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Espiritualidad digital – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

Para animarte

Tú estás hecho migas, llorando tus penas en un banco del parque, porque te ha dejado la novia, se te ha roto la lavadora y te has manchado la camisa nueva con el café del desayuno. Y se te acerca un amigo, te da una palmadita en la espalda y te dice: «¡Ánimo!». Entonces levantas la cabeza y lo miras con la cara con que debió mirar Otelo a Desdémona antes de asfixiarla.

¿En serio sirve para algo, cuando estás hecho polvo, que alguien te diga: «¡Ánimo!»?

Para nada.

Salvo que te lo diga el Señor. El mismo Señor que llamó a la luz y la luz se hizo.

¡Ánimo, hijo!, tus pecados te son perdonados.

Y, a la vez que te dice «¡Ánimo!» y te anima, te dice «tus pecados están perdonados» y limpia tu alma de toda culpa.

Tu novia no va a volver; menos aún después de eso que le hiciste. La lavadora tendrás que cambiarla por una nueva, cosas de la obsolescencia programada. Y lo de la camisa se arreglará cuando tengas la lavadora nueva.

Pero ve al sacerdote, confiesa tus pecados, pasa un rato delante del sagrario y verás cómo afrontas todo con buen ánimo.

(TOP13J)

Políticamente incorrecto

He aquí un pasaje evangélico que podría irritar a toda la progresía contemporánea.

A cierta distancia, una gran piara de cerdos estaba paciendo. Para empezar, esto es antivegano. Aquellos gadarenos deberían dedicarse a cultivar nabos, no a curar jamones. ¡Qué vergüenza!

Y la piara entera se abalanzó acantilado abajo al mar y murieron en las aguas. Esto es antiecológico. ¿Cómo se le ocurre al Señor permitir que los cerdos contaminen las aguas del Mar de Galilea? Y, peor aún: imaginad a los pobres peces comiendo chorizo. ¡Qué espanto!

Pero, por si fuera poco, es antianimalista. Menuda forma de tratar a los animalitos. Va contra la ley de protección animal.

En resumen, el pasaje es antitodo menos antialma. Porque lo que entendemos gracias a este milagro es que vale la pena perderlo todo por salvar un alma. Que si hay que quedarse sin cerdos, sin jamones o sin ingresos por salvar un alma, bien perdido está todo. Antes morir que pecar.

Le rogaron que se marchara de su país. Seguro que quienes, disgustados por la pérdida de la charcutería, pedían a Jesús que se marchase, también le hubieran agradecido que expulsara los demonios. Pero conservando los jamones. No habían entendido nada.

(TOP13M)

Jesús habla cuando duerme

Aún no podían entenderlo. Lo entendieron, lo entendimos después. Aunque muchos siguen sin enterarse.

Se produjo una tempestad tan fuerte, que la barca desaparecía entre las olas; él dormía.

Se alborotaron. La muerte ruge y la vida duerme. ¿Quién podrá salvarse? Vamos a morir todos. Lo despertaron gritándole: «¡Señor, sálvanos, que perecemos!».

Fue porque no entendían. No entendían que Jesús habla cuando duerme, grita cuando calla. Vale más mirar y atender a Jesús dormido que alterarse por las tormentas. Sé que es fácil decirlo y difícil mantener la calma. Hace falta mucha vida espiritual. También es un don. He estado debajo de las bombas y he experimentado una paz muy serena en el alma mientras las manos temblaban. Jesús dormía. Pero hablaba en silencio. ¡Qué palabra tan poderosa!

¿Qué dice ese Jesús dormido? Dice: «Tranquilos. Tenéis miedo de la muerte. Y del sufrimiento. Pero, si estáis a mi lado, la muerte os lleva al cielo y el sufrimiento a mi Cruz. No temáis».

Se puso en pie, increpó a los vientos y al mar y vino una gran calma. Míralo en pie sobre la Cruz, calmando la verdadera tormenta: la del infierno. Y sin despertar.

Ten miedo sólo del pecado.

(TOP13M)

Pedro, Pablo y la Cruz

Los llamamos «columnas de la Iglesia». Pero para que las columnas sostengan el edificio, deben estar ellas bien asentadas. De otra forma, la casa entera caería.

Fue necesario, para que Pedro y Pablo realizaran su labor, que primero se reconciliaran con la Cruz. Sólo las columnas asentadas sobre la Cruz podrán mantenerse firmes.

Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo, dijo Pedro. Pero tras proclamar así su fe, cuando Jesús le anunció su Pasión Simón protestó: ¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte (Mt 16, 22). Después, llegado el momento de la verdad, huyó de la Cruz y negó tres veces a su Maestro. Sólo tras haber llorado amargamente su traición se abrazó a Jesús resucitado: Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero (Jn 21, 17). Después murió mártir.

En Atenas, Pablo hizo el «discurso de su vida» (Hch 17, 22ss). Tan cuidado, tan hermoso, que omitió la Cruz y pasó directamente a la Resurrección. Se rieron de él. No hizo falta otra advertencia. De Atenas pasó a Corinto y allí no quiso anunciar otra cosa sino a Jesucristo, y este crucificado (1Co 2, 2).

Por eso ambos son columnas de la Iglesia.

(2906)

Un ataque de celos

Leyendo las palabras del Evangelio, cualquiera diría que el Señor ha tenido un ataque de celos:

El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí.

No te extrañe. Cristo es muy celoso. No quiere compartir con nadie el corazón del hombre, lo quiere todo.

Pero nada tienen que ver los celos de Cristo con los del hombre. El hombre es celoso porque quiere controlar y poseer al ser amado; sus celos son egoístas. Dios, sin embargo, es celoso porque quiere liberar y amar al hombre.

El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará. Cuando «encuentras» tu vida sin Él, la pierdes, y acabas preso en mil esclavitudes para después morir encadenado a las criaturas. Sin embargo, cuando vives para Dios tienes vida eterna.

Déjate poseer dulcemente por los celos de Cristo. No quieras amarlo «hasta cierto punto». Ámalo desesperadamente, apasionadamente. Ámalo cuando reces, cuando trabajes, cuando descanses, cuando comas o bebas, cuando llores, cuando rías… Sea Jesús el Amor de tu vida.

(TOA13)

Más grande que todos los milagros

Hoy nos narra el Evangelio dos curaciones milagrosas. Nada tiene de extraño, si tenemos en cuenta que Jesús es Dios hecho hombre. Yo he visto unas cuantas curaciones milagrosas; casi he visto resucitar a un muerto, pero me llevaría tiempo contártelo. En todo caso, todas las curaciones milagrosas que he visto han sido obra del sacramento de la santa unción. Mucha gente desconoce el poder de ese sacramento a la hora de sanar enfermedades corporales.

Pero, con todo, las curaciones milagrosas no son lo habitual. Cristo no curó a todos los enfermos, ni a la mayoría. Lo normal, si pides que un enfermo terminal se cure, es que muera y, si está confesado, vaya al cielo, donde se está mucho mejor que aquí. Pídele a Dios, sobre todo, que los enfermos se confiesen y reciban la unción.

Pero hay algo más grande que todas las curaciones milagrosas juntas:

Él tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades.

Eso es lo más grande: que, cuando llega la enfermedad, encuentras en ella a Cristo esperándote, con sus manos llagadas y amorosas tendidas hacia ti. Y la enfermedad se convierte en Amor, y la muerte en Vida.

Eso es mejor que ningún milagro.

(TOP12S)

Si quieres

leprosoCuando un centurión fue a pedir a Jesús que curase a su criado, los ancianos intercedieron por él diciendo: Merece que se lo concedas, porque tiene afecto a nuestra gente y nos ha construido la sinagoga (Lc 7, 4-5). Jesús realizó el milagro, pero no lo hizo por las recomendaciones, sino por la fe de aquel hombre.

Señor, si quieres, puedes limpiarme. ¿Quién recomendará a un leproso? ¿Qué sinagoga habrá podido construir? ¿Qué limosnas habrá podido dar? ¿Qué méritos puede poner ante el Señor para convencerlo de que lo limpie de la lepra? Ninguno. Sólo expone un motivo para el milagro: Si quieres.

Es la oración del pobre. Y me gusta. Porque tú y yo hemos recibido mucho más que aquel leproso. Él fue limpiado de la lepra; tú yo hemos sido limpiados del pecado por la sangre de Cristo y hemos sido hechos hijos de Dios. Y ¿por qué? ¿Porque éramos buenos? ¿Porque dimos limosnas? ¿Porque elevamos muchas oraciones?

Porque Jesús ha querido. Porque te ha querido y me ha querido. Y nos ha querido porque le ha dado la gana.

Es una de las poquísimas certezas que tengo: Cristo me ama. Y, teniendo esa certeza, no necesito más.

(TOP12V)

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