El Mar de Jesús de Nazaret

Fiestas de los santos – Página 2 – Espiritualidad digital

Los que miran

Quien quiera aprender a mirar un Belén tiene que acudir a Juan. Él es maestro de «los que miran».

Juan es, ante el sepulcro abierto de Cristo, lo que fueron los pastores ante el pesebre de Belén. Como ellos, echó a correr, y corría más que Pedro. Quizá porque fuera más joven, quizá porque tuviera más prisa.

Igual que los pastores al llegar ante el pesebre, Juan, al llegar al sepulcro, se detiene y contempla. Pero, también como ellos, no fía toda la contemplación a los ojos. Los ojos perciben la puerta, pero sólo la fe puede cruzarla. Si los pastores vieron a un niño acostado sobre unas pajas, Juan vio unas sábanas dobladas en el suelo. Se iluminó el alma de aquellos pastorcillos, y en el recién nacido vieron al Eterno hecho mortal. Se iluminó el alma, de Juan, y tras aquellas sábanas vio al Mortal conquistar la eternidad.

Vio y creyó.

Ojalá se pueda decir esto también de ti. ¿Qué ves, cuando miras el Belén de tu casa? «Vaya, se ha caído la estrella». ¿Eso es todo lo que ves? Mira mejor. Mira como los pastores, mira como Juan. Si quieres contemplar, debes ser de «los que miran».

(2712)

“Evangelio

Hay estrellas, sol y luna

«En el portal de Belén hay estrellas, sol y luna / la Virgen, y san José, y el Niño que está en la cuna». Muchos de vosotros habréis cantado este villancico. En él, la noche y el día conviven de forma asombrosa. El paisaje nocturno creado por las estrellas y la luna arropa al Sol, que es Cristo, luz del mundo que amanece. Pero, en este caso, el día no destierra a la noche, sino que la ilumina. Es una noche clara.

La muerte está muy presente en Belén. Es parte esencial del cuadro. Porque el Verbo de Dios se ha revestido de nuestra carne mortal, y, al hacerlo, ha asumido la muerte. Si el Eterno se hace mortal, la muerte se vuelve eternidad.

Se rebelarán los hijos contra sus padres y los matarán… Pero el que persevere hasta el final se salvará.

«Si Yo, siendo eterno como el Padre, moriré, tú, cuando mueras, vivirás eternamente. Basta que tomes mi mano. Soy el Puente y la Escalera; uno el día con la noche, y la noche con el día».

«En el portal de Belén hay estrellas, sol y luna». Mi noche, Jesús, ha sido esclarecida por tu día. Te pertenezco.

(2612)

“Evangelio

Rasgando horizontes

El mundo de Andrés, como el de tantos hombres, era pequeño: su hermano, sus amigos, su trabajo como pescador, el Mar de Galilea, Cafarnaúm… En ese pequeño universo, que, de cuando en cuando, se extendía en peregrinación a Jerusalén o al Jordán, donde Juan bautizaba, Andrés se encontraba cómodo: lo conocían, y los conocía. Nada como el terreno conocido para echar raíces. Y bien arraigado estaba Andrés, en su tierra y entre los suyos.

Hasta que, un día, aquel rabbí a quien había conocido gracias al Bautista le dirigió una llamada como un cuchillo que rasgó el horizonte de su pequeño universo:

Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres.

Andrés llevó el Evangelio hasta Kiev, que se encuentra a 3.000 kilómetros de Cafarnaúm. Después murió crucificado en Acaya.

Escucha esa misma llamada, como si fuera dirigida a ti. Y cambia el lago por el mundo, los peces por hombres, las redes por la Cruz. El verdadero encuentro con Cristo abre horizontes inmensos, universales. Nada más ajeno al cristianismo que el permanecer arropado en la familia o en el grupito de amigos afines. Cuando se está llamado a redimir la tierra, siempre hay un cascarón que romper.

(3011)

Santos y funcionarios

– ¿Sabes por qué los funcionarios son todos ateos?

– Porque no creen que pueda existir una vida mejor.

Bueno, yo conozco a funcionarios que sí creen en una vida mejor. Al menos, para más allá de la muerte. Y tú y yo, seas o no funcionario, también creemos en una vida mejor.

Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados

Una multitud de hermanos nuestros, después de probar, en esta tierra, el cáliz del dolor que a todos se nos ofrece, han cruzado la puerta santa de la Cruz y gozan ya de la dicha reservada a los elegidos. Gozan allí, no por haber sufrido aquí, sino por haber amado a Cristo locamente, y haber llenado de ese amor también sus dolores.

Tú y yo, que somos pecadores, podemos ser santos, porque podemos amar locamente a Cristo. ¿Lo amamos? Ámalo, y serás santo. Además, si eres funcionario y vives de forma que te podamos canonizar después de tu muerte, acabarás con esos chistes de mal gusto cuando, en el santoral, leamos: «San Fulgencio Rodríguez, funcionario». Ora pro nobis!

(0111)

¡Manos a la obra!

«Obrero» es el que vive de la obra. Si el tío Antonio decide hacerse una barbacoa en el chalet, y dedica unos ratos libres a poner hierros y ladrillos unos encima de otros, no por eso es un obrero. El obrero madruga, trabaja, suda, y llega cansado a casa.

Rogad, pues, a dueño de la mies que envíe obreros a su mies.

 Hay pocos obreros en la mies de Cristo. ¿Por qué no eres tú uno de ellos? ¿Vas a pedirle al Señor que los envíe, mientras contemplas como trabajan?

No me engañes, ni te engañes. Porque, un día, hayas quedado con un amigo, y le hayas sugerido que se confiese, eso no te convierte en un obrero, sino en el tío Antonio. Serás obrero de la mies del Señor cuando te vaya la vida en tu apostolado:

Cuando conviertas tu trabajo profesional en siembra de amor divino.

Cuando te pregunten por tus dolores, y hables de almas que viven sin Dios.

Cuando las dificultades y sufrimientos de la vida los conviertas en monedas con que comprar almas.

Cuando quienes no conocen el Amor de Dios te roben lo mejor de tus oraciones.

¿A qué esperas? ¡Manos a la obra!

(1810)

“Evangelio