La Resurrección del Señor

Espiritualidad digital – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

La oración más perfecta

BartimeoToda oración llega al cielo. Pero hay oraciones que son más perfectas que otras. No es lo mismo pedir: «¡Oh, Jesús, envíale al vecino un dolor de cabeza para que no ponga la música a las doce de la noche!» que pedir: «¡Oh, Jesús, que haga yo tu voluntad!».

Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí.

Esta plegaria, proferida por el ciego Bartimeo, se le clavó a Jesús como un dardo en el centro del corazón. Es una de las oraciones más preciosas y limpias que puede elevar a Dios un hijo de Adán. Jesús no pudo resistirse a ella, llamó al ciego y lo curó.

Y es que, cuando se trata de pedir para uno mismo, uno no siempre está seguro de qué es lo mejor, y entonces no sabe qué pedir. ¿Le pido al Señor que sane mi enfermedad, o le pido que me ayude a santificarme a través de ella? ¿Le pido al Señor que alivie este sufrimiento que padezco, o le pido que lo una a los dolores de su Pasión? ¿Qué pido?

Cuando no sepas qué pedir para ti mismo, pídele prestada su oración a Bartimeo: Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí.

(TOP08J)

¿De qué vamos?

Dice santo Tomás de Aquino que el cristiano debe amar lo que Jesús, en la Cruz, amó, y despreciar lo que Jesús despreció en la Cruz. Es una buena guía para la vida, un buen espejo en que mirarnos.

Porque Cristo, en la Cruz, amó a su Padre y a las almas que su Padre le había encomendado, mientras despreciaba todos los honores y bienes de este mundo. ¡Qué soledad, la suya, al ver que sus propios apóstoles buscaban honores y bienes terrenos!

Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda.

Soñaban con una gloria terrena, con la fama, las riquezas y el poder. Eran como nosotros, anhelaban el bienestar, es decir, el «estar bien». Y todo ello poco después de que Jesús les anunciara su futura Pasión. ¿En qué pensaban?

¿En qué pensamos nosotros? ¿Qué buscamos? Al seguir a Cristo, al detenernos para orar, al reunirnos para celebrar la Eucaristía, ¿buscamos salvar almas o vivir mejor? ¿Estamos dispuestos a renunciar a todos los bienes de este mundo para llegar al cielo? ¿Deseamos servir a todos, anunciar a todos el nombre de Cristo, y así ganar a todos para el cielo?

¿De qué vamos?

(TOP08X)

La edad futura y los gozos presentes

Continuemos hoy donde lo dejamos ayer, que también el evangelio continúa donde ayer lo dejó:

No hay nadie que haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el evangelio, que no reciba ahora, en este tiempo, cien veces más y en la edad futura, vida eterna.

Eso de «la edad futura» suena a ciencia ficción, ¿verdad? O, en el mejor de los casos, a un futuro muy lejano. No es lo mismo que te digan «el día futuro», que es mañana, a que te digan «la edad futura»… Y, hasta que llegue esa «edad futura», ya sabes, a fastidiarte por el reino de los cielos.

Pero no es así. Esa edad futura, en la que entraremos de lleno tras la muerte, es un tesoro de bienes celestiales que ya pregusta, en esta vida, el alma en gracia. Dios nunca deja sin recompensa a quien es generoso con Él. Y nos recompensa, tanto en lo material –aunque nunca falte tribulación– como, muy especialmente, en lo espiritual, dándonos a gustar, en esta vida, las delicias de su Amor.

Aunque la mejor recompensa es Él mismo, cuando se entrega a sus amigos.

(TOP08M)

Camellos, camilos y camelos

Circula por ahí una teoría según la cual el camello no es camello, ni tiene jorobas, ni pesa cientos de kilos. La palabra griega «kamilos» (supuestamente mal transcrita en los evangelios como «kamelos»), significaría una cuerda gruesa. Y, entonces, las palabras de Jesús sobre los ricos dejarían una puerta abierta a la esperanza del burgués:

Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios.

Si, en lugar de un camello, tenemos una cuerda gruesa, cruzar el ojo de una aguja es tarea difícil, pero no imposible. A mí esa interpretación me parece –nunca mejor dicho– un camelo.

La Cruz, puerta del cielo, es más estrecha para el hombre que el ojo de una aguja para un camello. Pero esa puerta no se cruza en el momento de la muerte si antes no se ha cruzado en vida.

Es ahora, en esta vida, cuando debemos dar todo por perdido salvo a Cristo. Y es ahora, en esta vida, cuando, cruzada esa puerta estrecha, hubiera podido el joven rico gozar del cielo. Quien no goza el cielo en esta vida tendrá muy difícil gozarlo tras la muerte.

(TOP08L)

Cuando ya no dices «Dios»

¿Tú sabías que la palabra «bautizar» significa «sumergir»? Es importante, porque el bautismo es un baño, una inmersión en Dios.

Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espí­ritu Santo.

Si Dios es alguien que está fuera de ti, si es un interlocutor sentado en una mesa frente a ti, seguirás llamándole «Dios». Que digas «Dios» cuando hablas de Dios es lógico. Que digas «Dios» cuando hablas a Dios significa que aún no has entrado, no te has sumergido completamente en Él.

Cuando seas consciente del don tan inmenso que supone tu bautismo, cuando te recojas en tu alma en gracia y te sumerjas en Dios, ya no rezarás diciendo «Dios». Dirás «Padre», «Papá». Dirás «Jesús», «Señor». Y no serás tú quien lo diga. Será el Espíritu quien, tomando posesión de tu espíritu, lo dirá en ti.

Dios, entonces, no será tu interlocutor. Será tu hogar. Y, en ese hogar, caldeado por el Fuego, hablarás al Padre desde el Hijo y adorarás al Hijo en Espíritu y verdad. Entonces no tendrás que señalar al cielo con el dedo para hablar de Dios. Te llevarás la mano al pecho.

(SSTRB)

Nuestros «seguratas»

Me hace gracia ese afán de los apóstoles por proteger a Jesús:

Le acercaban a Jesús niños para que los tocara, pero los discípulos los regañaban.

Parecen porteros de discoteca, guardando la entrada y controlando el acceso al Señor. Me recuerdan a nuestros particulares «seguratas», que nos son apóstoles precisamente. Me refiero a las mil preocupaciones, urgencias y turbulencias del día a día, que nos impiden recogernos en nuestro interior para ser allí tocados y bendecidos por Jesús. Quisieras adentrarte en ese santuario donde Cristo mora y reina por su Espíritu y, cuando a punto estás de sumergirte en ese silencio interior, te sale el «segurata» y, de un empujón, te saca fuera: «¡Dónde vas! ¿No sabes que tienes que hacer con urgencia una transferencia bancaria? ¡Mira, se te ha fundido una bombilla de la entrada! Ve a pedir hora al médico, que ya vas tarde. Tienes pendiente una llamada telefónica, respóndela ahora»… ¡Venga, a la calle!

Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis. Sólo siendo niños burlamos la vigilancia. Porque sólo ellos pueden dejar todo en manos de sus padres; saben que no tienen otra ocupación más que obedecer, disfrutar, amar y ser amados.

(TOP07S)

El «síndrome de la línea de meta»

Me comentan unos novios que tienen miedo de casarse. Varias parejas de amigos suyos, tras largos años de noviazgo sin aparentes problemas, se divorciaron a los pocos años de casarse. Temen que el matrimonio ejerza un efecto «maléfico» en la relación.

Se llama «síndrome de la línea de meta». Y consiste en llegar al matrimonio como quien alcanza el final de un largo camino. «¡Por fin! ¡Ya nos hemos casado! ¡Está hecho! Venga, a otra cosa». Y ese «venga, a otra cosa», es letal. Miras tu matrimonio como un trofeo conseguido, y olvidas que lo puedes perder si no lo cuidas.

Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre. El pecado de separar lo unido por Dios no sólo se comete por acción (infidelidad, malos tratos, etc.). También se comete por omisión. Porque si los casados no os dedicáis tiempo, no dialogáis, no salís juntos, no os declaráis vuestro amor, no os entregáis… Llega un día en que sois perfectos desconocidos.

Recordadlo: el matrimonio no es una línea de meta, es el comienzo de una unión sagrada. Y esa unión la debéis cuidar cada día. La línea de meta está en el cielo, no en la tierra.

(TOP07V)

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