El Mar de Jesús de Nazaret

Espiritualidad digital – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

Manual del penitente

Si la multiplicación de los panes y los peces es el milagro eucarístico por excelencia, puede que la curación del leproso sea el milagro que mejor anunció el sacramento del Perdón.

Se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas

Siempre que puedas, arrodíllate al confesarte. Así entenderás que no vas a tener, con el sacerdote, una charla de amigos. Te pondrás en tu sitio: el de un pecador que suplica el perdón ante Dios, y que ve, en el sacerdote, al propio Cristo derramando su misericordia. Isabel la Católica tomó como confesor a fray Hernando de Talavera cuando éste, en su primera confesión, la obligó a arrodillarse, mientras él permanecía sentado. Era una mujer muy inteligente, y muy piadosa.

Si quieres, puedes limpiarme.

El enfermo muestra ante el Señor su miseria sin perfumarla ni adornarla. Muestra tú también así tus pecados ante el confesor: con sencillez, sin adornos ni palabrerías, sin excusas ni acusaciones hacia otros.

Con sus palabras, el leproso mostró su confianza en el poder de Jesús para curarlo. Acude tú también sin miedo al sacramento del Perdón, confía en la misericordia de Dios. Cree que, por grandes que sean tus pecados, mayor será siempre su perdón.

(TOI01J)

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Paño de lágrimas

No seas de esas personas que van exhibiendo sus dolores ante los demás. Cuando abren la boca, todo son ayes y lamentos. Son capaces de confesar sus problemas más íntimos ante la cajera del supermercado y las cuatro personas que esperan en la fila, con tal que los compadezcan. Si te los encuentras por la calle, te da miedo preguntarles «¿qué tal estás?», no vaya a ser que te lo cuenten.

Todos necesitamos llorar. Pero deberíamos saber escoger bien el hombro sobre el que verter nuestras lágrimas, para no faltar al pudor ni hacer el ridículo.

La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, e inmediatamente le hablaron de ella.

Sabían lo que hacían. Dice un salmo: Encomienda a Dios tus afanes, y él te sustentará (Sal 55, 23). Porque las penas se le cuentan al buen amigo, y Dios es el mejor amigo del hombre.

Aprende a desahogar tus dolores ante el sagrario, o delante del crucifijo. Te aseguro que no encontrarás mejor consuelo. Y, después, ante los hombres, guarda tus penas y escucha las suyas. Porque, si vas quejándote ante todos de lo mucho que sufres, ¿quién podrá apoyarse en ti? Pensarán: «Bastante tiene con lo suyo».

(TOI01X)

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Dulce autoridad

Hablamos de «autoridad», y pensamos en el policía que nos hizo parar el coche el día en que nos saltamos un semáforo en rojo. Pero esa imagen tiene más que ver con el poder que con la autoridad. «Autoridad», en sentido estricto, es el señorío que un autor tiene sobre su propia obra.

¿Qué es esto? Una enseñanza nueva expuesta con autoridad. Incluso manda a los espíritus inmundos y lo obedecen.

Jesús sorprende, porque explica la Ley de Dios como si la hubiera escrito y promulgado Sus labios no recitan la «Torah»; la poseen. Y luego, cuando manda a los demonios, lo hace como si esos espíritus, ahora inmundos, hubieran salido puros de sus manos. ¡Con qué temor lo obedecen!

Cuando nos habla a nosotros, nos habla como nuestro Dueño y Señor. Cualquiera que lo escuche, y no se defienda de sus palabras, sentirá que le pertenece, que siempre le ha pertenecido, aunque no lo supiera hasta entonces. Realmente, somos suyos. Santa Teresa, que escuchaba al Señor con alma limpia y enamorada, acabó escribiendo: «Vuestra soy, para Vos nací / ¿Qué mandáis hacer de mí?».

Escúchalo así. Y sabrás que tienes Dueño. ¡Qué dulce Dueño! ¡Qué dulce autoridad!

¡Señor mío!

(TOI01M)

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Descentrados

Probablemente conoces a Jesús. Puede que lo hayas conocido desde niño. Pero ¿te has encontrado realmente con Él? ¿Es Jesús tu Salvador?

Mi familia, mi trabajo, mis amigos, mis ideas, mis preocupaciones, mis sueños, mis planes, mi país, mi descanso… Cada hombre es el centro de una circunferencia, en la que todo se agrupa en torno a él.

Mi religión, mis oraciones, mi parroquia, mi grupo, mi confesor… Es el entorno de una persona religiosa, pero no necesariamente indica que esa persona se haya encontrado con su Salvador.

Los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon en pos de él.

Pedro, Andrés, Santiago y Juan eran también, cada uno, el centro de su propia circunferencia vital. Pero, al encontrarse con Jesús, toda esa circunferencia saltó hecha añicos, porque, de repente, perdió el centro que la mantenía unida. Dicho de otra forma: se descentraron. Jesús pasó a ser el nuevo centro de sus vidas.

Lo que Jesús quiere, lo que Jesús me pide, lo que agrada a Jesús, lo que disgusta a Jesús, lo que Jesús dice, lo que Jesús siente, lo que Jesús piensa… Ahí tienes el mundo de un auténtico cristiano.

(TOI01L)

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Y Dios rezó en voz alta

Los cuadros que plasman la escena del bautismo de Cristo suelen mostrar al Espíritu Santo, en forma de paloma, sobre un Jesús que sale de las aguas. Pero, según el relato de san Lucas, las cosas no fueron exactamente así.

También Jesús fue bautizado; y, mientras oraba, se abrieron los cielos.

La epifanía del Jordán no sucedió en el instante en que Jesús salía del agua, sino poco después. Jesús, tras ser bautizado, se recogió en oración, probablemente cerca de la orilla. En esa oración, habló en voz baja con su Padre, como siempre hacía. Pero su Padre quiso elevar la voz, y hacer partícipes a todos los hombres del diálogo de Amor que mantenía con su Hijo.

Tú eres mi Hijo, el amado, en ti me complazco.

El Amor descendió visiblemente, y fuimos los mortales invitados al secreto de la Trinidad. La ruptura entre Dios y los hombres tocaba a su fin, las aguas de muerte del diluvio se secaban, y se nos ofrecía el agua viva del bautismo.

Todo esto sucedió para que nosotros sepamos que no hay salvación fuera de Cristo, y que Él es el único Salvador del hombre. Amarlo a Él ya es el Cielo.

(BAUTSRC)

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