Libros de José Fernando Rey Ballesteros

Fiestas de la Virgen – Espiritualidad digital

La que fue cielo, al Cielo fue llevada

Piensan muchos en el Cielo como pensarían en un parque temático: un lugar sin dolor, lleno de belleza, donde uno se reencuentra con sus antepasados, y donde, además, reina Dios. Pero esa visión del Cielo, tan de Hollywood, tiene poco que ver con la realidad.

El Cielo es, en esencia, el reinado absoluto de Dios. Es el ámbito donde el Amor de Dios lo llena todo, y donde no existe ni sombra de pecado, de sufrimiento, o de muerte. El vientre de la Virgen María, durante nueve meses, fue un cielo en la tierra. En ese huerto sellado habitó Dios hecho hombre, y así fue morada de la gloria divina. El inmaculado corazón de la Purísima fue, también, un cielo en la tierra. En esa alma sólo la gracia de Dios reinó; jamás entró allí ni sombra de pecado, desde su misma concepción.

¿Qué tenía de extraño, pues, que aquélla que contuvo dentro de su cuerpo, y en su corazón, al mismo Cielo, fuese llevada, al terminar su peregrinaje en esta tierra, al Cielo en cuerpo y alma? ¿Acaso puedes imaginar esos miembros limpísimos convertidos en fetidez y putrefacción bajo el poder de la muerte?

¡No lo hubiera permitido Dios!

(1508)

Madre de la Iglesia

A san Pablo VI le debemos la advocación mariana «Madre de la Iglesia». Fue él quien, al finalizar el Concilio Vaticano II, quiso coronar aquella obra divina y humana con ese homenaje a la Virgen Santísima. Cuatro pontificados más tarde, Francisco ha querido que la Iglesia entera celebre a su Madre, bajo esa misma advocación, en el lunes siguiente a Pentecostés.

No es un título honorífico. Al pie de la Cruz, María santísima fue nuevamente Madre. Y, en esta ocasión, lo fue del Cristo total, Cabeza y cuerpo, a quien dio a luz entre grandes dolores.

Mujer, ahí tienes a tu hijo. María, al recibir en su inmaculado Corazón los dolores de su Hijo y su sangre redentora, alumbraba, para la vida eterna, al discípulo amado que se unía a la muerte de su Señor. Después de Juan, todo hombre bañado por el bautismo en esa agua y esa sangre pasa a ser, merced a un nuevo nacimiento, hijo de Dios, y también de María.

Desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio. Tampoco es una metáfora. Juan se abraza a la Virgen, porque es su Madre. La abrazamos tú y yo, con alegría, y la llamamos «Mamá».

(MMI)

Causa de nuestra alegría

¡Qué final tan alegre tiene el mes de María! La llamamos, en el santo Rosario, «causa de nuestra alegría», y, desde luego, para Isabel lo fue. También para nosotros.

En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo.

La alegría que la Virgen llevaba en su inmaculado Corazón prendió rápidamente en el corazón de Isabel, y encendió el alma del pequeño Juan. Se sumó a la fiesta el Espíritu Santo, y aquel gozo, tan humano y tan divino, se volvió júbilo sobrenatural, como un anticipo del banquete celeste.

Pedidle hoy a la Virgen santísima que os visite, como visitó a Isabel; que lleve su alegría a vuestras almas, porque esa alegría es el gozo del Dios-con-nosotros. Cuando acudió a casa de su prima, la Inmaculada tuvo que hacer tres días de camino. Pero ahora, desde el Cielo, puede visitarnos a cada uno, y lo hará, porque es madre nuestra.

Recibidla, entonces, como la recibieron Isabel, Juan y Zacarías. Abrid las puertas de vuestras almas, escuchad su saludo, acoged su alegría en lo profundo de vuestros corazones, y no permitáis que nada, ni nadie, os arrebate hoy el buen humor.

(3105)

La Anunciación: detrás de las cámaras

Cuando san Lucas nos presenta a la Virgen, nos la muestra ya adolescente, sonrojada ante el saludo del arcángel Gabriel. Pero ese encuentro, decisivo en la vida de María, fue preparado por una infancia que apenas se vislumbra tras los relatos evangélicos.

Desde muy niña, la que fue concebida inmaculada experimentó en su alma el Amor de Dios como nadie hasta entonces. Dios la amaba con santos celos, con amor de Esposo; la quería toda suya. Y, así, en secreto, desde la más tierna infancia se consagró a Él. A sí misma se decía que ella era la esclava del Señor. Pero no podía decírselo a nadie más, porque hubiera sido tenida por blasfema.

Concertaron sus padres el matrimonio con José, y ella guardó silencio y celebró los desposorios. Pero, por dentro, se sumió en el desconcierto. ¿Cómo cumplir con su voto de virginidad, y obedecer también a sus padres?

Entonces llegó el ángel. Y desplegó ante ella el plan de Dios, que ponía fin a sus dudas. Sería esposa, sería madre, y sería virgen. Toda de Dios para siempre.

Se postró.

He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.

Y el Verbo se hizo carne.

(2503)

Ya no correrás

fervorEl primer día de año es de la Virgen. También son suyas las primicias de la salvación, el primer anuncio, las primeras claridades, el primer despertar de la aurora. Para quien quiera encontrar a Cristo, María está siempre en el comienzo. Quien la encuentra a Ella, encuentra a su Hijo. Y quien busque a su Hijo, a Ella debe preguntarle.

Los pastores encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre.

La gozosa carrera de aquellos hombres tuvo su meta en María. Al encontrarla, aquel movimiento frenético dio lugar a la contemplación y al silencio.

Corres mucho, y quisieras alcanzar la paz. No la alcanzas, porque, en realidad, ni siquiera sabes hacia dónde corres, y, así, nunca encuentras lo que no sabes que buscas. Tu agitación es tan ansiosa como desorientada.

¡Si quisieras darte cuenta! ¿Acaso no ves que nada te satisface, porque, en realidad, es a Dios a quien deseas? ¡Ojalá no te costara tanto reconocerlo! No eres una oveja perdida: eres el pastor perdido. Has extraviado el camino de Belén.

Busca a María, acude a la Madre de Dios. Y en sus brazos encontrarás a Aquél que sacia todos tus anhelos. Ya no correrás.

(0101)

“Evangelio