No sé si soy yo el tonto, o si los tontos son quienes me dicen: «¡Padre, he leído Las Moradas de santa Teresa y me ha gustado muchísimo!». Prefiero pensar que el tonto soy yo. Porque, a mí, Las Moradas de santa Teresa me han hecho un bien inmenso. Pero la primera vez que las leí no entendí ni palabra. Ni la segunda. Ni la tercera. A la cuarta comencé a entender algo. Y, tras la séptima lectura, ya no sé, ni quiero, salir de ese castillo interior. Tan zoquete soy que he necesitado siete lecturas.
¿Y qué es lo que vislumbra este zoquete? Esto:
Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Vislumbro, al adentrarme en ese castillo, que la oración es camino de amor hacia Cristo en el que, poco a poco, el alma se va acercando a la unión con Él. Y cuando se alcanza esa unión, el alma descansa con un descanso que hace al cuerpo capaz de todas las fatigas. Porque, estando el alma en reposo de Amor, recostada en su Amado, ya nada pesan los cansancios de esta vida.
Pero ha sido a la séptima. Zoquete de mí.
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