Muertos que sonríen

En algunas de sus declaraciones, el Sermón de la Montaña es un disparate para el mundo. ¿Cómo se puede pedir a un hombre que se comporte así?

Si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también el manto.

Semejantes consejos van mucho más allá de lo exigible, incluso de lo posible. Y, sin embargo…

En el capítulo 16 de los Hechos se cuenta cómo Pablo y Silas, después de haber sido molidos a palos, estaban cantando en la cárcel. ¡Qué locura! Y cuando las puertas de la celda se abrieron, en lugar de emprenderla contra el carcelero, lo bautizaron a él y a su familia. ¿Quién hace eso?

Que lo explique Pablo: Aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios (Col 3, 2-3). La clave es ese «Habéis muerto». Sólo un cadáver se deja abofetear y despojar así. Y eso hacemos: entregamos al mundo nuestro cadáver para que lo entierre mientras nosotros, en lo profundo del alma, gozamos de Dios. Y el mundo no puede entender cómo nos ve tan felices.

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