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Espiritualidad digital – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

El psicólogo y el Padre

He escuchado a madres quejarse de que, con veinticinco años, ellas ya se habían casado y tenían hijos, y ahora esos hijos, con treinta y cinco, siguen viviendo de papá y mamá. Es un problema complejo, y no es éste el lugar para analizarlo. Sólo me atrevo a decir que muchos jóvenes tienen miedo al compromiso. Y eso dificulta su madurez. Es bueno, psicológicamente, que una persona asuma el riesgo y tome las riendas de su vida.

Todo lo anterior lo someto al juicio de cualquier psicólogo, que sabrá más que yo. Lo que quiero afirmar es que, en lo espiritual, las cosas son al revés. La madurez espiritual viene cuando el cristiano es cada vez más consciente de que es niño, de que nada puede por sí mismo, de que depende de Dios para todo. Cuando se trata de la salvación eterna, querer «buscarse la vida» es un suicidio.

Pedid y se os dará. Si a alguno de vosotros le pide su hijo pan, ¿le dará una piedra? Y debemos pedir como niños, como quienes no quisieran salir jamás de la casa de su Padre.

Por eso, ojalá seas muy maduro ante el psicólogo… y muy niño ante Dios.

(TC01J)

Jonás y Cristo

En más de una ocasión se comparó Jesús con Jonás. Es curioso, porque el pobre Jonás era un mequetrefe, un cobardica que huyó de Dios, llegó a rastras a Nínive, predicó sin ninguna gana y finalmente, cuando gracias a su predicación, Nínive se convirtió, agarró un enfado mayúsculo. Sin embargo, Dios quería mucho a ese mequetrefe. Realmente consolador.

Los hombres de Nínive se alzarán en el juicio contra esta generación y harán que la condenen; porque ellos se convirtieron con la proclamación de Jonás, y aquí hay uno que es más que Jonás.

Y es que Jonás anunció un castigo. Asustó a los ninivitas y provocó que, por miedo a ser destruidos, se convirtieran. Eso se llama atrición: conversión por miedo al castigo. Y no es poco. El miedo guarda la viña. Pero no es lo mejor.

Jesús, en cambio, habló a los hombres acerca de su Padre y los invitó a convertirse a Él. El mensaje central de Jesús, a pesar de las palabras que hoy pronuncia, no es: «Conviértete, porque te condenarás». Su mensaje central es: «Venid a mí». Y eso no lo dijo Jonás.

Convirtámonos a Él. Quedémonos con Él a solas en el desierto. ¿Estás rezando?

(TC01X)

Si quieres convencer a Dios…

Me he acordado del bueno de Abrahán, y del modo en que intentó camelarse a Dios antes de que destruyera Sodoma y Gomorra, regateando con Él como si estuviera en un mercado persa: «Si encontraras allí cuarenta justos… si hubiera treinta… veinte… diez…» (Cf. Gén 18, 22-32). No consiguió nada, salvo hacerme sonreír cuando lo leo.

Cuando recéis, no uséis muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. ¿Has intentado alguna vez convencer a Dios de algo con un discurso? ¿Y has conseguido algo? Supongo que hacerle sonreír a Él.

Léelo de nuevo: No uséis muchas palabras. Basta con una: deja orar a la Palabra. A Cristo.

Padre nuestro que estás en el cielo… En el Padrenuestro es la propia Palabra quien ora a su Padre. Deja que esa Palabra sea sembrada en ti, escúchala con atención. Así será mi palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que cumplirá mi deseo y llevará a cabo mi encargo (Is 55, 11).

No reces tú el Padrenuestro, no se lo robes a Cristo. Deja que sea Él quien lo rece en ti. Es el único que puede convencer a Dios.

(TC01M)

Desde la Cruz te está llamando

Amar a Dios cuando estamos de rodillas ante un sagrario es facilísimo. Amar a Dios cuando estoy comenzando a cenar y un parroquiano toca el timbre para decirme que su madre necesita urgentemente los sacramentos es otro cantar. No es lo mismo rezar arrodillado que meter la cena en el horno y ponerme el abrigo para visitar a una enferma.

Todo el discurso de Jesús sobre el juicio gira en torno a dos mandatos: Venid vosotros, benditos de mi Padre… Apartaos de mí, malditos… Y ese mandato pasa por la Cruz tanto como por el sagrario. Si escucho ese «venid» de labios del crucificado, iré y lo abrazaré en el prójimo que sufre: Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, estuve enfermo y me visitasteis. Pero si huyo de la Cruz, en el sufrimiento del prójimo escucharé el «apartaos», reproducido en esa voz interior que me dice: «Apártate, o éste te quitará la vida». Y me apartaré. Tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, estuve enfermo y no me visitasteis.

Porque, al final, todo el juicio se resuelve en la mirada a la Cruz.

(TC01L)

Un mapa de la Cuaresma en tres preguntas

El miércoles de ceniza se lo escuchamos a san Pablo: Ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de la salvación (2Co 6, 2).

Lo es. Llegó la hora de purificarnos. Una cuaresma bien vivida es un nuevo nacimiento. Y lo necesitamos.

Situémonos en la casilla de salida: Soy un pecador. Y Cristo ha salido al desierto para ser tentado por el diablo. Para sufrir las mismas tentaciones en que yo he caído y para que yo, unido a Él, las venza.

Di que estas piedras se conviertan en panes. Es la tentación de la voluptuosidad: gula, lujuria, pereza, consumismo… Ayunaré con Cristo. ¿De qué me voy a privar esta cuaresma?

Tírate abajo, porque está escrito: «Ha dado órdenes a sus ángeles acerca de ti y te sostendrán en sus manos». Es la tentación del éxito, la redención sin sacrificio, la vanidad. Caeré por tierra, seré siervo del prójimo. ¿Cómo haré para darme en limosna a los demás?

Todo esto te daré, si te postras y me adoras. Es la tentación de la egolatría, de convertirme en el centro del mundo: soberbia, egoísmo, codicia… Oraré con Cristo para adorar al único Dios. ¿Qué haré esta cuaresma para rezar más?

(TCA01)

Los amigos comen juntos

Ayer considerábamos el sentido de nuestros ayunos. Hablábamos de hambre y de sed, de tristeza y soledad. Pero no te engañes, porque en Cuaresma estamos llamados a un banquete. Al mejor de los banquetes.

Mira lo que hizo Mateo en cuanto conoció a Jesús:

Leví ofreció en su honor un gran banquete en su casa.

Hizo lo que hace cualquiera que tiene un amigo: comer y beber con él. Y a eso estamos llamados en Cuaresma: a comer y beber con Cristo. Por eso, durante este tiempo, la Eucaristía es el mayor de los gozos.

Si no tienes costumbre de hacerlo el resto del año, te invito a que, en Cuaresma, vayas todos los días a Misa. Y vayas, no a cumplir, sino a disfrutar. A ofrecerte con Cristo al Padre en ese sacrificio, y a devorar con alegría el alimento de vida eterna que Él te ofrece. Dios te invita a un banquete en el desierto. No te prives.

Se lo he dicho a mucha gente, y quienes me han hecho caso confirmarán que tengo razón. Procura asistir a Misa quince días seguidos, aunque te cueste un poco. Pasado ese tiempo, ya no podrás vivir sin comulgar a diario.

(TC0S)

Aunque no todos lo entiendan

Nuestra sociedad opulenta es incapaz de valorar el hambre y la sed. Queremos pasar por la vida con todas las necesidades satisfechas. No le vemos sentido a la privación. Tuve que escuchar recientemente a una mujer escandalizada por la austeridad con que viven las religiosas de clausura. «¿Por qué no tienen calefacción? ¿Por qué ayunan? ¿Por qué hacen penitencia? No puede gustarle a Dios que pasemos necesidad voluntariamente». Así hablaba. Pobre. Mejor dicho: rica. Es un escándalo propio de ricos.

Llegarán días en que les arrebatarán al esposo, y entonces ayunarán. Es viernes. Y estamos en Cuaresma. La mirada a la Cruz es casi de precepto. Y en esa contemplación de la Pasión de Cristo veremos al Hijo de Dios sufrir la soledad, la tristeza, el hambre y la sed de afecto y de compañía. Entonces decidiremos acompañarlo, porque lo amamos. No vamos a subirle una esponja empapada en vinagre, como el centurión. Vamos a subir nosotros al Madero y a compartir con Él su hambre y su sed.

Con nuestra hambre, oh Jesús, queremos calmar la tuya. Queremos darte a beber nuestra sed. Queremos, con nuestra tristeza, enjugar tus lágrimas. Y con nuestra soledad acompañarte.

No todos lo entienden.

(TC0V)

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