El Mar de Jesús de Nazaret

Fiestas de la Virgen – Espiritualidad digital

La limpieza que limpia

Existe una limpieza frágil, que consiste en la mera ausencia de mancha. «Cuidado con esa camisa blanca, que se ensucia con mirarla». Y basta que salpique un poco la comida para que la camisa blanca se eche a perder. La inocencia del niño, por desgracia, también es frágil. Maldito quien abra ante sus ojos los caminos del mal.

Pero existe, también, una limpieza radiante, hermosa como el cielo, poderosa como los rayos del sol, que no se oscurece al contacto con la suciedad, sino que limpia cuanto toca. Esa limpieza, que es la de María, no es una mera ausencia de mancha, porque es la plenitud de Dios en el alma.

He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.

Al vivir, desde su concepción, postrada ante Dios, el Amor divino pudo conquistarla por completo y, por singular privilegio, la invadió como invaden el aire los rayos del sol. Igual que una lámpara, al entrar en un lugar oscuro, lo ilumina, así la Virgen María inunda con su pureza a quien se refugia en ella.

¿Quieres vencer al pecado? Cobíjate bajo el manto de la Purísima. Allí encontrarás a su Hijo, su secreto, y Él te limpiará.

(0812)

Preséntate

Celebra hoy la Iglesia la Presentación de la Virgen Santísima en el templo de Jerusalén. Según una antigua tradición, consignada en el Protoevangelio de Santiago, María, a la edad de tres años, subió las gradas del templo, y allí se presentó a Dios como ofrenda en cuerpo y alma, manifestando su voluntad de permanecer virgen para Él.

Yo te invito hoy a acompañarla en su entrega. Busca un sagrario, póstrate de rodillas ante Jesús Eucaristía, y preséntate a Él con cuanto eres y cuanto tienes.

Tendrás que hacerte niño, como niña era la Virgen. Porque, si eres mayor, te asaltarán mil reparos que te impedirán ofrecerte así: «¿Cómo voy a presentarme yo a Dios, con estas pintas? Estoy lleno de pecados, no soy fiel, no tengo nada que ofrecerle al Señor. No soy una ofrenda digna de Dios».

¡Tonterías de mayores! Tú sé niño.

Y preséntate, como se presenta ante su padre un niño que se ha caído en el barro, y llega con la ropa y el cuerpo sucios, pero con limpieza en la mirada.

Él te tomará. Él te limpiará en el sacramento del Perdón. Él te hará suyo. Y no querrás ser mayor nunca más ante Él.

(2111)

María santísima, como un pilar

En su humanidad santísima, Jesús era el hijo que hubiese deseado tener cualquier madre. Y aquella mujer de entre el gentío  de la que nos habla san Lucas, al verlo, pensó en la afortunada mujer que lo dio a luz, y sintió envidia:

¡Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron!

Jesús aceptó el cumplido, orgulloso de que así honrasen a su Madre. Pero no dejó pasar la ocasión de impartir, para aquella mujer y para nosotros, una oportuna catequesis:

Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen.

Ninguna criatura ha contado, jamás, con los privilegios que tuvo María: inmaculada desde su concepción, madre de Dios, bendita entre las mujeres… Pero ninguno de estos privilegios hubiera sido suficiente para santificarla sin el concurso de su voluntad. Si llamamos «Santísima» a María, es porque Ella acogió todos aquellos dones con gratitud en lo más profundo de su corazón, escuchó con recogimiento la palabra de Amor que esos dones transmitían, y entregó su vida al cumplimiento del plan de Dios sobre Ella.

Quien recibe dones de Dios es un agraciado. Quien cumple su voluntad es como un pilar. No tiembla, está asentado para siempre.

(1210)

“Evangelio

Nacidos en medio de la noche

Hemos nacido en medio de una noche terrible y luminosa.

Mujer, ahí tienes a tu hijo.

Y, mirando a su Madre, Jesús nos señalaba a cada uno. En Juan se hacían presentes todas las almas en gracia.

Era de noche. Y la sangre del Redentor, derramada desde el Madero, era semilla de una vida nueva. Junto a esa Cruz, María recogía cada gota, cada lágrima, cada suspiro por el que Jesús entregaba su Espíritu. Con razón es llamada, también, cónyuge y consorte de su Hijo.

Todo el dolor de Jesús cabía en el corazón de su Madre, atravesado por siete espadas. Y en medio de ese dolor, que era dolor de parto y perfumaba la noche, cada uno de nosotros fuimos dados a luz.

Somos hijos de una noche muy cerrada, de un dolor muy profundo, de unas lágrimas muy ardientes, y de una Madre muy limpia y muy fiel. La que no había conocido el dolor al dar a luz en Belén a su Hijo, ahora se desgarraba por dentro al alumbrarlo de nuevo, cargado con nuestras culpas, y convertido en cabeza nuestra, a la vida eterna. Bajo la Cruz, y del corazón desgarrado de María, nació la Iglesia.

(1509)

Tan vieja, tan joven: María

Celebramos hoy el nacimiento de la Virgen, y, entre nosotros, el día del nacimiento es el día del cumpleaños. Pero la Virgen ya no cumple años. Nació en este suelo que tejen los años, y, finalizada su vida temporal, fue llevada al Cielo, lejos los agobios del calendario. Por eso, María es, a la vez, muy vieja y muy joven.

Es muy vieja, tan vieja como la Humanidad, porque su brillo comenzó a vislumbrarse ante los mismos ojos de Eva, cuando Dios le anunció que una de su linaje vencería a la serpiente. Judit, Rut, Esther, Deborah, la propia Rajab… Todas las mujeres de la antigüedad apuntaron hacia esa Aurora que traería la claridad del cielo a un mundo de tinieblas, y que llevaría por nombre María.

Es muy joven, tan joven como esa nueva humanidad que aún no hemos estrenado, y que habitaremos cuando Dios instaure los cielos nuevos y la nueva tierra. María es la juventud eterna, ajena por completo a la decrepitud del pecado, de la vejez y de la muerte. Madre joven que reina junto a su joven Hijo, y guarda para nosotros esa misma juventud.

Sin cumplir años, abarca los tiempos. ¡Felicidades, María, Madre nuestra!

(0809)