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Espiritualidad digital – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

Para quienes se distraen en la consagración

Algunas personas se atormentan porque en la Misa, durante la consagración, les asaltan todo tipo de pensamientos. Una mujer se me quejaba de que, en ese momento, se ponía a pensar en comida. Decía un sacerdote mientras intentaba recordar algo que no acababa de venirle a la cabeza: «Bueno, ya me lo recordará el demonio durante la consagración».

¡Y qué más da! Con lo breve que es ese momento, si lo pasas despejando balones fuera como un portero de fútbol no lo aprovecharás. Te daré un consejo que a mí me hace bien: Deja suelto al pensamiento como a un perrito al que desatas la correa. Y tú márchate de allí y pon el alma en los ojos.

El pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo.

Mientras el pensamiento se entretiene con bocadillos, detalles olvidados y bagatelas varias, tú abre bien los ojos y deposita tu atención en la Hostia que eleva el sacerdote. Mira el cielo abierto, mira a los ángeles adorando a Jesús Eucaristía, mira al Espíritu cubriendo el altar… y goza, y adora.

Que no siempre tiene el alma que estar en la cabeza. Aprende a llevarla a la mirada.

(TP03M)

¿Por qué trabajas?

Llegar cansado a la cama por la noche es una bendición. Y no sólo porque te duermes enseguida, sino por lo que eso significa: que te has fatigado, que has entregado la vida.

Pero no basta.

¿Por qué te has cansado, por qué has trabajado? ¿Qué te ha movido a desgastarte? Si te has fatigado sólo para ganar dinero, o para sacar adelante tus planes, deberías preguntarte si realmente ha valido la pena.

Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre.

Si el Señor te invita a trabajar por el alimento que perdura para la vida eterna es porque la santa Misa es lo más grande de tu vida, y debe convertirse en el centro de la jornada. Trabajas por el alimento que perdura cuando depositas en la patena de la Eucaristía toda tu actividad del día, la unes al sacrificio del Calvario y la presentas a Dios. Y cuando todos los gozos del día los conviertes en acción de gracias por haber comulgado. Así tu vida entera se convierte en prolongación de la Eucaristía, y tu muerte no será sino su consumación.

(TP03L)

Cenizos

¿Tú has conocido a algún cenizo? Seguro que sí. Son los amigos de la botella medio vacía; los mismos a quienes temes preguntarles: «¿cómo estás?», porque igual van y te lo cuentan. Si no has conocido a ningún cenizo, eso quiere decir que el cenizo eres tú. Háztelo mirar.

Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Todo mal. Todo fatal. Les han anunciado las mujeres que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo, y no creen. Tienen a su lado a un resucitado, y siguen lamiéndose las heridas. ¡Cenizos!

A los cenizos hay que aconsejarles que vayan a Misa, pero no para contarle a Jesús lo mal que les va todo, sino para escucharlo y para abrir los ojos en la consagración.

Tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Y se dijeron el uno al otro: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escri­turas?»

Sólo una misa bien vivida puede convertir a un cenizo en apóstol.

(TPA03)

Ese Jesús que camina sobre el agua

Ese Jesús que camina sobre el agua es el anuncio más claro del Jesús resucitado que sale al encuentro de los suyos.

Era ya noche cerrada, y todavía Jesús no los había alcanzado; soplaba un viento fuerte, y el lago se iba encrespando.

Yo he sido alcanzado por Cristo (Flp 3, 12), dirá san Pablo. Es Él quien te quiere alcanzar. Y, si no corrieras tanto, ya lo habría hecho. Si te detuvieras cada día unos minutos y en silencio te recogieras en oración, no tendrías al pobre Jesús con la lengua fuera intentando darte alcance. Pero esa noche cerrada en la que vives y ese viento de muerte que te azota te asustan. ¿Te tendrá que poner el Señor la zancadilla, como al Apóstol, y tirarte del caballo? Pero eso duele. Mejor que te detengas tú.

«Soy yo, no temáis». «Soy yo, no es preciso que te diga mi nombre, deberías conocer mi voz. Sobran las presentaciones».

Querían recogerlo a bordo, pero la barca tocó tierra enseguida. Ahora eres tú quien quieres alcanzarlo. Y se te irá la vida en un vuelo al perseguirlo. Cuando, al final, lo alcances, estarás en la orilla. Entonces comerás y beberás con Él.

(TP02S)

Tuyo es el reino

Mucho se disgustó Dios cuando Israel, en tiempos del profeta Samuel, pidió tener un rey, como los demás pueblos. Hasta entonces, Dios había sido su rey. No es a ti a quien rechazan, sino a mí (1Sam 8, 7), dijo Yahweh a Samuel. Desde Saúl hasta Herodes, la historia de los reyes de Israel es una sucesión de deslealtades.

La gente entonces, al ver el signo que había hecho, decía: «Este es verdaderamente el Profeta que va a venir al mundo». Jesús, sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiró otra vez a la montaña él solo. Ya ni siquiera piden que Dios les nombre un rey. Quieren nombrarlo ellos mismos, para tenerlo en su poder. Jesús había llenado sus vientres, los había saciado de pan. ¿Qué más querían? Por desgracia, nada más. El vientre satisfecho y los bolsillos llenos. La modernidad no ha inventado nada.

Pero Jesús sube al monte. Y reinará desde el monte, desde el Calvario. Y no llenará los vientres, sino las almas. Y será despreciado por los grandes de este mundo, que también quisieran un rey a su servicio. Pero ellos morirán, mientras quienes se sometan al reinado de Cristo tendrán vida eterna.

(TP02V)

Dios no hace esas cosas

Se habla mucho en la Biblia de la ira de Dios. Y no sólo, como creen algunos, en el Antiguo Testamento; también en el Nuevo:

El que cree en el Hijo posee la vida eterna; el que no crea al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios pesa sobre él.

Mucha gente se vuelve tonta con esto. No les cuadra, no acaban de imaginarse a Dios airado. Yo tampoco lo imagino. Al menos, como nos airamos nosotros. No creo que Dios enrojezca, que le salga humo hasta por las orejas y te envíe un rayo para chamuscarte la rabadilla. Dios no hace esas cosas.

Pero peor aún es ignorar estas menciones y decidir pasar a otra cosa. ¿Qué es la ira de Dios?

Supón que, en un día soleado, decides encerrarte en el sótano y sumergirte en las sombras. ¿Dirás que se ha enfurecido el sol contigo y te niega su luz? Has sido tú quien se ha sepultado en tinieblas. El sol lo permite, no irrumpe a la fuerza en tu sótano. Pues la sombra es la ira de la luz. Y esa terquedad tuya por sepultarte en la muerte es la ira de Dios.

(TP02J)

El mundo eres tú

El mundo eres tú. No vayas a creer que Dios lanza un «te quiero» ante la bola del mundo y a ti te cae encima la milésima parte de una gota. Es cierto que la milésima parte de una gota del Amor de Dios bastaría para saciar de gozo mil vidas, pero la realidad es aún mejor. El mundo eres tú.

Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Quita «el mundo» y pon tu nombre. Tanto te quiere Dios a ti…

Cuando comulgues, escucha al Padre diciéndote: «Mira cuánto te quiero, ahí tienes a mi Hijo». Cuando mires un crucifijo, escucha al Padre diciéndote: «Mira cuánto te quiero, ahí tienes a mi Hijo». Cuando estés ante un sagrario, escucha al Padre diciéndote: «Mira cuánto te quiero, ahí tienes a mi Hijo». Cuando te recojas en lo profundo de tu alma y encuentres al Huésped que allí habita, escucha al Padre diciéndote: «Mira cuánto te quiero, ahí tienes al Espíritu de mi Hijo».

No tienes otra cosa que hacer, créeme. Escucha esa declaración de Amor venida de Dios. Porque el mundo eres tú.

(TP02X)

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