Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

Espiritualidad digital – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

Siete y media

Es como jugar a las siete y media, según Don Mendo: «O te pasas, o no llegas. El no llegar da dolor, pues indica que mal tasas y eres del otro deudor. Más ay de ti si te pasas, si te pasas es peor».

Al pedir, no llegaron. Y al responder, se pasaron.

Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda. Se quedaron cortos. Se puede pedir más. Luego diré.

«¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber, o bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?» Contestaron: «Podemos». Se pasaron. Ay de ti, si te pasas. Yo me hubiera plantado: «¡No puedo!». Aunque juego con ventaja; sé cuáles son las siguientes cartas del mazo. Sé cuál es ese cáliz, y cuál ese bautismo con que Cristo sería bautizado en la Cruz. Por eso hubiera dicho: «No puedo. Pero por nada de este mundo quisiera separarme de Ti. Llévame contigo a donde vayas».

Y, tras esa petición, hubiera ido un poco más lejos que aquellos dos hermanos. Ni a la derecha, ni a la izquierda. Quiero, como san Pablo, estar clavado contigo a tu misma cruz.

Siete y media. Premio.

(TOP08X)

Dos cosas que Pedro no sabía

A Simón Pedro le han llegado al alma las palabras de Jesús, según las cuales le es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el reino de los cielos.

Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.

En otras palabras, quiere seguridades: «Nosotros somos pobres, lo hemos dejado todo por Ti. ¿Podremos nosotros entrar en el reino de los cielos?»

Quizá no era consciente de que ya había entrado en ese reino. Vivir junto a Jesús es vivir en el cielo, como vivir sin Él es sufrir el infierno. Me comentaba una persona que se había sorprendido al ser consciente de que Jesús estaba a su lado, viendo con ella una serie de TV. Eso es estar viendo la televisión desde el cielo.

Y tampoco era consciente Simón de que, durante esta vida, jamás debes decir: «¡Ya está!». Nunca está. Hoy lo has dejado todo. Mañana querrás recuperarlo y negarás tres veces a Jesús. Y sólo con lágrimas podrás salir de ese infierno.

Hasta que no hayas entregado al Señor todos los días que te restan de vida, no te atrevas a decir: «¡Ya está!»

(TOP08M)

Nacida junto a un árbol y a una fuente

Jamás cometáis el error de comparar a la Iglesia con cualquier institución humana. Si la Iglesia fuera solamente una institución humana, como cualquier ONG o una de las muchas fundaciones benéficas modernas, la Iglesia habría desaparecido hace mucho tiempo. ¿Qué institución humana podría resistir la caída de imperios y la persecución hasta la muerte de sus miembros?

La Iglesia está viva. Las instituciones humanas nacen en los despachos. Los niños nacen de un hombre y una mujer.

Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego, dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre».

Junto a un árbol y a una fuente nació la Iglesia. Y nació de un hombre –Jesús– y una mujer –María–. Allí aprendió a decir «Abbá» y a decir «Mamá». Como cualquier niño, nació llorando y envuelta en sangre. Y, como cualquier niño, fue amamantada en los pechos de su madre, la Virgen, junto a quien se agruparon los apóstoles para recibir al Espíritu en Pentecostés.

Ahora es ella la que amamanta a sus hijos en los sacramentos. Pero no olvida, ni olvidará jamás, quién es su madre.

(MMI)

¡Me has robado!

Antes de que Cristo nos revelara al Espíritu Santo como tercera persona de la santísima Trinidad, el Antiguo Testamento hablaba, en numerosas ocasiones, del «Ruah Yahweh». Es una expresión ambigua. Puede significar «el aliento de Dios», «el soplo de Dios», «el viento de Dios»… «¡El beso de Dios!» (Ct 1, 2). Todo lleva a lo mismo: aire manado de la boca de Dios.

Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo». Cuando dos enamorados se besan, se hacen entrega de lo más íntimo de su ser: su propio aliento, emanado de sus entrañas. Pero ahí queda todo.

¿Cómo sopla un resucitado que respira cielo? Su Aliento es su Espíritu, es el «Ruah Yahweh». Y, cuando me besa, ese Espíritu, si lo recibo con docilidad, se apodera de mí y me convierte en Él. Y por eso, convertido en Él, llamo a su Padre «Abbá», un derecho que sólo tiene el Unigénito de Dios.

No soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí (Gál 2, 20). Debo dejar que ese beso, ese Aliento inunde mi corazón, mis pensamientos, mis palabras y hasta los miembros de mi cuerpo, que deben ser suyos.

¡Te pertenezco!

(PENTA)

Esas muchas otras cosas

Jesús de Nazaret es un personaje histórico, que ha nacido, vivido y muerto en un tiempo y lugar concretos de la Historia. Pero si Jesús es sólo eso, entonces nosotros somos unos nostálgicos dedicados a conservar su recuerdo como conservarían otros el recuerdo de Cervantes o de Shakespeare. Ni Cervantes ni Shakespeare han escrito una sola línea desde que murieron. Sin embargo…

Muchas otras cosas hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que ni el mundo entero podría contener los libros que habría que escribir. Jesús, tras su muerte, resurrección y ascensión, ha seguido y sigue obrando. No hay libros suficientes para narrar todas sus obras, presentes y futuras. Él murió en los mártires de las primeras persecuciones. Él nos ha iluminado con la sabiduría de Agustín, nos ha enseñado a orar con los escritos de Teresa e Ignacio, ha alcanzado los confines de la tierra en los viajes de Francisco Javier, ha derramado su gracia en el confesonario de Juan María Vianney, ha iluminado el Carmelo de Teresa de Lisieux…

… Y quiere seguir obrando a través de ti. Por eso mañana va a enviarte su Espíritu. Prepárate para recibirlo con gozo y dejarte conquistar por Él.

(TP07S)

El mayor consuelo del pecador

Simón

El diálogo entre Jesús resucitado y Simón Pedro a orillas del Lago de Genesaret, además de tierno, es muy sorprendente y muy consolador. Y consuela por aquello mismo por lo que sorprende.

Le dice a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?» Él le contestó: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Jesús le dice: «Apacienta mis corderos».

Que Simón responda a Jesús: Sí, Señor, tú sabes que te quiero, no tiene nada de sorprendente. Era de esperar. A pesar de su triple pecado, Simón quería mucho a Jesús. Lo sorprendente es que Jesús le diga: Apacienta mis corderos.

Eso no era de esperar. Lo normal hubiera sido algo como esto: «Sé que me quieres, Simón, eso nunca lo he dudado. Pero ya no podrás apacentar mis corderos. Comprenderás que, después del ejemplo que les has dado jurando ante todos que no me conocías, ya no tienes credibilidad».

¡Pero no! Jesús le dice: Apacienta mis corderos. Y eso significa: «Por muchos que sean tus pecados y tus torpezas, Simón, yo te sigo eligiendo y quiero servirme de ti. Sólo te pido que me ames».

He ahí el mayor consuelo para los pecadores que amamos a Cristo.

(TP07V)

Dulces sueños y buenos amigos

Hace años soñé que estaba en el cielo. No creo que el cielo sea como lo soñé, aunque me encontraba muy bien allí. Prefiero soñar que estoy en el cielo a soñar que me devora un monstruo de seis cabezas. Lo que me llamó la atención del sueño aquel fue que, a pesar de lo bien que me sentía, estaba sufriendo. Sufría porque deseaba volver a la tierra a contarle a mis amigos lo maravilloso que era el cielo, y no encontraba el camino de regreso. Jajaja, cuando desperté, ya no había remedio. Ni siquiera aquí voy a contar el sueño, el cielo tiene que ser mucho mejor.

Padre, este es mi deseo: que los que me has dado estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria, la que me diste, porque me amabas, antes de la fundación del mundo.

El sueño me ha servido para entender a Jesús. Cuando disfrutamos algo bueno, queremos que nuestros seres queridos lo disfruten también. Me sucede con las películas, aunque hace años que no veo una película buena.

Pero cómo no voy a entender, oh Jesús, que estés deseando que comparta contigo el cielo. ¡Si yo estoy deseando que me lo enseñes!

(TP07J)

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