Libros de José Fernando Rey Ballesteros

Fiestas de la Virgen – Espiritualidad digital

Subido al Pilar

La Virgen subida al pilar… y yo, subido a sus brazos, como el niño.

Tiene sentido. Tiene, mejor, varios sentidos. Si logro explicarme…

La Virgen, subida al pilar, es la Virgen invencible, inalterable. Porque el pilar es Cristo. Y quien descansa en ese pilar es como la casa edificada sobre roca. Nada ni nadie podrá derribarla. Así la Virgen, apoyada en Jesús, confiada en Él y asentada en su gracia, pasó por la persecución de Herodes, por la humillación de los parientes de Jesús, y por el oprobio de la Cruz, sin perder jamás la paz.

Pero la Virgen fue también pilar de Cristo. Sobre ella descansó el niño Jesús, y así reposa en sus brazos en la imagen venerada en Zaragoza, y en miles de imágenes más. Me gustan las vírgenes con niño. También, en el Calvario, fue la Madre pilar para el Hijo. La mirada de la Virgen sostuvo y consoló a Jesús crucificado durante las horas más amargas de su Pasión.

Hoy te miro, Virgen del Pilar, y con mis ojos me subo a tus brazos. Me hago hueco junto al niño Dios, y me escondo allí. Tú, subida al pilar; Jesús y yo, subidos a ti.

(1210)

El rosario de la Virgen

La fecha del 7 de octubre está asociada a la Virgen del Rosario por la victoria de la Liga Santa en la batalla de Lepanto en 1571. Cuenta la tradición que los ejércitos de la Liga atribuyeron esa victoria al rezo del santo rosario.

Por tanto, más que de la Virgen del rosario, se trata del rosario de la Virgen, el que le rezamos con fe y devoción, y tantas victorias puede obtenernos en tantos lepantos como luchamos a lo largo de la vida.

Rezar el rosario de la Virgen deprisa y corriendo no es pérdida de tiempo, porque también esa oración atropellada llega a oídos de la Virgen. Un rosario mal rezado vale un millón de veces más que el que no se reza.

Pero el rosario, bien rezado, es un arma poderosísima para vencer al demonio, y un camino dulcísimo para alcanzar la unión con Cristo a través de su santísima Madre.

No te conformes con pensar las avemarías; mueve los labios, como las abuelitas. Y sumerge el pensamiento, mientras lo haces, en las escenas de la vida de Jesús que narran los misterios. Te aseguro que, día a día, el rosario bien rezado es garantía de salvación.

(0710)

La corona de la Virgen de Fátima

Cuando, en el santo rosario, llamamos a la Virgen «reina», desgranamos su reinado, y decimos: «reina de los ángeles, reina de los patriarcas, reina de los profetas, reina de los apóstoles, reina de los mártires, reina de los confesores, reina de las vírgenes, reina de todos los santos…». Pero yo me quedo con el último de sus títulos: «Reina de la paz».

Porque el saber que los destinos del mundo, y mi destino personal, están en sus manos, me llena de paz.

También a vosotros. El poder de la Virgen María no es un poder simbólico, como si la hubieran nombrado «reina de las fiestas». Es un poder misterioso, pero real, muy real. Ante un solo movimiento de sus ojos, llevados al cielo, todos los coros angélicos comparecen ante ella, dispuestos a obedecer sus órdenes.

La Virgen de Fátima tiene una corona preciosa. En esa corona engastaron la bala que obedeció a sus designios cuando penetró en el cuerpo de san Juan Pablo II, y cambió su trayectoria para respetar la vida del pontífice. Esa corona grita, dulcemente, al mundo, que el poder de la Virgen santísima es real: «Al final, mi corazón inmaculado triunfará». ¿No os llena de paz?

(2208)

La que fue cielo, al Cielo fue llevada

Piensan muchos en el Cielo como pensarían en un parque temático: un lugar sin dolor, lleno de belleza, donde uno se reencuentra con sus antepasados, y donde, además, reina Dios. Pero esa visión del Cielo, tan de Hollywood, tiene poco que ver con la realidad.

El Cielo es, en esencia, el reinado absoluto de Dios. Es el ámbito donde el Amor de Dios lo llena todo, y donde no existe ni sombra de pecado, de sufrimiento, o de muerte. El vientre de la Virgen María, durante nueve meses, fue un cielo en la tierra. En ese huerto sellado habitó Dios hecho hombre, y así fue morada de la gloria divina. El inmaculado corazón de la Purísima fue, también, un cielo en la tierra. En esa alma sólo la gracia de Dios reinó; jamás entró allí ni sombra de pecado, desde su misma concepción.

¿Qué tenía de extraño, pues, que aquélla que contuvo dentro de su cuerpo, y en su corazón, al mismo Cielo, fuese llevada, al terminar su peregrinaje en esta tierra, al Cielo en cuerpo y alma? ¿Acaso puedes imaginar esos miembros limpísimos convertidos en fetidez y putrefacción bajo el poder de la muerte?

¡No lo hubiera permitido Dios!

(1508)

Madre de la Iglesia

A san Pablo VI le debemos la advocación mariana «Madre de la Iglesia». Fue él quien, al finalizar el Concilio Vaticano II, quiso coronar aquella obra divina y humana con ese homenaje a la Virgen Santísima. Cuatro pontificados más tarde, Francisco ha querido que la Iglesia entera celebre a su Madre, bajo esa misma advocación, en el lunes siguiente a Pentecostés.

No es un título honorífico. Al pie de la Cruz, María santísima fue nuevamente Madre. Y, en esta ocasión, lo fue del Cristo total, Cabeza y cuerpo, a quien dio a luz entre grandes dolores.

Mujer, ahí tienes a tu hijo. María, al recibir en su inmaculado Corazón los dolores de su Hijo y su sangre redentora, alumbraba, para la vida eterna, al discípulo amado que se unía a la muerte de su Señor. Después de Juan, todo hombre bañado por el bautismo en esa agua y esa sangre pasa a ser, merced a un nuevo nacimiento, hijo de Dios, y también de María.

Desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio. Tampoco es una metáfora. Juan se abraza a la Virgen, porque es su Madre. La abrazamos tú y yo, con alegría, y la llamamos «Mamá».

(MMI)