Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

Fiestas de los santos – Página 2 – Espiritualidad digital

Una de aeropuertos

Acabo de leer «El detalle», una extraordinaria novela de Jesús Carrasco. Con mucho sentido del humor describe las colas interminables que se forman en los aeropuertos ante los mostradores de facturación. Y, como he sufrido esas colas, sé que a todos los penitentes de esa procesión les une un mismo deseo: el de llegar al mostrador, dejar las maletas, y pasar al otro lado para subir al avión.

¿Imagináis que alguien pudiera estar tan a gusto en esas colas, y tan feliz de arrastrar su maleta que decidiera permanecer allí?

Todo el que por mí deja casa, hermanos o hermanas, padre o madre, hijos o tierras, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna. Podría escribirse en piedra sobre un mostrador de facturación: «Quien deje aquí las maletas volará y llegará a su destino».

Pero muchos se acercan a Cristo sólo para recibir: «Señor, dame esto. Señor, concédeme aquello. Señor, quiero…». Venga, más cosas para la maleta. Y cuando llega el momento de facturar, de dejar el equipaje para seguir a Cristo, no se desprenden de nada.

Lo peor es que, cuando llegue la facturación obligatoria, a la hora de la muerte, seguirán abrazándose a sus maletas. Pobres necios.

(1107)

Ahora me ves, ahora no me ves

Cuesta entenderlo:

¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto.

Cuesta entenderlo, porque cuando amas quieres ver al ser amado. Sin embargo, lo que ven los ojos siempre acaba desapareciendo de la vista. Ahora me ves, ahora no me ves. Te tengo delante, pero te tienes que marchar. Te veo cada mañana, hasta que mueres y dejo de verte, y mis ojos ya no encuentran consuelo. Así de consolador, así de triste.

Jesús se dejó ver durante tres años por sus discípulos. Y, después de resucitar, durante tres minutos por María Magdalena. Luego desapareció de la vista y lo ocultó una nube. Ahora me ves, ahora no me ves.

Bienaventurados los que crean sin haber visto. Creer es ver con el alma lo que se oculta a los ojos. Es gritar por dentro: ¡Señor mío y Dios mío!, mientras el sacerdote alza la sagrada Hostia.

Lo que crees no se marcha, permanece siempre. Puedes contemplarlo sin descanso. Por eso dice san Pablo: No nos fijamos en lo que se ve, sino en lo que no se ve; en efecto, lo que se ve es transitorio; lo que no se ve es eterno (2Co 4, 18).

(0307)

Pedro, Pablo y la Cruz

Los llamamos «columnas de la Iglesia». Pero para que las columnas sostengan el edificio, deben estar ellas bien asentadas. De otra forma, la casa entera caería.

Fue necesario, para que Pedro y Pablo realizaran su labor, que primero se reconciliaran con la Cruz. Sólo las columnas asentadas sobre la Cruz podrán mantenerse firmes.

Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo, dijo Pedro. Pero tras proclamar así su fe, cuando Jesús le anunció su Pasión Simón protestó: ¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte (Mt 16, 22). Después, llegado el momento de la verdad, huyó de la Cruz y negó tres veces a su Maestro. Sólo tras haber llorado amargamente su traición se abrazó a Jesús resucitado: Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero (Jn 21, 17). Después murió mártir.

En Atenas, Pablo hizo el «discurso de su vida» (Hch 17, 22ss). Tan cuidado, tan hermoso, que omitió la Cruz y pasó directamente a la Resurrección. Se rieron de él. No hizo falta otra advertencia. De Atenas pasó a Corinto y allí no quiso anunciar otra cosa sino a Jesucristo, y este crucificado (1Co 2, 2).

Por eso ambos son columnas de la Iglesia.

(2906)

La grandeza de Juan

De Juan bautista dirá Jesús que es el mayor de los nacidos de mujer (cf. Mt 11, 11). Preguntémonos en qué consiste esa grandeza, qué es lo que hace realmente grande a un hombre. Porque muchos de los considerados «grandes hombres» por el mundo no son sino un recuerdo, polvo y ceniza, mientras Juan reina con Cristo en el cielo.

Zacarías pidió una tablilla y escribió: «Juan es su nombre». La grandeza de Juan reside en que Dios trazó el plan de su vida antes incluso de que fuera concebido. Y ese plan se cumplió punto por punto, como cuando, al principio de los tiempos, llamó Dios a la luz y la luz se hizo.

Pero hay una diferencia entre la luz del sol y la voluntad de un hombre. Un hombre es un ser libre, misteriosamente capaz de decir «no» a su Creador. El cumplimiento del plan de Dios sobre Juan requería de su docilidad. Y Juan fue dócil, dócil hasta el extremo, hasta la muerte violenta asumida por amor.

No podemos hacernos una idea de las maravillas que haría Dios con nosotros si fuéramos dóciles. Porque es la docilidad del hombre la que permite a Dios hacernos grandes.

(2406)

Creo en la suerte

¿Tú crees en la suerte? Yo creo en la suerte. Y mucha he tenido, al haber sido bendecido por Dios con la fe y haber sido elegido para el sacerdocio. Soy la persona más suertuda del mundo. Y creo que detrás de la suerte está Dios. San Matías creía en la suerte. ¡Cómo no iba a creer, si fue elegido a través de unos dados! Pero también sabía quién los lanzaba.

Los que me parecen unos mentecatos son quienes sólo creen en la suerte a medias. «¿Por qué yo he tenido la suerte de tener fe y mi vecino no?» Bobo, a ver si te enteras. Tu vecino ha tenido la suerte de tener un vecino con fe. Pero si no te acercas a él y le transmites el regalo, tendrás algo más que mala suerte cuando el Señor te llame.

No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido. La Iglesia no es una multinacional en la que el jefe de personal dice a los empleados: «Tú, al matrimonio; tú, sacerdote; tú, monja». La Iglesia sólo ratifica la elección de Cristo. Y Cristo no elige a los mejores, elige a quien quiere. Pura suerte.

(1405)

El día en que nadie trabaja y el alma del trabajo santo

almas sencillasConste que estoy en contra. Me opongo con todas mis fuerzas. Y con las del vecino, si me las deja. Protesto. No tiene sentido que la gente celebre la fiesta de San José Obrero levantándose tarde y faltando al trabajo. Hoy habría que trabajar doble. Si no ¿qué estamos celebrando? Me voy a plantar con una pancarta en la puerta del algún ministerio. Pero como no habrá nadie, porque nadie trabaja hoy, de poco me va a servir.

Hecha la protesta, vamos a lo nuestro. Los motivos del trabajo son los que le dan alma o le privan de ella. Si uno trabaja sólo para conseguir dinero, su trabajo no tiene alma, es mero instrumento de lucro. Pero san José trabajaba para honrar a Dios, para alimentar a su Hijo, para sostener a la Virgen, para enseñar a trabajar al Verbo encarnado… ¡Qué trabajo tan santo!

Ya que hoy te levantarás tarde y no vas a fichar, dedica tiempo a la oración y mira los motivos de tu trabajo. ¿Para qué, para quién lo haces? ¿Tiene alma tu trabajo? ¿Es oración, es prolongación de la Eucaristía, o es mero instrumento de supervivencia?

Dichoso quien trabaja en el taller de José.

(0105)

Barro más barro más Espíritu

Si tú echas en un cesto veinte paladas de barro, no quieras vender su contenido como si fuera oro. Barro más barro sólo da barro como resultado.

Pero san Francisco de Asís acudía a las iglesias de los pueblos y, ante los vecinos, besaba manos y pies de sacerdotes que convivían públicamente con mujeres y engendraban hijos. Y santa Catalina de Siena llamaba «el dulce Cristo en la tierra» a papas que, como Gregorio XI, habían huido de Roma y vivían como príncipes en Aviñón. Trataban al barro como si fuera oro.

Y eso sucedía porque, en el cesto de la Iglesia, las paladas de barro que los hombres echamos con nuestra fragilidad y nuestros pecados reciben una unción venida del cielo, un soplo como el que recibió el primer Adán.

Has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños. Ante almas sencillas como la de santa Catalina, Dios retira el velo de nuestro barro y le hace ver la hermosura de su nueva creación. Si la Iglesia fuera la suma de sus miembros, no hubiera podido subsistir. Pero la Iglesia es la Esposa de Cristo, es hermosísima. Aunque vista de barro.

(2904)

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