Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

Fiestas de los santos – Página 3 – Espiritualidad digital

La verdadera castidad

La búsqueda incansable de la verdad llevó a Edith Stein al bautismo, del bautismo al Carmelo, del carmelo al martirio, y del martirio al cielo, donde consumó su unión con Cristo, la Verdad.

El reino de los cielos se parece a diez vírgenes que tomaron sus lámparas y salieron al encuentro del esposo.

Especialmente en una fiesta como ésta, la lámpara encendida es la castidad de las vírgenes. Por eso dijo el Señor que los limpios de corazón verán a Dios. Porque la lujuria es barro en los ojos, mientras la castidad convierte en cristalina la mirada del corazón.

Los insensatos piensan que la castidad es mutilación que priva del amor al hombre. Pero es la lujuria la que pervierte el amor. La castidad sublima el amor hasta alturas divinas, y sus gozos son deleites de cielo. Porque la castidad verdadera no es mera abstinencia. Es el vuelo del corazón que lo lleva a una relación espiritual de amor con Cristo, un amor que está por encima del egoísmo de la carne. Y ese amor se desborda después en caridad hacia los hermanos. Nadie ama tanto como aman las almas castas. Nadie ama mejor que ellas. Porque aman como Dios.

(0908)

Quisiera ser Betania

esa vozA mí no me gusta sufrir. Y espero que a ti tampoco, porque, si te gusta sufrir, igual tienes que visitar a algún especialista. A mí me gusta celebrar Misa, me gusta rezar, me gusta cenar tranquilo viendo una serie de televisión, me gusta el buen cine, me gusta leer… Todo eso me descansa. Pero sufrir me quita la vida, cómo va a gustarme. Si hay que sufrir, me abrazo al Crucifijo y ahí me las den todas, que hay mucho Amor en esa Cruz. Pero gustarme, lo que se dice gustarme…

A Jesús, que era perfecto hombre, tampoco le gustaba sufrir. Le gustaba, por ejemplo, ir a Betania, a casa de Marta, María y Lázaro. Allí hablaba del Padre entre amigos, allí comía bien, allí recibía cariño, allí descansaba. No huyó ante el sufrimiento, lo abrazó en la Cruz y, gracias a eso, podemos nosotros sufrir con Él. Pero gustarle, lo que se dice gustarle… le produjo pavor y angustia.

Yo quiero –y tú también– que a Jesús le guste estar conmigo. Quiero ser Betania para Él, ya que tantas veces fui Calvario. Quiero que descanse cada vez que comulgo. Quiero ser Marta, María y Lázaro a la vez.

(2907)

Joaquín, Ana y mi sobrina

Tengo una sobrina de quince años enamoradiza. Da como miedo. Le pregunto si uno de los chicos de los que se ha enamorado sabe que está loca por él y me responde: «No sabe que lo sabe, pero lo sabe. No sé si me explico»… En fin, que así se explica mi sobrina.

Y me viene al pelo, además hoy es su santo. Porque a Joaquín y Ana se les aplica de maravilla el galimatías de la adolescente irredenta que tengo por sobrina.

¿Sabían Joaquín y Ana que su hija era inmaculada? ¿Sabían que su nieto era nada menos que Dios hecho hombre?

Sabían, desde que María nació, que esa niña era más del cielo que de la tierra. Sabían que en sus ojos había claridades nunca vistas. Sabían que su hija guardaba en el pecho un corazón resplandeciente de pureza y humildad.

Sabían, desde que conocieron a su nieto, que aquel niño no era como los demás. Sabían que estar con el pequeño Jesús era estar en el cielo. Sabían que, cuando se marchaba de su casa, hubieran querido retenerlo para que no se fuese.

Por tanto, que responda mi sobrina: No sabían que lo sabían… pero lo sabían.

(2607)

Santiago «el mayor»

Aquí en España (no sé si también en Hispanoamérica) lo llamamos «Santiago el mayor». El otro, pobrecito, ha quedado como Santiago «el menor». Y eso que era primo de Jesús. Pero igual era bajito.

Habrá que reconocer que consiguió lo que quería. O, al menos, lo que quería mamá: Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda. Quería que su hijo fuera «grande», y ahí lo tenemos. No grande, sino «el mayor».

El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor. En lo que mamá se equivocaba era en el camino. Quería que su hijo alcanzara la grandeza con una vicepresidencia del gobierno supuestamente instaurado por Jesús. Pero Cristo no instauró ningún gobierno terrenal.

Cristo reina desde esa cruz en la que se hizo el último de los hombres. Y Santiago es «el mayor» porque fue el primero entre los apóstoles en unirse a esa cruz y derramar su sangre por Él.

Ojalá desprecies los honores terrenos y aspires tú también a esa grandeza. Ojalá te apresures a hacerte el último allí donde estés. Ojalá encuentres la dicha en un abrazo amoroso a la Cruz.

(2507)

Quién mueve la Iglesia

El siglo XIV es un siglo terrible en la Historia de la Iglesia. Los papas vivían lejos de Roma, en Avignon, refugiados allí por temor a sus enemigos. Y su vida no era, precisamente, ejemplar.

Un historiador dirá que la vuelta de los papas a Roma se debe a la visita que santa Catalina hizo a Gregorio XI y a las numerosas cartas que santa Brígida envió a Avignon.

Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. De nada hubieran servido mil cartas y la visita de todos los embajadores si no hubiera habido detrás un misterio de santidad. Porque no fueron las cartas ni la visita, fue la santidad de Brígida y de Catalina la que, sirviéndose de ambas cosas, devolvió a Roma su curia.

La Iglesia no la mueven los papas. La Iglesia la mueven los santos. Ellos, con su vida, insuflan sangre nueva y limpia en el cuerpo de Cristo. Ellos cambian el mundo.

A ver si te animas. No tienes ni idea de lo que puede hacer Dios contigo si te decides, de verdad, a ser santo.

(2307)

María y el Cantar de los Cantares

Si queréis conocer a María Magdalena, la encontraréis en el Cantar de los Cantares. Ese libro es todo suyo. Y de Cristo.

En mi lecho, por la noche, buscaba al amor de mi alma; lo buscaba, y no lo encontraba. «Me levantaré y rondaré por la ciudad, por las calles y las plazas, buscaré al amor de mi alma» (Ct 3, 1-2).

Es fuerte el amor como la muerte, es cruel la pasión como el abismo; sus dardos son dardos de fuego, llamaradas divinas. Las aguas caudalosas no podrán apagar el amor, ni anegarlo los ríos (Ct 8, 6-7).

He gastado mucho espacio en citas, pero vale la pena. No hay comentario mejor. Porque si María, en ese domingo de aparente derrota, madruga, sale de casa, llora, deja atrás a los mismos ángeles y se echa a morir junto a un sepulcro, no lo hace sino movida por el amor. Un amor apasionado, inconmensurable, que quizá nació el día en que Jesús arrojó de ella a siete demonios. De otros ha arrojado setenta, y se conforman con un padrenuestro por las noches y la misa del domingo.

Aprende de ella. No te quedes a distancia. Abrásate en amor de Cristo.

(2207)

A todas las cosas

san benitoPara entender la vida de san Benito, como la de otros santos, debemos mirarla en el espejo roto del joven rico. Y saborear ese «prefiriendo tu amor a todas las cosas» que nos regala la oración Colecta de la misa de hoy.

Cuando aquel joven rico preguntó a Jesús qué tenía que hacer para heredar vida eterna, Jesús lo invitó a dejarlo todo y seguirlo. Pero el joven, que concebía la vida eterna como una prolongación de esta vida temporal, decidió que no quería vivir eternamente sin sus bienes.

Todo el que por mí deja casa, hermanos o hermanas, padre o madre, hijos o tierras, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna. La vida eterna no es una prolongación de la vida temporal. Es el Amor de Dios, gozado hoy y siempre. En la respuesta de san Benito, quien prefirió ese Amor a todas las cosas, comprendemos que es preciso cortar todas las amarras que nos atan a este mundo para saborear las dulzuras celestiales.

¿Qué te impide disfrutar de la oración, o de la Misa? Tus preocupaciones, tus prisas, tus urgencias… ¡las cosas! ¿Serás capaz de soltarlas, de preferir el Amor de Dios a todas las cosas?

(1107)

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