Liber Gomorrhianus

Fiestas de los santos – Espiritualidad digital

El secreto de los mártires

No es fácil leer estas palabras, creerlas, y permanecer tranquilos: El que se aborrece en este mundo se guardará para la vida eterna. Hay que estar loco para aborrecerse; normalmente, uno procura cuidarse.

Pero lo cierto es que, para este mundo, el mártir no es sino un loco. No se aborrece a sí mismo por desprecio. Pero la fidelidad a Cristo es tan preciosa ante sus ojos, que, en comparación con ella, tiene en nada su propia vida. Y, si tiene que elegir entre ser fiel a Cristo y permanecer en este mundo, con alegría entrega su vida para convertirla en sello de su fidelidad. ¿Por qué lo hace? Porque está realmente enamorado.

Ni yo ni –seguramente– tú nos vemos capaces de ser mártires. Pero si nos vemos capaces de enamorarnos; para eso todos servimos. Basta con perder el miedo a volvernos locos. Por eso, lo que Dios te pide es, simplemente, que estreches la distancia con el fuego hasta que se abrase el corazón: que reces bien, que comulgues bien, que confieses contrito, que leas los evangelios… Hasta que, un día, exclames: «¡Oh, Jesús, estoy loco por ti!» Entonces serás capaz de cualquier cosa. Así sucedió con los mártires.

(1008)

La que vio llegar el día

Que esta vida es noche sólo lo discutirán quienes la pasan soñando. Pero no serán ellos quienes traigan luz al mundo. La verdadera luz del día, Cristo, está velada para el sentido, y sólo la fe atisba el futuro amanecer como atisba el centinela la aurora. Entre tanto, nuestros ojos no ven sino tinieblas, resplandores de sombras que mueren uno tras otro.

Les entró sueño a todas y se durmieron. Quien duerme se rinde ante la noche. Y así viven tantos, dormidos… Hasta que los despiertan.

A medianoche se oyó una voz: «¡Que llega el esposo, salid a su encuentro!». Entonces se despertaron. Una visita al médico, y de golpe se abren los ojos. Apenas te quedan meses. Está a punto de amanecer, y no te has preparado para el día. ¿Qué harás? ¿Te darás otra vuelta en la cama, y taparás tu cabeza con la almohada para seguir soñando? Pobre de ti.

Desde su conversión, Edith Stein vio llegar el día de lejos. Cuando entró en la cámara de gas, sus ojos estaban abiertos, y su lámpara encendida. Ha desayunado Dios, y ahora habita para siempre en la Luz. Que ella nos mantenga en vela. Puede amanecer en cualquier momento.

(0908)

Santos «de abajo hacia arriba»

Se me ocurre que hay dos tipos de santos: unos son, como la Virgen, santos «de arriba hacia abajo», del cielo hacia la tierra, regalos con que Dios bendice a su Iglesia y le muestra sus maravillas. Y otros son santos «de abajo hacia arriba», de la tierra al cielo, como la ofrenda que una humanidad herida pero enamorada le hace a Dios. Santa Marta pertenece a esta categoría. Está tan llena de debilidades como de amor.

No es, como su hermana, una mujer callada y reflexiva. En ocasiones, parece que las palabras le brotan del corazón sin haber pasado por la cabeza. Como un volcán, escupe quejas mientras friega platos. Recibe al Señor tras la muerte de Lázaro, y, sin pensarlo, le regaña: ¡Si hubieras estado aquí! Las mismas palabras, en boca de María, significan algo totalmente distinto. Y, con la misma impulsividad, le brota del corazón un sincero acto de fe: Yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.

Jesús sonríe. No le enfada la impulsividad de Marta. Y es que, a estas personas, que tienen el corazón lleno de amor al Señor, Dios se lo permite todo.

(2907)

Derecho de nietos

Vemos la televisión, oímos las noticias… Pero, ni nuestros ojos ven, ni nuestros oídos oyen; todo eso es muerte. El anciano Simeón, al final de sus días, tuvo en sus brazos al niño Jesús, y pensó que, por vez primera, había visto algo que valiese la pena, y que ya sólo le quedaba morir para seguir viendo en el cielo. Nosotros miramos al crucifijo, y escuchamos la Palabra de Dios. Así nos llenamos de una santa nostalgia, hasta el día en nuestros ojos y oídos puedan posarse en Cristo glorioso.

Bienaventurados vuestros ojos porque ven, y vuestros oídos porque oyen. Jesús dedicó estas palabras a sus discípulos. Y la Iglesia se las dedica a los santos Joaquín y Ana. Ellos vieron a la Virgen niña, vieron al Hijo de Dios en sus primeros años de vida mortal, oyeron los gemidos infantiles de Madre e Hijo, y a ambos lo besaron y acunaron.

También son abuelos nuestros, ya que somos hermanos de Cristo e hijos de María. ¿Por qué no pedirles que nosotros, sus nietos, lleguemos a ver lo que ellos vieron, a oír lo que oyeron, y a alegrarnos eternamente con la luz que iluminó en la tierra sus días?

(2607)

Los riesgos de decir «podemos»

Durante los últimos años, en España la política lo inunda todo. Por eso mis palabras admiten todo tipo de interpretaciones. Pero hablo del evangelio, no de política. Y ni siquiera los nuevos leccionarios pueden traducir «Possumus» de otra forma: Podemos.

– ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber? – Podemos.

Aún no estaban convertidos. Porque decir podemos, así, a secas, no es sino creerse Dios omnipotente. Antes de padecer, corregirá el Señor estas palabras: Sin mí no podéis hacer nada (Jn 15, 5).

Deberíais haber dicho, más bien: «No sabemos». Porque no sabíais a qué cáliz se refería el Señor, ni cuánta era su amargura, ni lo terrible de su contenido. De haberlo sabido, habríais dicho: «No podemos». Y si, después de esto, el amor que sentíais por el Señor hubiera sido verdadero, habríais añadido: «Pero queremos».

Mejor que podemos es «pedimos»; oramos porque queremos seguirte, Señor, y no nos vemos capaces. Hacemos cuanto está en nuestra mano, porque te amamos, y, una vez agotadas nuestras pobres fuerzas, tendemos esa misma mano hacia Ti para que la tomes y nos lleves.

No digáis, por tanto, podemos. Decid: «queremos, amamos, hacemos y pedimos. Por tu misericordia, recibimos y acogemos». Así, llegamos.

(2507)

Espiritualidad del madrugón

Si hubiese que escribir una «espiritualidad del madrugón», habría que dedicar el libro a santa María Magdalena. Ella es maestra de madrugadores y modelo de enamorados.

María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro.

Qué religión tan aburrida e indeseable la de aquéllos que ven el cristianismo como un esfuerzo de voluntad, ayudado por la gracia, para obtener virtudes. Los coleccionistas de virtudes suelen ser tediosos y plomizos. Al menos hasta que han añadido, a sus trofeos, la virtud de la simpatía. Pero, cuando ese momento llega, no consiguen sino acomplejarte. ¡Te ves tan miserable a su lado! Sobre todo, la perspectiva de vivir en continuo esfuerzo para la obtención de la virtud se te presenta como una tarea insufrible.

Por eso descansas mirando a María Magdalena. A ella no la mueve a madrugar ningún esfuerzo de voluntad, ni la llevó a la Cruz un afán de superación. Sólo el amor la mueve. Y, movida por amor, busca a Cristo, encuentra a Cristo, ama a Cristo y anuncia a Cristo. Ni aburre, ni acompleja. Uno daría lo que fuese por ser como ella. Y, si «lo que fuese» es todo, lo daría también.

¡Bendita María Magdalena!

(2207)

Liber Gomorrhianus

Herederos de Dios

Aquel joven, a quien conocemos como «el joven rico», preguntó a Jesús: ¿Qué he de hacer para tener en herencia vida eterna? (Mc 10, 17). Está claro que quería matar a Dios. No puedes heredar, si primero no muere el testador. Pero también está claro que, antes de matar a Dios, pensó que debía hacer algo para que Dios lo incluyera en su testamento.

Acertó en lo primero, y se equivocó a medias en lo segundo. En efecto, la vida eterna es inalcanzable para las fuerzas humanas; y el hombre sólo puede heredarla, para lo cual es preciso que Dios muera. Ha sido la muerte de Dios sobre una cruz la que ha derramado eternidad sobre los hombres.

Todo el que por mí deja casa, hermanos o hermanas, padre o madre, hijos o tierras, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna. En este punto, el joven rico sólo acertó a medias. Porque él pensaba en merecer con sus obras la herencia, y eso es imposible. Dejarlo todo por Cristo no es sino una forma de vaciar nuestras manos, para que así puedan recibir esa vida con la que no merecíamos ni soñar. Es Dios quien da; no nosotros.

(1107)

Con permiso de Tomás…

Puntualizar las palabras de un santo tiene sus riesgos, pero los asumiré. Después de todo, cuando las pronunció no era santo aún. Eso iguala la contienda entre pecadores, aunque haya muchas distancias que salvar.

Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.

Querido Tomás: si ves, entonces ya no crees, sino que ves. ¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean si haber visto.

Yo no creo en la existencia de mis dedos; los veo. Creo en la existencia de Marte, porque nunca lo he visto. Y creo que Cristo vive; lo creo porque mis ojos lloran su ausencia cada minuto. En ocasiones, la propia nostalgia da fe de lo que añora. No tendría sed, si el agua no existiera.

Creer supone no ver. En el cielo, la fe desaparecerá. Más aún, con realidades de la envergadura de un Dios muerto, resucitado y glorioso, que nos ama infinitamente, la visión, en las condiciones en que aquí vemos, sería un estorbo para la fe.

Mejor creer y esperar. Y amar llorando, si es preciso.

(0307)

La santidad, en copa de barro

La Iglesia que peregrina por este mundo no es la sociedad perfecta. Tampoco es ningún hogar cristiano la familia perfecta, ni hay santo alguno –excepción hecha de la Virgen Santísima– que sea el hombre perfecto. Desde el principio, la Iglesia se estableció con hombres pecadores, y por pecadores fue gobernada. Pedro y Pablo, las dos columnas del templo de Dios en la tierra, eran personas imperfectas, llenas de debilidades. Y, desde los comienzos, tanto las Escrituras como los santos padres parecen haber querido que conociésemos esas debilidades.

¿Tendremos, entonces, que decir que para gustar la perfección es preciso esperar a formar parte de la Iglesia celeste? ¡No! Porque en la Iglesia terrena, que no es la sociedad perfecta, hay perfección, hay santidad, y hay cielo. Como hay cielo en un hogar cristiano, y hay cielo en las almas de los santos. Dios habita realmente entre los hombres, y Él es el cielo.

Pedro era un hombre imperfecto lleno de Dios. Pablo era un hombre imperfecto lleno de Dios. La grandeza del Espíritu consiste en que fue Dios, no Pedro ni Pablo, quien, a través de ellos, edificó la Iglesia.

También en ti Dios actúa. Alégrate. No eres menos que ellos.

(2906)

Un niño bien educado

Juan fue un niño muy bien educado. No cabe duda de que hubo, en esa educación, una asistencia muy especial del Espíritu Santo, y tampoco de que se trataba de un niño singular. Pero también es de justicia atribuir su mérito a Zacarías y a Isabel.

El niño iba creciendo, y su carácter se afianzaba, se nos dice de Juan. De Jesús cuenta san Lucas que crecía en sabiduría, estatura y gracia (Lc 2, 52). Pero ese crecimiento y esa configuración del carácter necesitaron de la ayuda de los padres.

Unos malos padres crían niños salvajes; les dan cuanto piden –para que no molesten– y los dejan asilvestrarse. Otros no crían; esculpen. Desde que el niño nace, ya saben en qué quieren que se convierta, y cincelan el carácter del niño conforme al proyecto que ellos hicieron, ahogando así la personalidad del hijo.

Unos buenos padres, como Zacarías e Isabel, saben que sobre el niño gravita un designio divino. Y procuran enseñar al hijo a escuchar a Dios, como ellos también lo escuchan, de forma que el pequeño llegue a ser lo que está llamado a ser, aunque no coincida con sus planes. Semejantes padres crían niños felices y santos.

(2406)