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Espiritualidad digital – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

Lo más normal

El gnosticismo fue una de las primeras herejías que azotó al cristianismo. Según esa doctrina, tan actual aún en nuestros días, el hombre se redime superando el lastre del cuerpo y adquiriendo una «gnosis», un conocimiento que lo eleva sobre lo material. El cuerpo, y cualquier placer corporal, es malo y debe dejarse atrás.

Ya comprenderéis que esta doctrina se da de palos con el misterio de la Encarnación: Dios ha asumido un cuerpo porque el cuerpo, aunque enfermo a causa del pecado original, es bueno, es obra suya. Ha comido y bebido porque los placeres corporales son buenos y están llenos de Amor de Dios. Ha resucitado corporalmente para llevar, no sólo el suyo, sino también nuestros cuerpos a la gloria.

¡Bendito el cuerpo de la Virgen, que nunca se desposó con el pecado! ¡Benditos esos miembros carnales de los que se alimentó Dios! ¡Benditos brazos, que cobijaron a Dios niño! ¡Benditos labios, que besaron al Altísimo!

Me atrevería a decir que el cuerpo de Cristo, en el Paraíso, estaba incompleto sin el de su Madre. ¿Qué hijo no desea un beso de mamá? Por eso, el que ella fuera llevada corporalmente al cielo me parece… lo más normal.

(1508)

Volvamos al principio

matrimonio cristianoAl principio creó Dios el cielo y la tierra (Gén 1, 1). Dios creó el Universo y al hombre amando, lo creó con un plan amoroso y con un propósito de Amor: la felicidad del ser humano, hombre y mujer, imagen y semejanza de Dios en cuyas manos dejó su creación.

Pero el hombre pecó, y se separó de su Creador. Y esa unión amorosa y fecunda entre hombre y mujer se rompió como un espejo golpeado por una piedra.

«¿Y por qué mandó Moisés darle acta de divorcio y repudiarla?» Él les contestó: «Por la dureza de vuestro corazón os permitió Moisés repudiar a vuestras mujeres; pero, al principio, no era así.

Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre. Es toda una promesa de redención. Os voy a devolver al principio, voy a restaurar el plan de Dios.

Si esa es la situación del hombre con la mujer, no trae cuenta casarse. Trae cuenta, pero la cuenta la pagaré Yo con sangre. En adelante, nadie diga que se le pide un imposible. Pero tampoco piense nadie que puede cumplir las promesas del matrimonio sin ayuda de mi gracia. En el matrimonio se persevera de rodillas.

(TOP19V)

Déjalo marchar

Me encanta escucharlo, cada vez que acudo a confesar mis pecados: «El Señor ha perdonado tus pecados; vete en paz». Realmente me voy en paz.

Se compadeció el señor de aquel criado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda.

Es importante el detalle de que lo dejase marchar. Es la forma de cerrar un capítulo, o de pasar una página. Asunto concluido, ya no me debes nada.

Es, sobre todo, la forma sana de perdonar. Porque nosotros, muchas veces, incluso cuando perdonamos –o decimos que perdonamos– no dejamos marchar al deudor, lo retenemos preso en nuestra cabecita y no paramos de dar vueltas a lo que nos hizo. «No, si yo lo perdono, ya lo he perdonado, pero cada vez que pienso en cómo me ha tratado es que me sube una cosa desde las tripas que no me deja vivir en paz». ¿Sabes cómo se llama eso? Si dices que lo has perdonado, no lo llamaré rencor. Me conformaré con decir resentimiento. Y no te hace bien.

No te pido que olvides, eso es estúpido. Te pido, por tu bien, que lo dejes marchar. Que rechaces como tentación esos pensamientos y reces por él. Así la herida curará mejor.

(TOP19J)

Importancia del apellido

Juanes hay muchos. Pero Juan Martínez del Prado y García de Bustamente es más localizable. El apellido siempre es importante.

Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas.

Correcciones hay muchas. Está la maldita corrección que mi teléfono hace en todo lo que escribo, y llama «bruja» a mi interlocutora cuando yo quería hablarle de una brújula. Está la corrección desalmada de quien se ha enfadado contigo y te hace la autocrítica a grito pelado. Está la corrección cínica de quien hace las cosas peor que tú y te corrige porque le pones en evidencia. Y la corrección envidiosa de quien no soporta que lo hagas tan bien y quiere señalarte algún defecto.

La corrección a la que se refiere el Señor se llama «corrección fraterna». Y el apellido lo cambia todo. Corriges a tu hermano porque lo amas. Nadie se atreve a decirle lo mal que huele su camisa salvo tú, que lo quieres y no deseas que se aparten de él por el aroma. Y sólo tú, que lo quieres, le dices que no debería beber cuatro cervezas seguidas.

Que te haga caso es otra cosa. Pero tú has hecho un acto de amor.

(TOP19X)

Problemas de hermano mayor

Soy el hijo mayor de mis padres, y eso marca. Los primogénitos me entendéis bien. Niño, cuida de tus hermanos. Niño, tienes que dar ejemplo. Como tu hermanito es pequeño se lo permitimos, pero tú ya eres mayor. Etc. He generado un pútrido sentido de la responsabilidad que me hace vivir como si me persiguiera la señorita Rotenmeyer.

Es un espanto, porque en las parábolas del Evangelio en que aparecen hermanos mayores, todos son un desastre. Pensad en el hermano mayor del hijo pródigo, o en aquel hijo mayor que prometió a su padre ir a trabajar a la viña y no lo hizo.

Como así no hubiera podido entrar en el reino de los cielos, mi conversión ha sido la de Benjamin Button. Ante Dios, he decrecido, y soy ahora el más pequeño de sus hijos, un bebé que apenas gimotea, porque ya no sabe ni hablar.

En verdad os digo que, si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. El niño pequeño no hace nada por sí mismo. Se deja hacer, se deja querer, se deja alimentar y sonríe. Mira qué mono, qué carita de alegría.

Es más fácil.

(TOP19M)

¿Qué pinto yo recordando al Correcaminos?

Muchos pasan la vida huyendo de la muerte, como huía, cuando yo era niño, el Correcaminos del Coyote en los dibujos animados, pero con menos suerte. La muerte es un perseguidor más listo que el Coyote, y no usa artilugios marca ACME. Puedes pasar la vida huyendo, y la muerte siempre te atrapará. Habrás fracasado sin remedio.

O puedes darte la vuelta, encarar la muerte, y decidir entregar la vida voluntariamente. Nadie me quita la vida, yo la entrego libremente (Jn 10, 18). En lugar de convertir tu vida en una huida abocada al fracaso, la conviertes en un regalo que entregas a Dios y a los demás. Y lo haces con alegría, sin la angustia de quien siente que le arrebatan la existencia. Y mueres sonriendo, y esa sonrisa es el corolario de tu entrega generosa.

Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto.

Existe una tercera opción: Dejar que otros te quiten la vida. Cuando la entregas tú, aún eres su dueño y decides a quién se la das. Cuando otros te la arrebatan y tú te dejas comer mansamente por Amor, eres hermano de los mártires.

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Y el agua se volvió camino llano

Hay que agradecer a la Iglesia que proponga este evangelio tan acuático y tan refrescante en medio de los calores de agosto. Aunque no sé si al bueno de Simón le hizo mucha gracia el chapuzón.

El Mar de Galilea es un escenario tremendamente evocador. Entre la orilla del nacimiento y la del Paraíso navegamos sobre las aguas de la muerte. Y, de cuando en cuando, se hace de noche. La noche está llena de fantasmas. La luz se apaga, las tinieblas nos rodean, los temores nos acosan… ¿Cuándo se hará de día?

A la cuarta vela de la noche se les acercó Jesús andando sobre el mar. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, diciendo que era un fantasma. Jesús les dijo enseguida: «¡Áni­mo, soy yo, no tengáis miedo!»

Atraídos por esa voz, miramos al Crucifijo, y vemos a Jesús caminado sobre la muerte y las tinieblas. Su rostro irradia paz. Como la zarza a Moisés, nos dice: «Yo soy».

Mándame ir a ti sobre el agua.

Mientras lo miramos, la noche se vuelve día y las aguas de la muerte camino llano. Entonces decidimos no apartar jamás los ojos de la Cruz.

(TOA19)

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