Todo sucede en un día, porque la vida es tan breve como el día. Nacemos al amanecer, y morimos al caer la tarde. Después se hace de noche y nadie sabe.
Vio de lejos una higuera con hojas, y se acercó para ver si encontraba algo; al llegar no encontró más que hojas, porque no era tiempo de higos. Por la mañana, cuando apenas has despertado a la vida, se te acerca el Hijo del hombre y te pide frutos de santidad, de almas, de vida espiritual… Todo lo que te pide es inasequible a tu pobre naturaleza de hombre pecador. ¿Cómo voy a ser yo santo, si no dejo de caer siempre en las mismas faltas? ¿Cómo podré yo atraer almas a Cristo, si no sé qué decirles? ¿Cómo podré tener vida espiritual, si soy tan carnal?
Nunca jamás coma nadie frutos de ti.
Si le niegas al Señor lo que te pide, cuando caiga la tarde estarás seco.
Pero si, en lugar de eso, te arrodillas y le pides que ponga en tus ramas esos frutos que Él te pide, al caer la tarde aquella higuera será el árbol de la Cruz y llenará de fruto la tierra.
(TP08V)

















