Si el milagro es una transgresión de las leyes de la Naturaleza provocada por Dios, aquel ciego fue beneficiado por un milagro cuando, siguiendo las indicaciones de Jesús, se lavó en la fuente de Siloé y sus ojos comenzaron a ver.
Pero si el milagro es signo de una gracia que escapa a la Naturaleza, habrá que situar el verdadero momento en que aquel hombre comenzó a ver más adelante.
«¿Crees tú en el Hijo del hombre?» Él contestó: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?» Jesús le dijo: «Lo estás viendo: el que te está hablando, ese es». Él dijo: «Creo, Señor».
Fue entonces cuando aquel hombre vio, iluminado por la fe, al Hijo de Dios.
Lo que ven nuestros ojos es nada. Hoy es, mañana no es. Todo cuanto vemos desaparecerá como el humo.
Ver es contemplar el cielo abierto en cada misa; mirar cómo la muerte se abre hacia lo eterno; distinguir cada momento de la vida como parte del camino al cielo; captar la presencia de Jesús a nuestro lado; sabernos cubiertos por la palma de Dios.
Quien no vea esto, aunque acierte con todas las letras en la plantilla del oculista, está ciego.
(TCA04)

















