La Resurrección del Señor

Espiritualidad digital – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

El grito del Hijo de Dios

No puedo evitar, cada vez que encuentro el pasaje en que Jesús expulsa a los mercaderes del templo, acordarme de la reacción que tuvo un buen amigo tras un ataque de cólera. «¡Bueno! –dijo– ¡Al fin y al cabo, también Cristo perdió los papeles en el templo!».

Haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo: «Quitad esto de aquí: no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre».

Jesús nunca perdió los papeles. Su reacción fue un gesto profético perfectamente medido y calculado. En todo momento supo lo que hacía y fue señor de sí. Fíjate cómo, al llegar a las palomas, guarda el látigo y pide de palabra que se las lleven. No azotaría Cristo a la paloma.

¿No te das cuenta de que Jesús está gritando? Te grita que eres templo, casa de Dios, y que sin embargo mercadeas con el pecado. Te grita que, para expulsar esos pecados, tendrás que usar la violencia contra ti mismo. Te pregunta, en definitiva, si realmente estás luchando en este santo combate cuaresmal.

(TCB03)

La Trinidad y el hijo pródigo

En la parábola del hijo pródigo nos es fácil ver el rostro de Dios Padre, representado en aquel hombre que perdonó el pecado de su hijo. También nos es fácil reconocernos en uno de los dos hijos. Pero ¿dónde está el propio Cristo en esta parábola? Te lo diré:

Sacad enseguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete. Cristo es el ternero, el que es sacrificado para que el pecador reciba el perdón; el que, una vez sacrificado, es ofrecido en alimento de acción de gracias (de Eucaristía). Como aquel carnero que entregó Dios a Abrahán para que lo sacrificara en lugar de su hijo, así Cristo fue entregado para que tú y yo recibiéramos el perdón.

El hijo mayor no entendió la misericordia del padre. Creyó que aquella misericordia cancelaba la justicia, que la deuda de su hermano no estaba saldada. Había escuchado la música, pero no se había fijado en el ternero.

Y, si ahora me preguntas dónde está el Espíritu, también te lo diré: En la túnica. Es la túnica del recién bautizado, revestido ya de gracia.

(TC02S)

Los que no roban ni matan

Ni robas, ni matas. Y, cuando lees esa parábola de los viñadores homicidas, tomas cierta distancia. Ellos, al ver al hijo del dueño, se dijeron: «Este es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia». Y agarrándolo, lo sacaron fuera de la viña y lo mataron. Pero tú, ni robas, ni matas.

¿Qué espíritu había dentro de aquellos hombres? El de la antigua serpiente: Seréis como dioses (Gen 3, 5). En aquella tierra que no era suya, se hicieron dioses, dueños y señores del campo. Y, como dioses, dispusieron también de la vida de quien quería ponerles en verdad y recordarles que no eran sino labradores.

¿No percibes en ti ese mismo espíritu? Cuando alguien te corrige, y te recuerda que eres pecador, arremetes contra él. No tiene ni idea, no te comprende, te está juzgando. Le has arrebatado tu vida a Dios, haces lo que te da la gana. Has sacado a Cristo de la ciudad, del centro de tu vida, y lo tienes fuera, donde no molesta, en una capilla a la que acudes a rezar de vez en cuando. Él será entregado a la muerte por tus pecados.

¿De verdad no robas ni matas?

(TC02V)

Contemplación de Lázaro

Clava hoy los ojos en ese Lázaro dibujado por Jesús en su parábola:

Cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que caía de la mesa del rico. Y hasta los perros venían y le lamían las llagas.

¡Cómo no ver en él al propio Cristo crucificado, las llagas impresas en su cuerpo, desecho de los hombres, varón de dolores y entregado en alimento! ¡Qué imagen tan eucarística!

Pero también verás en Lázaro al hombre que ya no espera nada de la tierra y ha puesto su confianza en el Señor. Sabe que la felicidad no le vendrá de los hombres, sino de Dios, y espera en Él a pesar de los pesares. Por eso no resulta defraudado.

Epulón, en cambio, quiere hacerse feliz a sí mismo. Fracasa estrepitosamente, porque el corazón humano tiene ansias de amor eterno, y eso no lo compra el dinero.

Hoy te propongo un salto mortal, el que va de Epulón a Lázaro, de ti a Cristo. Y te advierto que es mortal de verdad, moriremos en el intento. Renunciemos a cualquier deseo que no sea Jesús. Digámosle que somos rendidamente suyos, que haga de nosotros lo que quiera, que confiamos en Él.

(TC02J)

El por qué y el para qué

¡Pobre Juan! ¡Con lo bien que había empezado todo, cuando conociste a Jesús junto al Jordán y pasaste el día con Él! Estabas enamorado, no tenías otro deseo que permanecer junto a Cristo el resto de tus días. Yo creo que tu madre te enredó, «amor de madre» lo llaman. Y como esté equivocado, esa buena mujer me va a abofetear en el cielo. Me arriesgaré, supongo que allí no duelen los sopapos.

Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda. ¿Cómo te dejaste enredar por mamá? ¿Ves en que lío te ha metido? Ahora ya no sigues a Jesús porque lo amas, lo sigues para conseguir una vicepresidencia del Gobierno compartida con tu hermanito. De santo a nepote, y de hijo de Dios a niño de mamá.

Debiste recordar aquella primera pregunta con que Jesús te taladró cuando lo seguías: ¿Qué buscáis? (Jn 1, 38). Entonces tenías claro que no seguías a Jesús para que te fuera bien en esta vida, sino porque lo amabas y deseabas pertenecerle.

Nunca preguntes a un santo para qué entrega la vida. Pregúntale por qué, y te responderá: Por amor.

(TC02X)

Ministros del Enemigo

En el desierto, Satanás tentó a Jesús ofreciéndole todos los reinos del mundo a cambio de una postración. Menudo panorama: elevado sobre los hombres y postrado ante el Maligno. Es decir, convertido en primer ministro de Satanás, quien seguiría siendo el verdadero príncipe de este mundo.

¿Será verdad que quien se empeña en elevarse sobre los hombres acaba postrado ante los demonios?

Todo lo que hacen es para que los vea la gente. La acusación de Jesús a los fariseos debería movernos a examen. ¿Me afecta la opinión de los demás? ¿Busco ser popular, actúo y hablo con intención de caer bien, persigo la aprobación de los hombres, me empeño en agradar a todos? ¿Me siento fracasado cuando no me reconocen, cuando caigo mal o me desaprueban? Si salen a la luz mis defectos ¿me duele más la pérdida del prestigio que la ofensa a Dios que suponen mis pecados? Porque si estoy buscando tener a los hombres a mis pies, soy yo quien me he postrado ante el Maligno. En ese caso, debo darme la vuelta, convertirme y buscar a Cristo. Lo encontraré clavado en la Cruz, despreciado de los hombres y con el Demonio, vencido, a sus pies.

(TC02M)

El pincel de Velázquez

Te rebelaste al leer el evangelio: Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso. En otro momento, incluso te hubiera parecido hermoso. Pero hace pocos días te destrozaron el corazón. Y, tras leer esas palabras, has venido a llorarle al sacerdote: «¿Acaso puedo yo ser como Dios? Sé que Dios lo perdona todo, y se compadece de todos, pero yo, ni soy Dios, ni podré jamás ser como Él. Juzgo, condeno, y no soy capaz de perdonar lo que me han hecho. Pedirme que sea como Dios es más disparatado que si me entregaran un lienzo y me pidieran que pintase como Velázquez. ¡Si soy un pintamonas!»

Vale, vale, me quedo con lo de Velázquez y después paso a lo de Dios. Sé que no puedes pintar como Velázquez, pero… ¿y si fueras el pincel de Velázquez? No se te estaría pidiendo más destreza que la docilidad: ponerte en sus manos y dejarte llevar, ser testigo en primera línea de la creación del Cristo de Velázquez y tener la satisfacción de haber participado en esa creación.

No seas como Dios. Sé el pincel de Cristo. Que sea su corazón el que te mueva, no el tuyo. El tuyo… en la Cruz.

(TC02L)

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