Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

Fiestas de los santos – Espiritualidad digital

Un niño bien educado

Juan fue un niño muy bien educado. No cabe duda de que hubo, en esa educación, una asistencia muy especial del Espíritu Santo, y tampoco de que se trataba de un niño singular. Pero también es de justicia atribuir su mérito a Zacarías y a Isabel.

El niño iba creciendo, y su carácter se afianzaba, se nos dice de Juan. De Jesús cuenta san Lucas que crecía en sabiduría, estatura y gracia (Lc 2, 52). Pero ese crecimiento y esa configuración del carácter necesitaron de la ayuda de los padres.

Unos malos padres crían niños salvajes; les dan cuanto piden –para que no molesten– y los dejan asilvestrarse. Otros no crían; esculpen. Desde que el niño nace, ya saben en qué quieren que se convierta, y cincelan el carácter del niño conforme al proyecto que ellos hicieron, ahogando así la personalidad del hijo.

Unos buenos padres, como Zacarías e Isabel, saben que sobre el niño gravita un designio divino. Y procuran enseñar al hijo a escuchar a Dios, como ellos también lo escuchan, de forma que el pequeño llegue a ser lo que está llamado a ser, aunque no coincida con sus planes. Semejantes padres crían niños felices y santos.

(2406)

El síndrome de Tomás

Podríamos muy bien llamarlo «el síndrome de Tomás»: lo que no veo y no toco, no existe. Bajo esta mentalidad se oculta una triste antropología: soy un cuerpo dotado de mente; nada más. Un animal evolucionado capaz de procesar datos de experiencia empírica. Lo más parecido a un híbrido entre el animal y el ordenador.

Felipe le dice: «Señor, muéstranos al Padre, y nos basta». Jesús le replica: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe?».

También Felipe pensaba que la única forma de ver al Padre consistía en que se hiciese visible a los ojos. Pero Jesús emplea el verbo «ver» dos veces, y marca un abismo entre ellas: Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre. «Mientras me ves a mí con los ojos del cuerpo, verás al Padre con los ojos del alma, con la fe. Tienes alma, Felipe, no eres un animal ni un ordenador».

Creo haberlo escrito hace poco: los sentidos marcan sólo el inicio del camino, pero la relación con Dios, en este nuevo orden abierto desde la Pascua, se establece en el espíritu.

Es consolador que tanto Tomás como Felipe sean santos. El «síndrome de Tomás» se cura.

(0305)

Nuestro San José

Este año, San José ha venido a mi parroquia. Creo que llevaba tiempo llamando a las puertas, pero el ruido, tan frecuente en estas vidas que llevamos, me impedía oírlo. Seguro que fue culpa mía. El caso es que, allá por el mes de febrero, mientras celebraba la Santa Misa, lo escuché con tanta fuerza como suavidad. No quise hacerle esperar más, y, finalizada la comunión, lancé al aire la idea de realizar una colecta para comprar una talla de San José. En menos de una semana habíamos recaudado más de lo necesario.

Nuestro San José está acompañado del Niño Jesús. Entre ambos sujetan una sierra con la que trabajan un tronco de madera. Es lo mejor para una parroquia: un San José que trabaja con Dios. No trabaja Dios con San José, sino que el padre, al unirse al trabajo del Niño, convierte su trabajo en oración.

He escrito que es lo mejor para una parroquia, porque a las parroquias venís personas trabajadoras. Y, al ver al santo patriarca trabajando, recordáis que, si unís vuestra labor a la suya, la unís también a la de Cristo, y convertís el trabajo en prolongación de la Eucaristía. Así da gusto trabajar.

(0105)

Estas cosas

Cuando dice Jesús: Te doy gracias, Padre, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a la gente sencilla, ¿a qué se refiere? ¿Qué son estas cosas? ¿Qué las hace inasequibles a los sabios, y, sin embargo, las deja al alcance de la gente sencilla?

Los sabios y entendidos hablan mucho; cuando quieren mostrarte su sabiduría te fulminan, porque sus explicaciones suelen ser interminables. La gente sencilla, sin embargo, habla poco. Necesitan pocas palabras para decirte lo que quieren, porque su mundo interior no está poblado por realidades inescrutables y enrevesadas, sino por unos pocos sueños que son claros como el agua.

Tendremos, por tanto, que entender que estas cosas, a las que se refiere Jesús, no requieren largas explicaciones para transmitirlas ni mentes sofisticadas para entenderlas. Cuando los sacerdotes nos alargamos en los sermones nos convertimos en una plaga bíblica. La gente sencilla se agota.

Lo más curioso de todo es que Jesús se refiere a la sencillez suma: en realidad, estas cosas se expresan sin palabras. Son inefables. Los discursos sobran. En ocasiones, basta con llevarse la mano al pecho. Hablo de amores grandes y de silencios elocuentes. Mejor me callo.

(2904)

La ciudad sobre el Monte

Cuando Jesús dijo: No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte, los judíos que lo escuchaban pensaron en Jerusalén, la ciudad santa edificada sobre el monte Sión.

Pero Jesús se refería a la Iglesia y al Calvario. La Iglesia es la ciudad edificada sobre el Gólgota, crucificada con Cristo. Allí, en lo alto, no puede ocultarse, porque se encuentra desnuda y despojada ante los ojos de Dios. Desde la Cruz, la Iglesia ilumina la tierra.

Tengo miedo. Temo que, en Occidente, los cristianos hayamos bajado de la Cruz, lo cual supondría abandonar secretamente la Iglesia. Temo a esa oración sin sacrificio que acaba por convertirnos en burgueses piadosos. Observad vuestra vida, y comprobad si seguís en lo alto del Monte, si no habéis bajado de la Cruz. ¿Reconocéis en vosotros el oprobio de Cristo, perseguido por hablar las palabras de Dios? ¿Distinguís las marcas de la penitencia? ¿Experimentáis el cansancio de quien se deja comer por los demás? ¿Os mueve vuestra oración a entregar la vida, o alguien os ha convencido de que también se puede rezar desde abajo, mirando a Quien ha subido al monte a través de unos ojos adornados con piadosas lágrimas?

(2604)

Inexpugnables

De cuando en cuando, alguien se acerca tembloroso y me llora: «Padre, creo que me han hecho un maleficio… Me han “echado mal de ojo”… Soy víctima de una maldición…» Después, me piden un exorcismo, o una oración de liberación. Gran parte de las veces, lo que buscan es que les deje de doler la pierna, que puedan vender una casa, o que encuentren trabajo de nuevo, calamidades asociadas por ellos al supuesto maleficio.

¿No ha dicho el Señor: A los que crean, los acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre? No todos los que creen son exorcistas (aunque espero que todos los exorcistas crean). El exorcista expulsa al demonio cuando ha entrado. Pero quien tiene fe lo expulsa antes de que entre. Para los limpios, todo es limpio (Tt 1, 15), dice san Pablo. Quien está limpio, vive en gracia de Dios, tiene fe y ama al Señor, no debe temer maleficio alguno. Aunque pronunciaran sobre él cientos de maldiciones, los demonios quedarían fuera. Podrán quitarle el trabajo o la salud, podrán ocasionarle sufrimientos sin número, pero eso al limpio lo une a la Cruz. A su alma no pueden ni rozarla. Una persona así no necesita exorcismos.

(2504)

Esposo y padre. Desagraviando

El escrúpulo, en la piedad, es un peligro. Para salvaguardar la virginidad de María, algunos representaron a san José como un ancianito, y al esposo de María le negaron el privilegio de la juventud.

 Al pobre José le ha tocado también cargar con uno de los nombres más horribles que jamás ha producido el retorcimiento hispanohablante: «padre putativo». Por más que lo hayan abreviado en Pepe (P.P.), sigue siendo un calificativo horripilante. Creo que una buena parte de la santidad de José consiste en no quejarse del trato que le hemos dado. Quisiera desagraviar.

José fue esposo, y muy esposo de María. La amó con verdadero y santo amor. La amó como un hombre joven ama a una mujer joven. Y tanto la amó, que sacrificó su instinto para preservar la virginidad del amor de su vida. La castidad de José fue apasionada.

José fue padre, y muy padre, de Jesús. Lo educó, lo amó como un padre ama a su hijo, y escuchó cómo Jesús le llamaba «Abbá». El que la generación biológica de Cristo fuera obra del Espíritu Santo nada restó a la paternidad de José.

Esposo y padre. Así debemos venerarlo. Desagraviemos tanto escrúpulo en la piedad.

(1903)

Una silla. Bendita silla

La fiesta de la Cátedra del apóstol san Pedro es única en el calendario. Todas las demás fiestas están dedicadas a honrar a Cristo o a los santos. Lo que hace único el día de hoy es que, en esta fiesta, veneramos una cátedra: una silla.

Ya comprenderéis que hablo en sentido figurado, pero no tanto: hoy no veneramos a san Pedro, ni a san Gregorio Magno, ni a san Pío X, ni a san Juan Pablo II. Todos ellos tienen su fiesta en otro lugar del calendario. Lo que hoy mantiene en acción de gracias a la Iglesia es la promesa, realizada por el propio Cristo, de guiar a su Iglesia a través del pecador que ocupe el lugar de Pedro, pecador también.

Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del Infierno no la derrotará.

Quienes dicen ser más de Juan Pablo que de Francisco, o más de Francisco que de Benedicto, son necios y cortos de vista. Los cristianos somos de Cristo, el Hijo de Dios que nos instruyó en Juan Pablo y en Benedicto, y que en Francisco nos invita a salir para derramar la misericordia de Dios sobre un mundo que yace en tinieblas.

(2202)

Gracias por los que siembran

Cuando un hombre comienza a existir, su alma se encuentra lastrada por el primer pecado. La fe no puede brotar de una tierra árida por generación espontánea. Es preciso recibirla, como recibe el suelo la semilla y el agua. Todo ello requiere el trabajo de un sembrador. Los padres que llevan al niño a bautizar, el sacerdote que sirve de cauce al Espíritu, los educadores que instruyen al niño, y después al joven, en la fe… Sin maestros ni sacerdotes, no habría cristianos.

Curad a los enfermos que haya, y decid: «Está cerca de vosotros el reino de Dios». ¿Has dado gracias por las personas que sembraron en tu alma la semilla, y por quienes la hicieron crecer? Hoy es buen día para que lo hagas, mientras celebramos a los santos Cirilo y Metodio, que llevaron esa misma semilla a los pueblos eslavos. Piensa en tus padres, en los sacerdotes que ha pasado por tu vida, en tus catequistas, en los buenos amigos que te hablaron de Dios… ¿Qué habría sido de ti sin ellos?

Y sé dócil a la gracia. Reparte con generosidad lo que recibiste, para que, un día, otras personas den gracias a Dios por haberte conocido.

(1402)

Gente de paz y gente de «pachorra»

Estás desanimado, y no deberías estarlo. Llevas años anunciando a quienes te rodean la salvación que Cristo vino a traer al mundo, y nadie te hace caso. Asienten con la cabeza, pero, a la hora de la verdad, no están dispuestos a dar la vida como el Señor les pide. Has derramado vida eterna a tu paso, y piensas que de nada ha servido.

Te equivocas. Nada se pierde. La semilla que no da fruto cerca puede estar dando fruto lejos, muy lejos, donde menos sospechas.

Si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros. Se ve que no eran gente de paz, sino de «pachorra». Son cosas distintas. La gente de paz es gente de guerra, gente dispuesta a luchar para alcanzar una paz que llega tras la victoria, y que ya se experimenta en la misma lucha. Pero ellos no están dispuestos a luchar.

Recupera tu paz. Tu dolor es bueno; tu falta de esperanza, no. ¿Acaso creías que iban a hacerte más caso a ti que el que le hicieron al propio Señor?

Levántate. Tienes que continuar. Es preciso derramar vida eterna sin pedir nada a cambio. ¡Poneos en camino!

(2601)

Evangelio 2017