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Fiestas de los santos – Espiritualidad digital

¿Azar?

Se representa a san Matías con unos dados, y algún incauto podría pensar que se trata del patrón de los juegos de azar.

Pero no hay tal. No hay azar, quiero decir. Ni casualidades. Tan sólo hay juego. Y es de Dios. Él juega con la bola del mundo y con los hijos de los hombres. No creas que «juego» supone frivolidad. «Juego» supone, más bien, gozo. Pero se trata de un juego muy serio.

Si los apóstoles decidieron lanzar los dados para encontrar al sucesor del Judas, no fue porque pensaran que se trataba de un asunto trivial. Ellos sabían que el azar no existe. Y, al lanzar los dados, le dejaban el campo libre a Dios: No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido.

No vayas a entender que la Iglesia se gobierna con ordalías. Ni los papas son elegidos a suertes, ni los obispos echan cartas para decidir los destinos de sus clérigos. Entiende, más bien, lo que Matías entendió: que no hay casualidades, sino palabras del cielo tras cada acontecimiento. Sólo es necesario aprender a leerlas. Y el Espíritu, con su don de ciencia, es el gran instructor de lectura.

(1405)

Según se mire

En esta vida, se puede ser feliz, o desdichado, según se mire. Se puede ser santo, o esclavo del pecado, según se mire.

Según se mire… Todo está en juego en una mirada, nada más.

El que me ha visto a mí ha visto al Padre… Yo soy el camino. El santo mira a Cristo, y, al mirarlo, ve a Dios Padre. Se enciende, entonces, en santos deseos de llegar a Él, y lo hace por el Camino más derecho: se acerca a Jesús, contempla su humanidad santísima, y Jesús lo conduce al Padre. El Espíritu Santo lo mueve. Esteban, mientras entregaba la vida, veía a Cristo sentado a la derecha de Dios. De Felipe y Santiago podemos decir lo mismo: si no hubieran clavado la mirada en Cristo, ni hubieran sido apóstoles, ni hubieran sido mártires, ni hubieran sido santos.

Otros dan la espalda al Hijo de Dios. Se quedan mirando al mundo, esperando que el mundo, con sus halagos y seducciones, les dé vida… Y, así, se pierden, precisamente, lo mejor de esta vida, y también de la otra. Porque el mundo, mientras les promete vida, les da muerte.

¿Podrás tú, también, ser santo? Bueno, según se mire…

(0305)

«José e hijos. Aquí hacemos bien las cosas»

El que Jesús fuera conocido, entre sus vecinos, como el hijo del carpintero, significa tanto para nosotros como significó para Él.

«José e Hijo. Taller de carpintería». Probablemente, era un negocio familiar. Y allí trabajó Jesús con su padre (que lo era, aunque no fuese progenitor). Sus horas de trabajo y de sudor dejaron bien alto el prestigio de la firma. Estaban ofrecidas a su Padre como parte del sacrificio redentor; eran ramificaciones sagradas de la Eucaristía. ¿Cómo ofrecer con tanto Amor un trabajo que no estuviera realizado con perfección humana? Dichosos los clientes. Pero, más aún, dichosos nosotros, que hemos sido redimidos en ese taller.

Si en ese taller hemos sido redimidos, a ese taller pertenecemos. Somos hermanos de Cristo y, por tanto, hijos del carpintero. Llamamos padre a José, y formamos parte del negocio familiar. «José e hijos. Aquí hacemos bien las cosas».

Deja bien a José. Y a Jesús. Haz tu trabajo con cariño y perfección. Recuerda que nuestro negocio es la redención de las almas. Y esa redención pasa, hoy como ayer, por un trabajo bien hecho y consagrado a Dios mediante una vida interior amorosa y fecunda. «Aquí hacemos bien las cosas». No lo desmientas.

(0105)

Lo menos práctico del mundo

A Dios no parece gustarle en exceso la luz eléctrica. Ha querido iluminar el mundo a través de un sistema de espejos, y esos espejos son los santos.

Vosotros sois la luz del mundo. Desde la entraña de la sociedad, el santo refleja la luz de Cristo, única luz eterna cuya claridad desvela a los hombres la verdadera dimensión de todo lo creado. Si la vida del santo irradia ese brillo celeste, es porque está orientada hacia Dios. Vive contemplado la luz.

San Isidoro no tuvo otro propósito en su vida que contemplar la Verdad. Diréis que es mejor dedicar a la vida a labores prácticas, como la atención de los necesitados, la curación de enfermedades, el incremento del Producto Interior Bruto o la invención de algún chisme que convierta la tos en electricidad. Pero os equivocáis. No hay nadie más útil a la Humanidad que quien vive contemplando la verdad. El contemplativo regala luz celeste a quien se le acerca.

Inventad lo que queráis, y sed todo lo prácticos que podáis ser. Pero no dejéis de contemplar, ni olvidéis el silencio, no vaya a ser que trabajéis a oscuras y vuestro trabajo lo robe el Príncipe de las tinieblas.

(2604)

¿No te salen las cuentas?

Números, números, números… ¿A cuántas personas has acercado al confesonario? ¿Cuántos amigos tuyos han acogido a Dios en sus vidas? ¿Cuántos jóvenes hay en esa parroquia? ¿Cuántas personas asisten a misa en ese templo cada domingo? Si no hay números, no eres nadie, has fracasado. En ocasiones, con enorme sonrojo, he escuchado a hermanos míos sacerdotes hablar del número de comuniones que habían repartido en una ceremonia, o del número de penitentes que habían confesado… ¡Números, números, números!

Id al mundo entero y proclamad el evangelio a toda la creación. Estas palabras no llevaban incorporada la garantía de que el mundo cayera rendido a sus pies. Cuando los apóstoles murieron, el mundo no era cristiano. Y cuando Cristo murió, estaba prácticamente solo. Apenas quedaba un cristiano que no hubiera desertado.

¡Números, números!… Que nos dejen en paz. Dios no es un CEO de una multinacional.

La predicación valiente nadie la escucha, porque el mundo es cobarde. Y los frutos de la vida del cristiano, como los de la Cristo, no surgen hasta que el grano de trigo haya muerto. Si quieres números, espera a contarlos desde el cielo. De los destellos numéricos que cuentes en vida no te fíes demasiado…

(2504)