La Resurrección del Señor

Fiestas de los santos – Espiritualidad digital

Matías y «el Justo»

MatíasSiempre que leo el relato de la elección de san Matías se me va la vista al segundo candidato, a José, llamado Barsabá, de sobrenombre Justo (Hch 1, 23). Me hace muchísima gracia. Es como si compites, para ser delantero de tu equipo, con otro al que apodan «el Messi». Cualquiera diría que no tienes absolutamente nada que hacer. Pero como el Espíritu Santo tiene sus cosas, entre Matías y «el Justo» eligió a Matías. En cuanto al tal José… ¿Qué fue de él?

¿Acaso el «Justo» no fue también elegido por Dios? ¿O quedó como material de desecho después del sorteo? Claro que Dios lo eligió, y para una misión tan importante como la de Matías, aunque nosotros no sepamos más de él.

Soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto. Cada persona ha sido elegida personalmente por Cristo para una misión única. Ninguno de nosotros es menos elegido que el Papa.

Por eso debes postrarte ante el Señor, conocer esa misión tuya y agradecer que te haya elegido para llevarla a cabo. Sólo así sabrás hasta qué punto eres un predilecto de Cristo. Aunque a ti te apoden «el pelanas».

(1405)

Benditas indiscreciones

El discurso de despedida de Jesús en el Cenáculo es una bendita indiscreción. Son conversaciones íntimas que san Juan quiso airear a los cuatro vientos, porque aquellos tesoros no podían permanecer en secreto.

– Señor, muéstranos al Padre y nos basta. –Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Feli­pe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: «Mués­tranos al Padre»?

Qué bien entendemos ahora lo que dijo Jesús: Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a la luz, y lo que os digo al oído, pregonadlo desde la azotea (Mt 10, 27).

Los apóstoles son aquellos que escucharon al oído las confidencias de Jesús y las gritaron desde la azotea hasta morir por ellas. Y es que, cuando se trata de Cristo, no basta con recibir sus confidencias; es preciso vocearlas para que lleguen a todos.

Muy egoístas seríamos si recibiéramos palabras de Amor venidas del cielo y no ilumináramos con ellas la tierra. Es verdad que algunas de ellas son privadas, tampoco conocemos muchos secretos que Jesús dijo al oído. Pero, en su mayoría, esas palabras son antorchas que el Señor nos entrega para que iluminemos a quienes caminan en tinieblas.

(0305)

Jesús y la opinión pública

almas sencillasDebe ser eso a lo que llaman «opinión pública», es decir, lo que opina el público, lo que dice la gente de uno. Y la opinión pública decía de Jesús: ¿No es el hijo del carpintero?

Tiene gracia que el Hijo del Creador haya sido conocido por la opinión pública como «el hijo del carpintero». Eso convierte a José en reflejo de Dios, y la carpintería en pequeño reflejo del Cosmos. «Por la carpintería la gloria entera pasa», reza el himno de la Liturgia de las Horas.

Dice José a Jesús: «Hagamos una silla», como dijo el Padre al Hijo: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza». Y el Verbo a cuya imagen y semejanza fue el hombre creado crea una silla para que el hombre fatigado encuentre reposo.

Y, al final, la obra maestra del Hijo del carpintero la llevó a cabo, muerto ya José, tallando con su cuerpo el Crucifijo. Y nuestro trabajo, a través de José y de Jesús, se incorpora a ese crucifijo y a la obra redentora de quien hizo, de la carpintería, un reflejo del Cosmos.

¿Qué dirá de nosotros la opinión pública? Ojalá dijera que somos dignos discípulos del tallador de crucifijos.

(0105)

La fe de los sencillos

Quienes se exprimen las meninges intentando desentrañar los misterios de la Fe no consiguen más que un dolor de cabeza. Pensar es bueno, razonar es saludable; nada de cuanto nos anuncia la Fe contradice a la razón. Pero a las verdades más sublimes de Dios no se llega escalando los arduos escalones del razonamiento, sino descendiendo por esos dulces peldaños de la sencillez que conducen a la contemplación.

Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños. Un niño que ve el mar por primera vez y se queda boquiabierto ante su grandeza ¿ha llegado a la playa mediante silogismos, o ha sido llevado por su padre mientras él dormía en el asiento trasero del coche? Su asombro ¿es fruto de una cansina actividad mental, o es, simplemente, el éxtasis de quien se siente pequeño ante una belleza inabarcable?

Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Creo haberlo escrito hace poco. Si quieres conocer al Padre, déjate abrazar por el Hijo y, desde ese palco, deja escapar un balbuceo: «Abbá».

(2904)

Transversal rima con sal

¡Qué bien traído está el pasaje evangélico que ilustra la fiesta de san Isidoro! Imposible escoger uno mejor:

Vosotros sois la sal de la tierra.

Porque, en aquellos siglos VI-VII de la España visigoda, san Isidoro sazonó con la sal del cristianismo todos los saberes humanos. No hubo ciencia que no tratase en sus escritos y, en ellos, hizo del cristianismo, usando una palabra tan de moda hoy, algo «transversal». Rima con sal.

¡Benditos tiempos! Hoy, en Occidente, la transversalidad del cristianismo ha dejado de captarse. La sal apenas sale del salero. En saleros –poco salerosos– se han convertido parroquias y familias. Allí se alaba a Dios, pero de allí no sale al mundo el nombre de Cristo.

Y es que son muchos los católicos que viven en guetos construidos por ellos mismos para protegerse del mundo. Y buscan ambientes católicos, webs católicas, políticos católicos, cine católico, medios de comunicación católicos… Todo tiene que llevar la marca. Que no se me ofendan los celíacos, pero parece que hubiéramos contraído una especie de celiaquía que nos llevara a buscar productos «sin mundo», especiales para católicos. Los celíacos saben lo caro que sale eso. Caro para nosotros, y carísimo para el mundo.

(2604)

No callemos a Cristo

Si nuestra pretensión, como cristianos, consistiera en salvar el alma, tendrían razón quienes nos dicen que la religión pertenece a la esfera íntima y privada de cada persona. Yo rezo, procuro salvar mi alma, y los demás que se apañen como puedan o, si lo prefieren, que se vayan al infierno; allá ellos.

Pero nuestra pretensión, como cristianos, no queda reducida a la salvación del alma. Nuestro propósito es inmenso, inconmensurable, tan amplio como el horizonte. Pretendemos que todos los hombres crean en Cristo, que todas las almas se salven, que Jesús sea amado y adorado en los confines de la tierra. ¡Ahí es nada!

Id al mundo entero y proclamad el evangelio a toda la creación. Por eso nadie puede callarnos, aunque se burlen, aunque nos persigan, aunque nos maten. Y si, por respetos humanos, por vergüenza, o por ese aburguesamiento que nos lleva a no querer salir de nuestra «zona de confort» callamos, privamos al mundo de la luz y pecamos contra Cristo.

Permite que te lo repita: tu fe no es asunto tuyo, no es materia privada. Nuestra fe es expansiva como los rayos del sol. Y, si no eres fiel a ese espíritu, no eres cristiano.

(2504)

El secreto de José

¡Qué sencillo es el secreto de José! Se puede resumir en una frase: Conocer la misión que Dios te ha encomendado, y entregar la vida a esa misión. Punto.

Ayer me comentaba un feligrés que, en América Latina, no se usa el verbo «desvivirse». Qué lástima, es un verbo precioso. Y define a la perfección lo que hizo José. Su vida fue un desvivirse para que María y Jesús vivieran.

José, hijo de David, no temas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dios puso en sus jóvenes manos sus tesoros más preciosos: a su Hijo único y a su esposa. Y José los custodió, pero no como quien custodia un collar en un joyero, sino dando la vida, desviviéndose día a día por María y Jesús. Y todo ello lo hizo en silencio, como quien se encoge de hombros y se quita importancia. ¡Es tan fácil querer a san José!

Recuerda el secreto de José, es sencillo: No tienes que inventar nada, ni cargarte de iniciativas, sino desvivirte por lo que el Señor te ha encargado custodiar: tu fe, la limpieza de tu cuerpo, tu familia, tus amigos… ¡tu alma!

(1903)

Esta web utiliza cookies propias y de terceros para su correcto funcionamiento y para fines analíticos. Contiene enlaces a sitios web de terceros con políticas de privacidad ajenas que podrás aceptar o no cuando accedas a ellos. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos. Más información
Privacidad