El Mar de Jesús de Nazaret

Fiestas de la Virgen – Espiritualidad digital

María santísima, como un pilar

En su humanidad santísima, Jesús era el hijo que hubiese deseado tener cualquier madre. Y aquella mujer de entre el gentío  de la que nos habla san Lucas, al verlo, pensó en la afortunada mujer que lo dio a luz, y sintió envidia:

¡Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron!

Jesús aceptó el cumplido, orgulloso de que así honrasen a su Madre. Pero no dejó pasar la ocasión de impartir, para aquella mujer y para nosotros, una oportuna catequesis:

Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen.

Ninguna criatura ha contado, jamás, con los privilegios que tuvo María: inmaculada desde su concepción, madre de Dios, bendita entre las mujeres… Pero ninguno de estos privilegios hubiera sido suficiente para santificarla sin el concurso de su voluntad. Si llamamos «Santísima» a María, es porque Ella acogió todos aquellos dones con gratitud en lo más profundo de su corazón, escuchó con recogimiento la palabra de Amor que esos dones transmitían, y entregó su vida al cumplimiento del plan de Dios sobre Ella.

Quien recibe dones de Dios es un agraciado. Quien cumple su voluntad es como un pilar. No tiembla, está asentado para siempre.

(1210)

“Evangelio

Nacidos en medio de la noche

Hemos nacido en medio de una noche terrible y luminosa.

Mujer, ahí tienes a tu hijo.

Y, mirando a su Madre, Jesús nos señalaba a cada uno. En Juan se hacían presentes todas las almas en gracia.

Era de noche. Y la sangre del Redentor, derramada desde el Madero, era semilla de una vida nueva. Junto a esa Cruz, María recogía cada gota, cada lágrima, cada suspiro por el que Jesús entregaba su Espíritu. Con razón es llamada, también, cónyuge y consorte de su Hijo.

Todo el dolor de Jesús cabía en el corazón de su Madre, atravesado por siete espadas. Y en medio de ese dolor, que era dolor de parto y perfumaba la noche, cada uno de nosotros fuimos dados a luz.

Somos hijos de una noche muy cerrada, de un dolor muy profundo, de unas lágrimas muy ardientes, y de una Madre muy limpia y muy fiel. La que no había conocido el dolor al dar a luz en Belén a su Hijo, ahora se desgarraba por dentro al alumbrarlo de nuevo, cargado con nuestras culpas, y convertido en cabeza nuestra, a la vida eterna. Bajo la Cruz, y del corazón desgarrado de María, nació la Iglesia.

(1509)

Tan vieja, tan joven: María

Celebramos hoy el nacimiento de la Virgen, y, entre nosotros, el día del nacimiento es el día del cumpleaños. Pero la Virgen ya no cumple años. Nació en este suelo que tejen los años, y, finalizada su vida temporal, fue llevada al Cielo, lejos los agobios del calendario. Por eso, María es, a la vez, muy vieja y muy joven.

Es muy vieja, tan vieja como la Humanidad, porque su brillo comenzó a vislumbrarse ante los mismos ojos de Eva, cuando Dios le anunció que una de su linaje vencería a la serpiente. Judit, Rut, Esther, Deborah, la propia Rajab… Todas las mujeres de la antigüedad apuntaron hacia esa Aurora que traería la claridad del cielo a un mundo de tinieblas, y que llevaría por nombre María.

Es muy joven, tan joven como esa nueva humanidad que aún no hemos estrenado, y que habitaremos cuando Dios instaure los cielos nuevos y la nueva tierra. María es la juventud eterna, ajena por completo a la decrepitud del pecado, de la vejez y de la muerte. Madre joven que reina junto a su joven Hijo, y guarda para nosotros esa misma juventud.

Sin cumplir años, abarca los tiempos. ¡Felicidades, María, Madre nuestra!

(0809)

Reina María

La celebración de María como reina y señora de todo lo creado no conmemora, en la santísima Virgen, un título sobrevenido después de su Asunción. María era reina desde su inmaculada concepción, aun cuando su realeza no fuera conocida por los hombres hasta que fue reconocida por la Iglesia. Pero los ángeles, sin duda, la intuían. La embajada de Gabriel ya dejar ver los títulos por los que María es llamada reina de cielos y tierra:

Alégrate, llena de gracia: Reina María, porque en ella derramó Dios más gracia que en todas las demás criaturas juntas, visibles e invisibles.

Has hallado gracia ante Dios: Reina María, porque conquistó el corazón de Dios, Rey del Universo.

Darás a luz un hijo… El Señor Dios le dará el trono de David: Reina María como reina madre. Es la madre del Rey.

El Espíritu Santo vendrá sobre ti: Reina María como reina consorte, porque es la esposa del Rey.

He aquí la esclava del Señor: Reina María, porque ha sido enaltecida y coronada por el Dios que enaltece a los humildes (Lc 1, 52).

Si así fue reconocida su realeza por el ángel, ¿no deberíamos enorgullecernos hoy de ser hijos de tal Reina?

(2208)

La mujer que vivió vuelta hacia los cielos

Todo hombre vive en el centro de una cruz, donde confluyen la línea horizontal y la vertical. Junto a él se encuentran sus semejantes, y los brazos son puentes tendidos hacia el prójimo, o barreras que se levantan previo pago de un peaje.

La línea vertical la conforman dos llamadas: la del cielo, que invita al hombre a ascender hacia Dios, y la de la carne, que tira del hombre hacia abajo, hacia la ciénaga de las pasiones desbocadas. El cristiano vive en ese drama: quiere seguir la llamada de Dios, pero sufre el lastre de la concupiscencia.

Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador… ¡Qué delicia! Desde su concepción inmaculada, María vivió vuelta del todo hacia los cielos. Cuerpo, alma, corazón, pensamientos, todo en ella se orientaba dulcemente hacia lo alto, hacia un Amor que la atraía como a los árboles altos los atrae el cielo.

Nada tiene de extraño que ese cuerpo virginal, terminada la travesía de esta vida, fuera irresistiblemente poseído por el Amor celeste y transportado al Paraíso. Allí, el Hijo besó a la Madre, con beso de carne glorificada, y se sobrecogieron los querubines.

¡Qué gran día!

(1508)