Evangelio 2018

Fiestas de los santos – Espiritualidad digital

Por prescripción facultativa

Si «evangelio» significa «buena noticia», evangelista es aquel buen pregonero que la trae hasta nosotros. Su vocación queda resumida en estas palabras del Señor: Curad a los enfermos que haya y decidles: «El reino de Dios ha llegado a vosotros».

Bien cumplió san Lucas su cometido. Quien fue llamado médico querido (Col 4, 14) por san Pablo encontró su mejor medicina en la misericordia de Dios manifestada en Cristo. No hay mejor ungüento que el del buen samaritano para las heridas del pecador, ni mejor terapia para la tristeza del hijo pródigo que el abrazo de su padre, ni mejor camilla para la oveja perdida que los hombros del pastor. Todas estas parábolas las conocemos gracias a san Lucas, cuyo evangelio lleva el perfume de la misericordia.

El reino de Dios ha llegado a vosotros… También nosotros debemos anunciar la buena noticia a los hombres. Lo haremos si, con nuestras vidas, mostramos cómo ama Dios al pecador. Quienes estuvieran cerca de nosotros deberían sentirse cerca del cielo. El anuncio que el cristiano proclama al pecador no es: «te vas a condenar», sino «Dios te ama, aun cuando estás en tu pecado». Como al hijo pródigo, como a la oveja perdida…

(1810)

Miedo y envidia

Siento miedo y envidia ante el relato de la conversión de Leví. Quizá sea mejor que comience por el final.

Envidia. Me produce «santa envidia» el modo en que Mateo cambió radicalmente su vida con tanta agilidad ante una sola palabra del Señor. Yo escucho esa palabra todos los días, y quisiera ser tan ágil como ese publicano a la hora de cambiarlo todo. Pero los publicanos y prostitutas del evangelio sabían que estaban lejos, que eran pecadores, y que debían convertirse. Llegada la ocasión de enderezar sus vidas, la aprovecharon.

Miedo. Me produce miedo el pensar que yo estoy cerca de Jesús, y, por tanto, no estoy llamado a una conversión tan radical. ¿Estoy tan seguro de ser menos pecador que un ateo de cuya boca no se aparta la blasfemia? He visto, en muchas personas, cómo los pecados, en lugar de desaparecer, se mimetizan cuando el alma se acerca a Dios, y adoptan formas piadosas. Una vez mimetizados, la sensualidad espiritual –por ejemplo– es mucho más difícil de discernir que la burda lujuria. Y el cotilleo piadoso es mucho más difícil de reconocer que la murmuración grosera.

Sígueme… ¿Es por Mateo, o por mí? ¿O por los dos?

(2109)

La gran batalla

Te copio, de la oración colecta de la misa de hoy: Concédenos que, así como (Juan) murió mártir de la verdad y la justicia, luchemos nosotros valerosamente por la confesión de tu verdad.

¡Bendita lucha! No consiste, desde luego, en liarse a golpes con todo el mundo, ni en emplear violencia contra quienes no creen. Es, más bien, la lucha que Cristo libró en Getsemaní, la de la valentía y la mansedumbre.

Juan le decía que no le era lícito tener a la mujer de su hermano. Es preciso entablar una batalla contra los respetos humanos y la propia cobardía para proclamar la verdad cuando la verdad duele, y para hacerlo de forma serena y firme. Se necesita toda una guerra interior para no devolver mal por mal cuando, al escuchar nuestras palabras, los hombres se vuelven contra nosotros. Seguir amando a quienes nos odian supone una conquista mayor que todas las gestas de un emperador.

Juan llevó a cabo esa lucha, y la venció con su muerte, aceptada como anuncio de la de Cristo y sacrificio redentor. A él le pediremos esa fortaleza. Hay una gran batalla que librar, y el escenario de esa batalla está dentro de nosotros.

(2908)

¿Quién eres?

Lo normal es que, cuando te presentas a alguien, tú dices quién eres y tu interlocutor dice quién es. «–Hola, soy Pedro. –Encantado. Soy Juan».

Pero, con el Señor, todo sucede al revés. Al presentarse a Natanael, es Jesús quien desvela la identidad del hermano de Felipe: Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño. Después, para rematar la jugada, será Bartolomé quien diga quién es Jesús: Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel.

Las cosas, como son: puedes pasar la vida aparentando, puedes crearte un perfil de Facebook a tu medida, puedes ponerte un nick megasonoro en los foros de Internet, puedes modelarte a base de horas de gimnasio y dedicar tres horas diarias a cuidar tu barba o tu peinado. Puedes engañar a todo el mundo, incluso a ti mismo, hasta el punto de que ya no sepas quién eres… Pero al Señor no lo engañas.

Si alguna vez quieres saber, de verdad, quién eres, no se lo preguntes a los hombres, ni tampoco quieras adivinarlo tú. Arrodíllate ante Dios y pregúntale: «Señor, ¿quién soy yo para ti?». Si en silencio escuchas la respuesta, sabrás quién eres.

(2408)

El secreto de los mártires

No es fácil leer estas palabras, creerlas, y permanecer tranquilos: El que se aborrece en este mundo se guardará para la vida eterna. Hay que estar loco para aborrecerse; normalmente, uno procura cuidarse.

Pero lo cierto es que, para este mundo, el mártir no es sino un loco. No se aborrece a sí mismo por desprecio. Pero la fidelidad a Cristo es tan preciosa ante sus ojos, que, en comparación con ella, tiene en nada su propia vida. Y, si tiene que elegir entre ser fiel a Cristo y permanecer en este mundo, con alegría entrega su vida para convertirla en sello de su fidelidad. ¿Por qué lo hace? Porque está realmente enamorado.

Ni yo ni –seguramente– tú nos vemos capaces de ser mártires. Pero si nos vemos capaces de enamorarnos; para eso todos servimos. Basta con perder el miedo a volvernos locos. Por eso, lo que Dios te pide es, simplemente, que estreches la distancia con el fuego hasta que se abrase el corazón: que reces bien, que comulgues bien, que confieses contrito, que leas los evangelios… Hasta que, un día, exclames: «¡Oh, Jesús, estoy loco por ti!» Entonces serás capaz de cualquier cosa. Así sucedió con los mártires.

(1008)

La que vio llegar el día

Que esta vida es noche sólo lo discutirán quienes la pasan soñando. Pero no serán ellos quienes traigan luz al mundo. La verdadera luz del día, Cristo, está velada para el sentido, y sólo la fe atisba el futuro amanecer como atisba el centinela la aurora. Entre tanto, nuestros ojos no ven sino tinieblas, resplandores de sombras que mueren uno tras otro.

Les entró sueño a todas y se durmieron. Quien duerme se rinde ante la noche. Y así viven tantos, dormidos… Hasta que los despiertan.

A medianoche se oyó una voz: «¡Que llega el esposo, salid a su encuentro!». Entonces se despertaron. Una visita al médico, y de golpe se abren los ojos. Apenas te quedan meses. Está a punto de amanecer, y no te has preparado para el día. ¿Qué harás? ¿Te darás otra vuelta en la cama, y taparás tu cabeza con la almohada para seguir soñando? Pobre de ti.

Desde su conversión, Edith Stein vio llegar el día de lejos. Cuando entró en la cámara de gas, sus ojos estaban abiertos, y su lámpara encendida. Ha desayunado Dios, y ahora habita para siempre en la Luz. Que ella nos mantenga en vela. Puede amanecer en cualquier momento.

(0908)

Santos «de abajo hacia arriba»

Se me ocurre que hay dos tipos de santos: unos son, como la Virgen, santos «de arriba hacia abajo», del cielo hacia la tierra, regalos con que Dios bendice a su Iglesia y le muestra sus maravillas. Y otros son santos «de abajo hacia arriba», de la tierra al cielo, como la ofrenda que una humanidad herida pero enamorada le hace a Dios. Santa Marta pertenece a esta categoría. Está tan llena de debilidades como de amor.

No es, como su hermana, una mujer callada y reflexiva. En ocasiones, parece que las palabras le brotan del corazón sin haber pasado por la cabeza. Como un volcán, escupe quejas mientras friega platos. Recibe al Señor tras la muerte de Lázaro, y, sin pensarlo, le regaña: ¡Si hubieras estado aquí! Las mismas palabras, en boca de María, significan algo totalmente distinto. Y, con la misma impulsividad, le brota del corazón un sincero acto de fe: Yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.

Jesús sonríe. No le enfada la impulsividad de Marta. Y es que, a estas personas, que tienen el corazón lleno de amor al Señor, Dios se lo permite todo.

(2907)

Derecho de nietos

Vemos la televisión, oímos las noticias… Pero, ni nuestros ojos ven, ni nuestros oídos oyen; todo eso es muerte. El anciano Simeón, al final de sus días, tuvo en sus brazos al niño Jesús, y pensó que, por vez primera, había visto algo que valiese la pena, y que ya sólo le quedaba morir para seguir viendo en el cielo. Nosotros miramos al crucifijo, y escuchamos la Palabra de Dios. Así nos llenamos de una santa nostalgia, hasta el día en nuestros ojos y oídos puedan posarse en Cristo glorioso.

Bienaventurados vuestros ojos porque ven, y vuestros oídos porque oyen. Jesús dedicó estas palabras a sus discípulos. Y la Iglesia se las dedica a los santos Joaquín y Ana. Ellos vieron a la Virgen niña, vieron al Hijo de Dios en sus primeros años de vida mortal, oyeron los gemidos infantiles de Madre e Hijo, y a ambos lo besaron y acunaron.

También son abuelos nuestros, ya que somos hermanos de Cristo e hijos de María. ¿Por qué no pedirles que nosotros, sus nietos, lleguemos a ver lo que ellos vieron, a oír lo que oyeron, y a alegrarnos eternamente con la luz que iluminó en la tierra sus días?

(2607)

Los riesgos de decir «podemos»

Durante los últimos años, en España la política lo inunda todo. Por eso mis palabras admiten todo tipo de interpretaciones. Pero hablo del evangelio, no de política. Y ni siquiera los nuevos leccionarios pueden traducir «Possumus» de otra forma: Podemos.

– ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber? – Podemos.

Aún no estaban convertidos. Porque decir podemos, así, a secas, no es sino creerse Dios omnipotente. Antes de padecer, corregirá el Señor estas palabras: Sin mí no podéis hacer nada (Jn 15, 5).

Deberíais haber dicho, más bien: «No sabemos». Porque no sabíais a qué cáliz se refería el Señor, ni cuánta era su amargura, ni lo terrible de su contenido. De haberlo sabido, habríais dicho: «No podemos». Y si, después de esto, el amor que sentíais por el Señor hubiera sido verdadero, habríais añadido: «Pero queremos».

Mejor que podemos es «pedimos»; oramos porque queremos seguirte, Señor, y no nos vemos capaces. Hacemos cuanto está en nuestra mano, porque te amamos, y, una vez agotadas nuestras pobres fuerzas, tendemos esa misma mano hacia Ti para que la tomes y nos lleves.

No digáis, por tanto, podemos. Decid: «queremos, amamos, hacemos y pedimos. Por tu misericordia, recibimos y acogemos». Así, llegamos.

(2507)

Espiritualidad del madrugón

Si hubiese que escribir una «espiritualidad del madrugón», habría que dedicar el libro a santa María Magdalena. Ella es maestra de madrugadores y modelo de enamorados.

María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro.

Qué religión tan aburrida e indeseable la de aquéllos que ven el cristianismo como un esfuerzo de voluntad, ayudado por la gracia, para obtener virtudes. Los coleccionistas de virtudes suelen ser tediosos y plomizos. Al menos hasta que han añadido, a sus trofeos, la virtud de la simpatía. Pero, cuando ese momento llega, no consiguen sino acomplejarte. ¡Te ves tan miserable a su lado! Sobre todo, la perspectiva de vivir en continuo esfuerzo para la obtención de la virtud se te presenta como una tarea insufrible.

Por eso descansas mirando a María Magdalena. A ella no la mueve a madrugar ningún esfuerzo de voluntad, ni la llevó a la Cruz un afán de superación. Sólo el amor la mueve. Y, movida por amor, busca a Cristo, encuentra a Cristo, ama a Cristo y anuncia a Cristo. Ni aburre, ni acompleja. Uno daría lo que fuese por ser como ella. Y, si «lo que fuese» es todo, lo daría también.

¡Bendita María Magdalena!

(2207)

Liber Gomorrhianus