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Espiritualidad digital – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

Sobre anchuras y estrecheces

Existen dos caminos, según la enseñanza de Jesús. Uno es ancho, y el otro estrecho. El primero lleva a la perdición, y el segundo a la vida: Ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos entran por ellos. ¡Qué estrecha es la puerta y qué angosto el camino que lleva a la vida! Y pocos dan con ellos.

Nos equivocaríamos sin pensáramos que, en ese camino ancho, cada veinte metros existe un cartel con la inscripción: «HACIA LA RUINA». No dudo de que muchos, aunque ese cartel existiera, seguirían avanzando con la esperanza de poder darse la vuelta antes de alcanzar el abismo. Pero ese cartel no existe. Y muchos, que caminan por la senda ancha, creen dirigirse hacia la vida.

Que esta advertencia supla al cartel: Muchos caminan por la senda ancha mientras rezan, como si recorrieran el camino de Santiago. Oran, hacen lo que les da la gana, viven a todo tren, y además quieren que el propio Dios haga lo que ellos quieren y atienda sus súplicas.

Quienes caminan por la senda estrecha oran, renuncian a su voluntad, obedecen y entregan la vida, porque están enamorados. Éstos alcanzan el cielo.

(TOI12M)

Mejor en el banquillo que en el estrado

Dejando aparte a los señores magistrados de los juzgados de primera y demás instancias, quienes tienen un trabajo profesional que cumplir, la silla de juez, de verdadero juez, debe dejarse reservada sólo para Dios. Él es el único que cuenta con todos los datos para emitir un veredicto; sólo Él conoce los pliegues del corazón de cada persona. Quienes apenas nada sabemos de los demás –porque sólo conocemos lo que está a la vista– haríamos bien en cuidarnos mucho de juzgar a nadie.

No juzguéis, para que no seáis juzgados. Paradójicamente, lo mejor para no juzgar es ser juzgados; ocupar, más bien, el banquillo del acusado que la silla del juez; y ocuparlo ahora, mientras vivimos, para que después, cuando Dios nos llame, no tengamos que volver a sentarnos allí.

Por ejemplo: una persona cercana a mí, en quien confiaba, me ha herido. Podría juzgarla como ingrata, injusta y desconsiderada. Pero, en ese caso, Dios me juzgará por cuantas veces le he herido yo, a pesar de que Él me eligiese como amigo.

¿No será mejor, ante el daño que esa persona me ha hecho, pensar: «Lo merezco por mis pecados»? En ese caso, mi penitencia está hecha. Salgo ganando.

(TOI12L)

¿No te da miedo controlar tanto?

Cuando Jesús nos invita a no temer a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma, no está insinuando que no vayamos a morir. Él murió, y también nosotros moriremos. Lo que quiere decirnos el Señor es que nuestra muerte será fruto de un amoroso designio divino.

¿No se venden un par de gorriones por un céntimo? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre… No tengáis miedo: valéis más vosotros que muchos gorriones.

Ignoro cómo dispone Dios la muerte de un gorrión. Pero sé que el día de mi muerte lo tiene decidido, y que será el mejor para mí, porque llegará cuando más dispuesto me encuentre para volar hacia Él.

Sin embargo… Temed al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la «gehenna». Si el día de mi muerte ha sido decidido por Dios con infinito Amor, mis pecados son decisiones exclusivamente mías. Eso es lo que me aterra. Porque, cuando peco, tomo en mis manos mi vida y la arranco de las manos providentes de Dios.

Ojalá te dieras cuenta: Nada hay más peligroso que el que tu vida esté en tus propias manos.

(TOA12)

Un niño bien educado

Juan fue un niño muy bien educado. No cabe duda de que hubo, en esa educación, una asistencia muy especial del Espíritu Santo, y tampoco de que se trataba de un niño singular. Pero también es de justicia atribuir su mérito a Zacarías y a Isabel.

El niño iba creciendo, y su carácter se afianzaba, se nos dice de Juan. De Jesús cuenta san Lucas que crecía en sabiduría, estatura y gracia (Lc 2, 52). Pero ese crecimiento y esa configuración del carácter necesitaron de la ayuda de los padres.

Unos malos padres crían niños salvajes; les dan cuanto piden –para que no molesten– y los dejan asilvestrarse. Otros no crían; esculpen. Desde que el niño nace, ya saben en qué quieren que se convierta, y cincelan el carácter del niño conforme al proyecto que ellos hicieron, ahogando así la personalidad del hijo.

Unos buenos padres, como Zacarías e Isabel, saben que sobre el niño gravita un designio divino. Y procuran enseñar al hijo a escuchar a Dios, como ellos también lo escuchan, de forma que el pequeño llegue a ser lo que está llamado a ser, aunque no coincida con sus planes. Semejantes padres crían niños felices y santos.

(2406)

Cardiolatría

Uno de los grandes pecados de nuestro tiempo es la idolatría del corazón, una especie de «cardiolatría» que lleva a los hombres a someterse a los dictados de la afectividad como si fueran las nuevas tablas de la ley. Obedecer al corazón es como lanzarse al río y obedecer a la corriente; echarse a morir entre olas de miel y eructos de hiel. La palabra es hoy más inútil que nunca. ¿De qué sirve tratar de argumentar con un cardiólatra, que no usa la cabeza porque todo le nace del impulso y de una «intuición» que no es sino «emoción»?

Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas.

Nuestra generación no tendrá redención hasta que no caiga en la cuenta de que el corazón nace podrido de soberbia por el pecado, y debe ser cincelado a imagen del corazón humilde de Cristo. Si el propio Dios encarnado ha postrado en tierra su corazón, ¿qué no deberíamos hacer nosotros con los nuestros?

Pero hace falta mucha penitencia para obedecer al corazón de Cristo en lugar de dejarse esclavizar por el corazón propio. Y no sé si estamos dispuestos a humillarnos tanto. Tengo miedo.

(SCORJA)

Más que pedir lo que deseas, desea lo que pides

Si Jesús no hubiese inventado el Padrenuestro, a nadie se le hubiera ocurrido pedir semejantes cosas. Puede que yo sea desconfiado, pero…

Santificado sea tu nombre… Venga tu reino… Hágase tu voluntad… Perdona nuestras ofensas… No nos dejes caer en tentación… Líbranos del Maligno…

La gente no pide eso. La gente pide: «Que se cure mi hijo», «que mi nuera encuentre trabajo», «que mi matrimonio se apacigüe», «que tengamos salud»…

Diréis que, al menos, el pan de cada día es petición común. Pero si os aclaro que, fundamentalmente, esa petición va referida al Pan eucarístico, y que lo que pedimos es la comunión diaria, quizá algunos se echasen atrás.

No sé… Creo que si, en lugar de acomodar la oración a nuestros deseos, acomodásemos nuestros deseos al Padrenuestro, seríamos santos aunque no lográsemos vencer al pecado. Porque, con tan santos deseos, es imposible no llegar al cielo. Lo que sí es posible es rezar diariamente para pedir salud, dinero y amor; obtener de Dios las tres cosas, y condenarse después.

Por eso, yo, que también pido salud, dinero y amor para los míos, prefiero terminar siempre con un padrenuestro y decir: «Pero, sobre todo, eso. Lo demás no importa tanto».

(TOI11J)

Sobre limosnas, curas y templos

En cierta parroquia donde estuve, había un feligrés que cada domingo dejaba 10.000 pesetas en el cestillo. Estiraba el billete, lo aireaba, se abanicaba con él, y después lo depositaba suavemente. Quizá no cumplía aquello de que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha, porque de su donativo se enteraba su mano izquierda, su mano derecha, la mano izquierda del de vecino y el ojo derecho de todos. Pero los curas nos alegrábamos tanto…

Es que los curas tenemos fama de pedir dinero. Pero no seáis duros, que nunca pedimos para nosotros, sino para Dios, para la Iglesia y para vosotros, que preferís que haya luz, agua y calefacción en los templos.

Cuando hice una reforma para convertir la vivienda parroquial –donde vivía– en locales para catequesis y construir otra vivienda más pequeña, pedí que cada feligrés aportase cinco euros. Mientras tomaba un refresco en una terraza, cierta mujer se me acercó, quiso arrebatarme el refresco, y comenzó a vociferar que para eso quería yo los cinco euros, para darme la buena vida. Nadie movió un dedo, ni clientes ni camareros.

Lo mejor es que colaboréis con vuestra parroquia sin hacer alardes. Pero, aunque sea alardeando, colaborad.

(TOI11X)

No te doy la razón, porque te quiero… Y porque no la tienes

Ayer considerábamos lo que supone poner la otra mejilla, y hoy nos fijaremos en lo que no supone. Que también un muñeco de trapo puede poner ambas mejillas, y no por eso tiene caridad.

Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen… Si entregamos sin luchar la integridad física, es porque aspiramos a un bien mayor. Cedemos un terruño para conquistar un imperio, porque queremos el alma de nuestros enemigos, y la queremos para Cristo. ¿Recuerdas cómo, en «Los Miserables», aquel monseñor Bienvenido dejó que Valjean le robara la vajilla, y a cambio afirmó haber comprado su alma?

Fíjate, como ayer, en lo que hizo el Señor: entregó su cuerpo a sus enemigos, pero no les dio la razón. Y, a precio de su cuerpo, compró sus almas, porque los amaba.

Haz tú lo mismo: si te injurian, no respondas. Pero no des la razón a quien no la tiene. En eso no puedes transigir, porque esa verdad no es tuya, sino de Cristo. Y porque, a cambio de las injurias, entregarás a tu enemigo el mayor y más preciado de los dones: la propia verdad. Si no la quiere, o la rechaza, tendrá que rendir cuentas.

(TOI11M)

Motivos para poner la otra mejilla

Quizá sea una de las frases más sonadas, más repetidas, más conocidas y menos cumplidas de los evangelios: Si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra. ¿Qué significa, exactamente, «poner la otra mejilla»?

Para empezar, significa que no vas a devolver el sopapo a quien te sacude. Para seguir, que tampoco vas a esconderte para que no te sacuda otro –y, para actuar así, es preciso ser valiente–. En tercer lugar, que incluso se lo vas a poner fácil, porque vas a presentar ante sus ojos otra mejilla intacta que pueda abofetear, con la ventaja de que tu oponente ha aprendido que no te defenderás.

¿Por qué tengo que hacer eso?

Antes de responder, mira un «Ecce Homo». Contempla el rostro de Cristo cubierto de ultrajes, en ambas mejillas y en toda su faz. Y piensa que si Jesús, ante tu primer pecado, te hubiese castigado como merecías, no estarías leyendo esto. Si hubiese roto contigo para que no lo abofeteases más, tampoco estarías aquí.

¿Por qué tienes que hacer eso? Por amor. Porque Cristo lo ha hecho contigo primero. Porque tus dos mejillas rotas son las monedas con que comprarás el alma de tu enemigo.

(TOI11L)

Demasiado bueno

¿Sabes, Jesús, por qué los hombres no creen en Ti? Eres demasiado bueno. Si aparecieras sobre una nube negra, lanzando rayos a los pecadores, todos creerían en Ti, temblarían ante tu Nombre. No habría guerras, ni asesinatos, ni mentiras ni injusticia… Ni tampoco libertad; ni amor. Pero creerían en Ti.

Sin embargo, tuviste la osadía de nacer pobre en un pesebre. Y aceptaste morir en una cruz como blasfemo. ¿Quién iba a creer que eras Dios?

En tu bondad, no se te ocurrió otra cosa que encerrarte en los sagrarios bajo la apariencia de un pedazo de pan. Y exponerte a sacrilegios, profanaciones e indiferencias sin quejarte. ¿Cómo quieres que crean en Ti? Eres demasiado bueno.

No nos has dejado otra opción: sólo podemos creer en Ti y amarte desesperadamente. Quien no esté dispuesto a amarte, no creerá jamás. ¿Cómo, sin entender de amor, va nadie a creer el disparate divino de la Eucaristía?

Ahora bien: cuando uno ha experimentado lo que supone comulgar enamorado; cuando uno ha conocido esa fuerza de atracción descomunal que mana de cada sagrario, uno ya no puede no creer. Y acaba creyendo sólo en Ti, y teniendo por mentira todo lo demás. ¡Te amo!

(CXTIA)