Tú, pecador

Espiritualidad digital – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

Jesús te está buscando

Los evangelios nos traen noticia de muchísimas personas que entablaron relación con Jesús después de haberlo buscado afanosamente: la mujer hemorroísa, los amigos del paralítico, Jairo, el centurión y muchos más se acercaron al Señor porque estaban necesitados de su poder. Y gran parte de ellos encontraron lo que buscaban.

Pero también nos hablan los evangelios de algunas personas que se encontraron con Cristo porque el propio Jesús los buscó: Vio a dos hermanos, a Simón, llamado Pedro, y a Andrés, que estaban echando la red en el mar, pues eran pescadores. Les dijo: «Venid en pos de mí». No es lo mismo decirle a Jesús: «Ven conmigo» que escuchar de sus labios: Venid en pos de mí. Por eso dijo a sus apóstoles: No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto (Jn 15, 16).

Muchos de nosotros, al comienzo, buscamos a Cristo y lo encontramos. Pero, más adelante, nos dimos cuenta de que era Él quien nos buscaba y nos llamaba. Sólo entonces, cuando respondimos a esa llamada, fuimos cristianos. Porque cristiano no es quien recurre a Cristo, sino quien pertenece a Cristo.

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Preguntas infantiles

Me sonreí el otro día, mientras disfrutaba de un artículo de Mariona Gumpert en ABC (ABC del 11/11/2022). Allí contaba las preguntas con que la acosaban sus hijos pequeños. Uno de ellos quería saber por qué Dios tiene que existir. Y al otro le costaba entender que Jesús hubiera subido voluntariamente a la Cruz.

Es propio de los niños preguntar, pero los de Mariona apuntan vocación de teólogos. En todo caso, el niño interroga a sus padres en busca de una explicación para el mundo. Yo, de niño, preguntaba a mis padres «qué es ser». Menudo aprieto. Eso sólo se lo pudo responder Yahweh a Moisés.

Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños. Si Dios sólo revela los misterios del reino a los pequeños es porque sólo a los pequeños les interesan. Los adultos, como ya lo saben todo, se dirigen a Dios para que haga cosas. Los niños, en cambio, son curiosos, quieren conocer, ya sea tocando, mirando o preguntando.

Son dos formas distintas de acercarse a Jesús. Unos dicen «haz esto» y otros piden «muéstrame tu rostro».

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Las palabras de la Palabra

Me he dado cuenta de que, desde hace tiempo, me repito una y otra vez las palabras que Cristo pronuncia en el Evangelio sin adentrarme demasiado en su significado. Son las propias palabras las que me parecen dulces como miel, y así las saboreo en el paladar del alma. Claro que el significado importa, pero, más allá de su contenido, las palabras de la Palabra saben a vida eterna. Me parece percibir que Cristo entero está en cada una de sus palabras, como lo está en cada partícula de la sagrada Hostia. No me corrijan los teólogos, por favor, que no pretendo dar doctrina, sino compartir un gozo.

Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano. Como esperamos nosotros, en Adviento, al Verbo de Dios, así esperaba este centurión al verbo del Verbo. También él, misteriosamente, se dio cuenta de que todo el poder de la Palabra está encerrado en la voz del buen Pastor. Este hombre hizo como la Virgen: creyó a Dios y deseó que se hiciera en su criado según su palabra.

Me parece una buena forma de vivir el Adviento: saborear cada día las palabras, y esperar, así, a recibir a la Palabra.

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El lugar de tu adviento

Si te llamo por teléfono para decirte que voy a tu casa, y tú, desde una cafetería, me dices: «Aquí te espero», no nos encontraremos nunca. Si estamos tú y yo juntos en el salón, y me gritas: «¡Ven!», tendré que responderte: «No me grites, que estoy aquí».

Estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre. El Señor nos anuncia que viene, y la Iglesia grita: «¡Ven, Señor Jesús!». Pero debemos saber dónde esperarlo, y también desde dónde gritar.

Mírate por dentro; eres un universo en miniatura. Hay mucha luz en tu vida: amas a Dios, confiesas, comulgas, rezas y conoces el Amor divino. Pero hay también, dentro de ti, muchas zonas de sombra: Esa soberbia –siempre tienes razón–, ese rencor que te impide perdonar, ese egoísmo que te hace ir «a lo tuyo», esa sensualidad que te ata a la carne… Esas heridas que no se han cerrado, esa tristeza que nunca se marcha, esa pesadez de espíritu parecida a la angustia…

Sitúate allí, donde parece que Dios no estuviera. Y, desde allí, llámalo: «¡Ven!». Y, también desde allí, escucha: «¡Viene el Señor!». Llénate de esperanza. Ha comenzado el Adviento.

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Una noche en una mala posada

Dice santa Teresa de Jesús que la vida no es sino «una noche en una mala posada». Para no exagerar, digamos que tiene tanta razón como una santa, puesto que más razón que un santo sólo tiene Dios. Mientras todavía dormimos, la voz de los santos nos recuerda que soñamos. Pero un día, al fin, despertaremos, y tendremos todas las tribulaciones de esta vida por un mal sueño con amanecer feliz.

No obstante… ¿por qué esperar? ¿No podemos despertar hoy? Esta tarde comienza el Adviento, y debería encontrarnos en vela, como centinelas de la aurora, no como niños sumergidos en una pesadilla.

Estad, pues, despiertos en todo tiempo. Es una invitación a apartar la mirada de los fantasmas nocturnos y a posar los ojos en la luz. La luz es Cristo. Fuera de Él, todo es mentira, apariencia y muerte; una conjura de las sombras liberadas por el pecado.

Cuida la presencia de Dios en este día. Es la mejor forma de acabar el año litúrgico y recibir el anuncio del Adviento. Comienza la jornada con un tiempo de oración, clava tus ojos en el Señor, y no los cierres. La posada seguirá siendo mala, pero mejor habitarla con luz.

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La gripe y el reino de Dios

Me hace gracia la sorpresa de muchos cristianos ante una simple gripe. «Fíjese, padre: todo el día en cama, sin nada que hacer, y no he sido capaz de rezar. Sólo me apetecía dormir. Apenas me he acordado de Dios, mi único pensamiento ha sido que quería curarme».

¿Y qué esperabas? ¿Que una gripe fuera igual que unos ejercicios espirituales en un convento de benedictinos? La enfermedad es un zarpazo de la muerte, y la muerte no es de Dios. Cuando el cuerpo está enfermo, el alma se sume en tinieblas, y le parece que Dios está, no lejos, sino lejísimos. Apúntatelo para la próxima gripe.

Aunque todo es mera apariencia. Cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que está cerca el reino de Dios. Cuando lo que parece cercano –la salud, las criaturas…– te falle, sabrás que está cerca lo que te parece lejano: Dios. Y sabrás que siempre estuvo cerca, porque tu enfermedad era un abrazo del Crucifijo, mientras la salud y las criaturas siempre se estuvieron marchando. Una cosa es lo que vemos –que todo lo creado nos falla– y otra lo que sabemos: que Dios está cerca. Nosotros vivimos de lo que sabemos. Las apariencias engañan.

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Testigos de la luz en un mosaico de tinieblas

hijo del hombreDurante estos últimos tres días, Jesús ha descrito un panorama desolador: guerras, destrucción, enfermedades, persecuciones, signos de muerte en la tierra y en el cielo… Y hoy, tras completar ese mosaico de tinieblas, señala, al fin, un haz de luz refulgente:

Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y gloria. Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación.

La imagen de la nube podría indicarnos que ese «levantar la cabeza» supone clavar los ojos en el firmamento. Desde luego, cuando Jesús vuelva en su gloria, aparecerá entre las nubes. Pero la invitación a alzar la cabeza no ha quedado suspendida hasta el fin de la Historia.

Cuanto Cristo ha descrito está sucediendo ya. ¿Acaso no hay guerras, epidemias, persecuciones…? Y, ante ese panorama de muerte que nos rodea, tenemos dos opciones: O vivimos con los ojos en este mundo, quejándonos de lo mal que está todo, o vivimos con la mirada en alto, contemplando lo bueno que es Dios. En el primer caso, seremos invadidos por la tristeza. En el segundo, seremos testigos de paz y de alegría ante los hombres, y así estaremos adelantando la venida del Señor.

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