Libros de José Fernando Rey Ballesteros

Espiritualidad digital – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

No está en hacer, sino en amar

A menudo, cuando visito a ancianos que se encuentran impedidos, escucho esta frase: «Padre, ¿qué hago ya en este mundo? No puedo moverme, me tienen que ayudar a todo y no puedo ayudar a nadie. ¿Por qué el Señor no me lleva con Él?». Detrás de su queja, está el convencimiento de que el Cielo se gana haciendo cosas. Cuando ya no puedes hacer cosas, ¿qué pintas aquí?

El joven rico también pensaba así: Maestro, ¿qué tengo que hacer de bueno para obtener la vida eterna?Y Jesús le advierte: Si quieres ser perfecto, anda, vende tus bienes, da el dinero a los pobres –así tendrás un tesoro en el cielo– y luego ven y sígueme.

Semejante gesto no es una «cosa buena», sino un disparate propio de quien se ha enamorado perdidamente. La perfección, según Jesús, no consiste en hacer, sino en amar hasta la locura.

Eso le digo a mis ancianos: No puedes hacer, pero puedes amar. Y eso hace que tu vida sea muy valiosa. Aunque perdieras la cabeza, podrías seguir amando, que el Alzheimer no apaga el corazón. ¿Qué quiere Dios de ti? Que ames mucho. Dios quiere que haya en la tierra corazones que amen.

(TOI20L)

El enfriamiento global

Quizá haya quien piense que habría que reservar estos pasajes evangélicos para enero, cuando la prensa no viene llena de incendios, pirómanos, y subidas de temperaturas:

He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo!

Sólo faltaba un texto como éste para que nos culpen a los cristianos del apocalipsis climático, como culpó Nerón a la Iglesia primitiva del incendio de Roma.

Te ofreceré una visión del Planeta distinta a la que capta el Meteosat:

Hace un frío terrible; vivimos la peor de las glaciaciones. El amor a Cristo desaparece de las almas, y los corazones se congelan entre pantallas e indiferencias. Muchos cristianos, que acuden a los templos, han refrigerado su piedad sepultándola entre el hielo de una vida burguesa. Van a misa, y rezan, pero todo lo hacen con desgana… Les despierta más pasión el fútbol, o la política, que Jesucristo.

He venido a prender fuego a la tierra

El mundo necesita pirómanos; corazones encendidos de amor a Jesucristo que incendien la Tierra y derritan las almas de los hombres como cera. Cuando provoquemos ese necesario «calentamiento global», el Señor podrá volver tranquilo a instaurar su reino, sabiendo que nos encontrará preparados.

(TOC20)

Los niños no molestan

Ante la avalancha que se precipitaba sobre Jesús, los apóstoles se enfadaron.

Le presentaron a Jesús unos niños para que les impusiera las manos y orase, pero los discípulos los regañaban.

La Virgen nunca hubiera hecho eso. Las madres entienden más sobre niños que los pescadores. Ella nunca nos impedirá acercarnos a Jesús, si somos niños. Al revés; como aquellas mujeres hebreas, ella nos presentará ante el Señor.

Los niños nunca molestan. En misa, los teléfonos móviles molestan; los niños no. Me sorprende que algunos «adultos», a quienes parece no importarles entrar en la iglesia con el teléfono encendido, miren con desprecio a los niños que lloran o a sus madres.

Claro que las mamás debéis procurar tener a los niños controlados, y, si es preciso, sacarlos un ratito para que se calmen, cuando han cogido una rabieta. No es lo más adecuado que mamá esté de rodillas, con los ojos cubiertos por sus manos, mientras el pequeño sube al presbiterio y tira del mantel. Pero, en todo caso, no dejéis de traer a vuestros hijos a la iglesia, lloren o no. Y, si a alguien le molesta… que se aguante, y que compruebe que su teléfono está en silencio.

(TOI19S)

No te olvides el alma en el asiento

La unión carnal de los esposos no es un mero acto corporal. Es un encuentro gozoso entre tierra y cielo, realizado en los cuerpos de un hombre y una mujer que se aman en Dios.

Dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne.

Pero, para que así suceda, la carne debe ir acompañada del corazón y del alma, que la santifica. No son sólo dos cuerpos los que se unen: son dos corazones y dos almas. Esa unión es tan carnal como espiritual, tan terrena como celestial. Entre un hombre y una mujer, una unión puramente carnal, sin alma, que es la propia de los animales, resulta algo bestial y degradante. Para los dos. El dormitorio de un matrimonio cristiano no debe convertirse, jamás, en una «casa de fieras».

Quiero ir más allá: recuerda que, cuando comulgas, también el Señor y tú os hacéis una sola carne. Por el Amor de Dios, no te olvides el alma en el asiento cuando vayas a comulgar. Pon amor, fervor, emoción y gratitud. No conviertas la comunión en una mera deglución de la sagrada Hostia. Sería un sacrilegio.

(TOI19V)

La que fue cielo, al Cielo fue llevada

Piensan muchos en el Cielo como pensarían en un parque temático: un lugar sin dolor, lleno de belleza, donde uno se reencuentra con sus antepasados, y donde, además, reina Dios. Pero esa visión del Cielo, tan de Hollywood, tiene poco que ver con la realidad.

El Cielo es, en esencia, el reinado absoluto de Dios. Es el ámbito donde el Amor de Dios lo llena todo, y donde no existe ni sombra de pecado, de sufrimiento, o de muerte. El vientre de la Virgen María, durante nueve meses, fue un cielo en la tierra. En ese huerto sellado habitó Dios hecho hombre, y así fue morada de la gloria divina. El inmaculado corazón de la Purísima fue, también, un cielo en la tierra. En esa alma sólo la gracia de Dios reinó; jamás entró allí ni sombra de pecado, desde su misma concepción.

¿Qué tenía de extraño, pues, que aquélla que contuvo dentro de su cuerpo, y en su corazón, al mismo Cielo, fuese llevada, al terminar su peregrinaje en esta tierra, al Cielo en cuerpo y alma? ¿Acaso puedes imaginar esos miembros limpísimos convertidos en fetidez y putrefacción bajo el poder de la muerte?

¡No lo hubiera permitido Dios!

(1508)