Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

13 junio, 2026 – Espiritualidad digital

Parábola del supermercado

Si el templo fuera un supermercado, habría que decir que algunos salen de misa con el carro lleno hasta arriba. Espíritu Santo, consuelos divinos, Pan eucarístico, caridad de los hermanos, paz, alegría… Menos mal que nada de eso pesa. No podrían con tanto. Otros salen con una bolsa medio llena. Otros llevan su pequeña «compra» en la mano. Y otros salen como entraron. Depende de las disposiciones que llevase cada uno. Quien se preparó bien para la Eucaristía llevaba un carro, o varios. Quien llegó justito a Misa y se marchó corriendo, una bolsa. Quien pasó la Misa mirando el reloj… Ésa es la diferencia entre el templo y el supermercado. La bolsa, o el carro, tienes que traerlo de casa. Y lo que lleves, bolsa, carro o bolsillo, te lo llenarán.

Hay otra diferencia: el ticket. No hay. Puedes dejar una limosna en el cestillo, pero no hay ticket. Cuanto recibes es gratis.

Lo extraño es que no haya colas para entrar. Porque muchos no saben que allí se reciben gratis tesoros que el dinero jamás podría comprar. Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos. Hacédselo saber a los hombres.

Gratis habéis recibido, dad gratis.

(TOA11)

Vida contemplativa

Cuando nos hablan de vida contemplativa, rápidamente viene al pensamiento la imagen de una religiosa de clausura postrada ante un sagrario y meditando las Escrituras. Y no vamos errados, eso es vida contemplativa. Ojalá todos, y no solo las religiosas de clausura, contempláramos la palabra de Dios ante el sagrario.

Pero no sólo eso es vida contemplativa.

Su madre conservaba todo esto en su corazón.

¿Qué es «todo esto»? Todo esto es la vida de la Virgen, los acontecimientos que la desbordaban: Un ángel de rodillas ante ella, un Dios recostado en un pesebre, un anciano que le anuncia una espada, un niño que se queda en «las cosas de su Padre» sabiendo que la angustia devoraría el corazón de su madre…

No puede entenderlo. Tampoco lo intenta. Sólo lo guarda, lo contempla, y el Espíritu, poco a poco, lo ilumina. Ella calla y ora.

Y es que no es preciso recluirse en un convento para tener vida contemplativa. Algunas almas están llamadas a la clausura, pero a la contemplación estamos llamados todos. Ante el sagrario… ¡y en la calle! Ante una enfermedad, ante el nacimiento de un hijo, ante la muerte de un ser querido… Contempla, calla y ora.

(ICM)

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