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Espiritualidad digital – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

¿Quiénes son sus ovejas?

puertaPuede parecer despreciativo:

Pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas.

Si alguien quisiera interpretarlo mal, diría que esas personas, que no pertenecen al rebaño del buen Pastor, están irremediablemente predestinadas a la condena. Y ¿qué culpa tienen de no ser de su rebaño?, ¿quién decidió por ellas a qué rebaño pertenecían?, ¿quién se las entregó a Satanás?

No. Jesús no desprecia a esas personas. Jesús llora porque esas personas lo desprecian a Él. Porque han decidido que de ningún modo quieren ser de los suyos. Y quien no es de Cristo es de Satanás, no hay término medio. Por eso no creen, porque no quieren fiarse.

Muchos dicen no tener fe, y hasta envidiar a quienes la tienen. Pero si les señalas el camino hacia la iglesia te dirán que de ningún modo van a recorrerlo, que no se fían de los sacerdotes ni del Papa.

Nadie te ha asignado al rebaño de Satanás. Salvo tú mismo, si no confías en la llamada del buen Pastor. Pero, si te fías, si te entregas a Él rendidamente y lo sigues, serás oveja suya, y Él te conducirá al cielo. Incluso si para ello debe llevarte sobre sus hombros.

(TP04M)

Locuras de Amor

Estoy seguro de que muchas madres darían la vida por sus hijos. Y la dan. Pero ¿tú darías tu vida por tu perro? ¿Conoces a alguien que lo haría? Y, si alguien lo hiciera ¿qué pensarías?

El buen pastor da su vida por las ovejas… yo doy mi vida por las ovejas. Jesús lleva la alegoría demasiado lejos. Ningún pastor da su vida por las ovejas.

Salvo que haya enloquecido. Y, loco de amor por sus ovejas, él mismo se haya vuelto oveja y se haya mezclado con ellas. Pero esas ovejas, en lugar de venerar a su pastor y agradecerle semejante humillación, se vuelven contra él, lo apresan, lo cubren de salivazos, le arrancan la piel a tiras y lo matan. Y el pastor convertido en oveja se muestra más bien cordero, se deja matar, y pide perdón para su rebaño.

Es una locura. Cuando los hombres hacemos locuras, somos capaces de llegar hasta el ridículo. Pero cuando es Dios quien enloquece de Amor, sus locuras hacen temblar la tierra y dejan al hombre con la boca abierta. De vergüenza y de asombro.

Permíteme que copie el texto de una canción: «¡Oh, Jesús, Amor mío, cuánto me has amado!»

(TPA04L)

Esa llamada que debes atender

Tres de la tarde. Acabas de terminar de comer. Y suena el teléfono. Un número desconocido. Te lo estás temiendo, pero atiendes igualmente la llamada. «Buenas tardes, mi nombre es Filomena y le llamo de xxxx para mejorar su contrato de…». De nada. Cuelgas. Te la han vuelto a pegar. Bloqueas el número. Hasta la siguiente llamada.

Cuelgas porque sabes que a esas personas no les importas. Sólo quieren tu dinero. Y te quieren decir lo que debes hacer o con quién debes contratar, no para ayudarte a ti, sino a ellos. Desde algún lugar desconocido quieren pastorearte para comerse, si no tu carne, al menos tus bolsillos.

El que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. Escucha ahora al buen Pastor, Cristo. ¿Qué gana el Señor con que tú lo sigas? En mi caso, disgustos. ¿Alguien te cobra entrada por ir a misa? Y al sacerdote no le pagan más porque le hagas caso. Pero le importas. Quiere que vayas al cielo.

Creo que del buen Pastor puedes fiarte. No le cuelgues.

(TPA04)

¡Sin miedo!

¡Cuántas veces, después de una predicación, me he dicho: «Menudo rollo les has metido»! Estaba cansado y supuse que se me notaría, que faltaría vibración y garra porque no tenía ni lo uno ni lo otro. Y entonces se me acerca alguien dándome las gracias por lo mucho que le ha ayudado la prédica. Cuando se marcha, se me caen todos los complejos. Y me doy cuenta de que es Dios quien actúa, yo sólo debo poner lo que tenga (por poco que sea) y el deseo de servirlo.

Ellos se fueron a predicar por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban. La primera parte es necesaria. Si, por miedo a equivocarte, o por esa falsa humildad que te lleva a creer que no eres digno te niegas a hablar de Cristo, Cristo no será predicado ni conocido. Ningún ángel bajará del cielo para hacer el trabajo que tú no haces. Pero si confías en Dios y abres los labios para proclamar su nombre, aunque todo tu discurso quede en un tartamudeo, Dios convertirá tus pobres palabras en instrumentos de salvación para quien te escuche. Y sabrás que no has sido tú.

(2504)

La muerte por ingesta de conservantes

Maldita curiosidad. Se me ocurrió entrar en una de esas páginas que te informan sobre lo saludables que son los alimentos que compras en el hipermercado. Fui introduciendo los productos de mi lista de la compra, y me tuve ya por cadáver. Lo que no provoca cáncer provoca diabetes; lo que no provoca diabetes dispara el colesterol; y lo que no dispara el colesterol te sube el azúcar o el ácido úrico. No se salvó ni la baguette. Estoy condenado a muerte por ingesta de conservantes. ¡Ay de mí!

Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. ¡Menos mal! Porque yo creía que la comida de este mundo, aunque no te salvara de la muerte, al menos la aplazaba y te permitía esperarla con buen sabor de boca. Pero ahora veo que mi lista de la compra no aplaza la muerte, sino que la provoca. Ni verdadera comida, ni verdadera bebida; es veneno ultraprocesado.

La comunión es buena para la salud. La del alma, claro. Pero, teniendo vida eterna en el alma, el colesterol es menos tóxico que un pecado venial.

Y, como hoy he comulgado, me abriré una lata de anchoas. Que me dejen en paz.

(TP03V)

Lleno el vientre y vacía el alma

Las palabras que ahora pronuncia Jesús sólo se entienden como respuesta a la pregunta que los judíos le hicieron al comienzo del discurso: ¿Y qué signo haces tú, para que veamos y creamos en ti? ¿Cuál es tu obra? Nuestros padres comieron el maná en el desierto (Jn 6, 30-31).

Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron. La respuesta es terriblemente provocativa, debió dolerles. Pero podríamos seguir con más milagros: murió el leproso sanado de la lepra, murió el ciego que recobró la vista, murió la hemorroísa sanada por el manto del Señor, y murió Lázaro, quien salió del sepulcro.

Este es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Quien comulga, sin embargo, tiene vida eterna, y pasará a través de la muerte como quien cruza una puerta hacia el cielo.

Y con todo, muchos, como aquellos hombres, prefieren la muerte a la vida. Cúrame a la abuela, ya se confesará cuando esté sana. Padre, déjeme de absoluciones y pida a su Dios que encuentre trabajo.

Por eso, a la hora de misa, están en el bar. Vientre lleno y alma vacía.

¡Si conocieran el don de Dios!

(TP03J)

¿Y tú qué miras?

Entras en el templo. El Santísimo está expuesto en la custodia. Los fieles de rodillas o sentados, pero todos con la mirada fija en la sagrada Hostia. Te acercas a uno de ellos y, en voz baja, para no romper el silencio, le preguntas: «¿Y tú qué miras?». No te sabe responder. Sabe perfectamente lo que hace, pero no puede traducirlo en palabras. Porque allí no hay una pantalla, no está viendo un partido de fútbol ni una serie de TV. Lo que mira parece un pedazo de pan y no se mueve. Sin embargo, él no puede retirar sus ojos de allí. Si le obligas a que te responda, te dirá: «Estoy viendo a Dios».

Me habéis visto y no creéis… Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna.

Aquellos hombres veían a un hombre como ellos, y no creyeron que fuera el Hijo de Dios. Lo que nosotros vemos ni parece Dios ni parece hombre, sino que parece pan. Pero no podemos apartar la vista de allí, porque creemos que es el Hijo de Dios.

Bienaventurados los que crean sin haber visto (Jn 20, 29).

(TP03X)

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