Tú estás hecho migas, llorando tus penas en un banco del parque, porque te ha dejado la novia, se te ha roto la lavadora y te has manchado la camisa nueva con el café del desayuno. Y se te acerca un amigo, te da una palmadita en la espalda y te dice: «¡Ánimo!». Entonces levantas la cabeza y lo miras con la cara con que debió mirar Otelo a Desdémona antes de asfixiarla.
¿En serio sirve para algo, cuando estás hecho polvo, que alguien te diga: «¡Ánimo!»?
Para nada.
Salvo que te lo diga el Señor. El mismo Señor que llamó a la luz y la luz se hizo.
¡Ánimo, hijo!, tus pecados te son perdonados.
Y, a la vez que te dice «¡Ánimo!» y te anima, te dice «tus pecados están perdonados» y limpia tu alma de toda culpa.
Tu novia no va a volver; menos aún después de eso que le hiciste. La lavadora tendrás que cambiarla por una nueva, cosas de la obsolescencia programada. Y lo de la camisa se arreglará cuando tengas la lavadora nueva.
Pero ve al sacerdote, confiesa tus pecados, pasa un rato delante del sagrario y verás cómo afrontas todo con buen ánimo.
(TOP13J)

















