Libros de José Fernando Rey Ballesteros

Espiritualidad digital – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

La casa y la cueva

El que reza busca a Dios; el bandido busca su ganancia. En casa, el hombre descansa y recibe amor; en la cueva, el bandido se esconde y trama el mal.

Escrito está: «Mi casa será casa de oración»; pero vosotros la habéis hecho una «cueva de bandidos».

Entra en tu alma. ¿Qué encuentras? ¿Cuáles son tus pensamientos? ¿Hablas con Dios en tu interior, o estás sumido en un monólogo permanente? Las almas con vida interior no piensan, rezan; su pensamiento está formulado en segunda persona. En lugar de pensar: «iré a casa», oran: «vamos a casa, Señor». Por eso nunca están solas. Sin embargo, el «hombre pensante» cavila consigo mismo para decidir qué le conviene. Es como el bandido, busca su ganancia. Pero está solo.

¿Es tu alma hogar? ¿Hay alguien allí, esperándote, cuando entras? ¿Encuentras al Paráclito, y gozas del fuego que ha encendido en tu corazón? ¿Descansas con Él dentro de ti? Las almas con vida interior llevan su hogar dentro de ellos. Sin embargo, el bandido tiene el alma fría. Sus silencios no son descanso, sino engaño, cobardía y ocultación. Cuando entra en sí mismo, siempre se está escondiendo.

¿Qué tienes dentro: un templo, o una cueva?

(TOI33V)

Un «te quiero» llevado hasta el final

Una cosa es decir «te quiero», y otra distinta entregar la vida. El «te quiero» siempre es dulce; pero cumplir la promesa que encierra puede costar lágrimas.

Desde niña, la Virgen pronunció su «te quiero» a Dios. El Protoevangelio de Santiago nos la presenta, con tres años, subiendo las gradas del Templo y entregando a Yahweh cuerpo y alma. Fue una dulce consagración.

Años después, se presentará de nuevo en ese templo, y Simeón le anunciará la espada que atravesará su alma como precio de esa entrega. Quizá se acordó de él cuando, doce años más tarde, volviese a aquellas puertas con el corazón traspasado por la angustia de un Jesús perdido, a quien todavía pudo abrazar.

Los hermanos de Jesús quieren encerrarlo; dicen que está loco. Y toman a María como rehén, para hacerlo salir. Tu madre y tus hermanos están fuera, y quieren hablar contigo. Jesús no sale, y no habrá, esta vez, abrazo que consuele la angustia de la Madre.

Junto a la Cruz, culmina María el cumplimiento de la promesa de aquel primer «te quiero», mientras su Hijo culmina su misión.

¡Bendita Madre nuestra, que así nos has enseñado a llevar el amor hasta el final!

(2111)

Gente de negocios

La gente de negocios sabe que el dinero es como la semilla que se echa en el campo: no germina, ni da fruto, salvo que le entregues tu vida. Si el labrador se deja la piel arando, sembrando y recogiendo, el hombre de negocios se deja el tiempo en viajes, comidas, tratos y visitas hasta que el dinero fructifica. En ocasiones, por lograr más dinero, abandona sus aficiones, sus amistades, e incluso su familia. No es un ejemplo a imitar, desde luego, salvo que lo traslademos a negocios más nobles que el del dinero.

Negociad mientras vuelvo.

Nuestro negocio son las almas. Y no significa que mercadeemos con seres humanos, creados a imagen y semejanza de Dios. Significa lo que significa la palabra: «nec-otio», es decir, que no nos concedemos descanso a la hora de ganar almas para Cristo. Como esos hombres que entregan todo para ganar dinero, nosotros debemos estar dispuestos a entregar cuanto tenemos para ganar almas; y dejarnos el tiempo en tratar a amigos, a compañeros de trabajo, a vecinos, a familiares… hasta lograr que a todos llegue el amor de Dios. Muchos, siguiendo la llamada del Señor, abandonan padre y madre para ganar almas.

¡Bendito negocio!

(TOI33X)

No te quedes mirando

Mirar a Jesús es la forma de enamorarse de Él. Los grandes amores comienzan siempre con un flechazo. Ojalá seas muy contemplativo en tu oración, y te deleites recreando los pasajes evangélicos como si estuvieras allí, junto al Señor.

Pero recuerda que la oración contemplativa, si es auténtica, nunca se queda en la mirada. Zaqueo se subió a un sicomoro para ver a Jesús. Y, desde luego, lo vio. No sólo lo vio; también Jesús lo vio a él. Y, en ese cruce de miradas, surgió el amor.

De nada hubiera servido aquel flechazo, si Jesús y Zaqueo se hubieran quedado mirándose. Era necesario un paso más: Zaqueo, date prisa y baja, porque es necesario que hoy me quede en tu casa. Y, al recibir al Señor, Zaqueo fue salvado.

Te emocionas mientras rezas; te he visto llorar. Y dices estar locamente enamorado de Jesús… Pero, hasta que no lo recibas en tu vida, hasta que no llenes tu corazón con su paciencia, con su mansedumbre, con su amor por los enemigos, con su perdón incondicional de todas las ofensas, y con su obediencia a la voluntad del Padre, no estarás salvado. Ya has mirado a Jesús. Ahora, déjalo entrar.

(TOI33M)

Respetos humanos

BartimeoEso que llamamos «respetos humanos» es el disfraz de la cobardía. Por culpa de los respetos humanos, muchos enfermos quedan sin sanar, y a muchos ignorantes se les priva del anuncio del reino de Dios.

Bartimeo sabía que era ciego y pobre, y lo que más le importaba era su propia curación. Por eso gritaba, con todas sus fuerzas: ¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!

Los que iban delante le regañaban para que se callara. Pero Bartimeo no conocía los respetos humanos. Si, para lograr su curación, tenía que quedar mal con todo el mundo, le daba igual. Si a los demás les molestaba que rezase a gritos, también le daba igual. Si le tomaban por loco, entonces que sumasen loco a ciego y a pobre.

Es sorprendente cómo, para Bartimeo, parecen existir tan sólo dos personas en el mundo: él mismo, y Jesús. En medio de la multitud, logra quedarse a solas con él, como deberíamos quedarnos nosotros mientras caminamos por las calles o compramos en el supermercado.

Ojalá, a la hora de amar a Dios, y de anunciarlo, tengas en nada los respetos humanos. Al fin y al cabo –créeme– todo queda entre Jesús y tú.

(TOI33L)