Evangelio 2022

Cuaresma – Página 2 – Espiritualidad digital

Palabras de vida eterna

Volvían los guardias del Templo con las manos vacías. Los sumos sacerdotes los habían enviado a prender a Jesús, pero ellos, al escuchar al Señor, habían quedado cautivados por sus palabras. Jamás ha hablado nadie como ese hombre. Enfurecidos, los fariseos exclamaron: Esa gente que no entiende de la ley son unos malditos.

Vuestras palabras os condenan. Porque si vosotros realmente entendierais de la ley, habríais creído en Jesús, ya que toda la ley apunta a Él. Sin embargo, esas personas sencillas, al escuchar al Señor, descubrieron la ley inscrita en sus corazones, y se conmovieron, porque las palabras de Cristo iluminaban lo más profundo de su ser. No eran malditos, sino benditos por el propio Hijo de Dios: Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños (Mt 11, 25).

 Aquellos benditos soldados dijeron la verdad. Jamás hombre alguno ha hablado, ni hablará, como Jesús. Guarda sus palabras, memorízalas, repítetelas interiormente muchas veces durante el día, saboréalas, y deja que alumbren vida eterna en tus entrañas. Otro hombre sencillo dijo: Tú tienes palabras de vida eterna (Jn 6, 68).

(TC04S)

¿Nos conocemos, Señor?

Cuando en la Biblia aparece el verbo «conocer» hay que estar alerta. No es lo mismo que cuando alguien dice que conoce Motilla del Palancar o la bibliografía de Chejov. En la Biblia se conoce de otra manera. Adán conoció a Eva, y nació Caín. Y en un salmo se dice que Dios nos sondea y nos conoce, es decir, que nos conoce sondeándonos, como acariciándonos por dentro.

El libro de la Sabiduría dice que los impíos desconocen los misterios de Dios (Sab 2, 22). Quiere decir que no han sido admitidos a la intimidad de Yahweh, está cerrada para ellos. Y cuando Jesús dice a los judíos: A mí me conocéis, inmediatamente añade, para que no se confundan: Conocéis de dónde vengo. Es decir, «no me conocéis, sólo os han contado mi lugar de nacimiento». Seguidamente, habla de su Padre: A ese vosotros no lo conocéis; yo lo conozco.

Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y al que tú has enviado: Jesucristo (Jn 17, 3).

Ya lo ves: uno se salva, no por lo que sabe ni por lo que hace, sino por lo que conoce, como se conoce en la Biblia.

(TC04V)

¿Por qué no acabamos de creer?

El gran reproche de Jesús a los judíos es que no creen: Al que el Padre envió no lo creéis… ¿Cómo podéis creer vosotros?… Si creyerais a Moisés, me creeríais a mí… ¿Cómo vais a creer en mis palabras?

Quien tantas veces repite lo mismo no grita, se desgañita. Jesús se está desgañitando porque ama, y sabe que, si el hombre no cree en Él, no puede salvarse, está perdido.

Escuchémosle, dejemos que sus palabras se prolonguen con un eco en nuestras almas mientras nuestros ojos se clavan en la Cruz:

«Vengo a salvaros, y me crucificáis. Vengo a traeros vida, y me dais muerte. Y todo porque vais a lo vuestro, porque no queréis cambiar de vida, porque no queréis acogerme como vuestro único Salvador, y seguís buscando la salvación en vuestro capricho. Por eso no creéis, porque no queréis renunciar a lo vuestro para recibirme a Mí».

Lloremos, y respondamos: «Oh, Jesús, no te he creído sino a medias. Con una mano tomaba la tuya, mientras la otra, temblorosa, seguía aferrada a mi capricho por si acaso Tú no eras verdad. Hoy quiero poner mis dos manos, mis dos oídos en Ti, y no retirarlos jamás. Quiero creer».

(TC04J)

Gritará el Pastor desde lo alto

A su madre le dijo Jesús en Caná: Todavía no ha llegado mi hora (Jn 2, 4). Hoy, por dos veces, exclama: Llega la hora… Viene la hora…

Será Miércoles Santo en dos semanas. Y estaremos a las puertas de esa hora. Cuando, al fin, llegue, un surtidor de vida eterna se abrirá en el costado abierto del Salvador.

Y Jesús, dando un fuerte grito, expiró (Mc 15, 37).

Llega la hora, y ya está aquí, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que hayan oído vivirán… Viene la hora en que los que están en el sepulcro oirán su voz. Momentos antes, Jesús había aludido a quienes escuchen su palabra. Sin embargo, cuando se refiere a su hora, habla de quienes oigan su voz. Lo entenderemos mejor si recordamos estas otras palabras del Señor: Mis ovejas escuchan mi voz (Jn 10, 27).

La oveja no sabe lo que dice el pastor, no entiende sus palabras, pero oye su voz, la conoce, y lo sigue. Subido a la Cruz, el buen Pastor gritará para llamar a sus ovejas. Quienes acojan esa voz en lo profundo de sus corazones y se acerquen a Él vivirán.

(TC04X)

Me tienes a Mí

Al amanecer del género humano, cuando el primer hombre sobre la tierra aún se desperezaba, Dios lo miró y se dijo: No es bueno que el hombre esté solo (Gén 2, 18).

Miles de años después, cuando el Hijo de Dios bajó a una tierra herida de muerte, un enfermo que llevaba postrado en tierra treinta y ocho años le dijo: Señor, no tengo a nadie. Y Jesús, como en aquel amanecer primero, se compadeció: Levántate, toma tu camilla y echa a andar. Pero, tras estas palabras, latía un mensaje infinitamente más consolador que la curación de unas piernas heridas: «Me tienes a Mí».

No peques más, no sea que te ocurra algo peor. Y, de nuevo, un mensaje oculto y manifiesto: «No te separes de Dios, y jamás estarás solo. Pero, si pecas, aunque cuentes con todo el afecto de todas las criaturas para ti, tu soledad será terrible».

«Me tienes a Mí». Mira al Crucifijo. Él ha descendido a tus soledades, a tus temores, a tus sombras, a tus lágrimas… ¡a tus pecados!, para ofrecerte su mano llagada. Tómala, y Él no te abandonará. No lo abandones tú a Él. No es bueno que el hombre esté solo.

(TC04M)

Comienza la ascensión

Pasadas las tres primeras semanas de Cuaresma, aparece en nuestro camino el guía que nos llevará de la mano al Calvario y después nos servirá los dulces manjares de la Pascua: San Juan evangelista. Tomaremos hoy su mano, y ya no la soltaremos hasta Pentecostés.

Señor, baja antes de que se muera mi niño. Como este funcionario, cientos de hombres se acercaron a Jesús para que los librase de la enfermedad y la muerte. Jesús curó a muchos, y al funcionario le dijo: Anda, tu hijo vive. Pero aquellos milagros tenían fecha de caducidad. Todos los curados murieron.

Nosotros, ahora, nos acercamos a Jesús crucificado, cubierto Él mismo de muerte, para que nos libre del pecado y de las penas eternas. Las palabras: Anda, tu hijo vive serán reemplazadas por el hoy estarás conmigo en el Paraíso (Lc 23, 43) prometido al buen ladrón.

Si no veis signos y prodigios, no creéis. El signo que veremos será la Cruz. Y san Juan nos prestará sus ojos para que la fe nos muestre allí el manantial de vida eterna y misericordia que saciará nuestras almas. No retires, en adelante, tu mirada del Crucifijo. Hemos comenzado la ascensión. Nos espera el Amor.

(TC04L)

La parábola escondida en la parábola

En la parábola del hijo pródigo aparece un cabrito. Tira de él como tirarías de un ladrillo suelto en una pared y descubrirás, tras esa pared, el escenario de una parábola escondida: la del joven y el cabrito.

En tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos. Hacía más de un año que pidió a su padre un cabrito para celebrar una fiesta. Y el padre, juzgando que no le hacía bien al chico presumir de sus riquezas ante sus amigos, se lo negó. El hijo calló por fuera, pero renegó interiormente de su padre.

Su padre lo amaba, nada le faltaba, tenía comida en la mesa y un lecho donde dormir. Pero era incapaz de disfrutar de su fortuna, porque aquel cabrito se lo impedía.

Dime: ¿Por qué, cuando algo no sale a nuestro antojo, olvidamos tanto Amor de Dios, tantos dones, tantas gracias como recibimos, y nos encerramos en nuestro pesar? ¿No estamos siendo injustos con Dios y con los demás? Saca los ojos de ese charco de sombra, y déjate bañar en el océano de luz que te rodea.

(TCC04)

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