Me hubiera encantado estar presente cuando Jesús multiplicó los panes. Pero tengo la suerte de presenciar cada día un milagro mayor. Luego os cuento.
Lo que de verdad me hubiera encantado hubiera sido estar allí después del milagro. Mezclarme entre los apóstoles y escuchar los comentarios. «Pero ¿cómo lo ha hecho?». Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces. «¿Y has visto todo lo que ha sobrado?». Recogieron doce cestos llenos de sobras.
Pero hay algo que os puedo asegurar: Aquellos cinco mil hombres, al día siguiente, volvieron a tener hambre. Y, más adelante, murieron todos.
Mirad ahora, con mirada de fe, lo que sucede en cada misa. No son cinco panes, sino uno, partido en la Cruz. Y llena todos los altares del mundo entero, son millones de hostias. Mirad cómo desciende el Espíritu Santo sobre cada patena, cómo recuesta sobre cada una al Pan de Vida. Mirad, disfrutad cómo se sacia el alma en la comunión fervorosa y recibe vida eterna el cristiano. Sobrecogeos al conocer cuánto nos ha amado Dios.
Lo sorprendente es que muchos, al terminar la misa de doce, se van al bar tan tranquilos, como si no les hubiera pasado nada.
(TOA18)












