Hay quien tiembla al escuchar el evangelio de hoy. Tras proclamar la parábola de aquel siervo sin entrañas, Jesús sentencia: Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada cual no perdona de corazón a su hermano.
Aquí comienza el temblor. Porque a todos nos han herido, y no siempre podemos estar seguros de haber perdonado. Menos aún, cuando Jesús habla de perdonar de corazón. ¿Puedo estar seguro de haber perdonado «de corazón»? ¿Qué es perdonar de corazón?
Te diré primero lo que no es. Perdonar no es que la ofensa no te duela. No confundas dolor con rencor. «Cada vez que pienso en ello, me duele; luego no debo haber perdonado». Mentira. Eso sólo significa que te hicieron daño, y la herida no ha sanado. Ese dolor no es pecado.
Para empezar, perdonar es querer perdonar. Si quieres perdonar, vas por buen camino. También es renunciar a hacerle pagar la ofensa al ofensor. Demos un paso más: Ofrece el dolor causado por el alma de quien te lo causó. Cuarto paso: reza por quien te hizo daño. Y, en quinto lugar: No tienes por qué intimar con quien te hirió; pero, si se acerca a ti… trátalo bien.
(TOA24)

















