Libros de José Fernando Rey Ballesteros

Fiestas de los santos – Espiritualidad digital

En dos palabras: «Ut eatis»

«Ut eatis» significa «que vayáis». Es la versión latina de esta frase del evangelio:

Soy yo quien os he elegido, y os he destinado para que vayáis.

Aunque también podría traducirse de otra forma: «¡Marchaos!», «¡Fuera!», «¡Largo de aquí!»… Es decir: «Ut eatis!».

Cuando entras en el templo, Jesús te recibe con todo cariño. Te acoge en su corazón, se interesa por ti, te alimenta con su Cuerpo y su Sangre. Pero, una vez que has repuesto tus fuerzas, y te has llenado de su paz, Jesús levanta su cabeza, mira hacia las puertas del templo, y, señalándotelas con sus ojos, te dice: «Ut eatis!», «¡Venga, fuera, a dar la vida, a llenar la tierra con mi nombre, a padecer por mí, como yo he padecido por ti!». En dos palabras: «Ut eatis!».

Hazle caso, que para eso te ha elegido. El templo es hogar donde reponemos fuerzas, donde amamos y somos amados por Dios y los hermanos. Pero no debe ser refugio a donde huimos, escapando de las dificultades de la vida. Porque son, precisamente, esas dificultades las que te permitirán ser santo y mostrarle al Señor cuánto lo amas.

Otra vez, y ahora para ti solo: «Ut eas!».

(1405)

Morada de Jesús resucitado

Durante los tres años de su vida pública, Jesús convivió con sus apóstoles. Dormía junto a ellos, despertaba a su lado, comían juntos… Todo ello terminó cuando el Señor murió en la Cruz. Después, pasado el domingo en que resucitó de entre los muertos, se apareció a ellos en contadas ocasiones. Y, tras dejarse ver, desaparecía.

¿Dónde estaba Jesús, cuando no se mostraba al lado de los suyos? ¿Dónde está ahora?

Decir que está en el Cielo es respuesta fácil, aunque cierta. Permíteme aventurar otra respuesta, también cierta:

Hazle hueco, deprisa, porque Jesús resucitado quiere estar en ti, vivir en ti, y obrar en ti.

El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. Creedme: yo estoy en el Padre, y el Padre en mí.

Del mismo modo, deberías poder decir tú: «Cristo, que permanece en mí, él mismo hace las obras. Creedme: yo estoy en Cristo, y Cristo en mí». San Pablo lo decía. ¿Por qué tú no?

Porque estás muy lleno de ti mismo. Anda, límpiate, vacíate, renuévate… y haz hueco a Jesús resucitado, que quiere vivir en ti. Dile, sin miedo: «Aquí me tienes, Señor, conquista mis afectos, mis pensamientos, mis deseos, mis palabras… ¡Invádeme!»

(0305)

Eres hijo, no «recurso»

En este mundo, el trabajo se mide en dinero y resultados. La eficacia manda. Y manda tanto, que, en ocasiones, la productividad puede aplastar a la persona, exprimida en el altar de la eficiencia. Cuando el hombre se convierte en «recurso humano» queda cosificado por un trabajo que le ha despojado de su principal dignidad. Todo se mira a ras de tierra.

¿De dónde saca este esa sabiduría y esos milagros? ¿No es el hijo de carpintero? ¿de dónde saca todo eso?

Ante Jesús, el horizonte se rasgaba, y dejaba entrever, tras las realidades terrenas, los misterios de las realidades celestiales. Las preguntas de los nazarenos (¿De dónde…? ¿De dónde…?) apuntaban a un origen desconocido, de fuera de este mundo. Ojalá hubieran preguntado, también «¿A dónde?»

Porque, si Jesús es el hijo del carpintero, entonces la carpintería, con sus tableros y sus mesas, es encargo de Dios, y ofrenda a Dios. Y el carpintero, al trabajar, no se convierte en «recurso», sino en hijo, que entrega su vida a su Padre a través del trabajo.

Si vale para el carpintero, vale también para el contable, el ingeniero, la empleada de hogar… ¡Bendito trabajo, que es prolongación de la Eucaristía!

(0105)

Sabios que nada saben

¿Os habéis dado cuenta de que, cuanto más crece el poder del ser humano sobre la Creación, más se alejan los hombres de la vida espiritual? Las nuevas tecnologías han desatado un vértigo imparable, y nuestra raza, creyéndose más poderosa que nunca, sueña con ser Dios, mientras está presa en su propio poder. Clonamos seres vivos, congelamos embriones, vencemos enfermedades incurables… y nos reímos de quien se arrodilla ante un sagrario. ¡Qué poder tan infeliz, el que hemos generado!

Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños.

Quien se siente Dios no puede adorar a Dios. Y se le escapa todo lo que el hombre sólo de rodillas puede conocer: los misterios del Amor divino. Quien adora a Dios los conoce, y vive absorto en ellos. Santa Catalina se sumergió de tal manera en la contemplación de la Cruz, que las llagas de Cristo quedaron impresas en su cuerpo.

No temo a la ciencia, ni a la tecnología. Temo a la soberbia de quien se pone en manos de la ciencia o la tecnología sin adorar primero a Dios.

(2904)

José: el silencio acogedor

No sé cómo han sido las personas en otras generaciones. Pero, en la nuestra, los bípedos implumes hablamos muchísimo. Parece que el silencio nos produjese pánico. Necesitamos palabras, una detrás de otra, aunque no digan nada. Incluso en la piedad, si exponemos el Santísimo en el templo, mejor será que vaya acompañado de oraciones en voz alta, o testimonios hablados, o alguna canción… No vaya a ser que nos quedemos callados y nos petrifiquemos.

José es el santo del silencio. No dice ni una palabra en los evangelios. Pero su silencio no es el de las piedras, sino el de los santos: el de quien escucha a un Dios que habla, también, de forma silenciosa.

Por eso soñaba con Dios. Sólo quienes escuchan a Dios durante el día sueñan con él por las noches. Y por eso, también, obedecía; porque la obediencia, como la humildad, son virtudes silenciosas.

José, hijo de David, no temas a acoger a María, tu mujer.

El que habla sin cesar es como cañón que dispara. El que calla y escucha es como hogar que acoge. Y María, la Madre de la Palabra eterna, necesitaba ser escuchada en un silencio protector. Ese silencio se llamó «José».

(1903)