La Resurrección del Señor

Espiritualidad digital – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

Tres tratados de paz

Hablábamos ayer de cómo el tibio ha hecho las paces con el pecado. Pero muchas veces, al mismo tiempo está en guerra contra su hermano, contra su vida, contra Dios.

Vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda. Con el que te pone pleito procura arreglarte enseguida, mientras vais todavía de camino.

Cristo, el mismo Cristo que nos levanta en guerra contra el pecado, nos invita a firmar tratados de paz que pongan fin a guerras que jamás debimos entablar. Si quieres tener la paz de Cristo en el alma…

Reconcíliate con tus hermanos. Deja de juzgarlos y condenarlos, no te defiendas de ellos, ámalos como son, aunque te quiten la vida. Y, si te la quitan, dásela, que el Señor te la devolverá transfigurada.

Reconcíliate con tu historia y con tu vida. Aunque no te lo parezca, está bien hecha. La ha hecho Dios, contando también con tus pecados para sacar bienes de ellos.

Reconcíliate con Dios. Él no tiene la culpa de tus males. Eres tú quien debe pedirle perdón por tus traiciones.

Y, con esa santa paz, lucha la única guerra que te llevará al cielo: la guerra contra el pecado.

(TOP10J)

Encadenado con hilos de seda

¿Qué es lo contrario de un santo? La respuesta fácil es: «un pecador». Pero, aunque fácil, esa respuesta es falsa. Con excepción de la Virgen santísima, los santos son y han sido pecadores. Entonces, ¿qué es lo contrario de un santo?

Lo contrario de un santo es un tibio. Tibio es quien hace las paces con el pecado venial, o con las pequeñas faltas que atentan contra la delicadeza en el amor. «28 minutos ya son media hora, doy la oración por hecha». «Bah, no importa, son mentiras “piadosas”». «No es domingo, no es tan grave si llego tarde a misa». El santo es un pecador a quien le duelen sus pecados y lucha contra ellos. El tibio es un calculador que pacta con el pecado para evitar entregarse del todo. Muchas veces no son pecados mortales, sino pequeñas faltas de amor. Hilos de seda que lo encadenan al Demonio. Cuidado con ellos.

El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos. Odia a muerte el pecado venial, examínate cada noche y recomienza cada mañana. Así se alcanza la santidad.

(TOP10X)

Discretamente maravilloso

Dicen que el bien no hace ruido, y el ruido no hace bien. Lo creo, porque, mientras escribo, suelo tener tras la ventana a los empleados municipales con sus sopladoras a toda máquina, y un día pediré al Ayuntamiento que me pague el paracetamol. Sólo hay algo peor que las sopladoras: los audios de WhatsApp. Quienes los envían deberían ir a prisión.

Vuelvo a lo del ruido. Porque Jesús elige, para describir el papel de los cristianos en el mundo, dos imágenes muy discretas: Vosotros sois la sal de la tierra… Vosotros sois la luz del mundo.

¡Qué poco ruido hacen, generalmente, la sal y la luz! Permiten apreciar el sabor y la belleza, pero ellas pasan desapercibidas. Nunca dices: «¡Qué bien está de sal este solomillo!», o «¡Qué bien se ve este árbol!». Sin embargo, son la sal y la luz quienes te permiten disfrutarlos. Sólo te fijas en ellas cuando faltan… o cuando sobran.

Así es el cristiano: Apenas habla de sí mismo, no se da importancia. Pero, en torno a él, el ambiente se aclara y se hace agradable. Si pasas con él un tiempo, acabas sabiendo mucho de Cristo y poco de él. Sal y luz.

(TOP10M)

Quizá hay que empezar por el final

Llevamos veinte siglos junto a ellas, y nos sigue costando entenderlas; mucho más aceptarlas. Las bienaventuranzas son como un tesoro oculto tras un muro. Aunque te aseguran que está ahí, ves el muro y te sientes incapaz de escalarlo. Escuchas: Bienaventurados los pobres en el espíritu… Bienaventurados los que lloran… Bienaventurados los perseguidos… y el ánimo se te viene abajo. ¿Quién desea para esta vida pobreza, llanto o persecución? Por eso, la segunda parte, la descripción del tesoro, te encuentra desanimado y te sientes incapaz de alcanzarlo.

Como casi siempre, nos equivocamos.

Quizá hay que leer las bienaventuranzas de atrás hacia delante para entender que es tan grande la dicha prometida que vale la pena cualquier renuncia por recibirla. De ellos es el reino de los cielos… ellos serán consolados… serán llamados hijos de Dios. Heredar el reino, poseer la tierra, ser hijo de Dios, ser consolado y saciado, encontrar misericordia, ver a Dios. Y todo ello en esta vida, mientras pasas hambre, lloras o eres perseguido; y después, ya sin mezcla de tribulación, en el cielo. Entonces te enamoras, te precipitas hacia los bienes eternos y das con gusto por perdido todo lo terreno.

Las bienaventuranzas son para enamorados.

(TOP10L)

Los ojos, en la luz

Si miras al sol y lo ves oscuro, ¿dónde está la oscuridad? No en el sol, sino en tus ojos. Se te ha nublado la vista, te han cubierto las sombras y estás ciego.

Los escribas decían: «Tiene dentro a Belzebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios». Tienen delante al Sol, y sólo ven tinieblas. Tienen enfrente a Dios, y sólo ven demonios. Quizá se aficionaron a mirar demonios, y así se les llenaron los ojos de sombras.

No me gustan esos cristianos que ven demonios por todas partes. ¿Les duele la cabeza? ¡El Demonio! ¿Pierden el autobús? ¡El Demonio! ¿Les disgustan los políticos? ¡El Demonio! ¿Les cae mal una persona? ¡El Demonio! Andan detrás de exorcismos e imposiciones de manos, cuando deberían buscar aspirinas y un psicólogo sensato. De tanto mirar al Demonio, se les ha llenado el alma de tinieblas. Son cristianos tristes.

Ya sabemos que los demonios existen, y que tratarán de perturbarnos. Pero lo que más les gusta es captar nuestra atención. Es preciso sufrirlos y, santamente, ignorarlos. Los ojos del cristiano tienen que estar fijos en Cristo, la luz que enamora y ahuyenta las tinieblas del alma. Sonríe.

(TOB10)

La lengua materna

Inmaculado corazón de MaríaPor muchos idiomas que uno pueda haber aprendido a lo largo de su vida, la lengua materna es siempre la que nos permite expresarnos con naturalidad y de manera espontánea. Nosotros, que hemos nacido como hijos de Eva, desde que nacemos hablamos su idioma. No sabemos amar. Llamamos «amor» a egoísmos, lascivia, afán de control, posesiones, inseguridades y celos. No es sólo nuestra lengua. Merced al pecado original, son nuestros corazones los que están «formateados» así. Y no basta con aprender un lenguaje nuevo, ni con forzar el corazón para reprimir sus veleidades. La redención obrada por Cristo requiere un nuevo nacimiento, una nueva madre, una nueva lengua materna y un nuevo corazón.

Su madre conservaba todo esto en su corazón. Ese corazón inmaculado habla, desde el principio, la lengua de Dios, la del Espíritu que lo llena por completo. Sabe de amores grandes, limpios y hermosos, sabe y bebe del agua del costado de su Hijo.

Sea crucificado el hijo de Eva, y nazca de esas aguas el hijo de María. Nazcamos de nuevo de esa madre, alimentémonos a sus pechos, y aprendamos ese idioma, que ha de ser nuestra lengua materna. Así, cuando digamos «amor», hablaremos de Amor.

(ICM)

Mira cuánto te amé

Hace muchos años que no he vuelto a Sanxenxo. Pero recuerdo bien, al pie de las escaleras de la iglesia de san Ginés de Padriñán, ese crucero que tiene escrito en su base: «Caminante, detente y mira cuánto te amé». El caminante se detiene, mira a lo alto y encuentra al Crucificado entregado por él. Es maravilloso.

Muchos, que creen caminar hacia el cielo, apenas se detienen. Hablan con Dios mientras caminan, pero no hacen un alto para escucharle. Tampoco miran: se mueven, y sus ojos van de acá para allá sin posarse en nada que no sea la pantalla de un teléfono móvil. Y, claro, así jamás sabrán que son amados.

Uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua. «Caminante, detente y mira cuánto te amé». Levanta la vista, mira ese cuerpo que cuelga de la Cruz, mira cómo el agua y la sangre manan de su costado, acércate y bebe allí todo el Amor de tu Redentor.

«Amor con amor se paga», ya lo sé. Pero, antes de pagar, acoge el Amor de Cristo y gózate en él. Viendo cómo te ha amado, entenderás lo mucho que vales.

(SCJB)

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