Morirse es un asco. Además, no apetece nada. Se mueren las moscas, los perros, los gatos y se mueren, también, los hombres. Te puedes morir de un infarto, o te puede atropellar el camión de la basura al salir de casa. Es muy humillante.
A Jesús le cuentan la muerte de unos galileos asesinados por Pilato, y Él añade otro recuerdo: el de aquellos dieciocho sobre los que cayó la torre en Siloé y los mató. Ya sea por un motivo o por otro –continúa diciendo– si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera. Es decir, moriréis.
Mira ahora, con los ojos bien abiertos, al Crucifijo. Ese hombre no murió. Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu (Lc 23, 46). Ese hombre entregó la vida. Es distinto, muy distinto. Morirse, para un hombre, es un fracaso. Entregar la vida a Dios es algo maravilloso, un acto de una dignidad suprema. Quien se muere se vuelca en la muerte, y la muerte no paga sus deudas. Quien entrega su vida a Dios la recupera glorificada.
Si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera. Conviértete. No te mueras. Entrega, con Cristo, tu vida a Dios. Y vivirás eternamente.
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