Evangelio 2022

Fiestas de los santos – Espiritualidad digital

Apóstol significa amigo

Cada vez que entro en la web de mi operador telefónico, me agreden con anuncios para que contrate las nuevas y maravillosas tarifas. Cuando entro en la web de mi seguro del automóvil, soy de nuevo agredido con banners para que contrate un suplemento increíble… No voy a quejarme más que lo justo. Si una empresa quiere vender un producto, necesita hacer campañas para que todo el mundo lo conozca.

La Iglesia no es una empresa, y tampoco vende nada. Pero también hace campañas cuando quiere transmitir un mensaje. ¿Por qué no aprovechar las nuevas formas de comunicación para anunciar a Jesucristo? No servirse de esos nuevos areópagos sería un pecado de omisión. Sin embargo, no vayamos a confundir esa labor de difusión con el apostolado.

A vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. Normal. Los amigos comparten su intimidad. De no ser así, ¿qué amistad sería ésa? Para un cristiano, el apostolado no es distinto de la amistad verdadera. Tus amigos te cuentan su vida, y tú les cuentas la tuya, y la tuya es Cristo. Y Cristo es luz que ilumina el alma de tu amigo.

(1405)

Mesa para dos, mesa para tres

En tu oración tratas al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Te diriges a cualquiera de los tres, como si estuvierais los cuatro sentados a una mesa.

Es maravilloso que reces así. Pero, por si te ayuda, te diré que no es una mesa para cuatro, sino para dos; un encuentro íntimo.

Frente a ti, cuando oras, tienes a Jesús. Él, siendo Dios, es hombre como tú. Entiende tu lenguaje y lo habla. Su corazón es humano, como el tuyo, capaz de amarte y ser amado por ti. El diálogo perfecto.

Y, en ese diálogo, tu alma en gracia alcanza tal intimidad de amor con el Señor que resultáis ser uno solo, Él en ti y tú en Él. Comienza, entonces, la aventura.

Quien me ha visto a mí ha visto al Padre… Lo que pidáis al Padre en mi nombre yo lo haré.

En tu oración has sido transportado a una mesa para tres: el Padre, el Hijo y el Espíritu. Y tú estás sentado en la silla del Hijo, porque sois uno. Él llama a su Padre Abbá desde dentro de ti, y lo hace por su Espíritu, que mora en ti.

¿Puede existir una intimidad mayor?

(0305)

Tu yugo

Se me enfadan a veces los casados cuando les recuerdo que «cónyuges» son los bueyes unidos por el mismo yugo. «¡Oiga, que no somos bueyes!». Claro que lo somos: somos bueyes, ovejas, perritos, pájaros, lirios… Las palabras del Señor nos han vestido con todo tipo de alegorías preciosas. No se ofenda, por favor.

Tomad mi yugo sobre vosotros y aprenden de mí, que soy manso y humilde de corazón. Quien toma el yugo de Cristo queda convertido en cónyuge del Salvador. Y cónyuge del Salvador fue santa Catalina. Con tanto amor tomó aquel yugo, con tanto fervor se identificó con la Pasión del Señor, que no tenía ya dolores propios, sino los de Cristo. Y así recibió también sus llagas en su cuerpo.

Hazme, Señor Jesús, cónyuge tuyo. Que me duelan los pecados de los hombres, y no preste atención a mis problemas. Que me duela el honor ofendido de tu Padre, que me duela la frialdad de tantos corazones, que me duela la condena de tantas almas que van camino de la muerte. No quiero tener miedo a ese dolor, porque sé que es dolor dulce, dolor de Amor. Ese yugo es tu brazo amoroso posado en mis hombros.

(2904)

Sed santos, sed sabios

No puedo evitar cierta nostalgia en la fiesta de san Isidoro. En aquel sigo VII, y durante toda la Edad Media (¡y hasta no hace mucho!), santidad y sabiduría caminaban de la mano. San Isidoro compiló todo el saber de la época en sus escritos. Los niños eran educados por los clérigos, y el arte y la cultura llevaban el perfume de Cristo.

Hoy día (y no quisiera entristecerme en Pascua), el arte y la cultura occidentales huelen a todo menos a Cristo. Parece que los cristianos hubiéramos desaparecido del mundo de la literatura, del cine, de la música, de la pintura… ¿Dónde estamos?

Os lo digo a vosotros, a quienes leéis estas líneas. Y, a buen seguro, san Isidoro se une a mi clamor: No permitáis que se nos convierta la piedad en un sentimentalismo ñoño. No os conforméis con «sentir» cosas delante de un sagrario, o de una custodia, o de un crucifijo. Por el Amor de Dios, leed, estudiad, formaos. Si en vuestra parroquia no hay un aula de teología, pedidle al párroco que la instaure.

No basta con rezar. Hay que saber. Porque quien conoce ama, y quien ama desea conocer más.

Sed santos, sed sabios.

(2604)

Nacidos a una vida nueva

Cuando Jesús, antes de ascender a los cielos, se refiere al bautismo, ya no habla del bautismo de Juan, ni de las abluciones rituales que solían realizar los judíos. Porque, al salir del sepulcro, Cristo ha inaugurado el nuevo y definitivo bautismo, del que todos aquellos baños no eran sino figuras:

El que crea y sea bautizado, se salvará.

Quien, por el sacramento del Bautismo, resulta bañado en la Pasión de Cristo y amanecido a su resurrección gloriosa, se salva, porque es alumbrado a una vida nueva, que los profetas no pudieron sino soñar. Allí, en esa vida nueva que disfruta el alma en gracia, el cristiano respira cielo mientras vive todavía en la tierra.

Echarán demonios en mi nombre, porque el demonio resulta expulsado del alma por el agua bautismal. Hablarán lenguas nuevas, porque, en ese santuario, el cristiano habla con Dios con los gemidos inefables del Espíritu. Cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño, porque la misma muerte nada puede contra el alma en gracia, sino llevarla al Paraíso. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos. ¡Qué nos lo digan a los sacerdotes! Lo comprobamos en cada absolución.

(2504)

Necesitamos custodios como tú

¡Bendito san José! Dios te eligió, entre todos los hombres, para que fueras el custodio de sus más preciados tesoros: La vida de su Hijo único y la virginidad de su esposa. Sin dudarlo, te entregaste por completo, y Él te premió con la gloria que hoy gozas en el Cielo.

Te imploro, bendito san José, que mires a la Iglesia y te apiades de nosotros. Año tras año, cada vez son menos los hombres que, en España, están dispuestos a entregar sus vidas para, como tú, convertirse en custodios del tesoro divino de la Eucaristía. Se habla de crisis de vocaciones. Pero no es cierto: la crisis es de oídos y de voluntad. Los jóvenes no escuchan, y muchos que escuchan no quieren.

No permitas que los sacerdotes nos conformemos con entretener a los jóvenes. Enséñanos a despertar en ellos, sin miedo, grandes ideales, y enséñales a ellos, que están en la edad del amor, los grandes amores, aquellos por los que merece la pena vivir y morir. Hazlos rebeldes: que no se conformen con el horizonte que les ofrece una pantalla, y que descubran el inmenso océano de Amor que se abre desde la orilla de un altar.

(1903)

Los obreros que el mundo necesita

Conforme pasan los años, y Occidente se va paganizando a velocidad de vértigo, las palabras del Señor se vuelven cada vez más acuciantes: La mies es abundante, y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies.

La mies es abundante, cada vez más. Son millones quienes viven sin Dios, entregados al vértigo de la tecnología y de los nuevos dogmas, sin otra referencia que lo que marquen los cánones de lo políticamente correcto.

Los obreros son pocos, muy pocos. Y no se aumenta el número de «obreros» reclutando catequistas para las parroquias ni voluntarios para Cáritas. Todo eso es necesario. Pero los «obreros» que el mundo necesita son Cirilos y Metodios, capaces de adentrarse, como ovejas entre lobos, en un mundo que vive sin Dios para anunciar a Jesucristo en bares, supermercados, plazas, centros de trabajo y comunidades de vecinos.

Claro que en las parroquias tenemos un trabajo que hacer. Pero no es el de llenar los locales de catequistas y voluntarios, sino el de formar apóstoles que salgan, que se santifiquen en la calle, y que se bañen más en cerveza que en agua bendita. ¡Hay tanto que hablar ahí fuera!

(1402)

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