Lirbos de José-Fernando rey ballesteros

Fiestas de los santos – Página 2 – Espiritualidad digital

Esa unión inseparable

sarmientoCuando san Pablo habla de la Iglesia como cuerpo de Cristo, unido inseparablemente a su Cabeza, no está inventando nada; simplemente, transmite, con una figura distinta, la verdad que Jesús mostró a sus apóstoles en la Última Cena con la alegoría de la vid y los sarmientos:

Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante. ¿Acaso no podría el sarmiento, unido a la vid, recitar las palabras del Apóstol: no soy yo el que vive, es Cristo (la vid)quien vive en mí (Gál 2, 20)?

Por las venas del alma del santo corre la savia, la vida de Cristo. No sólo por el hecho de que viva en gracia de Dios, sino porque permanece en Cristo, tiene en Él su pensamiento y sus afectos todo el día.

Permaneced en mí, y yo en vosotros. Esa permanencia requiere esfuerzo al principio. No tanto para evitar distracciones que nos aparten de Dios sino, al revés, para «distraernos» de pensamientos mundanos y llevar a Dios la mente. Pero, poco a poco, el corazón queda imantado por Cristo, y llega un día en que lo difícil es no pensar en Él.

(2307)

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Ve a mis hermanos

El arte ha representado a María Magdalena abrazada a los pies de Cristo crucificado. Tiene sentido: Ella aparece siempre asociada al cuerpo del Salvador. Se postra a sus pies, lo unge para la sepultura, busca con amor inextinguible ese cuerpo después de muerto y, cuando lo encuentra, vuelve a echarse a sus pies para abrazarlos. Parece que, para ella, sin cuerpo no hay amor; y si hay cuerpo, aunque ese cuerpo haya muerto, el amor pervive. María Magdalena es profundamente eucarística. ¿Acaso no buscamos nosotros, en cada misa, ese mismo cuerpo?

De repente, un acorde rompe la armonía del impulso de la Magdalena, e instaura una armonía nueva. Cuando María se lanza a los pies de Cristo, Jesús dice: No me retengas… Pero, anda, ve a mis hermanos y diles: «Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro».

Lo mismo nos sucede en cada misa, en cada visita de oración al sagrario, en cada encuentro con ese cuerpo al que adoramos. En un momento dado, el Señor nos envía: «Id en paz, no os quedéis aquí, que aún no estamos en el Cielo, id a anunciar a los hombres el Amor con que los amo».

(2207)

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Ni dóricas, ni jónicas, ni corintias

Lo aprendí en el bachillerato: dórico, jónico y corintio son los tres estilos de las columnas romanas. Pero, cuando ves un templo, las columnas que sostienen el frontón son todas iguales: o todas dóricas, o todas jónicas, o todas corintias. Qué aburrimiento.

Y qué poco aburrida es la Iglesia. Porque los santos son, cada uno, de su padre y de su madre.

Aquellos a quienes llamamos «columnas» de la Iglesia no podrían ser más distintos uno de otro. Pedro es pura fragilidad revestida de arrojo, y Pablo es tremenda fortaleza interior revestida de fragilidad. En Antioquía, Pablo se enfrenta a Pedro. Mientras el Papa intentaba contemporizar con los judíos, Pablo, tras haberles anunciado, sin éxito, a Jesucristo, se sacude ante ellos el polvo de los pies, y recrimina púbicamente a Pedro sus cesiones «diplomáticas».

Con columnas tan diversas edifica su Iglesia el Señor. Alégrate. Porque tú no eres dórico, ni jónico, ni corintio. Eres tú. Así, tal como eres, te ha elegido también el Señor. Y puedes ser tan santo como aquellas columnas sin dejar de ser tú mismo. Basta con que ames al Señor y a la Iglesia como ellos, hasta dar la vida. Eso debería unirnos a todos.

(2906)

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El hijo del silencio

No te fíes de quienes hablan mucho. Además de provocar dolor de cabeza, si les haces demasiado caso te llenan por dentro de estupideces. Porque quienes hablan mucho, generalmente, piensan poco. ¿Cómo van a pensar, si están hablando todo el día? Y la palabra que no ha sido pensada y meditada suele ser palabra necia y superficial. Tan sólo la caridad te llevará a escuchar a esas personas… durante un rato.

Fíate de quienes aman el silencio, el recogimiento y la oración. Como la Virgen. Como san José. Y como Juan Bautista. Su palabra fue anuncio del Cordero inmaculado, y despertó a muchas almas que estaban dormidas. Pero esa palabra de Juan fue gestada entre poderosos silencios.

Desde que fue concebido, su padre quedó mudo, para que Juan fuese hijo del silencio. Y, después de nacer, cuando tuvo la edad, vivía en lugares desiertos hasta los días de su manifestación a Israel. Cuando se cumplió el tiempo, habló las palabras que Dios puso en sus labios y, más adelante, fue de nuevo reducido al silencio por Herodes.

Palabra gestada entre tantos silencios tenía que ser, necesariamente, palabra de vida.

Reza primero, habla después y, cuando hayas hablado, vuelve a rezar.

(2406)

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Servite Domino in laetitia

Antes de que el Hijo de Dios bajara a la tierra, el Espíritu había inspirado estas palabras: Servid al Señor con alegría (Sal 100, 2). No se puede, no se debe servir a Dios de otra manera. Desde luego, el servicio divino exige renuncia, sacrificio y, en muchas ocasiones, también dolor. Y es normal que la carne se resienta, que podamos sentir que «no nos apetece» servir a Dios. Pero esa resistencia del hombre viejo a entregar la vida se vence con júbilo interior, porque el corazón está invadido por el gozo: «No me apetece, pero deseo, con todas mis fuerzas, servir al Señor».

Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud. Es la alegría de quien se sabe amado. Soy yo quien os he elegido, y os he destinado para que vayáis y deis fruto. El mismo júbilo que llenó el alma de Matías cuando se supo escogido, porque el misterio de la vocación es un misterio de gozo inefable.

Cuando la vocación se descubre, una prueba cierta de la llamada es la alegría interior. ¿Cómo no alegrarte, si todo un Dios te ha elegido para trabajar con Él?

(1405)

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Palabras mayores

Son palabras mayores para criaturas pequeñas. No hay otra forma de acogerlas que la contemplación silenciosa y asombrada. Porque sólo en el silencio poblado de asombro despliegan su luz.

Yo me voy al Padre. El destino de hombre es el Padre. Volvemos a Aquél que nos creó, a Aquél de quien nos separamos en Eva y a quien regresamos por María. Porque María nos muestra el Camino.

Yo soy el camino. Cristo es el Camino hacia el Padre, aunque, a diferencia de lo que sucede con cualquier vereda, no dejamos el camino atrás cuando llegamos, porque el Padre está en Él. ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Por eso, en cuanto mis pies pisan el Camino, mis labios dicen «Abbá», «Papá». Y, al decirlo, soy pequeño, el más pequeño y querido de sus hijos. Y así, descanso en Él y, también dejando que el Hijo ponga sus palabras en mis labios, digo: Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu (Lc 23, 46).

Sí; son palabras mayores. Y a las criaturas pequeñas se nos escapa todo ese torrente de luz, pero también nos envuelve. Te lo resumo en dos palabras, también mayores: Jesús. Papá.

(0305)

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Por la carpintería la gloria entera pasa

almas sencillas¡Qué lugar tan sorprendente, el que ocupó, en la encarnación del Verbo, el bendito san José! El niño Dios aprendió a decir «papá» mirándole a él. Allí estaba el santo patriarca, entre el Padre y la humanidad del Hijo. Jesús cumplía la voluntad del Padre obedeciendo a José, y aprendía de su Padre mientras José le enseñaba.

¿De dónde saca este esa sabiduría y esos milagros? ¿No es el hijo del carpintero? Esa sabiduría y esos milagros no le vienen, no, del carpintero. Pero, como reza el himno litúrgico de esta fiesta, «por la carpintería la gloria entera pasa». San José fue canal de gracia para la humanidad de Cristo; su trabajo, lección magistral para un Dios convertido en aprendiz. Sus manos de padre tocaban las del Hijo mientras las guiaba a través de la madera, y ni el mismo Miguel Ángel hubiera sido capaz de captar, en toda su belleza, el misterio de esos dedos trenzados de José y de Jesús mientras la sierra surcaba el leño.

Lo que aprendió de su padre nos lo enseña a nosotros el Maestro. Si Él trabajó en el taller de José, nosotros trabajamos en el de Jesús. Con nuestro trabajo redimimos almas.

(0105)

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