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Espiritualidad digital – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

Creo en la suerte

¿Tú crees en la suerte? Yo creo en la suerte. Y mucha he tenido, al haber sido bendecido por Dios con la fe y haber sido elegido para el sacerdocio. Soy la persona más suertuda del mundo. Y creo que detrás de la suerte está Dios. San Matías creía en la suerte. ¡Cómo no iba a creer, si fue elegido a través de unos dados! Pero también sabía quién los lanzaba.

Los que me parecen unos mentecatos son quienes sólo creen en la suerte a medias. «¿Por qué yo he tenido la suerte de tener fe y mi vecino no?» Bobo, a ver si te enteras. Tu vecino ha tenido la suerte de tener un vecino con fe. Pero si no te acercas a él y le transmites el regalo, tendrás algo más que mala suerte cuando el Señor te llame.

No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido. La Iglesia no es una multinacional en la que el jefe de personal dice a los empleados: «Tú, al matrimonio; tú, sacerdote; tú, monja». La Iglesia sólo ratifica la elección de Cristo. Y Cristo no elige a los mejores, elige a quien quiere. Pura suerte.

(1405)

El Espía

Mañana comienza el decenario con el que nos preparamos para la venida del Espíritu Santo en Pentecostés. No dejéis de rezarlo, que con esa oración dilataréis el alma para que se llene con el Aire venido del cielo.

El Espíritu Santo es un espía divino. Pues no hablará por cuenta propia, sino que hablará de lo que oye, lo que en secreto se dicen el Padre y el Hijo, las palabras íntimas de Amor entre ellos. Nos desvelará incluso los sentimientos más profundos de Cristo, porque Él –dice el Señor– recibirá de lo mío y os lo anunciará. Es un indiscreto, irrumpe suavemente en la intimidad del Hijo y nos la comunica con la misma suavidad.

Por si eso fuera poco, el Espíritu Santo os comunicará lo que está por venir. En el colmo de la indiscreción, y llevando a alturas divinas el arte del espionaje, nos desvelará el plan misterioso de la Trinidad para salvarnos, y nos hará gustar, por adelantado, las delicias celestiales.

Por eso, Dios no tiene secretos para quien cultiva la amistad con el Espíritu Santo. San Pablo, que sabía mucho de esa amistad, llegará a decir: Nosotros tenemos la mente de Cristo (1Co 2, 16).

(TP06X)

La pregunta que nadie hizo

Es un reproche curioso. Cuando Jesús, con un sencillo «sígueme», llamó a sus apóstoles, ninguno pregunto: «¿Adónde quieres que te siga?». Pero ahora, en el momento decisivo, Jesús se queja de que no pregunten:

Ahora me voy al que me envió, y ninguno de vosotros me pregunta: «¿Adónde vas?». Sino que, por haberos dicho esto, la tristeza os ha llenado el corazón.

Tomás le había dicho: Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino? (Jn 14, 5). Si no lo sabes, pregunta. Pero no, no preguntó.

Es que les daba miedo preguntar. Ante ellos se abría un abismo de tinieblas. Dale la vuelta a la frase de Tomás: Vas a donde no sabemos. Y esa oscuridad nos aterra. Por eso nos quedamos clavados aquí, llorando tu marcha, en lugar de seguirte y cruzar contigo esa puerta hacia lo desconocido.

Muchos se detienen ante esa puerta. En ella se acaban los caminos. A partir de ella, el único Camino es Cristo. Pero quienes, abrazados a la Cruz, la traspasan, se dan cuenta de que esas tinieblas eran luz, y la luz de este mundo tinieblas. Allí está el cielo; aquí, la muerte. Pero sólo se ve desde ese lado.

(TP06M)

Te has vuelto a olvidar

No he contado el número de veces en que, durante su discurso de despedida, el Señor dice lo mismo con distintas frases. Pero son unas cuantas. Hoy, dos: Os he hablado de esto, para que no os escandalicéis… Os he hablado de esto para que, cuando llegue la hora, os acordéis de que yo os lo había dicho. ¿Por qué insiste tanto en que nos acordemos, cuando llegue el momento, de que nos lo había dicho?

La respuesta no puede ser más simple: Porque no nos acordamos.

Cuando todo va bien, y al rezar sentimos tan cerca a Jesús que casi lo podríamos tocar, qué bueno eres, Señor; cuánto te quiero, Jesús; gracias, Dios mío. Pero en cuanto se pone el sol, y perdemos de vista su rostro, y nos rodean las tinieblas, los dolores y la incertidumbre… ¿Dónde estás, Señor? ¿Es que ya no me quieres, o no me escuchas? ¿Es que he hecho algo mal? ¿Por qué me pasa esto?

Os he hablado de esto para que, cuando llegue la hora, os acordéis de que yo os lo había dicho. Te has vuelto a olvidar. Todo va según el plan previsto. Reza, mira al Crucifijo, y no temas.

(TP06L)

La cicuta de Sócrates y las lágrimas de Jesús

A Jesús lo llamaban «Maestro». Y lo era. Pero era mucho más que eso. Sócrates era un maestro. Y, antes de morir, llamó a sus alumnos y les estuvo impartiendo una lección sobre la inmortalidad del alma hasta que la cicuta hizo su benéfico efecto y puso el punto final a la clase. Sócrates era un pesado.

Jesús también tuvo un último encuentro con sus apóstoles –no alumnos, sino apóstoles–. Y no lo dedicó a impartir lecciones, porque no era un pesado. Lo dedicó a hablar de Amor. Les dijo lo mucho que los quería, y les pidió que permanecieran en su Amor. Jesús venció por goleada a Sócrates en humanidad. Como hombre, me siento mucho más en casa ante el discurso de despedida de Cristo que ante todas las lecciones de Sócrates.

Si me amáis, guardaréis mis mandamientos… No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros… El que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él.

¡Es tan normal! ¡Y, a la vez, tan sobrenatural! «Me marcho, pero quiero seguir a tu lado. Quiéreme, guarda mis palabras, abrázate a ellas y seguiremos juntos. No te separes de Mí».

¡Tan sencillo!

(TPA06)

Aunque el mundo nos odie…

No hay mejor referencia para entender las palabras de Jesús en el evangelio de hoy que estas líneas de la «Epístola a Diogneto»: «Los cristianos son en el mundo lo que el alma es en el cuerpo. La carne aborrece y combate al alma, sin haber recibido de ella agravio alguno, sólo porque le impide disfrutar de los placeres; también el mundo aborrece a los cristianos, sin haber recibido agravio de ellos, porque se oponen a sus placeres».

El mundo nos odia porque no nos dejamos mundanizar, sino que buscamos cristianizar los ambientes. Si fuerais del mundo, el mundo os amaría como cosa suya, pero como no sois del mundo, sino que yo os he escogido sacándoos del mundo, por eso el mundo os odia. Y es que, aunque vivimos en el mundo y amamos al mundo, ni somos del mundo ni somos «cosa». Somos de Cristo. Somos hijos de Dios, y queremos redimir al mundo.

No caigáis en el error de encerraros en ambientes piadosos para defenderos del mundo. No tengáis miedo. Protegeos con una intensa vida espiritual, y vivid inmersos en ese mundo que nos odia, pero que también nos necesita. Llenad el mundo con la paz y la alegría del cielo. Perfumadlo con el nombre de Cristo.

(TP05S)

Confidencias de amigos

Vas a misa cada día y comulgas. Rezas el rosario y la Liturgia de las Horas… Pero no haces oración mental. Te estás perdiendo lo mejor.

A vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer.

La oración vocal es muy valiosa, nos une a los hermanos y purifica los labios con palabras santas, brotadas del corazón de la Iglesia. No lo dejes. Cada rosario y cada oración litúrgica hacen un enorme bien a tu alma. Y en cada misa te unes fuertemente a Cristo.

Pero la amistad requiere secreto, confidencia e intimidad. Y eso es lo que aporta la oración mental.

Guarda al menos media hora cada día para quedarte a solas con el Señor y hablar con Él como hablan los amigos. Hazlo, si puedes, ante un sagrario. Si no puedes, en tu habitación. Y, durante ese tiempo, desahoga tu alma con Jesús. Háblale, llórale, ríe con Él. Escúchale leyendo el Evangelio y acoge esa palabra silenciosa e interior que deja en lo profundo de tu alma.

Y, día a día, media hora a media hora… Cristo se convertirá en tu confidente, en el Amor de tu vida.

(TP05V)

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