Muchos pasan la vida huyendo de la muerte, como huía, cuando yo era niño, el Correcaminos del Coyote en los dibujos animados, pero con menos suerte. La muerte es un perseguidor más listo que el Coyote, y no usa artilugios marca ACME. Puedes pasar la vida huyendo, y la muerte siempre te atrapará. Habrás fracasado sin remedio.
O puedes darte la vuelta, encarar la muerte, y decidir entregar la vida voluntariamente. Nadie me quita la vida, yo la entrego libremente (Jn 10, 18). En lugar de convertir tu vida en una huida abocada al fracaso, la conviertes en un regalo que entregas a Dios y a los demás. Y lo haces con alegría, sin la angustia de quien siente que le arrebatan la existencia. Y mueres sonriendo, y esa sonrisa es el corolario de tu entrega generosa.
Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto.
Existe una tercera opción: Dejar que otros te quiten la vida. Cuando la entregas tú, aún eres su dueño y decides a quién se la das. Cuando otros te la arrebatan y tú te dejas comer mansamente por Amor, eres hermano de los mártires.
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