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Fiestas de la Virgen – Espiritualidad digital

La limpieza hecha relato

El relato de la Anunciación es la limpieza convertida en texto. No hay página en toda la Biblia tan limpia como ésta. Porque, en el resto de las Escrituras, contemplamos la confrontación entre santidad y pecado. Incluso los relatos de la resurrección de Cristo tienen, como contrapunto, la incredulidad de los apóstoles. Pero, en la Anunciación, un ángel inmaculado entrega a una Virgen limpísima la embajada más preciosa que jamás ha recibido la tierra. Y, fruto de ese diálogo, el mismo Dios, la santidad en estado puro, se encarna en unas entrañas virginales. Es el Paraíso en la tierra.

Gabriel lo llena todo de luz. Sus palabras son palabras de un Dios enamorado que se postra ante la criatura más preciosa jamás creada por Él.

María es la Purísima, la Bellísima, la bendita entre las mujeres. Ha guardado limpias sus entrañas como santuario dispuesto a recibir la gloria de los cielos. Sus palabras son palabras de amor, de entrega enamorada sin reparos ni condiciones: He aquí la esclava del Señor

El Espíritu Santo vendrá sobre ti. El propio Amor increado desciende del cielo, y deja en esas entrañas al Cordero sin mancha…

¡Qué delicia para el alma, contemplar tanta luz!

(2503)

Los pastores, la Virgen y la fuente

fervorSi llevas días sin beber agua, y alguien te dice dónde hay una fuente, no te diriges a ella arrastrando los pies. Corres, y agotas las pocas fuerzas que te quedan, hasta llegar allí. Cuando llegas, sacias tu sed con inmensa alegría.

Los pastores representan a la humanidad sencilla, a tantas buenas gentes que, sabiéndolo, o sin saberlo, andan sedientas de Dios. Cuando los ángeles les anunciaron la buena nueva, fueron corriendo hacia Belén. Así, con esa misma sed, deberías acudir tú a la santa Misa. ¿Por qué llegas siempre tarde? ¿Acaso no estás sediento? ¿O, más bien, será que estás saciado de cosas y tareas que te impiden sentir la sed de Dios?

Y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Frente a las carreras de los pastores, el niño reposa. Él es la fuente, Él es la quietud, Él es la paz que tú y yo necesitamos.

María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Ella es la que bebe sin cesar de la fuente de agua viva, y guarda en su corazón el agua como guardó al Niño en sus entrañas. Por eso es Madre de Dios.

(0101)

“Evangelio

De Nazaret a Lourdes

guapísimaCuando, ante la embajada de Gabriel, María se llama a sí misma la esclava del Señor, no está improvisando una fórmula de cortesía, sino que está manifestando en palabras el modo en que ella se veía a sí misma. Poco después, ante Isabel, volverá a emplear la misma expresión: Dios –dirá– ha mirado la humildad de su esclava (Lc 1, 48).

En 1858, cuando María se aparezca, en Lourdes, a Bernadette Soubirous, se presentará a sí misma con estas palabras: «Yo soy la Inmaculada concepción».

¿Sabía María, cuando, en Nazaret, se vio ante Gabriel, lo que sabía de sí misma en 1858, cuando se apareció en Lourdes y ya tenía su morada permanente en los cielos?

Desde muy niña, la Virgen experimentó una sensibilidad especial para todo lo divino. Sabía que su alma era un cristal limpísimo, que se dejaba herir por los rayos de un Sol amante. Entre aquel momento y su Asunción a los cielos, ella fue entendiendo el misterio de su limpieza interior. Y supo que Dios le había dado un corazón totalmente puro, ajeno por completo al pecado. Pero conservarlo así fue mérito suyo.

¡Oh, María, sin pecado concebida, ruega por nosotros, que recurrimos a ti!

(0812)

“Evangelio

«Virgen» es la Virgen

Aún usábamos cintas de casete. Y le escuchaba a mi padre: «Tengo que comprar una cinta virgen». Me sonaba rarísimo, porque, para mí, virgen era la Virgen María. Y asociar una palabra tan sagrada con una cinta metida en una caja que siempre se atascaba y te obligaba a usar un boli «bic» me parecía una blasfemia.

Si de mí dependiera, yo no usaría la palabra «virgen» más que para la Virgen. Y para las monjas, que se miran en ella. Porque la virginidad de María, evocada hoy en esa consagración realizada en el Templo cuando era niña, es virginidad enamorada. Nada tiene que ver con la soltería, ni con la frialdad, ni con la represión patológica de las pulsiones naturales.

El que haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, y mi hermana y mi madre. La virginidad de María, en lugar de hacerla estéril, la convierte en Madre de Dios. Al entregar al Espíritu su cuerpo, entrega también alma, voluntad, y vida. Así, el Espíritu puede llenarla de Dios, y es a Dios mismo a quien da a luz.

Por eso, si de mí dependiera, quien dijera «virgen» debería decir «María».

(2111)

El pilar de la humanidad

Lo que se llamó «movimiento de liberación de la mujer» vino a ser el comienzo de un mundo sin mujeres. Porque, más que liberar a Eva del yugo de Adán, se trataba de «adanizar » a Eva, y matarla como mujer. A la que había sido el alma del hogar y la madre de familia numerosa se la dotó del derecho a matar a sus hijos en su vientre y se la animó a buscar su realización fuera de casa, haciendo lo que hacía el hombre. Pero el mundo sin mujeres acaba siendo un mundo sin familia, sin hogar, sin niños, sin calor. Ahora, este mundo frío se encuentra a merced de los manipuladores de nieve.

He visto caer a padres de familia. Si la madre se mantenía en pie, la familia permanecía unida. He visto a mujeres levantar a sus maridos con inmensos sacrificios. Pero también he visto caer por tierra a madres, y venirse abajo la familia entera.

Dichoso el vientre que te llevó… Si la Virgen quiso aparecer sobre un pilar, no fue casualidad. ¿Acaso no estaba diciendo, entre otras cosas, que la mujer es el pilar que sostiene a la humanidad? Pero, si el pilar cae…

(1210)