Misterios de Navidad

Fiestas de los santos – Espiritualidad digital

La gran pregunta

Juan, un monaguillo de diez años, me miró fijamente cinco minutos antes de la misa y, levantando el dedo índice, me dijo, con toda solemnidad: «Y, ahora, la gran pregunta: ¿Dónde me siento yo?».

Entiendo que, para un niño de diez años, la gran pregunta puede ser el asiento en el que va a pasar los próximos 45 minutos. Para otros, la gran pregunta es: «¿A qué hora comemos?». Para mí, la gran pregunta es: «¿Por qué todavía no ha vuelto el Señor?». La segunda gran pregunta es qué le sucedió a Natanael debajo de la higuera, pero esa respuesta puede esperar.

Supongo que todo tiene que ver con nuestra dureza de corazón. Si el Señor volviese hoy y juzgase a los hombres, ¿cuántos se condenarían? Son muchos quienes huyen de Él, son multitud quienes aún no lo conocen, y son un ejército los cristianos que jamás han anunciado el nombre de Cristo a quienes no creen en Él.

Os haré pescadores de hombres. Si hubiéramos obedecido, si hubiésemos echado las redes, el mundo estaría preparado para recibir al Señor. Es la gran respuesta a la gran pregunta: «Si de verdad queréis que vuelva, cumplid el mandato que os di».

(3011)

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Usted no tiene cara de santo

Le dije a una mujer que me escuchaba a través de la rejilla del confesonario: «Tienes que ser santa». Ella se plantó de pie frente a mí, y me dijo: «Míreme bien. ¿Usted me ha visto cara de santa?».

No sé cómo son las caras de los santos. El Cura de Ars era más feo que Picio, y santa Teresa del Niño Jesús era una hermosura. Supongo que las caras de los santos son caras de personas normales. Aunque a los santos les brillan los ojos.

También supongo que aquella mujer entendía la santidad como perfección moral. Puedes ser bueno, muy bueno… y santo. Pero la santidad es otra cosa. Es una aventura de amor, en la cual el alma queda cautivada por la hermosura de Cristo hasta pertenecerle por completo. No hay santos sin oración. Pero tampoco hay santos sin entrega.

Los santos están en el cielo. Canonizar a alguien en vida es tan estúpido como condenarlo. Mientras quede una brizna de aire que respirar sobre la tierra, puede el corazón humano cerrarse o abrirse al Amor. En la tierra vivimos los zoquetes que queremos ser santos. Y ojalá seas uno de ellos. Aunque no tengas «cara de santo».

(0111)

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Como dos niños bajitos

Tengo devoción a esta fiesta, porque celebramos a dos santos como dos niños bajitos que ocupan, en la clase, los pupitres de la última fila. Ocultos tras sus compañeros de metro ochenta, no hay forma de que los vea el profesor.

Te dicen: «Simón», y piensas en Pedro. Te dicen: «Judas», y piensas en el Iscariote. Pero detrás de Pedro está el Zelote, y detrás del Iscariote está Tadeo. Lo que ocurre es que pasan desapercibidos, porque están «repes».

Simón, al que puso de nombre Pedro, y Andrés, su hermano; Santiago, Juan, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago el de Alfeo, Simón, llamado el Zelote; Judas el de Santiago y Judas Iscariote, que fue el traidor.

Tan llamados fueron los unos como los otros. Pero el Zelote y Tadeo (los voy a llamar así para que se los vea) han tenido la ventaja de la discreción.

Si por los santos fuera, todos preferirían pasar desapercibidos. Porque el santo, a semejanza de Jesús, busca los últimos puestos, para cambiar el mundo desde allí. Cuando los santos han tenido fama en este mundo, ha sido siempre a su pesar. Quienes desean brillar sobre la tierra podrán alcanzar el estrellato, pero nunca la santidad.

(2810)

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El mundo necesita evangelistas

Cada vez más, en los medios de comunicación la palabra «noticias» es sinónimo de «desastres». Te invito a que veas un telediario entero, recorras la web de un periódico, y calcules el porcentaje de buenas noticias frente a las malas. Tendrás suerte si encuentras una información que te alegre un poco el día. O, mejor dicho, tendrás suerte si no encuentras nada que te lo amargue.

Por eso, cuando despierto, prefiero comenzar el día con la oración. Ya habrá tiempo para los desastres después. La jornada de un hijo de Dios merece comenzar con noticias buenas. La primera la recibo ante el sagrario; la segunda, después, en el plato del desayuno. Luego pongo la radio, ¡y a ver si pueden conmigo!

Decidles: «El reino de Dios ha llegado a vosotros». ¡Bendito Lucas, que alegraste al mundo con el Evangelio, la buena noticia del Amor de Dios! El mundo necesita urgentemente evangelistas, esto es, personas que difundan noticias buenas, positivas, alegres.

Contrarresta, con tu conversación, esa ola de desastres que llega a través de los medios y las redes. Sé alegre, resalta lo positivo, habla de Dios sin miedo. Ojalá quienes conversen contigo se vayan más contentos de lo que llegaron.

(1810)

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¿Qué mandáis hacer de mí?

Me dices que te cuesta leer a santa Teresa. Intentaste abordar «Camino de perfección» y «Las moradas», y aquello se te escapaba. No te culpo. Ni a ella. Poner en palabras lo que Dios ha revelado en silencios es muy difícil, si primero uno no ha escuchado esos silencios. También es verdad que, cuando uno los ha escuchado, esas palabras despiden una luz maravillosa.

Pero no vayamos tan lejos. Si quieres asomarte al alma de esta bendita mujer, te mostraría tan sólo un poema: «Vuestra soy, para Vos nací. ¿Qué mandáis hacer de mí?». Repítete estas palabras durante todo el día, medítalas, y habrás celebrado a la santa con gran provecho para tu alma.

Porque esas palabras son el eco del «Fiat» de la Virgen. El santo no le dice a Dios: «Te voy a edificar un imperio», sino «haz de mí lo que desees».

Has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños. Pequeño, muy pequeño hay que ser para decir: «Pues del todo me rendí, ¿qué mandáis hacer de mí?». Que no otra cosa es la santidad sino dejar de luchar contra Dios y rendirse enteramente a su amoroso designio.

(1510)

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La maravillosa providencia «de poca monta»

Me sorprende que haya tantos cristianos que apenas tengan trato con su ángel. Si el ángel les hiciera el mismo caso que le hacen ellos a él, no quiero ni pensar dónde se hallarían, cómo se hallarían, o si se hallarían.

No seas tú uno de ellos. Sé agradecido con Dios, y con tu ángel. Porque tu ángel es una prueba maravillosa del Amor con que Dios te ama. Para cuidarte, en esa providencia de lo cotidiano, le ha encargado que no te quite ojo, ni de noche ni de día, a fin de que camines seguro por esta vida hasta que llegues al Cielo.

En ocasiones, puede parecerte atrevido pedirle a Dios esas cosas «de poca monta» que surgen a lo largo de la jornada: acordarte de una cita, encontrar aparcamiento, dar con el regalo adecuado para un familiar que cumple años… ¡yo qué sé! Hay mil asuntos, todos ellos tan pequeños, tan aparentemente insignificantes, que te hacen sentir incómodo si piensas en encomendárselos a Dios. Y esos asuntos, precisamente, son los que le gustan a tu ángel.

Hazte amigo suyo. Y no tendrás miedo de pedirle en misa que no estornudes ahora, precisamente, en mitad de la consagración.

(0210)

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Arcángeles y teléfonos rojos

Aunque suene a compañía de seguros, en la vida espiritual es el nombre de un peligro muy tentador: la línea directa. También puede sonar a película: teléfono rojo.

Es la tentación que, a través de Lutero, desgarró en dos a la Iglesia: una relación con Dios sin intermediarios. Una vez descolgado el teléfono rojo, el mensaje recibido vendría directamente del Cielo, y nadie en la tierra, ni el propio Papa, podrá ponerlo en duda. «¡Lo he visto claramente!», te dicen tras soltarte la mayor majadería. Como para echarse a temblar.

Claro; si a Dios le gustase la línea directa, sobrarían santos, ángeles, papas, sacerdotes… y padres de familia. ¿No podrá Dios educar a vuestros hijos mejor que vosotros?

Pero a Dios le gusta repartir juego. Y se sirve de sus criaturas para instruirnos y protegernos. Por eso, en el día de hoy, te aconsejaré que camines con escolta: invoca a Miguel para librarte de las asechanzas del Diablo; a Gabriel para que te acerque el designio de Dios sobre ti; y a Rafael para que te guarde en tus caminos. No es que Dios no quiera protegerte; es que les ha encargado a ellos que te cuiden. Porque te ama.

(2909)

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