y eso hicieron Simón y los amigos de aquella mujer: hablar de ella a Jesús.

No podemos arreglar el mundo. Ni tan siquiera podemos arreglar las vidas de quienes están más cerca de nosotros. Pero, si amamos a quienes nos rodean, nuestra oración, nuestros rosarios, y nuestras misas deberían estar plagadas de intenciones: «Señor, este amigo mío no va a misa… Señor, este hijo mío está sufriendo… Señor, esta amiga necesitaría confesarse, y no quiere… Señor, este compañero de trabajo me ha tratado mal porque no soporta que sea cristiano…» ¡Maravillosa oración de intercesión de un apóstol con celo de almas!

¿De cuántas almas se compone tu oración? ¿A cuántos subes a la patena en cada misa?

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¡Hazlo callar!

Todo comenzó cuando una tal Eva, mujer de un cierto Adán, dejó hablar a una serpiente que llevaba veneno en la lengua. Si aquella mujer hubiera pasado de largo, o, como siglos después hizo otra mujer, hubiera pisado la cabeza de la víbora, este mundo sería otra cosa. Pero no lo hizo: dejó hablar al animal, y el animal la arrastró a ella y al marido. Y a nosotros, claro. Así nos va.

¡Cállate y sal de él! Para que aprendamos de una vez por todas, Jesús mandó callar a los demonios. No discutió con ellos, ni los escuchó, ni negoció con los reyes del engaño. Simplemente, los mandó callar.

El malvado escucha en su interior un oráculo del pecado (Sal 36, 2). Eso va por ti. Y por mí. ¿Qué haces cuando te sorprendes juzgando por dentro a tu prójimo, urdiendo mentiras, soñando traiciones, anhelando venganzas, chismorreando, o quejándote de todo? Acalla esas voces; porque, si no lo haces, se apoderarán de ti.

Acoge en tu interior la voz de Dios; mientras conduces, mientras trabajas, mientras comes, y no sólo en el tiempo de oración. A lo largo de un día, se pueden pensar cientos de miles de jaculatorias.

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La importancia de dejar las redes

Ha pasado la Navidad, pero no ha pasado como pasa una nube, de la que nada recuerdas cuando se marcha. Ha quedado en el alma una palabra, una dulce llamada del Señor. El Tiempo Ordinario, que hoy comienza, es el tiempo que Dios te da para que respondas a esa llamada.

Jesús les dijo: «Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres». Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Juan y Andrés acaban de darte una pista para que tu respuesta sea digna del Dios que tanto te ama. También tú podrías dejar las redes, como ellos, y seguir al Señor.

Pasas tanto tiempo en las redes, que estás realmente enredado. Todo el día pendiente de la pantalla del móvil: cuando no es el WhatsApp es el Facebook; cuando no es el Facebook es el Twitter; cuando no es el Twitter es el Instagram… ¡Si ni siquiera prestas atención a la persona que tienes delante! ¿Cómo vas a prestar atención al Señor? Te he visto respondiendo a mensajes delante del sagrario.

Anda, comienza por dejar las redes. Al menos, olvídalas cuando tienes a alguien delante, o cuando estás rezando. Y así podrás seguir a Cristo sin enredarte.

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