Evangelio 2022

Fiestas de la Virgen – Espiritualidad digital

No es el dolor, sino el amor

Al celebrar a la Virgen de los dolores, no celebramos a los dolores, sino a la Virgen. Y la llamamos «de los dolores» para indicar que su amor por su Hijo fue tan grande que no se retiró al llegar el dolor, sino que se manifestó compartiendo el sufrimiento de su Amado.

No es lo mismo, ¿verdad? Cuando me veas sufrir, no me felicites como si me hubiera tocado la lotería, porque no me ha tocado la lotería, sino que me han dado un disgusto. Y no es como para felicitarme. Cuando me veas sufrir, si me amas, ven y sufre conmigo. A ser posible, en silencio; porque, si abres la boca, es muy fácil que lo estropees. En silencio estuvo la Virgen al pie de la Cruz. Y en un silencio recogido y reverente nos acercamos nosotros a madre e Hijo, sobrecogidos ante ese misterio de amor. No hay lugar en este mundo como la Cruz.

Celebramos, también, que la gracia divina y el amor humano hicieron fecundos esos dolores, convirtiéndolos en dolores de parto y haciendo de María la Madre de la Iglesia.

No es preciso recordarlo, pero lo escribiré nuevamente: no celebramos el dolor, sino el amor.

(1509)

Qué bello es vivir… con la Virgen

Me gusta Capra, pero detesto la costumbre de poner, en navidades, «Qué bello es vivir». Porque esa película supone, en el cine, lo que supuso Dickens en la literatura: el comienzo de las navidades sin Cristo. Y conste que también me gusta Dickens.

No obstante, el recurso del que Capra echa mano en «Qué bello es vivir», aunque no sea específicamente cristiano, es magistral: Imagina un mundo donde tú no hubieras vivido, un mundo sin aquello que tu vida ha aportado a los demás.

Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo.

Apenas sabemos nada sobre el nacimiento de la Virgen, y lo que sabemos no es del todo fiable. Pero sabemos que nació. Eso es bastante como para llenar la vida de alegría. Y ahora Capra me hará un favor, si puedo imaginar la pesadilla de la que nos hemos librado: la de un mundo sin la Virgen.

Si la Virgen no hubiera nacido, no habría habido Anunciación. Ni Mesías. Ni Crucifijo. Ni Redención. Ni Misa. Ni Paternóster.

Si la Virgen no hubiera nacido, no tendríamos una madre en el Cielo. Ni una Reina.

¿Cómo no alegrarnos, Madre santa, de tu nacimiento?

(0809)

Esclava y Reina

Divinos contrastes. Si preguntas a la santísima Virgen: «¿Quién eres?», ella te responde: He aquí la esclava del Señor. Ahora preguntémosle a san Juan por esa esclava, y nos responderá: Un gran signo apareció en el cielo: una mujer vestida del sol, y la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza (Ap 12, 1).

Una mujer vestida de sol. Y el sol es Cristo. Dice el Apóstol: Revestíos más bien del Señor Jesucristo (Rom 13, 14). María es la llena de gracia. Y esa gracia es fruto adelantado de la Pasión de Jesús. Por eso, antes de concebir al Verbo en su vientre, ya estaba su alma revestida de santidad.

La luna bajo sus pies. Esa luna es la Iglesia, reflejo de la luz de Cristo. Pero es, también, tu alma. ¿No quisieras pasar la vida a los pies de la Señora? ¿No quisieras ser el esclavo de la esclava?

Una corona de doce estrellas sobre su cabeza. Son las doce tribus de Israel. Pero, también, los doce apóstoles. Esa corona se la ha entregado su Hijo. Y ella se la entregará a las almas fieles que descansen, como niños, eternamente en su regazo.

(2208)

¡Bendito cuerpo, benditos miembros!

He celebrado la Misa de cuerpo presente por una feligresa. Minutos antes, estuve velando sus restos. Y no cesaba de admirarme ante el misterio de ese cuerpo. Esos labios habían recibido, hace dos días, el cuerpo eucarístico de Cristo. Esas manos habían desgranado miles de veces las cuentas del rosario. Esas piernas habían recorrido cada día el camino que separaba su casa del templo… Ese cuerpo –me decía a mí mismo– necesariamente, tiene que resucitar cuando haya pagado sus sábados. Sí. Hay sábados que pagar. Esos labios, esas manos, esas piernas, también pecaron.

¡Bendito cuerpo, el de María Santísima! El rostro de la Inmaculada es el rostro más hermoso que jamás poseyó mujer alguna. Su vientre fue santuario donde el Verbo Divino habitó. Sus pechos fueron alimento del Niño Dios. Sus manos vistieron con cariño a su Creador. Y jamás esos miembros ofendieron al Altísimo. Todo es pureza en ellos.

¡Cómo iba a ser pasto de gusanos un cuerpo que hizo las delicias de los ángeles! Ellos lo llevaron al Cielo, a donde pertenecía. Y nosotros, llenos de alegría, vemos en ese tránsito la dignidad que, como hijos de Dios y de María, heredaremos gozosos cuando hayamos pagado nuestros sábados.

(1508)

La que vive hacia dentro

Por dos veces, con palabras distintas, nos dice san Lucas en su evangelio que la Virgen conservaba todo esto en su corazón.

Poco antes ha escrito: María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón (Lc 2, 19). En ambas ocasiones, el evangelista nos quiere mostrar a una mujer que lleva su mundo dentro del pecho. Si alguien quiere tener verdadera vida interior, debe fijarse, necesariamente, en la Virgen. Ella no mendiga consuelos de las criaturas, no busca la aprobación de los hombres, no desea ser vista ni ensalzada –aunque sabe que todas las generaciones la felicitarán–. No suspira por los bienes, ni los placeres, ni los gozos de este mundo, porque su mundo lo lleva dentro, en ese corazón inmaculado donde atesora el misterio de Dios.

Por eso es mujer callada. Porque vive en conversación constante, pero esa conversación fluye en su interior. Y, también por eso, aunque habla poco, cuando habla sus palabras huelen a Espíritu Santo.

Venera ese inmaculado corazón de tu madre del cielo. Y, a ejemplo suyo, abre a Dios el tuyo mientras cierras tus labios a palabras ociosas. Si eres hijo de la Virgen, que se note. Ten vida interior.

(ICM)

Bañado en agua y sangre

«La gracia está en el fondo de la pena, y la salud naciendo de la herida», dice el himno.

Inclinando la cabeza, entregó el espíritu… Uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua.

La Iglesia nace del costado de Cristo como nació Eva del costado de Adán. Nos lo recuerdan el agua y la sangre que se dan cita en el nacimiento de cualquier niño. Pero aquella agua sacratísima, y aquella sangre redentora, fueron recogidas por María.

Mujer, ahí tienes a tu hijo… Ahí tienes a tu madre. Miradla en la Piedad, abrazada al cuerpo desnudo de su Hijo. Así, desnudo, lo tuvo en sus brazos en Belén. Pero entonces no hubo sangre ni agua. Ahora ese cuerpo está abierto, bañado en agua y sangre como el bebé recién nacido. Y en ese cuerpo, como miembros suyos, estamos nosotros, recién nacidos a la gracia como hijos de Dios y de María. Si en Belén dio a luz sin dolor, con grandes dolores nos ha alumbrado en el Calvario. Pero del sufrimiento del parto nace la alegría y, con esa alegría, quienes llamamos a Dios «Papá» llamamos a la Virgen «Mamá».

(MMI)

No a todo el mundo le alegra

Si uno quiere conocer cómo es la verdadera alegría, esa alegría que llena el alma, se asienta en ella, y se queda a vivir con su huésped para siempre, tiene que leer el Magníficat.

Se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador, porque ha mirado la humildad de su esclava… El Poderoso ha hecho obras grandes en mí: su nombre es santo… Él hace proezas con su brazo… Auxilia a Israel, su siervo…

Podría transcribir el canto entero. Porque el único protagonista de ese canto, y la única fuente de alegría de la Virgen, es Dios. Nada más, y nada menos.

Hay que rezar mucho, vivir muy recogido y abismado en Dios, para tener esas alegrías, y no las de «he dormido bien», «no me duele nada», «he triunfado», «he sacado adelante mis planes», «me han tratado bien», etc.

Eso no sale solo. A la gente le dices que Dios es bueno, y te responde que muy bien, pero que a él le duele la espalda. Solamente quienes rebosan vida espiritual se llenan de gozo con la bondad de Dios. Y, para rebosar vida espiritual, hay que estar muy llenos de Espíritu. Eso sólo se logra con oración y sacramentos.

(3105)

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