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Espiritualidad digital – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

La mejor prueba de que Dios existe

Me decía un hombre feliz: «Aunque Dios no existiera, habría merecido la pena creer. Se vive mucho mejor creyendo en Dios». Me dio lástima esa primera parte, como si la religión pudiera ser una mentira que nos decimos a nosotros mismos para encontrar consuelo.

La mentira nunca hizo feliz a nadie. Si Dios no existiera, la fe te haría desgraciado. Porque esa alegría que experimentas al orar, ese gozo con que saboreas los bienes del Espíritu, viene de Dios, no es de este mundo. Tu propia felicidad es la prueba viva, para ti, de que Dios existe, te escucha y te responde. Dale gracias.

Todo el que por mí deja casa, hermanos o hermanas, padre o madre, hijos o tierras, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna. Es cierto: se vive mejor con Dios. Se sufre mejor con Dios. El cariño de los seres queridos, los placeres santos de esta vida… se gozan mejor con Dios. Y se muere mejor con Dios. Porque Dios lo llena todo de Amor. Si no existiera, y siguiéramos rezando, todo sabría a mentira. Seríamos los más desgraciados de todos los hombres.

Pero somos lo más dichosos. Porque Dios existe y nos ama.

(1107)

Porque no les da la gana*

¡Cómo te gustaría hablar de Dios, y que las almas se rindieran al escuchar tus palabras! ¡Cómo te gustaría señalar el camino hacia el Cielo, y que los hombres se pusieran en marcha, como una procesión al Paraíso! Lo ves todo tan claro, que no te explicas por qué el apostolado no es tan sencillo como explicar un manual de instrucciones: la gente lo lee, lo entiende, y lo pone en práctica.

Despierta. Si todo fuera tan fácil, Jesús no habría muerto en una cruz.

Os azotarán en las sinagogas y os harán comparecer ante gobernadores y reyes por mi causa… Seréis odiados por todos a causa de mi nombre.

En cierta ocasión, le expliqué a un amigo el camino del Cielo con tal claridad, que mis palabras me parecieron tan imbatibles como una fórmula matemática resuelta en una pizarra. No cabía –pensaba yo– apelación alguna; mi amigo, necesariamente, tendría que rendirse ante semejante evidencia. Pero mi amigo me miró con aire de condescendencia, y me dijo: «Fernando, tienes toda la razón. Pero no me da la gana». Punto.

Las palabras dan luz a quien busca a Dios. A quienes huyen de Él sólo se los redime con la Cruz.

(TOP14V)

* Dedicado a Nicolás, en agradecimiento y en respuesta a sus amables palabras

Sin esperar nada a cambio

Vivimos de espera, y la espera nos mata.

Cuando amamos a alguien, siempre esperamos respuesta. Ya que le tratamos con cariño, esperamos que nos trate bien, que nos consuele cuando lo necesitamos, que preste atención a nuestros dolores… Y entonces descubrimos que el prójimo no está a la altura de nuestras expectativas. Y nos sentimos defraudados.

Culpa nuestra. ¿Por qué esperamos de los hombres –que son tan pobrecitos como nosotros– lo que sólo de Dios podemos recibir?

Gratis habéis recibido, dad gratis. ¿Acaso Dios ha esperado a que estemos a la altura para amarnos? ¿No nos trata con cariño, incluso cuando lo ofendemos? ¿No nos abre los brazos siempre que volvemos a Él? ¿No está pendiente de nosotros cuando nosotros nos olvidamos de Él?

Si tanto amor recibimos a cambio de nada… ¿Por qué no amamos así al prójimo?

Si la casa se lo merece, vuestra paz vendrá a ella. Si no se lo merece, la paz volverá a vosotros. El amor que damos a los demás siempre vuelve a nosotros. Aunque, en ocasiones, vuelva en forma de Cruz. ¿No la abrazaremos, como ha abrazado Cristo nuestros desprecios para redimirnos?

Creo, de verdad, que, si amásemos así, redimiríamos la tierra.

(TOP14J)

El reino de los cielos

¿Qué es el reino de los cielos?

El reino de los cielos es ese reino que está en los cielos, donde reina Dios, y donde los ángeles y santos se alegran en la contemplación de su gloria. Es el hogar al que anhelamos llegar, terminada nuestra peregrinación, y en el que encontraremos descanso.

Pero, desde que el Verbo se hizo carne, el reino de los cielos se derrama sobre la tierra a través del costado de Cristo, y lo va inundando todo en la vida de las almas llenas de Dios.

Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos. Nosotros vamos a él, pero él viene a nosotros. El reino de los cielos son los miles de hombres y mujeres que, en la tierra, no viven según la carne, porque sólo obedecen a Dios, su rey. Viven en este mundo como se vive en el otro, y abren horizontes eternos ante las miradas de sus semejantes. Aman como ama Dios, perdonan como Dios perdona, piensan con la mente de Cristo, se alegran con la alegría de los santos…

Ojalá, señalándote a ti, puedan decir los hombres que ha llegado a la tierra el reino de los cielos.

(TOP14X)

¡Más cerveza, por favor!

«¡Qué mal está el mundo! ¡Cuánta frialdad hacia la religión, cuánto hedonismo, cuánta mentira, cuánta injusticia, cuánta corrupción, cuánto odio, cuánta lujuria, cuánta desvergüenza, cuánto egoísmo!». Así se quejan, y después buscan refugio en el templo, donde sueñan que son ellos los elegidos que han quedado a salvo. Vuelven a casa, procurando no entrar en el bar, para no mancharse, y esperan a la muerte entre devociones que los vuelvan impermeables a esa ola de paganismo.

¡Cuánta estupidez! ¡Cuánta ceguera! ¿Por qué no miráis el mundo con los ojos de Cristo, en lugar de juzgarlo según vuestra intolerancia?

Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, «como ovejas que no tienen pastor». ¿No os da lástima que tantas almas vivan –¡mueran!– sin Dios en sus vidas? ¿No sentís compasión de quienes viven –¡mueren!– sumergidos en el pecado? ¿A cuántos, que no conocen a Cristo, habéis hablado del Señor y de su Amor? ¿En cuántos bares habéis entrado? ¿Cuántas cervezas habéis bebido anegando, entre vuestras palabras de consuelo, las blasfemias de los borrachos?

La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies.

(TOP14M)

Un jefe, y una enferma

¿En qué se diferencian las dos personas que, en el evangelio de hoy, se benefician del poder del Señor?

Se acercó un jefe de los judíos que se arrodilló ante él y le dijo: «Mi hija acaba de morir. Pero ven tú, impón tu mano sobre ella y vivirá». Jesús se levantó y lo siguió. Jairo –que así se llamaba– va por delante. Es Jesús quien lo sigue a él. Entre tanto, una mujer que sufría flujos de sangre desde hacía doce años, se le acercó por detrás y le tocó la orla del manto. La hemorroísa, en cambio, va por detrás.

Jairo habla. La hemorroísa calla, quiere pasar desapercibida y no molestar.

Es normal la diferencia, y ambos hacen bien. Porque, mientras Jairo es alguien importante, la mujer es una pobre enferma aquejada de impureza.

Personalmente, me quedo con ella; con el lugar de los enfermos que callan e imploran con fe. Quisiera no hacer ruido, no dar guerra, no molestar más que lo justo. Lo único que, quizá, me diferencia de esa mujer, es que, de haber logrado tocar la orla del manto del Señor, no me hubiera conformado con eso. La habría besado con todas mis fuerzas.

(TOP14L)

Dime lo que buscas…

Gran parte de vosotros, cuando os acercáis al sacerdote, o cruzáis la puerta de la iglesia, buscáis algo. Escribo «gran parte», porque hay algunos que, simplemente, se acercan «porque toca». Pero cada vez son menos. La mayoría buscáis algo. ¿Qué buscáis? Algunos buscáis consuelo. Otros buscáis perdón. Muchos buscáis orientación, necesitáis ayuda para saber qué hacer en tal o cual circunstancia de la vida.

Pero el gran don de Dios a sus hijos amados no es el consuelo, ni la limpieza, ni el consejo, aunque son tres dones maravillosos y sobrenaturales. El gran don de Dios se encuentra en estas palabras del Señor: Te doy gracias, Padre, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a la gente sencilla. El conocimiento, la contemplación en alabanza del propio Dios es la plenitud del gozo del cristiano. Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo (Jn 17, 3).

Aunque lo que buscamos sea bueno, reconocerás que, en ocasiones, somos demasiado «prácticos» y poco contemplativos. Eso nos mata el alma.

¿Cuántos os acercáis a la iglesia, o al sacerdote, con un ruego urgente: «¡Hábleme de Cristo!»?

(TOA14)