Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

Fiestas de los santos – Página 2 – Espiritualidad digital

¡Sin miedo!

¡Cuántas veces, después de una predicación, me he dicho: «Menudo rollo les has metido»! Estaba cansado y supuse que se me notaría, que faltaría vibración y garra porque no tenía ni lo uno ni lo otro. Y entonces se me acerca alguien dándome las gracias por lo mucho que le ha ayudado la prédica. Cuando se marcha, se me caen todos los complejos. Y me doy cuenta de que es Dios quien actúa, yo sólo debo poner lo que tenga (por poco que sea) y el deseo de servirlo.

Ellos se fueron a predicar por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban. La primera parte es necesaria. Si, por miedo a equivocarte, o por esa falsa humildad que te lleva a creer que no eres digno te niegas a hablar de Cristo, Cristo no será predicado ni conocido. Ningún ángel bajará del cielo para hacer el trabajo que tú no haces. Pero si confías en Dios y abres los labios para proclamar su nombre, aunque todo tu discurso quede en un tartamudeo, Dios convertirá tus pobres palabras en instrumentos de salvación para quien te escuche. Y sabrás que no has sido tú.

(2504)

Por qué no lo llamamos Pepe

Lo de los «Pepes» ya sabéis de dónde viene. Antiguamente, en los escritos espirituales, junto al nombre de José se añadían, entre paréntesis, las siglas «p.p.», que nada tenían que ver con la política española, sino con las palabras «padre putativo». Suena fatal, era una forma de dejar claro que José era padre de Jesús «según pensaban».

Menos mal que desaparecieron las siglas, aunque lo de los Pepes permanezca. Porque, aun siendo verdad que José no intervino en la concepción virginal del Hijo de Dios, el santo patriarca no fue padre meramente «putativo» de Jesús. Fue verdadero padre. Educó al Niño Dios, le dio todo el amor y la protección que un buen padre da a su hijo, y Jesús lo llamó «abbá», papá, como todos los niños llamaban a sus padres.

Por eso es también padre nuestro. Porque somos miembros de Cristo. Y no nos dirigimos a él diciendo: «José, padre putativo mío», sino «San José, mi padre y señor». Por eso tampoco lo llamamos Pepe.

Encomiéndate a él. Pídele protección y auxilio. Porque, como sucede con la Virgen, estar cerca de José es estar cerca de Jesús. Dile, como un niño asustado a su papá: «No me sueltes».

(1903)

El reino de Dios entrando en un despacho

Imagínate que entro en el supermercado provisto de un megáfono, me subo al congelador de los guisantes, y grito desde allí: «¡El reino de Dios ha llegado a vosotros!». ¿Cómo me mirarían los que están haciendo la compra? ¿Cuánto tardaría el encargado del supermercado en llamar a algún vigilante para que me sacara de ahí? Eso si no se rompe el cristal del congelador y quedo sepultado entre bolsas de guisantes con megáfono y todo, claro.

Si entráis en una ciudad y os reciben, decidles: «El reino de Dios ha llegado a vosotros».

El reino de Dios puede anunciarse a grito pelado, desde luego. Los apóstoles lo hicieron en Pentecostés, y el Espíritu bendijo su predicación con abundancia de bautismos. Pero hay más formas.

Lunes por la mañana en un despacho de abogados. Nadie habla apenas, todos visten cara de lunes. Hasta que entra un joven abogado sonriendo, dando a cada uno los buenos días y preguntando a uno de ellos por su madre enferma. El jefe le pregunta: «¿Qué desayunas los lunes, para venir así?». Él responde: «Es que vengo de misa». El reino de Dios ha llegado a vosotros. El lunes siguiente, el jefe está también en misa.

(1402)

¿Nos quedaremos esperando?

A quienes deseáis ver el Reino de Dios extendido por toda la tierra os mostraré dos escenarios: Podéis rezar y esperar a que los hombres, hartos del mundo, vuelvan a Cristo. Y volverán, van volviendo de uno en uno, yo ya he recogido a unos cuantos que venían muertos de asco y de sed. O podéis ser divinamente impacientes, no conformaros con esperar rezando y salir a las calles, acercaros a quienes no creen y llevar el cielo a sus casas para que despierten, gritándoles, con vuestras vidas: El reino de Dios ha llegado a vosotros.

Porque para muchos, incluso entre quienes fueron bautizados, Dios es un concepto frío y lejano. No lo han tocado ni lo han olido jamás. Y el cristiano es quien, con su vida, su cariño y su alegría hace sentir a los hombres que Dios está cerca.

Decid primero: «Paz a esta casa». Y los hombres se sorprenden. ¿De dónde le viene a éste esa paz? Le viene del cielo, el cielo está cerca, lo toco cada vez que trato a este hombre. Huele a Dios.

No os conforméis con rezar y esperar. Llevad el cielo a los hombres. Sed santos en medio de ellos.

(2601)

Ver, creer, besar

Me encanta cómo besan los niños la imagen del Niño Dios al terminar la misa. Es verdad que me lo dejan perdidito de babas, pero cuánta naturalidad hay en esos besos infantiles. Papá o mamá, que los traen en brazos, dejan en los pies de Jesús un beso contenido. Y luego dicen al pequeño: «Dale un beso al Niño Jesús». Y el niño se lanza sin miedo a besar como besa a sus padres. ¡Qué sería de los niños sin las imágenes! Un pequeñín no puede entender a un Dios invisible, pero disfruta contemplando el Belén.

Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Eso mismo hace el niño: ve y cree. Ve con sus ojitos la imagen de Jesús y besa como quien realiza el más conmovedor acto de fe.

Hasta que el Hijo de Dios vino a la tierra, hacer imágenes del Altísimo era un pecado. Pero la vida eterna que estaba junto al Padre se nos manifestó (1Jn 1, 2). El Hijo se dio la vuelta, nos miró y se dejó ver. Por eso la Navidad es de los niños, por eso en Navidad se reza con los ojos.

(2712)

“Misterios de Navidad

Hoy nos han tendido una escalera

Hoy en Belén nos ha tendido Dios una escalera. Y en su peldaño más bajo, tan bajo que debemos agacharnos para alcanzarlo, hay un pesebre sobre el que está un niño recostado.

El que persevere hasta el final, se salvará. Perseverar hasta el final comienza hoy. Se trata de abrazar a ese niño y no soltarlo hasta que hayamos ascendido a la cima por esa escalera.

Peldaño a peldaño, subiremos un monte, el Calvario, y entonces nos abrazaremos fuerte fuerte, para atravesar, pegados a Él, dificultades, persecuciones, y la misma muerte. No temeremos, Jesús viene con nosotros. Y del mismo modo que Él dirá: Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu (Lc 22, 46), diremos nosotros, con Esteban: Señor Jesús, recibe mi espíritu (Hch 7, 59). Nosotros se lo damos a Él, y Él se lo entrega al Padre. Son los últimos peldaños. Cuando, unidos a Jesús, entreguemos la vida, llegaremos al cielo, a la cumbre.

Y todo, ya lo ves, empieza hoy. Podrías ir entrenando y, antes de decirle en la Cruz «recibe mi espíritu», decirle, en el pesebre, lo que aprendiste de pequeño: «Por eso te quiero tanto y te doy mi corazón. Tómalo, tuyo es, mío no».

(2612)

“Misterios de Navidad

Bienaventurados

¿Cuál ha sido el momento más feliz de tu vida? (Por cierto, me alegro por ti si sabes responder a esa pregunta, yo no la sé responder). Vuelve a ese momento, recuerda la inmensa alegría que te embargaba… Y ahora déjame decirte que eso no es nada en comparación con lo que te tiene reservado Dios.

Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.

«Bienaventurados» es más que contentos, más que alegres, más que felices… Es la palabra que emplea la Iglesia para expresar lo inefable. Por eso, si me pides que lo defina, no puedo definirlo. Nadie puede. Es lo que experimentan los santos en el cielo.

Tú no estás llamado a disfrutar de una buena siesta. Ni a acumular una fortuna. Ni a gozar del cariño de aquellos a quienes amas. Tú estás llamado a la santidad, a la bienaventuranza, al cielo. Dios te ha creado para el cielo, no para la tierra. Por eso, no te entierres. No permitas que la tierra secuestre tus ojos. Levanta la mirada, que vas de camino. ¡Mira al cielo!

Y si, por llegar allí, tienes que renunciar a cualquier gozo terreno… ¡Vale la pena!

(0111)

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