Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

Fiestas de la Virgen – Espiritualidad digital

Quien escucha queda lleno

No es lo mismo tener la música puesta que escuchar música. Puedes, por ejemplo, conducir con la música puesta, pero tu atención está en la carretera. Cuando escuchas música, sin embargo, te sientas, cierras los ojos, y dejas que la música te llene por dentro. Porque escuchar es dejarse llenar.

Así comenzaba el primer precepto del Decálogo: Escucha, Israel (Dt 6, 4). Y así bendice el Señor al corazón santo: Bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen.

La Virgen María, desde niña, dedicó su vida a escuchar a Dios. Y de Dios quedó llena. Escuchó en el corazón, y así se mantuvo inmaculado, libre de toda mancha y fecundado por Dios. Escuchó en el vientre, porque la Encarnación del Verbo no fue sino la acogida de la Palabra en unas entrañas que en silencio la escuchaban. Escuchó en la vida, y así su vida fue el fiat de la Palabra.

En este día de la Virgen del Pilar, no encontrarás mejor forma de honrar a la Virgen que imitándola. Escucha como ella escuchó. Escucha con el oído la palabra de Dios; con el corazón, las insinuaciones del Espíritu; y, con el cuerpo, la Comunión que recibes.

(1210)

Resucitando muertos

Si estás atento, te darás cuenta de que, a lo largo del día, se te mueren minutos. Se trata de eso que llamamos «tiempos muertos», y a los que parecemos no dar importancia. Has quedado con alguien, llega tarde, y tienes que esperar sin hacer nada. Has terminado pronto una actividad y, antes de comenzar la siguiente, estás ocioso. Vas caminando a la tienda, o a cualquier sitio, y llevas la mente distraída.

Esos tiempos muertos, hoy día, los amortajamos y los encerramos en el ataúd del teléfono móvil. ¿Nada que hacer? Saca el teléfono, mira la pantalla, y a terminar de matar los minutos sin apenas dolor.

¡Qué pena! Tú, que eres cristiano, deberías ser buen «resucitador». ¿Por qué no resucitas los tiempos muertos, para convertirlos en ofrenda viva a tu Padre? Yo te diré cómo: deja el teléfono móvil para cuando realmente lo necesites y, si te encuentras unos minutos tirados en el barro del ocio, saca el rosario del bolsillo. Un misterio se reza en tres minutos. Quizá no te dé tiempo a más. Pero, si resucitas cinco tiempos muertos en un día, habrás rezado otra parte del rosario.

Tendrás más vida, y la Virgen… ¡Tan contenta!

(0710)

Ese dolor de amor tan dulce

Éstos son mi madre y mis hermanosLa Virgen de los dolores es la Virgen de los amores. Porque su dolor es dolor de amor. Cualquiera que ame de verdad sabe que, en esta vida, el amor siempre viene bañado en lágrimas. Sólo en el Cielo amaremos sin sufrir.

Es el amor que la Virgen siente por su Hijo el que la lleva a compartir sus padecimientos. No todos aman a Jesús así. Quien sólo se acerca a Jesús buscando su propio provecho sufre más por sí mismo que por el Señor. Le pide: «¡Jesús, sálvame de este dolor!», y es su propio dolor el que sufre.

Pero quienes aman de verdad a Cristo deben prepararse para compartir sus padecimientos, como los compartió la Virgen. Esas almas escogidas no tienen ya dolores propios; sus llagas son las del Señor, sus soledades son las del Madero, su hambre y su sed son las de Cristo.

En ellas se cumplen las palabras de san Pablo: Completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su cuerpo que es la Iglesia (Col 1, 24). No hay dolor como ése. Es dolor dulce, muy dulce. No se cambia por todos los placeres de la tierra.

(1509)

¡Me alegro de que hayas nacido!

No tengo la menor idea de si, en los tiempos en que vivió la Virgen, los cumpleaños se celebraban en Israel. Sé que hoy los celebramos; hace no muchos días celebré el mío. Y también sé que, aunque todas las felicitaciones se agradecen, las que más llegan al alma son las verdaderas. Una verdadera felicitación de cumpleaños es la de quien te dice «felicidades», como todo el mundo, pero, con el tono de su voz o con su mirada, te suelta un discurso silencioso: «¡Me alegro de que hayas nacido!». Eso emociona.

Por eso la Iglesia, en este día de la Natividad de la Virgen (es decir, su cumpleaños), nos muestra a José: José, hijo de David, no temas acoger a María, tu mujer. Repito que no sé si José felicitaba el cumpleaños a la Virgen, ni tan siquiera si conocía el día de su nacimiento. Pero acogió a María lleno de amor y, en cada una de las muchas miradas de amor a su esposa le decía: «¡Me alegro de que hayas nacido!»

¡Me alegro de que hayas nacido, Madre! Te lo diré con los ojos, con el alma y el corazón. No concibo mi vida sin tenerte cerca.

(0809)

Una estrella en tu corona

El día en que fui ordenado sacerdote, el obispo me dijo que me confería el «sacerdocio de segundo grado». Semejante expresión fue como un ladrillo en un parterre de flores, pero, al parecer, era cierta. El sacerdocio «de primer grado» lo tienen los obispos.

Aunque san Pablo diga que desear el episcopado es desear una cosa buena, mis deseos de recibir una mitra son muy limitados, salvo por eso del «primer grado». Amo con locura el sacerdocio, y lo amo entero. Si me lo dan entero, me hacen feliz.

Hay otro motivo por el que envidio a los obispos. Ellos son los sucesores de los apóstoles. Si me dijeran que los sacerdotes también los somos, ya no querría nada más; pero nadie me lo dice.

¿Por qué quisiera ser sucesor de los apóstoles? Por la corona de la Virgen. Esa corona tiene doce estrellas, y esas estrellas, recuerdo de las doce tribus de Israel, son, también, símbolo de la Iglesia, edificada sobre los doce apóstoles.

Y es que, Madre mía, llevo años preso de un capricho. Después de mi muerte, yo quisiera ser una estrella en tu corona. ¿Me lo concederás, aunque no sea yo obispo? ¡Qué feliz me harías!

(2208)

Llevada al Cielo por ángeles

Las obras de arte que representan la Asunción de la Virgen suelen mostrarla llevada al Cielo por una corte de ángeles. Esos ángeles no son parte del dogma, pero son fruto del sentido común y del sentido sobrenatural.

En primer lugar, porque, a diferencia de Cristo, quien «ascendió», la Virgen fue «asunta», es decir, fue llevada al Paraíso. Y ¿quién mejor podría llevarla que los espíritus angélicos, mediadores entre Cielo y Tierra? Ellos trajeron la Ley desde lo alto para los hijos de Eva, y ellos llevan a lo alto a la nueva Eva.

Pero, sobre todo, esa presencia de los ángeles era necesaria como desagravio. Los ángeles son todo dulzura, y el corazón inmaculado de la Virgen había sido herido en la Tierra por una espada cruel. También un ángel consoló el corazón herido del Salvador en Getsemaní. Si los corazones limpios, en este mundo, resultan siempre tan heridos, era de justicia que aquel corazón inmaculado y llagado fuera conducido entre ternuras ante la presencia de su Hijo. Los ángeles quieren mucho a la Virgen María.

Por eso, venera hoy con tierna devoción a la Inmaculada, asunta al Cielo. Pero no te olvides de los ángeles. Únete a ellos.

(1508)

Gracias, san Lucas

Inmaculado corazón de MaríaPor dos veces –después de la adoración de los pastores, en Belén, y tras encontrar a su Hijo, perdido en Jerusalén– nos dice san Lucas que María conservaba todo esto en su corazón. Habría mucho que decir de «todo esto», pero quisiera centrarme en el resto de la frase, en ese «conservar en el corazón». ¿Qué quieres decirnos, Lucas? ¿A qué te refieres?

Te refieres, como Juan, a un corazón abierto. Juan nos muestra el de Jesús, herido por la lanza y aún rasgado tras su resurrección. Tú nos muestras el de la Virgen santísima. El de Jesús entrega, el de su Madre recibe. El de Jesús es cavidad que mana sangre y agua para la Redención del género humano. El de la Virgen es puerta de un santuario donde es acogido el plan de Dios.

Te refieres a un corazón silencioso, que no se precipita en extraer conclusiones de cuanto ocurre, sino que acoge la verdad, la abraza, la contempla y la medita como acariciándola con la mirada del alma.

Y te refieres, desde luego, a un corazón rendido y entregado, en el que no reina otro deseo sino el de hacer la voluntad de Dios.

¡Gracias, san Lucas!

(ICM)