Evangelio 2020

Fiestas de la Virgen – Espiritualidad digital

La primera palabra del calendario

Un año nuevo es un folio en blanco. Y comenzar a escribir en la página 1 del calendario con un borrón es mal augurio. A muchos, las primeras horas de 2020 los encontrarán borrachos, dormidos, o resacosos… Lo siento por ellos. No son formas de estrenar el calendario.

Nosotros comenzamos bien, porque queremos seguir bien y terminar bien. Por eso, la primera palabra que escribimos en este folio en blanco es «María», la blancura misma.

Los pastores fueron corriendo hacia Belén y encontraron a María. En sus brazos está el Niño. Junto a ella, José. Y, en torno a ella, postrados, musitamos nuestras primeras oraciones, nuestros primeros deseos, nuestras primeras jaculatorias.

Lo sé: antes de que el día termine, habremos perpetrado el primer borrón. Y, al llegar la noche, en nuestro examen de conciencia, procuraremos cubrirlo con otro acto de contrición. Pero esa primera palabra del calendario, María, no habrá ya quien la borre.

¿Tú también haces propósitos para el nuevo año? Pues aquí te dejo uno, y, aunque fuera el único, si lo cumples, éste será el año de tu vida: no sueltes la mano de la Virgen ni por un día. 366 rosarios, que este año es bisiesto.

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“Evangelio

La Inmaculada: mejor contemplar que discutir

guapísimaQuizá nunca se ha hablado tanto de la mujer como en nuestros días. Pero es una lástima que se hable siempre con tan mal humor y con tanta agresividad.

Si queréis cautivar, mostrad la hermosura de la mujer. Mirad a María, miraos en ella, y quedaréis boquiabiertas, fascinadas ante la belleza que Dios derramó en la joya más preciosa de su Creación.

Porque en María reunió Dios las tres llamadas que, como tres rayos de limpieza, hacen brillar a la mujer por encima de criatura alguna:

Virgen: ¿Cómo será eso, pues no conozco varón? Por su virginidad, María es huerto sellado y templo reservado a Dios.

Esposa: Ella es el calor del hogar de Nazaret, la hoguera en la que el propio Dios encarnado templó su corazón de hombre.

Madre: Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo. Ella ha sido la fuente de la vida. Su vientre alumbró a quien da al hombre vida eterna.

Claro que, si os avergonzáis de la virginidad, tenéis al matrimonio por cadena de esclavitud, y reclamáis el derecho a acabar con la vida de vuestros hijos… entonces entiendo que estéis de tan mal humor. No hay hermosura en lo que defendéis.

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Un «te quiero» llevado hasta el final

Una cosa es decir «te quiero», y otra distinta entregar la vida. El «te quiero» siempre es dulce; pero cumplir la promesa que encierra puede costar lágrimas.

Desde niña, la Virgen pronunció su «te quiero» a Dios. El Protoevangelio de Santiago nos la presenta, con tres años, subiendo las gradas del Templo y entregando a Yahweh cuerpo y alma. Fue una dulce consagración.

Años después, se presentará de nuevo en ese templo, y Simeón le anunciará la espada que atravesará su alma como precio de esa entrega. Quizá se acordó de él cuando, doce años más tarde, volviese a aquellas puertas con el corazón traspasado por la angustia de un Jesús perdido, a quien todavía pudo abrazar.

Los hermanos de Jesús quieren encerrarlo; dicen que está loco. Y toman a María como rehén, para hacerlo salir. Tu madre y tus hermanos están fuera, y quieren hablar contigo. Jesús no sale, y no habrá, esta vez, abrazo que consuele la angustia de la Madre.

Junto a la Cruz, culmina María el cumplimiento de la promesa de aquel primer «te quiero», mientras su Hijo culmina su misión.

¡Bendita Madre nuestra, que así nos has enseñado a llevar el amor hasta el final!

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Subido al Pilar

La Virgen subida al pilar… y yo, subido a sus brazos, como el niño.

Tiene sentido. Tiene, mejor, varios sentidos. Si logro explicarme…

La Virgen, subida al pilar, es la Virgen invencible, inalterable. Porque el pilar es Cristo. Y quien descansa en ese pilar es como la casa edificada sobre roca. Nada ni nadie podrá derribarla. Así la Virgen, apoyada en Jesús, confiada en Él y asentada en su gracia, pasó por la persecución de Herodes, por la humillación de los parientes de Jesús, y por el oprobio de la Cruz, sin perder jamás la paz.

Pero la Virgen fue también pilar de Cristo. Sobre ella descansó el niño Jesús, y así reposa en sus brazos en la imagen venerada en Zaragoza, y en miles de imágenes más. Me gustan las vírgenes con niño. También, en el Calvario, fue la Madre pilar para el Hijo. La mirada de la Virgen sostuvo y consoló a Jesús crucificado durante las horas más amargas de su Pasión.

Hoy te miro, Virgen del Pilar, y con mis ojos me subo a tus brazos. Me hago hueco junto al niño Dios, y me escondo allí. Tú, subida al pilar; Jesús y yo, subidos a ti.

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El rosario de la Virgen

La fecha del 7 de octubre está asociada a la Virgen del Rosario por la victoria de la Liga Santa en la batalla de Lepanto en 1571. Cuenta la tradición que los ejércitos de la Liga atribuyeron esa victoria al rezo del santo rosario.

Por tanto, más que de la Virgen del rosario, se trata del rosario de la Virgen, el que le rezamos con fe y devoción, y tantas victorias puede obtenernos en tantos lepantos como luchamos a lo largo de la vida.

Rezar el rosario de la Virgen deprisa y corriendo no es pérdida de tiempo, porque también esa oración atropellada llega a oídos de la Virgen. Un rosario mal rezado vale un millón de veces más que el que no se reza.

Pero el rosario, bien rezado, es un arma poderosísima para vencer al demonio, y un camino dulcísimo para alcanzar la unión con Cristo a través de su santísima Madre.

No te conformes con pensar las avemarías; mueve los labios, como las abuelitas. Y sumerge el pensamiento, mientras lo haces, en las escenas de la vida de Jesús que narran los misterios. Te aseguro que, día a día, el rosario bien rezado es garantía de salvación.

(0710)