Han sido tres días como tres siglos. Hemos oído rugir a las tinieblas, hemos visto morir de Amor a Dios. Pero si todo hubiese quedado ahí, si el telón hubiera caído cuando se terminó de sellar el sepulcro, estos días habrían sido un ejercicio de melancolía, y nosotros seríamos unos nostálgicos, unos románticos sin esperanza. Discípulos de un cadáver. Lo cierto es que, entonces, el telón cayó. Y el sábado quedó sumido en el silencio.
Pero anoche se rasgó el telón y estalló la luz. Acudimos al templo, se llenó de claridad la noche y, junto a la llama sagrada de un cirio encendido, se nos anunció la mayor de las noticias. ¡No está aquí! ¡Ha resucitado! El sepulcro está vacío.
Hace apenas unos días he podido comprobarlo una vez más. He entrado en ese sepulcro vacío y he besado la piedra. Sigue oliendo a vida. Toda la luz del cielo está entrando en la tierra por esa puerta abierta a la eternidad. Y el paso está franco para que podamos nosotros salir de esta tumba y conquistar el cielo.
¡Corre a comulgar! ¡Abrázalo! ¿No ves cómo, desde el altar, te busca con la mirada? ¿A qué esperas?
¡Feliz Pascua!
(TPA01)

















