Libros del autor

Espiritualidad digital – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

La carne no sirve para nada

Como si hubiera leído el Señor que ayer escribí sobre las delicias de la ternera gallega, y su falta de sustancia cuando la comparamos con el Pan de vida, hoy exclama: La carne no sirve para nada. ¿Veis lo que os decía?

Repito que el punto de comparación es el Pan de vida. Si la comparamos con las verduras, la carne sirve para que uno se sienta persona. Pero, comparada con el alimento de los hijos de Dios…

La carne no sirve para nada. Deberías repetírtelo cuando tu carne insatisfecha brame. Ante una tentación de lujuria, cuando el Demonio te presenta los goces carnales como el paraíso en la tierra, dite a ti mismo: La carne no sirve para nada. Ante un ataque de gula en un día de ayuno, cuando tu estómago te promete la felicidad a cambio de un banquete, dite a ti mismo: La carne no sirve para nada. Ante la embestida de la ira, cuando tus vísceras desean descargar su furia contra tu hermano, repite: La carne no sirve para nada.

No esperes a sufrir la decepción que sobreviene tras el pecado, cuando te tienes que decir a ti mismo: «Y esto… ¿para qué ha servido?».

(TP03S)

Más que un entrecot de ternera gallega

¿Por qué dice Jesús: Mi carne es verdadera comida?  ¿Acaso el alimento corporal no lo es? ¿No es verdadera comida un entrecot de ternera gallega?

Hombre, comparado con esas porquerías que comen ahora los chiquillos, llenas de kétchup y de queso de plástico, un entrecot de ternera gallega es verdadera comida, y lo demás son vertidos tóxicos de colorines. Pero, si el punto de comparación es la Eucaristía, todo cambia.

Porque el alimento corporal, por exquisito que sea, se gasta, se quema en el estómago, produce asco si se consume en exceso, y, al cabo de un tiempo después de deglutirlo, uno vuelve a sentir hambre, y es como si no hubiera comido. La Eucaristía, sin embargo, sacia el alma sin cansarla; no es quemada, sino que quema al hombre viejo; y, aunque siempre se desea comulgar de nuevo, la comunión recibida no se pierde, sino que permanece en el alma como presencia viva de Cristo.

Cuando comulgas bien, te abrazas a la Hostia que recibes, y ella te lleva muy dentro de ti, hasta una puerta escondida en el centro del alma por la que se sale al cielo.

No hay entrecot en toda Galicia capaz de darte eso.

(TP03V)

El discurso, el Calvario, y el altar

Si queremos entender el discurso del Pan de vida, debemos fijar nuestra mirada en dos misterios, que se relacionan como círculos concéntricos.

El primero, el más próximo a las palabras del Señor, es su Pasión. En el Gólgota, Jesús se partiría como el pan, sería devorado, y esa comunión, aunque sacrílega, traería la salvación al mundo. No todos comulgaron sacrílegamente. Las mujeres homenajearon ese Cuerpo, y la tierra lo comulgó devotamente en el sepulcro.

Tras ser partido en el Calvario, el Pan se multiplicaría en los millones de hostias que llenan nuestros sagrarios. El misterio de la Eucaristía, que se despliega hasta el fin de los tiempos, como un segundo círculo, desde el Gólgota, es, también, el segundo referente del discurso.

Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre. Los hombres huyen del Gólgota. Nadie se acerca al Calvario si no acude enviado por Dios. Nuestras miradas de amor al Crucifijo responden a un secreto impulso del Espíritu. Tampoco comulga nadie si Dios no lo atrae. La Eucaristía no reviste atractivo para la carne. Pero quienes reciben el Espíritu de Hijos la devoran.

Da gracias después de comulgar. Pero, también antes, agradece a Dios ese divino deseo.

(TP03J)

Mira primero. Comulga después

EucaristíaLos que, de verdad, están enamorados, antes de besarse, se miran. Y encuentran tanta alegría en los ojos al mirarse, como en los labios al besarse. El beso de amor, si es de amor, viene siempre después de la mirada.

La sagrada Hostia no sólo se come. También se mira. Se la mira antes de comerla, si se quiere comulgar con devoción. Porque la mirada despierta la fe, y la fe enciende el amor que abrasará en fervor la comunión.

Por eso el Señor, durante el discurso del Pan de vida, se queja: Me habéis visto y no creéis. Si, primero, no miráis con fe, ¿cómo podréis comulgar, después, con amor?

Después de consagrar el Pan, el sacerdote eleva la sagrada Hostia. Mírala. Y repite, por dentro, las palabras de Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!».

Después de partir el Pan, el sacerdote te muestra, de nuevo, al Cordero de Dios. Míralo. Y, al mirarlo, cree que es Dios mismo, entregado y roto por Amor, quien está ante tus ojos.

En el momento de comulgar, el sacerdote debe mostrar la Hostia ante tus ojos, mientras dice: «El Cuerpo de Cristo». Míralo, enciéndete en deseos de devorarlo, y suspira: «¡Amén!».

Comulga.

(TP03X)

Según tu hambre serás saciado

pan de vidaEn el discurso del Pan de vida, entre los judíos y Jesús se entabla un diálogo imposible. Ambos interlocutores emplean las mismas palabras, pero cada uno se refiere, con ellas, a realidades distintas.

El pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo. Para los judíos, el cielo está más allá de las nubes; el pan es el maná que comieron sus ancestros y el trigo que se muele en el molino; y la vida son los pocos años que el hombre permanece en la tierra. Para Jesús, que se sirve del milagro del maná como de un signo de realidades superiores, el cielo es la presencia eterna de Dios; el Pan es Él mismo, enviado por Dios desde el cielo como alimento; y la vida es vida eterna, la que vive el propio Dios y ofrece al hombre. ¿Cómo entenderse?

Entiéndelo tú: recibirás en la Eucaristía Pan del cielo. No baja de las nubes, sino de Dios. Es el propio Cristo. Y te dará vida eterna porque, si comulgas con fervor, traerá el cielo a tu alma y te hará bienaventurado. Comulga con hambre de amor eterno, y serás saciado en lo más profundo.

(TP03M)