Me hablaste de un enfermo, y te prometí rezar para que confesara y recibiera la unción. Entonces te indignaste: «Padre, rece para que se cure. Ya se confesará después».
Ella repuso: «Tienes razón, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos». Jesús le respondió: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas». En aquel momento quedó curada su hija.
Yo también quiero que se cure, pero se te escapa, quizás porque el dolor te ciega, que existe una gracia mayor.
El Pan que comeremos hoy en la Eucaristía no son unas migajas que se le hayan caído a Dios de la mesa de los hijos. Dios nos ha hecho hijos. Más que el pan de los hijos, comeremos al Hijo hecho pan. La curación de una enfermedad no es sino un aplazamiento de la muerte. La absolución sacramental y la santa unción son vida eterna.
¿No lo entiendes? Dios nos trata como a hijos, no como a extraños, y nos hace compartir la suerte del Hijo. Quien comulga no debe extrañarse de la Cruz.
Pediré que el enfermo se cure. Pero pediré, sobre todo, que se salve.
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