Lirbos de José-Fernando rey ballesteros

Fiestas de la Virgen – Espiritualidad digital

Perfume de mujer

Quien anda calculando los honores rendidos a la Madre, con miedo de acercarlos a los rendidos al Hijo, como si entre ellos hubiera competencia, no ha entendido nada. No sabe quién es la Madre, ni sabe quién es el Hijo. Quien se pregunta, temeroso: «¿no estaré rezando más a la Virgen que a Jesús?» no conoce ni a la Virgen ni a Jesús. ¿Acaso existe algún buen hijo que no se alegre de los honores rendidos a su madre?

El corazón del Hijo y el corazón de la Madre no están enfrentados, porque ni siquiera se encuentran a la misma altura. Todo el Amor de corazón sacratísimo de Cristo se vierte en el corazón inmaculado de María y, desde allí, se nos entrega. Como si fuera un maravilloso embalse, el corazón de la Madre guarda el agua que mana del costado del Hijo y la reparte.

Cuando la Virgen me ama, es el Amor de Jesús es que me entrega, aunque viene perfumado de Mujer. Y cuando yo profeso mi amor rendido a la Señora, ella se lo devuelve a su Hijo, con perfume de Madre y de Esposa.

Una caricia de María es predilección de Cristo envuelta en ternura.

(ICM)

Abrir y escuchar en varios idiomas

Tan invisible como el aire que respiramos

La escena de la Visitación de la Virgen a su pariente Isabel tiene un Protagonista invisible. Sólo Él nos permite adentrarnos en el misterio que despliegan tantas interrogaciones confabuladas.

¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?

¿Quién le dijo a Isabel que María estaba encinta, cuando no había pasado ni un mes desde la Anunciación? ¿Quién le dijo que la criatura de María era «su Señor»? ¿Quién le dijo que María era «bendita entre todas las mujeres»?

La respuesta a todas las preguntas es la misma: Se llenó Isabel del Espíritu Santo. Él es el protagonista invisible de la escena, Él es quien ilustró a Isabel en el misterio de la Encarnación, Él es quien llenó de gozo el alma de María, Él es quien hizo saltar a Juan en el vientre materno, y Él fue, en definitiva, quien depositó en las purísimas entrañas de la Virgen al Verbo Divino.

El Paráclito es quien trae al alma la noticia de Cristo, quien toma del Hijo y lo comunica al cristiano. Los gozos de María y de Isabel son nuestros, si vivimos en gracia.

(3105)

Abrir y escuchar en varios idiomas

Verdadera Madre

Cuando, desde la Cruz, Jesús, mirando a su madre y al discípulo amado, dijo a María: Ahí tienes a tu hijo, no estaba haciendo un postrer acto de generosidad, ni firmando un decreto de adopción, ni escribiendo un testamento en el que nos legase a su madre como madre nuestra. Todo esto son ideas muy hermosas, pero no hacen honor a la grandeza de la verdad.

Ahí tienes a tu hijo es lo que le dice el médico a la mujer que acaba de dar a luz mientras lo sitúa delante sus ojos emocionados. Las palabras del Señor no pueden interpretarse de otra manera. «Míralo, es tu hijo, acabas de darlo a luz a la gracia y a la vida eterna».

En el Calvario, entre grandes dolores, María alumbró nuevamente a Cristo. Pero, si en Belén lo alumbró a este mundo, en el Calvario lo dio a luz a la eternidad con enorme desgarro interior. Su Hijo nacía como cabeza de un gran cuerpo, y parte de ese cuerpo era Juan y somos nosotros. Allí, en el Gólgota, nacimos a la gracia Juan, tú yo. Y nacimos como hijos de Dios y de María, porque pasamos a ser otros cristos.

(MMI)

Abrir y escuchar en varios idiomas

Navidad en plena Cuaresma

llena de graciaTiene gracia esta irrupción premonitoria de la Navidad en plena Cuaresma. Camina el pueblo de Dios hacia el Calvario y, de repente, se planta ante nosotros Gabriel y nos recuerda que faltan nueve meses para Navidad. Abrimos los ojos, cansados del camino, y nos maravillan la Virgen joven, el anuncio gozoso, el Cristo chiquitín encerrado en el vientre de Mamá. Nos restregamos, esperábamos un Jesús crucificado y una Virgen traspasada de dolor. ¿Dónde estamos, realmente?

He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra. En el mismo lugar, una luz distinta sobre el mismo misterio: el de la Redención. Comprenderás mejor en el Calvario si sabes que la Cruz no fue sino consumación de un sacrificio comenzado en Nazaret.

Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, y, en cambio, me abriste el oído; no pides holocaustos ni sacrificios expiatorios; entonces yo digo: «Aquí estoy —como está escrito en mi libro— para hacer tu voluntad (Sal 39, 7-9). El sacrificio del Calvario no es ofrenda de dolor, sino de obediencia. Y esa obediencia comenzó en el vientre de una Virgen que también obedeció. Festeja hoy. Ya sabes cómo unirte al sacrificio. ¿Eres dócil a los consejos del director espiritual?

(2503)

Abrir y escuchar en varios idiomas

Creo en la Mujer

Dos mujeres, frente a frente: El Génesis nos muestra a Eva y su terrible rendición ante la serpiente; san Lucas, en el evangelio, nos muestra a María, la que pisó la cabeza de la serpiente.

¿A cuál de las dos mujeres reivindica como modelo el feminismo que, en nuestros días, todo lo llena? Ese feminismo amargo y malhumorado, lleno de reproches y agresividad, ¿huele a Eva, o huele a María? María huele a Cielo, como Dios; Eva huele a barro y a inmundicia, como la serpiente.

¿Por qué discutir, por qué reprochar, por qué agredir? Mostremos a la Mujer, presumamos de Madre.

Frente a la mujer que reniega de la virginidad como de una lacra, mostremos a la Virgen que, por serlo, fue templo de Dios. Frente a la mujer que busca su promoción escapando del hogar, mostremos a la que, con su presencia y su sonrisa, fue el alma del hogar de Nazaret. Frente a la mujer que reivindica el derecho a matar a su hijo en su propio vientre, dejemos que resplandezca la que es Madre amorosa de pueblos y Madre del propio Dios.

No creo en el feminismo. Creo en la mujer. Y la mujer es María.

(0812)

“Misterios de Navidad

Abrir y escuchar en varios idiomas

Rendida

Son palabras escritas por santa Teresa de Jesús: «Pues del todo me rendí, ¿qué mandáis hacer de mí?». Con ellas, la santa mostraba al Señor sus deseos de una entrega sin condiciones a su Amor. Pero bien podría decirse –y bien sabía ella– que estas palabras se cumplieron de modo excelso en la Virgen María.

Todo el misterio de la presentación de la Virgen en el templo se resume en una rendición total ante el Amor.

María consagra su cuerpo por la virginidad; su corazón, por la pureza; su pensamiento, por la oración… y su vida, que, como la nuestra, se compone de tiempo, por el cumplimiento fiel de la voluntad de Dios a cada instante.

El que haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre.

La santidad nunca está completa sin un acto total de rendición, que convierta la vida en sacrificio de obediencia. La entrega del cuerpo, el corazón y el pensamiento, al final, se condensan en una entrega de la vida al cumplimiento de la divina voluntad, derramada en sacrificio con espíritu enamorado. Nadie se santifica arrastrando los pies. Los santos aman y sonríen.

(2111)

Abrir y escuchar en varios idiomas

Quien escucha queda lleno

No es lo mismo tener la música puesta que escuchar música. Puedes, por ejemplo, conducir con la música puesta, pero tu atención está en la carretera. Cuando escuchas música, sin embargo, te sientas, cierras los ojos, y dejas que la música te llene por dentro. Porque escuchar es dejarse llenar.

Así comenzaba el primer precepto del Decálogo: Escucha, Israel (Dt 6, 4). Y así bendice el Señor al corazón santo: Bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen.

La Virgen María, desde niña, dedicó su vida a escuchar a Dios. Y de Dios quedó llena. Escuchó en el corazón, y así se mantuvo inmaculado, libre de toda mancha y fecundado por Dios. Escuchó en el vientre, porque la Encarnación del Verbo no fue sino la acogida de la Palabra en unas entrañas que en silencio la escuchaban. Escuchó en la vida, y así su vida fue el fiat de la Palabra.

En este día de la Virgen del Pilar, no encontrarás mejor forma de honrar a la Virgen que imitándola. Escucha como ella escuchó. Escucha con el oído la palabra de Dios; con el corazón, las insinuaciones del Espíritu; y, con el cuerpo, la Comunión que recibes.

(1210)

Abrir y escuchar en varios idiomas
Esta web utiliza cookies propias y de terceros para su correcto funcionamiento y para fines analíticos. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos. Más información
Privacidad