De Juan bautista dirá Jesús que es el mayor de los nacidos de mujer (cf. Mt 11, 11). Preguntémonos en qué consiste esa grandeza, qué es lo que hace realmente grande a un hombre. Porque muchos de los considerados «grandes hombres» por el mundo no son sino un recuerdo, polvo y ceniza, mientras Juan reina con Cristo en el cielo.
Zacarías pidió una tablilla y escribió: «Juan es su nombre». La grandeza de Juan reside en que Dios trazó el plan de su vida antes incluso de que fuera concebido. Y ese plan se cumplió punto por punto, como cuando, al principio de los tiempos, llamó Dios a la luz y la luz se hizo.
Pero hay una diferencia entre la luz del sol y la voluntad de un hombre. Un hombre es un ser libre, misteriosamente capaz de decir «no» a su Creador. El cumplimiento del plan de Dios sobre Juan requería de su docilidad. Y Juan fue dócil, dócil hasta el extremo, hasta la muerte violenta asumida por amor.
No podemos hacernos una idea de las maravillas que haría Dios con nosotros si fuéramos dóciles. Porque es la docilidad del hombre la que permite a Dios hacernos grandes.
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