Evangelio 2022

Espiritualidad digital – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

El paraíso fiscal

Puede parecer un milagro «superfluo». ¿Por qué iba Jesús a servirse de su poder de Dios para pagar un impuesto? Si se prodigara en gestos como ése, acabaría el Señor convirtiendo a la Iglesia en un «paraíso fiscal». Pero lo que parece superfluo, cuando sale de las manos del Señor, abre ventanas por las que nos invade la luz del Cielo. En las entrañas del pez que Simón pescó en Cafarnaún se escondía algo más que un tributo al Emperador.

Dice san Pablo que Cristo, por nosotros, tomó la condición de esclavo y se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de Cruz (Flp 2, 8). Y aunque, según sus propias palabras, los hijos están exentos, Jesús se sometió a las leyes humanas, pagó los impuestos de los siervos, y se dejó juzgar y condenar por Pilato hasta morir crucificado.

Cógela, y págales por ti y por mí. No podía redimirnos, si primero no se sometía. Pero ese Cristo obediente hasta la Cruz, como aquel pez, lleva en sus entrañas el precio de nuestro rescate. La sangre que brotó de su costado, ofrecida a su Padre por nosotros, la entregamos como precio en cada misa.

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Me pregunto si estaremos a la altura

Hoy me quedo con la última frase. Es la que deja el sabor de boca. Y, no nos engañemos, la única que algunos feligreses recuerdan tras decir: «Gloria a ti, Señor Jesús».

Al que mucho se le dio, mucho se le reclamará; al que mucho se le confió, más aún se le pedirá.

Gran parte de vosotros estáis entre aquéllos a quienes se les ha dado mucho. Tenéis fe, frecuentáis los sacramentos, comulgáis y habláis con Dios. No creo que a un joven educado en Teherán se le reproche no haber atendido en misa. Pero nosotros… somos unos privilegiados. Y se nos pedirá mucho.

Se nos preguntará si hemos aprovechado la Misa, si hemos procurado confesar con frecuencia para participar, vestidos de boda, en el banquete del Cordero.

Se nos preguntará si quienes hemos sido bendecidos con la predicación, y hasta con la dirección espiritual, hemos obedecido a quien nos mostraba el camino.

Se nos preguntará si hemos repartido generosamente esos tesoros a quienes no los conocían, o nos hemos apoderado egoístamente de ellos.

Se nos preguntará si hemos agradecido tanta bendición…

No permitas, Señor, que tantos dones los recibamos en vano. Otórganos uno más: la correspondencia a la gracia.

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Una tienda en el Tabor

¡Qué bien comprendemos la petición de Pedro! Maestro, ¡qué bueno es que estemos aquí! Haremos tres tiendas. ¿Quién, al ver transfigurado al más hermoso de los hijos de Adán, no querría habitar allí, para jamás dejar de contemplar esa gloria? Allí no hay lugar para la duda, la incertidumbre, el miedo, o la tristeza. Sólo caben el gozo, la paz y el Amor. ¿Cómo no desear permanecer?

Pero nuestra pobre carne aún tiene que ser purificada para poder habitar en esa luz. Es preciso que contemple, primero, la oscuridad del Gólgota; es preciso que padezca la frialdad de la muerte, abrazada al Crucifijo, para que después, pagados ya sus sábados, pueda ser introducida en el domingo sin ocaso. Tenemos otro monte que subir.

Con todo, la petición de Pedro puede y debe verse cumplida en nosotros, aunque de otra manera. Mientras nuestra pobre carne cruza las tinieblas, en lo profundo de nuestras almas en gracia se encuentra la tienda de Dios, de la que está escrito: Él me protegerá en su tienda el día del peligro (Sal 27, 5). Si el alma no habita en esa contemplación perpetua del Tabor, difícilmente resistirá la carne los rigores del Gólgota. Rezad mucho.

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Convierte tu dolor en cruz

Me lo dijo alguien hace unos días: «Lo bueno de acompañar a una persona que sufre es que nunca te pregunta cómo estás. Y a mí no me apetece que lo pregunten. Así que paso el día junto a este pobre hombre que no para de hablarme de sus padecimientos y jamás se interesa por los míos». Por desgracia, lleva razón. El sufrimiento, si no sabemos transformarlo en cruz, nos vuelve muy egoístas. Nos fijamos tanto en nuestros dolores, que olvidamos que no somos los únicos que sufrimos.

Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Estas palabras deberías escucharlas mientras contemplas el Vía Crucis. Jesús, cargando con tus pecados en el Leño santo, pasa a tu lado y te mira. Tú estás sufriendo, como yo, como aquél, como todos. Pero ese sufrimiento tuyo te está matando, porque has convertido tus dolores en el centro del mundo. Ahora el Señor te despierta: «¡Mírame a mí! Yo me he compadecido de ti. Ahora compadécete tú de mí. Trae tu sufrimiento, únelo al mío, suframos juntos. Convierte el dolor en cruz, la cruz en amor, y el amor en redención».

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¿Quién dices tú que soy yo?

La pregunta que Jesús hace a sus apóstoles no es sino una ventana abierta al misterio. No hay palabras en el mundo capaces de responderla.

Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?

Si pretendes agotar, en una frase, el misterio del Hijo de Dios encarnado, mejor desiste. Más vale mantener abierta la pregunta y asomarse a ese abismo sin tratar de abarcarlo con palabras. Pero, si el Señor te pregunta: «¿quién soy yo para ti?», puedes derramarte en un acto de amor.

Antes de que lo hagas, te daré algunas pistas. Ya sabes lo que respondió el propio Simón: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.

Bartolomé: Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el rey de Israel (Jn 1, 49).

Marta: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo (Jn 10, 27).

Tomás: ¡Señor mío y Dios mío! (Jn 20, 28).

San Francisco de Asís: «Deus meus et Omnia», «Mi Dios y mi todo».

Ahora te toca a ti. Hoy, cuando comulgues, escucha cómo te lo pregunta el Señor. Y responde sin pensar, deja que el corazón se derrame, haz un acto de amor ferviente. «Señor, tú eres…»

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Las migajas de los perros y el pan de los hijos

Ya se ve que aquella mujer cananea tenía perro. Y estaba acostumbrada a que el chucho, mientras la familia comía, se tumbara bajo la mesa para comer las migajas que iban cayendo.

– No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos. – Tienes razón, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos.

Quizá suene mal decirlo, pero esta mujer se llevó exactamente lo que pidió: las migajas. Porque una curación física, aunque suponga la expulsión de un demonio muy malo, no deja de ser una migaja del banquete de la salvación. Hay mucha diferencia entre una sanación y la gracia del Bautismo.

A ti, el Señor te ha dado mucho más. Eras perro, a causa de tus pecados, y has sido hecho hijo por la sangre de Cristo. Has sido bañado en el Bautismo y alimentado con el pan de los hijos en la Eucaristía. Tienes vida eterna, tu hogar es el Cielo, y tu madre la Virgen.

¿Y te quejas porque el Señor permite esa contrariedad que te une a su Cruz? Te está tratando como a hijo, ¿y suspiras por las migajas de los perros?

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Un baño en la propia miseria

¡Menudo chapuzón! Es cierto que, con estos calores, apetece hasta bañarse de noche en la playa, pero no estoy seguro que de que el remojón de Pedro sucediera en agosto. Además, lo malo no fue el baño, sino la vergüenza.

¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?

Cuando ya había dado un par de pasos sobre el agua, Pedro dudó. Al sentir la fuerza del viento, le entró miedo. Y dudó de que Cristo fuera Dios, de que tuviera poder para caminar sobre las aguas, de que pudiera darle ese poder a él, de que fuera real lo que estaba pasando…

De lo único que no dudó el bueno de Simón fue del viento. El soplo de aire gélido que le hizo temblar se le presentó, de repente, como la única verdad irrefutable. Todo lo demás quedó envuelto en un enorme interrogante.

Igualito que nosotros. Podemos estar ebrios de fervor en un momento de oración, y comulgar con lágrimas en los ojos. Pero si, al salir de la iglesia, nos dan un disgusto, esa mala noticia se presenta como lo único real y nuestra fe se convierte en interrogación. «¿Será verdad todo esto? ¿Me habré sugestionado?»

¡Pobres de nosotros!

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