El Mar de Jesús de Nazaret

Fiestas de los santos – Espiritualidad digital

Santos y funcionarios

– ¿Sabes por qué los funcionarios son todos ateos?

– Porque no creen que pueda existir una vida mejor.

Bueno, yo conozco a funcionarios que sí creen en una vida mejor. Al menos, para más allá de la muerte. Y tú y yo, seas o no funcionario, también creemos en una vida mejor.

Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados

Una multitud de hermanos nuestros, después de probar, en esta tierra, el cáliz del dolor que a todos se nos ofrece, han cruzado la puerta santa de la Cruz y gozan ya de la dicha reservada a los elegidos. Gozan allí, no por haber sufrido aquí, sino por haber amado a Cristo locamente, y haber llenado de ese amor también sus dolores.

Tú y yo, que somos pecadores, podemos ser santos, porque podemos amar locamente a Cristo. ¿Lo amamos? Ámalo, y serás santo. Además, si eres funcionario y vives de forma que te podamos canonizar después de tu muerte, acabarás con esos chistes de mal gusto cuando, en el santoral, leamos: «San Fulgencio Rodríguez, funcionario». Ora pro nobis!

(0111)

¡Manos a la obra!

«Obrero» es el que vive de la obra. Si el tío Antonio decide hacerse una barbacoa en el chalet, y dedica unos ratos libres a poner hierros y ladrillos unos encima de otros, no por eso es un obrero. El obrero madruga, trabaja, suda, y llega cansado a casa.

Rogad, pues, a dueño de la mies que envíe obreros a su mies.

 Hay pocos obreros en la mies de Cristo. ¿Por qué no eres tú uno de ellos? ¿Vas a pedirle al Señor que los envíe, mientras contemplas como trabajan?

No me engañes, ni te engañes. Porque, un día, hayas quedado con un amigo, y le hayas sugerido que se confiese, eso no te convierte en un obrero, sino en el tío Antonio. Serás obrero de la mies del Señor cuando te vaya la vida en tu apostolado:

Cuando conviertas tu trabajo profesional en siembra de amor divino.

Cuando te pregunten por tus dolores, y hables de almas que viven sin Dios.

Cuando las dificultades y sufrimientos de la vida los conviertas en monedas con que comprar almas.

Cuando quienes no conocen el Amor de Dios te roben lo mejor de tus oraciones.

¿A qué esperas? ¡Manos a la obra!

(1810)

“Evangelio

El conocimiento silencioso de los niños

Antes de aprender a hablar, y de comenzar a razonar, el niño ya conoce. Conoce por el tacto, por el sabor, por la mirada. No me preguntéis cómo, pero distingue bien la sonrisa de su madre. Se trata de un conocimiento inmediato, intuitivo… ¿primario?

Después aprende a hablar, y a leer. Cada vez más, su aprendizaje se compone de palabras. Son necesarias, siempre y cuando sepamos hasta dónde alcanzan. Con palabras y razonamientos se puede conocer la tierra, pero ninguna palabra puede contener el cielo, salvo la Palabra que bajó del cielo.

Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños.

Un día, a Teresa de Jesús se le acercó un ángel, y clavó en su corazón una saeta. No hubo palabras, ni razonamientos. Fue como el beso de una madre en la mejilla de su hijo. Todo el Amor de Dios estaba allí. Era dulce, y dolía. Dolía, y era dulce…

Teresa escribió mucho. Pero nunca supo explicar aquello. Quizá no quiso, o no pudo. Hay que vivir en la niñez silenciosa de los santos para atisbar ese misterio.

(1510)

“Evangelio

Jesús, Tú no eres un tren

El tren no espera. Llega al andén, abre las puertas, cierra las puertas, y se marcha. En cuestión de minutos estás a kilómetros de casa.

Hoy quizá te sorprenda, Jesús, porque esto no te lo he dicho nunca: te agradezco que no seas un tren. Te has portado conmigo como te portaste con Mateo, y me parece maravilloso.

Le dijiste: Sígueme. Quien te confunda con un tren pensará que, a partir de entonces, Leví emprendió un viaje con las puertas cerradas y sin marcha atrás. Y es verdad; lo es en Mateo, y también en mí. Pero no como quien monta en un tren.

Porque, a renglón seguido, en lugar de veros caminando, te veo sentado a la mesa con Leví y sus amigos. Le pides que te siga, pero, primero, Tú te quedas y cenas con él.

Maravilloso.

Has querido, primero, cenar conmigo, compartir mi vida y santificar cuanto soy y cuando hago, menos el pecado. Y, después, me llevas a compartir tu muerte, a redimir mi pecado, y a que yo cene en tu casa por toda la eternidad.

Si los trenes fueran como Tú… sería un desastre. Por eso me alegro de que no seas un tren.

(2109)

“Evangelio

Más que una guerra, una cruzada

En la oración Colecta de la misa de hoy, pedimos a Dios que «luchemos valerosamente por la confesión de tu verdad».

Ya comprenderéis que esa lucha valerosa por la confesión de la fe no consiste en liarse a golpes con quienes no creen para «removerles las ideas» hasta que se les pongan en su sitio. Más bien, es la batalla de Cristo en Getsemaní, la guerra de mansedumbre y de valentía que cada cristiano libra contra sí mismo para devolver bien por mal, para liberarse de los respetos humanos, para exponer la verdad con cariño, aunque esa verdad duela:

Juan le decía que no le era lícito tener a la mujer de su hermano.

¿Acaso no tuvo Juan que librar una batalla en su interior para denunciarle a Herodes su pecado, aun cuando sabía que esa denuncia podría costarle la vida? ¿No tuvo que luchar contra sí mismo para aceptar con mansedumbre su propio martirio, sin volverse atrás en su denuncia?

¿Qué secretos enemigos te impiden manifestar tu fe a los hombres para atraerlos a Dios? ¿La vergüenza? ¿La pereza? ¿El apego a tu propia imagen? ¿El afán de «no complicarte la vida»? ¿La tibieza?

¡Ahí tienes tu batalla! Líbrala.

(2908)