El Mar de Jesús de Nazaret

Fiestas de los santos – Espiritualidad digital

José: el silencio acogedor

No sé cómo han sido las personas en otras generaciones. Pero, en la nuestra, los bípedos implumes hablamos muchísimo. Parece que el silencio nos produjese pánico. Necesitamos palabras, una detrás de otra, aunque no digan nada. Incluso en la piedad, si exponemos el Santísimo en el templo, mejor será que vaya acompañado de oraciones en voz alta, o testimonios hablados, o alguna canción… No vaya a ser que nos quedemos callados y nos petrifiquemos.

José es el santo del silencio. No dice ni una palabra en los evangelios. Pero su silencio no es el de las piedras, sino el de los santos: el de quien escucha a un Dios que habla, también, de forma silenciosa.

Por eso soñaba con Dios. Sólo quienes escuchan a Dios durante el día sueñan con él por las noches. Y por eso, también, obedecía; porque la obediencia, como la humildad, son virtudes silenciosas.

José, hijo de David, no temas a acoger a María, tu mujer.

El que habla sin cesar es como cañón que dispara. El que calla y escucha es como hogar que acoge. Y María, la Madre de la Palabra eterna, necesitaba ser escuchada en un silencio protector. Ese silencio se llamó «José».

(1903)

Barro frágil, piedra firme

La Cátedra de Pedro es la Cátedra de Cristo. El mismo Pedro, esa misma piedra, es la cátedra desde donde Cristo instruye a su Iglesia con voz prestada.

Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia.

Son palabras misteriosas, especialmente cuando se dirigen a un hombre lleno de debilidades; al mismo que, por no soportar las manos frías, fue a calentarse a la hoguera de los verdugos de Cristo; al mismo que, poseído por el miedo, tres veces negó conocer a su Maestro; al mismo que, en Antioquía, se ocultó y disimuló por no disgustar a los judaizantes…

¡Quién lo diría, leyendo sus cartas! Hay en ellas una fortaleza y una doctrina que no parecen, precisamente, salidas de una mano temblorosa. Así tenía que ser: en la debilidad de Pedro se muestra la fuerza de Cristo.

Cada vez que escucho al Papa Francisco suplicar: «rezad por mí», me parece percibir su miedo. Palpa la fragilidad de su barro, y tiembla al pensar que Cristo le ha nombrado Piedra. Rezo por él, pero no comparto su miedo. Cristo se ha sentado en esa Piedra. Y el poder del infierno no la derrotará.

Me dan más miedo los que desconfían.

(2202)

El Evangelio y Twitter

La tarea de aquellos setenta y dos discípulos era clara:

Decidles: «El reino de Dios ha llegado a vosotros».

Pero, en todos los pueblos que visitaban, había una sinagoga donde cada sábado se leían las Escrituras. Y aquellas gentes, así instruidas, entendían lo que el reino de Dios significaba.

Más difícil lo tuvieron Cirilo y Metodio. Al llegar a los pueblos eslavos, encontraron personas que no sabían leer ni escribir, y que, por tanto, no sólo desconocían las Escrituras, sino que no podían llegar a conocerlas. Por eso fue preciso, antes de evangelizarlos, crear para ellos un alfabeto y enseñarles a leer. Con los rudimentos de la cultura, llegó también el Evangelio.

No creas que las cosas han cambiado tanto. Digamos que cambiaron, y que ahora vuelven al punto de partida. Los occidentales ya no leen, sólo chatean y tuitean. Pretender que un joven abra un libro de doscientas páginas es, en buena parte de los casos, misión imposible.

Sé que muchos intentan evangelizar por Twitter, pero el Evangelio no cabe en un tuit.

Si no nos lanzamos al «apostolado de la lectura», tan sólo podremos transmitir emociones, nunca doctrina.

Lee, y enseña a leer. Es tarea urgente de evangelización.

(1402)

Los que dan paz, y los que dan guerra

No sé si los cristianos somos conscientes de lo que decimos cuando decimos «paz».

Cuando entréis en una casa, decid primero: «Paz a esta casa». Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros.

Desde los inicios de la Iglesia, el saludo judío «la paz sea contigo» pasó a significar el deseo de la comunión con Cristo. Él es nuestra paz.

Lo contrario de la paz es la guerra. Y hay gente que da mucha guerra. No necesitan armas para ello; su mera presencia crispa el ambiente. ¿No conoces a gente así? No serás tú uno de ellos, ¿verdad?

La gente que da guerra da lo que tiene. Están en guerra en su interior, viven crispados. Ni aceptan la voluntad de Dios sobre sus vidas, ni se aceptan a sí mismos. Por eso, cuando te acercas a ellos, te parece estar en un campo de batalla, y sientes la necesidad de defenderte.

La gente que da paz es gente que vive, en su interior, unida a Cristo. Están descansados por dentro, porque viven recostados en el Señor. Cuando te acercas a ellos, notas que su compañía te descansa.

Ten paz. Da paz.

(2601)

“Evangelio

Gracias que tumban, y santos que se levantan

¿Sabes lo que es una gracia «tumbativa»? Su nombre lo dice: es Dios, que se te echa encima, y te tira por tierra. Como si, cansado de verte correr, te pusiera, de repente, la zancadilla, para tenerte quietecito y poder hablar contigo, aunque sea con un par de costillas rotas.

Con Pablo sucedió algo parecido. Una gracia «tumbativa» lo derribó y lo dejó medio ciego. Pero sólo de los ojos. Su alma quedó tan iluminada, que yo no veía sino a Cristo, y éste crucificado, en cuanto le rodeaba.

Diréis que así es más fácil. Si Dios te tumba de un «golpe de gracia», te ahorra el trabajo de buscarlo, y apenas te deja espacio para huir. Pero no confundáis la gracia de la conversión («tumbativa» o no) con la tarea de la santificación.

El que crea y sea bautizado se salvará.

Tras haber sido tumbado por Dios, Pablo se tuvo que levantar por su propio pie, buscar a Ananías, y dejarse bautizar. El que Dios te tumbe puede iluminarte, pero no te santifica. Te santificarás si, en respuesta a esa llamada, te levantas y sigues a Cristo en obediencia. Podrías empezar por levantarte de la cama a tu hora.

(2501)

“Evangelio