Evangelio 2020

Fiestas de los santos – Espiritualidad digital

No puedes no anunciar

Le pido a Dios, en la fiesta de estos santos que entregaron la vida al anuncio del Evangelio, las mismas entrañas de compasión que ellos tuvieron. Sabiendo que en los pueblos eslavos no había un alma que conociera a Jesucristo, y no pudiéndolo sufrir, acudieron allí a evangelizar a aquellos pobres hombres.

Mira a tu alrededor. Enciende el televisor, escucha la radio, navega por Internet y por las redes sociales… ¿No te da lástima? Son millones quienes viven sin Dios, esclavos de dogmas de diseño e indefensos ante el dolor y la muerte. Mientras tanto, tú tienes, en tu pecho, todo el Amor divino y la vida eterna que podría salvarlos… ¿No vas a hacer nada?

Decid primero: «Paz a esta casa». Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros. Ya sé que muchos, al oírte, te despreciarán y humillarán, porque somos enviados como corderos en medio de lobos. Pero, aun en ese caso, la paz que les diste volverá a ti en forma de Cruz, y esa cruz los redimirá. La oveja, devorada por el lobo, transforma al lobo desde dentro.

Ten compasión… ¿No ves que no puedes no anunciar?

(1402)

La verdadera conversión

Cuando una persona que lleva veinte años sin pisar una iglesia vuelve a rezar y a frecuentar los sacramentos, solemos decir que se ha convertido. El que haya pasado de no rezar a rezar, de no confesar a confesarse, de no ir a misa a frecuentar la Eucaristía (incluso diariamente) nos parece suficiente motivo para darle un certificado de conversión. ¿Lo es?

Me alegra decir que he presenciado muchas conversiones, y me apena constatar que no todas han sido verdaderas. Pasar de no rezar a rezar no es suficiente para afirmar que haya habido un encuentro con Cristo.

Id al mundo entero y proclamad el evangelio a toda la creación. Saulo pasó, de querer extinguir la llama del cristianismo, a propagarla por los pueblos gentiles. El encuentro con Jesús lo convirtió en un hombre de fuego, cuya única obsesión era hablar del Señor a quienes no lo conocían.

He ahí el marchamo de autenticidad de una conversión. Cuando alguien se encuentra realmente con Cristo, se enciende en celo de almas, y siente la urgente necesidad de anunciar el nombre del Salvador a quienes no lo conocen. Pero descubrir que se vive mejor rezando que sin rezar no significa, necesariamente, convertirse.

(2501)

“Evangelio

Los dos bandos, ya enfrentados

Hay una asociación misteriosa entre Belén y el Calvario. Sin duda, toda la Pasión de Cristo se encuentra presente en su mismo nacimiento, como en germen, hasta que el árbol de la Cruz entregue el divino fruto que colgará de sus ramas.

Desde Belén, el encuentro de la pureza de Dios con el pecado de los hombres es traumático. Y en ese conflicto todos estamos implicados. Si decimos que no hemos pecado, lo hacemos mentiroso (1Jn 1, 10).

La sangre y el agua que brotarán de la Cruz se derraman ya, por adelantado, en la matanza de los inocentes. Son la sangre de los niños, masacrados por la crueldad del tirano, y las lágrimas de Raquel, que llora por sus hijos, y rehúsa el consuelo, porque ya no viven.

Desde ahora mismo, es necesario que escojamos bando. El de Herodes, por desgracia, lo hemos engrosado muchas veces con nuestras infidelidades. Escojamos ahora, mientras contemplamos el nacimiento del Mesías, el bando de quien, desde niño, sufre los pecados de los hombres. Y digámosle al hijo de María: «Soy tuyo, te pertenezco. Tú has llegado a mi vida, y yo te pido que jamás permitas que, en adelante, me separe de ti».

(2812)

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Almas castas, ojos limpios para el Niño Dios

Si ayer nos referíamos a los que hablan demasiado, hoy nos acompaña Juan. Jesús se lo entregó a la Virgen como hijo, y él parece haber heredado de su Madre el gusto por el silencio y la contemplación.

Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.

Juan es vidente de lo invisible. Sus ojos limpios son ventanas, a través de las cuales el alma contempla lo que el cuerpo no ve. Todo lo terreno es transparente ante su mirada, y el corazón, mientras deja atrás las realidades creadas, se precipita hacia los bienes eternos. Mira un costado traspasado, y ve a la Iglesia; mira un sepulcro vacío, y ve el Cielo abierto; mira a Jesús, y ve a Dios. Tras los ojos, se asoma la fe. Vio y creyó.

En ese apóstol casto se cumple la bienaventuranza: Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios (Mt 5, 8).

Pídele hoy, al niño Dios, la gracia de la castidad. Que su cuerpo, cuando comulgues, guarde el tuyo y lo consagre como a un templo. Porque sólo las almas castas pueden contemplar, a través de sus ojos limpios, la hermosura de Dios.

(2712)

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Luz y sombras; silencio y ruidos

Cuando no hay luz, tampoco hay sombras. Todo es oscuridad. Aunque la pupila de los hombres, con el tiempo, se dilata, y aprenden a vivir entre tinieblas una vida triste.

Hasta que se hace la luz. Y, con ella, surgen los colores, y también las sombras. Ayer nos decía san Juan que el Verbo vino a su casa, y los suyos no lo recibieron (Jn 1, 11). Lo sabemos, porque tuvo el Niño Dios que nacer en un establo. Y lo comprobamos hoy, ante la lapidación de Esteban.

Dios envía al mundo su Palabra, y los hombres, dando un grito estentóreo, se taparon los oídos (Hch 7, 57). La gente grita mucho, porque no quiere escuchar al Verbo de Dios. No soportan el silencio, les da miedo. ¡Es tan real! Para muchos, «fiesta» significa sólo ruido; ruido y petardos, que nada se oiga, que no se escuche a Dios. Si los peces, en el río, beben, y beben, y vuelven a beber, los hombres, en el mundo, hablan, y hablan…

Tú guarda silencio ante el Belén. Porque no seréis vosotros los que habléis, sino que el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros. Calla, contempla, y deja hablar a Dios.

(2612)

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