Lirbos de José-Fernando rey ballesteros

Espiritualidad digital – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

Doblemente niños

Si de los que son como niños es el reino de los cielos, hoy estamos de suerte, porque la fiesta de los santos Joaquín y Ana nos permite ser doblemente niños.

Bienaven­turados vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen. En verdad os digo que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron. ¡Lo que hubiera dado el rey David por haber podido decir «Abbá» dirigiéndose a Dios! Nosotros, por el Bautismo, nos dirigimos al Altísimo como Jesús se dirigía; su Espíritu grita en nosotros «¡Papá!». Y así, como hijos muy pequeños, recibimos el cariño y la ternura de padre de todo un Dios. Por el mismo motivo, a la Virgen la llamamos «Mamá», y notamos su abrazo y su caricia cada vez que, como hijos, la invocamos.

Pero hoy, además, de ser hijos, somos nietos. Nietos de Joaquín y de Ana. Y eso nos vuelve doblemente niños. ¡Cuántas ternuras, cuántos guiños, cuántas sonrisas mientras jugamos con los abuelitos ante la sonrisa de la Madre y la complicidad del pequeño Jesús!

A esto se le llama pasear por el Cielo como Jesús por su casa.

(2607)

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Cosas de mamá

En plena fiesta del apóstol Santiago, voy yo y dedico estas líneas a su madre.

Se acercó a Jesús la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos y se postró para hacerle una petición. «Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda».

¿Qué buscas para tus hijos? ¿Quieres que estén cerca de Jesús porque sabes que la felicidad del hombre es la intimidad con Cristo? ¿O quieres que estén cerca porque piensas que el Maestro será rey en Israel, y quieres que tus hijos sean vicepresidentes primero y segundo del gobierno? ¿Los quieres santos, o los quieres importantes? Dime la verdad.

No sabéis lo que pedís. Jesús te ha calado. Los quieres importantes, aunque lo que pides los hará santos. Realmente, no sabes lo que pides.

¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber? Cuando bebas ese cáliz, lo sabrás. Y lo bebiste, bendita seas, porque estuviste junto a la Cruz con uno de tus hijos. Entonces supiste, entonces sí, que la intimidad con Cristo, aún en los momentos de inmenso dolor, es lo más grande que puede recibir una persona en esta vida.

(2507)

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Mira a María

guapísimaSorprende la orden que da a los criados el dueño del campo, cuando se disponen a arrancar la cizaña sembrada entre el trigo: Dejadlos crecer juntos hasta la siega.

Por mucho que sorprenda, ésa ha sido, y es, la actitud de Dios ante la propagación del pecado. El hombre peca, y Dios permite. Los hombres se escandalizan: «Si existe Dios, ¿por qué las guerras? ¿por qué las injusticias?»… Pero lo cierto es que el mal no prueba la no existencia de Dios. Lo que prueba es su misteriosa tolerancia y su paciencia con nosotros.

Esa tolerancia y esa paciencia han tenido, tan sólo, una excepción. En el vasto campo del mundo y de la Historia, Dios quiso reservar una parcela libre de cizaña, un trigal puro y limpio donde el Enemigo no pudiera sembrar su mala simiente. Ese trigal se llama María. En el mismo momento de su concepción, san Miguel detuvo la mano del Diablo, dispuesto a marcarla con su sello, como a todos los hijos de Adán. Nunca creció en ella la cizaña, fue siempre trigo purísimo de Dios.

Así pues, si estás cansado del pecado, y buscas un lugar limpio donde poner los ojos, mira a María.

(TOI16S)

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Esa unión inseparable

sarmientoCuando san Pablo habla de la Iglesia como cuerpo de Cristo, unido inseparablemente a su Cabeza, no está inventando nada; simplemente, transmite, con una figura distinta, la verdad que Jesús mostró a sus apóstoles en la Última Cena con la alegoría de la vid y los sarmientos:

Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante. ¿Acaso no podría el sarmiento, unido a la vid, recitar las palabras del Apóstol: no soy yo el que vive, es Cristo (la vid)quien vive en mí (Gál 2, 20)?

Por las venas del alma del santo corre la savia, la vida de Cristo. No sólo por el hecho de que viva en gracia de Dios, sino porque permanece en Cristo, tiene en Él su pensamiento y sus afectos todo el día.

Permaneced en mí, y yo en vosotros. Esa permanencia requiere esfuerzo al principio. No tanto para evitar distracciones que nos aparten de Dios sino, al revés, para «distraernos» de pensamientos mundanos y llevar a Dios la mente. Pero, poco a poco, el corazón queda imantado por Cristo, y llega un día en que lo difícil es no pensar en Él.

(2307)

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Ve a mis hermanos

El arte ha representado a María Magdalena abrazada a los pies de Cristo crucificado. Tiene sentido: Ella aparece siempre asociada al cuerpo del Salvador. Se postra a sus pies, lo unge para la sepultura, busca con amor inextinguible ese cuerpo después de muerto y, cuando lo encuentra, vuelve a echarse a sus pies para abrazarlos. Parece que, para ella, sin cuerpo no hay amor; y si hay cuerpo, aunque ese cuerpo haya muerto, el amor pervive. María Magdalena es profundamente eucarística. ¿Acaso no buscamos nosotros, en cada misa, ese mismo cuerpo?

De repente, un acorde rompe la armonía del impulso de la Magdalena, e instaura una armonía nueva. Cuando María se lanza a los pies de Cristo, Jesús dice: No me retengas… Pero, anda, ve a mis hermanos y diles: «Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro».

Lo mismo nos sucede en cada misa, en cada visita de oración al sagrario, en cada encuentro con ese cuerpo al que adoramos. En un momento dado, el Señor nos envía: «Id en paz, no os quedéis aquí, que aún no estamos en el Cielo, id a anunciar a los hombres el Amor con que los amo».

(2207)

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Verdadero, aunque prohibido

Ahora está prohibido decir que hombre y mujer somos distintos; te pueden llamar machista por eso y, si te descuidas, te borran la cuenta de tu red social, te acusan de un delito de odio y te queman en la hoguera pública. Pero los cristianos sólo obedecemos a la Verdad, y la verdad es que hombres y mujeres somos distintos. Hasta en el amor, la mujer es quien acoge, y el hombre quien siembra. Ese precioso diálogo convierte a la pareja en imagen de Dios.

Cristo es varón porque es Esposo. Y la Virgen mujer, porque es madre y figura de la Iglesia. El alma cristiana es también esposa de Cristo. Cristo entra en ella, siembra en ella su semilla, y el alma acoge al Esposo y recibe la semilla con reverencia y gozo.

Salió el sembrador a sembrar… Otra parte cayó en tierra buena y dio fruto.

Ya ves: la santidad consiste más en recibir que en hacer. Cristo es quien hace, y nosotros acogemos su Espíritu. Como la tierra recibe su semilla, como Marta acogió en su casa al Salvador…

¿Escuchas la palabra de Dios? ¿Procuras recibir formación cristiana? ¿Atiendes a la homilía? ¿Acoges los consejos del confesor?

(TOI16X)

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Misterios de un amor divino y humano

Esa visita frustrada de la Virgen, resuelta en la negativa de Jesús a recibir a su madre, siempre nos revuelve por dentro. Hubiéramos esperado otra cosa: que Jesús se levantara, dejase a sus discípulos allí sentados a la espera, y fuera a darle un beso y un abrazo a María, para después sentarla a su lado durante el resto del sermón. Pero lo cierto es que no fue así.

– Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren hablar contigo. – ¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Estos son mi madre y mis hermanos.

Cristo marcó con su madre distancia muy dolorosa. Apenas vemos a la Virgen en la vida pública. Luego, cuando todos huyan, María reaparecerá en el Calvario, y esa distancia y ese amor serán terribles: la Madre acompaña al Hijo, pero no lo toca hasta que ha muerto.

Es todo un misterio ese amor profundo entre Cristo y María, que se resolvió en dolor, y dolor dulce. Desde los doce años del Señor, para ellos amar fue sufrir.

Con todo, esa distancia también la ha marcado Jesús con nosotros. No recibirás un beso del Señor en esta vida. Pero compartirás su Cruz. ¿Qué une más?

(TOI16M)

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