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Espiritualidad digital – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

¡Me has robado!

Antes de que Cristo nos revelara al Espíritu Santo como tercera persona de la santísima Trinidad, el Antiguo Testamento hablaba, en numerosas ocasiones, del «Ruah Yahweh». Es una expresión ambigua. Puede significar «el aliento de Dios», «el soplo de Dios», «el viento de Dios»… «¡El beso de Dios!» (Ct 1, 2). Todo lleva a lo mismo: aire manado de la boca de Dios.

Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo». Cuando dos enamorados se besan, se hacen entrega de lo más íntimo de su ser: su propio aliento, emanado de sus entrañas. Pero ahí queda todo.

¿Cómo sopla un resucitado que respira cielo? Su Aliento es su Espíritu, es el «Ruah Yahweh». Y, cuando me besa, ese Espíritu, si lo recibo con docilidad, se apodera de mí y me convierte en Él. Y por eso, convertido en Él, llamo a su Padre «Abbá», un derecho que sólo tiene el Unigénito de Dios.

No soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí (Gál 2, 20). Debo dejar que ese beso, ese Aliento inunde mi corazón, mis pensamientos, mis palabras y hasta los miembros de mi cuerpo, que deben ser suyos.

¡Te pertenezco!

(PENTA)

Esas muchas otras cosas

Jesús de Nazaret es un personaje histórico, que ha nacido, vivido y muerto en un tiempo y lugar concretos de la Historia. Pero si Jesús es sólo eso, entonces nosotros somos unos nostálgicos dedicados a conservar su recuerdo como conservarían otros el recuerdo de Cervantes o de Shakespeare. Ni Cervantes ni Shakespeare han escrito una sola línea desde que murieron. Sin embargo…

Muchas otras cosas hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que ni el mundo entero podría contener los libros que habría que escribir. Jesús, tras su muerte, resurrección y ascensión, ha seguido y sigue obrando. No hay libros suficientes para narrar todas sus obras, presentes y futuras. Él murió en los mártires de las primeras persecuciones. Él nos ha iluminado con la sabiduría de Agustín, nos ha enseñado a orar con los escritos de Teresa e Ignacio, ha alcanzado los confines de la tierra en los viajes de Francisco Javier, ha derramado su gracia en el confesonario de Juan María Vianney, ha iluminado el Carmelo de Teresa de Lisieux…

… Y quiere seguir obrando a través de ti. Por eso mañana va a enviarte su Espíritu. Prepárate para recibirlo con gozo y dejarte conquistar por Él.

(TP07S)

El mayor consuelo del pecador

Simón

El diálogo entre Jesús resucitado y Simón Pedro a orillas del Lago de Genesaret, además de tierno, es muy sorprendente y muy consolador. Y consuela por aquello mismo por lo que sorprende.

Le dice a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?» Él le contestó: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Jesús le dice: «Apacienta mis corderos».

Que Simón responda a Jesús: Sí, Señor, tú sabes que te quiero, no tiene nada de sorprendente. Era de esperar. A pesar de su triple pecado, Simón quería mucho a Jesús. Lo sorprendente es que Jesús le diga: Apacienta mis corderos.

Eso no era de esperar. Lo normal hubiera sido algo como esto: «Sé que me quieres, Simón, eso nunca lo he dudado. Pero ya no podrás apacentar mis corderos. Comprenderás que, después del ejemplo que les has dado jurando ante todos que no me conocías, ya no tienes credibilidad».

¡Pero no! Jesús le dice: Apacienta mis corderos. Y eso significa: «Por muchos que sean tus pecados y tus torpezas, Simón, yo te sigo eligiendo y quiero servirme de ti. Sólo te pido que me ames».

He ahí el mayor consuelo para los pecadores que amamos a Cristo.

(TP07V)

Dulces sueños y buenos amigos

Hace años soñé que estaba en el cielo. No creo que el cielo sea como lo soñé, aunque me encontraba muy bien allí. Prefiero soñar que estoy en el cielo a soñar que me devora un monstruo de seis cabezas. Lo que me llamó la atención del sueño aquel fue que, a pesar de lo bien que me sentía, estaba sufriendo. Sufría porque deseaba volver a la tierra a contarle a mis amigos lo maravilloso que era el cielo, y no encontraba el camino de regreso. Jajaja, cuando desperté, ya no había remedio. Ni siquiera aquí voy a contar el sueño, el cielo tiene que ser mucho mejor.

Padre, este es mi deseo: que los que me has dado estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria, la que me diste, porque me amabas, antes de la fundación del mundo.

El sueño me ha servido para entender a Jesús. Cuando disfrutamos algo bueno, queremos que nuestros seres queridos lo disfruten también. Me sucede con las películas, aunque hace años que no veo una película buena.

Pero cómo no voy a entender, oh Jesús, que estés deseando que comparta contigo el cielo. ¡Si yo estoy deseando que me lo enseñes!

(TP07J)

Palabra viva

Minutos antes de alzar los ojos al cielo y elevar su oración al Padre, Jesús ha entregado a los apóstoles su cuerpo y su sangre. Sabe que provocará, con su marcha, una sensación de desamparo, y por eso busca la forma de permanecer entre nosotros, aunque su rostro esté velado a nuestros ojos. Pero no es la Eucaristía la única prenda de Amor que nos entrega:

Yo les he dado tu palabra… Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad.

Jesús nos ha dejado también su palabra. Y esa palabra está viva, como vivo está Jesús en la sagrada Hostia. La comulgamos de forma diferente, su palabra no entra por la boca como la Eucaristía, aunque, una vez anidada, brota viva y luminosa de nuestros labios. Ella entra por el oído y por los ojos.

Recógete en silencio cada mañana. Abre los santos evangelios, léelos despacio. No te atiborres, no hace falta. En ocasiones, basta un versículo. O uno primero y, tras saborearlo y dejar que haga eco en lo profundo del alma, después otro. Deja que esa palabra llene el corazón de vida y de dulzura. Notarás que Cristo, aunque esté escondido a tus ojos, está vivo en ti.

(TP07X)

Los que me diste

Moriría feliz, cuando llegase mi hora, si pudiera hacer mías las palabras de Cristo:

He manifestado tu nombre a los que me diste de en medio del mundo.

No podré decir, a buen seguro, que todos han creído. Y tampoco depende de mí. Pero quisiera decir que he manifestado el nombre de Cristo a quienes Él me dio. Sé quiénes son: mis feligreses, mis amigos, mi familia… ¡Vosotros!

Pero, aunque me siento aludido, no hablo sólo de mí. Tú tienes también a los tuyos. ¿Sabes quiénes son los que el Señor te ha dado? Tu familia, desde luego. Pero no sólo ellos. Tienes amigos, vecinos, compañeros de trabajo, personas que comparten contigo el gimnasio, la piscina, el supermercado, la escuela… No estás junto a ellos por casualidad.

¿Rezas por ellos? Porque, si no lo haces, de poco servirá que les hables. Reza cada mañana por todos aquellos con quienes compartirás el día. Y, después, busca el momento y la ocasión para hablarles de Cristo. Algunos te harán caso, otros se reirán, eso no depende de ti. Pero procura que puedas decir, antes de abandonar este mundo:

He manifestado tu nombre a los que me diste de en medio del mundo.

(TP07M)

Él hiere y venda la herida

En ocasiones, el Enemigo tienta a algunos cristianos haciendo que se pregunten por qué se complican tanto la vida, cuando las personas sin fe viven libres de ataduras. Envidiaba a los perversos, viendo prosperar a los malvados. Para ellos no hay sinsabores, están sanos y orondos; no pasan las fatigas humanas, ni sufren como los demás (Sal 72, 3-5). Lo de «orondos» me encanta. La maldad engorda.

Es mentira. No hay sufrimiento peor que el de vivir sin Dios, con la muerte y sus tinieblas como horizonte. Pero también es cierto que quienes tenemos fe sufrimos dolores de los que nada sabe el mundo.

No rechaces la lección del Todopoderoso, porque hiere y pone la venda, golpea y cura con su mano (Job 5, 17-18). Porque el Espíritu viene a herir y a sanar. A herir, porque nos hace partícipes de los sufrimientos de Cristo. Nos duelen nuestros pecados y todos los pecados que se cometen en el mundo. Y a sanar, porque nos trae la paz de Cristo y la esperanza en su victoria.

Os he hablado de esto, para que encontréis la paz en mí. En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo.

(TP07L)

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