La Resurrección del Señor

Espiritualidad digital – Página 3 – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

Búscalo donde se esconde

cananeaEn los evangelios hay quienes, como aquella mujer hemorroísa, se acercan a Jesús entre el bullicio, se abren paso a codazos entre la gente y, al final, logran apenas tocar al Señor. A ese tipo de personas pertenecían, también, quienes descolgaron al paralítico a través del techo de la casa donde estaba Jesús. Gente audaz.

Y también hay quienes, como Nicodemo, buscan a Jesús en lo oculto, en el secreto de la intimidad. La mujer cananea de quien hoy nos habla san Marcos era así.

Jesús entró en una casa procurando pasar desapercibido, pero no logró ocultarse. Una mujer que tenía una hija poseída por un espíritu impuro se enteró enseguida, fue a buscarlo y se le echó a los pies.

Hizo bien, muy bien. Se disfruta más de Jesús cuando se lo busca en lo oculto; así, cuando lo encuentras, es todo para ti. A Cristo le gusta ocultarse, mira lo escondido que está en la Hostia. Y, cuando la fe lo encuentra, descansa el alma y descansa Cristo.

Algo más debes aprender de esta mujer. Fíjate cómo lucha con Jesús; igual que Jacob. Una vez que has encontrado al Señor, no lo sueltes hasta que no te bendiga.

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Ten cuidado con lo que deseas…

Ayer te preguntaba dónde está tu corazón. Hoy, si me lo permites, me adentraré un poco más y te preguntaré qué busca ese corazón tuyo. Porque los deseos del corazón humano pueden agradar u ofender mucho a Dios. Me atrevería a decir que honramos más a Dios con nuestros deseos, si son sinceros, que con nuestros pobres logros.

Algún demonio, con intención de confundir a los incautos, inventó ese refrán que dice que «el infierno está empedrado de buenas intenciones». Yo no me lo creo. Sé que las buenas intenciones encaminan al hombre al cielo.

Lo que sale de dentro del hombre, eso sí hace impuro al hombre.

¿No lo entiendes? Todo está en juego en los deseos del corazón. Un enfado repentino, por ejemplo, si queda en eso, no mancha al hombre más que un dolor de cabeza. Pero una palabra dicha con intención de herir al hermano es un puñal, ensucia el corazón y ofende a Dios.

Por el contrario, quien no tiene otro deseo en la vida que el de amar a Dios con todas sus fuerzas, aunque siete veces al día fracase a la hora de entregarle todo, alcanzará una santidad tan grande como su deseo.

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El corazón y los labios

Quienes rezamos la Liturgia de las Horas comenzamos la primera oración del día trazando la señal de la cruz sobre nuestros labios mientras decimos: «Señor, ábreme los labios, y mi boca proclamará tu alabanza». Como no tengo que saludar a nadie a primera hora, procuro que ésa sea la primera vez que mis labios se abren al comenzar la jornada. Me gusta que sea Dios quien me los abra. Así es más fácil no decir estupideces después.

La ofrenda de los labios es grata a Dios. Pero no basta. Dios quiere más. Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. Si, a través de los labios, no entregamos a Dios el corazón, el culto que me dan está vacío.

¿Dónde está tu corazón mientas rezas? Muchas veces, mientras estás pronunciando oraciones o participando en la santa Misa, se te escapa el corazón a tus problemas, al trabajo, a la compra, o a la última serie de TV. Y tienes que rescatarlo para volver a ponerlo en los labios y entregárselo a Dios.

Cuando tu corazón esté en Dios, te sucederá lo contrario. Estarás viendo esa serie de TV, y la estarás comentando con Él.

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Lo verdaderamente extraño

¿Qué sucedería hoy si apareciera un taumaturgo capaz de curar, con una oración o una imposición de manos, las enfermedades más terribles, como el ELA, el cáncer o el alzhéimer, y se pusiera en el centro de una plaza? La plaza se llenaría, el alcalde enviaría a la policía y, a la larga, detendrían al taumaturgo por curar sin titulación. Los médicos lo acusarían de intrusismo. Nada nuevo.

En los pueblos donde llegaba colocaban a los enfermos en la plaza. Como os decía, no hay nada extraño en esas multitudes. Ni tampoco en la detención y muerte de Jesús, desgraciadamente. Lo que es extraño es el desprecio por el agua y la sangre.

Paso todos los días unas tres horas en el confesonario. Muchos de esos días apenas confieso a dos personas; otros, a más. Pero la lista de libros que llevo leídos en el confesonario, cuando ya he rezado todo lo rezable, me convierte en uno de los mayores lectores de España. Aunque ni me voy a levantar, ni me van a detener.

Eso es lo extraño. Que los hombres se afanen por la salud del cuerpo, que es efímera, y desprecien la salud de alma, que es eterna.

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Obraréis milagros mayores

Buscad, en los evangelios, a un solo enfermo que implorara de Jesús la sanación y no la obtuviera. No lo encontraréis.

La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males. Jesús no negó la curación a ningún enfermo que se lo pidiera con humildad; incluso curó a muchos que no se lo habían pedido, como el soldado Malco o el paralítico de la piscina probática.

Cuando, en 1917, la Virgen apareció en Fátima, los videntes le rogaron por multitud de enfermos. Ella respondió: «Algunos se curarán». Y algunos se curaron. No todos. Yo he visto sanaciones milagrosas. También he peregrinado a Lourdes con enfermos, y esos enfermos murieron. Murieron todos en los brazos de la Inmaculada.

Cristo ya no sana a todos los enfermos. No os enfadéis si no obtenéis el milagro. Ahora los cielos están abiertos, ahora la muerte es camino hacia la Vida. Por eso, ahora Cristo sana las almas. Vienen enfermas al sacramento del Perdón, y la absolución obra siempre el milagro; un milagro mucho mayor que la resurrección de Lázaro. Todo aquel que acude contrito al confesonario resulta curado. Allí es donde ahora se derrama el poder sanador de Jesús.

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En busca de intimidad

En los comienzos de su vida pública, sabemos que Jesús buscaba lugares desiertos para orar a solas. Pero, conforme su fama se fue extendiendo, cada vez le fue más difícil encontrar intimidad con su Padre; la gente le seguía a todas partes.

Se fueron en barca a solas a un lugar desierto. Entonces de todas las aldeas fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron. Al desembarcar, Jesús vio una multitud.

Así, día tras día, hasta el Calvario. Allí, finalmente, se quedó solo con sus seres más queridos en medio de la noche. ¿Quién iba a querer seguirlo a ese pozo de tinieblas, donde quien antes sanaba a los enfermos es ahora un mosaico de dolores y ultrajes? ¿Quién, de entre aquéllos que buscaban milagros, lo acompañaría al valle de las sombras, donde el alma se siente abandonada por Dios? Únicamente quienes lo amaban sólo a Él.

El Gólgota es el lugar desierto, despreciado por los hombres, donde Jesús y el alma se quedan a solas, y el alma descansa mientras reposa Cristo en su Padre, entregándole el Espíritu.

No te extrañe si te sientes solo. Estás a solas con Jesús en medio de la noche. Descansa.

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Lo que sólo la fe permite ver

Lo que los hombres vieron aquel día:

La Ley de Moisés preceptuaba que el sacerdote entregase a Dios al primogénito, mientras ofrecía en su lugar, como rescate, la sangre de un par de tórtolas o dos pichones. Se trataba de un aplazamiento, simplemente. El primogénito le pertenecía a Dios y, tarde o temprano, su propia muerte sería la consumación del sacrificio. Así, según costumbre, ofreció el sacerdote de la antigua alianza al Hijo de María.

Lo que los hombres no vieron aquel día:

Simeón y Ana, como hoy nosotros al inicio de la Misa, recibieron en el templo a Jesús con las candelas encendidas de dos corazones iluminados por la fe. Y entró en el templo, por vez primera, el propio Dios a quien estaba consagrado. La gloria de Yahweh llenó el santuario, como en otro tiempo llenaba la nube la tienda de Moisés. El verdadero sacerdote, durante esta ceremonia, no fue el levita que tomó en sus manos al Niño, sino el propio Niño. Y la sangre de aquellos animales fue prenda de otra sangre, la que ese Niño ofrecería por cada uno de nosotros. No fue el Hijo de María el rescatado. Los rescatados fuimos tú y yo.

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