Lirbos de José-Fernando rey ballesteros

Fiestas de los santos – Página 2 – Espiritualidad digital

Los que bajan del Cielo

Celebramos hoy a tres arcángeles, y a ninguno de ellos lo imaginamos solo. A Miguel lo contemplamos derrotando a Satanás, espada en mano; a Gabriel lo imaginamos junto a la Virgen, asombrado y dulce; a Rafael lo vemos caminando junto a Tobías, cicerone de Dios. Y alabamos al Señor, que se sirvió de sus ministros para favorecer a los hombres y vencer a los demonios. No es poco, pero, si ahí queda todo…

Veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre. Me quedo con lo de «bajar». Porque estos tres arcángeles no se han quedado en el Cielo, a donde subieron tras cumplir su misión. También bajan cuando los llamamos, y Dios los pone «en danza» para que sigan protegiendo y guiando a sus hijos.

¿Tú los llamas? ¡Pues deberías! Porque, por la misericordia de Dios, ellos están a tu servicio.

Llama a Miguel cuando el Maligno te perturbe. Llama a Gabriel cuando te preguntes por el plan de Dios sobre tu vida. Y llama a Rafael cuando te pierdas, y necesites un guía que te devuelva al Camino, a Cristo. Ninguno de los tres te fallará, te lo aseguro.

(2909)

Rezando y recordando

Cuentan que san Mateo, tras la dispersión de los apóstoles a la muerte de Esteban, predicó el Evangelio en Etiopía y murió mártir allí. Poco sabemos de la vida del santo en aquellas tierras, pero, con toda seguridad, muchas veces, en su oración, recordaría ese primer momento en que su vida cambió por completo.

Vio Jesús a un hombre llamado Mateo sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: «Sígueme». Él se levantó y lo siguió. Aquella mirada del Señor, y la voz cariñosa e imperativa a la vez con que lo llamó quedaron, a buen seguro, grabadas a fuego en su alma. Como el primer encuentro de unos enamorados, Mateo lo escudriñaría con lágrimas muchas veces.

¿Y tú? ¿Recuerdas tu primer encuentro? Quizá caminaste lejos de Dios durante años, o, quizá, desde pequeño frecuentaste la iglesia. Pero hubo un momento (un día, una hora, un lugar, un mes o un año) en que percibiste, con claridad, el Amor único de Dios por ti. Aquella llamada cambió tu vida. ¿Vuelves sobre ella? ¿La recuerdas, de cuando en cuando, en oración?

Hazlo. Así darás gracias, te afianzarás en ese Amor, y, también, podrás examinarte y preguntarte si has sido fiel.

(2109)

El odio al justo

Igual que el nacimiento de Juan fue anuncio del nacimiento del Mesías, también la muerte del Bautista fue profecía de la muerte de Cristo.

Lo fue, porque Juan resultó asesinado por odio. Herodías aborrecía a Juan y quería matarlo. Las imprecaciones de Miqueas, que la Iglesia recita junto a la Cruz el Viernes Santo, podrían haber sido proferidas por Juan ante Herodías: ¿Qué te he hecho? ¿En qué te he ofendido? Respóndeme (Miq 6, 3).

Esta reacción de rabia feroz y asesina ante el justo se despierta en el soberbio. Por eso, el origen del martirio del Bautista no está en Herodes, sino en Herodías. Herodes fue el ejecutor, pero el pecado de Herodes era la sensualidad. Si predicas a un borracho, a lo sumo te tirará una botella a la cabeza para que te calles. Pero si predicas a un soberbio, se encenderá por dentro con una rabia terrible, y es posible que te mate. Herodías era así. También lo eran Caifás y los fariseos. Su rabia fue terrible y asesina.

Si sois de Dios, si no tenéis miedo de proclamar la verdad, deberíais estar preparados para reacciones como esas. La verdad, para el soberbio, puede ser muy exasperante.

(2908)

Sólo hace falta mirar

En aquel momento, el bueno de Bartolomé, que había visto su intimidad descubierta ante la mirada del Hijo de Dios, y que se había postrado ante aquel hombre a cuyos ojos nada se ocultaba, no tenía la menor idea de a qué se refería Jesús cuando le dijo:

Has de ver cosas mayores. En verdad, en verdad os digo: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre.

Nosotros, si tenemos fe, vemos cosas mayores. También, como Bartolomé, nos sabemos mirados por Cristo en lo más profundo de nuestras almas. Pero, además de eso, nosotros tenemos el Crucifijo.

A través del costado del Señor, traspasado por la lanza, vemos el cielo abierto de par en par; sólo hace falta mirar. Y, si seguimos mirando a través de esa sagrada ventana, vemos a la Virgen santísima, como trono de innumerables ángeles. Y, si no dejamos de mirar, vemos a esos mismos ángeles subir y bajar sobre el Crucifijo, como lo hacían sobre la escalera que Jacob soñó mientras dormía con su cabeza apoyada en una piedra.

Ya lo ves… Bueno, ojalá lo veas, porque, realmente, son cosas mayores. Sólo hace falta mirar.

(2408)

No estaba loco, sino enamorado

Llegas a misa un 10 de agosto, con 38ºC de temperatura en el ambiente, y te presentan a un tal san Lorenzo, que murió abrasado en una parrilla mientras hacía chistes e invitaba a los verdugos a darle la vuelta, porque la carne ya estaba hecha por un lado. Entonces te preguntas de qué va todo esto, qué sentido tiene tanto sufrimiento, y cómo es posible que uno pueda reírse mientras lo fríen sin estar loco perdido.

El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor. Seamos serios, aunque san Lorenzo se ría. Nadie puede estar a gusto mientras lo tuestan en una parrilla. Pero todos, listos y tontos, santos y pecadores, estamos a gusto con el ser amado. Si san Lorenzo se dejó quemar, es porque descubrió que Cristo estaba tumbado en la parrilla, esperándole, crucificado; y que, por tanto, él no estaría solo en el tormento.

Ojalá tú, que tanto amas al Señor, también lo vieras: Cristo está en tu dolor, está en tus soledades, está en tus fracasos, está en tus contrariedades. Antes de que tú llegaras allí, ya te esperaba Él. Y convirtió tu dolor en lance de Amor.

(1008)

La pantera arrodillada

Profeso a santa Marta una devoción sin límites. Es un espíritu indómito, capaz de enfrentarse al Hijo de Dios y forcejear con Él cuando sus vísceras se resisten a aceptar los designios divinos. Pero, bajo ese temperamento volcánico, hay un corazón rendido a Cristo. Y cuando ese corazón, como el de Tomás, se abre paso entre las vísceras, es capaz de actos de fe maravillosos.

Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo. Ved a la pantera arrodillada y convertida en mística. Y a la que zarandeaba al Señor, increpándole: «¡A buenas horas llegas!», confesando la unción del Mesías.

El que tenía que venir al mundo… «El mundo estaba incompleto sin Ti; la vida, sin Ti, no tiene sentido, le falta el centro. Tenías que venir para tomar sobre Ti el pecado del mundo, para abrir el camino hacia el cielo. Ahora has venido, y Tú haces el mundo habitable, Tú das sentido a la vida, Tú conviertes al mundo en morada de Dios»…

Y, apenas unos minutos después: «¡Señor, que mi hermano lleva cuatro días muerto, y ya apesta!». No lo puedo evitar: ¡Me encanta esta mujer!

(2907)

Patriotismo

Celebramos hoy a Santiago, patrono de España, y es un buen día para que nos examinemos de patriotismo.

El patriotismo es virtud, porque es amor; amor a la patria. Pero el amor, para que sea virtud, debe estar purificado.

«España está fatal. Nuestros políticos la están paganizando. Son corruptos y egoístas, van a lo suyo. Quieren eliminar cualquier atisbo de religión, y promueven doctrinas perversas que corrompen a los ciudadanos». Este discurso lo proclaman muchos cristianos. Se sitúan a sí mismos por encima de los demás, se erigen en jueces, y, finalmente, acaban llenos de ira. España está un poco peor después de oírlos.

El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo. Te propongo otro patriotismo, y otro discurso: «España está peor por mis pecados. Si yo fuera santo, y hablase de Cristo, el ambiente a mi alrededor se transformaría, y más personas amarían al Señor. Ellas, a su vez, lo anunciarían a otros, y, pasado un tiempo, tendríamos una España cristiana, con líderes cristianos. España estará mejor si yo me hago el último y le doy a España lo que España necesita: un santo».

(2507)

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