Evangelio 2022

Fiestas de los santos – Espiritualidad digital

Al incapaz lo hace capaz

Si fundaras una empresa con aspiraciones de multinacional, y quisieras elegir al equipo directivo, ¿dónde buscarías? Seguramente, en las universidades, en las escuelas de dirección de empresas, o entre los ejecutivos de empresas de la competencia. Pero ¿irías a buscar al equipo directivo de una multinacional en los tugurios de un suburbio? Nadie hace eso. Salvo Jesús. Y Jesús no quería fundar una multinacional, sino instaurar la Iglesia, arca de salvación para la Humanidad entera.

Al pasar vio Jesús a un hombre llamado Mateo sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: «Sígueme». Era un ladrón, un enemigo de la fe, un maldito. Nadie lo hubiera querido en su sinagoga. Y Jesús lo elige para convertirlo en una de las doce columnas de su Iglesia.

Así me eligió a mí para el sacerdocio, y a ti para cuidar de tu familia, que es suya. Y a Pablo, quien aseguraba que Dios escoge lo necio del mundo para humillar a los sabios (1Co 1, 27). Sólo Cristo escoge al incapaz, lo sana y lo hace capaz.

Ante la llamada de Cristo, nadie puede decir: «Yo no valgo para esto». Y, si alguien lo dijera, merecería esta respuesta: «Ya lo sabíamos».

(2109)

El silencio de Juan

Juan Bautista murió con apenas treinta años. La mayor parte los pasó escondido en el desierto. Y sólo durante los últimos meses, cuando estaba por aparecer el Cordero de Dios, gritó a pleno pulmón su anuncio junto al Jordán. Bautizó a muchos judíos, congregó a muchos discípulos y cuando, por fin, pudo señalar con el dedo al Mesías su voz se apagó para dar paso a la Palabra. No se apagó, la apagaron. Su cabeza fue separada de su cuerpo y entregada a una mujer que lo odiaba con todas sus fuerzas, porque Juan había puesto en evidencia su pecado.

El silencio de Juan fue preludio del silencio de Cristo. Tres años más tarde, el Mesías por él señalado fue también asesinado, y la Palabra encarnada resultó ahogada en las tinieblas de la muerte.

Ni Juan convirtió a Herodías con su palabra, ni Cristo logró, con su predicación, cambiar los corazones de los hombres. Pero la sangre del Bautista y su silencio anunciaron aquella sangre y aquel silencio que redimieron al género humano.

Ése es tu camino. Y el mío. Debemos gritar el nombre de Cristo. Pero la verdadera eficacia de ese anuncio se despliega cuando los hombres nos callan.

(2908)

Cristo como meta

El joven rico se acercó a Jesús buscando heredar vida eterna. Cristo, para él, era una ayuda más, un maestro que podía ayudarle a encontrar lo que deseaba. Lo mismo puede decirse de gran parte de los enfermos que se acercaban al Señor; buscaban salud, y Jesús era el médico que podía devolvérsela. Todas estas personas tenían una meta en la vida, y veían en el Hijo de Dios a alguien que podría ayudarles a conseguirla. Cristo era, para ellos, lo que es para mí el dependiente de la frutería: aquél que puede proporcionarme lo que necesito.

Aquel de quien escribieron Moisés en la ley y los profetas, lo hemos encontrado: Jesús, hijo de José, de Nazaret. ¡He aquí la grandeza de Felipe, de Bartolomé, de Juan…! Para ellos, Jesús representa el final de la búsqueda. No buscan algo distinto de Él y le piden ayuda para encontrarlo, sino que lo buscan a Él. Una vez hallado, han alcanzado la meta y descansan en Él. Lo mismo le sucedió a Edith Stein, quien, al conocer al Señor, exclamó: «¡Aquí está la verdad!». Fin de trayecto.

Ojalá, al acercarte a Jesús, no lo busques sino a Él. Y, al encontrarlo, descanses.

(2408)

Dichosos los que mueren en el Señor

Vino Cristo a la tierra como ladrón. A la hora que menos pensaba el dueño de la casa, abrió un limpísimo boquete en el alma de una mujer inmaculada y, a través de ese boquete, entró en la Historia y le arrebató a Satanás su botín. No sólo le robó las almas de los hombres, sino que le robó también la muerte.

Ese robo tuvo lugar en la Cruz. Y la muerte, que hasta entonces era signo de suprema maldición, se convirtió en el acto de amor más sublime que jamás vieran los siglos. Ante la muerte de Cristo, la tierra retembló estremecida, como tiembla la esposa al ser abrazada por el esposo. Dichosos los que mueren en el Señor (Ap 14, 13).

Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. Morir no es, simplemente, exhalar el último suspiro. Morir en Cristo es ir entregándose en amor poco a poco, segundo a segundo, a través de sufrimientos, contrariedades, y actos de abnegación. Todos exhalaremos ese último suspiro, pero no todos daremos fruto abundante, sino aquéllos que hayan derramado generosamente su vida. Sólo ellos mueren en el Señor. Benditos sean.

(1008)

Elogio de la campanilla

No sé por qué, desde hace años, la campanilla desapareció de las misas de muchas iglesias. A mí su sonido me parece venido del Cielo (salvando aquellos casos en que la campanilla cae en manos de algún salvaje aficionado a aporrear el metal).

¡Que llega el esposo, salid a su encuentro! Cuando el sacerdote extiende las manos sobre las ofrendas, la campanilla despierta a los dormidos y alegra a los despiertos. Después, cuando el sacerdote alza la Hostia, su sonido es grito jubiloso: «¡Ya está aquí!».

Se pusieron a preparar sus lámparas. El alma en gracia, dispuesta a recibir al Esposo, se pone en pie y eleva sus ojos al Cielo, uniéndose a la Plegaria recitada por el sacerdote.

¡Salid a su encuentro! Sale el corazón del pecho, encendido en amor, y asoma a las comisuras de los labios, donde el sacerdote deposita al Esposo.

Las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta. Se cierran los labios, se cierran las puertas del alma y allí, en esa bendita bodega, el Esposo y su amada, protegidos por un silencio santo y una oscuridad luminosa, se hacen uno en Amor.

Me encanta la campanilla.

(0908)

Betania

Se me marcha mi querido vicario parroquial. Es triste para mí, pero bueno para él, porque le ha llegado la hora de ser párroco. Y hoy me ha comentado su intención de pintar la que será su nueva casa. Hace bien, pero seguirá siendo la casa de un hombre que vive solo. Como la mía. Los sacerdotes seculares no vivimos bien. En cierta ocasión, un amigo me regaló una flor: «No te preocupes, que no tienes que regarla, es de mentira. Pero ponla en algún sitio, que se nota que en tu casa no ha entrado jamás una mujer».

Jesús tampoco vivió bien durante su vida pública. Dormía en el suelo, en casas prestadas, en un huerto… o no dormía, porque pasaba la noche en oración. Pero, de cuando en cuando, pasaba por Betania, y allí, en casa de Marta, María y Lázaro encontraba un hogar.

¡Cómo lo querían esos hermanos! Cuando cruzaba la puerta de su morada, podía quitarse el abrigo, ponerse las zapatillas, sentarse al fuego y descansar. Fueron pocos momentos, pero, desde que abandonó la compañía de la Virgen, fueron sus únicos momentos de hogar.

Ojalá en nuestras parroquias, y en nuestras almas, encuentre Jesús su Betania.

(2907)

Con ojos de nieto

Joaquín y Ana¿Nunca has dicho, al encontrar a alguien a quien llevabas tiempo sin ver: «¡Dichosos los ojos!»? Bien traída está la frase por el Señor, cuando Israel llevaba siglos esperando al Mesías:

«¡Dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen! Pues os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron.

Si se refiere Jesús a los ojos del cuerpo, los apóstoles estaban viendo el rostro del Mesías. Pero nuestros ojos, entonces, son infelices, porque no lo ven.

Pero si se refiere a la fe, a los ojos del alma, la bienaventuranza nos sumerge de lleno en su dicha. La fe rasga el horizonte de lo sensible, y nos abre a un mundo nuevo y luminoso. Allí encontramos nuestro hogar, habitamos en la casa del Señor, todo lo suyo es nuestro. El propio Cristo se pone en nuestras manos, y Joaquín y Ana son para nosotros lo mismo que fueron para Él: unos abuelos cariñosos y santos. Abres hoy los ojos, y un anciano te toma en brazos, y una anciana te besa, y tú dices Yayo y Yaya, y te dejas mimar, y eres ¡tan feliz!

¡Dichosos los ojos! ¡Bendita fe!

(2607)

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