Es como cuando se acerca alguien a la sacristía y dice al sacerdote: «¡Qué homilía tan bonita, padre!». Pero luego sale de la iglesia y hace lo que le viene en gana. La homilía ha sido una experiencia estética. Como cuando vas a un concierto. Pasas un buen rato, pero no cambia tu vida.
¿Por qué me llamáis «Señor, Señor», y no hacéis lo que digo? El Señor sufrió esa impotencia. Habló hasta quedarse sin aliento, y muchos alabaron su predicación, pero apenas nadie le obedeció. Y, desde luego, apenas nadie lo acompañó a la Cruz, donde su predicación fue consumada por el sacrificio de obediencia al Padre.
Quizá me leéis algunos sacerdotes. No confiéis en vuestra predicación, ni siquiera cuando os viene alguien a decir lo mucho que le ha removido. Dios nos libre de las homilías «bonitas» y del movimiento alocado de aguas superficiales que sólo forma olas llenas de espuma. Somos más eficaces por el fervor con que celebramos la Eucaristía que por todas las palabras pronunciadas en el sermón. Porque el fervor del sacerdote ayuda a recogerse al fiel, y ese recogimiento abre las almas para que las palabras del Evangelio y del sermón calen hondo.
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