Lo más triste que te puede ocurrir es que confieses que eres cristiano y la gente reaccione como si hubieras dicho que te gusta la colombofilia. Es decir, que no reaccione. Que levantes más pasiones diciendo que eres del Atleti que diciendo que amas a Cristo.
Pero la culpa será tuya. ¿Qué cristianismo estás viviendo? La confesión que has hecho no significa nada, porque no ilumina el misterio de tu vida. Quizá tu vida ni siquiera revista misterio alguno.
Llega Jesús a Nazaret y predica en la sinagoga. Todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de su boca. Menos de diez minutos después, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo echaron fuera del pueblo y lo llevaron hasta un precipicio, con intención de despeñarlo.
Eso es levantar pasiones. Jesús no dejó a nadie indiferente. Se asombraron, lo adoraron, se rebelaron contra Él y lo mataron. Pero nadie se aburrió.
Para empezar, acorta distancias con Cristo, que estás muy cómodo en esa zona de confort. Acércate a Él hasta que te queme. Ámalo apasionadamente. Y vive tu cristianismo con esa pasión. Contágiala a quienes te rodean. Y disponte al martirio.
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