Evangelio 2022

Espiritualidad digital – Página 3 – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

El que bautiza con Espíritu Santo

Las palabras con que el Bautista describió a Jesús quizá sorprendieran a algunos: Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo. Todos habían visto a Juan bautizar, pero nadie vio a Jesús bautizando. Nos consta que sus apóstoles sí lo hacían, pero nunca el Señor (Cf. Jn 4, 2).

Juan bautizaba con agua sacada del Jordán, pero Jesús bautizaría con Espíritu, y el Espíritu se lo tendría que sacar del costado.

Él es el Cordero de Dios, y tendrá que morir para lavarnos y hacer, de nosotros, hijos del Padre. Su vida acaba de empezar, y sólo dará fruto cuando haya muerto. Hasta entonces, habrá multitudes, alabanzas, insultos… apariencia. Pero cuando, desde lo alto de la Cruz, broten, con el Espíritu, el agua y la sangre, entonces la Tierra quedará fecundada y será poblada por el bendito fruto de millones de almas santas.

Hoy lo vemos niño, y quisiéramos unirnos a Él; hacernos pequeños y comenzar, junto a Él, nuestras vidas. Bien está. Pero no esperemos, tampoco nosotros, frutos antes del tiempo. Entreguémonos, como Él, sin esperar nada más que su Amor. Cuando hayamos entregado todo, vendrán los frutos.

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Dos focos que iluminan el Misterio

fervorCada año, en Navidad, la liturgia de las horas enciende en mi alma dos focos que iluminan el Misterio de Belén. Uno de ellos se lo debo a san Bernardo: «Es como si Dios hubiera vaciado sobre la tierra un saco lleno de su misericordia; un saco que habría de desfondarse en la pasión, para que se derramara nuestro precio, oculto en él». Así contempla el santo lo que Juan nos anuncia: De su plenitud todos hemos recibido gracia tras gracia. Miras al Niño Dios, y tras su frágil humanidad atisbas el Amor de Dios dispuesto a derramarse cuando la lanza del centurión atraviese esa carne con una punción en el costado.

El otro foco lo enciende, en Nochebuena, el papa san León Magno: «Reconoce, cristiano, tu dignidad». Dios ha tomado de lo nuestro para darnos de lo suyo. Se ha hecho siervo, como yo, para que yo sea hijo, como Él. Se ha hecho mortal, como yo, para que yo tenga vida eterna, como Él. Se ha hecho hombre, como yo, para que yo participe de su naturaleza divina. Ha venido a mi casa para que yo tenga un puesto en la suya.

¡Qué fácil es rezar en Navidad!

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¡Madre de Dios!

Lo repetimos, una y otra vez, en cada avemaría: «Santa María, Madre de Dios…». Pero ¿sabemos lo que decimos? ¿Somos conscientes del hecho extraordinario que encierran estas palabras?

Porque la madre precede al hijo. ¿Acaso puede una criatura preceder a Dios? La madre, cuando el hijo nace, lo supera en sabiduría. ¿Puede alguien saber más que Dios?

Son disparates. No debería ser posible que una criatura precediera al propio Dios en el tiempo ni en la sabiduría… Salvo que ese Dios, en un arrebato de locura de Amor, se hubiera humillado a Sí mismo hasta esconderse detrás de esa criatura.

María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Estas cosas son los prodigios de ese Amor divino. Y María, asombrada, las meditaba cuando, aún encinta, se palpaba el vientre donde se ocultaba todo un Dios recién llegado; cuando, en Belén, protegía con sus brazos a su Creador; cuando, en Nazaret, enseñaba a hablar a la Palabra y vestía con dulzura a quien vistió los campos con la hierba; cuando alimentaba con su pecho a quien alimentó a su pueblo con el maná.

¡Qué locura! ¡Qué disparate! ¡Qué maravilla! ¿Seguiremos sin temblar al pronunciar «Madre de Dios»?

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Tu lugar en el Misterio

El prólogo del evangelio de Juan es habitable. Uno podría quedarse a vivir allí, pasar la vida meditándolo, y morir entre gozos sublimes sin haber logrado más que arañar su superficie. Es tal su profundidad, que nadie que la haya atisbado podrá creer que esas palabras hayan sido escritas por un hombre sin inspiración del propio Dios. Los hombres no podemos abrir esos abismos infinitos.

A cuantos lo recibieron les dio poder de ser hijos de Dios. Yo no soy «otro» hijo de Dios, ni tiene Dios muchos hijos. Dios tiene un Hijo, y ese Hijo habita en mi alma porque yo lo he recibido en lo más profundo de mi ser. Sin anularme, al revés, colmándome de vida, lo conquista todo y me hace uno con Él. Soy hijo porque el Hijo mora en mí y grita «Abbá».

No soy eterno; he tenido un principio. Pero el Eterno mora en mí, y me hace partícipe de su eternidad. Hay en mí un recuerdo de la intimidad entre el Hijo y el Padre.

Mi lugar, ante el Misterio, no está con los pastores; está en el pesebre. Soy hijo de María, hijo de Dios, porque el Hijo habita en mí.

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Profetisa y profecía

Ana era profetisa. Pero también era, en sí misma, una profecía.

Era profetisa porque alababa a Dios, y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén. Sus labios, como los de los profetas, estaban consagrados al Señor. Y pronunciaban palabras de vida.

Pero, además de eso, su propia vida era una profecía, y a nosotros nos corresponde escucharla, interpretarla y alegrarnos con ella. No se apartaba del templo, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones noche y día. Vivía entre aquellas piedras de las que, más adelante, diría Jesús: Llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida (Lc 21, 6). En cuanto a quienes la escuchaban, quienes aguardaban la liberación de Jerusalén, era una liberación política la que esperaban. Y nunca llegó.

Pero Ana es profecía: su vida consagrada a Dios nos invita a no apartarnos del templo verdadero, el del alma en gracia, a vivir recogidos en oración día y noche, a ser contemplativos en medio de nuestras tareas cotidianas. Y nos anuncia la liberación que esperamos: la del espíritu, esclavizado por la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la arrogancia del dinero (1Jn 2, 16).

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¡Dichosos los ojos que te ven!

A aquel anciano le había sido revelado que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Y cuando, al fin, tuvo entre sus brazos al Salvador, exclamó: Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz.

No quiso decir que tuviera deseos de morirse. Ni de sus palabras podéis deducir que entregara su alma esa misma noche, una vez que hubo visto al Mesías. Lo que Simeón dejó entender es que su vida estaba cumplida. Él fue el compositor original del canto «Véante mis ojos, dulce Jesús bueno. Véante mis ojos, muérame yo luego», que tanto gustaba a Teresa de Jesús. Y así sabemos que, no sólo él, sino todos los hombres hemos sido creados para gozar de la hermosura infinita del rostro de Cristo. Y que, hasta que no contemplemos esa hermosura, nuestra dicha no será completa.

Por otro lado, Simeón estaba expresando su deseo de morir a este mundo y vivir sólo para Dios. Vuelvo a otro poema, en este caso de Fray Luis: «¿Qué mirarán los ojos / que vieron de tu rostro la hermosura/ que no les sea enojo?».

Por eso guardamos la vista. Porque esperamos ver a Cristo.

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Otra abuela descreída

En la homilía del bautizo del niño, expliqué a los padres: «Mirad que os llevaréis a casa un santo». Y, terminada la ceremonia, la abuela me dijo: «El niño ya era santo cuando lo trajimos a la iglesia». También a esta abuela, como a la de ayer, la sonreí con pena. Seguramente, nunca había rezado el salmo 50: En la culpa nací. Pecador me concibió mi madre (Sal 50, 7). Los niños, al nacer, ni son guapos ni son santos. Son muy queridos por Dios, por los ángeles y por sus abuelas.

Lo santos inocentes fueron concebidos en pecado, y en pecado nacieron. Pero de tal manera se unieron a Jesús, y al sacrificio redentor que había comenzado a ofrecerse en un pesebre, que la Iglesia afirma que, por anticipado, fueron bañados en la sangre de ese Cordero. A esa sangre se refiere san Juan: La sangre de su Hijo Jesús nos limpia de todo pecado (1Jn 1, 7). Los llamamos inocentes, no porque nacieran santos, sino porque fueron santificados.

Llénate de alegría. La misma sangre que hizo de esos niños el cortejo de honor del Cordero te purificará a ti, y te devolverá la inocencia que perdiste en Adán.

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