Llevo tiempo conteniendo la duda al leer esta parábola. Hoy la desataré. Y es que el dueño de la viña parece tonto de remate.
Vale que envíe un criado a los viñadores para percibir la renta. Normal. Pero, una vez que los viñadores lo agarraron, lo azotaron y lo despidieron con las manos vacías, lo siguiente tenía que haber sido enviar a la Guardia Civil. Pues no. Va el tío y les envió de nuevo otro criado; a este lo descalabraron e insultaron. Y después envió a otro y lo mataron; y a otros muchos, a los que azotaron o los mataron. Pero ¿no te enteras? Al menos, envíalos armados con lanzagranadas. Pero no. Y, para colmo, después de todo aquello, les envía ¡a su hijo! Y lo envía pensando: «Respetarán a mi hijo». Pero ¿eres tonto?
Lo terrible es que no es tonto. Es Dios. Y sabe perfectamente lo que va a suceder.
Dios no es como nosotros. Lo que le importa no es la viña, sino los viñadores. Y los ama y los redime como sólo se puede amar y redimir a los malvados: sufriéndolos. Realmente, no quería cobrar. Quería pagar, por sus almas, un precio de sangre.
(TOP09L)











