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Fiestas de los santos – Espiritualidad digital

De dos en dos

Celebramos a dos santos, Timoteo y Tito, y no es ningún desdoro celebrarlos por parejas. El propio Jesús envió a sus discípulos de dos en dos, para que fuesen acompañados.

En aquel tiempo, designó el Señor otros setenta y dos, y los mandó por delante de él, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él.

Me hace gracia cómo las monjas siempre salen a la calle de dos en dos. O en grupos mayores, pero no es habitual ver a una monja caminando sola por ahí. Eso es porque son listas.

Es verdad. Ningún verdadero apóstol ejerce en solitario. Pablo tuvo varios compañeros: Bernabé, Silas… Tenemos hermanos; sin hermanos, difícilmente hay Iglesia. Muchos sacerdotes están solos en su parroquia, pero, en cuanto pueden, se reúnen con los sacerdotes de los pueblos vecinos para comer, o para charlar. Yo tengo la suerte de contar con un vicario parroquial. Vengo ahora mismo de devorar junto a él una santa paella.

Porque la paella queda santificada cuando la comen dos cristianos que se quieren. En la Iglesia no debe haber «free riders», eso es muy triste. Buscad siempre un grupo que os haga sentir que tenéis hermanos.

(2601)

Un encuentro decisivo

Saulo no era una mala persona. Era un fariseo celoso que se esforzaba por cumplir la Ley. Su conversión no consistió en el paso de una vida de maldad a una vida irreprochable. Más bien, fue la transformación de un hombre que no conocía a Cristo en un hombre que conoció a Cristo, lo amó y le entregó la vida. Y el hecho clave que marcó esa conversión no fue un esfuerzo, o una decisión radical, sino el encuentro con Jesús resucitado. Igual que a Moisés le reveló Dios su nombre en la zarza («Yo soy»), se le mostró Cristo a Saulo camino de Damasco: Yo soy Jesús nazareno a quien tú persigues (Hch 22, 8).

Id al mundo entero y proclamad el evangelio a toda la creación. Tan determinante fue aquel encuentro, que Pablo no pudo contenerlo dentro y dedicó su vida a anunciarlo y proclamarlo a los cuatro vientos, provocando así que otros muchos hombres, en la persona del Apóstol, se encontraran con Jesús.

No cambiarás la vida de la gente con consejos. Pero si conoces a Cristo y lo amas, si vives como otro Cristo y proclamas su nombre, muchos se encontrarán con él al encontrarse contigo.

(2501)

La Piedad de Raquel

El llanto de Raquel se prolonga en la Historia a través de las lágrimas de miles de madres que perdieron a sus hijos pequeños. Ninguna madre debería enterrar a su hijo; son los hijos quienes, llegado el tiempo, deben enterrar a las madres. La muerte de un niño, o de un joven, es siempre cruel.

Un grito se oye en Ramá, llanto y lamentos grandes; es Raquel que llora por sus hijos, y rehúsa el consuelo, porque ya no viven. No hay consuelo para el corazón desgarrado de Raquel. Pero, en lo más profundo de sí misma, la fe abre las puertas del alma a la buena nueva. El consuelo del alma no mengua el dolor del corazón, pero lo baña en esperanza.

Mientras Raquel llora porque sus hijos ya no viven, la Iglesia se alegra hoy en sus hijos porque viven, y viven para siempre. Los niños inocentes, cruelmente asesinados por Herodes, son el séquito de honor del Cordero. Y la sangre que bañó sus cunas es anuncio de la sangre que abrirá los cielos.

Hoy María consuela a Raquel. Y le anuncia que sus hijos, unidos al que ella lleva en brazos, la esperan gozosos en el cielo.

(2812)

“Evangelio

El apóstol casto

Pedimos a los jóvenes de la parroquia que elaboren una lista de materias que les gustaría tratar en sus reuniones. Y responden: Homosexualidad, aborto, anticoncepción, relaciones prematrimoniales, divorcio, transgénero… ¡Curioso! Todas las materias están relacionadas con el sexo.

No caemos, no queremos caer en la trampa. Tratar, de primeras, esos asuntos no tiene más fruto que generar polémica. El sacerdote propone una lista alternativa, con una sola materia: Cristo.

Entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Había dicho Jesús: Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios (Mt 5, 8). Y lo había dicho, entre otros, por Juan. Juan conoció a Jesús en la adolescencia, la edad en que los jóvenes se enamoran. Y se enamoró de Él como sólo de Dios puede enamorarse un hombre. De tal modo se encauzaron hacia Cristo todos sus instintos y potencias, que su castidad fue castidad ardiente, romántica, enamorada y gozosa. Ni fue la castidad fría de las piedras, ni la represión patológica de los puritanos. Su pureza no fue un «no» al pecado, sino un «sí» jubiloso al Amor.

No tengáis miedo. Hablad de Cristo a los adolescentes. Dejad que se enamoren.

(2711)

“Evangelio

Las sombras de la Navidad

Con la llegada de la luz aparecen también las sombras. Y los árboles más hermosos, los más altos, los que se elevan hacia el cielo invitando a los hombres a levantar la vista, son los que producen sombras más alargadas. Ese pequeño jardín de Belén, donde los hombres, con su gozo, acarician la armonía de los cantos de los ángeles, y donde el sol ha surgido del vientre de una mujer, proyecta también sombras que cruzan la Historia.

Seréis odiados por todos a causa de mi nombre. Mientras Esteban, lleno de gozo, exclamaba: Veo lo cielos abiertos (Hch 7, 56), los hombres se abalanzaron sobre él, lo empujaron fuera de la ciudad y se pusieron a apedrearlo (v. 58).

¿Por qué ese odio a la luz? ¿A quién hace daño un niño pobre nacido en un establo? ¿A quién ofende? ¿Por qué en tantos colegios públicos, que celebran por todo lo alto el Carnaval y el Halloween, se niegan a poner un Belén con la excusa de «no ofender»?

Miremos, embelesados, a la luz: Señor Jesús, recibe mi espíritu (v. 59). Hagamos esa ofrenda al Niño Dios, entreguémosle nuestras almas y nuestros corazones. Desagraviemos, con nuestro amor, por tanto odio.

(2612)

“Evangelio

Jesús te está buscando

Los evangelios nos traen noticia de muchísimas personas que entablaron relación con Jesús después de haberlo buscado afanosamente: la mujer hemorroísa, los amigos del paralítico, Jairo, el centurión y muchos más se acercaron al Señor porque estaban necesitados de su poder. Y gran parte de ellos encontraron lo que buscaban.

Pero también nos hablan los evangelios de algunas personas que se encontraron con Cristo porque el propio Jesús los buscó: Vio a dos hermanos, a Simón, llamado Pedro, y a Andrés, que estaban echando la red en el mar, pues eran pescadores. Les dijo: «Venid en pos de mí». No es lo mismo decirle a Jesús: «Ven conmigo» que escuchar de sus labios: Venid en pos de mí. Por eso dijo a sus apóstoles: No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto (Jn 15, 16).

Muchos de nosotros, al comienzo, buscamos a Cristo y lo encontramos. Pero, más adelante, nos dimos cuenta de que era Él quien nos buscaba y nos llamaba. Sólo entonces, cuando respondimos a esa llamada, fuimos cristianos. Porque cristiano no es quien recurre a Cristo, sino quien pertenece a Cristo.

(3011)

Pecadores que han amado a Jesucristo

No me cansaré de repetirlo, en mi parroquia lo digo todos los años, cuando veo caras tristes en este día: dejad la tristeza para mañana, hoy es día de luz y de gloria. Sé que el día de difuntos es laborable en España, y muchos aprovechan esta fiesta para visitar los cementerios. Pero hoy celebramos a los hombres y mujeres más felices entre los hijos de Adán: a aquellos que ya han llegado a su destino, y disfrutan del banquete de bodas del Cordero.

Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. La Iglesia nos abre hoy las puertas del Cielo, y nos muestra la dicha de los santos. Son seres como nosotros, llenos de debilidades, tentados y probados, que cayeron y se levantaron muchas veces, y que amaron locamente a Jesucristo. Porque eso es un santo: un pecador que ama locamente a Jesucristo.

Ellos nos recuerdan que estamos en camino, que somos peregrinos y extranjeros en el mundo, en busca de nuestro Hogar. Y, conforme avanzamos, vamos dejando atrás personas y escenarios, sin instalarnos en lugar alguno hasta que lleguemos a Casa.

Cada día nos falta menos, si cada día amamos más.

(0111)

“Tú, pecador

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