Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

Fiestas de los santos – Página 4 – Espiritualidad digital

Ver, creer, besar

Me encanta cómo besan los niños la imagen del Niño Dios al terminar la misa. Es verdad que me lo dejan perdidito de babas, pero cuánta naturalidad hay en esos besos infantiles. Papá o mamá, que los traen en brazos, dejan en los pies de Jesús un beso contenido. Y luego dicen al pequeño: «Dale un beso al Niño Jesús». Y el niño se lanza sin miedo a besar como besa a sus padres. ¡Qué sería de los niños sin las imágenes! Un pequeñín no puede entender a un Dios invisible, pero disfruta contemplando el Belén.

Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Eso mismo hace el niño: ve y cree. Ve con sus ojitos la imagen de Jesús y besa como quien realiza el más conmovedor acto de fe.

Hasta que el Hijo de Dios vino a la tierra, hacer imágenes del Altísimo era un pecado. Pero la vida eterna que estaba junto al Padre se nos manifestó (1Jn 1, 2). El Hijo se dio la vuelta, nos miró y se dejó ver. Por eso la Navidad es de los niños, por eso en Navidad se reza con los ojos.

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“Misterios de Navidad

Hoy nos han tendido una escalera

Hoy en Belén nos ha tendido Dios una escalera. Y en su peldaño más bajo, tan bajo que debemos agacharnos para alcanzarlo, hay un pesebre sobre el que está un niño recostado.

El que persevere hasta el final, se salvará. Perseverar hasta el final comienza hoy. Se trata de abrazar a ese niño y no soltarlo hasta que hayamos ascendido a la cima por esa escalera.

Peldaño a peldaño, subiremos un monte, el Calvario, y entonces nos abrazaremos fuerte fuerte, para atravesar, pegados a Él, dificultades, persecuciones, y la misma muerte. No temeremos, Jesús viene con nosotros. Y del mismo modo que Él dirá: Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu (Lc 22, 46), diremos nosotros, con Esteban: Señor Jesús, recibe mi espíritu (Hch 7, 59). Nosotros se lo damos a Él, y Él se lo entrega al Padre. Son los últimos peldaños. Cuando, unidos a Jesús, entreguemos la vida, llegaremos al cielo, a la cumbre.

Y todo, ya lo ves, empieza hoy. Podrías ir entrenando y, antes de decirle en la Cruz «recibe mi espíritu», decirle, en el pesebre, lo que aprendiste de pequeño: «Por eso te quiero tanto y te doy mi corazón. Tómalo, tuyo es, mío no».

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“Misterios de Navidad

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