La Resurrección del Señor

Espiritualidad digital – Página 4 – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

El sacrificio expiatorio

Caifás, sumo sacerdote, estaba acostumbrado a ofrecer cada año, en la fiesta del Yom Kipur, el sacrificio expiatorio. Los hebreos traspasaban sus culpas a un macho cabrío imponiendo las manos sobre su cabeza, y después lo enviaban al desierto a morir allí.

Vosotros no entendéis ni palabra; no comprendéis que os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera. Sin ser consciente de ello, Caifás profetizaba un nuevo sacrificio de expiación. La víctima no será un macho cabrío, sino el Hijo de Dios encarnado. Sobre Él pondrán los hombres sus manos, bofetada tras bofetada; será cubierto con sus sucios esputos y así, cargado con sus pecados, será enviado al desierto de la muerte para expiar los pecados del pueblo.

Nuestro castigo saludable cayó sobre él, sus cicatrices nos curaron (Is 53, 5).

Es sobrecogedor. Sobre todo, si pensamos en la parte que hemos tenido en ello. Me pregunto si, en esta Semana Santa, podremos cambiar de bando y, en lugar de cargarlo con nuestras culpas, nos ofreceremos a compartir sus dolores, y a salir con Él, cubiertos con su oprobio, al desierto de la muerte. Tras ese desierto está la tierra prometida: la Pascua.

(TC05S)

La escapada

Cuando los judíos acusan de blasfemia a Cristo por haberse declarado Hijo de Dios, Él les responde con una frase de la Escritura: ¿No está escrito en vuestra ley: «Yo os digo: sois dioses»? Si la Escritura llama dioses a aquellos a quienes vino la palabra de Dios, y no puede fallar la Escritura, a quien el Padre consagró y envió al mundo, ¿decís vosotros: «¡Blasfemas!» porque he dicho: «Soy Hijo de Dios»?

La cita es del salmo 82: Yo declaro: «Aunque seáis dioses, e hijos del Altísimo todos, moriréis como cualquier hombre, caeréis, príncipes, como uno de tantos» (Sal 82, 6-7). Y es toda una sentencia para quienes, por segunda vez, trataban de lapidar al Señor.

Intentaron de nuevo detenerlo, pero se les escabulló de las manos. Podría pensarse que, tras haber escapado dos veces, Jesús fue, finalmente, detenido en Getsemaní, asesinado en una cruz, y vencido por sus perseguidores. Pero no es cierto, porque aquélla fue su mejor escapatoria: una vez sepultado, rompió la muerte y escapó para siempre de las manos del Enemigo.

El mundo, el demonio y la carne nos persiguen para matarnos. Y nosotros nos abrazamos al Crucifijo, sin miedo, porque, unidos a Él, escaparemos.

(TC05V)

Escuchar, temblar y adorar

Cualquiera que estuviera frente a Jesús se percataba de que no se trataba de un rabino cualquiera. Escucharlo no era nada fácil. En cuanto comenzaba a hablar, rompía todos los marcos académicos, se ponía a Sí mismo en el centro del discurso y pronunciaba palabras tan revolucionarias que al oyente no le quedaban sino dos opciones: o tomarlo por loco, o creer que era Dios y caer rendido a sus pies.

¿Qué pensarías tú si un joven de treinta años te dijera: «Antes de que existiera Isabel la Católica, yo soy»?

Las palabras de Cristo eran terriblemente atrevidas. Ya cruzó toda frontera, y rompió todos los marcos al decir: Quien guarda mi palabra no verá la muerte para siempre. Pero ahora lo lleva al límite, al proclamar: Antes de que Abrahán existiera, yo soy. Imposible permanecer indiferente ante esta afirmación.

A quienes creemos que Cristo es el Hijo de Dios, estas palabras nos mueven a contemplación. El «antes» del que habla no se encuentra retrocediendo en la línea del tiempo. Está arriba de esa línea, en la eternidad, en ese «principio» en que el Verbo estaba junto a Dios. Y, ante esa contemplación, caemos rendidos y lo adoramos en silencio.

(TC05J)

¿Pero en qué estoy pensando?

El largo «cara a cara» entre Jesús y los judíos que nos presenta el evangelio de Juan no es una tertulia de sobremesa. Hay quien dice que estos diálogos pertenecen al juicio de Cristo ante el Sanedrín. Yo no lo sé, me parece largo para un juicio en el que Jesús callaba, pero doctores tiene la santa Madre Iglesia. Lo que sé es que estas palabras no se pueden escuchar desde una butaca, ni desde un banco de la Iglesia. Es preciso ponerse enfrente, dejarse herir por ellas, si uno quiere que le aprovechen.

Y no es fácil. Porque es duro escuchar: tratáis de matarme, cuando yo no trato de matar a Jesús. Pero mis pecados lo están matando y, mientras siga tratando de pecar, estoy tratando de matar al Señor.

Sucede, como dice Jesús, porque mi palabra no cala en vosotros. Si, en lugar de dirigir mi mirada a las diez mil estupideces que, por parecerme importantes, me apartan de Cristo, pasara yo el día pendiente de su palabra, entonces esa palabra se cumpliría en mí: Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.

La pregunta clave es: ¿Pero en qué estoy pensando cuando no pienso en Dios?

(TC05X)

El secreto de José

¡Qué sencillo es el secreto de José! Se puede resumir en una frase: Conocer la misión que Dios te ha encomendado, y entregar la vida a esa misión. Punto.

Ayer me comentaba un feligrés que, en América Latina, no se usa el verbo «desvivirse». Qué lástima, es un verbo precioso. Y define a la perfección lo que hizo José. Su vida fue un desvivirse para que María y Jesús vivieran.

José, hijo de David, no temas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dios puso en sus jóvenes manos sus tesoros más preciosos: a su Hijo único y a su esposa. Y José los custodió, pero no como quien custodia un collar en un joyero, sino dando la vida, desviviéndose día a día por María y Jesús. Y todo ello lo hizo en silencio, como quien se encoge de hombros y se quita importancia. ¡Es tan fácil querer a san José!

Recuerda el secreto de José, es sencillo: No tienes que inventar nada, ni cargarte de iniciativas, sino desvivirte por lo que el Señor te ha encargado custodiar: tu fe, la limpieza de tu cuerpo, tu familia, tus amigos… ¡tu alma!

(1903)

Esa mirada

Tan frágil es, entre todas las criaturas, el ser humano, que es el único ser al que puedes reducir a añicos con una sola mirada. Hay miradas que matan. Pero también hay miradas que resucitan muertos, miradas que hacen que la vida valga la pena.

Quedó solo Jesús, con la mujer. Jesús se incorporó y le preguntó: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?» Ella contestó: «Ninguno, Señor». Jesús dijo: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más».

¡Lo que daría por estar en la piel de esa mujer en ese momento! ¡Lo que daría por conocer el modo en que Jesús la miró! Yo quiero recibir esa mirada.

La recibo, lo sé, aunque mis ojos siguen a oscuras. Pero me basta, de momento, con saberlo. Porque es maravilloso saber que, cuando tantas veces te sientes juzgado por la mirada de los hombres, hay alguien que, por mucho que te hayas equivocado o hayas pecado, te mira con cariño, te sonríe y te dice: Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más.

Esa mirada de Jesús te limpia, te reconcilia contigo mismo y te da ánimo para seguir adelante. Te hace bueno.

(TC05L)

Una vida fecunda

Que todos moriremos no es ninguna noticia. No te sorprenda que, en pleno domingo, te invite a meditar en tu propia muerte. Es para que te preguntes qué herencia dejas al mundo. ¿Has sembrado algo? ¿Dejas el mundo un poco mejor de como lo encontraste? ¿De qué ha servido tu paso por la tierra?

Hay quien deja menos de lo que encontró. Hay quien no deja nada. Hay quien deja dinero, una empresa, unos libros escritos… Y hay quien se marcha de este mundo habiendo sembrado vida eterna. Dichosos ellos, y dichosos nosotros, que recogemos sus frutos.

Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. Cristo murió y fue enterrado como grano de trigo, y la tierra se ha llenado de su fruto. El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor. Únete a Él. Siembra vida eterna en las almas que te rodean. Siembra tu propia vida como trigo, entrégala generosamente. Que nadie diga que has muerto, que digan que te has entregado. Y tu paso por la tierra habrá sido una bendición para ti y para el mundo. Deja fruto.

(TCB05)

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