La Resurrección del Señor

Espiritualidad digital – Página 3 – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

Creer sin ver es ver a oscuras

apóstol santo tomásEs la última bienaventuranza pronunciada por Jesús: Bienaventurados los que crean sin haber visto. Fue pronunciada especialmente para nosotros, quienes nunca hemos visto al Señor. Porque Tomás exigió ver primero, y creyó después. Nosotros, en cambio, debemos creer primero y ver después. Somos hijos de las palabras de Jesús a santa Marta: Si crees, verás la gloria de Dios (Jn 11,40).

Creer sin ver es ver a oscuras. Supone entrar en la noche de los amantes, apagar las luces del sentido, despojar el corazón de todo consuelo y así, desnuda el alma de cualquier ropaje, acercarla a su Señor hasta que, en un abrazo, se hagan uno. El alma, entonces, es conocida y conoce a Jesús. Iluminada por su Espíritu, ve al Padre y exulta de gozo. Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto (Jn 14, 7). Si seguís combatiendo a la noche con vuestras canciones y vuestros focos ante la custodia, os perderéis todo esto. Dejad que la noche y el silencio os envuelvan y conoceréis.

Los ojos quedan muertos, esperando a resucitar para poder llenarse, entonces, de la hermosura infinita de la gloria del rostro de Cristo.

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Todo va bien

duermeComo nosotros, los apóstoles se equivocaban en cuanto a lo que es bueno y lo que es malo. Creemos que lo que nos duele es malo y lo que nos complace es bueno. Pero hay dolores que nos hacen bien y placeres que nos hacen mal.

Se produjo una tempestad tan fuerte, que la barca desaparecía entre las olas. Se veían al borde de la muerte. Y la muerte duele, la tormenta duele, el golpe de las olas duele y duele, también, el frío del agua del lago. Por eso despertaron a Jesús: ¡Señor, sálvanos, que perecemos!

¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe?

Dice san Pablo que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien (Rom 8, 28). Mientras Jesús está en la barca, dormido o despierto, todo va bien; no temas. Él hace buenas todas las cosas: la tormenta, la calma, el sol, las nubes, la oscuridad, la luz… todo es bueno si Él mora en tu alma. Lo que debes temer es que tus pecados lo arrojen fuera de la barca. Entonces, hasta la brisa más suave y el sol más radiante se convertirían en viento de muerte y fuego de infierno.

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Muertos que entierran muertos

Cuando Elías llamó a Eliseo para que lo siguiera, el joven dijo: «Déjame ir a despedir a mi padre y a mi madre y te seguiré». Le respondió: «Anda y vuélvete» (1Re 20, 20). Pero cuando Jesús llamó a un joven para que lo siguiera, y el joven respondió: Déjame ir primero a enterrar a mi padre, Cristo no fue tan condescendiente como Elías: Tú, sígueme y deja que los muertos entierren a sus muertos.

Parece cruel. Pero, si perdemos el miedo a seguir a Cristo, tras esa invitación se esconde una maravillosa noticia. «Me pides que te deje enterrar a tu padre, porque vives para la muerte. Sois muertos que enterráis muertos. Desde que nacéis, estáis abocados al sepulcro, y por el camino vais sepultando a los vuestros. Yo te sacaré de esta prisión, te libraré de la muerte, te daré una vida nueva para ti y los tuyos. Naceréis como hijos de Dios, viviréis para la eternidad, gozaréis del Amor en la tierra y reinaréis conmigo en el cielo. Ven conmigo, y ya no serás un muerto que entierra muertos, sino un vivo que reparte vida».

Hasta que no entendamos esto, no conoceremos el gozo de ser cristianos.

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La sanación interior

En la infancia, los padres, muchas veces, hacen de escudo para que los hijos no sufran. Pero llega un momento en la vida en que nos alcanza el verdadero dolor, y allí no están mamá y papá para cubrirnos. De niño, si te caías de la bicicleta, te raspabas la rodilla y, en una semana, aquello había pasado. De mayor, te visitan dolores que vienen para quedarse.

Vete en paz y queda curada de tu enfermedad. Si Cristo sanó enfermedades corporales, aquello era símbolo de la verdadera sanación: la interior. A quien ama a Jesús, la enfermedad, si no resulta sanada, lo lleva al cielo. Pero las heridas más sangrantes son las del corazón y el alma.

Soledad, angustia, preocupación… Eso nos mata por dentro. Y entonces nos arrodillamos ante el crucifijo, y encontramos al Compañero. El corazón traspasado del Señor aquieta nuestro corazón afligido y, de repente, nos sorprendemos diciendo: «¡Da gusto sufrir contigo, Jesús!»

¿Y qué te diré de las heridas del alma, los pecados? Nos postramos ante el sacerdote, y, en cada absolución, la sangre de Cristo nos purifica. Salimos como niños recién nacidos.

Por eso aclamamos: «¡Tú que has sido enviado a sanar los corazones afligidos!»

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Colosos de barro

San Pedro y san Pablo han pasado a la Historia como las columnas de la Iglesia. Los imaginamos así, como dos colosos que preservaron y propiciaron la expansión del Evangelio en los primeros tiempos. Pedro fue la Roca, el apoyo firme y seguro de la primera cristiandad. Pablo fue el Apóstol, el misionero infatigable que sembró comunidades cristianas por todo el Orbe conocido. Ambos murieron mártires, y ambos son venerados en Roma, centro de la cristiandad.

Y ahora ¿qué? ¿Nos quedamos mirando a los colosos con la boca abierta? Bien, bien, pero ¿qué nos aprovecharía a quienes, a estas alturas del día, no hemos sido capaces ni siquiera de mortificarnos un poquito en el desayuno?

Comenzaré de nuevo el comentario:

Cristo eligió a dos pecadores. Uno lo había negado tres veces, y el otro perseguía a los cristianos. Ambos se enamoraron de Jesús, y ese amor los llevó a entregar la vida. Si eres frágil como ellos, también, como ellos, te puedes enamorar. Trata a Cristo hasta que se te derrita el corazón. Y la gracia de Dios, que hizo de ellos dos colosos, hará de ti un santo. No hace falta que seas «colosal»; basta con que seas fiel.

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Él se ensució para limpiarte a ti

Mira a este pobre leproso, postrado a los pies de Jesús:

Señor, si quieres, puedes limpiarme.

Míralo bien y hoy, viernes, póstrate así ante el Crucifijo. Llámalo Jesús, como el buen ladrón, y dile esas mismas palabras: Jesús, si quieres, puedes limpiarme.

Abre bien los ojos, míralo. Jesús está sucio, no hay en Él nada sano. Se mezclan en su cuerpo el polvo, la sangre seca, la sangre fresca, los salivazos de los soldados, los moratones de las caídas… ¡A quién vienes a pedir limpieza!

Y, sin embargo, Él se ha ensuciado con nuestra inmundicia, con tus pecados y los míos. Vuelve a decirle: Jesús, si quieres, puedes limpiarme.

Mira ahora cómo, al ser atravesado por la lanza del centurión, ese cuerpo comienza a manar un torrente de sangre y agua. Sitúate bajo esa fuente, que penetrará en tu alma a través de los sacramentos de la Iglesia, y deja que esa efusión de gracia te limpie por dentro de todas tus culpas e infidelidades. Bebe de esa agua hasta saciarte, y déjate bañar por esa sangre hasta quedar convertido en otro Cristo.

Ya lo ves: Él se ensució para que tú quedaras limpio. ¿No es para morir de gratitud?

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Una violencia enamorada

Primero se sienta, y sentado imagina la casa de sus sueños. Tan bien la imagina, que antes de que exista ya ha quedado prendado de ella. Y por eso, porque la desea con verdaderas ansias, quiere que permanezca, que se convierta en hogar. Y decide edificarla sobre roca. Entonces se levanta, se viste la ropa de trabajo y empieza a cavar. No es fácil horadar la roca para poner los cimientos. Son muchas horas de esfuerzo, sudor, cansancio y, a veces, desaliento… Hasta que lo logra, y entonces todo ha merecido la pena.

El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca.

Todo empieza por la escucha. No habrá santidad sin oración. Al escuchar la Palabra, el hombre se enamora, y sueña ese sueño que, según el salmo, es el único deseo del santo: Una cosa pido al Señor, eso buscaré: habitar en la casa del Señor por los días de mi vida (Sal 24, 4).

Pero no basta con haber escuchado. Ahora es preciso poner en práctica, entregar la vida, aunque para ello haya que hacerse violencia. Y de esa violencia enamorada surge el Hogar.

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