Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

12 septiembre, 2026 – Espiritualidad digital

El perdón de corazón, en cinco pasos

Hay quien tiembla al escuchar el evangelio de hoy. Tras proclamar la parábola de aquel siervo sin entrañas, Jesús sentencia: Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada cual no perdona de corazón a su hermano.

Aquí comienza el temblor. Porque a todos nos han herido, y no siempre podemos estar seguros de haber perdonado. Menos aún, cuando Jesús habla de perdonar de corazón. ¿Puedo estar seguro de haber perdonado «de corazón»? ¿Qué es perdonar de corazón?

Te diré primero lo que no es. Perdonar no es que la ofensa no te duela. No confundas dolor con rencor. «Cada vez que pienso en ello, me duele; luego no debo haber perdonado». Mentira. Eso sólo significa que te hicieron daño, y la herida no ha sanado. Ese dolor no es pecado.

Para empezar, perdonar es querer perdonar. Si quieres perdonar, vas por buen camino. También es renunciar a hacerle pagar la ofensa al ofensor. Demos un paso más: Ofrece el dolor causado por el alma de quien te lo causó. Cuarto paso: reza por quien te hizo daño. Y, en quinto lugar: No tienes por qué intimar con quien te hirió; pero, si se acerca a ti… trátalo bien.

(TOA24)

Homilías «bonitas»

Es como cuando se acerca alguien a la sacristía y dice al sacerdote: «¡Qué homilía tan bonita, padre!». Pero luego sale de la iglesia y hace lo que le viene en gana. La homilía ha sido una experiencia estética. Como cuando vas a un concierto. Pasas un buen rato, pero no cambia tu vida.

¿Por qué me llamáis «Señor, Señor», y no hacéis lo que digo? El Señor sufrió esa impotencia. Habló hasta quedarse sin aliento, y muchos alabaron su predicación, pero apenas nadie le obedeció. Y, desde luego, apenas nadie lo acompañó a la Cruz, donde su predicación fue consumada por el sacrificio de obediencia al Padre.

Quizá me leéis algunos sacerdotes. No confiéis en vuestra predicación, ni siquiera cuando os viene alguien a decir lo mucho que le ha removido. Dios nos libre de las homilías «bonitas» y del movimiento alocado de aguas superficiales que sólo forma olas llenas de espuma. Somos más eficaces por el fervor con que celebramos la Eucaristía que por todas las palabras pronunciadas en el sermón. Porque el fervor del sacerdote ayuda a recogerse al fiel, y ese recogimiento abre las almas para que las palabras del Evangelio y del sermón calen hondo.

(TOP23S)

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