La Resurrección del Señor

Espiritualidad digital – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

Camellos, camilos y camelos

Circula por ahí una teoría según la cual el camello no es camello, ni tiene jorobas, ni pesa cientos de kilos. La palabra griega «kamilos» (supuestamente mal transcrita en los evangelios como «kamelos»), significaría una cuerda gruesa. Y, entonces, las palabras de Jesús sobre los ricos dejarían una puerta abierta a la esperanza del burgués:

Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios.

Si, en lugar de un camello, tenemos una cuerda gruesa, cruzar el ojo de una aguja es tarea difícil, pero no imposible. A mí esa interpretación me parece –nunca mejor dicho– un camelo.

La Cruz, puerta del cielo, es más estrecha para el hombre que el ojo de una aguja para un camello. Pero esa puerta no se cruza en el momento de la muerte si antes no se ha cruzado en vida.

Es ahora, en esta vida, cuando debemos dar todo por perdido salvo a Cristo. Y es ahora, en esta vida, cuando, cruzada esa puerta estrecha, hubiera podido el joven rico gozar del cielo. Quien no goza el cielo en esta vida tendrá muy difícil gozarlo tras la muerte.

(TOP08L)

Cuando ya no dices «Dios»

¿Tú sabías que la palabra «bautizar» significa «sumergir»? Es importante, porque el bautismo es un baño, una inmersión en Dios.

Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espí­ritu Santo.

Si Dios es alguien que está fuera de ti, si es un interlocutor sentado en una mesa frente a ti, seguirás llamándole «Dios». Que digas «Dios» cuando hablas de Dios es lógico. Que digas «Dios» cuando hablas a Dios significa que aún no has entrado, no te has sumergido completamente en Él.

Cuando seas consciente del don tan inmenso que supone tu bautismo, cuando te recojas en tu alma en gracia y te sumerjas en Dios, ya no rezarás diciendo «Dios». Dirás «Padre», «Papá». Dirás «Jesús», «Señor». Y no serás tú quien lo diga. Será el Espíritu quien, tomando posesión de tu espíritu, lo dirá en ti.

Dios, entonces, no será tu interlocutor. Será tu hogar. Y, en ese hogar, caldeado por el Fuego, hablarás al Padre desde el Hijo y adorarás al Hijo en Espíritu y verdad. Entonces no tendrás que señalar al cielo con el dedo para hablar de Dios. Te llevarás la mano al pecho.

(SSTRB)

Nuestros «seguratas»

Me hace gracia ese afán de los apóstoles por proteger a Jesús:

Le acercaban a Jesús niños para que los tocara, pero los discípulos los regañaban.

Parecen porteros de discoteca, guardando la entrada y controlando el acceso al Señor. Me recuerdan a nuestros particulares «seguratas», que nos son apóstoles precisamente. Me refiero a las mil preocupaciones, urgencias y turbulencias del día a día, que nos impiden recogernos en nuestro interior para ser allí tocados y bendecidos por Jesús. Quisieras adentrarte en ese santuario donde Cristo mora y reina por su Espíritu y, cuando a punto estás de sumergirte en ese silencio interior, te sale el «segurata» y, de un empujón, te saca fuera: «¡Dónde vas! ¿No sabes que tienes que hacer con urgencia una transferencia bancaria? ¡Mira, se te ha fundido una bombilla de la entrada! Ve a pedir hora al médico, que ya vas tarde. Tienes pendiente una llamada telefónica, respóndela ahora»… ¡Venga, a la calle!

Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis. Sólo siendo niños burlamos la vigilancia. Porque sólo ellos pueden dejar todo en manos de sus padres; saben que no tienen otra ocupación más que obedecer, disfrutar, amar y ser amados.

(TOP07S)

El «síndrome de la línea de meta»

Me comentan unos novios que tienen miedo de casarse. Varias parejas de amigos suyos, tras largos años de noviazgo sin aparentes problemas, se divorciaron a los pocos años de casarse. Temen que el matrimonio ejerza un efecto «maléfico» en la relación.

Se llama «síndrome de la línea de meta». Y consiste en llegar al matrimonio como quien alcanza el final de un largo camino. «¡Por fin! ¡Ya nos hemos casado! ¡Está hecho! Venga, a otra cosa». Y ese «venga, a otra cosa», es letal. Miras tu matrimonio como un trofeo conseguido, y olvidas que lo puedes perder si no lo cuidas.

Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre. El pecado de separar lo unido por Dios no sólo se comete por acción (infidelidad, malos tratos, etc.). También se comete por omisión. Porque si los casados no os dedicáis tiempo, no dialogáis, no salís juntos, no os declaráis vuestro amor, no os entregáis… Llega un día en que sois perfectos desconocidos.

Recordadlo: el matrimonio no es una línea de meta, es el comienzo de una unión sagrada. Y esa unión la debéis cuidar cada día. La línea de meta está en el cielo, no en la tierra.

(TOP07V)

Lo que debéis esperar del sacerdote

Los sacerdotes lo tenemos difícil para escondernos, salvo que enfermemos y nos quedemos en casa. Pero, cuando estamos en activo, subimos al presbiterio a celebrar la Misa y todos nos veis. Predicamos el evangelio, y todos nos oís; incluso algunos nos escucháis. Y, después, siempre hay quien sale de misa comentando si le gustó o no le gustó la homilía, si el cura es aburrido o ameno… En ocasiones os defraudamos; pero, también, en ocasiones esperáis de nosotros lo que no debéis.

En esta fiesta de Jesucristo, sumo y eterno sacerdote, dejadme deciros lo que debéis pedir al sacerdote, y lo que debéis pedir para el sacerdote:

Tomad, esto es mi cuerpo… Esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por mu­chos. Pedidle a Dios que los sacerdotes estemos tan consagrados a Dios como el pan y el vino que consagramos en la Misa. Que nuestro tiempo sea de Dios, nuestro pensamiento sea de Dios, nuestras palabras sean de Dios… Que nuestro cuerpo, como el de Cristo, esté entregado a Dios trabajando por su pueblo; y nuestras almas estén rendidas a Dios por la oración.

Esto es lo que debéis pedir, y lo que debéis esperar del sacerdote.

(XTOSESB)

También llueve fuera del río

Por mi parroquia pueden pasar, cada semana, entre doscientas y quinientas personas. En verano, bastantes más. De todas ellas, apenas habrá unas cuantas decenas que colaboren en las tareas parroquiales. A los catecumenados quizá asistan unas cien personas.

¿Qué sucede con los demás? Acuden a Misa, pero apenas hacen «vida parroquial». Algunos forman parte de movimientos e instituciones de la Iglesia que no están centrados en las parroquias. Otros procuran vivir su cristianismo y alcanzar la santidad; confiesan y comulgan frecuentemente, pero no se sienten llamados a participar de las actividades parroquiales. ¿Son, por ello, menos cristianos que los demás? ¿Están más lejos de la santidad que los catequistas, o los feligreses que suben a hacer las lecturas durante la misa?

– Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre y, como no es de los nuestros, se lo hemos querido impedir. –No se lo impidáis: el que no está contra vosotros, está a favor vuestro.

Las parroquias son cauces de gracia maravillosos. Pero no las convirtamos en tubos por los que tenga que pasar toda la acción del Espíritu. A ver si los párrocos vamos a terminar enfadándonos porque haya gente que se santifique sin nuestro permiso.

(TOP07X)

Como un niño en brazos de su padre

Son varios los pasajes evangélicos en que Jesús muestra su predilección por los niños, o pide a los apóstoles que se hagan como ellos. Pero, en el evangelio de hoy, Jesús da un paso más, y hasta tal punto se identifica con los niños que llega a afirmar: El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí.

Ver a Cristo crucificado en el enfermo, en el humillado o en el pobre puede resultar fácil. Pero ¿cómo acogemos a Cristo en el niño?

La respuesta es sencilla: recordando que Cristo fue siempre un niño en brazos de su Padre. Lo llamaba «Abbá», como llaman los niños a sus padres. Era capaz de quedarse dormido como un niño en la barca agitada por la tormenta, sabiendo que su Abbá lo cuidaba. A su Abbá le pedía los milagros que realizaba, como pide un niño a su padre lo que ha de compartir con los amigos. A su Abbá gritó, llorando como un niño, en Getsemaní. Y, finalmente, sobre la Cruz murió entregando su Espíritu a su Abbá, como se duerme un niño en brazos de su padre.

¡Qué fácil es ver a Cristo en un niño!

(TOP07M)

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