Evangelio 2022

Espiritualidad digital – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

Un corazón del que puedes fiarte

El arte ha encontrado siempre, en el amor de los hombres, su musa preferida. Lo ha idealizado hasta tal punto que parece que todo lo que se haga en nombre del amor debe ser bueno. Pero lo cierto es que el corazón humano está enfermo de egoísmo. Calixto y Melibea eran idólatras. El amor de madre ha destrozado multitud de matrimonios y encanijado a multitud de hijos. Y, en nombre del amor, se han cometido fornicaciones, adulterios y crímenes. Hay amores que esclavizan, y celos que aprisionan. Quien obedece sin resistencia al corazón se arriesga a terminar esclavo o carcelero. Ojalá tengas por norma bruñir todos tus amores en la Cruz.

– Déjame primero ir a enterrar a mi padre. – Deja que los muertos entierren a sus muertos. – Déjame primero despedirme de mi familia. – Nadie que pone la mano en el arado y mira atrás vale para el reino de Dios.

El amor más grande no consiste en aferrarse al ser amado, sino en entregar la vida por él. Por eso, si quieres seguir los dictados del corazón, y amar a los tuyos con un amor limpio, sigue siempre los dictados del corazón de Cristo. El tuyo clávalo en la cruz.

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San Lucas y el Cristo de Velázquez

Dicen que san Lucas era artista, incluso se le adjudica un retrato de la Virgen. Y, como todos los artistas, se esmera en extraer la belleza del lugar donde se oculta, como hizo Velázquez con su maravilloso Cristo crucificado. La primera frase del evangelio de hoy es un Cristo de Velázquez: Cuando se completaron los días en que iba a ser llevado al cielo… Es todo verdad. Pero es la parte hermosa de la verdad. Hay otra forma de contarlo: «Cuando se acercaba el momento en que Jesús sería brutalmente torturado y crucificado»… Leído así, la conclusión de la frase es sobrecogedora:

Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén. Nadie hace esto. Cuando te acercas al precipicio, lo que se impone es dar marcha atrás, volver sobre tus pasos y buscar otro camino. En Getsemaní, todas las células de Cristo temblaron, querían alejarse y huir de allí. Pero su voluntad divina, poseída de un Amor irrefrenable, dio el paso adelante. En ese precipicio habían caído sus ovejas, y a él se lanzaría para rescatarlas.

Nosotros tenemos el Cristo de Velázquez. Y cuando, en la Cruz, lo vemos a Él, nos sentimos llamados por ese mismo Amor y lo abrazamos.

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Los menos poderosos de los hombres

Cuando se habla de poder en el seno de la Iglesia, me entra la risa. Cualquier concejal de pueblo tiene más poder que el Papa. Durante el confinamiento impuesto por la pandemia del Covid19, un policía municipal nos cerró la iglesia, y prohibió a los feligreses entrar bajo amenaza de multa. Ya quisiera yo tener la mitad de ese poder para traerlos a confesar. Pero no quisiera que viniesen obligados. Dios pide amor, y el amor es lo más lejano al poder.

Ni sacerdotes, ni obispos, ni el Papa tenemos poder alguno. No estamos entre los grandes de este mundo, sino entre los pequeños. Mostramos a los hombres el camino del Cielo, y los hombres hacen lo que les da la gana.

Pienso mucho en el mirador de la Cruz. Desde allí arriba, Jesús contemplaba cómo los hombres ofendían a Dios y se destruían a sí mismos sin poder hacer nada por evitarlo.

El más pequeño entre vosotros es el más importante. Y tú, que cumples las leyes dictadas por los grandes para no ir a la cárcel, haz caso al más pequeño si quieres llegar al Cielo. Pero cuida mucho de ti mismo, porque nadie te va a obligar.

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Los cinco hermanos de Epulón

Sabía bien lo que decía Jesús cuando terminaba así su parábola: Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se convencerán ni aunque resucite un muerto.

Cada domingo, el aire trae la noticia de que ha resucitado un muerto. Y quienes no quieren escuchar, los cinco hermanos de Epulón, siguen sin creer. Algunos, precisamente porque no quieren escuchar, no se acercan a la Iglesia. Otros sí, porque entre los hermanos de Epulón hay de todo. Pero se acercan y no escuchan, no se dejan transformar por lo que oyen. Salen del templo tan ricos como entraron: perfectos dueños de sus vidas. Han consumido religión, y después irán al bar a consumir cerveza.

Porque ésa es la diferencia entre Epulón y Lázaro; los langostinos son una anécdota. Epulón es dueño de su vida: él decide cuándo come y cuándo ayuna, cuándo da limosna y cuándo sale de crucero. Lázaro, en cambio, sólo implora. Está, como Cristo, en manos de Dios y de los hombres. Porque Lázaro es Cristo.

Tú escucha: Ha resucitado un muerto. Con su muerte te ha comprado, y ahora vives para Él. Él es tu riqueza. Eres hermano de Lázaro, no vivas como hermano de Epulón.

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Entregado

panA cualquier mujer que tenga un hijo pequeño le horrorizará esta pregunta: «¿Entregaría usted a su hijo en manos de alguien que va a matarlo? ¿No lo haría ni siquiera por amor?». No hay mujer en este mundo que respondiera afirmativamente a esta cuestión. Ni hay amor tan grande en esta tierra que moviera a una mujer a entregar a su hijo en manos de quien va a matarlo. Paradójicamente, lo que no puede el amor lo puede el pecado. Hay mujeres que entregan a su hijo no nacido en manos de quien lo matará en su propio vientre. No es, precisamente, el amor lo que las mueve.

Lo terrible, lo sobrecogedor, es que Dios, por amor a esas mujeres, y a ti, y a mí, haya entregado a su Hijo Unigénito, a su Amado, en manos de los hombres, cuando sabía que los hombres lo clavarían en una cruz.

Meteos bien en los oídos estas palabras: el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres.

Quisiera desagraviar. Hoy, durante la Eucaristía, Dios entregará a su Hijo en mis manos. Y en las tuyas, cuando comulgues. Borremos, con nuestro ferviente amor, la huella de tantas ofensas.

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El Mesías de Dios

En español, son sólo cuatro palabras. Salieron de la boca de Pedro, y a Jesús le conmovieron las entrañas: – Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? – El Mesías de Dios.

Podríamos preguntarle a Pedro qué significan esas cuatro palabras, pero quizás no hubiera sabido responder. No fueron la carne ni la sangre quienes se las revelaron, sino el Padre que está en los cielos. Sólo desde el Espíritu podemos asomarnos al abismo que se abre tras esas cuatro palabras: El Mesías de Dios.

A causa del pecado, el hombre está atrapado, como un pez en la red, en una línea: la que va desde la cuna hasta la tumba. Y llegado al final de la línea, tras estrellarse contra el muro de la muerte, la misma fuerza que en vida lo impulsa al pecado lo arrastrará al Infierno.

El Hijo del hombre tiene que padecer mucho… En la Cruz, Cristo se levanta, majestuoso, sobre esa línea, y se ofrece como escalera para que el hombre, libre del pecado y de la muerte, habite la eternidad. El Mesías de Dios es el que, en la Cruz, ofrece la salvación al pecador.

Es viernes. Mira esa escalera. Asciende por ella. Déjate salvar.

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¡Hablad de Cristo!

No sabemos quién habló de Jesús a Herodes, pero sabemos que habló bien. Porque Herodes se decía: «¿Quién es este de quien oigo semejantes cosas?» Y tenía ganas de verlo. Quizá le hablaron de sus milagros, de su predicación, de las multitudes que lo seguían… y aventuraron que podría ser el mismísimo Juan redivivo, o uno de los antiguos profetas. Lo cierto es que captaron su interés. Herodes se moría por ver a Jesús. Si su posterior encuentro con él fue un fracaso, la culpa fue suya. Pero ese interés, sembrado en muchas almas, daría abundantes frutos de vida eterna.

Ahora habría que preguntarse quién ha hablado de Jesús a muchos hombres. Porque muchos cristianos callan su nombre fuera del templo. Y otros, con verdadero afán apostólico, se acercan a quienes no creen para invitarlos a misa, o a confesarse, o a rezar… como si quienes los escuchan conocieran a Cristo. ¡Pero no lo conocen! ¿Cómo van a rezar si no conocen al Señor?

Deja lo de la misa y la confesión para más tarde, y habla de Cristo. No tengas miedo a pronunciar su nombre. Suscita el interés de los hombres por Él, y después irán a la iglesia.

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