El Mar de Jesús de Nazaret

Espiritualidad digital – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

Genética y ejemplo

Los hijos llevan los genes de los padres, y solemos decir que «de tal palo, tal astilla». Pero no todo son genes. También imitan los hijos lo que ven hacer a sus progenitores. Genética y ejemplo se confabulan para que sean los hijos dignos de los padres.

Amad a vuestros enemigos; y seréis hijos del Altísimo, porque él es bueno con los malvados.

A nadie le brota del corazón el deseo de amar al enemigo. Del enemigo te defiendes, o lo atacas, o lo ignoras. Pero amarlo… Eso sólo lo hace Dios. Dios envió a su Hijo para redimir a quienes le habían ofendido, y, en la Cruz, ese Hijo pidió perdón para sus verdugos.

Para poder actuar así no basta con ser hombre; es preciso ser hijo de Dios, llevar sus genes, vivir de su Espíritu. Sólo un alma en gracia está capacitada para amar de esta manera.

Aunque no bastan los genes. Es preciso, además, que esa alma en gracia medite día y noche la misericordia que el Señor ha tenido con ella. Sólo así podrá imitarla y vivirla, también, con sus semejantes.

Genética y ejemplo. Gracia y contemplación. Ellas son la clave del Sermón de la Montaña.

(TOC07)

Escucha

La fórmula con que los niños hispanohablantes aprenden el primer mandamiento de la Ley de Dios deja mucho que desear: «Amarás a Dios sobre todas las cosas». Es un resumen bastante deficiente del precepto escrito en el Deuteronomio: Escucha, Israel: El Señor es nuestro Dios, el Señor es uno solo. Amarás, pues, al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas (Dt 6, 4). Por tanto, la Ley de Dios comienza con esta palabra: Escucha.

Sobre el Tabor, Yahweh renovó, de forma misteriosa, ese primer precepto cuando, ante su Hijo transfigurado, dijo: Este es mi Hijo, el amado; escuchadlo. Y es que, en Cristo, Dios ha dicho todo lo que tenía que decir al hombre.

Hoy, sábado, parece que la Tierra hubiera escuchado a ese Verbo consumido hasta el silencio en la Cruz, y que guardara en sus entrañas a esa Palabra que yace, dormida, en el sepulcro. Mañana, domingo, será la propia Tierra la que, al abrirse el sepulcro, despegue sus labios para gritar la Palabra, anunciada ya como Palabra de vida.

Haz como ella, haz como María: guarda hoy la Palabra en tu corazón, y grítala mañana con tu vida.

(TOI06S)

Barro frágil, piedra firme

La Cátedra de Pedro es la Cátedra de Cristo. El mismo Pedro, esa misma piedra, es la cátedra desde donde Cristo instruye a su Iglesia con voz prestada.

Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia.

Son palabras misteriosas, especialmente cuando se dirigen a un hombre lleno de debilidades; al mismo que, por no soportar las manos frías, fue a calentarse a la hoguera de los verdugos de Cristo; al mismo que, poseído por el miedo, tres veces negó conocer a su Maestro; al mismo que, en Antioquía, se ocultó y disimuló por no disgustar a los judaizantes…

¡Quién lo diría, leyendo sus cartas! Hay en ellas una fortaleza y una doctrina que no parecen, precisamente, salidas de una mano temblorosa. Así tenía que ser: en la debilidad de Pedro se muestra la fuerza de Cristo.

Cada vez que escucho al Papa Francisco suplicar: «rezad por mí», me parece percibir su miedo. Palpa la fragilidad de su barro, y tiembla al pensar que Cristo le ha nombrado Piedra. Rezo por él, pero no comparto su miedo. Cristo se ha sentado en esa Piedra. Y el poder del infierno no la derrotará.

Me dan más miedo los que desconfían.

(2202)

Define «Mesías»

La mitad de un 10 es un 5. Y, en los estudios, con un 5 se aprueba. Démosle un aprobado «raspado» a Simón Pedro, porque, de dos preguntas, acertó la primera y falló en la segunda.

La primera es ésta: ¿Quién decís que soy? Y, si hubiera sido la única, Pedro habría sacado un diez en toda regla. No se puede responder mejor: Tú eres el Mesías.

La segunda es ésta: «Comenta la frase: “El Hijo del hombre tiene que padecer mucho”». Y, allí, Simón se cayó con todo el equipo: Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo. El reproche del Señor fue demoledor: ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!

Entre las dos preguntas, una pregunta intermedia habría sacado a la luz el error: «De acuerdo, soy el Mesías. Pero ¿qué significa “mesías” para ti?».

Entonces, Simón habría respondido como el mal ladrón, quien también apeló a Jesús como Mesías: «Mesías es el que viene a librarnos del sufrimiento, el que nos bajará de la cruz».

Aún no había entendido Pedro que el Mesías no vendría a bajarnos de la cruz, sino a subir Él a la Cruz, para llenar de vida eterna nuestros dolores.

(TOI06J)

Jesús, el lazarillo

En torno a la curación del ciego de Betsaida hay detalles muy valiosos; nada en los evangelios sucede por casualidad.

Él lo sacó de la aldea, llevándolo de la mano.

Aún no estaba curado, y, sin embargo, aquel ciego ya veía. Veía por los ojos de Jesús, a quien tomó por lazarillo. Y se fiaba de Él, mientras se asía fuertemente a su mano. ¡Qué ternura, la del Señor, al tomar la mano de aquel ciego y guiarlo hasta un lugar apartado! Es la misma ternura con la que te ofrece la mano del director espiritual. Y tú, al fiarte del sacerdote, al obedecer y mirar por sus ojos, que son los de Cristo, no introduces a un extraño en tu intimidad con Jesús, porque, en esa dirección espiritual sincera, la persona del sacerdote desaparece, y es el propio Jesús quien te guía.

Lleva Jesús al ciego fuera de la aldea, porque los grandes milagros suceden a solas, en la intimidad de la oración. Allí unta saliva en tus ojos, porque su palabra es luz para tu alma, y así se alumbran claridades y despierta la fe.

Obediencia y vida de piedad. Cuídalas ambas, y habrá luz en ti camino.

(TOI06X)