Lirbos de José-Fernando rey ballesteros

Fiestas de los santos – Espiritualidad digital

Palabras mayores

Son palabras mayores para criaturas pequeñas. No hay otra forma de acogerlas que la contemplación silenciosa y asombrada. Porque sólo en el silencio poblado de asombro despliegan su luz.

Yo me voy al Padre. El destino de hombre es el Padre. Volvemos a Aquél que nos creó, a Aquél de quien nos separamos en Eva y a quien regresamos por María. Porque María nos muestra el Camino.

Yo soy el camino. Cristo es el Camino hacia el Padre, aunque, a diferencia de lo que sucede con cualquier vereda, no dejamos el camino atrás cuando llegamos, porque el Padre está en Él. ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Por eso, en cuanto mis pies pisan el Camino, mis labios dicen «Abbá», «Papá». Y, al decirlo, soy pequeño, el más pequeño y querido de sus hijos. Y así, descanso en Él y, también dejando que el Hijo ponga sus palabras en mis labios, digo: Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu (Lc 23, 46).

Sí; son palabras mayores. Y a las criaturas pequeñas se nos escapa todo ese torrente de luz, pero también nos envuelve. Te lo resumo en dos palabras, también mayores: Jesús. Papá.

(0305)

Por la carpintería la gloria entera pasa

almas sencillas¡Qué lugar tan sorprendente, el que ocupó, en la encarnación del Verbo, el bendito san José! El niño Dios aprendió a decir «papá» mirándole a él. Allí estaba el santo patriarca, entre el Padre y la humanidad del Hijo. Jesús cumplía la voluntad del Padre obedeciendo a José, y aprendía de su Padre mientras José le enseñaba.

¿De dónde saca este esa sabiduría y esos milagros? ¿No es el hijo del carpintero? Esa sabiduría y esos milagros no le vienen, no, del carpintero. Pero, como reza el himno litúrgico de esta fiesta, «por la carpintería la gloria entera pasa». San José fue canal de gracia para la humanidad de Cristo; su trabajo, lección magistral para un Dios convertido en aprendiz. Sus manos de padre tocaban las del Hijo mientras las guiaba a través de la madera, y ni el mismo Miguel Ángel hubiera sido capaz de captar, en toda su belleza, el misterio de esos dedos trenzados de José y de Jesús mientras la sierra surcaba el leño.

Lo que aprendió de su padre nos lo enseña a nosotros el Maestro. Si Él trabajó en el taller de José, nosotros trabajamos en el de Jesús. Con nuestro trabajo redimimos almas.

(0105)

La verdad sobre ti mismo

La soberbia que va mezclada con el aire que respiramos en Occidente nos ha hecho pensar en la infancia espiritual como en un reto ascético. Y así, cuando leemos las palabras del Señor, nos parece tener delante un desafío para nuestro «músculo» místico. ¡Ay de nosotros!

Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños. Cerramos el libro, y pensamos: «Tengo que hacerme pequeño si quiero conocer “esas cosas” que Jesús promete».

¡Pobre idiota! Deseas hacerte pequeño porque te crees grande, y te empeñas en agacharte porque te tienes por gigante. ¿No te das cuenta de que ya eres pequeño? ¡Si no eres nada! ¿Aún no has reparado en que das pena? ¿Te molesta que te lo diga?

¡Si lo único que te está pidiendo el Señor es que camines en la verdad, en tu verdad! Porque sus palabras («esas cosas») son verdad, y no puedes recibirlas mientras vivas en la mentira sobre ti mismo. Anda, arrodíllate:

«Jesús, no soy nada, nada valgo si no es porque me amas. Estoy herido y enfermo. Mírame, háblame y quedaré limpio». Así sí.

(2904)

Sabor a Cristo

Lo cantaron, que yo recuerde, Luis Miguel, Los Panchos y María Dolores Pradera: «Pasarán más de mil años, muchos más. Yo no sé si tenga amor la eternidad. Pero allá tal como aquí, en tu boca llevarás sabor a mí». Difícil que no suene la música en el pensamiento mientras los ojos recorren las palabras.

Yo si sé que tiene Amor la eternidad. Y que aquí, tal como allá, el cristiano lleva en su boca, y en su vida, y en su alegría, sabor a Cristo.

Vosotros sois la sal de la tierra. Mientras llevemos sabor a Cristo, sazonamos la tierra, y transformamos los ambientes en los que vivimos haciéndolos más humanos, más divinos, más «sabrosos» en el paladar de Dios. Un cristiano no necesita hacer nada especial. Si está lleno de Cristo, si sabe a Él, basta con dejarlo en una prisión para que la cárcel termine convertida en cenáculo.

Pero si la sal se vuelve sosa… Se vuelve sosa la sal cuando perdemos el sabor a Cristo, cuando el corazón del cristiano se llena de sí mismo, de sus problemas y caprichos, de sus dolores y manías.

Reza. Ama al Señor y llénate de Él. No seas soso.

(2604)

Sin rechistar

Me hace gracia eso que se dice a los niños: «obedecer sin rechistar». Lo he oído desde pequeño, pero nunca me pregunté qué significa «rechistar». Significa emitir sonidos, como para comenzar a hablar. Vamos, algo así como «eh… eh…», mientras se levanta el dedo índice de la mano derecha.

Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor. Definamos ahora «sin rechistar». Y «sin rechistar» significa san José. Escucha el anuncio del ángel, que cambia sus planes por segunda vez: primero soñaba con desposarse con María y tener una prole abundante, como cualquier joven judío; después, tras la conmoción que le produjo el anuncio de María sobre el niño que esperaba, decidió repudiarla en secreto; y ahora el ángel le dice que será custodio del Hijo y la esposa de Dios.

¡Cualquiera le rechista a un arcángel! Y más, si te anuncia que serás el «hombre de confianza» de Dios, que vivirás con la mujer más maravillosa de la Historia, y que el propio Hijo del Altísimo te llamará «papá».

¡Bendito san José, que guardaste a la Virgen y a Jesús! Custodia también nuestras almas, para que jamás rechisten ante los amorosos designios de Dios.

(1903)

Los hijos de Pablo

Pablo, que fue célibe, tuvo hijos. A los Corintios y a los Gálatas les asegura que él es su padre y su madre, como lo atestiguan sus dolores de parto. También Timoteo y Tito fueron hijos suyos. Él los dio a luz con su predicación y su entrega. ¡Cómo se preocupaba por ellos! Igual que una madre, les aconsejaba, se interesaba por su salud y los instruía. El estómago de Timoteo le dolía a su padre: ya no bebas más agua sola, sino toma un poco de vino a causa del estómago y de tus frecuentes enfermedades (1Tim 5, 23). ¡Qué sabio consejo!

La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies. Pedidle a Dios que los sacerdotes, como Pablo, tengamos hijos. Rogadle que nos conceda una santa fecundidad y que, como fruto de nuestra entrega y de nuestra predicación, veamos a jóvenes abrazar con gozo la vocación sacerdotal. Algunos lo pedimos como Abrahán, porque vamos cumpliendo años y no vemos progenie. Suplicadle al Señor que, aunque no lo merezcamos, seamos fértiles. La Iglesia necesita sacerdotes santos. ¡Si, al menos, cada sacerdote alumbrase una vocación, podríamos morir tranquilos!

(2601)

Una «santa obsesión»

La familia, el trabajo, el deporte, la televisión, el teléfono, la báscula, la salud… La vida está llena de facetas que la hacen multicolor. Pero cuando una de esas facetas revienta sus límites y se apodera invasivamente del cerebro, tenemos una obsesión. Si alguien se pesa una vez al mes, cuida su salud; si se pesa cuatro veces al día, tiene un problema.

La conversión a Jesucristo es una «santa obsesión». Cuando uno conoce a Cristo y queda fascinado por Él, el Señor lo invade todo. San Pablo confiesa a los Corintios que nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo (1Co 2, 2). Y a los Filipenses: todo lo considero basura con tal de ganar a Cristo (Flp 3, 8).

Lo que diferencia esta «santa obsesión» de las obsesiones patológicas es que, mientras éstas esclavizan al hombre, el pensamiento de Cristo no desplaza las demás facetas de la vida, sino que las ilumina. La familia es para Cristo, el trabajo es para Cristo, la salud es para Cristo, el ocio es para Cristo… Y el alma se libera, y deja de depender de las cosas para convertir la vida en lance de Amor.

¡Bendita obsesión!

(2501)

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