La dicha que brota de la Cruz
Hay una extraña bienaventuranza en el Apocalipsis: Bienaventurados los muertos, los que mueren en el Señor (Ap 14, 13). Jesús declaró bienaventurados a quienes el mundo tiene por desdichados: Bienaventurados los pobres… Bienaventurados los que ahora tenéis hambre… Bienaventurados los que ahora lloráis… Bienaventurados vosotros cuando os odien… Pero extender esa dicha a los muertos ¿no es llevarlo demasiado lejos?
No lo es. La bienaventuranza del Apocalipsis es el resumen de todas las demás. San Pablo anuncia: Habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios (Col 3, 3).
No se puede gozar la vida eterna si primero no se entrega la vida temporal.
Sé que el cristiano burgués de nuestros días se rebela contra esto. Por eso quieren desplazar la Cruz y arrebatarle el lugar central. No quieren morir. Quieren tenerlo todo en esta vida, y gozar también de la otra. Revisten de prácticas piadosas su vida aburguesada, y se licúan mientras participan en asambleas que no son sino una exaltación del sentimiento. Pero eso no es vida eterna. Es lujuria espiritual.
Mueve la Cruz del centro, tan siquiera un milímetro, y, aunque la reemplaces incluso con una custodia, el resultado será un sucedáneo burgués del cristianismo.
(TOP23X)











