Evangelio 2022

Fiestas de la Virgen – Página 2 – Espiritualidad digital

Tan invisible como el aire que respiramos

La escena de la Visitación de la Virgen a su pariente Isabel tiene un Protagonista invisible. Sólo Él nos permite adentrarnos en el misterio que despliegan tantas interrogaciones confabuladas.

¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?

¿Quién le dijo a Isabel que María estaba encinta, cuando no había pasado ni un mes desde la Anunciación? ¿Quién le dijo que la criatura de María era «su Señor»? ¿Quién le dijo que María era «bendita entre todas las mujeres»?

La respuesta a todas las preguntas es la misma: Se llenó Isabel del Espíritu Santo. Él es el protagonista invisible de la escena, Él es quien ilustró a Isabel en el misterio de la Encarnación, Él es quien llenó de gozo el alma de María, Él es quien hizo saltar a Juan en el vientre materno, y Él fue, en definitiva, quien depositó en las purísimas entrañas de la Virgen al Verbo Divino.

El Paráclito es quien trae al alma la noticia de Cristo, quien toma del Hijo y lo comunica al cristiano. Los gozos de María y de Isabel son nuestros, si vivimos en gracia.

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Verdadera Madre

Cuando, desde la Cruz, Jesús, mirando a su madre y al discípulo amado, dijo a María: Ahí tienes a tu hijo, no estaba haciendo un postrer acto de generosidad, ni firmando un decreto de adopción, ni escribiendo un testamento en el que nos legase a su madre como madre nuestra. Todo esto son ideas muy hermosas, pero no hacen honor a la grandeza de la verdad.

Ahí tienes a tu hijo es lo que le dice el médico a la mujer que acaba de dar a luz mientras lo sitúa delante sus ojos emocionados. Las palabras del Señor no pueden interpretarse de otra manera. «Míralo, es tu hijo, acabas de darlo a luz a la gracia y a la vida eterna».

En el Calvario, entre grandes dolores, María alumbró nuevamente a Cristo. Pero, si en Belén lo alumbró a este mundo, en el Calvario lo dio a luz a la eternidad con enorme desgarro interior. Su Hijo nacía como cabeza de un gran cuerpo, y parte de ese cuerpo era Juan y somos nosotros. Allí, en el Gólgota, nacimos a la gracia Juan, tú yo. Y nacimos como hijos de Dios y de María, porque pasamos a ser otros cristos.

(MMI)

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Navidad en plena Cuaresma

llena de graciaTiene gracia esta irrupción premonitoria de la Navidad en plena Cuaresma. Camina el pueblo de Dios hacia el Calvario y, de repente, se planta ante nosotros Gabriel y nos recuerda que faltan nueve meses para Navidad. Abrimos los ojos, cansados del camino, y nos maravillan la Virgen joven, el anuncio gozoso, el Cristo chiquitín encerrado en el vientre de Mamá. Nos restregamos, esperábamos un Jesús crucificado y una Virgen traspasada de dolor. ¿Dónde estamos, realmente?

He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra. En el mismo lugar, una luz distinta sobre el mismo misterio: el de la Redención. Comprenderás mejor en el Calvario si sabes que la Cruz no fue sino consumación de un sacrificio comenzado en Nazaret.

Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, y, en cambio, me abriste el oído; no pides holocaustos ni sacrificios expiatorios; entonces yo digo: «Aquí estoy —como está escrito en mi libro— para hacer tu voluntad (Sal 39, 7-9). El sacrificio del Calvario no es ofrenda de dolor, sino de obediencia. Y esa obediencia comenzó en el vientre de una Virgen que también obedeció. Festeja hoy. Ya sabes cómo unirte al sacrificio. ¿Eres dócil a los consejos del director espiritual?

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