Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

Fiestas de los santos – Espiritualidad digital

Los amigos de Jesús

He pedido cita con mi médico de cabecera, y me la dan dentro de tres semanas, cuando los achaques propios de la edad ya hayan resuelto definitivamente el problema de la edad. Ay de mí.

Es una doctora. Cuando la veo, le cuento mis achaques y me receta medicinas. No sé nada de su vida, y ella sabe lo justo de la mía, lo relativo a mis achaques.

Seguramente, a mucha gente le pasaba (¿le pasa?) lo mismo con el Señor. Le contaban sus problemas, Jesús oraba sobre ellos y aliviaba sus sufrimientos. Pero poco sabían de Jesús, de su intimidad. Y poco le contaban de sí mismos, salvo sus dolores.

Una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Esta tenía una hermana llamada María. Marta, María y Lázaro, sin embargo, conocieron a Jesús como amigo. Comían y cenaban con Él, hablaban de Él y de ellos, disfrutaban juntos el tiempo que compartían.

Yo quiero ser como ellos. Si le hablo de mis dolores, que me hable de los suyos. Si río con Él, que ría conmigo. Sano o enfermo, quiero ser, sobre todo, su amigo.

Y no tendré que esperar tres semanas. Que no tenga que esperarme Él.

(2907)

El apostolado urgente

En esta solemnidad del apóstol Santiago, patrono de España, lo mejor que podemos hacer es retomar su tarea.

El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor. Y buen servicio realizó, porque llegó a nuestra tierra, abrió los labios, y pronunció el nombre de Cristo. Sellando sus palabras con la entrega de su vida, quiso Dios que ese nombre se extendiera por toda la tierra que es hoy España.

Hasta hoy. Hoy son muchos quienes no lo conocen.

Muchas veces les hago a mis feligreses esta pregunta: ¿A cuántos que no lo conocen les has hablado de Cristo en los último quince días? Hoy os la hago a cada uno de vosotros. No quiero conocer la respuesta, quiero que os hagáis la pregunta.

Porque el apostolado cristiano hoy, en Occidente, no consiste en invitar a los hombres a misa ni a confesarse. No van a venir, porque ya no saben lo que es la Eucaristía ni la Penitencia. El apostolado urgente en nuestros días es hablar abiertamente de Cristo, darlo a conocer, para que de nuevo cautive los corazones y enamore a hombres y mujeres. Después de conocerlo, ya enamorados, se bautizarán, vendrán a misa y se confesarán.

(2507)

Un huevo frito en la Última Cena

Esa falsa dicotomía entre Marta y María, trabajo y oración, lleva a muchos a un desdoblamiento que les hace sufrir inútilmente. Quisieran estar todo el día ante el sagrario, porque, en cuanto salen de allí, pierden la presencia de Dios. O les cuesta encontrar tiempo para rezar, porque andan afanados en sus mil urgencias.

No nos salvaremos sin rezar, pero rezar tampoco basta: hay que entregar la vida. Y es preciso estar tan unidos a Cristo cuando nos postramos ante la custodia como cuando freímos un huevo o cerramos un acuerdo comercial.

El que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. Sin Mí no podéis rezar. Y sin Mí no podéis freír un huevo porque, si lo hacéis sin Mí, sólo os servirá para muerte. Un huevo frito en unión conmigo, no sólo sabe mejor, sino que es parte de la Última Cena, porque es prolongación de la Eucaristía.

¿No lo entiendes? Pasa todos los días media hora ante un sagrario, comulga y enamórate. Y así, enamorado, trabaja con Cristo en el taller de José, haz deporte con Cristo, y fríe un huevo en la sartén de la Virgen.

(2307)

Donde no sabes

MagdalenaHay todo un tratado de vida espiritual en ese encuentro entre Jesús resucitado y María Magdalena. Basta con darle la vuelta a una frase y, como quien ha acertado con la clave de una cámara secreta, se abre una puerta que lleva al cielo a través de un camino de tinieblas.

No sé dónde lo han puesto.

Gira la frase como el bombín de una cerradura: «Lo han puesto donde no sé».

Primero vives de lo que sientes. Emoción, lágrimas, milagros, cantos, desmayos, asambleas y retiros que más parecen atracciones de una feria espiritual. Pero, si te quedas ahí, jamás conocerás al Señor.

Luego, como en el amor humano, desaparece el sentimiento, y entonces vives de lo que sabes. Estás ante el sagrario, y te parece una caja vacía. No sientes nada, incluso llegas a sentir tedio. Pero sabes que Cristo está allí.

Hasta que se hace de noche. Y entonces vives de lo que no sabes. Nada de cuanto sabías te sirve. El misterio es mucho más que eso. Te adentras en las tinieblas, escuchas los silencios, y abrazas a Cristo en lo profundo de un abismo. Ahí está la Verdad. Pero no la puedes contar. Es inefable. Descansas.

(2207)

Una de aeropuertos

Acabo de leer «El detalle», una extraordinaria novela de Jesús Carrasco. Con mucho sentido del humor describe las colas interminables que se forman en los aeropuertos ante los mostradores de facturación. Y, como he sufrido esas colas, sé que a todos los penitentes de esa procesión les une un mismo deseo: el de llegar al mostrador, dejar las maletas, y pasar al otro lado para subir al avión.

¿Imagináis que alguien pudiera estar tan a gusto en esas colas, y tan feliz de arrastrar su maleta que decidiera permanecer allí?

Todo el que por mí deja casa, hermanos o hermanas, padre o madre, hijos o tierras, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna. Podría escribirse en piedra sobre un mostrador de facturación: «Quien deje aquí las maletas volará y llegará a su destino».

Pero muchos se acercan a Cristo sólo para recibir: «Señor, dame esto. Señor, concédeme aquello. Señor, quiero…». Venga, más cosas para la maleta. Y cuando llega el momento de facturar, de dejar el equipaje para seguir a Cristo, no se desprenden de nada.

Lo peor es que, cuando llegue la facturación obligatoria, a la hora de la muerte, seguirán abrazándose a sus maletas. Pobres necios.

(1107)

Ahora me ves, ahora no me ves

Cuesta entenderlo:

¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto.

Cuesta entenderlo, porque cuando amas quieres ver al ser amado. Sin embargo, lo que ven los ojos siempre acaba desapareciendo de la vista. Ahora me ves, ahora no me ves. Te tengo delante, pero te tienes que marchar. Te veo cada mañana, hasta que mueres y dejo de verte, y mis ojos ya no encuentran consuelo. Así de consolador, así de triste.

Jesús se dejó ver durante tres años por sus discípulos. Y, después de resucitar, durante tres minutos por María Magdalena. Luego desapareció de la vista y lo ocultó una nube. Ahora me ves, ahora no me ves.

Bienaventurados los que crean sin haber visto. Creer es ver con el alma lo que se oculta a los ojos. Es gritar por dentro: ¡Señor mío y Dios mío!, mientras el sacerdote alza la sagrada Hostia.

Lo que crees no se marcha, permanece siempre. Puedes contemplarlo sin descanso. Por eso dice san Pablo: No nos fijamos en lo que se ve, sino en lo que no se ve; en efecto, lo que se ve es transitorio; lo que no se ve es eterno (2Co 4, 18).

(0307)

Pedro, Pablo y la Cruz

Los llamamos «columnas de la Iglesia». Pero para que las columnas sostengan el edificio, deben estar ellas bien asentadas. De otra forma, la casa entera caería.

Fue necesario, para que Pedro y Pablo realizaran su labor, que primero se reconciliaran con la Cruz. Sólo las columnas asentadas sobre la Cruz podrán mantenerse firmes.

Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo, dijo Pedro. Pero tras proclamar así su fe, cuando Jesús le anunció su Pasión Simón protestó: ¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte (Mt 16, 22). Después, llegado el momento de la verdad, huyó de la Cruz y negó tres veces a su Maestro. Sólo tras haber llorado amargamente su traición se abrazó a Jesús resucitado: Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero (Jn 21, 17). Después murió mártir.

En Atenas, Pablo hizo el «discurso de su vida» (Hch 17, 22ss). Tan cuidado, tan hermoso, que omitió la Cruz y pasó directamente a la Resurrección. Se rieron de él. No hizo falta otra advertencia. De Atenas pasó a Corinto y allí no quiso anunciar otra cosa sino a Jesucristo, y este crucificado (1Co 2, 2).

Por eso ambos son columnas de la Iglesia.

(2906)

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