Algo sobre lo que nunca se ha escrito, y nunca se podrá escribir, es la presencia constante de la Virgen en la mente y el corazón de su Hijo. Tan sólo podemos atisbarlo, y confiar en que no se trate de un ejercicio de imaginación descontrolada.
El reino de Dios es semejante a un grano de mostaza que un hombre toma y siembra en su huerto; creció, se hizo un árbol y los pájaros del cielo anidaron en sus ramas. Pero Jesús sabía que el huerto de Dios fue la Virgen, y que en ese huerto sembró a su Hijo como un grano de mostaza, el más pequeño de los hombres. Luego, en Belén, brotó sobre la tierra, y se hizo árbol en el Calvario, y en sus ramas anidamos nosotros.
Es semejante a la levadura que una mujer tomó y metió en tres medidas de harina, hasta que todo fermentó. Pero la mujer es María. Ella introdujo en el mundo a Cristo para cristianizar la tierra. A ella le debemos ese pan de vida, pan ácimo que se convierte en levadura para que fermente en nosotros el reino de Dios.
Aunque esto pudiera ser un ejercicio de imaginación descontrolada.
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