Libros de José Fernando Rey Ballesteros

Fiestas de la Virgen – Espiritualidad digital

La Anunciación: detrás de las cámaras

Cuando san Lucas nos presenta a la Virgen, nos la muestra ya adolescente, sonrojada ante el saludo del arcángel Gabriel. Pero ese encuentro, decisivo en la vida de María, fue preparado por una infancia que apenas se vislumbra tras los relatos evangélicos.

Desde muy niña, la que fue concebida inmaculada experimentó en su alma el Amor de Dios como nadie hasta entonces. Dios la amaba con santos celos, con amor de Esposo; la quería toda suya. Y, así, en secreto, desde la más tierna infancia se consagró a Él. A sí misma se decía que ella era la esclava del Señor. Pero no podía decírselo a nadie más, porque hubiera sido tenida por blasfema.

Concertaron sus padres el matrimonio con José, y ella guardó silencio y celebró los desposorios. Pero, por dentro, se sumió en el desconcierto. ¿Cómo cumplir con su voto de virginidad, y obedecer también a sus padres?

Entonces llegó el ángel. Y desplegó ante ella el plan de Dios, que ponía fin a sus dudas. Sería esposa, sería madre, y sería virgen. Toda de Dios para siempre.

Se postró.

He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.

Y el Verbo se hizo carne.

(2503)

Ya no correrás

fervorEl primer día de año es de la Virgen. También son suyas las primicias de la salvación, el primer anuncio, las primeras claridades, el primer despertar de la aurora. Para quien quiera encontrar a Cristo, María está siempre en el comienzo. Quien la encuentra a Ella, encuentra a su Hijo. Y quien busque a su Hijo, a Ella debe preguntarle.

Los pastores encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre.

La gozosa carrera de aquellos hombres tuvo su meta en María. Al encontrarla, aquel movimiento frenético dio lugar a la contemplación y al silencio.

Corres mucho, y quisieras alcanzar la paz. No la alcanzas, porque, en realidad, ni siquiera sabes hacia dónde corres, y, así, nunca encuentras lo que no sabes que buscas. Tu agitación es tan ansiosa como desorientada.

¡Si quisieras darte cuenta! ¿Acaso no ves que nada te satisface, porque, en realidad, es a Dios a quien deseas? ¡Ojalá no te costara tanto reconocerlo! No eres una oveja perdida: eres el pastor perdido. Has extraviado el camino de Belén.

Busca a María, acude a la Madre de Dios. Y en sus brazos encontrarás a Aquél que sacia todos tus anhelos. Ya no correrás.

(0101)

“Evangelio

La limpieza que limpia

Existe una limpieza frágil, que consiste en la mera ausencia de mancha. «Cuidado con esa camisa blanca, que se ensucia con mirarla». Y basta que salpique un poco la comida para que la camisa blanca se eche a perder. La inocencia del niño, por desgracia, también es frágil. Maldito quien abra ante sus ojos los caminos del mal.

Pero existe, también, una limpieza radiante, hermosa como el cielo, poderosa como los rayos del sol, que no se oscurece al contacto con la suciedad, sino que limpia cuanto toca. Esa limpieza, que es la de María, no es una mera ausencia de mancha, porque es la plenitud de Dios en el alma.

He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.

Al vivir, desde su concepción, postrada ante Dios, el Amor divino pudo conquistarla por completo y, por singular privilegio, la invadió como invaden el aire los rayos del sol. Igual que una lámpara, al entrar en un lugar oscuro, lo ilumina, así la Virgen María inunda con su pureza a quien se refugia en ella.

¿Quieres vencer al pecado? Cobíjate bajo el manto de la Purísima. Allí encontrarás a su Hijo, su secreto, y Él te limpiará.

(0812)

Preséntate

Celebra hoy la Iglesia la Presentación de la Virgen Santísima en el templo de Jerusalén. Según una antigua tradición, consignada en el Protoevangelio de Santiago, María, a la edad de tres años, subió las gradas del templo, y allí se presentó a Dios como ofrenda en cuerpo y alma, manifestando su voluntad de permanecer virgen para Él.

Yo te invito hoy a acompañarla en su entrega. Busca un sagrario, póstrate de rodillas ante Jesús Eucaristía, y preséntate a Él con cuanto eres y cuanto tienes.

Tendrás que hacerte niño, como niña era la Virgen. Porque, si eres mayor, te asaltarán mil reparos que te impedirán ofrecerte así: «¿Cómo voy a presentarme yo a Dios, con estas pintas? Estoy lleno de pecados, no soy fiel, no tengo nada que ofrecerle al Señor. No soy una ofrenda digna de Dios».

¡Tonterías de mayores! Tú sé niño.

Y preséntate, como se presenta ante su padre un niño que se ha caído en el barro, y llega con la ropa y el cuerpo sucios, pero con limpieza en la mirada.

Él te tomará. Él te limpiará en el sacramento del Perdón. Él te hará suyo. Y no querrás ser mayor nunca más ante Él.

(2111)

María santísima, como un pilar

En su humanidad santísima, Jesús era el hijo que hubiese deseado tener cualquier madre. Y aquella mujer de entre el gentío  de la que nos habla san Lucas, al verlo, pensó en la afortunada mujer que lo dio a luz, y sintió envidia:

¡Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron!

Jesús aceptó el cumplido, orgulloso de que así honrasen a su Madre. Pero no dejó pasar la ocasión de impartir, para aquella mujer y para nosotros, una oportuna catequesis:

Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen.

Ninguna criatura ha contado, jamás, con los privilegios que tuvo María: inmaculada desde su concepción, madre de Dios, bendita entre las mujeres… Pero ninguno de estos privilegios hubiera sido suficiente para santificarla sin el concurso de su voluntad. Si llamamos «Santísima» a María, es porque Ella acogió todos aquellos dones con gratitud en lo más profundo de su corazón, escuchó con recogimiento la palabra de Amor que esos dones transmitían, y entregó su vida al cumplimiento del plan de Dios sobre Ella.

Quien recibe dones de Dios es un agraciado. Quien cumple su voluntad es como un pilar. No tiembla, está asentado para siempre.

(1210)

“Evangelio