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Espiritualidad digital – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

Parábola del supermercado

Si el templo fuera un supermercado, habría que decir que algunos salen de misa con el carro lleno hasta arriba. Espíritu Santo, consuelos divinos, Pan eucarístico, caridad de los hermanos, paz, alegría… Menos mal que nada de eso pesa. No podrían con tanto. Otros salen con una bolsa medio llena. Otros llevan su pequeña «compra» en la mano. Y otros salen como entraron. Depende de las disposiciones que llevase cada uno. Quien se preparó bien para la Eucaristía llevaba un carro, o varios. Quien llegó justito a Misa y se marchó corriendo, una bolsa. Quien pasó la Misa mirando el reloj… Ésa es la diferencia entre el templo y el supermercado. La bolsa, o el carro, tienes que traerlo de casa. Y lo que lleves, bolsa, carro o bolsillo, te lo llenarán.

Hay otra diferencia: el ticket. No hay. Puedes dejar una limosna en el cestillo, pero no hay ticket. Cuanto recibes es gratis.

Lo extraño es que no haya colas para entrar. Porque muchos no saben que allí se reciben gratis tesoros que el dinero jamás podría comprar. Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos. Hacédselo saber a los hombres.

Gratis habéis recibido, dad gratis.

(TOA11)

Vida contemplativa

Cuando nos hablan de vida contemplativa, rápidamente viene al pensamiento la imagen de una religiosa de clausura postrada ante un sagrario y meditando las Escrituras. Y no vamos errados, eso es vida contemplativa. Ojalá todos, y no solo las religiosas de clausura, contempláramos la palabra de Dios ante el sagrario.

Pero no sólo eso es vida contemplativa.

Su madre conservaba todo esto en su corazón.

¿Qué es «todo esto»? Todo esto es la vida de la Virgen, los acontecimientos que la desbordaban: Un ángel de rodillas ante ella, un Dios recostado en un pesebre, un anciano que le anuncia una espada, un niño que se queda en «las cosas de su Padre» sabiendo que la angustia devoraría el corazón de su madre…

No puede entenderlo. Tampoco lo intenta. Sólo lo guarda, lo contempla, y el Espíritu, poco a poco, lo ilumina. Ella calla y ora.

Y es que no es preciso recluirse en un convento para tener vida contemplativa. Algunas almas están llamadas a la clausura, pero a la contemplación estamos llamados todos. Ante el sagrario… ¡y en la calle! Ante una enfermedad, ante el nacimiento de un hijo, ante la muerte de un ser querido… Contempla, calla y ora.

(ICM)

Bastaría con no tener miedo

La fiesta del Sagrado Corazón de Jesús es la fiesta del Amor de Dios, el día en que celebramos que Cristo me ama. Así, en singular.

Sin embargo, no nos lo acabamos de creer. Lo creemos, la noticia está en la cabeza, pero no la acabamos de asimilar, no «nos lo hemos tragado». Nos cuesta aceptar que seamos tan amados, quizá porque en el fondo sabemos que no lo merecemos. No hablo sólo por mí, son muchos años de confesonario. Cuando Cristo te dice que te ama, algo dentro de ti responde, desde lo más profundo: «¿A míiiiiii?».

También nos cuesta creerlo porque quienes dijeron amarnos nos hicieron daño. Y nos defendemos de cualquiera que nos ame, nos da miedo darle las llaves de nuestro corazón y, con ellas, el derecho a herirnos. Tememos que, si nos dejamos amar por Dios, nos quite todo, nos complique la vida y nos arruine. «¡Con lo que han sufrido los santos! ¡Cualquiera se arriesga!».

Al final, nos perdemos lo mejor. Si de verdad creyéramos que Dios es bueno y nos ama, bajaríamos las defensas, nos dejaríamos abrazar por Él, y seríamos las personas más felices de la tierra.

Bastaría con no tener miedo.

(SCJA)

Una justicia mayor

Un latinajo: «Ius suum quique tribuere». La justicia consiste en dar a cada uno su derecho, es decir, lo que le corresponde. Y, por lo tanto, a aquél que me ha tratado mal yo le daré lo suyo. Se va a enterar…

Si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.

Hay otra justicia. Una justicia mayor. Es la justicia con la que Cristo, a quienes éramos malvados e injustos, nos ha hecho justos.

Desde lo alto de la Cruz, no gritó a su Padre: «Dales lo que se merecen», sino que pidió perdón para sus verdugos. Y, en lugar de darnos «lo nuestro», lo que merecíamos, nos dio lo suyo, su sangre y su Espíritu que han limpiado nuestras culpas y nos han convertido en hijos de Dios.

Y ahora, redimidos por la sangre de Cristo y santificados por su Espíritu, Dios nos da lo que merecemos. Como hijos de Dios, merecemos el cielo, merecemos ser alimentados con el cuerpo de Cristo, merecemos ser tratados como reyes.

¡Ésa es la justicia mayor a la de los escribas! La de quien quiere redimir al pecador y hacerlo justo.

(TOP10J)

Gente cumplidora y hombres felices

Me he acordado del joven rico. Según sus palabras, desde pequeño había cumplido la Ley. Pero hoy, leyendo las palabras de Jesús, vemos que no le basta a Dios con que cumplamos su Ley. Es preciso, también, anunciarla a los hombres.

Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos.

¿Quiere eso decir que nos convirtamos todos en maestros y vayamos por el mundo impartiendo catequesis sobre la Ley de Dios? No estaría mal, desde luego, el mundo está muy necesitado de una buena catequesis. Pero no todos los cristianos están llamados a ser catequistas. Sin embargo, todos estamos llamados a ser apóstoles.

Debemos mostrar a los hombres, con nuestras vidas, que el cumplimiento de la voluntad de Dios nos hace realmente felices. Nuestro mundo no necesita ver cumplidores, para eso ya se están fabricando robots.

«Mira, éste va a misa todos los días, se confiesa y reza el rosario»… Eso no es envidiable. Algunos responderían: «¡Pobrecito!»

«Mira, éste es el hombre más feliz que he visto en mi vida». Entonces la respuesta es: «¿Cómo lo consigue?» «Va a misa, se confiesa, reza el rosario. Ama a Dios, y ese Amor le ha hecho feliz».

(TOP10X)

Parezco un cura, y no molo nada

El elogio más raro que he escuchado en toda mi vida me lo dijo una pareja de novios hablando del sacerdote que iba a presidir su boda: «Nos encanta este cura, nos cae muy bien, no parece un cura». ¡Tierra, trágame! Cuando les pregunté: «¿Y eso?», su respuesta fue una mezcla entre Sócrates y Aristóteles: «Es muy molón». El día de la boda me di cuenta de que, efectivamente, aquel hombre no parecía un cura. Pero tampoco aquello parecía una boda. En fin…

No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte.

Yo no molo nada. Y me gusta parecer un cura, porque lo soy. Y no creo que el don que Dios me ha dado tenga que tenerlo guardado como la última carta del mazo para, después de haberme mostrado molón, sacarla y decir: «¡Tatachán, sorpresa, soy cura! ¿A que no lo imaginabais?»

Yo llevo alzacuellos, pero vosotros no necesitáis aparatosos signos externos. Pareced lo que sois: seglares. Y dejad que vuestra fe se note en vuestra alegría, vuestro cariño a todos, y en que habláis de Dios con la naturalidad con que otros hablan de fútbol. No hace falta que seáis molones; sed santos.

(TOP10M)

Limitaciones de la IA

Si yo pidiera a la inteligencia artificial que me resumiera las bienaventuranzas, me diría… No quiero saberlo. Porque, dijera lo que dijera, mentiría. Incluso aunque dijese la verdad, esa verdad sería la correspondiente a una millonésima parte del discurso: la accesible a la inteligencia. Pero el discurso va dirigido más al alma que a la inteligencia, y la IA no tiene alma.

Yo tengo alma. Y –modestia aparte– mi alma resume mucho mejor que todos los artefactos, porque en ella queda impresa una verdad sencilla y llena de vida.

Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bien­aventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra

En resumen: Bienaventurados los que no necesitan sino a Dios.

Porque si necesitas riquezas, necesitas defenderte, necesitas pasarlo bien, necesitas vengarte o necesitas prestigio, los bienes de este mundo –salud, dinero y amor– te fallarán y serás un desgraciado. Pero si no necesitas sino a Dios, y teniéndolo a Él te ves capaz de prescindir de todo lo demás, Dios no te fallará nunca.

Y, luego, que la IA diga lo que le venga en gana. Es un algoritmo frío. En lo que yo te escribo hay alma.

(TOP10L)

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