Pedro, un salmo y santa Teresa
Se rebela Pedro. No entiende. Su escándalo es el mismo que el del Job. ¿Cómo puede ser que el justo sufra y sea atormentado en esta vida? Hasta hacía apenas cien años, los judíos creían que la recompensa del justo era una larga vida con abundancia de hijos y de riquezas. ¿Cómo podía Jesús, el hombre más bueno del mundo, anunciar que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado?
¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte.
Pero pasó.
El autor del salmo 72, un judío justo, confiesa que envidiaba a los perversos, viendo prosperar a los malvados. Para ellos no hay sinsabores, están sanos y orondos; no pasan las fatigas humanas, ni sufren como los demás (Sal 72, 3-5). Me encanta lo de «orondos», jajaja. El pecador tan gordo, y yo tan delgado, qué injusticia.
Pero el autor recapacita: ¿No te tengo a ti en el cielo? Y contigo, ¿qué me importa la tierra? (v. 25). Si te tengo a ti, Jesús, no me importa perderlo todo, no lo quiero. «Quien a Dios tiene nada le falta. Sólo Dios basta».
(TOA22)











