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Espiritualidad digital – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

Primero el alma. El matrimonio, después

matrimonio cristiano¿Qué haremos, cuando unas palabras pronunciadas por el Hijo de Dios vivo son incumplidas por multitud de bautizados?

Si uno repudia a su mujer y se casa con otra, comete adulterio.

Querer alterar el significado de esas palabras, alegando que son muchos los bautizados que se divorcian y contraen matrimonio civil con otra persona, sería negar la divinidad de Cristo, o –peor aún– situarnos por encima de Él. Y convertir el adulterio en un pecado venial o un accidente ocasionado por la inexperiencia equivaldría a negar la Biblia entera, donde el adulterio es uno de los tres grandes pecados.

La solución no consiste en enmendarle a Dios la plana, sino en convertirnos. Es necesario que los esposos viváis en gracia, que ancléis vuestras vidas a la Cruz, y que sea la Cruz, fuente del Amor vivo, la que os mantenga unidos. Detrás de cada conflicto matrimonial, hay un conflicto espiritual… o dos. Si las almas están bien, el matrimonio –con alegrías y sufrimientos– estará bien. Pero si las almas están mal… No culpéis a Dios de eso. Más bien, cuidad vuestras almas –cada uno la suya–, y vuestro matrimonio será tan sólido como el Amor que os mantiene unidos.

(TOP07V)

El que vive vuelto hacia Dios

Cuando Jesús, antes de padecer, consagró por primera vez el pan y el vino, dijo, mientras entregaba el cáliz a los apóstoles: Esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos. Mira que no dijo «para muchos», sino por muchos. Esa sangre estaba ofrecida a Dios por la redención del hombre.

Cada vez que un sacerdote celebra la Eucaristía, consagra Jesús el pan y el vino. Es Él quien consagra, no el pecador que recibió la unción de manos del Obispo. La carne de ese pecador, junto a su alma, han sido expropiadas e invadidas por Cristo. Y están ofrecidas junto al Pan y Vino consagrados.

El sacerdote es aquél que vive vuelto hacia Dios. Está ofrecido y entregado a Él por ti; es otro Cristo. No te pertenece; le pertenece sólo a Dios. Su celibato es ofrenda que arranca desde el corazón y abarca hasta la última de sus células. Por eso, se deja comer por ti cuando acudes a él buscando el perdón de tus pecados, el Pan de vida, la efusión del Espíritu, o la luz que necesitas en tu camino. Pero recuerda que ese hombre es de Dios. Cómelo con gratitud, como comulgas.

(XTOSESB)

Todo lo que escapa a tu control

Es toda una paradoja, y debería hacernos pensar: Quienes apenas podemos controlar nada, queremos controlarlo todo, mientras Aquél que tiene poder sobre todo parece no querer controlar nada.

– Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre y se lo hemos querido impedir. – No se lo impidáis

En este caso, aún podría decirse que quien en nombre de Jesús expulsaba demonios nada malo hacía. Pero el Señor que lo permite es el mismo dueño del campo que, ante el afán controlador de los labradores, permitió que la cizaña creciera junto al trigo. Y, por si fuera poco, es el mismo Señor que permitió a los hombres escupirle, flagelarlo y crucificarlo.

El misterio de esa «permisividad» divina alcanza límites insospechados cuando, finalmente, nos percatamos de que la Historia es suya, y nada escapa a sus designios. Mientras nosotros, con nuestro afán de control, vemos cómo todo se nos escapa de las manos, Él, con su permisividad, ha tomado en sus manos la Historia.

Deberíamos tener más paz, y dejar de jugar a ser dioses. Lo que a nosotros se nos escapa, cae en sus manos. ¿Por qué no dormimos en esas manos también nosotros, y decimos: «Hágase tu voluntad»?

(TOP07X)

Los últimos entre los hombres

En el Sermón de la Montaña, Jesús había dicho: No hagáis frente al que os agravia (Mt 5, 38). Son palabras hermosas, pero durísimas. ¿Acaso podemos adoptar una actitud pasiva cuando alguien nos afrenta una y otra vez?

Ni podemos, ni debemos. Porque una actitud pasiva ante el agravio es la misma que adopta un balón de fútbol ante las patadas: se deja golpear, y punto. Lo que el Señor nos pide en el Monte es, aún, más duro: quiere que, ante las afrentas del prójimo, adoptemos una actitud receptiva; esto es, que, además de padecerlas, las acojamos en el corazón, y allí, al ofrecerlas a Dios, convirtamos en amor una fuerza que venía marcada por el odio.

El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres y lo matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará. Él va por delante. Ante los agravios de los hombres, se entrega mansamente en sus manos, y, con la ofrenda amorosa de su vida, convierte el pecado en redención.

Mira al crucifijo, y entenderás. Nuestra fe no nos sitúa por encima de los demás. Al contrario, nos convierte en los últimos entre los hombres. Así somos corredentores.

(TOP07M)

Se hartó, y nos amó

Tenía Dios que hacerse hombre para poder estar harto de nosotros. No te asuste lo que escribo, porque es bueno. También tenía que hacerse hombre para poder llorar ante Jerusalén, donde todos morábamos. Ese hartazgo, y esas lágrimas de Dios, nos han salvado.

¡Generación incrédula! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo os tendré que soportar? El mismo Dios que profiere estas palabras de cansancio es Aquél que dijo: Mis delicias son estar con los hijos de los hombres (Pr 8, 31). Se cansa, pero obra el milagro y expulsa al demonio. Nos sufre, pero se queda junto a nosotros. Padece soledad en los sagrarios, pero permanece allí encerrado. Sufre nuestros pecados, pero nos ama tanto que ofrece sus lágrimas, y baña en ellas su Pasión como sacrificio redentor…

Somos nosotros quienes, cuando alguien nos cansa, le damos la espalda. No es pecado cansarse, ni tampoco lo es el decir, con enorme cariño: ¿Hasta cuándo os tendré que soportar? Miles de madres lo repiten todos los días. El pecado es retirarse, y añadir: «¡Ahí os quedáis!». Esas palabras no las encontrarás en la boca el Señor.

También hay mucho amor en sufrir al ser querido… Si no nos retiramos.

(TOP07L)