Evangelio 2022

Espiritualidad digital – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

Espíritu de conquista

Durante los tiempos de la transición española, dos mujeres de la nobleza visitaron en el locutorio a una comunidad de carmelitas descalzas. Las monjas dijeron que cada día rezaban por el líder del Partido Comunista, y las mujeres se escandalizaron: «O sea que, después de tener que soportar a ese señor en la tierra, quieren ustedes que lo soportemos también en el cielo».

Nada nuevo. También Santiago y Juan quisieron librarse de los samaritanos que se negaban a acoger al Señor por el procedimiento expeditivo de acabar con ellos: Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo que acabe con ellos? Jesús se volvió y los regañó. No. No es ése nuestro estilo. Nosotros no nos defendemos de quienes nos atacan. Preferimos conquistarlos. Qué sabias son las carmelitas.

¿Cuánto rezas por los políticos que rechazan a la Iglesia? ¿Y por los periodistas que la desacreditan con noticias tendenciosas? ¿Y por los que se ríen de ti cuando saben que vas a misa? ¿Cuántos sacrificios y mortificaciones ofreces por ellos? ¿Piensas alguna vez en lo mucho que los ama el Señor? ¿O los has dado por imposibles, y preferirías que ardiesen en el infierno? Son muchas preguntas, ya sé, pero…

(TOC13)

La que vive hacia dentro

Por dos veces, con palabras distintas, nos dice san Lucas en su evangelio que la Virgen conservaba todo esto en su corazón.

Poco antes ha escrito: María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón (Lc 2, 19). En ambas ocasiones, el evangelista nos quiere mostrar a una mujer que lleva su mundo dentro del pecho. Si alguien quiere tener verdadera vida interior, debe fijarse, necesariamente, en la Virgen. Ella no mendiga consuelos de las criaturas, no busca la aprobación de los hombres, no desea ser vista ni ensalzada –aunque sabe que todas las generaciones la felicitarán–. No suspira por los bienes, ni los placeres, ni los gozos de este mundo, porque su mundo lo lleva dentro, en ese corazón inmaculado donde atesora el misterio de Dios.

Por eso es mujer callada. Porque vive en conversación constante, pero esa conversación fluye en su interior. Y, también por eso, aunque habla poco, cuando habla sus palabras huelen a Espíritu Santo.

Venera ese inmaculado corazón de tu madre del cielo. Y, a ejemplo suyo, abre a Dios el tuyo mientras cierras tus labios a palabras ociosas. Si eres hijo de la Virgen, que se note. Ten vida interior.

(ICM)

Tu Amigo

amigoNunca digas que Dios te lo pone difícil. Nunca digas que Dios te envía una cruz. Nunca digas que «Dios aprieta», aunque no ahogue. Nunca pienses que tú no te salvarás.

A causa de nuestros pecados, la vida se ha vuelto difícil. A causa de nuestros pecados, la vida se ha llenado de cruces. A causa de nuestros pecados, la muerte puede llegar a apretarnos, e incluso a ahogarnos. A causa de nuestros pecados, no podemos salvarnos sin ayuda del cielo.

¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas y pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros. Éste es Dios: El que te ama, el que ha encerrado su infinito Amor en un corazón de carne, como el tuyo. Y ese corazón sacratísimo está empeñado en salvarte a toda costa. A costa, incluso, de su propia vida.

Dios es quien vuelve dulce lo difícil; quien se clava contigo en tu cruz; quien te libera del ahogo de la muerte; quien te salva.

Déjate rescatar; que Dios no es tu enemigo, sino tu único y fiel Amigo.

(SCJC)

De flechas y peonzas

Los niños ya no juegan con peonzas. Qué pena. Pero las peonzas no han desaparecido. Hay vidas que son como peonzas. Todo su misterio consiste en dar vueltas y vueltas sobre sí mismos: «Me duele aquí, me tratan mal, quiero esto, me molesta aquello…». Incluso, cuando rezan, siguen girando y girando hasta casi marear al buen Dios: «Concédeme esto, perdóname aquello, gracias por escucharme…». No es que esté mal esa oración; es muy necesaria. Pero si esa es toda su oración, la peonza no para de girar.

También hay vidas, como la de Juan Bautista, que son flechas; flechas disparadas por Dios hacia un blanco, que cortan el aire y no tienen más anhelo que alcanzar su meta.

Se va a llamar Juan. Demasiado tarde para ponerle nombre; la flecha ya había salido, y el propio Dios, al dispararla, la había nombrado. El mismo vientre materno se le volvía cárcel cuando, presintiendo al Cordero en el seno de María, saltaba en su interior deseando alcanzarlo. Juan es el modelo de quienes comienzan a existir con una misión asignada, y no se detienen hasta que la cumplen.

Realmente, Dios no creó peonzas, sino flechas. Pero hay flechas que se creen peonzas.

(2406)

Somos lo que comemos

Ludwig Feuerbach no fue, precisamente, un filósofo cristiano. Al revés, él pensaba que Dios sólo era una proyección de todas las perfecciones anheladas por el hombre. Y, sin embargo, al igual que Caifás o la burra de Balaam, blasfemando profetizó. «Si se quiere mejorar al pueblo, en vez de discursos contra los pecados denle mejores alimentos. El hombre es lo que come».

Pues es verdad. Somos lo que comemos. Así, todo árbol sano da frutos buenos; pero el árbol dañado da frutos malos. Del árbol bueno, el de la Cruz, está escrito: «Jamás el bosque dio mejor tributo en hoja, en flor y en fruto». Porque el fruto del árbol de la Cruz es Cristo.

Hagamos caso al filósofo ateo: Dejémonos de discursos morales y démosle al hombre «mejores alimentos». Animemos a las almas a confesar y a participar de la Eucaristía, a devorar el fruto del árbol bueno. Somos lo que comemos. Quien comulga dignamente y con frecuencia, quien devora con amor ese fruto, acaba siendo él mismo devorado por tan divino alimento, y acaba convertido en otro Cristo. Luego, unido ya tan dulcemente al árbol de la Cruz, él mismo dará fruto bueno en su vida: será santo.

(TOP12X)

Sé empático

Ahora lo llaman «empatía». Pero toda la vida de Dios se ha llamado la «regla de oro» del Evangelio:

Todo lo que deseáis que los demás hagan con vosotros, hacedlo vosotros con ellos.

Está bien lo de la empatía. Es el arte de meterse en la piel del prójimo. Los americanos dicen «calzarse los zapatos del otro», pero a mí me gusta más lo de la piel. No pensamos ni sentimos con los pies, sino con la cabeza y el corazón. Y todo eso está bajo la piel.

Un ejemplo: Un compañero de trabajo te ha tratado mal, o ha hablado mal de ti. Tu primera reacción es hacérselo pagar: negarle el saludo, increparle, lo que sea. Pero espera un poco y sé empático. Entra en su piel. ¿Conoces sus sufrimientos? Porque lo normal es que la gente feliz desprenda alegría. Cuando alguien desprende amargura, te está dando lo que tiene dentro. Cuando tú sufres, también haces sufrir a los demás. Y, dime, ¿te gusta que te paguen con la misma moneda? ¿No agradecerías que te soportasen un poco y, a pesar de todo, te dieran cariño? En ese caso, sé empático, o, mejor sé cristiano. Hacedlo vosotros con ellos.

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Hazme la autocrítica, cariño

En los círculos marxistas de los años 70 era expresión común: «Espera, camarada, que voy a hacerte la autocrítica». Afortunadamente, no hace falta estar afiliado al partido para encontrar a alguien que, de manera gratuita, te haga la autocrítica. Creo que incluso tienes a unos cuantos que lo están deseando.

¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? Respuesta: Porque la viga en mi ojo está demasiado cerca, no puedo percibirla. Me he acostumbrado a verlo todo negro…

Está claro. Necesitas que te hagan la autocrítica. Ve a tu mujer, o a tu marido, y dile: «Cariño, voy a confesarme esta tarde. Dime mis pecados». Ahora es cuando «Cariño» canta esa cursilada de «Cuánto he esperado este momento». Tú te relajas, te agarras a los brazos del sillón, y escuchas. Puede que te sientas como si te dieran en la cabeza con tu propia viga, pero apunta todo lo que escuches. Y, después, ve al confesor a que te quite la viga del ojo con una bendita absolución. Ya verás lo bonito que se ve el mundo cuando se tiene la vista despejada.

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