Lirbos de José-Fernando rey ballesteros

Fiestas de los santos – Espiritualidad digital

Maravillosa Marta

Santa Marta es todo un personaje. Es de esas santas que a uno, además de inspirarles devoción, le caen simpáticas. Por su humanidad, su bendito descaro, su fragilidad no escondida y, sobre todo, el inmenso amor que profesa a Jesucristo. No es refinada en las formas, como su hermana. Las dos veces que aparece en los evangelios resbala estrepitosamente. Y se levanta, se arregla el delantal, se arrodilla y nos sorprende con un espíritu maravilloso. Siempre he imaginado a Jesús sonriendo mientras la corrige.

Una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Toda la hospitalidad de siglos del pueblo judío cabe en el corazón de esta mujer. Ella es la que acoge, como acogió Abrahán a los tres misteriosos viajeros; la que se desvive por ofrecer lo mejor; la que considera un privilegio que el Señor invada su casa y llegue «hasta la cocina». Su forma de hacer fiesta al Invitado es alborotarse, deshacerse en atenciones y procurar que nada falte. Yo conozco a mujeres así; cuando se trata de Dios, nunca les parece haber hecho o haber entregado bastante.

¡Bendita Marta! ¡Si comulgásemos nosotros con el mismo entusiasmo con que acogiste en tu casa al Salvador, seríamos santos!

(2907)

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Doblemente niños

Si de los que son como niños es el reino de los cielos, hoy estamos de suerte, porque la fiesta de los santos Joaquín y Ana nos permite ser doblemente niños.

Bienaven­turados vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen. En verdad os digo que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron. ¡Lo que hubiera dado el rey David por haber podido decir «Abbá» dirigiéndose a Dios! Nosotros, por el Bautismo, nos dirigimos al Altísimo como Jesús se dirigía; su Espíritu grita en nosotros «¡Papá!». Y así, como hijos muy pequeños, recibimos el cariño y la ternura de padre de todo un Dios. Por el mismo motivo, a la Virgen la llamamos «Mamá», y notamos su abrazo y su caricia cada vez que, como hijos, la invocamos.

Pero hoy, además, de ser hijos, somos nietos. Nietos de Joaquín y de Ana. Y eso nos vuelve doblemente niños. ¡Cuántas ternuras, cuántos guiños, cuántas sonrisas mientras jugamos con los abuelitos ante la sonrisa de la Madre y la complicidad del pequeño Jesús!

A esto se le llama pasear por el Cielo como Jesús por su casa.

(2607)

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Cosas de mamá

En plena fiesta del apóstol Santiago, voy yo y dedico estas líneas a su madre.

Se acercó a Jesús la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos y se postró para hacerle una petición. «Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda».

¿Qué buscas para tus hijos? ¿Quieres que estén cerca de Jesús porque sabes que la felicidad del hombre es la intimidad con Cristo? ¿O quieres que estén cerca porque piensas que el Maestro será rey en Israel, y quieres que tus hijos sean vicepresidentes primero y segundo del gobierno? ¿Los quieres santos, o los quieres importantes? Dime la verdad.

No sabéis lo que pedís. Jesús te ha calado. Los quieres importantes, aunque lo que pides los hará santos. Realmente, no sabes lo que pides.

¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber? Cuando bebas ese cáliz, lo sabrás. Y lo bebiste, bendita seas, porque estuviste junto a la Cruz con uno de tus hijos. Entonces supiste, entonces sí, que la intimidad con Cristo, aún en los momentos de inmenso dolor, es lo más grande que puede recibir una persona en esta vida.

(2507)

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Esa unión inseparable

sarmientoCuando san Pablo habla de la Iglesia como cuerpo de Cristo, unido inseparablemente a su Cabeza, no está inventando nada; simplemente, transmite, con una figura distinta, la verdad que Jesús mostró a sus apóstoles en la Última Cena con la alegoría de la vid y los sarmientos:

Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante. ¿Acaso no podría el sarmiento, unido a la vid, recitar las palabras del Apóstol: no soy yo el que vive, es Cristo (la vid)quien vive en mí (Gál 2, 20)?

Por las venas del alma del santo corre la savia, la vida de Cristo. No sólo por el hecho de que viva en gracia de Dios, sino porque permanece en Cristo, tiene en Él su pensamiento y sus afectos todo el día.

Permaneced en mí, y yo en vosotros. Esa permanencia requiere esfuerzo al principio. No tanto para evitar distracciones que nos aparten de Dios sino, al revés, para «distraernos» de pensamientos mundanos y llevar a Dios la mente. Pero, poco a poco, el corazón queda imantado por Cristo, y llega un día en que lo difícil es no pensar en Él.

(2307)

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Ve a mis hermanos

El arte ha representado a María Magdalena abrazada a los pies de Cristo crucificado. Tiene sentido: Ella aparece siempre asociada al cuerpo del Salvador. Se postra a sus pies, lo unge para la sepultura, busca con amor inextinguible ese cuerpo después de muerto y, cuando lo encuentra, vuelve a echarse a sus pies para abrazarlos. Parece que, para ella, sin cuerpo no hay amor; y si hay cuerpo, aunque ese cuerpo haya muerto, el amor pervive. María Magdalena es profundamente eucarística. ¿Acaso no buscamos nosotros, en cada misa, ese mismo cuerpo?

De repente, un acorde rompe la armonía del impulso de la Magdalena, e instaura una armonía nueva. Cuando María se lanza a los pies de Cristo, Jesús dice: No me retengas… Pero, anda, ve a mis hermanos y diles: «Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro».

Lo mismo nos sucede en cada misa, en cada visita de oración al sagrario, en cada encuentro con ese cuerpo al que adoramos. En un momento dado, el Señor nos envía: «Id en paz, no os quedéis aquí, que aún no estamos en el Cielo, id a anunciar a los hombres el Amor con que los amo».

(2207)

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Ni dóricas, ni jónicas, ni corintias

Lo aprendí en el bachillerato: dórico, jónico y corintio son los tres estilos de las columnas romanas. Pero, cuando ves un templo, las columnas que sostienen el frontón son todas iguales: o todas dóricas, o todas jónicas, o todas corintias. Qué aburrimiento.

Y qué poco aburrida es la Iglesia. Porque los santos son, cada uno, de su padre y de su madre.

Aquellos a quienes llamamos «columnas» de la Iglesia no podrían ser más distintos uno de otro. Pedro es pura fragilidad revestida de arrojo, y Pablo es tremenda fortaleza interior revestida de fragilidad. En Antioquía, Pablo se enfrenta a Pedro. Mientras el Papa intentaba contemporizar con los judíos, Pablo, tras haberles anunciado, sin éxito, a Jesucristo, se sacude ante ellos el polvo de los pies, y recrimina púbicamente a Pedro sus cesiones «diplomáticas».

Con columnas tan diversas edifica su Iglesia el Señor. Alégrate. Porque tú no eres dórico, ni jónico, ni corintio. Eres tú. Así, tal como eres, te ha elegido también el Señor. Y puedes ser tan santo como aquellas columnas sin dejar de ser tú mismo. Basta con que ames al Señor y a la Iglesia como ellos, hasta dar la vida. Eso debería unirnos a todos.

(2906)

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El hijo del silencio

No te fíes de quienes hablan mucho. Además de provocar dolor de cabeza, si les haces demasiado caso te llenan por dentro de estupideces. Porque quienes hablan mucho, generalmente, piensan poco. ¿Cómo van a pensar, si están hablando todo el día? Y la palabra que no ha sido pensada y meditada suele ser palabra necia y superficial. Tan sólo la caridad te llevará a escuchar a esas personas… durante un rato.

Fíate de quienes aman el silencio, el recogimiento y la oración. Como la Virgen. Como san José. Y como Juan Bautista. Su palabra fue anuncio del Cordero inmaculado, y despertó a muchas almas que estaban dormidas. Pero esa palabra de Juan fue gestada entre poderosos silencios.

Desde que fue concebido, su padre quedó mudo, para que Juan fuese hijo del silencio. Y, después de nacer, cuando tuvo la edad, vivía en lugares desiertos hasta los días de su manifestación a Israel. Cuando se cumplió el tiempo, habló las palabras que Dios puso en sus labios y, más adelante, fue de nuevo reducido al silencio por Herodes.

Palabra gestada entre tantos silencios tenía que ser, necesariamente, palabra de vida.

Reza primero, habla después y, cuando hayas hablado, vuelve a rezar.

(2406)

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