Conforme avanza la Cuaresma, la Cruz se va perfilando en el horizonte. Cada viernes es anuncio del Viernes Santo.
Los labradores, al ver al hijo, se dijeron: «Este es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia».
Es el odio de los hombres el que habla. La Pasión de Cristo no es obra de Dios, sino del pecado. La muerte en Cruz del Hijo de Dios nunca debió suceder. Ayer llegué de una guerra, he estado en Jerusalén mientras caían las bombas, he visto el horror provocado por el odio. Y, conforme crujían las alertas en los teléfonos y gritaban las sirenas, conforme escuchábamos una explosión tras otra, me decía a mí mismo: Esto no debería estar pasando, Dios no creó al hombre para esto, esto es obra de Mal, no del Bien.
¿Cuál es, entonces, la obra de Dios que nos lleva a contemplar enamorados la Pasión de Cristo? La Redención. Mientras los hombres lo matábamos, Cristo se ofrecía, perdonaba y suplicaba al Padre por nosotros. Y así el odio se destilaba en Amor.
Sólo el sufrimiento del justo bajo las bombas puede hacer que el Mal se convierta en Bien y el odio en amor.
(TC02V)

















