Misterios de Navidad

Espiritualidad digital – Página 3 – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

¡Qué afán de protagonismo!

Caminas a oscuras por un pasillo y, de repente, desde el otro lado, alguien enciende la luz. ¿Qué haces? Te vuelves. Es decir, te conviertes, porque convertirse significa girarse para mirar.

A los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló. Vivíamos entre tinieblas. No veíamos y, por eso, preferíamos palpar; lo que no podíamos tocar no lo creíamos, y aun lo que tocábamos procurábamos tocarlo fuerte, para estar seguros de que pudiera sostenernos.

Y, de repente, Dios nos encendió la luz: Convertíos. Es Cristo, el Hijo, la Luz: «Volveos hacia Mí». Nos giramos, lo miramos, y ya no podemos apartar de Él nuestros ojos. ¡Pobre Tomás! ¿Para qué tocar? Las manos estropean la hermosura que asombra la mirada.

Convertíos… «Volveos hacia Mí». ¡Qué afán de protagonismo! Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí (Jn 12, 32), Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré (Mt 11, 28), El que tenga sed, que venga a mí y beba (Jn 7, 37). Pero nunca el afán de protagonismo estuvo más justificado: Cristo es el Amo de la Historia. Quien no lo mira, pierde soberanamente el tiempo.

(0701)

“Misterios de Navidad

“Misterios de Navidad

Soy tuyo

Sé que solemos situar a los Magos junto al pesebre en nuestros belenes, y hacemos bien, porque la adoración de estos sabios, y sus ofrendas, son el tributo, lleno de asombro, que el hombre ofrece a Dios encarnado.

Pero no descartemos que las cosas fueran distintas. Por la edad de los niños a quienes Herodes mandó matar, quizá la visita de los Magos encontrara al Niño con dos años de edad. Si la estrella comenzó a guiar a aquellos hombres cuando nació, esos dos años estuvieron viajando, y Jesús ya andaba cuando lo encontraron.

Vieron al niño con María, su madre. ¿Dónde estaba José? ¡Dónde iba a estar! Trabajando, ganando el pan para el Niño y su Madre. Imagino a la Virgen asombrada al recibir aquella visita, y maravillada al contemplar cómo se postran los viajeros y ofrecen sus presentes al Hijo. A Jesús lo imagino tocándolo todo: el oro, el incienso, la mirra, las barbas de los Magos… Y al llegar José, cansado, y escuchar, de labios de María, el relato de lo sucedido, lo imagino abrazando a Jesús mientras le dice: «Yo también te pertenezco». Yo lo repito en voz baja, bañados los ojos en lágrimas: «Soy tuyo».

(0601)

“Misterios de Navidad

“Misterios de Navidad

¡Lo hemos encontrado!

Despunta ya la Epifanía. Y el evangelio, como la estrella que guio a los Magos, nos acerca al Misterio que mañana amanecerá.

Aquel de quien escribieron Moisés en la ley y los profetas, lo hemos encontrado: Jesús, hijo de José, de Nazaret. Las palabras de Felipe podrían haber salido de los labios de aquellos Magos, o de los nuestros: Hemos encontrado al que todos buscan sin saberlo, al que da sentido a la vida del hombre, al único capaz de librar de la muerte al ser humano, al Redentor que rescata de la angustia a los hijos de Adán.

Y ahora, cuando nuestro viaje en busca de redención termina, y comienza la peregrinación hacia el Cielo, ¿no lo anunciaremos a tantos que buscan sentido al sufrimiento de sus vidas? ¿Seremos tan egoístas de guardarnos para nosotros el secreto de la felicidad y la llave de la santidad? ¿No iremos, como Felipe, en busca de nuestros hermanos para anunciarles la llegada del Redentor?

«Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel». Hoy se postra ante Él Bartolomé, mañana serán los Magos. No nos cansemos de anunciarlo, hasta que toda rodilla se postre emocionada delante del Señor.

(0501)

“Misterios de Navidad

“Misterios de Navidad

Yo quiero vivir contigo

Saber responder bien a las preguntas importantes de la vida no es de todos. Es de los inteligentes, y de videntes de lo invisible, como Juan.

«¿Qué buscáis?» Ellos le contestaron: «Rabí, ¿dónde vives?». Ese ¿dónde vives? es la respuesta correcta al Misterio de la Encarnación. Dios no ha venido a la Tierra de visita, ni de paseo; ha venido para quedarse, para vivir junto a nosotros. Encarnado, sigue habitando todos los sagrarios del mundo para unirse a la carne de los suyos.

¿Dónde vives? significa: «Quiero vivir contigo. No quiero que me eches una mano cuando te necesite, o que estés disponible para cuando te llame. Quiero vivir contigo, como la Virgen, y no pasar ni un segundo del resto de mis días en el que no goce de tu compañía. Porque, Jesús, estoy lleno de necesidades que tú conoces y que pongo en tus manos; pero mi gran necesidad, mi gran deseo, mi gran anhelo eres Tú. Te amo, y vivir sin Ti, una vez que te he conocido, se me hace muerte. ¿Dónde vives? No me importa si es en el Tabor, o en el Calvario. Me importa que allí vives Tú, y allí está mi hogar».

(0401)

“Misterios de Navidad

“Misterios de Navidad

Loco por ti

Aristóteles ha sido una de las grandes cabezas de la Historia. Y, en su portentosa inteligencia, aseguró que existía un solo Dios. Ese Dios era el motor primero, la causa incausada, el «ipsum esse subsistens» (latinajo equivalente al «ser en sí»), el creador de todo cuanto existe… Pero –seguía diciendo el sabio– a ese Dios que nos ha creado no le importamos lo más mínimo. Hasta ahí puede llegar la inteligencia cuando un sabio la exprime hasta el final.

Lo que viene después nos lo tuvo que decir Dios, porque nosotros jamás lo hubiéramos adivinado: El Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros.

Es la consumación de un misterio ya insinuado en las Escrituras santas: a Dios le importamos, Dios nos ama, Dios quiere caminar con nosotros. Y, llegada la plenitud del tiempo, Dios se ha hecho carne para estar cerca de cada hombre.

Si Aristóteles hubiese visto un sagrario, y hubiese escuchado las palabras de san Juan, habría caído de rodillas asombrado, como los Magos. Jamás la inteligencia humana hubiera atisbado esa predilección del Creador por sus criaturas. Y, aun conociéndolo, le parece como si Dios hubiese enloquecido de Amor.

Te resumo la Navidad: Dios está loco por ti.

(TNB02)

“Misterios de Navidad

“Misterios de Navidad

Genuflexiones como besos

Aun siendo «el mayor de los nacidos de mujer», Juan se sabe el último eslabón de la antigua Alianza, el que enlazaría a Israel con el Mesías que viene a instaurar el reino de Dios. Y por eso se siente indigno ante el Cordero.

En medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia. Para desatar la correa de las sandalias de un niño es preciso hacer una genuflexión. La Virgen María hacía una genuflexión cada noche, mientras desataba las sandalias del Niño Dios.

Venite, adoremus!!! La adoración es la respuesta natural del hombre ante el misterio de la Encarnación del Verbo. Y es, también, un buen propósito para estos días. Hagamos bien la genuflexión ante el sagrario; no sólo con temor, sino con cariño, con mucho cariño, con la misma ternura con la que desataría la Virgen la correa de las sandalias de Jesús. El que ha nacido es Rey y, por eso, nuestras genuflexiones deberían tener la elegancia del protocolo palaciego. Pero el que ha nacido también es Niño y, por eso, nuestras genuflexiones tendrán la ternura de un beso.

(0201)

“Misterios de Navidad

“Misterios de Navidad

La Virgen de los asombros

Muchos sacerdotes tenemos la costumbre de referirnos a la Virgen antes de terminar nuestras homilías. Es deber de gratitud con la Señora, y caridad hacia los fieles, quienes, en cuanto oyen hablar de la Madre, comienzan a moverse en sus asientos, alborozados porque termina el sermón.

Hoy lo tendrán más difícil. La Virgen estará presente en el sermón desde el comienzo. ¿Cómo no iba a estarlo? ¡Miradla, asombrada ante su Hijo, al ser consciente de que es Madre de Dios!

Ese asombro se nos escapa; lo hemos perdido. Tanto peor para nosotros. Hemos presenciado tantos milagros, que se nos ha embotado el alma.

Que la Virgen nos devuelva el asombro. Ella, que se asombró desde niña por el Amor que Dios le profesaba, nos conceda asombrarnos cuando ese Amor nos inunda en la absolución. Ella, que se asombró ante la embajada del ángel, nos conceda escuchar con asombro la Palabra. Ella, que llevó con asombro a Dios en su vientre, nos conceda comulgar con temblor. Ella, que vio asombrada a Dios en sus brazos, nos conceda ese asombro a los sacerdotes cuando Jesús Hostia se pone en nuestras manos.

Despierta, Madre santa, nuestras almas. ¿Acaso no deberíamos morir de amor?

(0101)

“Misterios de Navidad

“Misterios de Navidad

Esta web utiliza cookies propias y de terceros para su correcto funcionamiento y para fines analíticos. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de sus datos para estos propósitos. Más información
Privacidad