Evangelio 2020

Fiestas de los santos – Página 2 – Espiritualidad digital

Almas castas, ojos limpios para el Niño Dios

Si ayer nos referíamos a los que hablan demasiado, hoy nos acompaña Juan. Jesús se lo entregó a la Virgen como hijo, y él parece haber heredado de su Madre el gusto por el silencio y la contemplación.

Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.

Juan es vidente de lo invisible. Sus ojos limpios son ventanas, a través de las cuales el alma contempla lo que el cuerpo no ve. Todo lo terreno es transparente ante su mirada, y el corazón, mientras deja atrás las realidades creadas, se precipita hacia los bienes eternos. Mira un costado traspasado, y ve a la Iglesia; mira un sepulcro vacío, y ve el Cielo abierto; mira a Jesús, y ve a Dios. Tras los ojos, se asoma la fe. Vio y creyó.

En ese apóstol casto se cumple la bienaventuranza: Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios (Mt 5, 8).

Pídele hoy, al niño Dios, la gracia de la castidad. Que su cuerpo, cuando comulgues, guarde el tuyo y lo consagre como a un templo. Porque sólo las almas castas pueden contemplar, a través de sus ojos limpios, la hermosura de Dios.

(2712)

“Evangelio

Luz y sombras; silencio y ruidos

Cuando no hay luz, tampoco hay sombras. Todo es oscuridad. Aunque la pupila de los hombres, con el tiempo, se dilata, y aprenden a vivir entre tinieblas una vida triste.

Hasta que se hace la luz. Y, con ella, surgen los colores, y también las sombras. Ayer nos decía san Juan que el Verbo vino a su casa, y los suyos no lo recibieron (Jn 1, 11). Lo sabemos, porque tuvo el Niño Dios que nacer en un establo. Y lo comprobamos hoy, ante la lapidación de Esteban.

Dios envía al mundo su Palabra, y los hombres, dando un grito estentóreo, se taparon los oídos (Hch 7, 57). La gente grita mucho, porque no quiere escuchar al Verbo de Dios. No soportan el silencio, les da miedo. ¡Es tan real! Para muchos, «fiesta» significa sólo ruido; ruido y petardos, que nada se oiga, que no se escuche a Dios. Si los peces, en el río, beben, y beben, y vuelven a beber, los hombres, en el mundo, hablan, y hablan…

Tú guarda silencio ante el Belén. Porque no seréis vosotros los que habléis, sino que el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros. Calla, contempla, y deja hablar a Dios.

(2612)

“Evangelio

La misión de los cristianos en el mundo

Si me acerco a un hombre soltero, que malgasta en vicios el poco tiempo de vida que le deja su trabajo, y le reprocho el modo en que se está matando a sí mismo, tan sólo lograré amargarle la vida más todavía. Sus vicios son lo único que tiene, y yo he intentado barrer su pie de apoyo con mi discurso moral.

Pero si ese hombre se enamora de una buena mujer, todo cambia. Por hacerla feliz, es capaz de convertirse en un marido y un padre ejemplar. Y no sucede como fruto de un sombrío discurso moral, ni de un esfuerzo titánico provocado por el miedo a la muerte. Sencillamente, encontró un amor por el que le merecía la pena dejarlo todo; y lo hizo con inmensa alegría.

Venid en pos de mí. La conversión de los apóstoles no fue resultado de las monsergas de los fariseos. Conocieron a Cristo, se enamoraron, y todo lo dejaron por él.

Los cristianos no estamos llamados a llenar la tierra de consejos que nadie nos pide. Somos quienes anunciamos a Jesucristo, el que llena de luz las vidas de quienes habitan en las sombras. Somos quienes llevamos la alegría a los tristes.

(3011)

Confusiones en el día de la claridad

Nadie debería confundir, en noviembre, el día 1 con el 2. Mañana rezaremos por quienes, cruzado el umbral de la muerte, se purifican de sus pecados. Pero hoy exultamos con quienes han alcanzado las cumbres de los cielos.

Tampoco debería confundirse una solemnidad tan alegre con el esperpento de las tinieblas del Halloween. Esa fantochada que lleva a los padres a permitir que sus hijos vayan vestidos de mamarrachos es un culto demoniaco a la fealdad. Nosotros, hoy, celebramos la luz.

BienaventuradosBienaventuradosBienaventurados… Y, así, hasta nueve veces. ¡Qué delicia, qué gozo, qué alegría la que disfrutan los santos ante el rostro de Dios! Es la misma alegría que nos espera a nosotros, cuando hayamos alcanzado el Hogar al que nos dirigimos.

Hoy el cielo está tan cerca, que lo tocamos con el alma. Escuchamos los cantos de júbilo de los santos, y, en la Eucaristía, compartimos con ellos el banquete eterno. Hoy el camino parece más corto. Hoy pregustamos el gozo celeste.

Decídselo a quienes lloran, y a los padres de esa niña que anda por las calles vestida de bruja con una calavera en la mano. ¡Salid de las tinieblas! ¡Ha amanecido un día lleno de luz!

(0111)

Por tu nombre

Los evangelistas consignan el nombre de los doce apóstoles (¡incluso el de Judas Iscariote!) con la misma reverencia con que, en las páginas de Antiguo Testamento, se enumeraban los nombres de las doce tribus de Israel: Santiago, Juan, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago el del Alfeo, Simón, llamado el Zelote; Judas el De Santiago y Judas Iscariote, que fue el traidor.

El nombre se asocia siempre a la vocación, porque Dios llama a cada persona por su nombre de pila. Aunque muchos no lo sepan, cada uno de nosotros somos fruto de esa llamada divina. Antes de que mis padres decidieran darme el nombre, por ese nombre ya me había llamado Dios, y me había convocado a una misión. Mi vida sólo tendrá sentido en la medida en que yo conozca esa misión y en ella emplee mis días.

No estamos en este mundo por casualidad. Ni somos el mero fruto de una conjunción de células sucedida en un momento azaroso. Cada uno de nosotros hemos sido llamados. Y tenemos, cada uno, una labor que desempeñar. Reza, déjate ayudar en la dirección espiritual, y descubrirás, como descubrieron Simón y Judas, qué quería el Señor de ti cuando pronunció tu nombre.

(2810)