Lirbos de José-Fernando rey ballesteros

Fiestas de los santos – Espiritualidad digital

Los hijos de Pablo

Pablo, que fue célibe, tuvo hijos. A los Corintios y a los Gálatas les asegura que él es su padre y su madre, como lo atestiguan sus dolores de parto. También Timoteo y Tito fueron hijos suyos. Él los dio a luz con su predicación y su entrega. ¡Cómo se preocupaba por ellos! Igual que una madre, les aconsejaba, se interesaba por su salud y los instruía. El estómago de Timoteo le dolía a su padre: ya no bebas más agua sola, sino toma un poco de vino a causa del estómago y de tus frecuentes enfermedades (1Tim 5, 23). ¡Qué sabio consejo!

La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies. Pedidle a Dios que los sacerdotes, como Pablo, tengamos hijos. Rogadle que nos conceda una santa fecundidad y que, como fruto de nuestra entrega y de nuestra predicación, veamos a jóvenes abrazar con gozo la vocación sacerdotal. Algunos lo pedimos como Abrahán, porque vamos cumpliendo años y no vemos progenie. Suplicadle al Señor que, aunque no lo merezcamos, seamos fértiles. La Iglesia necesita sacerdotes santos. ¡Si, al menos, cada sacerdote alumbrase una vocación, podríamos morir tranquilos!

(2601)

Una «santa obsesión»

La familia, el trabajo, el deporte, la televisión, el teléfono, la báscula, la salud… La vida está llena de facetas que la hacen multicolor. Pero cuando una de esas facetas revienta sus límites y se apodera invasivamente del cerebro, tenemos una obsesión. Si alguien se pesa una vez al mes, cuida su salud; si se pesa cuatro veces al día, tiene un problema.

La conversión a Jesucristo es una «santa obsesión». Cuando uno conoce a Cristo y queda fascinado por Él, el Señor lo invade todo. San Pablo confiesa a los Corintios que nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo (1Co 2, 2). Y a los Filipenses: todo lo considero basura con tal de ganar a Cristo (Flp 3, 8).

Lo que diferencia esta «santa obsesión» de las obsesiones patológicas es que, mientras éstas esclavizan al hombre, el pensamiento de Cristo no desplaza las demás facetas de la vida, sino que las ilumina. La familia es para Cristo, el trabajo es para Cristo, la salud es para Cristo, el ocio es para Cristo… Y el alma se libera, y deja de depender de las cosas para convertir la vida en lance de Amor.

¡Bendita obsesión!

(2501)

Cuerpo entregado y ojos cautivos

EstebanTus ojos deberían estar gozando, desde ayer, un dulce cautiverio. Amaneció en un establo olvidado, y ese Sol que no deslumbra quiere secuestrar amorosamente tu mirada. La luz que ahora llena tu alma te ha convertido en Belén viviente. El mundo sigue girando, se suceden noticias y suenan voces… Pero tu atención no debe apartarse del pesebre y, por eso, tu dicha no se apaga.

Nada os preocupe (Flp 4, 6), dice el Apóstol. ¿Qué puede preocuparte, si tienes frente a ti al Rey de reyes y sabes lo mucho que te ama? Mientras el mundo persigue al cristiano, él anda despreocupado de lo que digan, de lo que esperan de él, de lo que pueda sucederle, y hasta de sí mismo, porque su mirada está en Dios, y eso le hace muy feliz.

Imagino a Esteban sonriendo por dentro mientras lo lapidan; él ve el cielo abierto y entrega su espíritu a Dios. Por eso su rostro les pareció el de un ángel (Hch 6, 15).

El que persevere hasta el final se salvará. Esa perseverancia, de la que habla Jesús, no consiste en apretar los dientes, sino en mantener la alegría, en dejar los ojos presos en Belén.

(2612)

“Misterios de Navidad

“Misterios de Navidad

El trabajo más apasionante del mundo

Dice el profeta Isaías: ¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que proclama la paz! (Is 52, 7). Qué misión tan maravillosa, anunciar a los hombres la paz que Cristo ha traído al mundo.

Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres. Qué trabajo tan apasionante, proclamar con la propia vida y con los labios el Amor de Dios, para que los corazones se rindan a su paso.

Mira en torno a ti. ¿No ves lo necesitados de cariño que están quienes te rodean? Quizá no lo ves, porque no te fijas en ellos; estás demasiado ocupado en ti mismo y en tus problemas. Por favor, libera tus ojos, desencadénalos y mira a tu alrededor.

Muchos de ésos que caminan por la calle, consumen en el bar, compran contigo en el supermercado, trabajan junto a ti y viven en tu casa sufren un terrible vacío en sus corazones, porque nadie les ha anunciado que Dios los ama. Si tú no te acercas a ellos, quizá mueran sin haber conocido que son amados.

¡Despierta, pescador de hombres! Sal al encuentro de tus semejantes, goza y hazles gozar a ellos del trabajo más apasionante del mundo.

(3011)

Santos de tu devoción

¿Cuántas vidas de santos has leído? ¿Hay «santos de tu devoción»? Yo tengo más de veinte, y los saludo todas las mañanas. Me encomiendo a ellos, y a cada uno le tengo asignado un encargo distinto.

¿Por qué? Es la pregunta de la gente «práctica». ¿Qué falta hace la mediación de los santos? ¿Acaso no conoce Dios todas nuestras necesidades? ¿Acaso no podemos dirigirnos directamente a Él? ¿O es que está tan ocupado que necesita secretarios? ¿Será que no nos quiere, o está enfadado con nosotros, y necesitamos mover influencias para ponerlo de nuestra parte?

Nada de eso. Pero, antes de responderte, permite que también yo te pregunte: ¿Acaso no podría Dios criar a tus hijos mejor que tú? ¿Qué falta haces? ¿No podría Dios hacer directamente tu trabajo? ¿Por qué deja que te canses? ¿Necesita Dios que le pidas algo, cuando Él ya sabe lo que te hace falta? ¿Por qué quiere que pidas?

Respuesta: porque Dios cuenta con sus criaturas para realizar su obra. Cuenta con tu trabajo, con tu oración, y también con la intercesión de sus elegidos para manifestar su Amor a los hombres. Esa intercesión es muy valiosa, porque Dios ha querido que lo sea.

(0111)

Apóstoles y repartidores de pizzas

Para un repartidor de pizzas, comer pizza debe ser un ejercicio estomagante. La pizza no es su alimento, sino la carga que lleva sobre los hombros durante horas. Y cuando, terminado el trabajo, al fin puede sentarse a cenar, supongo que preferirá cualquier manjar menos la pizza. (Si algún repartidor de pizzas está entre mis lectores y cena pizza cada noche, le pido perdón por el patinazo).

Todo esto viene a cuento de que el apóstol no es un repartidor de pizzas. Ni mucho menos de Evangelio. Proclamar la buena noticia no es un trabajo duro que nos han asignado. No recogemos el Evangelio a las nueve, lo repartimos hasta las seis, y después nos dedicamos a ver series de TV para relajarnos. Somos, en palabras de san Pablo, miembros de la familia de Dios (Ef 2, 19).

Escogió de entre ellos a doce. Nosotros hemos sido escogidos para vivir cerca del Señor, para ser sus íntimos, y eso debería emocionarnos y llenarnos de gratitud. La emoción y la gratitud, precisamente, traen el nombre de Cristo a nuestros labios lleno de amor, porque anunciamos lo que amamos. Y, cuando lo hemos anunciado, llegamos a casa y cenamos Evangelio. Nos encanta.

(2810)

Las más sensatas y felices de la Tierra

La grandeza de Cristo no es comparable a la de ningún personaje histórico. Buscad a uno solo por cuyo amor, dos mil años después de su paso por la tierra, millones de mujeres hayan guardado y sigan guardando vírgenes sus cuerpos. ¿Imagináis a una mujer que guardara virginidad por Napoleón? Quizá deberíais buscarla en el mismo establecimiento sanitario donde reside quien se cree Napoleón. Las religiosas, sin embargo, son las mujeres más sensatas y felices de la tierra, porque saborean en sus corazones un Amor vivo, capaz de llenarlas de gozo hasta el fin de sus días.

Especialmente a santa Teresa pueden aplicarse las palabras del Señor que hoy nos propone la liturgia: Tomad mi yugo sobre vosotros.

Ella fue esposa, «cónyuge» de Cristo, porque tomó, sobre sus hombros, el yugo del Señor. Y unida a Jesús por ese mismo yugo, llevó a plenitud su vocación religiosa.

Padeció la enfermedad, sufrió calores y fríos, gustó el cáliz amargo de la incomprensión y, como su Señor, fue llevada a juicio injustamente.

Lo más grande es que, en medio de todas estas pruebas, Teresa jamás perdió la alegría. Porque, como ella dijo, «quien a Dios tiene nada le falta. Sólo Dios basta».

(1510)

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