Y el agua se volvió camino llano

Hay que agradecer a la Iglesia que proponga este evangelio tan acuático y tan refrescante en medio de los calores de agosto. Aunque no sé si al bueno de Simón le hizo mucha gracia el chapuzón.

El Mar de Galilea es un escenario tremendamente evocador. Entre la orilla del nacimiento y la del Paraíso navegamos sobre las aguas de la muerte. Y, de cuando en cuando, se hace de noche. La noche está llena de fantasmas. La luz se apaga, las tinieblas nos rodean, los temores nos acosan… ¿Cuándo se hará de día?

A la cuarta vela de la noche se les acercó Jesús andando sobre el mar. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, diciendo que era un fantasma. Jesús les dijo enseguida: «¡Áni­mo, soy yo, no tengáis miedo!»

Atraídos por esa voz, miramos al Crucifijo, y vemos a Jesús caminado sobre la muerte y las tinieblas. Su rostro irradia paz. Como la zarza a Moisés, nos dice: «Yo soy».

Mándame ir a ti sobre el agua.

Mientras lo miramos, la noche se vuelve día y las aguas de la muerte camino llano. Entonces decidimos no apartar jamás los ojos de la Cruz.

(TOA19)