Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

Fiestas de los santos – Espiritualidad digital

Creo en la suerte

¿Tú crees en la suerte? Yo creo en la suerte. Y mucha he tenido, al haber sido bendecido por Dios con la fe y haber sido elegido para el sacerdocio. Soy la persona más suertuda del mundo. Y creo que detrás de la suerte está Dios. San Matías creía en la suerte. ¡Cómo no iba a creer, si fue elegido a través de unos dados! Pero también sabía quién los lanzaba.

Los que me parecen unos mentecatos son quienes sólo creen en la suerte a medias. «¿Por qué yo he tenido la suerte de tener fe y mi vecino no?» Bobo, a ver si te enteras. Tu vecino ha tenido la suerte de tener un vecino con fe. Pero si no te acercas a él y le transmites el regalo, tendrás algo más que mala suerte cuando el Señor te llame.

No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido. La Iglesia no es una multinacional en la que el jefe de personal dice a los empleados: «Tú, al matrimonio; tú, sacerdote; tú, monja». La Iglesia sólo ratifica la elección de Cristo. Y Cristo no elige a los mejores, elige a quien quiere. Pura suerte.

(1405)

El día en que nadie trabaja y el alma del trabajo santo

almas sencillasConste que estoy en contra. Me opongo con todas mis fuerzas. Y con las del vecino, si me las deja. Protesto. No tiene sentido que la gente celebre la fiesta de San José Obrero levantándose tarde y faltando al trabajo. Hoy habría que trabajar doble. Si no ¿qué estamos celebrando? Me voy a plantar con una pancarta en la puerta del algún ministerio. Pero como no habrá nadie, porque nadie trabaja hoy, de poco me va a servir.

Hecha la protesta, vamos a lo nuestro. Los motivos del trabajo son los que le dan alma o le privan de ella. Si uno trabaja sólo para conseguir dinero, su trabajo no tiene alma, es mero instrumento de lucro. Pero san José trabajaba para honrar a Dios, para alimentar a su Hijo, para sostener a la Virgen, para enseñar a trabajar al Verbo encarnado… ¡Qué trabajo tan santo!

Ya que hoy te levantarás tarde y no vas a fichar, dedica tiempo a la oración y mira los motivos de tu trabajo. ¿Para qué, para quién lo haces? ¿Tiene alma tu trabajo? ¿Es oración, es prolongación de la Eucaristía, o es mero instrumento de supervivencia?

Dichoso quien trabaja en el taller de José.

(0105)

Barro más barro más Espíritu

Si tú echas en un cesto veinte paladas de barro, no quieras vender su contenido como si fuera oro. Barro más barro sólo da barro como resultado.

Pero san Francisco de Asís acudía a las iglesias de los pueblos y, ante los vecinos, besaba manos y pies de sacerdotes que convivían públicamente con mujeres y engendraban hijos. Y santa Catalina de Siena llamaba «el dulce Cristo en la tierra» a papas que, como Gregorio XI, habían huido de Roma y vivían como príncipes en Aviñón. Trataban al barro como si fuera oro.

Y eso sucedía porque, en el cesto de la Iglesia, las paladas de barro que los hombres echamos con nuestra fragilidad y nuestros pecados reciben una unción venida del cielo, un soplo como el que recibió el primer Adán.

Has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños. Ante almas sencillas como la de santa Catalina, Dios retira el velo de nuestro barro y le hace ver la hermosura de su nueva creación. Si la Iglesia fuera la suma de sus miembros, no hubiera podido subsistir. Pero la Iglesia es la Esposa de Cristo, es hermosísima. Aunque vista de barro.

(2904)

¡Sin miedo!

¡Cuántas veces, después de una predicación, me he dicho: «Menudo rollo les has metido»! Estaba cansado y supuse que se me notaría, que faltaría vibración y garra porque no tenía ni lo uno ni lo otro. Y entonces se me acerca alguien dándome las gracias por lo mucho que le ha ayudado la prédica. Cuando se marcha, se me caen todos los complejos. Y me doy cuenta de que es Dios quien actúa, yo sólo debo poner lo que tenga (por poco que sea) y el deseo de servirlo.

Ellos se fueron a predicar por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban. La primera parte es necesaria. Si, por miedo a equivocarte, o por esa falsa humildad que te lleva a creer que no eres digno te niegas a hablar de Cristo, Cristo no será predicado ni conocido. Ningún ángel bajará del cielo para hacer el trabajo que tú no haces. Pero si confías en Dios y abres los labios para proclamar su nombre, aunque todo tu discurso quede en un tartamudeo, Dios convertirá tus pobres palabras en instrumentos de salvación para quien te escuche. Y sabrás que no has sido tú.

(2504)

Por qué no lo llamamos Pepe

Lo de los «Pepes» ya sabéis de dónde viene. Antiguamente, en los escritos espirituales, junto al nombre de José se añadían, entre paréntesis, las siglas «p.p.», que nada tenían que ver con la política española, sino con las palabras «padre putativo». Suena fatal, era una forma de dejar claro que José era padre de Jesús «según pensaban».

Menos mal que desaparecieron las siglas, aunque lo de los Pepes permanezca. Porque, aun siendo verdad que José no intervino en la concepción virginal del Hijo de Dios, el santo patriarca no fue padre meramente «putativo» de Jesús. Fue verdadero padre. Educó al Niño Dios, le dio todo el amor y la protección que un buen padre da a su hijo, y Jesús lo llamó «abbá», papá, como todos los niños llamaban a sus padres.

Por eso es también padre nuestro. Porque somos miembros de Cristo. Y no nos dirigimos a él diciendo: «José, padre putativo mío», sino «San José, mi padre y señor». Por eso tampoco lo llamamos Pepe.

Encomiéndate a él. Pídele protección y auxilio. Porque, como sucede con la Virgen, estar cerca de José es estar cerca de Jesús. Dile, como un niño asustado a su papá: «No me sueltes».

(1903)

El reino de Dios entrando en un despacho

Imagínate que entro en el supermercado provisto de un megáfono, me subo al congelador de los guisantes, y grito desde allí: «¡El reino de Dios ha llegado a vosotros!». ¿Cómo me mirarían los que están haciendo la compra? ¿Cuánto tardaría el encargado del supermercado en llamar a algún vigilante para que me sacara de ahí? Eso si no se rompe el cristal del congelador y quedo sepultado entre bolsas de guisantes con megáfono y todo, claro.

Si entráis en una ciudad y os reciben, decidles: «El reino de Dios ha llegado a vosotros».

El reino de Dios puede anunciarse a grito pelado, desde luego. Los apóstoles lo hicieron en Pentecostés, y el Espíritu bendijo su predicación con abundancia de bautismos. Pero hay más formas.

Lunes por la mañana en un despacho de abogados. Nadie habla apenas, todos visten cara de lunes. Hasta que entra un joven abogado sonriendo, dando a cada uno los buenos días y preguntando a uno de ellos por su madre enferma. El jefe le pregunta: «¿Qué desayunas los lunes, para venir así?». Él responde: «Es que vengo de misa». El reino de Dios ha llegado a vosotros. El lunes siguiente, el jefe está también en misa.

(1402)

¿Nos quedaremos esperando?

A quienes deseáis ver el Reino de Dios extendido por toda la tierra os mostraré dos escenarios: Podéis rezar y esperar a que los hombres, hartos del mundo, vuelvan a Cristo. Y volverán, van volviendo de uno en uno, yo ya he recogido a unos cuantos que venían muertos de asco y de sed. O podéis ser divinamente impacientes, no conformaros con esperar rezando y salir a las calles, acercaros a quienes no creen y llevar el cielo a sus casas para que despierten, gritándoles, con vuestras vidas: El reino de Dios ha llegado a vosotros.

Porque para muchos, incluso entre quienes fueron bautizados, Dios es un concepto frío y lejano. No lo han tocado ni lo han olido jamás. Y el cristiano es quien, con su vida, su cariño y su alegría hace sentir a los hombres que Dios está cerca.

Decid primero: «Paz a esta casa». Y los hombres se sorprenden. ¿De dónde le viene a éste esa paz? Le viene del cielo, el cielo está cerca, lo toco cada vez que trato a este hombre. Huele a Dios.

No os conforméis con rezar y esperar. Llevad el cielo a los hombres. Sed santos en medio de ellos.

(2601)

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