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Fiestas de la Virgen – Espiritualidad digital

Grandeza y pequeñez de todo un Dios

En el año 431 tuvo lugar el Concilio de Éfeso, en el que se proclamó a María Madre de Dios. Fue la respuesta a la herejía de Nestorio, a quien le escandalizaba que una mujer pudiera alcanzar semejante dignidad.

Pero Nestorio se equivocaba en su escándalo. Lo realmente asombroso no es que una criatura hubiera resultado tan ensalzada, sino que Dios se haya abajado tantísimo por Amor.

La grandeza de Dios hace temblar. Su poder, por el que creó todo de la nada; la majestad con que abrió las aguas del Mar Rojo ante los hebreos; la voz divina que reventaba los tímpanos en el Sinaí… ¿Cómo podría un hombre acercarse a semejante grandeza sin caer fulminado? Nadie puede ver a Dios sin morir.

La pequeñez de Dios, sin embargo, hace llorar. Y así lloraba la Virgen, emocionada mientras conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Veía al Dios del Sinaí convertido en niño y temblando de frío, entregado a sus brazos en busca de cariño y protección. Lo ves tú, lo veo yo, humillado en la Hostia y entregado a nosotros en alimento. ¡Pero cómo, Dios mío, has podido caer tan bajo! ¿Tanto nos amas? ¿Y no lloramos?

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“Evangelio

La más libre de las mujeres

guapísima¿Pudo la Virgen decir «no» a la embajada del arcángel? Por supuesto, pudo decir «no». Y, si hubiera dicho «no», hubiera pecado, porque pecar es decir «no» a Dios. Pero, si no hubiera podido decir «no», su «sí» no hubiese sido un acto de amor. Sólo quien es libre puede amar.

He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra. Parece que «esclava» fuera lo opuesto a «libre». Sin embargo, la mayor libertad consiste en entregarse por completo al Amor. La Inmaculada concepción de la Virgen fue un don del cielo. Pero, una vez llegada al uso de razón, María tuvo que ejercer su libertad para evitar el pecado una y otra vez, como nosotros. Y en todos sus actos dijo «sí».

Fue perseguida por la serpiente desde el inicio. Le arrojó encima las insidias de Herodes, le hizo sentir angustia cuando Jesús se perdió, la cubrió de tinieblas junto a la Cruz y tuvo su corazón en prensa durante el Sábado. Pero, a través de todas estas pruebas, María conservó intacto el «sí» que Dios puso en su alma cuando la creó.

Míranos, madre, a quienes podemos decir «no», y concédenos renovar nuestro «sí» cada mañana.

(0812)

Conságrate a la Consagrada

La Presentación de María en el templo es una consagración en toda regla. Ella, aún niña, según narra la tradición, se postra ante Yahweh y convierte en ofrenda de amor lo que recibió como don del Cielo. Toda aquella plenitud de gracia, todas las virtudes con que Dios la bendijo, se las entrega a quien se las dio. Y así queda consagrada, convertida en propiedad del Altísimo, en esclava del Señor.

El que haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, y mi hermana y mi madre. Quien se ha consagrado a Dios no puede hacer sino su voluntad, porque ambas voluntades son ya una.

Hoy te animo a que te consagres a la Virgen. Es la manera más dulce de renovar esa consagración a Dios que es tu bautismo. Basta con que reces, cada mañana, esta oración:

«Oh señora mía, oh madre mía, yo me ofrezco enteramente a ti. En prueba de mi filial afecto te consagro en este día, mis ojos, mis oídos, mi lengua, mi corazón, en una palabra, todo mi ser. Ya que soy todo tuyo, oh madre de bondad, guárdame y defiéndeme como cosa y posesión tuya. Amén».

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Tiempos convulsos

¡Qué bien pueden aplicarse a la Historia de nuestra patria aquellas palabras del Señor!:

Bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen.

Porque en España se ha escuchado y se ha cumplido mucho la palabra de Dios. Ni siete siglos de dominación musulmana lograron extinguir esa semilla sembrada en los corazones de los hispanos. Y se cumplió y floreció hasta tal punto que se extendió más allá del Océano y se propagó por toda América. Ningún país ha dado más alegrías a la Iglesia que España.

Pero vivimos tiempos convulsos, y los relatos de conveniencia quieren suplir a la Historia. No importa que sean mentira, si son voceados y aceptados sin respuesta. Quienes difundieron el Evangelio de Cristo son ahora los tatarabuelos del fascismo. Y deben pedir perdón a los apóstoles de los nuevos evangelios: el lenguaje inclusivo, el transgénero, el feminismo, el animalismo, el veganismo, el homosexualismo, el aborto, la eutanasia… Quienes acusan a la Iglesia de arrasar las culturas indígenas pretenden arrasar el cristianismo y poner en su lugar las nuevas doctrinas.

La misma Virgen del Pilar que animó a Santiago nos anima hoy a nosotros. Urge una nueva evangelización de España y desde España.

(1210)

La santidad por contagio

«Me voy a arrimar a usted, a ver si se me pega algo»… Qué horror. Me lo dijo una señora, durante un viaje en autobús que hacíamos con la parroquia, mientras ocupaba el sitio pegado al mío. Y yo que quería rezar las Laudes durante el viaje… En todo caso, la señora consiguió lo que quería. Salió del autobús con olor a tabaco, que es a lo que huelo yo, incluso mientras no fumo. Pero no sé si le compensó la maniobra.

Tenía razón, de todas formas, aquella buena mujer. El arrimarse provoca el contagio. Y quien se arrima a lo bueno, algo bueno se lleva. Quien a la Virgen se arrima, su perfume se le pega. La Virgen huele a Dios, está impregnada del buen olor de Cristo.

Eso es el rezo diario del Rosario: un arrimarse a la Virgen día tras día. Quien así lo hace termina por parecerse a ella en la humildad, la alegría, la obediencia, la pureza… Creo que el mejor camino hacia la santidad es el contagio.

A quien no reza nunca el Rosario le parece imposible rezarlo todos los días. Y quienes llevamos muchos años rezándolo a diario ya no lo podemos dejar.

(0710)

No es el dolor, sino el amor

Al celebrar a la Virgen de los dolores, no celebramos a los dolores, sino a la Virgen. Y la llamamos «de los dolores» para indicar que su amor por su Hijo fue tan grande que no se retiró al llegar el dolor, sino que se manifestó compartiendo el sufrimiento de su Amado.

No es lo mismo, ¿verdad? Cuando me veas sufrir, no me felicites como si me hubiera tocado la lotería, porque no me ha tocado la lotería, sino que me han dado un disgusto. Y no es como para felicitarme. Cuando me veas sufrir, si me amas, ven y sufre conmigo. A ser posible, en silencio; porque, si abres la boca, es muy fácil que lo estropees. En silencio estuvo la Virgen al pie de la Cruz. Y en un silencio recogido y reverente nos acercamos nosotros a madre e Hijo, sobrecogidos ante ese misterio de amor. No hay lugar en este mundo como la Cruz.

Celebramos, también, que la gracia divina y el amor humano hicieron fecundos esos dolores, convirtiéndolos en dolores de parto y haciendo de María la Madre de la Iglesia.

No es preciso recordarlo, pero lo escribiré nuevamente: no celebramos el dolor, sino el amor.

(1509)

Qué bello es vivir… con la Virgen

Me gusta Capra, pero detesto la costumbre de poner, en navidades, «Qué bello es vivir». Porque esa película supone, en el cine, lo que supuso Dickens en la literatura: el comienzo de las navidades sin Cristo. Y conste que también me gusta Dickens.

No obstante, el recurso del que Capra echa mano en «Qué bello es vivir», aunque no sea específicamente cristiano, es magistral: Imagina un mundo donde tú no hubieras vivido, un mundo sin aquello que tu vida ha aportado a los demás.

Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo.

Apenas sabemos nada sobre el nacimiento de la Virgen, y lo que sabemos no es del todo fiable. Pero sabemos que nació. Eso es bastante como para llenar la vida de alegría. Y ahora Capra me hará un favor, si puedo imaginar la pesadilla de la que nos hemos librado: la de un mundo sin la Virgen.

Si la Virgen no hubiera nacido, no habría habido Anunciación. Ni Mesías. Ni Crucifijo. Ni Redención. Ni Misa. Ni Paternóster.

Si la Virgen no hubiera nacido, no tendríamos una madre en el Cielo. Ni una Reina.

¿Cómo no alegrarnos, Madre santa, de tu nacimiento?

(0809)

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