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Fiestas de los santos – Página 2 – Espiritualidad digital

La cima y el llano

El evangelio de hoy tiene dos escenarios: uno de ellos se sitúa encima del monte donde, tras pasar la noche en oración, Jesús llamó a sus discípulos, y escogió de entre ellos a doce. Allí estaban Simón y Judas, a quienes hoy celebramos, junto a los demás convocados por Jesús. El segundo escenario se sitúa abajo, en la llanura, donde una gran muchedumbre del pueblo esperaba para escuchar la palabra y ser curados de sus enfermedades.

Quiero pensar que tú, que estás leyendo estas líneas, acudes regularmente a la iglesia, y participas en la santa Misa. Si es así, tu lugar está en lo alto del monte, que es donde se celebra el santo Sacrificio. Te cuentas, por tanto, entre los elegidos del Señor, entre sus íntimos. Es un don inmenso el que has recibido. Pero es, también, una gran responsabilidad. Porque, debajo del monte, son muchos quienes viven sin Dios, con el corazón roto y el alma vacía.

Por eso, cuando salgas del templo, recuerda que debes bajar. Te están esperando. Te necesitan. Que también esas almas son amadas por Cristo con amor de predilección. Pero no lo sabrán hasta que tú no se lo anuncies. Acércate a ellos.

(2810)

“Tú, pecador

Hombres de paz

La antífona de entrada de la misa de hoy reza así: Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que proclama la paz (Is 52, 7). Más tarde, en el evangelio, leemos: Cuando entréis en una casa, decid primero: «Paz a esta casa».

«La paz contigo» era un mero saludo ritual entre los judíos. Pero Jesús llevó ese saludo a plenitud cuando, resucitado, se apareció a los apóstoles proclamando: Paz a vosotros (Jn 20, 19). Cada saludo de cada judío por toda la tierra apuntaba misteriosamente a aquel saludo dominical.

Nuestra paz es Cristo. Y quien nos trae a Cristo nos trae la paz. Por eso el evangelista, el mensajero del Señor, lleva la paz allá donde va.

¿Quién dijo que sólo existieron cuatro evangelistas? Cuatro escribieron los santos evangelios, pero tú y yo debemos ser, también, evangelistas. Ojalá vivamos de tal manera que llevemos a Cristo, nuestra paz, allá donde vayamos. Y se llene de paz el aire a nuestro paso. Cristo entrando en Mercadona, Cristo entrando en el bar, Cristo cruzando la calle, Cristo acostando a los niños… Vacíate de ti mismo, llénate de Él, sé el mensajero que anuncia la paz. Dios bendiga tus pies.

(1810)

“Tú, pecador

El descanso de los santos

cristianoParece paradójico hablar de descanso en los santos. Más bien da la impresión, leyendo sus vidas, de que no tuvieron tiempo para ellos. Desde que santa Teresa salió de La Encarnación, toda su vida fue un constante ir de acá para allá, sin apenas reposo. Y cuando ese «acá» o ese «allá» eran lugares difíciles y áridos, y la salud no acompañaba, cualquier buen amigo le hubiera sugerido un descanso que ella nunca tomó. ¡Cómo le costaba recorrer Andalucía en verano, con aquel hábito de lana de ocho kilos que todavía usan sus hijas! Y, sin embargo…

Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.

Por contradictorio que parezca, no hubiera podido la santa llevar a cabo esa tarea si no hubiera estado muy descansada. Lo estaba. Porque mientras el cuerpo se desgastaba, el alma estaba bien asentada en Dios, en el sosiego del discípulo que tiene la cabeza apoyada en el pecho del Maestro.

Cuando el alma está descansada, cualquier trabajo se puede afrontar con alegría. Pero, cuando el alma está cansada… hasta la siesta cansa.

(1510)

Al incapaz lo hace capaz

Si fundaras una empresa con aspiraciones de multinacional, y quisieras elegir al equipo directivo, ¿dónde buscarías? Seguramente, en las universidades, en las escuelas de dirección de empresas, o entre los ejecutivos de empresas de la competencia. Pero ¿irías a buscar al equipo directivo de una multinacional en los tugurios de un suburbio? Nadie hace eso. Salvo Jesús. Y Jesús no quería fundar una multinacional, sino instaurar la Iglesia, arca de salvación para la Humanidad entera.

Al pasar vio Jesús a un hombre llamado Mateo sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: «Sígueme». Era un ladrón, un enemigo de la fe, un maldito. Nadie lo hubiera querido en su sinagoga. Y Jesús lo elige para convertirlo en una de las doce columnas de su Iglesia.

Así me eligió a mí para el sacerdocio, y a ti para cuidar de tu familia, que es suya. Y a Pablo, quien aseguraba que Dios escoge lo necio del mundo para humillar a los sabios (1Co 1, 27). Sólo Cristo escoge al incapaz, lo sana y lo hace capaz.

Ante la llamada de Cristo, nadie puede decir: «Yo no valgo para esto». Y, si alguien lo dijera, merecería esta respuesta: «Ya lo sabíamos».

(2109)

El silencio de Juan

Juan Bautista murió con apenas treinta años. La mayor parte los pasó escondido en el desierto. Y sólo durante los últimos meses, cuando estaba por aparecer el Cordero de Dios, gritó a pleno pulmón su anuncio junto al Jordán. Bautizó a muchos judíos, congregó a muchos discípulos y cuando, por fin, pudo señalar con el dedo al Mesías su voz se apagó para dar paso a la Palabra. No se apagó, la apagaron. Su cabeza fue separada de su cuerpo y entregada a una mujer que lo odiaba con todas sus fuerzas, porque Juan había puesto en evidencia su pecado.

El silencio de Juan fue preludio del silencio de Cristo. Tres años más tarde, el Mesías por él señalado fue también asesinado, y la Palabra encarnada resultó ahogada en las tinieblas de la muerte.

Ni Juan convirtió a Herodías con su palabra, ni Cristo logró, con su predicación, cambiar los corazones de los hombres. Pero la sangre del Bautista y su silencio anunciaron aquella sangre y aquel silencio que redimieron al género humano.

Ése es tu camino. Y el mío. Debemos gritar el nombre de Cristo. Pero la verdadera eficacia de ese anuncio se despliega cuando los hombres nos callan.

(2908)

Cristo como meta

El joven rico se acercó a Jesús buscando heredar vida eterna. Cristo, para él, era una ayuda más, un maestro que podía ayudarle a encontrar lo que deseaba. Lo mismo puede decirse de gran parte de los enfermos que se acercaban al Señor; buscaban salud, y Jesús era el médico que podía devolvérsela. Todas estas personas tenían una meta en la vida, y veían en el Hijo de Dios a alguien que podría ayudarles a conseguirla. Cristo era, para ellos, lo que es para mí el dependiente de la frutería: aquél que puede proporcionarme lo que necesito.

Aquel de quien escribieron Moisés en la ley y los profetas, lo hemos encontrado: Jesús, hijo de José, de Nazaret. ¡He aquí la grandeza de Felipe, de Bartolomé, de Juan…! Para ellos, Jesús representa el final de la búsqueda. No buscan algo distinto de Él y le piden ayuda para encontrarlo, sino que lo buscan a Él. Una vez hallado, han alcanzado la meta y descansan en Él. Lo mismo le sucedió a Edith Stein, quien, al conocer al Señor, exclamó: «¡Aquí está la verdad!». Fin de trayecto.

Ojalá, al acercarte a Jesús, no lo busques sino a Él. Y, al encontrarlo, descanses.

(2408)

Dichosos los que mueren en el Señor

Vino Cristo a la tierra como ladrón. A la hora que menos pensaba el dueño de la casa, abrió un limpísimo boquete en el alma de una mujer inmaculada y, a través de ese boquete, entró en la Historia y le arrebató a Satanás su botín. No sólo le robó las almas de los hombres, sino que le robó también la muerte.

Ese robo tuvo lugar en la Cruz. Y la muerte, que hasta entonces era signo de suprema maldición, se convirtió en el acto de amor más sublime que jamás vieran los siglos. Ante la muerte de Cristo, la tierra retembló estremecida, como tiembla la esposa al ser abrazada por el esposo. Dichosos los que mueren en el Señor (Ap 14, 13).

Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. Morir no es, simplemente, exhalar el último suspiro. Morir en Cristo es ir entregándose en amor poco a poco, segundo a segundo, a través de sufrimientos, contrariedades, y actos de abnegación. Todos exhalaremos ese último suspiro, pero no todos daremos fruto abundante, sino aquéllos que hayan derramado generosamente su vida. Sólo ellos mueren en el Señor. Benditos sean.

(1008)

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