Jesús trató por todos los medios de ganarse el corazón de los fariseos. Por eso no escatimó palabras y ejemplos a la hora de explicarles el reino de Dios. No lo logró, porque aquellos corazones estaban endurecidos como piedras, pero nadie podría negar que lo intentó hasta la extenuación.
– ¿Por qué hacéis en sábado lo que no está permitido?
Jesús les habló del rey David, cuya autoridad los fariseos no podían negar, para intentar abrir sus mentes cerradas. Pero si simplemente hubiese querido zanjar la cuestión, le hubieran bastado dos palabras:
– Porque queremos.
Punto. Los fariseos no lo hubieran entendido, habría sido una provocación para ellos. Pero es la verdad. La verdad sobre la libertad de los hijos de Dios. La verdad proclamada por san Agustín con aquel: «Ama y haz lo que quieras».
El hijo de Dios, el cristiano en gracia que ama a Cristo, hace siempre lo que quiere. Come porque quiere, ayuna porque quiere, trabaja porque quiere, descansa porque quiere, entrega su vida porque quiere. Lo cual no significa que haga siempre lo que le da la gana. Hace, muchas veces, cosas que no tiene ningunas ganas de hacer… porque quiere. Es libre, también de la gana.
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