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Espiritualidad digital – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

Lo que sucede con las vigas

Una mota en el ojo es incómoda. Si no logras sacarla, pides ayuda: «Cariño, ¿puedes sacarme la mota del ojo?». «Cariño» saca su pañuelo, lo pasa con delicadeza por tu globo ocular, y asunto arreglado. Salvo que «Cariño» tenga una viga en el suyo. En ese caso, estáis perdidos los dos.

Hipócrita: sácate primero la viga del ojo; entonces verás claro y podrás sacar la mota del ojo de tu hermano.

Lo más curioso de todo es que, mientras tú te quejabas, «Cariño» no dijo ni «mú». Es más: se le hubieras preguntado, te habría dicho que ve perfectamente.

Suele suceder con las vigas. Cuesta reconocer que uno las lleva puestas en lugar de las gafas. Al fin y al cabo, si uno tiene una mota en el ojo, sólo tiene un problema. Pero, si uno tiene una viga, es un botarate. ¿A quién se le ocurre ir de paseo a las obras de al lado y llevarse una viga entre los párpados? Mejor decir que llevas un nuevo modelo de gafas, y que te tomen por snob antes que por idiota.

¡Cuánto te cuesta dejarte ayudar! ¡Y todo por no reconocer que tus pecados te han nublado la vista!

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Mejor preguntas que respuestas

Acudimos (o deberíamos acudir) al anciano en busca de sabiduría y experiencia. El niño, sin embargo, suscita curiosidad y expectativas. «Será niño», «será niña», «será rubio», «será pelirrojo», «será abogado», «será ingeniero», «¡será sacerdote!»… Todo son sueños y apuestas.

Querían llamarlo Zacarías, como a su padre. Aún no puede hablar, y ya le están planificando la vida. Esperan que el primogénito perpetúe el nombre y la semilla paterna.

¡No!

Ese ¡No! de Isabel vale oro. Es un ¡No! a las criaturas que brota de un rendido «¡Sí!» a Dios.

Se va a llamar Juan… Juan es su nombre. Zacarías se une a Isabel, para enfrentarse, como un sola carne, a las expectativas de los hombres.

«Este niño no será lo que vosotros o nosotros esperemos de él. No es una pizarra donde podamos escribir la respuesta a nuestros complejos, ni la satisfacción de nuestras frustraciones, ni la perpetuación de nuestros sueños. Este niño será lo que Dios quiere de él. Dios le ha dado el nombre; Él marcará la misión».

Los que lo oían reflexionaban diciendo: «Pues ¿qué será este niño?». Maravillosa reflexión, que convierte las respuestas en preguntas. «¿Qué quiere Dios de él?».

¡Así se educa a un hijo!

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Elige bien tus preocupaciones

El número de problemas que se soluciona pensado es bastante limitado. Los problemas de matemáticas se solucionan pensado. Y algunas cuestiones prácticas también se pueden arreglar dándole a las neuronas unas vueltas.

Pero no vas a evitar que anochezca por mucho que pienses. Tu hijo no va a cambiar gracias a tu preocupación. Ni se va a curar ese enfermo por más que pienses en su enfermedad. Ni va a ser más amable contigo esa persona por las horas que dedicas a maldecirle por dentro.

Por eso os digo: no estéis agobiados por vuestra vida… Buscad, ante todo, el reino de Dios y su justicia, y todo eso se os dará por añadidura.

 Te aconsejo una «santa irresponsabilidad»: Puesto que no puedes cambiar nada de cuanto te preocupa, trata de prescindir de ello; abandónalo en manos de Dios. Y centra tus energías en tu propia santificación. Pon toda tu atención en hacer, en cada momento, lo que Dios te pide. Y hazlo bien, con elegancia, con finura, como si nada te preocupase más que ofrecerle al Señor lo mejor de ti.

Te sorprenderás. Las manos de Dios son más poderosas que tus agobios. Sólo tenías que escoger bien tus preocupaciones.

(TOP11S)

Magnetismo

Cuando tomas en tus manos una piedra, y después la dejas caer, ¿a dónde va? Al suelo. Cosas de la fuerza de la gravedad.

Cuando sujetas a un animal hambriento ante su ración de comida, y después lo sueltas, ¿a dónde va? A devorar la pitanza. Cosas del hambre.

Cuando sujetas unos clavos ante un imán, y después los sueltas, ¿a dónde van? Al imán. Cosas del magnetismo.

Cuando tienes el corazón ocupado en tus quehaceres diarios, y esos quehaceres cesan; cuando te quedas solo, ¿a dónde va tu corazón? ¿en qué piensas? En tus afanes, tus preocupaciones, tus sueños… A veces, incluso, se te escapa el corazón hacia ellos mientras trabajas o rezas. Y te distraes.

Donde está tu tesoro, allí estará tu corazón.

Ya sabes, entonces, cuál es tu tesoro. Hay quien tiene como tesoro el cubo de basura: su corazón vuela hacia pecados, dolores y espantos. Qué lástima.

Ojalá te distrajeras «al revés». Ojalá se te escapara el corazón a Jesús en medio de tus muchos quehaceres, y en Él pensaras cuando te quedases a solas.

¿Te gustaría que fuese así? Yo te diré cómo: lleva el corazón ante el sagrario, hasta que quede imantado por Él.

(TOP11V)

¿Por qué pedimos?

Te copio una pregunta que merece un puesto en el catálogo de «Las 1.000 preguntas más repetidas ante el sacerdote» (algún día me dará por escribir el catálogo entero):

– Padre, el Señor dice que vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes de que lo pidáis. Entonces, ¿por qué pedirlo? Si Dios ya sabe lo que necesito, y me ama, me lo dará, aunque no lo pida.

Respuesta: NO. Dios, en efecto, sabe lo que necesitas. Pero es posible que no te lo dé si no lo pides, para que, así, aprendas que eres pobre, que no tienes derechos ante Él, y que debes pedir con humildad.

La oración de petición no tiene como finalidad recordarle a Dios nuestras necesidades. Efectivamente, Él ya las conoce, y no las olvida, porque está pendiente de nosotros constantemente. La finalidad de la plegaria es nuestra propia humildad, y también nuestro descanso.

Muchas veces, pedimos porque necesitamos desahogar ante Dios nuestra necesidad. Necesitamos llorar, y así pedimos con lágrimas, como pidió Jesús en Getsemaní.

Otras veces, pedimos para no olvidar que todo es gracia.

Y, siempre, al pedir, nos convertimos en cooperadores de la Providencia con que Dios nos cuida.

Por eso pedimos.

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