Evangelio 2022

Fiestas de la Virgen – Espiritualidad digital

¡Qué gracia!

Estamos ante una de las páginas más luminosas de toda la Escritura. Ese diálogo entre Gabriel y la santísima Virgen alumbra en el alma resplandores de Cielo:

Alégrate, llena de gracia… No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios.

¿No se resume en gracia, al fin y al cabo, todo el misterio de la salvación humana? Está ante la Inmaculada, y Gabriel no dice: «Lo has hecho todo bien», aun cuando sería verdad. Pero su mensaje es: «A Dios le haces gracia, eres graciosa a sus ojos. Te mira, y sonríe». Todo el beneficio que la gracia divina derrama en el alma de una criatura comienza así: «Le has hecho gracia a Dios».

Me consuela, porque no soy, precisamente, inmaculado. Pero Dios ha derramado su gracia en mí, y sé que le hago gracia. No puedo dejar de pensarlo; en mi pecado y en mi imperfección, soy un agraciado, Dios me mira y sonríe. Y Él irá santificando su nombre en mí, con tal que yo diga, de corazón, lo que respondió la Inmaculada:

Hágase en mí según tu palabra.

Sólo el miedo a rendirme en sus manos podría truncar esta historia de amor. No lo permitas, Dios mío.

(2503)

La Guapísima y el P. Peyramale

El padre Peyramale se negaba a creer a Bernardita cuando la niña, en 1858, aseguraba estar viendo a una Señora en la gruta de Masabielle. Para ponerla en evidencia, pidió a la pequeña que preguntase su nombre a la Señora. Y cuando, poco después, Bernardita aseguró que se llamaba «la Inmaculada Concepción», aquel hombre se rindió y fue uno de los mejores defensores de las apariciones de Lourdes. Era imposible que aquella niña casi analfabeta conociera el dogma proclamado cuatro años antes por Pío IX.

Alégrate, llena de gracia. Mucho antes que Pío IX, fue un arcángel quien proclamó el dogma. A él va referida la expresión llena de gracia. Si «llena de luz» significa «sin tinieblas», llena de gracia significa «sin pecado».

En Oriente se llamó a María, desde antiguo, la «toda santa». En Roma arraigó la advocación «tota pulchra», la limpísima o Purísima. Pero también se traduce «hermosísima».

Eres la Guapísima. Hoy quiero llamarte así, Madre mía. Porque te miro y me derrito. Ten piedad de estos hijos tan feos, cuyos pecados empañaron la hermosura de la gracia bautismal, y haznos recuperar la belleza del primer día, para que cuantos nos vean puedan saber que somos hijos tuyos.

(0812)

“Misterios de Navidad

¡Qué «irreverencia» tan simpática!

Venero a esa mujer cuyo nombre nos oculta la Escritura:

Mientras Jesús hablaba a la gente, una mujer de entre el gentío, levantando la voz, le dijo: «Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron».

No tiene respetos humanos, ni casi divinos; ante ojos puritanos, peca, incluso, de irreverente. ¿Cómo se le ocurre alzar la voz mientras el Hijo de Dios está hablando? ¿Cómo se le ocurre interrumpirle el discurso? ¿Cómo se le ocurre desviar la atención de las gentes, clavada hasta entonces en Jesús, no hacia ella, sino hacia la madre del Señor?

Yo no sé cómo se le ocurrió «dar el cante» de esta forma; pero no descarto que fuera el Espíritu quien impulsara su voz. Porque, cuando desvió la atención del auditorio hacia la Virgen, a Jesús no le molestó. Al revés, Él mismo elogió a su Madre con palabras más sublimes:

Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen. ¿Puede alguien dudar que se refería, antes que a nadie, a ella?

No temas que la devoción a la Virgen pueda «ensombrecer» a Cristo. No hay buen hijo que no se llene de alegría cuando ensalzan a su madre.

(1210)

Que te lo cuente ella

La Virgen santísima es llamada «puerta», porque a través de ella entró el Verbo divino en este mundo. Con su «fiat», aquella puerta se abrió, y el Hijo de Dios irrumpió en la Historia.

Cada vez que rezamos el Rosario, esa puerta virginal se abre de nuevo y, por la contemplación de los misterios, somos nosotros quienes entramos en el inmaculado Corazón de la Virgen, y allí la Señora nos muestra la vida de Cristo.

Imagínate sentado a los pies de María. Imagina que ella te habla de Jesús, te cuenta el anuncio del ángel, te desvela el misterio de las bodas de Caná, comparte contigo el dolor de la flagelación de su Hijo, y te anuncia la resurrección del Hijo de Dios. Todo eso sucede durante en rezo del Rosario si, además de emplear los labios en la recitación de las avemarías, aplicamos el alma al Corazón inmaculado de la Madre de Dios. ¡Cuántas confidencias, cuantos sentimientos compartidos, cuánta intimidad, cuánta dulzura!

No seré yo quien te diga que un rosario rezado deprisa y sin devoción carece de valor. El único rosario que carece de valor es el que no se reza. Pero, cuando se reza bien… ¡Qué maravilla!

(0710)

El camino que lleva al Camino

Quien estuvo allí nos lo cuenta: Junto a la cruz de Jesús estaba su madre.

Dios nunca permite castigo sin consuelo en quienes lo aman. Si en Getsemaní envió a un ángel para confortar la angustia de su Hijo, en el Calvario quiso endulzar la agonía del Cordero con la presencia de su madre. He aquí uno de los motivos de la presencia de María junto a la Cruz. Pero existen, al menos, dos más:

En las bodas del Cordero, consumadas en el Leño santo, María es la Esposa y es la Iglesia. Como acoge la esposa al esposo dentro de sí en la noche nupcial para ser fecundada, así María acogió en su inmaculado corazón los dolores y la sangre de su Hijo, derramados en el tálamo de la Cruz, y quedó fecundada como madre de un pueblo santo: Ahí tienes a tu hijo.

Pero la Virgen es, también, camino que lleva al Camino. Si el cristiano quiere unirse a la Pasión de Cristo, no veo otra senda que María. Con ella llegó Juan, y junto a ella llegaremos tú y yo a lo alto del Calvario. Sus brazos son asiento del alma de niño que contempla el Crucifijo.

(1509)

La loca que jugaba con la Virgen

Santa Teresa llamaba a la imaginación «la loca de la casa», porque fácilmente se alborota y brinca de un sitio a otro, tirándonos de la manga para arrastrarnos en su delirio. Pero a esta loca, si la llevas de excursión a los prados del Evangelio, la verás gozar, y la que antes estorbaba tu oración será tu lazarillo y abrirá tus ojos al Misterio. Mirado con la imaginación, el Evangelio se vuelve vida, y tocas, miras, hueles, oyes y saboreas. El diagnóstico de santa Teresa necesita la receta de san Ignacio: la composición de lugar.

La fiesta de la Natividad de la Virgen es un deleite para la imaginación. Imagina a la Virgen niña, aún bebé; el rostro de Joaquín al ver por primera vez a su pequeña; las lágrimas de Ana al estrecharla por primera vez contra su pecho. Imagina aquellas primeras jaculatorias: «¡Qué guapa! ¡Parece un ángel! ¡Qué sonrisa tan preciosa!»…

Deja pasar dos años, e imagina a María correteando por la casa, diciendo sus primeras palabras o besando a sus padres. ¿No te dan ganas de hacerte niño y jugar con ella? ¡Pues no te prives! Lleva de excursión a la loca de la casa, y disfruta.

(0809)

Eres un cielo

¿Qué quiere decir la madre, cuando susurra a su pequeñín: «Eres un cielo»? ¿Qué quiere decir el enamorado, cuando llama «cielo mío» al ser amado?

Me hace gracia la expresión. Tras ella hay una intuición muy poderosa: el Cielo, más que un lugar, es una persona. Esa persona es Cristo. El Cielo es estar con Él. Y, por eso, a quien nos transmite esa paz y esa alegría que –lo sepamos o no– manan de su costado, le llamamos «cielo».

Pero tú, Virgen María, eres puro cielo. Tu alma es cielo, porque es inmaculada y limpia. Tu corazón es cielo, porque es embalse donde se remansan los sentimientos de Cristo. Y tu cuerpo es cielo, porque jamás fue manchado con la más leve sombra de pecado. Esas manos tuyas, esos tus pies, esa lengua oculta tras tus labios, nunca se movieron más que para servir a Dios. Tu vientre fue huerto sellado y Paraíso terrenal, pues sólo el Verbo Divino moró en él.

No podía Dios permitir que un cuerpo que era cielo en la tierra fuese devorado por gusanos. Por eso, al alzarte a la derecha de tu Hijo, no hizo sino llevar al Cielo lo que era cielo.

(1508)

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