El Mar de Jesús de Nazaret

Espiritualidad digital – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

El ruido y la grandeza

En este mundo, es más grande quien arma más ruido, para bien o para mal. Los «grandes dirigentes», los «grandes criminales» y los «grandes eventos» pueblan las pantallas de los televisores.

Tanto nos hemos contagiado de este falso espíritu de grandeza, que, en ocasiones, en la Iglesia tomamos por grande lo que hace ruido, reúne multitudes y moviliza tramoyistas. Grandes convocatorias, grandes montajes, grandes preparativos y –también– grandes gastos… No diré que sea ni bueno, ni malo. Simplemente, la grandeza verdadera no está ahí.

En verdad os digo que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista.

Ayuno, penitencia, oración, silencio, mortificación de la carne… Nada de eso hace ruido. Más aún, quienes, como el Bautista, lo practican, prefieren el escondimiento a la publicidad. Y, sin embargo, ahí está la verdadera grandeza: en la santidad.

Aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él.

Un niño nacido en un pesebre. Sin ruido, sin riquezas, sin más congregados que un puñado de pastores… pero con todos los ángeles del cielo en fiesta. No hay grandeza mayor que la que se congrega en torno a un santo. Aunque nadie se da cuenta.

(TA02J)

“Evangelio

Corriendo

Cristo no es el repartidor de pizzas. Al repartidor de pizzas lo esperas repantingado en el sofá, con el mando del televisor en la mano. Llega, te da la pizza, y te la comes mientras ves el partido.

Esperar a Cristo así es una irreverencia.

El encuentro con Cristo es un encuentro amoroso. Por eso, el anuncio de su venida alborota al alma y la pone en marcha. Se levanta, se viste sus mejores galas, y sale al encuentro del Señor por los caminos, porque su inquietud no le permite esperarlo en casa.

Venid a mí, nos dice hoy Aquél que ya viene a nosotros. «No os quedéis ahí, salid a recibirme, que vengo encendido en Amor».

Rápido, vístete. Confiesa tus pecados y reviste tu alma con las galas de la gracia. Sal de tu casa, deja atrás tus dolores, tus problemas y tus planes. Y, ahora, con la mirada y la atención puestas en Él por la oración, corre a su encuentro. Si cada día haces un propósito y lo cumples te sentirás más cerca de Él cada noche. Y se cumplirá en ti lo que dice el profeta: Los que esperan en el Señor corren (Is 40, 31).

(TA02X)

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Más sobre la «zona de confort»

Alguien no entendió bien, ayer, la explicación sobre la zona de confort. «¿Qué quiere que hagamos? ¿que salgamos de nuestro sitio?»

Pudiera ser que «tu sitio» se haya convertido en tu cárcel. Entre sus cuatro paredes, ya no hay lugar para la aventura, ni para el romance, ni para el heroísmo. Tu oración es rutinaria, tu familia es tu costumbre, tu trabajo es cansancio controlado, y tus aficiones el descanso de un buen burgués. Estás, más que cómodo, acomodado.

Mientras tanto, fuera de tu zona de confort, las almas se pierden, los hombres sufren, la sociedad se paganiza y los demonios campan a sus anchas.

¿Te aterra salir de tu sitio? Yo te hablo de ampliar horizontes.

Suponed que un hombre tiene cien ovejas; si una se le pierde, ¿no deja las noventa y nueve en los montes y va en busca de la perdida?

El «sitio» del Hijo estaba junto al Padre. Pero se le perdió una oveja, el hombre, y se abalanzó sobre la tierra, abandonando el seno de la Trinidad. Vino a morir, a regar el mundo con su sangre, a rescatar a la oveja perdida.

Tú sigue rezando en tu poltrona.

De verdad, ¿no lo entiendes?

(TA02M)

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La «zona de confort»

Estaba escrito en el profeta Isaías: Entonces saltará el cojo como un ciervo (Is 35, 6). Y también está escrito en un salmo: Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío (Sal 42, 2). El salto del ciervo, por tanto, es el vuelo del alma que busca a Dios hasta encontrarlo.

¿Qué es, entonces, la cojera, sino esa parálisis del alma que le impide caminar hacia el Amor de su Creador? Hay un nombre para eso: zona de confort.

La «zona de confort» es ese espacio acotado de seguridades humanas donde el hombre se siente a salvo: la familia, el hogar, el trabajo de siempre, el pequeño grupo de amigos, los hobbies… Una cárcel cálida y cómoda. No apetece salir de allí, ni siquiera para buscar a Dios; sobre todo, cuando el hombre ya ha adornado las paredes de la celda con alguna imagen piadosa a la que rezar cada noche. Ahí lo tienes: el paralítico ha convertido su camilla en su «zona de confort», y ya no quiere andar.

Levántate y echa a andar.

¿Cuesta? ¡Pues que cueste! Porque, si no sales a su encuentro, tampoco el Señor vendrá a ti.

(TO02L)

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Ponle la alfombra al Señor

Las palabras del profeta Isaías deberían sorprendernos: Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos; los valles serán rellenados, los montes y colinas serán rebajados. Estamos acostumbrados a escucharlas, apenas nos dicen nada. Y, sin embargo, encierran un misterio fascinante. Si Dios es Dios, y, por tanto, nada iguala su poder, ¿qué necesidad tiene de que el hombre le tienda una alfombra para entrar? ¿No puede Él, con su fuerza, bajar y subir del valle? ¿No puede Él pisar los montes y allanarlos?

Pero, cuando vino a la tierra, y las puertas de Belén se le cerraron, se dio la vuelta y nació en un establo. No es que no tenga poder para rellenar los valles, allanar los montes y echar las puertas abajo; es que, como busca amor, quiere una alfombra con la que el hombre le diga: «Entra; mi casa es la tuya». Si no encuentra esa alfombra, no pasa.

Tu soberbia, tu egoísmo y tu autosuficiencia son montes que impiden al Señor entrar en tu casa. Date prisa, allánalos.

Tu pereza, tu cobardía y tu tibieza son valles que entorpecen el camino del Señor hacia ti. Date prisa, rellénalos.

Ponle la alfombra al Señor. Allánale el camino.

(TAC02)

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