Evangelio 2022

Espiritualidad digital – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

Una comunión cierta

Cuando recibimos la comunión sacramental, el cuerpo de Cristo y el nuestro se unen, y –siguiendo a san Agustín– es más el cuerpo del Salvador el que devora el nuestro que al revés, porque, por esa comunión, nuestros miembros resultan incorporados a Él.

También la escucha de la Palabra (con mayúscula, porque escuchamos al Verbo) produce una cierta comunión, o, mejor, una comunión cierta.

El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. Es preciso, para que esta íntima comunión tenga lugar, que escuchemos la Palabra con el corazón abierto, acogiéndola en lo más profundo del alma. No nos empeñemos en desentrañarla, o en extraer rápidamente consecuencias o propósitos de lo que hemos leído o escuchado. Más bien, dejémosla resonar en el corazón, incluso aunque no entendamos, para que la voz llene el alma, aunque el entendimiento quede ayuno. Ya vendrá, cuando le plazca, el Paráclito, y Él será quien os lo enseñe todo, y os vaya recordando todo lo que os he dicho.

Cuando escuchamos así, la Palabra va invadiendo dulcemente el espíritu, que queda colonizado por ella. Y, con ella, vienen el Padre y el Amor.

(TP05L)

Jesús y Ángela. Jesús y tú

Leí, hace algunos años, la vida de santa Ángela de Foligno. Y me impresionó tremendamente el modo en que Jesús, en aquellas revelaciones, se dirigía a esta mujer como un pretendiente que cortejase a su amada. Le decía: «Toda tu vida, tu manera de comer, beber y dormir, y tu vivir, todo me gusta… Hija mía, querida a mí, más que yo a ti… Templo mío, delicia mía… Tú tienes el anillo de mi amor, y estás prendada de mí, y jamás te alejarás de mí». Comprenderéis que esta mujer, al escuchar aquello, se sintiera abrumada.

Pero no concibo otra manera de relacionarse con el Señor. ¿Podremos cumplir el mandamiento nuevo, como yo os he amado, amaos también unos a otros, si no hemos gustado primero su Amor? Antes de lanzarnos a amar al prójimo, ¿no tendremos que preguntarle a Cristo: «Señor, ¿cuánto me quieres?»?

No se es verdaderamente cristiano hasta que el corazón no ha sido conquistado por ese Amor. No tengas miedo. Arrodíllate ante un sagrario, o ante un crucifijo, y pregunta: «Jesús, ¿tú me amas?». Después, calla y escucha.

Sólo quien se deja amar puede cumplir el Mandamiento Nuevo. Hay que ser muy feliz para ser santo.

(TPC05)

Apóstol significa amigo

Cada vez que entro en la web de mi operador telefónico, me agreden con anuncios para que contrate las nuevas y maravillosas tarifas. Cuando entro en la web de mi seguro del automóvil, soy de nuevo agredido con banners para que contrate un suplemento increíble… No voy a quejarme más que lo justo. Si una empresa quiere vender un producto, necesita hacer campañas para que todo el mundo lo conozca.

La Iglesia no es una empresa, y tampoco vende nada. Pero también hace campañas cuando quiere transmitir un mensaje. ¿Por qué no aprovechar las nuevas formas de comunicación para anunciar a Jesucristo? No servirse de esos nuevos areópagos sería un pecado de omisión. Sin embargo, no vayamos a confundir esa labor de difusión con el apostolado.

A vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. Normal. Los amigos comparten su intimidad. De no ser así, ¿qué amistad sería ésa? Para un cristiano, el apostolado no es distinto de la amistad verdadera. Tus amigos te cuentan su vida, y tú les cuentas la tuya, y la tuya es Cristo. Y Cristo es luz que ilumina el alma de tu amigo.

(1405)

Cristo como camino

El camino que va de mi casa a la estación lo puedo recorrer caminando en 15 minutos. Lo hago muchos días. Pero ¿cómo recorro a una persona? ¿Cómo recorro al Hijo de Dios que me dice: Yo soy el camino ?

Una respuesta fácil: «Haz lo que Jesús te dice». De acuerdo, su palabra es vida eterna y, cumpliéndola, viviré. Pero, en ese caso, Él no es el camino, sino el que me muestra el camino. ¿Por qué, entonces, dice que el camino es Él?

Vamos con una segunda respuesta: «Haz lo que haría Jesús, y Jesús será entonces tu camino». Pero, ¿estoy seguro de saber lo que haría Jesús? Cristo rompió todos los esquemas y reventó todas las expectativas. ¿Cómo voy a saber lo que haría Jesús en el siglo XXI? Además, si lo supiera y ajustara todos mis actos a lo que Él haría, ¿conservaría yo mi libertad?

Creo que la respuesta correcta la ofrece san Pablo: Tened en vosotros los sentimientos de Cristo (Flp 2, 5). Adéntrate en la llaga de su costado, deja que los sentimientos de su corazón llenen el tuyo y, después… haz lo que te dé la gana. «Ama et quod vis fac».

(TP04V)

Los «seguratas» del Paraíso

Cuando abrimos el evangelio, el cielo se despliega ante nuestros ojos. Esas palabras que allí leemos no se pueden comparar con ninguna otra palabra de este mundo. ¿No has sentido nunca, mientras meditabas la palabra de Dios, que estabas palpando el Paraíso? Yo sí.

Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica. Saber «esto», cuando «esto» son las palabras de Cristo, sus enseñanzas y los sentimientos de su corazón es un gozo inmenso, y mientras lo saboreamos somos transportados por el Espíritu hasta las puertas del cielo, a lomos del don de entendimiento. Pero cumplir esas mismas palabras supone cruzar la puerta y entrar. Por eso, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica.

¿De qué nos serviría escuchar y quedarnos quietos, plantarnos en las puertas del cielo y no entrar, como si fuéramos los guardas de seguridad del Paraíso? ¡Ay de nosotros, si fuera así! Seríamos entonces semejantes a Herodes, de quien está escrito que escuchaba a Juan con gusto, aunque lo mató después.

Señor, concédenos escuchar tu palabra y gozar de su dulzura. Pero concédenos, sobre todo, obedecerte y ponerla en práctica. Porque no hay nada más triste que quedarse en la puerta y no entrar.

(TP04J)

Demasiados inputs

Entro en el templo. Hay cinco personas orando. Cuatro están mirando la pantalla del móvil. No pasa nada, no te extrañe. El móvil cumple ahora el papel que antes cumplía el libro; tú también lo usas, recuerda. Vale, no me enfado. Pero yo no tengo puestos los airpods, como esa señora. Déjala, estará escuchando una meditación. No sé…

Mientras avanzo por el templo, paso cerca de uno de los orantes y, disimuladamente, lanzo el ojo hacia su móvil… ¿Y ese chat que tiene abierto? ¿Está chateando con el Paráclito por WhatsApp? ¡Venga ya!

Son demasiados inputs. No podemos centrarnos en nada, rápidamente salta una alerta y hay que mirar hacia otro lado. Y, así, nada cala, todo queda en la epidermis.

El Padre que me envió es quien me ha ordenado lo que he de decir. Y sé que su mandato es vida eterna. La palabra de Dios tiene tal poder que, si la dejáramos entrar hasta el fondo del alma, ella sola se cumpliría y nos santificaría. Pero, en el camino que va del ojo al corazón, siempre llega un mensaje que desvía nuestra atención, y la palabra se pierde. Así nos va.

Sin silencio, la santidad es imposible.

(TP04X)

Sobre cómo escuchar a Dios

No todas las ovejas pertenecen al rebaño del buen pastor. ¿Cómo hará Él para separar las suyas y llevarlas a las verdes praderas de su reino? Simplemente, abrirá sus labios y las llamará.

Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen.

Tan sencillo como eso… O tan difícil.

Si estás esperando a escuchar, como Abrahán o como Samuel, una voz venida del cielo que te saque de la cama a medianoche, lo más seguro es que esa voz sea la de tu hijo pequeño que no puede dormirse y te pide agua. Pero no te garantizo que vaya Dios a pronunciar tu nombre haciendo temblar las paredes del dormitorio.

La voz del Señor la escuchas abriendo los santos evangelios. ¿Qué más quieres, si allí está cuanto Jesús ha querido decirte? Léelos despacio, dejando que esas palabras resuenen en lo profundo del alma, y estarás escuchando al buen pastor.

Y, si quieres más… Entonces, calla. Quédate en silencio ante el sagrario, y en ese silencio escucharás el silencio de Dios. Acógelo, y te dirá aquello que no pudo ser escrito en los evangelios, porque la única palabra que lo expresa es el silencio amoroso de Jesús.

(TP04M)

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