Lirbos de José-Fernando rey ballesteros

Cuaresma – Página 2 – Espiritualidad digital

Los del aceite

¿Cuándo fue la última vez que escuchaste decir a alguien, en medio de una discusión: «Tienes razón; me has convencido; estaba equivocado»? ¿Lo has dicho tú alguna vez?

Cuando dos personas discuten, las pasiones se encienden, y el deseo que las mueve no es el de obtener luz, sino el de quedar por encima, como queda el aceite por encima del agua. Nada hay más peligroso que tener razón. Cuando un hombre cree tener la razón, se siente autorizado a golpear con su razón el cráneo de su hermano.

Jesús, que es la Verdad, tenía razón. Y no se la dieron. Me refiero a los del aceite, a los de siempre, quizá a ti y a mí, no sé… Pero lo asombroso es que el deseo del Señor no era el de quedar «por encima», sino el de servir. No veo a mucha gente que discuta por servir, salvo a los padres que intentan convencer a sus hijos sobre el buen camino.

Si digo esto es para que os salvéis. El problema de llevar la contraria a quien te dice palabras de vida es que podrás quedar por encima, como el aceite, pero acabas de condenarte a muerte. Pobre idiota.

(TC04J)

Palabras que resucitan muertos

¡Qué palabras tan misteriosas, las de Jesús!: Llega la hora, y ya está aquí, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que hayan oído vivirán. Parece hablar de la resurrección de Lázaro, pero Lázaro aún no había muerto cuando Jesús pronunció estas palabras.

Indudablemente, en Lázaro se cumplieron al pie de la letra. Estaba muerto, escuchó la voz de Cristo, y resucitó… pero volvió a morir.

Más que para él, estas palabras están dichas para nosotros. Quizá estemos más muertos de lo que creemos, si no tenemos vida eterna. Y, desde luego, escuchamos voces. Las escuchamos todo el rato. El malvado escucha en su interior un oráculo del pecado (Sal 36, 2). Eva pecó y murió por escuchar a la serpiente. Y la vida eterna se alcanza cuando el alma escucha la voz de Dios.

Ten cuidado con lo que escuchas. Y vigila bien a quién haces caso. Porque las palabras que acoges en el alma te matan o te dan vida.

Abre la Escritura; acoge la Palabra del Hijo. Guárdala en la memoria. Repítela en el pensamiento. Escúchala en lo profundo del corazón, y algo que hay muerto en ti alcanzará vida eterna.

(TC04X)

El paralítico y Schopenhauer

algo peorNo es necesario tener fe para pensar. Aristóteles no tenía fe, y pensaba. Schopenhauer, que tampoco tenía fe, se exprimió las neuronas y dijo que el destino del hombre sobre la tierra era pasar del sufrimiento al aburrimiento, y del aburrimiento al sufrimiento. Sufres porque no tienes lo que deseas y, cuando logras poseerlo, te aburre; entonces vuelves a sufrir porque deseas algo más… ¿No es lo mismo que decir que en el corazón del hombre hay una sed que nada en este mundo puede saciar?

Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se remueve el agua. Ese enfermo es la imagen viva de la impotencia del corazón humano. Treinta y ocho años anhelando una salud que él no podía procurarse a sí mismo.

Todo hombre es radicalmente pobre. Desea una felicidad que no puede obtener por sus medios. Sólo quien encendió en él ese deseo, quien alumbró en él esa sed, puede saciarla.

Si no crees en Dios, al menos creerás en tu sed. ¿Quién la ha puesto en tu corazón, si el agua no existe? Parece raro, ¿no? Anda, sigue pensando. Y quizá la propia sed te lleve al agua; al agua viva.

(TC04M)

Palabras y silencios

Dice la Escritura que la palabra del Señor hizo el cielo; el aliento de su boca, sus ejércitos (Sal 33, 6). Por eso no debe extrañarte, si esa palabra crea mientras pronuncia, que a la misma hora en que Jesús (la Palabra) dijo al funcionario: Anda, tu hijo vive, quedara sano el muchacho.

Pero Dios, amigo mío, también calla. Dentro de unos días contemplaremos cómo el Verbo divino, clavado en la Cruz, se agota hasta el silencio. Si sabes escuchar las palabras del Señor, ¿sabrás también escuchar sus silencios?

«¡Padre, Dios no me habla! ¡Le pido, y no responde! ¡Le llamo, y no contesta!»… Más que nunca deberías escuchar ahora. Con ese silencio, Dios te está hablando más que si te gritase al oído.

Me enamoran los silencios de Dios. Me duelen, pero me enamoran. Hay que sumergirse en ellos, es preciso adentrarse en su callada elocuencia. Mientras calla, Dios mira. ¡Y cómo mira! Porque, en la Cruz, ese Dios callado no te da palabras; te da su Palabra. Y te salva. Hay más vida en un silencio de Cristo que en todos los sermones de los evangelios.

Hasta que no aprendas a escuchar los silencios de Dios, no entenderás.

(TC04L)

Emocionado, sincero y continuado

Al cuarto domingo de Cuaresma la Iglesia lo llama «laetare», que significa: «¡Alegraos!».

¡Pues, venga! ¿A qué esperas? ¡Alégrate!… Entiendo; necesitas un motivo. ¿Cómo lo quieres, grande o pequeño? Te daré el más grande. Lo que más alegra la vida del hombre sobre la tierra es el amor. Un «te quiero» emocionado, sincero y continuado es una fábrica de felicidad.

Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Unigénito. ¡Ahí lo tienes! El «te quiero» más grande de la Historia. Y te aseguro que lleva tu nombre y tus apellidos. Pero no te conformes con escucharlo: míralo.

Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre. Mira al Crucifijo como miraban los hebreos a la serpiente. Y, por detrás, escucha: «Tanto te ha amado Dios».

Escucha al Apóstol, mientras sigues mirando a la Cruz: Dios, rico en misericordia, por el grande amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho revivir con Cristo (Ef 2, 4-5).

¿No te alegras? Pues sigue mirando hasta que te alegres; porque, si no te alegra el Amor de Dios, ¿qué iluminará tu vida?, ¿con qué bagatela te consolarás?

(TCB04)

Los dos de siempre

Contemplemos, sobreimpresas, dos escenas evangélicas.

El fariseo, erguido, oraba así en su interior: «¡Oh, Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano». ¿Veis con qué insolencia trata a Dios? Está erguido, mira a Yahweh de igual a igual… ¡Yo lo valgo!

Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros» (Lc 23, 39). ¿Lo reconocéis? «Tú eres bueno, y yo no soy tan mal tipo. ¿Qué hacemos aquí? Bájate de la Cruz y bájame a mí».

El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: «¡Oh, Dios!, ten compasión de este pecador». Mirad cómo reconoce sus culpas; contemplad con qué respeto le habla a Dios.

Nosotros, en verdad, lo estamos justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio, este no ha hecho nada malo». Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino» (Lc 23, 41-42). ¿Lo reconocéis? ¿Verdad que sí?

Sólo uno llegó al Cielo. Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquel no.

(TC03S)

Algo más que chocolate

La palabra «sacrificio» suena dura. La emparentamos con «dolor». ¡Cuántos sacrificios hay que hacer! Mira qué «sacrificado» es mi Torcuato, que le duelen los callos y no se queja nada nada.

Pero «sacrificio» significa ofrenda a Dios, tomar lo profano y convertirlo en sagrado en un acto de entrega. Un «te quiero» lanzado al Cielo es un sacrificio. ¿Te ha dolido?

Con todo, ¿cuál es el sacrificio que Dios quiere? Hay un porcentaje importante de la población católica convencido de que a Dios le gusta, sobre todo, el chocolate. Parece el sacrificio cuaresmal más frecuentado: «En Cuaresma no tomaré chocolate». Y está bien, bravo por ti, ojalá lo cumplas, yo miro los estantes de Mercadona y en Cuaresma veo más tabletas que nunca. La gente no lo compra, se sacrifica.

Es mucho, pero no es bastante. Te diré el sacrificio que Dios quiere: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu mente, con todo tu ser. Más allá del chocolate y del «te quiero», por encima de los dulces y las palabras, Dios quiere ofrenda de amor. Cristo se la ha presentado al Padre en la Cruz, y desea que entregues tu vida en ese altar.

(TC03V)

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