Si el templo fuera un supermercado, habría que decir que algunos salen de misa con el carro lleno hasta arriba. Espíritu Santo, consuelos divinos, Pan eucarístico, caridad de los hermanos, paz, alegría… Menos mal que nada de eso pesa. No podrían con tanto. Otros salen con una bolsa medio llena. Otros llevan su pequeña «compra» en la mano. Y otros salen como entraron. Depende de las disposiciones que llevase cada uno. Quien se preparó bien para la Eucaristía llevaba un carro, o varios. Quien llegó justito a Misa y se marchó corriendo, una bolsa. Quien pasó la Misa mirando el reloj… Ésa es la diferencia entre el templo y el supermercado. La bolsa, o el carro, tienes que traerlo de casa. Y lo que lleves, bolsa, carro o bolsillo, te lo llenarán.
Hay otra diferencia: el ticket. No hay. Puedes dejar una limosna en el cestillo, pero no hay ticket. Cuanto recibes es gratis.
Lo extraño es que no haya colas para entrar. Porque muchos no saben que allí se reciben gratis tesoros que el dinero jamás podría comprar. Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos. Hacédselo saber a los hombres.
Gratis habéis recibido, dad gratis.
(TOA11)

















