Libros del autor

Fiestas de la Virgen – Espiritualidad digital

La mujer que vivió vuelta hacia los cielos

Todo hombre vive en el centro de una cruz, donde confluyen la línea horizontal y la vertical. Junto a él se encuentran sus semejantes, y los brazos son puentes tendidos hacia el prójimo, o barreras que se levantan previo pago de un peaje.

La línea vertical la conforman dos llamadas: la del cielo, que invita al hombre a ascender hacia Dios, y la de la carne, que tira del hombre hacia abajo, hacia la ciénaga de las pasiones desbocadas. El cristiano vive en ese drama: quiere seguir la llamada de Dios, pero sufre el lastre de la concupiscencia.

Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador… ¡Qué delicia! Desde su concepción inmaculada, María vivió vuelta del todo hacia los cielos. Cuerpo, alma, corazón, pensamientos, todo en ella se orientaba dulcemente hacia lo alto, hacia un Amor que la atraía como a los árboles altos los atrae el cielo.

Nada tiene de extraño que ese cuerpo virginal, terminada la travesía de esta vida, fuera irresistiblemente poseído por el Amor celeste y transportado al Paraíso. Allí, el Hijo besó a la Madre, con beso de carne glorificada, y se sobrecogieron los querubines.

¡Qué gran día!

(1508)

Corazones y corazones

Inmaculado corazón de MaríaHablábamos ayer de «corazones grandes», pero la grandeza de un corazón humano es limitada.

Hay quien tiene el corazón como un ascensor. Máxima capacidad: 5 usuarios o 600 kgs. Cuando te acercas a esas personas, y te das cuenta de que su corazón ya está ocupado, lo dejas pasar, y esperas al siguiente.

Otros tienen el corazón como una habitación, aunque siempre parece el camarote de los hermanos Marx. Te dejan entrar, pero te dicen: «En el techo aún queda sitio»… Y te sientes agobiado y estrecho. Además, no huele muy bien ahí dentro.

Los hay que tienen el corazón como un estadio de fútbol. Cabe muchísima gente, pero no puedes evitar sentirte perdido entre la multitud, como si no se fijaran demasiado en ti.

Y, después, está el Inmaculado Corazón de María. No es que sea pequeño ni grande, pero su puerta se cierra cuando entras tú. Y, al pasar, descubres que, por el otro lado, por dentro, está abierto al cielo, y el Amor de Cristo lo invade. Hay un silencio precioso y sobrecogedor. Es un santuario, o una capilla, pero huele a Mujer y a Madre.

Te recoges. Callas. Dices «Mamá». Y jamás quisieras salir de allí.

(ICM)

Alegría

«Alegría» se dice de muchas formas: alegre está el borracho, la madre se alegra de ver a su hijo, y se alegran los aficionados de que su equipo gane un partido. Pero nunca se dijo «alegría» como lo dijo, hace dos mil años, una joven virgen que llevaba dentro al Hijo de Dios:

¡Se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador!

La Visitación de la Virgen a su pariente Isabel forma una de las páginas más jubilosas de todo el Evangelio. Salta Juan en el vientre de su madre, resplandece Jesús en las entrañas de María, y las dos mujeres se embriagan de Espíritu Santo. El mismo aire parece llenarse de gozo.

No habían comido ni bebido. No estaban contentas porque la vida les deparase prosperidad temporal; a ambas les aguardaban fuertes dolores. Tampoco se alegraban por un éxito terreno. El verdadero motivo de aquella celebración era el mismo en las dos mujeres: exultaban por lo que llevaban dentro. Y no hacía falta que cambiase el mundo para que su gozo fuera indestructible.

Ésa es –debería ser– la alegría del alma en gracia. Quien tiene el cielo dentro del pecho no necesita que la vida le sonría. Le sonríe Dios.

(3105)

La limpieza hecha relato

El relato de la Anunciación es la limpieza convertida en texto. No hay página en toda la Biblia tan limpia como ésta. Porque, en el resto de las Escrituras, contemplamos la confrontación entre santidad y pecado. Incluso los relatos de la resurrección de Cristo tienen, como contrapunto, la incredulidad de los apóstoles. Pero, en la Anunciación, un ángel inmaculado entrega a una Virgen limpísima la embajada más preciosa que jamás ha recibido la tierra. Y, fruto de ese diálogo, el mismo Dios, la santidad en estado puro, se encarna en unas entrañas virginales. Es el Paraíso en la tierra.

Gabriel lo llena todo de luz. Sus palabras son palabras de un Dios enamorado que se postra ante la criatura más preciosa jamás creada por Él.

María es la Purísima, la Bellísima, la bendita entre las mujeres. Ha guardado limpias sus entrañas como santuario dispuesto a recibir la gloria de los cielos. Sus palabras son palabras de amor, de entrega enamorada sin reparos ni condiciones: He aquí la esclava del Señor

El Espíritu Santo vendrá sobre ti. El propio Amor increado desciende del cielo, y deja en esas entrañas al Cordero sin mancha…

¡Qué delicia para el alma, contemplar tanta luz!

(2503)

Los pastores, la Virgen y la fuente

fervorSi llevas días sin beber agua, y alguien te dice dónde hay una fuente, no te diriges a ella arrastrando los pies. Corres, y agotas las pocas fuerzas que te quedan, hasta llegar allí. Cuando llegas, sacias tu sed con inmensa alegría.

Los pastores representan a la humanidad sencilla, a tantas buenas gentes que, sabiéndolo, o sin saberlo, andan sedientas de Dios. Cuando los ángeles les anunciaron la buena nueva, fueron corriendo hacia Belén. Así, con esa misma sed, deberías acudir tú a la santa Misa. ¿Por qué llegas siempre tarde? ¿Acaso no estás sediento? ¿O, más bien, será que estás saciado de cosas y tareas que te impiden sentir la sed de Dios?

Y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Frente a las carreras de los pastores, el niño reposa. Él es la fuente, Él es la quietud, Él es la paz que tú y yo necesitamos.

María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Ella es la que bebe sin cesar de la fuente de agua viva, y guarda en su corazón el agua como guardó al Niño en sus entrañas. Por eso es Madre de Dios.

(0101)

“Evangelio