Evangelio 2018

Fiestas de los santos – Espiritualidad digital

De luces y sombras

A algunos les hubiera gustado que la venida de Dios a la tierra hubiese tenido el efecto de quien enciende la luz en una habitación: en un instante, las sombras desaparecen, y todo queda iluminado. Pero la venida de Dios a la tierra se asemeja más al amanecer: mientras montes y valles se llenan de claridad, el interior de las casas no recibe el brillo del día si sus moradores no abren las ventanas. Y no todos quieren. Muchos prefieren seguir durmiendo el sueño de la muerte.

Herodes montó en cólera, y mandó matar a todos los niños de dos años para abajo, en Belén y sus alrededores.

Raquel lloró a sus hijos, y hoy la Iglesia los festeja. Las lágrimas de la Iglesia se derraman, más bien, por los verdugos. Los niños han sido hechos inocentes al bañarse en la sangre del Cordero. Pero los verdugos se hicieron culpables a sí mismos. Por ellos lloramos.

No eres desgraciado cuando sufres; el Niño Dios, luz hoy desde el pesebre, y desde la cruz mañana, ilumina tu dolor y lo convierte en gloria. Eres desgraciado cuando pecas, porque cierras tus ventanas a la luz y te conviertes en morada de tinieblas.

(2812)

“Evangelio

Todo un baile en la quietud

La Navidad es saltarina. Nos congregamos el 25 en torno al pesebre, y el 26 asistimos al martirio de Esteban. Cerramos los ojos, los abrimos de nuevo, y la festividad de san Juan nos lleva al día de la resurrección de Cristo, a quien hemos visto nacer hace 48 horas. Cuando nos queramos dar cuenta –es decir, mañana– habremos vuelto a los primeros años de Jesús para contemplar el martirio de los Inocentes. Todo un baile, entre nervioso y juguetón, alrededor de la Historia.

Y, sin embargo, aunque estemos bailando (¿cuándo bailaremos, si no bailamos en Navidad?), no nos hemos movido. Los ojos han permanecido fijos en el Niño Dios, porque en Él, cuando lo miramos con fe, se encuentra agrupada la Historia entera. Él es el alfa y la omega, el principio y el fin. Es Señor del tiempo, y también de la eternidad.

Vio, y creyó. Esos ojos de Juan, que son ojos de fe, abren la humanidad santísima de Cristo a la gloria de su divinidad. En el pesebre están Adán y Eva, allí están los santos y los mártires, allí estamos tú y yo…

En Navidad se reza con los ojos. Tú mira. Mira, y verás.

(2712)

“Evangelio

Una oración de mentira

Hay una oración «de mentira». Dirás que, si es de mentira, entonces no es oración. Y tienes razón: no es oración, pero se le parece. He ahí su mayor peligro.

Venid conmigo y os haré pescadores de hombres. La verdadera oración –bien lo supo san Andrés, a quien hoy celebramos–, a la vez que te retira a un lugar apartado con Cristo, te acerca a los hombres y te une a ellos cada día más. Necesitas retirarte todos los días durante un tiempo, en silencio, para alcanzar intimidad con el Señor. Dichoso tú si puedes pasar esos minutos ante un sagrario. Pero, mientras estás a solas con Él, sientes esa llamada urgente que te envía hacia tus hermanos. Es como si te dijese: «¡Tráemelos, muéstrales mi Amor y atráelos hacia mí!». Por eso, cuando vuelves a tus tareas, estás más cerca de quienes te rodean y los amas más. Ese amor te convierte en apóstol.

En la oración «de mentira», uno cree escuchar: «Ven conmigo, y te libraré de los hombres». «¡Qué bien se está rezando, aquí, a solas y en silencio, sin tener que soportar al prójimo!». Eso, ni es oración, ni lleva al cielo. Es aburguesamiento espiritual.

(3011)

Dolores de parto

Son dolores de parto: Los pobres en el espíritu, los que lloran, los que tienen hambre y sed de la justicia, los que trabajan por la paz, los perseguidos… Ahí están tus dolores y los míos, tus lágrimas y las mías, tu hambre y la mía, tu sed y la mía, tus trabajos y los míos, tus humillaciones y las mías. No habla el Señor a unos pocos elegidos. Nos habla a ti y a mí, para que no olvidemos que, tras todas esas dificultades, si las sufrimos por Él y con Él, existe un inmenso caudal de gloria. Son dolores de parto, nada más.

No pienses sólo en los diez segundos posteriores a tu muerte. Al cielo se amanece desde lo profundo del alma, y eso debe suceder en esta vida. Habrá, desde luego, un día en que el nacimiento se consume, pero ese día tampoco será el de tu muerte. Quizá la muerte sea la contracción última, pero el nacimiento pleno a la vida plena sucederá cuando el Señor vuelva y nuestros cuerpos, ya resucitados, puedan participar también de su gloria y gozarla para siempre.

Entre tanto, recuerda que estás naciendo, y repite muchas veces: «¡Vale la pena!».

(0111)

En tres palabras…

Tres grandes acontecimientos jalonan la vida de un apóstol:

– La llamada: Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, escogió de entre ellos a doce. Simón y Judas, entonces, se supieron invitados por el propio Cristo a una mayor intimidad con Él. Es lo mismo que te sucedió a ti en aquellos ejercicios espirituales, o en aquel encuentro de oración, o… Tú sabes.

– El envío: A los que también nombró apóstoles. Jesús les muestra el gran campo del mundo, y los envía a recoger lo que ellos no sembraron. Sucedió después de tres años de intimidad con el Señor, cuando, antes de ascender al Cielo, les mandó recorrer la tierra anunciando el Evangelio. Lo mismo te ocurrió a ti cuando comenzaste a sentir en tu alma ese fuego del celo apostólico. De repente, las almas te dolían, y hubieras querido entregar la vida por salvar una sola.

– La fidelidad: Simón y Judas, hombres limitados y pecadores como tú y como yo, animados por ese celo y ayudados por la divina gracia, entregaron sus vidas hasta el final y cumplieron su misión… ¿Como tú y como yo? A ellos, y a la Reina de los apóstoles, pediremos que así sea.

(2810)