Misterios de Navidad

Espiritualidad digital – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

Mil llamadas al día

vocaciónA muchos de nosotros, el encuentro de Cristo con Mateo nos lleva a un momento sagrado en nuestras vidas, cuando escuchamos la invitación del Señor a dejar cuanto teníamos y seguirlo a Él. Fue entonces cuando despuntó el misterio de nuestra vocación.

Al pasar vio a Leví, el de Alfeo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dice: «Sígueme». Se levantó y lo siguió. Por muy evocador que pueda ser el recuerdo de ese momento, y por muy agradecidos que estemos por esa llamada, creo que hacemos mal cuando encerramos allí toda la luz del encuentro entre Cristo y Mateo. La invitación que Jesús hace al publicano deberíamos escucharla, no una, sino miles de veces a lo largo de la vida. Quizá miles de veces a lo largo del día.

Cuando estás mano sobre mano, o «mano sobre móvil», perdiendo el tiempo… «¡Sígueme!, ¿qué haces ahí parado?».

Cuando tu cabeza se enreda en mil preocupaciones… «¡Sígueme! Deja todo eso y piensa en Mí».

Cuando te apegas a las criaturas, como si las necesitaras… «¡Sígueme! No te quedes ahí».

Igual que un niño que se entretiene ante un escaparate mientras camina con su padre, deberías tú escucharlo muchas veces: Sígueme.

(TOI01S)

La imperdonable osadía de perdonar

Como se descompone la luz cuando cruza un prisma, del mismo modo la sanación del paralítico dejó ver todos los matices de la redención del hombre. Y no todos gustaron por igual.

En las demás curaciones, una sola palabra, o un solo gesto, perdonaba los pecados del enfermo y sanaba su cuerpo. En este caso, sin embargo, Jesús pronunció dos palabras. Primero exclamó: Hijo, tus pecados te son perdonados. Y, más tarde: Levántate, coge tu camilla y vete a tu casa.

Si sólo hubiese pronunciado la segunda, si el Señor se hubiera limitado a sanar cuerpos, amainar tormentas, expulsar demonios y alimentar estómagos, habría sido rey en Israel, lo habrían aclamado las masas, y habría muerto de viejo, rodeado de vientres agradecidos.

Lo que perdió al Señor fue su afán de perdonar pecados. Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados, sino solo uno, Dios? Y como blasfemo murió. Porque un curandero te resulta útil para conseguir tus fines, pero un Dios que te perdona se apodera de tu corazón al perdonarte. Y aquellos hombres, que querían salud, no estaban dispuestos a rendir el corazón.

Muchos hay dispuestos a rezar para obtener curaciones. Pero no todos ellos están dispuestos a confesar sus pecados.

(TOI01V)

“Misterios de Navidad

¡Si todos pecáramos así!

Cuando san Pablo dice: ¡Ay de mí si no anuncio el evangelio! (1Co 9, 16), está dando a entender que el verdadero apostolado no es penosa obligación, sino necesidad urgente del enamorado. Tan urgente es, y tan necesario, que se escapa de los labios incluso en contra de los mandatos del propio Dios. Quizá sea el único pecado disculpable de quien ha sido salvado.

Jesús lo despidió, encargándole severamente: «No se lo digas a nadie». Pero cuando se fue, empezó a pregonar bien alto y a divulgar el hecho. Imagina el discurso que manaba a borbotones por la boca del leproso. No era la lección de un maestro, ni el sermón de un predicador, ni la clase magistral de un teólogo. Era el testimonio de un hombre que reventaba de alegría. Hablaba de Cristo mientras hablaba de sí mismo, porque todo su pregón se reducía a esto: «¡Mirad lo que ha hecho conmigo!».

Y, bien pensado, ¿no era ése el pregón de Pablo? El verdadero apostolado no es el discurso de un sabio, sino la confidencia de un amigo: «Cristo ha alegrado mi vida, y te lo cuento porque no puedo callarlo. Soy demasiado feliz».

No hagas apostolado. Sé apóstol.

(TOI01J)

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Cuando mayor

«Eres niño y has amor. ¿Qué farás cuando mayor?»

Poco hace que leíamos estas palabras de Íñigo de Mendoza, mientras rezábamos las Horas ante Jesús niño. Y, de repente, el Dios recién nacido se nos ha hecho mayor, ha abandonado la noche de Belén, y se dirige a otra noche, la del Calvario, que ya muestra sus sombras en el horizonte.

Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos. Anochecerá al mediodía, y todas nuestras enfermedades caerán sobre Él. La población entera se agolpaba a la puerta. Todos los hijos de Adán, sometidos a maldición, nos agolparemos a las puertas de su costado.

Se levantó de madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro. Antes del amanecer, sin ser visto, se levantará del sueño de la muerte, y una luz rasgará los cielos. Simón y sus compañeros fueron en su busca y, al encontrarlo, le dijeron: «Todo el mundo te busca». Saldrán Pedro y Juan camino del sepulcro, lo encontrarán resucitado, y serán testigos de una Humanidad que busca su cuerpo glorioso. Él les responde: «Vámonos». Huyamos, vamos al cielo, que no me retengan, que aún no he subido al Padre.

Ya sé lo que farás cuando mayor.

(TOI01X)

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En la tierra como en el cielo

Cuando san Pablo dice que el plan de Dios consiste en que, al nombre de Jesús, toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, y en el abismo (Flp 2, 10), sabe muy bien que la parte más difícil de ese plan está en la tierra. En el cielo, ante la visión de la hermosura de Dios, los santos se postran gozosos. Y, en el abismo, los demonios se postran a su pesar, temblando ante la justicia divina. En la tierra, sin embargo, todo el mundo hace lo que le viene en gana.

Estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad. El que Jesús esté revestido de la autoridad de Dios no significa que tengamos que obedecerle por la fuerza. Podemos desobedecer, como hace una gran parte de la Humanidad, o podemos obedecer a regañadientes, como los demonios. Pero nuestro Redentor quiere que le obedezcamos gozosa y amorosamente, como obedecen los santos del cielo. ¿No es ésa la obediencia que pedimos en el Padrenuestro? En la tierra como en el cielo

Nunca sirvas a Dios de mala gana, pero mucho menos le desobedezcas. Haz su voluntad con alegría, sabiendo que Dios quiere, ante todo, tu felicidad.

(TOP01M)

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La «ascética de la renuncia»

Una de las peores enfermedades que sufre nuestra sociedad –y, muy especialmente, nuestra juventud– es que ha olvidado la «ascética de la renuncia». ¿Por qué renunciar a nada, si la tecnología te permite estar en Australia sin moverte del sofá? ¿Me permitirá también ser santo sin sacrificar las comodidades de esta vida?

Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron… Dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon en pos de él. ¡No hubiera hecho falta! Hoy puedes chatear por WhatsApp con quien quieras mientras manejas las redes. Y también puedes dirigir tu empresa con el móvil mientras estás en misa. ¡No es necesario renunciar!… Pero los seminarios se nos vacían.

Con todo, recuperar la «ascética de la renuncia» no bastará. Mientras no haya un motivo poderoso para renunciar a algo, ningún joven adicto al móvil sacrificará nada.

Venid en pos de mí… La «ascética de la renuncia» necesita, hoy más que nunca, a la «mística del encuentro». Cristo no te dice primero: «renuncia a todo», sino «Yo soy tu heredad». Y por esta heredad vale la pena cualquier renuncia. Hasta que no enamoremos de Cristo al hombre tecnológico, no esperemos de él sacrificio alguno.

(TOI01L)

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Una inyección de autoestima

Mira el retrato ecuestre del emperador Carlos V pintado por Tiziano. ¿Verdad que inspira reverencia? Los retratistas de reyes parecen seguir una consigna: dignidad.

Cuando admires esos retratos, recuerda que hay más dignidad en ti que toda la que cabe en el Museo del Prado.

Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco. Esa voz está dirigida a ti. No es que seas hijo de Dios como Cristo (¿quién podría compararse a Él?), es que eres Cristo. Por el Bautismo, Cristo mora en tu alma en gracia, y su Espíritu hace que Él y tú seáis uno.

Eres hijo de Dios; Dios te ama y se complace en ti. Todo lo creado te pertenece. Y llamas a Dios «Abbá», «Papaíto». Si una vez fuiste esclavo, ahora eres hijo, y, por tanto, libre. Tan libre eres, que ya no necesitas agradar a criatura alguna, sino sólo a tu Padre, Dios.

¿Recuerdas ese prefacio de Navidad? «Por esa unión admirable, nos hace a nosotros eternos». La misma eternidad de Cristo te pertenece, y reinarás en el Cielo con Él.

Quiérete. Trátate bien. Y no temas nada, salvo al pecado, que te despoja de tu dignidad y te devuelve a la esclavitud.

(BAUTSRB)

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