Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

Espiritualidad digital – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

El miedo a la verdad

El peor de los males del Occidente de nuestros días no es el ateísmo. Hay una enfermedad peor, que es la culpable tanto del ateísmo como de la corrupción: la falta de interés por la verdad. La verdad ha dejado de importar. Ahora importa el relato, la narrativa que se adapte a nuestros intereses y caprichos, los verdaderos ídolos de nuestro tiempo. En España tuvimos un presidente del Gobierno que le dio la vuelta al Evangelio diciendo: «La libertad os hará verdaderos». Se quedó tan ancho.

«El bautismo de Juan ¿era del cielo o de los hombres? Contestadme». Se pusieron a deliberar: «Si decimos que es del cielo, dirá: “¿Y por qué no le habéis creído?” ¿Pero cómo vamos a decir que es de los hombres?» (Temían a la gente, porque todo el mundo estaba convencido de que Juan era un profeta). Y respondieron a Jesús: «No sabemos».

A aquellos escribas no les importaba la verdad. Buscaban una respuesta basada en su conveniencia, y pensando en su conveniencia decidieron no responder. Agnósticos, claro.

Te copio la frase que san Josemaría escribió en el punto 34 de «Camino»: «No tengas miedo a la verdad, aunque la verdad te acarree la muerte».

(TOP08S)

Un día perdido; un día ganado

Todo sucede en un día, porque la vida es tan breve como el día. Nacemos al amanecer, y morimos al caer la tarde. Después se hace de noche y nadie sabe.

Vio de lejos una higuera con hojas, y se acercó para ver si encontraba algo; al llegar no encontró más que hojas, porque no era tiempo de higos. Por la mañana, cuando apenas has despertado a la vida, se te acerca el Hijo del hombre y te pide frutos de santidad, de almas, de vida espiritual… Todo lo que te pide es inasequible a tu pobre naturaleza de hombre pecador. ¿Cómo voy a ser yo santo, si no dejo de caer siempre en las mismas faltas? ¿Cómo podré yo atraer almas a Cristo, si no sé qué decirles? ¿Cómo podré tener vida espiritual, si soy tan carnal?

Nunca jamás coma nadie frutos de ti.

Si le niegas al Señor lo que te pide, cuando caiga la tarde estarás seco.

Pero si, en lugar de eso, te arrodillas y le pides que ponga en tus ramas esos frutos que Él te pide, al caer la tarde aquella higuera será el árbol de la Cruz y llenará de fruto la tierra.

(TP08V)

Un hombre envuelto en debilidades

Confiando en que su eminencia, mi querido obispo, no esté leyendo estas líneas, haré una confesión comprometida. Confieso que, en algunas ocasiones, durante alguna celebración en la catedral de mi diócesis, me he quedado dormido durante la homilía. No me deja bien esto. Y no es culpa de su eminencia. Es que llego cansado y, como me recojo en oración profunda, experimento una especie de suspensión sensorial. Incluso sueño y todo. Sueños santos. Pero sólo en la homilía. Jamás me he dormido en la Plegaria.

¿No habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu está pronto, pero la carne es débil. El Señor ha elegido, para perpetuar su sacerdocio, a hombres débiles, de carne, capaces de caer dormidos cuando más necesario sería que estuvieran en vela.

No esperes, del sacerdote, una perfección que tú tampoco tienes. Espera de él que esté muy unido a Jesucristo por un amor fuerte, tierno y fervoroso. Porque, a pesar de su debilidad, el Señor podrá servirse de ese amor para derramar en ti su gracia a través de él.

Respecto a su flaqueza… Pide por él, que también él quisiera estar a la altura.

(XTOSESA)

Siete y media

Es como jugar a las siete y media, según Don Mendo: «O te pasas, o no llegas. El no llegar da dolor, pues indica que mal tasas y eres del otro deudor. Más ay de ti si te pasas, si te pasas es peor».

Al pedir, no llegaron. Y al responder, se pasaron.

Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda. Se quedaron cortos. Se puede pedir más. Luego diré.

«¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber, o bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?» Contestaron: «Podemos». Se pasaron. Ay de ti, si te pasas. Yo me hubiera plantado: «¡No puedo!». Aunque juego con ventaja; sé cuáles son las siguientes cartas del mazo. Sé cuál es ese cáliz, y cuál ese bautismo con que Cristo sería bautizado en la Cruz. Por eso hubiera dicho: «No puedo. Pero por nada de este mundo quisiera separarme de Ti. Llévame contigo a donde vayas».

Y, tras esa petición, hubiera ido un poco más lejos que aquellos dos hermanos. Ni a la derecha, ni a la izquierda. Quiero, como san Pablo, estar clavado contigo a tu misma cruz.

Siete y media. Premio.

(TOP08X)

Dos cosas que Pedro no sabía

A Simón Pedro le han llegado al alma las palabras de Jesús, según las cuales le es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el reino de los cielos.

Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.

En otras palabras, quiere seguridades: «Nosotros somos pobres, lo hemos dejado todo por Ti. ¿Podremos nosotros entrar en el reino de los cielos?»

Quizá no era consciente de que ya había entrado en ese reino. Vivir junto a Jesús es vivir en el cielo, como vivir sin Él es sufrir el infierno. Me comentaba una persona que se había sorprendido al ser consciente de que Jesús estaba a su lado, viendo con ella una serie de TV. Eso es estar viendo la televisión desde el cielo.

Y tampoco era consciente Simón de que, durante esta vida, jamás debes decir: «¡Ya está!». Nunca está. Hoy lo has dejado todo. Mañana querrás recuperarlo y negarás tres veces a Jesús. Y sólo con lágrimas podrás salir de ese infierno.

Hasta que no hayas entregado al Señor todos los días que te restan de vida, no te atrevas a decir: «¡Ya está!»

(TOP08M)

Nacida junto a un árbol y a una fuente

Jamás cometáis el error de comparar a la Iglesia con cualquier institución humana. Si la Iglesia fuera solamente una institución humana, como cualquier ONG o una de las muchas fundaciones benéficas modernas, la Iglesia habría desaparecido hace mucho tiempo. ¿Qué institución humana podría resistir la caída de imperios y la persecución hasta la muerte de sus miembros?

La Iglesia está viva. Las instituciones humanas nacen en los despachos. Los niños nacen de un hombre y una mujer.

Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego, dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre».

Junto a un árbol y a una fuente nació la Iglesia. Y nació de un hombre –Jesús– y una mujer –María–. Allí aprendió a decir «Abbá» y a decir «Mamá». Como cualquier niño, nació llorando y envuelta en sangre. Y, como cualquier niño, fue amamantada en los pechos de su madre, la Virgen, junto a quien se agruparon los apóstoles para recibir al Espíritu en Pentecostés.

Ahora es ella la que amamanta a sus hijos en los sacramentos. Pero no olvida, ni olvidará jamás, quién es su madre.

(MMI)

¡Me has robado!

Antes de que Cristo nos revelara al Espíritu Santo como tercera persona de la santísima Trinidad, el Antiguo Testamento hablaba, en numerosas ocasiones, del «Ruah Yahweh». Es una expresión ambigua. Puede significar «el aliento de Dios», «el soplo de Dios», «el viento de Dios»… «¡El beso de Dios!» (Ct 1, 2). Todo lleva a lo mismo: aire manado de la boca de Dios.

Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo». Cuando dos enamorados se besan, se hacen entrega de lo más íntimo de su ser: su propio aliento, emanado de sus entrañas. Pero ahí queda todo.

¿Cómo sopla un resucitado que respira cielo? Su Aliento es su Espíritu, es el «Ruah Yahweh». Y, cuando me besa, ese Espíritu, si lo recibo con docilidad, se apodera de mí y me convierte en Él. Y por eso, convertido en Él, llamo a su Padre «Abbá», un derecho que sólo tiene el Unigénito de Dios.

No soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí (Gál 2, 20). Debo dejar que ese beso, ese Aliento inunde mi corazón, mis pensamientos, mis palabras y hasta los miembros de mi cuerpo, que deben ser suyos.

¡Te pertenezco!

(PENTA)

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