Me cuesta entender a quienes dicen: «Dios debe estar enfadado conmigo». Os confieso que jamás me he sentido mirado por Dios con ira. Iré aún más allá: Ni siquiera me he sentido jamás juzgado por Dios. Sé que el Señor vendrá a juzgar a vivos y muertos, pero todo eso es como si no fuera conmigo. Igual me equivoco, igual soy un temerario. Ni siquiera temo al infierno, aunque la idea del purgatorio me produce una pereza infinita. Temo al purgatorio, pero no temo al infierno.
No juzguéis, para que no seáis juzgados. Leo la frase al revés: «Ya que no eres juzgado, no juzgues». Y la entiendo. No digo que la cumpla, digo que la entiendo. Jesús abrió para mí la puerta de su corazón misericordioso. Soy un pecador, pero soy amigo de Jesús, me sé muy amado por Él. Por eso no temo su juicio, porque es mi amigo. Y, antes de juzgarme, me salvó y me hizo, por su gracia, amigo del Juez e hijo de su Padre.
Ahora me pide que trate así a los demás. Que, ya que tanta misericordia he recibido, la tenga con mis hermanos. Sólo diré que quiero hacerlo. Se lo debo.
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