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Espiritualidad digital – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

Dios no hace esas cosas

Se habla mucho en la Biblia de la ira de Dios. Y no sólo, como creen algunos, en el Antiguo Testamento; también en el Nuevo:

El que cree en el Hijo posee la vida eterna; el que no crea al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios pesa sobre él.

Mucha gente se vuelve tonta con esto. No les cuadra, no acaban de imaginarse a Dios airado. Yo tampoco lo imagino. Al menos, como nos airamos nosotros. No creo que Dios enrojezca, que le salga humo hasta por las orejas y te envíe un rayo para chamuscarte la rabadilla. Dios no hace esas cosas.

Pero peor aún es ignorar estas menciones y decidir pasar a otra cosa. ¿Qué es la ira de Dios?

Supón que, en un día soleado, decides encerrarte en el sótano y sumergirte en las sombras. ¿Dirás que se ha enfurecido el sol contigo y te niega su luz? Has sido tú quien se ha sepultado en tinieblas. El sol lo permite, no irrumpe a la fuerza en tu sótano. Pues la sombra es la ira de la luz. Y esa terquedad tuya por sepultarte en la muerte es la ira de Dios.

(TP02J)

El mundo eres tú

El mundo eres tú. No vayas a creer que Dios lanza un «te quiero» ante la bola del mundo y a ti te cae encima la milésima parte de una gota. Es cierto que la milésima parte de una gota del Amor de Dios bastaría para saciar de gozo mil vidas, pero la realidad es aún mejor. El mundo eres tú.

Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Quita «el mundo» y pon tu nombre. Tanto te quiere Dios a ti…

Cuando comulgues, escucha al Padre diciéndote: «Mira cuánto te quiero, ahí tienes a mi Hijo». Cuando mires un crucifijo, escucha al Padre diciéndote: «Mira cuánto te quiero, ahí tienes a mi Hijo». Cuando estés ante un sagrario, escucha al Padre diciéndote: «Mira cuánto te quiero, ahí tienes a mi Hijo». Cuando te recojas en lo profundo de tu alma y encuentres al Huésped que allí habita, escucha al Padre diciéndote: «Mira cuánto te quiero, ahí tienes al Espíritu de mi Hijo».

No tienes otra cosa que hacer, créeme. Escucha esa declaración de Amor venida de Dios. Porque el mundo eres tú.

(TP02X)

Gallegadas

Después de la Misa Crismal comí junto a un diácono gallego que muy pronto será sacerdote. Su párroco nos hacía reír: «Le pregunté: “¿hay muchas formas en el copón?” Fue a mirar y me respondió: “Muchísimas no hay”». ¡Viva Orense! Creo que fue José María García quien definió a los gallegos diciendo que, cuando los encuentras en medio de una escalera, no sabes si suben o bajan.

El viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu. Gallegos todos.

Pero es verdad. El santo, haya nacido en Orense o en Calatayud, tiene un aire de misterio. Está en este mundo, pero no es de este mundo. Hay tragedias que considera anécdotas, y está dispuesto a morir por tesoros que los hombres desprecian. Habla tu mismo lenguaje, pero sus palabras, en muchas ocasiones, parecen venir de lejos y dejan en tu alma un poso que rasga el horizonte y te abre al misterio.

Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo. Porque el santo viene del cielo y va al cielo. Y te alumbrará el camino al cielo si lo escuchas.

(TP02M)

No tienes remedio

No sé cómo se lo tomó Nicodemo pero, según lo susceptible que sea cada uno, las palabras de Jesús podrían considerarse ofensivas.

En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios.

Es como decir: «Mira, lo tuyo no tiene remedio ni arreglo posible, no te esfuerces. Te tienen que hacer otra vez».

¿Cómo puede nacer un hombre siendo viejo?

Para volver a nacer, primero tienes que morir. Morir a la carne y nacer para Dios. Es decir, date por muerto. Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios (Col 1, 3).

En resumidas cuentas: ¿Quieres nacer de nuevo? Da todo por perdido en este mundo. Por él lo perdí todo, y todo lo considero basura con tal de ganar a Cristo (Flp 3, 8).

Y ahora vuelve a tu bautismo. A tu nacimiento del agua y del Espíritu. Vuelve a ser niño y clama «¡Abbá!» mirando al cielo. Ya estás en Cristo. El viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu. Vienes del Padre y vas al Padre.

(TP02L)

Dos luces tiene el día

divina misericordia«¡Chsssst! No habléis alto, que vais a despertar al niño». Es domingo, son las doce de la mañana, el «niño» tiene diecisiete años y ha llegado a casa a las seis, borracho como una cuba después de pasar la noche de fiesta. Mamá es boba.

El día tiene dos luces. La luz del sol, que es fuego ardiente; y la claridad con que se cuela en el hogar a través de las ventanas, llenando de vida la casa. Mamá debería irrumpir en la habitación del «niño», levantar las persianas y anunciarle que es de día. Si el niño se tapa con la manta, peor para él.

Dos luces tiene la resurrección de Cristo: su cuerpo resucitado, que alegra cielos y tierra, y la claridad con que ilumina el alma. Esa claridad, llamada Divina Misericordia, limpia los pecados y llena de Dios el interior del hombre.

Reci­bid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados. Y así la Iglesia, como una buena madre, a través de las manos del sacerdote levanta las persianas del alma en tinieblas y la llena con luces de cielo. No te quedes durmiendo, que ya es mediodía. Acude al sacramento del Perdón.

(TPA02)

El nombre sobre todo nombre

«En aquel tiempo»… Lo normal es que la lectura del santo Evangelio comience así.

Pero hoy no.

Jesús, resucitado al amanecer del primer día de la semana, se apareció primero a María Magdalena.

Hoy es el único día del año en que la lectura del Evangelio comienza con el nombre de Jesús. Esta observación parece una niñería, una casualidad, una bobada… pero no lo es. Porque con ese nombre comienza todo.

Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, y así es el primero en todo (Col 1, 18). Dios lo exaltó sobre todo | y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre (Flp 1, 9-11).

María Magdalena, cuando lo encontró resucitado, lo llamó «Rabbuní». Te deseo que lo encuentres en esta Pascua. Y lo encontrarás si lo buscas, porque Él ya ha salido a buscarte a ti. Acude a la Eucaristía; comulga, si puedes, cada día, y hazlo con fervor. Reza ante el sagrario. Y cuando el sacerdote lo ponga en tus labios, dile, simplemente, emocionadamente, rendidamente: «¡Jesús!»

(TP01S)

No hay duda, eres Tú

Tú lo tienes todo; yo no tengo nada. Tú has resucitado; yo no paro de moquear. Tú eres la luz y habitas en la luz; yo te sigo buscando en las tinieblas. Tú estás sentado a la derecha del Padre; yo sigo renqueando en el camino a Casa. Y hoy, que vienes a mí y me llamas desde la orilla, esa orilla a la que tanto anhelo llegar, no tienes otra ocurrencia que decirme:

Muchachos, ¿tenéis pescado?

¡Me pides Tú a mí! Y te me acercas como un pedigüeño, como si fueras Tú el que necesitas de mí.

No hay duda, eres Tú. Sigues fiel a tus costumbres. Sacaste agua de una roca para dar de beber a todo un pueblo, y te dirigiste a una mujer samaritana para pedirle agua de un pozo. Alimentaste a los hebreos con el maná, y le pediste cinco panes a un niño.

Eres Tú, sin duda. Y está claro que nada necesitas de mí. Pero me pides limosna porque sabes que mi felicidad consiste en darte cuanto tengo y cuanto soy.

¡Cómo voy a negarte nada, cuando sé que Tú mismo me darás lo que me pides!

Vamos, almorzad.

¡Qué alegría! ¡Eres Tú!

(TP01V)

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