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Espiritualidad digital – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

Una muerte santa

Quienes rezáis la Liturgia de las Horas conocéis esta súplica que pone fin a la oración de Completas:

«El Señor nos conceda una noche tranquila y una muerte santa».

Esa oración nos recuerda cada noche que el sueño es una preparación para la muerte. Quien se entrega al descanso nocturno habiendo pedido perdón a Dios por sus faltas para después recitar los salmos del Salterio dormirá bien y morirá mejor. Y si, tras apagar las luces, desgrana en la cama las cuentas del rosario, la misma Virgen que lo acuna hasta que duerme lo hará despertar un día ante el rostro dulcísimo de su Hijo Jesús.

La muerte es fea, es hija del pecado y nieta de Demonio. Pero, en la Cruz, Cristo ha convertido la muerte en sueño y el cielo en día. Ésa es la «muerte santa»: la de quien se duerme en el Señor.

Cuando rezo ante un difunto, no puedo decir que está en el cielo; no lo sé. Pero si sé que ese difunto ha recibido los santos sacramentos, puedo decir que se ha ido al cielo, aunque le quede un camino de purificación por recorrer.

Vivid en gracia. Dormid en gracia. Iréis al cielo.

(0211)

Estamos llegando a casa

Ya pasé esa época en que, por estas fechas, soltaba fuego por la boca arremetiendo contra el dichoso Halloween. Hoy sé que no vale la pena. Se nos llena la garganta de tinieblas. Y damos protagonismo a un Enemigo empeñado en llamar la atención. Mejor ignorarlo.

Mejor llenarnos de luz la boca. Porque noviembre se inicia con una catarata de luz. Se abren las puertas del cielo, y contemplamos a una multitud de hermanos nuestros que han llegado a Casa y cantan jubilosos la gloria del Cordero.

Sí. He escrito «a Casa». Nuestra casa no está aquí, aquí vamos de camino. Y, mientras nos fatigamos con cada paso, para que no nos desanimemos, la Iglesia nos va sirviendo el aperitivo de ese banquete celestial. Y pregustamos el Amor de Dios, gozamos la vida eterna, saboreamos cada comunión… Eso nos llena de esperanza.

Los santos nos esperan y nos alientan. Nos recuerdan cada día que se nos está preparando una mesa en el Hogar. Y entonces sentimos prisa, quisiéramos llegar ya y sentarnos con ellos.

Pero aún tenemos un camino que recorrer. Y muchas almas que recoger a nuestro paso. Alguien se ha empeñado en que lleguemos a Casa con hambre.

(0111)

El taburete del poeta y la cátedra de la Cruz

Me comenta un estudiante universitario cómo fue la presentación de un profesor recién llegado a la Facultad. Movido por una «humildad» digna de mejor causa, dijo a los alumnos: «Vengo a aprender de vosotros». Y el joven me dice: «Que nos lo cambien por otro. Nosotros queremos a alguien que venga a enseñarnos».

Cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto. Se ha puesto de moda esa impostación de humildad entre quienes son llamados a hacer cabeza. La misma frase que dijo ese profesor se la he escuchado a obispos cuando llegan a una diócesis, y a párrocos cuando llegan a su nueva parroquia. Queda bonito, pero con poesía no se lidera.

Para un padre, un sacerdote, un obispo, un catequista, o un maestro ocupar el último puesto no significa renunciar a enseñar o a ejercer autoridad. Tampoco Cristo lo hizo. Y fue Él quien nos mostró dónde se encuentra ese último asiento: en la Cruz.

Ocupar el último puesto significa ejercer la autoridad desde la Cruz, como un servicio, y no como una forma de poder. Y estar dispuesto a aceptar el fracaso. Y a entregar la vida por quienes el Señor ha puesto en sus manos.

(TOP30S)

Tu mano sobre mí

El poder de una mano cargada con cariño sobre un hombro es algo que tengo más que comprobado. En ocasiones, cuando alguien está sufriendo en silencio, basta que un buen amigo, uno bueno, uno de esos a quienes el afecto los lleva a tener percepciones extrasensoriales, pose su mano en el hombro del afligido para que el atasco de tristeza se deshaga y broten las lágrimas sanadoras en confidencia. De algún modo, esa mano está sanando al enfermo.

Jesús, tocando al enfermo, lo curó.

Es la mano del médico. Pero los médicos, hoy día, curan desde el otro lado de la mesa. Incluso, gracias a los adelantos técnicos, operan a distancia, desde un monitor, mientras una máquina realiza el trabajo «sucio». Y, si operan en persona, lo hacen con guantes y mascarilla. Es lógico, nada que alegar, pero…

«¡Oh mano blanda, oh toque delicado!», escribía san Juan de la Cruz. No hay nada como el poder de una mano cargada de cariño. Y si es la mano del Hijo de Dios, y ese cariño es el Espíritu Santo… ¡cuál no será su poder, si nos dejamos tocar!

Me estrechas detrás y delante, me cubres con tu palma (Sal 138, 5).

(TOP30V)

Ni un paso atrás

Algo que me sorprende y me maravilla en Jesús de Nazaret es que jamás da un paso atrás. Ante los peligros, la contradicción y las amenazas, siempre dobla la apuesta y da un paso más hacia delante. Nadie logró hacerle retroceder un milímetro.

Sal y marcha de aquí, porque Herodes quiere matarte.

Es necesario que camine hoy y mañana y pasado, porque no cabe que un profeta muera fuera de Jerusalén.

Toda su predicación y sus milagros de nada han servido, Jerusalén sigue rebelde. Si ven resucitar a Lázaro, en lugar de convertirse decidirán matarlo junto con Jesús. Y Cristo llora: Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como la gallina reúne a sus polluelos bajo las alas, y no habéis querido.

Llora, pero no retrocede. Podría haber dicho: «Bajé del cielo para redimiros. Hice ante vosotros milagros que nadie hizo jamás. Curé a vuestros enfermos, os di palabras de Vida… ¡Y aún queréis matarme! Me vuelvo a mi Padre, ahí os quedáis, cargad con vuestro pecado hasta el infierno». Pero, en lugar de eso, lleva su Amor hasta el extremo, hasta la misma muerte, hasta el final.

Si de verdad eres discípulo suyo, recuérdalo: ¡Ni un paso atrás!

(TOP30J)

El evangelio en la moviola

Hoy quisiera reproducir el evangelio en marcha atrás en la moviola. Los jóvenes no sabrán qué es una moviola. Que lo googleen (😂).

Toda la gente trataba de tocarlo, porque salía de él una fuerza que los curaba a todos. En la base del Monte, donde estamos antes de encontrar al Señor, Jesús cura tus enfermedades y alivia tus dolores. Hubo milagros cuando te convertiste, pedías y recibías, todo parecía fácil.

Se paró en una llanura con un grupo grande de discípulos y una gran muchedumbre del pueblo. Venían a oírlo. Conforme ascendías, fuiste escuchando la Palabra y recibiendo la instrucción. Así ibas conociendo y amando cada vez más a quien habías encontrado.

Llamó a sus discípulos, escogió de entre ellos a doce, a los que también nombró apóstoles. Más arriba, Él te llamó para que fueras apóstol, y descubriste que tenías una misión que cumplir en la Iglesia y en el mundo.

 Jesús salió al monte a orar y pasó la noche orando a Dios. Y, en lo alto del Monte, llegó la noche. Jesús te tendió la mano para que lo acompañaras en el Gólgota. Ya nada era tan fácil. Pero había llegado el tiempo del Amor verdadero.

(2810)

Un ejercicio de imaginación descontrolada

Algo sobre lo que nunca se ha escrito, y nunca se podrá escribir, es la presencia constante de la Virgen en la mente y el corazón de su Hijo. Tan sólo podemos atisbarlo, y confiar en que no se trate de un ejercicio de imaginación descontrolada.

El reino de Dios es semejante a un grano de mostaza que un hombre toma y siembra en su huerto; creció, se hizo un árbol y los pájaros del cielo anidaron en sus ramas. Pero Jesús sabía que el huerto de Dios fue la Virgen, y que en ese huerto sembró a su Hijo como un grano de mostaza, el más pequeño de los hombres. Luego, en Belén, brotó sobre la tierra, y se hizo árbol en el Calvario, y en sus ramas anidamos nosotros.

Es semejante a la levadura que una mujer tomó y metió en tres medidas de harina, hasta que todo fermentó. Pero la mujer es María. Ella introdujo en el mundo a Cristo para cristianizar la tierra. A ella le debemos ese pan de vida, pan ácimo que se convierte en levadura para que fermente en nosotros el reino de Dios.

Aunque esto pudiera ser un ejercicio de imaginación descontrolada.

(TOP30M)

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