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Fiestas de los santos – Espiritualidad digital

Necesitamos almas

En el siglo VI, san Benito comenzó a agrupar a sus monjes en monasterios de vida común bajo la regla escrita por él.

Todo el que por mí deja casa, hermanos o hermanas, padre o madre, hijos o tierras, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna.

Aquellos monasterios fueron, precisamente, manantiales de vida eterna para miles de seglares que se acercaban a ellos en busca de espiritualidad. Dos siglos después eran el alma de una Europa pecadora, pero cristiana.

Hoy, Europa sigue siendo pecadora, pero pierde su alma a chorros. Conforme las series de Netflix sustituyen a los autos sacramentales, y los centros comerciales se convierten en los nuevos templos para los domingos, Europa se aparta de Cristo y se descompone, como el cuerpo cuando el alma se separa de él.

Urge recordar a Europa cuál es su alma, el hálito de vida que la animó. Pero, antes, será preciso recordar a los europeos que tienen alma, porque muchos viven ya como animales evolucionados con conexión a Internet. Necesitamos un ejército de hombres y mujeres con alma, que recuerden a sus semejantes que hemos sido creados para gozos muy superiores a una nueva temporada de «Juego de tronos».

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El regalo de un pecador contrito

En muchas ocasiones, los actos de fe y de amor más fervorosos provienen de pecadores contritos. Cuando hay amor, el pecado da lugar a la contrición, y la contrición alumbra manifestaciones de piedad encendidas y conmovedoras.

Marta se encaró con Jesús por su tardanza en llegar ante la enfermedad de su hermano. Pero el Señor la invitó a manifestar su fe, y ella dijo: Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo (Jn 11, 27).

Pedro negó tres veces a Jesús. Pero, cuando Jesús le invitó a manifestar su amor, dijo: Señor, tú lo sabes todo. Tú sabes que te amo (Jn 21, 17).

Tomás se negó a creer que Cristo hubiera resucitado. Pero, cuando Jesús le invitó a palpar sus llagas, el apóstol, conmovido, exclamó: ¡Señor mío y Dios mío!

Es mucho decir. Supone confesar: «Tú, Jesús, eres mi dueño. Yo soy tuyo, te pertenezco. Eres mi creador, mi protector y mi auxilio. Eres mi vida y todo cuanto tengo».

Recibe el regalo de ese Tomás contrito, y llévalo a tus labios. Pero, cada vez que pronuncies ese ¡Señor mío y Dios mío!, saborea bien lo que dices.

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Dos afanes, dos amores, un solo corazón

En los santos Pedro y Pablo ha venerado la Iglesia, desde la antigüedad, a sus dos principales columnas. Pedro y Pablo son dos afanes, dos amores, dos alientos de vida que animan a la Esposa de Cristo y nutren el alma del cristiano.

Pedro (paradójicamente, el apóstol que negó a Jesús) simboliza la fidelidad en la Iglesia. Lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos. Hoy es Francisco; ayer Benedicto; anteayer, Juan Pablo… Siempre, Pedro. El cristiano mira a Roma con cariño filial, y sabe que, en la fidelidad al Papa, se juega su propia fidelidad a Cristo. Por eso, el cristiano es «romano».

Pablo simboliza el afán apostólico. El Señor me dio fuerzas para que, a través de mí, se proclamara plenamente el mensaje y lo oyeran todas las naciones (2Tm 4, 8). El corazón del cristiano, como el de Pablo, sufre de un hambre de almas que no conoce fronteras. Y, así, está abierto; es universal, católico. Herido por ese celo ardiente, no puede callar, y no descansará hasta que haya proclamado el nombre de Jesús a todos aquellos que no lo conocen.

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Mejor preguntas que respuestas

Acudimos (o deberíamos acudir) al anciano en busca de sabiduría y experiencia. El niño, sin embargo, suscita curiosidad y expectativas. «Será niño», «será niña», «será rubio», «será pelirrojo», «será abogado», «será ingeniero», «¡será sacerdote!»… Todo son sueños y apuestas.

Querían llamarlo Zacarías, como a su padre. Aún no puede hablar, y ya le están planificando la vida. Esperan que el primogénito perpetúe el nombre y la semilla paterna.

¡No!

Ese ¡No! de Isabel vale oro. Es un ¡No! a las criaturas que brota de un rendido «¡Sí!» a Dios.

Se va a llamar Juan… Juan es su nombre. Zacarías se une a Isabel, para enfrentarse, como un sola carne, a las expectativas de los hombres.

«Este niño no será lo que vosotros o nosotros esperemos de él. No es una pizarra donde podamos escribir la respuesta a nuestros complejos, ni la satisfacción de nuestras frustraciones, ni la perpetuación de nuestros sueños. Este niño será lo que Dios quiere de él. Dios le ha dado el nombre; Él marcará la misión».

Los que lo oían reflexionaban diciendo: «Pues ¿qué será este niño?». Maravillosa reflexión, que convierte las respuestas en preguntas. «¿Qué quiere Dios de él?».

¡Así se educa a un hijo!

(2406)

¿Azar?

Se representa a san Matías con unos dados, y algún incauto podría pensar que se trata del patrón de los juegos de azar.

Pero no hay tal. No hay azar, quiero decir. Ni casualidades. Tan sólo hay juego. Y es de Dios. Él juega con la bola del mundo y con los hijos de los hombres. No creas que «juego» supone frivolidad. «Juego» supone, más bien, gozo. Pero se trata de un juego muy serio.

Si los apóstoles decidieron lanzar los dados para encontrar al sucesor del Judas, no fue porque pensaran que se trataba de un asunto trivial. Ellos sabían que el azar no existe. Y, al lanzar los dados, le dejaban el campo libre a Dios: No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido.

No vayas a entender que la Iglesia se gobierna con ordalías. Ni los papas son elegidos a suertes, ni los obispos echan cartas para decidir los destinos de sus clérigos. Entiende, más bien, lo que Matías entendió: que no hay casualidades, sino palabras del cielo tras cada acontecimiento. Sólo es necesario aprender a leerlas. Y el Espíritu, con su don de ciencia, es el gran instructor de lectura.

(1405)