El mayor bien que podemos hacer
La llaman la regla de oro: Todo lo que deseáis que los demás hagan con vosotros, hacedlo vosotros con ellos. Tiene más formulaciones, pero todas llevan a lo mismo. Y todas me llevan a preguntarme: ¿Qué quiero que los demás hagan conmigo? ¿Quiénes me han dado más, a lo largo de mi vida?
No tengo que pensar la respuesta: Quienes más me han dado han sido quienes me han hablado de Dios. Empezando por mis padres, mis catequistas, mis maestros en la fe. Y un puñado de sacerdotes que me hablaron apasionadamente de Cristo, y a quienes no olvidaré jamás, ni en la tierra ni en el cielo. Por eso, si me invitaran a pedir a los hombres una sola cosa, les suplicaría: «¡Dadme Cristo!».
Sí. Creo que el mayor bien que podemos hacer a los hombres es hablarles de Cristo. Sé que hay vientres que llenar, y haremos lo posible por erradicar el hambre y la pobreza material. Pero me rebelo contra quienes dicen: «Llénales primero el estómago, y háblales de Dios después». Ése es el Dios de los ricos y satisfechos, un ídolo burgués. Nuestro Dios es el de las bienaventuranzas. Bendice primero la mesa, y después come.
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