El Mar de Jesús de Nazaret

Espiritualidad digital – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

José: el silencio acogedor

No sé cómo han sido las personas en otras generaciones. Pero, en la nuestra, los bípedos implumes hablamos muchísimo. Parece que el silencio nos produjese pánico. Necesitamos palabras, una detrás de otra, aunque no digan nada. Incluso en la piedad, si exponemos el Santísimo en el templo, mejor será que vaya acompañado de oraciones en voz alta, o testimonios hablados, o alguna canción… No vaya a ser que nos quedemos callados y nos petrifiquemos.

José es el santo del silencio. No dice ni una palabra en los evangelios. Pero su silencio no es el de las piedras, sino el de los santos: el de quien escucha a un Dios que habla, también, de forma silenciosa.

Por eso soñaba con Dios. Sólo quienes escuchan a Dios durante el día sueñan con él por las noches. Y por eso, también, obedecía; porque la obediencia, como la humildad, son virtudes silenciosas.

José, hijo de David, no temas a acoger a María, tu mujer.

El que habla sin cesar es como cañón que dispara. El que calla y escucha es como hogar que acoge. Y María, la Madre de la Palabra eterna, necesitaba ser escuchada en un silencio protector. Ese silencio se llamó «José».

(1903)

La forma en la que dices «te perdono»

Nada tiene de extraño el que, si estamos pidiendo a Dios perdón de nuestras culpas, nos pida Dios que perdonemos nosotros las culpas de quienes nos ofenden.

Perdonad y seréis perdonados; pues con la medida que midiereis se os medirá a vosotros.

Y ten en cuenta que «perdonar» se dice de muchas formas. ¿Cómo quisieras que lo dijese Dios cuando imploras su perdón?

Lo dirá como lo digas tú.

«A esa persona –y evitas pronunciar su nombre, quizá para no manchar tus labios– la he perdonado. De verdad, no le deseo ningún mal, incluso rezo por él… pero no le hablo».

¿Te gustaría que Dios te perdonase así? ¿que no te deseara ningún mal, pero que se negara a tener relación contigo? Piénsalo bien, porque la pérdida de la amistad con Dios es el Infierno.

Pero tú no quieres eso. Tras haber ofendido a Dios, quieres que Dios te mire con cariño, que te recoja con misericordia, que te escuche y responda a tu oración con generosidad.

En ese caso, perdona tú también así a quien te ofendió. Vuelve a tender puentes hacia él. Y, si te encuentras con él, míralo con amor de misericordia. Entonces Dios te perdonará así.

(TC02L)

Dormilones

Dos veces, que sepamos, tomó Jesús consigo, a solas, a Pedro, Santiago y Juan. Una de ellas fue en la Transfiguración, y la otra fue durante la oración del Señor en el Huerto de los Olivos. Por estas dos muestras de cercanía, los tres apóstoles ha sido llamados «los íntimos del Señor». Pero, a decir verdad, los tres hicieron un papelón espantoso. En ambas ocasiones, se durmieron a pierna suelta. Del sueño de Getsemaní sabremos durante la Semana Santa. Contemplemos ahora a los tres «íntimos» dormidos en el Tabor:

Pedro y sus compañeros se caían de sueño, pero se espabilaron y vieron su gloria.

Os diré la verdad, si es que no la sabéis: la intimidad con el Señor da mucho sueño. No os extrañe. Nos mantiene despiertos, muchas veces, la preocupación: en el fondo, pensamos que debemos velar para que el mundo no se derrumbe a nuestro alrededor. Y, por eso, estamos en permanente estado de guardia. Pero cuando nos sabemos, de verdad, en manos de Dios, nuestra cabecita se toma un plácido descanso, y caemos como niños en brazos de mamá.

¿Nunca te duermes en la oración? Bueno, no te sientas tan culpable. Aprovecha, y descansa en Dios.

(TCC02)

¿Cuál es tu Egipto?

La Iglesia, durante la Cuaresma, se mira a sí misma en el peregrinaje que el pueblo de Israel realizó por el desierto, desde que fue liberado de la esclavitud de Egipto, hasta que entró en la Tierra Prometida.

¿De dónde saldrás tú, cuál es tu Egipto, el que abandonarás para adentrarte en el desierto en busca de la santidad? Escucha al Señor:

Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen. Porque, si amáis sólo a los que os aman, ¿qué premio tendréis?

Tu familia, tus amigos, tu Dios y tú. Ése es todo el escenario de tu vida. Vives entre quienes te quieren, y así te sientes protegido. Evitas acercarte a quien pueda hacerte daño: hace meses que no llamas a ese hermano tuyo que te hirió, procuras no relacionarte con los compañeros de trabajo más «molestos», y apenas saludas a ese vecino que te trata mal.

¡Sal de tu Egipto! Arriésgate a que te hieran. Llama a tu hermano, se cordial con esos compañeros de trabajo, sonríe a tu vecino. Y, si te lo pagan con injurias, dile a Dios que, con su Amor, te basta. No temas a ese desierto, o no heredarás la Tierra.

(TC01S)

Los que se quejan de ti

Cuando Satanás invitó a Jesús a lanzarse desde el alero del templo para ser recogido por los ángeles, le tentaba con el «camino fácil»: evitar el oprobio de la Cruz para dejar que sea Dios, con su poder, quien lo haga todo.

Ten cuidado con una Cuaresma demasiado «interior». No vayas a creer que tu purificación consiste sólo en orar y mortificarte. Aún cuando tus penitencias sean arduas, si todo queda en ayunar y orar, estás tomando el camino fácil.

La Cuaresma pasa también, necesariamente, por el prójimo.

Por tanto, si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano.

¿De qué te sirve reconciliarte con Dios, si no te reconcilias también con tus hermanos?

Si pudieras reunir a tus familiares, amigos y conocidos, y preguntarles: «¿Alguno tiene quejas contra mí?», ¿quién alzaría la mano? Sé sincero contigo mismo. Y, en lugar de pensar que no hay razón para las quejas de esas personas, pregúntate qué más puedes hacer por ellas. Porque a través de ellas pasa tu camino de vuelta hacia Dios.

(TC01V)