El amigo alemán

Me he comprado un congelador. Hasta ahí, todo bien. Es –me dicen– un congelador bueno. Mejor todavía. Como parece que todo lo bueno tiene que ser sofisticado, está lleno de botones. Tengo que aprender a usarlo. Pero el manual de instrucciones está en alemán. Y yo no sé alemán. Puedo devolver el congelador. O puedo pedir a un amigo alemán que me lo explique. Es lo que he hecho. Incluso me ha traducido lo esencial. Ahora el congelador no tiene secretos para mí.

Si uno escucha la palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Tus evangelios están en perfecto castellano. Pero, aun así, quizá haya pasajes o frases que no entiendas o te resulten oscuras. Si pasas página, te quedarás sin el tesoro que esa palabra encierra para ti. No te lo aconsejo. Es mejor lo del amigo alemán.

Primero, siéntate ante un sagrario y pide al Espíritu el don de entendimiento para comprender esa palabra. Guarda silencio y escucha en tu interior. Y, muchas veces, la palabra se abrirá ante ti. Pero, si no sucede, acude al confesor para que te lo explique. No tienes un amigo alemán, tienes dos. Aprovéchalo.

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