Lirbos de José-Fernando rey ballesteros

Fiestas de los santos – Espiritualidad digital

Sueños juveniles y mondas de patatas

«Te ha llamado Dios», le anunciaron a una joven. Y se creció. Pensó en grandes gestas, se vio fundadora de una gran institución a la que se acogieran miles de personas, paño de lágrimas de miles de ojos afligidos, salvadora de miles de almas perdidas… Y cuando, finalmente, se dio cuenta de que llevaba peladas miles de patatas en la cocina del convento, se vino abajo. ¡Pobrecilla! Pensó que Dios la llamaba a misiones fabulosas en las que fuera irreemplazable, sin caer en la cuenta de que Dios no la necesitaba para nada. Sólo la amaba.

No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Fue el Médico quien te llamó. Y, si hubieras acallado el alboroto de tus sueños de grandeza, habrías escuchado: «Estás enferma, y te voy a curar; estás sucia, y te voy a limpiar; estás muerta, y te voy a resucitar. Deja esas cosas en las que pierdes la vida y ven conmigo».

Tras otros tantos miles de patatas peladas, al fin calló y escuchó esa voz que llevaba años en el aire. Sonrió, se vio sana y amada, y dio gracias. Sólo después le reveló Dios a cuántas almas había salvado con cada patata.

(2109)

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Mi investigación sobre la higuera

Desde hace años, el asunto de la higuera me quita el sueño. ¿Qué sucedió? ¿Qué hacía Bartolomé bajo aquel árbol? Toda mi sesuda investigación cabe aquí:

Bartolomé se sorprende al ser saludado por Jesús: Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño. Esto no es un cumplido; no es como: «¡qué joven y qué guapo, el mozo!». Esto es por algo. ¿De qué me conoces? Entonces viene la bomba: Cuando estabas debajo de la higuera, te vi. Bartolomé cae fulminado: Rabí, tú eres el Hijo de Dios.

Dos conclusiones. Bartolomé estaba solo bajo el árbol. De ahí el asombro al verse descubierto. Y lo que sucedió allí demostró que Bartolomé era hombre «sin doblez».

Hasta aquí llego. Salvo revelación particular –que no creo que suceda– seguiré sin dormir por culpa de la higuera. Pero tengo alguna conclusión «extra»: Ojalá pudiera complacerse Jesús en algo que nos viera hacer a solas. «Cuando vencías el sueño para rezar, te vi. Cuando besabas el crucifijo a medianoche, te vi. Cuando cambiabas de canal el televisor para evitar mancharte, te vi. Cuando sonreías a aquel cuadro de la Virgen, te vi». No estaría mal ser recibido así en el cielo.

(2408)

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¿Cómo te quieres a ti mismo?

Quizá te extrañe que Jesús te invite a aborrecerte. Si Él te ama, ¿por qué te pide que te aborrezcas?

El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo se guardará para la vida eterna.

La respuesta es que «amor» se dice de muchas maneras. El mundo ama según la carne, Dios ama en el Espíritu.

Si te amas según la carne, será la carne lo que ames, con sus pasiones. Buscarás, ante todo, los placeres de este mundo. Aborrecerás el Crucifijo, huirás de la muerte y, al amarte a ti, despreciarás a tu prójimo. Te defenderás de él como de un enemigo, y te atrincherarás en tus falsas seguridades, soñando con eludir la muerte. Pero la muerte, al final, te alcanzará. Si te amas a ti mismo, así, más te valdría aborrecerte.

El santo se ama a sí mismo según Dios. Por eso no teme a la muerte, porque sabe que Dios lo protege. Y, sobre todo, por eso no teme entregar la vida. Sabe que su hogar no está aquí, sino en el cielo; y que, al entregar esta vida, es acogido por Dios en la eterna.

(1008)

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Sumergida en la Cruz

Las diez vírgenes despertaron tarde. El esposo estaba a punto de llegar. Y, al escuchar el anuncio, se pusieron a preparar sus lámparas.

Edith Stein, judía de nacimiento, se convirtió al catolicismo a los 31 años y murió mártir a los 51. Fue católica durante menos de la mitad de su vida. Despertó tarde al amor, aunque había entregado su juventud a la búsqueda de aquella luz. En ella se cumplió el verso del Cantar: Yo dormía, pero mi corazón velaba (Ct 5, 2). Por eso, cuando, al fin, amaneció, supo que, si recibía el bautismo, sería para entregar su vida por completo.

Entre 1922 y 1942, sus años de católica y carmelita descalza, ya con el nombre de Teresa Benedicta de la Cruz, la mirada de esta santa mujer estuvo clavada en el Crucifijo. Y ella, que tantos años había dedicado a la investigación filosófica, consagró el resto de sus días a un trabajo de investigación sobre Cristo crucificado. Se sumergió en cada llaga, se abrazó a Él, y se dejó absorber por completo, hasta la muerte, en el sagrado misterio de la Cruz.

Ojalá lo aprendamos de ella: somos cristianos para dar la vida, no para vivir mejor.

(0908)

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Maravillosa Marta

Santa Marta es todo un personaje. Es de esas santas que a uno, además de inspirarles devoción, le caen simpáticas. Por su humanidad, su bendito descaro, su fragilidad no escondida y, sobre todo, el inmenso amor que profesa a Jesucristo. No es refinada en las formas, como su hermana. Las dos veces que aparece en los evangelios resbala estrepitosamente. Y se levanta, se arregla el delantal, se arrodilla y nos sorprende con un espíritu maravilloso. Siempre he imaginado a Jesús sonriendo mientras la corrige.

Una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Toda la hospitalidad de siglos del pueblo judío cabe en el corazón de esta mujer. Ella es la que acoge, como acogió Abrahán a los tres misteriosos viajeros; la que se desvive por ofrecer lo mejor; la que considera un privilegio que el Señor invada su casa y llegue «hasta la cocina». Su forma de hacer fiesta al Invitado es alborotarse, deshacerse en atenciones y procurar que nada falte. Yo conozco a mujeres así; cuando se trata de Dios, nunca les parece haber hecho o haber entregado bastante.

¡Bendita Marta! ¡Si comulgásemos nosotros con el mismo entusiasmo con que acogiste en tu casa al Salvador, seríamos santos!

(2907)

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Doblemente niños

Si de los que son como niños es el reino de los cielos, hoy estamos de suerte, porque la fiesta de los santos Joaquín y Ana nos permite ser doblemente niños.

Bienaven­turados vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen. En verdad os digo que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron. ¡Lo que hubiera dado el rey David por haber podido decir «Abbá» dirigiéndose a Dios! Nosotros, por el Bautismo, nos dirigimos al Altísimo como Jesús se dirigía; su Espíritu grita en nosotros «¡Papá!». Y así, como hijos muy pequeños, recibimos el cariño y la ternura de padre de todo un Dios. Por el mismo motivo, a la Virgen la llamamos «Mamá», y notamos su abrazo y su caricia cada vez que, como hijos, la invocamos.

Pero hoy, además, de ser hijos, somos nietos. Nietos de Joaquín y de Ana. Y eso nos vuelve doblemente niños. ¡Cuántas ternuras, cuántos guiños, cuántas sonrisas mientras jugamos con los abuelitos ante la sonrisa de la Madre y la complicidad del pequeño Jesús!

A esto se le llama pasear por el Cielo como Jesús por su casa.

(2607)

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Cosas de mamá

En plena fiesta del apóstol Santiago, voy yo y dedico estas líneas a su madre.

Se acercó a Jesús la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos y se postró para hacerle una petición. «Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda».

¿Qué buscas para tus hijos? ¿Quieres que estén cerca de Jesús porque sabes que la felicidad del hombre es la intimidad con Cristo? ¿O quieres que estén cerca porque piensas que el Maestro será rey en Israel, y quieres que tus hijos sean vicepresidentes primero y segundo del gobierno? ¿Los quieres santos, o los quieres importantes? Dime la verdad.

No sabéis lo que pedís. Jesús te ha calado. Los quieres importantes, aunque lo que pides los hará santos. Realmente, no sabes lo que pides.

¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber? Cuando bebas ese cáliz, lo sabrás. Y lo bebiste, bendita seas, porque estuviste junto a la Cruz con uno de tus hijos. Entonces supiste, entonces sí, que la intimidad con Cristo, aún en los momentos de inmenso dolor, es lo más grande que puede recibir una persona en esta vida.

(2507)

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