Os diré algo que, tras treinta y un años de sacerdocio, me sigue sorprendiendo: Acuden al confesonario personas con luchas muy violentas. Hablo de tentaciones muy fuertes de lujuria, de soberbia, de envidia… rencores tremendos, heridas abiertas que supuran odio… Podría decirles que luchasen contra esos demonios, pero ¿para qué? Sé que no pueden ganar esa batalla, los puños nada pueden contra las balas de cañón.
Entonces les muestro el único modo de vencer: «Reza». Soy un pesado. Digo «reza» ochocientas veces al día. «Dedica cada jornada diez minutos a leer el Evangelio y meditarlo. Reza el rosario». Es mucho más fácil –y más dulce– dedicar diez minutos a la oración que vencer a un arrebato de ira; pasar las cuentas del rosario que resistir las embestidas de la lujuria.
Les doy este consejo porque sé que la oración transforma al hombre por dentro. Mi madre y mis hermanos son estos: los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen. Y, si se escucha bien, esa palabra se cumple por sí sola. Al cabo de un tiempo de perseverancia en la oración, Cristo invade por completo a la persona.
¿Qué es, entonces, lo que me sorprende? ¡Que no rezan!
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