La Resurrección del Señor

Espiritualidad digital – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

Nihil sine Petro

Cuando san León Magno intervino en el Concilio de Calcedonia, todos los participantes en aquella asamblea gritaron a una: «Pedro ha hablado por boca de León».

Si Cristo se ha perpetuado en la Historia a través de su cuerpo místico, que es la Iglesia, también Pedro, a su manera, se ha perpetuado a través de la institución divina del papado. El Papa, sea quien sea, es Pedro. No del modo en que el cristiano es Cristo, desde luego, pero sí porque ha heredado aquel carisma con que Cristo bendijo a Simón. Se puede decir que, a través del Papa, Pedro sigue hablando en el siglo XXI.

En Pedro –en el Papa–, la Iglesia mira a Cristo y le dice: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. En Pedro la Iglesia recibe la gracia del Padre, que está por encima de la carne y de la sangre. Desde Pedro, esa gracia se derrama, a través de los ministros, hasta el último bautizado.

Rezar por Pedro –por el Papa– es rezar por nosotros, porque todos recibimos la gracia santificante a través del cuerpo místico. Y, en ese cuerpo, Pedro es el primer eslabón, el «dulce Cristo en la tierra».

(2202)

Jonás y otros profetas

Se queja Jesús. Viene a traer la salvación a los hombres, y los hombres no le escuchan. Los ninivitas escucharon el anuncio: «Si no os convertís, pereceréis en cuarenta días». Ayunaron, hicieron penitencia y se salvaron; se convirtieron con la proclamación de Jonás, y aquí hay uno que es más que Jonás.

Lo más sorprendente es que quienes hoy no escuchan ni a Jonás, ni a Salomón, ni, desde luego, a Cristo, escuchan reverentemente a Greta Thunberg y a Bill Gates anunciar que el planeta va a destruirse y proclaman su ayuno: Dejan de comer carne, dejan de usar el coche, dejan de emplear bolsas de plástico, etc. Pero como les digas que dejen de pecar porque van a condenarse se volverán contra ti. Ya se ve que no hay generación que no tenga sus profetas. Ni sus herejes. Quienes anunciamos a Cristo somos herejes para esta generación.

Nosotros escuchemos al verdadero profeta, a Cristo. Hagamos penitencia, convirtámonos a Él. Si, además de eso, salvamos el planeta, estupendo. Si, a pesar de todo, no lo conseguimos, salvemos, al menos, las almas. Una sola de ellas vale más que todas las aguas del mar y todos los árboles de la tierra.

(TC01X)

La palabra que sale de mi boca

Cuando el Diablo tentó a Cristo en el desierto invitándole a convertir las piedras en panes, Jesús respondió: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios (Mt 4, 4).

Esa palabra salida de la boca de Dios es muy poderosa. Según Isaías, brota de labios del Altísimo con un encargo que cumplir: Así será mi palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que cumplirá mi deseo y llevará a cabo mi encargo (Is 55, 11).

Vosotros orad así: «Padre nuestro que estás en el cielo». El Padrenuestro es palabra salida de la boca de Dios encarnado. Es fruto de los sentimientos de su corazón sacratísimo. Lleva el «ruah», el Espíritu, el aliento y calor de Cristo, como un beso muy dulce salido de su boca.

Ya sé que rezas muchos padrenuestros. Los disparas al cielo como flechas, intentando conquistar el botín de tus deseos. Pero ¿alguna vez has recibido tú ese flechazo de Amor?

Antes de rezar el padrenuestro, recíbelo como un beso de Dios. Sus palabras son alimento. Saboréalas, y te alimentarás de Cristo. Come hoy esa palabra, y darás sentido a tu ayuno.

(TC01M)

Es Cristo

Insisto mucho en la necesidad de quedarse a solas con Cristo en el desierto. Ésa fue la experiencia primigenia, la de los israelitas rescatados de Egipto. Eran sólo Yahweh e Israel bajo el sol. Durante la Cuaresma, el cristiano necesita revivir esta experiencia.

Pero mis feligreses trabajan, hacen la compra, van al gimnasio, conducen… Y me preguntan: «¿Cómo quiere usted que me quede a solas con el Señor? ¿Acaso tengo que abandonar a mi familia y subirme a un monte?».

¿Se puede ser contemplativo en medio del mundo? ¿Se puede experimentar la soledad con Cristo entre bocinazos de automóviles, niños que corren y ruidos de grúas que muerden el asfalto?

Se puede. Es preciso, en primer lugar, proteger los tiempos de oración, donde esa soledad debe ser silenciosa. Y después, iluminados por esa luz, mirar a los hombres de un modo nuevo:

Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis. Para ti, ese conductor que hace sonar el claxon es Cristo. El que hace deporte a tu lado es Cristo. Quien te precede en la fila de la caja del supermercado es Cristo. Tu marido, tu mujer, es Cristo. Y Cristo crucificado.

(TC01L)

El viento del desierto

San Marcos omite las tentaciones de Jesús en el desierto. Pero, aunque no narra el encuentro del Señor con quien quería empujarlo hacia el mal, emplea una frase sobrecogedora sobre la fuerza que lo impulsaba hacia el bien. Es como el reverso de las tentaciones:

En aquel tiempo, el Espíritu empujó a Jesús al desierto.

El Espíritu es el «ruah Yahweh», el aliento de Dios, el «viento que mueve las puertas», según dice un canto. Jesús fue siempre movido por Él: El viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu (Jn 3, 8).

Si te adentras en el desierto cuaresmal, experimentarás ambas fuerzas:

La del Maligno te hará violencia, te impulsará al pecado intentando doblegar tu voluntad, y tendrás que luchar, con ayuda de Cristo, para vencerla. La oración y los sacramentos te harán fuerte ante la tentación.

La fuerza del Espíritu, sin embargo, no violentará tu libertad. Verás que es fácil resistirse a Él. Es un viento dulce, una brisa suave, tan suave y dulce como el aliento de un beso. Entrégate de lleno a ese impulso, y conocerás el Amor.

(TCB01)

¡Mírame!

Me gusta la antífona de entrada de la misa de hoy: Por tu gran compasión, vuélvete hacia nosotros (Sal 68, 17).

He aquí el efecto de nuestros pecados: Dios y nosotros, tomando el chocolate de espaldas. Nosotros mirando hacia este mundo y, en el cielo, Dios. Tiene gracia que le pidamos: Vuélvete hacia nosotros. Somos nosotros quienes nos dimos la vuelta. Pero Dios, tan atento siempre al bien del hombre, se ha vuelto hacia nosotros en Cristo. Ha venido a este mundo y se ha situado delante de nuestros propios ojos. Dios se ha convertido hacia nosotros, incluso antes de que nosotros nos convirtiéramos a Él. Y ahora, hecho carne y de pie ante el hombre, nos dice, como a Mateo:

Sígueme.

Es decir: «Ahora conviértete tú a mí». Porque estamos, como Mateo, vueltos hacia nuestras cosas, nuestros telonios, nuestras preocupaciones y nuestros asuntos. Y quiere Cristo que dejemos todo eso y nos volvamos a Él. Para eso ha venido, para llamar a los pecadores a que se conviertan.

Eso es lo que te pide hoy el Señor: que lo mires de frente. Y, si no retiras la mirada de Aquél que te está mirando, toda tu vida se transformará.

(TC0S)

El alma del ayuno cristiano

Nuestro tiempo está marcado por la obsesión por el físico. Nos empeñamos en prepararle un hermoso bocadillo a los gusanos, aunque los pobres, con esos cuerpos que les dejamos, morirán de hambre mientras admiran lo bien que habíamos guardado la línea. Ya no hace falta ser cristiano para ayunar; la gente ayuna más por culto al cuerpo que por culto a Dios. Por eso, si nuestros ayunos no tienen alma, se acabarán convirtiendo en una dieta con motivación religiosa añadida.

Te copio algunas notas que conforman el alma del ayuno cristiano. Y ninguna de ellas tiene que ver con adelgazar. El ayuno cristiano es:

Una manifestación de tristeza porque nuestros pecados han crucificado a Cristo y lo han expulsado de nuestras vidas. Llegarán días en que les arrebatarán al esposo, y entonces ayunarán.

Una búsqueda de los bienes espirituales, que no pueden ser apreciados cuando el cuerpo está saciado de consuelos terrenos.

Una conversión, de lo mundano, a lo eterno. Es decir, una forma de girarnos, de dejar de vivir para este mundo y comenzar a vivir para Dios.

Una búsqueda afanosa del rostro de Cristo. Damos la espalda a la belleza creada para saciarnos contemplando la faz de Salvador.

(TC0V)

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