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Espiritualidad digital – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

La dicha que brota de la Cruz

Hay una extraña bienaventuranza en el Apocalipsis: Bienaventurados los muertos, los que mueren en el Señor (Ap 14, 13). Jesús declaró bienaventurados a quienes el mundo tiene por desdichados: Bienaventurados los pobres… Bienaventurados los que ahora tenéis hambre… Bien­aventurados los que ahora lloráis… Bien­aventurados vosotros cuando os odien… Pero extender esa dicha a los muertos ¿no es llevarlo demasiado lejos?

No lo es. La bienaventuranza del Apocalipsis es el resumen de todas las demás. San Pablo anuncia: Habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios (Col 3, 3).

No se puede gozar la vida eterna si primero no se entrega la vida temporal.

Sé que el cristiano burgués de nuestros días se rebela contra esto. Por eso quieren desplazar la Cruz y arrebatarle el lugar central. No quieren morir. Quieren tenerlo todo en esta vida, y gozar también de la otra. Revisten de prácticas piadosas su vida aburguesada, y se licúan mientras participan en asambleas que no son sino una exaltación del sentimiento. Pero eso no es vida eterna. Es lujuria espiritual.

Mueve la Cruz del centro, tan siquiera un milímetro, y, aunque la reemplaces incluso con una custodia, el resultado será un sucedáneo burgués del cristianismo.

(TOP23X)

Quien honra a la madre honra al Hijo

Me ha hecho gracia tu pregunta: «Padre, he estado media hora rezando ante el sagrario, y me he dado cuenta de que la pasé hablando con la Virgen. ¿No se habrá ofendido el Señor?».

Podría decirte que, en nuestra parroquia, cuando los jueves exponemos el Santísimo, rezamos el rosario ante la custodia. ¿Crees que se ofende el Señor?

También podría decirte, y esto es más personal, que cada mañana, cuando despierto del sueño, ofrezco el día que comienza rezando el «Bendita sea tu pureza». ¿Crees que se ofende el Señor?

No, no y no. No se ofende el Señor. Al Señor le agrada y le llena de orgullo que honremos a su madre. Y todo el culto que profesamos a la Virgen llega a Cristo, porque ella se lo entrega.

La criatura que hay en ella viene del Espí­ritu Santo. Y así, como está llena de Cristo, cualquier alabanza o ruego dedicados a la Señora alcanzan siempre al Señor.

No temas, por tanto, que un «exceso» en la devoción a la Virgen María pueda ofender al Señor. Teme, más bien, que esa devoción quede en un sentimentalismo hueco y no transforme tu vida a imagen de la vida de Cristo.

(0809)

Sujetos y objetos

Cuando Jesús sanó al hombre de la mano paralizada, había muchos más enfermos, y más graves, en la sinagoga. Pero sólo aquel hombre pudo ser curado. Los otros no quisieron ni siquiera reconocer su enfermedad.

Los escribas y los fariseos estaban al acecho para ver si curaba en sábado, y encontrar de qué acusarlo.

La enfermedad del pobre hombre estaba en la mano. La de los escribas y fariseos, en los ojos. No veían sujetos, sólo objetos. El sábado, la ley, el enfermo y el propio Jesús estaban despojados ante su mirada de todo misterio; eran meros objetos. Por eso, ciegos por la cólera, discutían qué había que hacer con Jesús. Como discutirías qué hacer con un grano molesto en el codo. Eso era Jesús para ellos: una cosa, un grano que había que extirpar.

Cristo, el buen pastor, mira a las personas y a cada persona. Y sufre por la enfermedad de aquel hombre, y por la dureza de corazón de cada uno de los escribas, y por nuestros pecados. Quiere salvarnos a cada uno, y por cada uno entrega su vida.

Miremos por sus ojos. Que un ser humano nunca es un problema y siempre es un misterio.

(TOP23L)

Los acomodadores

Recuerdo cuando había acomodadores en el cine. Ahora en el cine no los hay, pero esperamos que quien nos quiera nos acomode. Amor y confort se han identificado peligrosamente.

Muchos piensan que los sacerdotes debemos hacer que la feligresía se sienta cómoda en la iglesia. La predicación, aparte de no aburrir, debe ser consoladora, relajante y reconfortante. Que el fiel se sienta bien.

¿Qué haremos, entonces, con las verdades incómodas? ¿Callamos, para no incomodar? ¿Sacrificamos la verdad en el altar de la comodidad?

Si tu hermano peca contra ti, repréndelo.

Pero reprender no es cómodo, ni para quien reprende, ni para el reprendido. La Iglesia debe acoger a todos, sin excepción. Pero eso no significa que todos deban sentirse cómodos. Además de acoger, hay que amar. Y no negar a nadie el don de la verdad, por incómoda que pueda resultar. Si digo que Dios es bueno, los feligreses sonríen. Si digo que no se debe comulgar en pecado mortal, se encrespan. Si hablo del amor, sonríen. Si digo que el adulterio es pecado, se levantan y se van.

Pero Dios no me pide que les dé la razón. Me pide que los ame. Y eso supone decirles la verdad.

(TOA23)

La libertad y las ganas

Jesús trató por todos los medios de ganarse el corazón de los fariseos. Por eso no escatimó palabras y ejemplos a la hora de explicarles el reino de Dios. No lo logró, porque aquellos corazones estaban endurecidos como piedras, pero nadie podría negar que lo intentó hasta la extenuación.

– ¿Por qué hacéis en sábado lo que no está permitido?

Jesús les habló del rey David, cuya autoridad los fariseos no podían negar, para intentar abrir sus mentes cerradas. Pero si simplemente hubiese querido zanjar la cuestión, le hubieran bastado dos palabras:

– Porque queremos.

Punto. Los fariseos no lo hubieran entendido, habría sido una provocación para ellos. Pero es la verdad. La verdad sobre la libertad de los hijos de Dios. La verdad proclamada por san Agustín con aquel: «Ama y haz lo que quieras».

El hijo de Dios, el cristiano en gracia que ama a Cristo, hace siempre lo que quiere. Come porque quiere, ayuna porque quiere, trabaja porque quiere, descansa porque quiere, entrega su vida porque quiere. Lo cual no significa que haga siempre lo que le da la gana. Hace, muchas veces, cosas que no tiene ningunas ganas de hacer… porque quiere. Es libre, también de la gana.

(TOP22S)

Preguntas peligrosas

Me pregunto muchas veces cómo reaccionaríamos ante el anuncio de que Jesús volverá esta misma tarde sobre los cielos. Me da miedo pensar que se me llenaría la iglesia de gente… ¡pidiendo que no vuelva todavía! Al menos, hasta que finalice la tercera temporada de su serie favorita. O hasta que hayan muerto ellos y no tengan que estar presentes en el fin del mundo. O hasta que hayan visto crecer a sus hijos, me da igual.

Y si yo les dijera que esta tarde, por fin, verán el rostro del Señor con sus propios ojos… ¿cuántos se alegrarían? ¿Cuántos gritan «Marana Tah» cada mañana? ¿Y cuántos me responderían que no es preciso que se muestre, que les basta con que los siga cuidando desde el cielo, con que les siga concediendo salud, dinero y amor en esta vida y ya tendrán tiempo de mirarlo cuando hayan muerto?

Son preguntas aterradoras. Pero la pregunta clave la guardo para el final.

Llega­rán días en que les arrebatarán al esposo, entonces ayunarán en aquellos días. Ese ayuno no es un ayuno programado por virtud. Es el ayuno de quien no quiere comer porque está triste.

¿Cuántos cristianos echan de menos a Cristo?

(TOP22V)

Capitanes nada intrépidos

Imaginemos un final alternativo. Echémosle imaginación.

Rema mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca, dice Jesús a Simón. Y Simón responde: Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos recogido nada (a partir de aquí entramos en la distopía). «Además, ya he lavado las redes. No voy a ensuciarlas otra vez. Me vuelvo a casa».

Enseñanza: De nada te sirve que el Señor te traiga los peces si tú no echas las redes. Es un final triste para el pescador. Y un final feliz para los peces.

Pero, cuando se trata de hombres… de hombres que se ahogan en la muerte… Entonces este final es una tragedia para todos.

El Señor te ha puesto los peces. Vives rodeado de personas que no creen, que sufren sin Cristo, que caminan hacia la muerte con el móvil en las manos. Y a ti te ha dado un corazón para amarlos y unos labios para proclamar su nombre ante quienes no lo conocen.

¿Y tú te quedas en la barca tan tranquilo? ¿Y te conformas con decirme que ya rezas por ellos? ¡Como si Simón hubiera obtenido la pesca diciendo jaculatorias! ¡Echa las redes, por el Amor de Dios!

(TOP22J)

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