Evangelio 2022

Fiestas de los santos – Espiritualidad digital

Dichosos los que mueren en el Señor

Vino Cristo a la tierra como ladrón. A la hora que menos pensaba el dueño de la casa, abrió un limpísimo boquete en el alma de una mujer inmaculada y, a través de ese boquete, entró en la Historia y le arrebató a Satanás su botín. No sólo le robó las almas de los hombres, sino que le robó también la muerte.

Ese robo tuvo lugar en la Cruz. Y la muerte, que hasta entonces era signo de suprema maldición, se convirtió en el acto de amor más sublime que jamás vieran los siglos. Ante la muerte de Cristo, la tierra retembló estremecida, como tiembla la esposa al ser abrazada por el esposo. Dichosos los que mueren en el Señor (Ap 14, 13).

Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. Morir no es, simplemente, exhalar el último suspiro. Morir en Cristo es ir entregándose en amor poco a poco, segundo a segundo, a través de sufrimientos, contrariedades, y actos de abnegación. Todos exhalaremos ese último suspiro, pero no todos daremos fruto abundante, sino aquéllos que hayan derramado generosamente su vida. Sólo ellos mueren en el Señor. Benditos sean.

(1008)

Elogio de la campanilla

No sé por qué, desde hace años, la campanilla desapareció de las misas de muchas iglesias. A mí su sonido me parece venido del Cielo (salvando aquellos casos en que la campanilla cae en manos de algún salvaje aficionado a aporrear el metal).

¡Que llega el esposo, salid a su encuentro! Cuando el sacerdote extiende las manos sobre las ofrendas, la campanilla despierta a los dormidos y alegra a los despiertos. Después, cuando el sacerdote alza la Hostia, su sonido es grito jubiloso: «¡Ya está aquí!».

Se pusieron a preparar sus lámparas. El alma en gracia, dispuesta a recibir al Esposo, se pone en pie y eleva sus ojos al Cielo, uniéndose a la Plegaria recitada por el sacerdote.

¡Salid a su encuentro! Sale el corazón del pecho, encendido en amor, y asoma a las comisuras de los labios, donde el sacerdote deposita al Esposo.

Las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta. Se cierran los labios, se cierran las puertas del alma y allí, en esa bendita bodega, el Esposo y su amada, protegidos por un silencio santo y una oscuridad luminosa, se hacen uno en Amor.

Me encanta la campanilla.

(0908)

Betania

Se me marcha mi querido vicario parroquial. Es triste para mí, pero bueno para él, porque le ha llegado la hora de ser párroco. Y hoy me ha comentado su intención de pintar la que será su nueva casa. Hace bien, pero seguirá siendo la casa de un hombre que vive solo. Como la mía. Los sacerdotes seculares no vivimos bien. En cierta ocasión, un amigo me regaló una flor: «No te preocupes, que no tienes que regarla, es de mentira. Pero ponla en algún sitio, que se nota que en tu casa no ha entrado jamás una mujer».

Jesús tampoco vivió bien durante su vida pública. Dormía en el suelo, en casas prestadas, en un huerto… o no dormía, porque pasaba la noche en oración. Pero, de cuando en cuando, pasaba por Betania, y allí, en casa de Marta, María y Lázaro encontraba un hogar.

¡Cómo lo querían esos hermanos! Cuando cruzaba la puerta de su morada, podía quitarse el abrigo, ponerse las zapatillas, sentarse al fuego y descansar. Fueron pocos momentos, pero, desde que abandonó la compañía de la Virgen, fueron sus únicos momentos de hogar.

Ojalá en nuestras parroquias, y en nuestras almas, encuentre Jesús su Betania.

(2907)

Con ojos de nieto

Joaquín y Ana¿Nunca has dicho, al encontrar a alguien a quien llevabas tiempo sin ver: «¡Dichosos los ojos!»? Bien traída está la frase por el Señor, cuando Israel llevaba siglos esperando al Mesías:

«¡Dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen! Pues os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron.

Si se refiere Jesús a los ojos del cuerpo, los apóstoles estaban viendo el rostro del Mesías. Pero nuestros ojos, entonces, son infelices, porque no lo ven.

Pero si se refiere a la fe, a los ojos del alma, la bienaventuranza nos sumerge de lleno en su dicha. La fe rasga el horizonte de lo sensible, y nos abre a un mundo nuevo y luminoso. Allí encontramos nuestro hogar, habitamos en la casa del Señor, todo lo suyo es nuestro. El propio Cristo se pone en nuestras manos, y Joaquín y Ana son para nosotros lo mismo que fueron para Él: unos abuelos cariñosos y santos. Abres hoy los ojos, y un anciano te toma en brazos, y una anciana te besa, y tú dices Yayo y Yaya, y te dejas mimar, y eres ¡tan feliz!

¡Dichosos los ojos! ¡Bendita fe!

(2607)

La fuerza que cambia el mundo

Si un día te presentas ante el Señor, y Jesús te pregunta, como a la madre de los Zebedeos: ¿Qué deseas?, no te aseguro que vayas a ver tus deseos cumplidos. En ocasiones, Jesús te pregunta por ellos, no para cumplirlos, sino para elevarlos.

Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda. Hablan de política, quieren arreglar el mundo desde la poltrona. Y si, de paso, mejoran sus vidas, tanto mejor.

No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber? Y ellos se ven sentados junto al gran jefe en una cena, bebiendo de su copa. Y dicen:

Podemos.

Acabáramos.

Todavía quedan cristianos así. Creen que el mal de este mundo está en la política, y que una nueva política los salvará. Pero Cristo nunca descendió a cuestiones políticas, y gritó que el mal de este mundo es el pecado, que afecta a todo hombre.

El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor. Convertido en siervo de todos sobre la Cruz, Cristo cambió el mundo. No son los políticos, sino los santos, quienes tienen la llave de la Historia.

(2507)

La unión del santo con Cristo

Podría parecer, durante las turbulencias de la vida, que la unión del alma con Cristo es como la de dos personas que se agarran fuertemente de la mano en medio de una avalancha de gente, procurando que la multitud desbocada no los separe. Así, mientras el alma es zarandeada por las urgencias y las contrariedades del día a día, lucha por no olvidarse de Dios.

Podría parecer, durante los momentos de oración más recogida, que la unión del alma con Cristo es como la de dos amantes que se abrazan y gozan cada uno, mientras dura el abrazo, de la cercanía del otro.

Pero ninguna de esas dos imágenes explica la unión de los santos con Cristo. Ni las manos ni los brazos pueden atrapar eternamente al ser querido.

Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El santo está unido a Cristo como el sarmiento a la vid. Sin dejar de ser dos, son uno solo. Esa unión no la obran manos ni brazos, sino la gracia y la palabra. La gracia es la savia que une interiormente el sarmiento a la vid. La palabra, que permanece en el alma del santo, la fecunda y alumbra en ella sus frutos.

(2307)

Almas que moran en el silencio

María MagdalenaUn hombre sin ilusión es un hombre muerto. El ser humano necesita volcar su vida en un propósito. Y, así, hay quienes se vuelcan en su familia, quienes se entregan por completo a su trabajo, quienes se desviven por una afición o un deporte… Nada más triste que el hombre aburrido.

Lo grande de María Magdalena no es que vuelque su vida en Cristo. Eso es grande, enorme, descomunal. Pero lo hemos visto en san Pablo, en san Juan, en san Pedro y en todos los santos. Lo que convierte en excepcional a esta bendita mujer es que vuelca su vida en Cristo cuando lo cree muerto, es decir, cuando Cristo, aparentemente, no está allí. Y eso hace que María Magdalena vuelque su vida en las tinieblas. De ahí su llanto.

Mujer, ¿por qué lloras? Ella responde: Porque se han llevado a mi Señor. ¡Benditas lágrimas! No llora, como tantos, por algo presente: una enfermedad, una humillación o una contrariedad. Llora por el Ausente, y eso la sumerge en la vida mística.

La grandeza de María Magdalena es la de quienes deciden habitar en el silencio, y no aceptar consuelo alguno hasta que no sean despertados por una palabra: ¡María!

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