Misterios de Navidad

Fiestas de la Virgen – Espiritualidad digital

¡Qué «irreverencia» tan simpática!

Venero a esa mujer cuyo nombre nos oculta la Escritura:

Mientras Jesús hablaba a la gente, una mujer de entre el gentío, levantando la voz, le dijo: «Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron».

No tiene respetos humanos, ni casi divinos; ante ojos puritanos, peca, incluso, de irreverente. ¿Cómo se le ocurre alzar la voz mientras el Hijo de Dios está hablando? ¿Cómo se le ocurre interrumpirle el discurso? ¿Cómo se le ocurre desviar la atención de las gentes, clavada hasta entonces en Jesús, no hacia ella, sino hacia la madre del Señor?

Yo no sé cómo se le ocurrió «dar el cante» de esta forma; pero no descarto que fuera el Espíritu quien impulsara su voz. Porque, cuando desvió la atención del auditorio hacia la Virgen, a Jesús no le molestó. Al revés, Él mismo elogió a su Madre con palabras más sublimes:

Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen. ¿Puede alguien dudar que se refería, antes que a nadie, a ella?

No temas que la devoción a la Virgen pueda «ensombrecer» a Cristo. No hay buen hijo que no se llene de alegría cuando ensalzan a su madre.

(1210)

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Que te lo cuente ella

La Virgen santísima es llamada «puerta», porque a través de ella entró el Verbo divino en este mundo. Con su «fiat», aquella puerta se abrió, y el Hijo de Dios irrumpió en la Historia.

Cada vez que rezamos el Rosario, esa puerta virginal se abre de nuevo y, por la contemplación de los misterios, somos nosotros quienes entramos en el inmaculado Corazón de la Virgen, y allí la Señora nos muestra la vida de Cristo.

Imagínate sentado a los pies de María. Imagina que ella te habla de Jesús, te cuenta el anuncio del ángel, te desvela el misterio de las bodas de Caná, comparte contigo el dolor de la flagelación de su Hijo, y te anuncia la resurrección del Hijo de Dios. Todo eso sucede durante en rezo del Rosario si, además de emplear los labios en la recitación de las avemarías, aplicamos el alma al Corazón inmaculado de la Madre de Dios. ¡Cuántas confidencias, cuantos sentimientos compartidos, cuánta intimidad, cuánta dulzura!

No seré yo quien te diga que un rosario rezado deprisa y sin devoción carece de valor. El único rosario que carece de valor es el que no se reza. Pero, cuando se reza bien… ¡Qué maravilla!

(0710)

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El camino que lleva al Camino

Quien estuvo allí nos lo cuenta: Junto a la cruz de Jesús estaba su madre.

Dios nunca permite castigo sin consuelo en quienes lo aman. Si en Getsemaní envió a un ángel para confortar la angustia de su Hijo, en el Calvario quiso endulzar la agonía del Cordero con la presencia de su madre. He aquí uno de los motivos de la presencia de María junto a la Cruz. Pero existen, al menos, dos más:

En las bodas del Cordero, consumadas en el Leño santo, María es la Esposa y es la Iglesia. Como acoge la esposa al esposo dentro de sí en la noche nupcial para ser fecundada, así María acogió en su inmaculado corazón los dolores y la sangre de su Hijo, derramados en el tálamo de la Cruz, y quedó fecundada como madre de un pueblo santo: Ahí tienes a tu hijo.

Pero la Virgen es, también, camino que lleva al Camino. Si el cristiano quiere unirse a la Pasión de Cristo, no veo otra senda que María. Con ella llegó Juan, y junto a ella llegaremos tú y yo a lo alto del Calvario. Sus brazos son asiento del alma de niño que contempla el Crucifijo.

(1509)

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La loca que jugaba con la Virgen

Santa Teresa llamaba a la imaginación «la loca de la casa», porque fácilmente se alborota y brinca de un sitio a otro, tirándonos de la manga para arrastrarnos en su delirio. Pero a esta loca, si la llevas de excursión a los prados del Evangelio, la verás gozar, y la que antes estorbaba tu oración será tu lazarillo y abrirá tus ojos al Misterio. Mirado con la imaginación, el Evangelio se vuelve vida, y tocas, miras, hueles, oyes y saboreas. El diagnóstico de santa Teresa necesita la receta de san Ignacio: la composición de lugar.

La fiesta de la Natividad de la Virgen es un deleite para la imaginación. Imagina a la Virgen niña, aún bebé; el rostro de Joaquín al ver por primera vez a su pequeña; las lágrimas de Ana al estrecharla por primera vez contra su pecho. Imagina aquellas primeras jaculatorias: «¡Qué guapa! ¡Parece un ángel! ¡Qué sonrisa tan preciosa!»…

Deja pasar dos años, e imagina a María correteando por la casa, diciendo sus primeras palabras o besando a sus padres. ¿No te dan ganas de hacerte niño y jugar con ella? ¡Pues no te prives! Lleva de excursión a la loca de la casa, y disfruta.

(0809)

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Eres un cielo

¿Qué quiere decir la madre, cuando susurra a su pequeñín: «Eres un cielo»? ¿Qué quiere decir el enamorado, cuando llama «cielo mío» al ser amado?

Me hace gracia la expresión. Tras ella hay una intuición muy poderosa: el Cielo, más que un lugar, es una persona. Esa persona es Cristo. El Cielo es estar con Él. Y, por eso, a quien nos transmite esa paz y esa alegría que –lo sepamos o no– manan de su costado, le llamamos «cielo».

Pero tú, Virgen María, eres puro cielo. Tu alma es cielo, porque es inmaculada y limpia. Tu corazón es cielo, porque es embalse donde se remansan los sentimientos de Cristo. Y tu cuerpo es cielo, porque jamás fue manchado con la más leve sombra de pecado. Esas manos tuyas, esos tus pies, esa lengua oculta tras tus labios, nunca se movieron más que para servir a Dios. Tu vientre fue huerto sellado y Paraíso terrenal, pues sólo el Verbo Divino moró en él.

No podía Dios permitir que un cuerpo que era cielo en la tierra fuese devorado por gusanos. Por eso, al alzarte a la derecha de tu Hijo, no hizo sino llevar al Cielo lo que era cielo.

(1508)

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Perfume de mujer

Quien anda calculando los honores rendidos a la Madre, con miedo de acercarlos a los rendidos al Hijo, como si entre ellos hubiera competencia, no ha entendido nada. No sabe quién es la Madre, ni sabe quién es el Hijo. Quien se pregunta, temeroso: «¿no estaré rezando más a la Virgen que a Jesús?» no conoce ni a la Virgen ni a Jesús. ¿Acaso existe algún buen hijo que no se alegre de los honores rendidos a su madre?

El corazón del Hijo y el corazón de la Madre no están enfrentados, porque ni siquiera se encuentran a la misma altura. Todo el Amor de corazón sacratísimo de Cristo se vierte en el corazón inmaculado de María y, desde allí, se nos entrega. Como si fuera un maravilloso embalse, el corazón de la Madre guarda el agua que mana del costado del Hijo y la reparte.

Cuando la Virgen me ama, es el Amor de Jesús es que me entrega, aunque viene perfumado de Mujer. Y cuando yo profeso mi amor rendido a la Señora, ella se lo devuelve a su Hijo, con perfume de Madre y de Esposa.

Una caricia de María es predilección de Cristo envuelta en ternura.

(ICM)

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Tan invisible como el aire que respiramos

La escena de la Visitación de la Virgen a su pariente Isabel tiene un Protagonista invisible. Sólo Él nos permite adentrarnos en el misterio que despliegan tantas interrogaciones confabuladas.

¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?

¿Quién le dijo a Isabel que María estaba encinta, cuando no había pasado ni un mes desde la Anunciación? ¿Quién le dijo que la criatura de María era «su Señor»? ¿Quién le dijo que María era «bendita entre todas las mujeres»?

La respuesta a todas las preguntas es la misma: Se llenó Isabel del Espíritu Santo. Él es el protagonista invisible de la escena, Él es quien ilustró a Isabel en el misterio de la Encarnación, Él es quien llenó de gozo el alma de María, Él es quien hizo saltar a Juan en el vientre materno, y Él fue, en definitiva, quien depositó en las purísimas entrañas de la Virgen al Verbo Divino.

El Paráclito es quien trae al alma la noticia de Cristo, quien toma del Hijo y lo comunica al cristiano. Los gozos de María y de Isabel son nuestros, si vivimos en gracia.

(3105)

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