Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

Cuaresma – Página 2 – Espiritualidad digital

Cristo es de los curiosos

No eran los primeros en cometer ese error. Cuando Nicodemo les dijo: ¿Acaso nuestra ley permite juzgar a nadie sin escucharlo primero y averiguar lo que ha hecho?, respondieron: De Galilea no salen profetas. Algo parecido había replicado Natanael, cuando Felipe le anunció que había encontrado al Mesías: ¿De Nazaret puede salir algo bueno? (Jn 1, 46).

De Nazaret, y, por tanto, de Galilea, salió la Virgen santísima, que es más que todos los profetas juntos. Y de Nazaret salió José, que es patriarca. Pero Jesús no había nacido en Nazaret, sino en Belén, la ciudad del rey David.

De todas maneras, la distancia entre Natanael y los fariseos era inmensa. Porque cuando a Bartolomé le dijo su hermano: Ven, y verás (Jn 1, 47), él se fio, fue, vio, y creyó. Pero los fariseos se volvieron cada uno a su casa.

Que se alegren los que buscan al Señor (Sal 105, 3). Quienes todo lo saben no pueden encontrar a Cristo. Quienes no tienen nada que aprender no pueden encontrar a Cristo. Quienes se encierran en su casa, en sí mismos, no pueden encontrar a Cristo. Cristo es de lo curiosos, de quienes buscan sana y humildemente la verdad.

(TC04S)

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El Crucifijo no se toca

El misterio entra por los ojos, y se profana con las manos. Quiere ser contemplado en actitud de sobrecogimiento y éxtasis. Pero, cuando el hombre intenta manipularlo, el misterio, ante ese ultraje, se desvanece y huye. Por eso nuestra generación ha perdido la capacidad de éxtasis: quiere manipularlo todo, la vida y la muerte, porque se resiste a admitir la existencia de algo mayor que el propio hombre. Tanto peor para ella: una humanidad incapaz de arrodillarse es presa de su propia ceguera.

Intentaban agarrarlo; pero nadie le pudo echar mano, porque todavía no había llegado su hora. He aquí el verdadero rostro de la Pasión de Cristo, que es el rostro que esconde todo pecado: el hombre quiso «agarrar», «echar mano» al propio Dios, del mismo modo que ha querido apoderarse del misterio de su propia vida y manipularlo. La voz de Satanás le cautivó: Seréis como dioses (Gén 3, 5).

Sólo de rodillas podemos acercarnos al misterio de Cristo. Estos días deben ser días de postración, de mansedumbre, de obediencia, de humildad, de sencillez, de contemplación. El Crucifijo no se toca: se mira, como lo miró la Virgen. Cristo es mi Redentor, no un instrumento en mis manos.

(TC04V)

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¿Quieres ir a Él?

Jesús te está llamando desde la Cruz. Su voz se deja oír a dos semanas de distancia. Dentro de dos jueves, será Jueves Santo.

Si yo doy testimonio de mí mismo, mi testimonio no es verdadero. Hay otro que da testimonio de mí, y sé que es verdadero el testimonio que da de mí. La controversia entre Cristo y los judíos está plagada de acusaciones mutuas. Pero, mientras los fariseos cubrieron al Señor de calumnias, las acusaciones que Jesús vertió sobre ellos eran verdaderas y terribles:

Estudiáis las Escrituras pensando encontrar en ellas vida eterna; pues ellas están dando testimonio de mí, ¡y no queréis venir a mí para tener vida!

¿Y tú? ¿Quieres? Jesús te llama. ¿Quieres ir a Él? Si me preguntas cómo, te responderé, con san Agustín, que el camino para ir a Él es Él mismo. Pero, si prefieres, te lo concreto aún más:

Medita, durante estas dos semanas, la Pasión del Señor. Y, conforme la meditas, procura imitar lo que ves en Él: su paciencia, su mansedumbre, su misericordia, su perdón, su obediencia, su entrega… Así, cuando llegue el triduo pascual, te encontrarás allí, en primera fila, con María y con Juan. Y tendrás vida.

(TC04J)

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¿Podré darte, al menos, lástima?

algo peorMe hubiera gustado ver los ojos de aquel pobre hombre, postrado en tierra durante treinta y ocho años, cuando, tras preguntarle Jesús si quería quedar sano, le respondió:

Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina.

Me hubiera gustado ver la impotencia en su mirada, en esas pupilas que, desde el suelo, mirando hacia arriba, le decían al Señor mucho más de lo que hablaba la lengua: «¡Señor! ¡Si yo quiero! Pero… mira cómo estoy. ¿No te doy lástima?».

Fueron los ojos del paralítico, no sus palabras, los que conmovieron las entrañas de Jesús.

Hoy quisiera yo rezar con esos ojos. Y mirar al Señor como un pobrecillo, cubierto de pecado y de miseria, incapaz de limpiarse a sí mismo y de dar un paso más allá de sus estrechas fronteras. Con mi mirada quisiera decirte, Jesús: «¡Si yo quiero! Quiero hacer tu voluntad, quiero darte gloria con mi vida, quiero caminar en tu presencia, quiero entregarte mi corazón por entero, quiero ser tuyo hasta en los pliegues más íntimos de mis entrañas… ¡Pero no lo sé hacer! Hace años que quiero todo eso, y aún no te he dado apenas nada. ¿Podré darte, al menos, lástima?».

(TC04M)

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Cuando no vemos…

Cuando hay una situación de enfermedad, la salud del cuerpo se nos muestra como más urgente y acuciante que la del alma. Nos provoca más miedo y angustia la pérdida de la salud, o de la vida temporal, que la devastación provocada por el pecado en los espíritus. No cabe duda de que el cuerpo grita más que el alma cuando muere.

Los galileos lo recibieron bien, porque habían visto todo lo que había hecho en Jerusalén durante la fiesta. Como Jesús había curado enfermedades en Jerusalén, fue recibido en Galilea como un benefactor de la Humanidad.

Señor, baja antes de que se muera mi niño. Y Jesús responde: Si no veis signos y prodigios, no creéis.

Si vemos signos y prodigios, si el Señor cura a los enfermos y alivia el sufrimiento de los familiares, creemos. Pero esa fe siempre tendrá que preguntarse por su objeto: ¿Es a Dios a quien rezas, o buscas un brujo que espante el fantasma de la muerte?

Me pregunto si somos capaces de creer cuando no vemos; cuando los enfermos no se curan; cuando la muerte y el sufrimiento nos cubren con su manto de tinieblas.

Me pregunto si creemos en Jesús crucificado.

(TC04L)

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Una Vigilia diferente

No sé si podréis acercaros, dentro de tres semanas, a la Vigilia Pascual, para romper la noche con vuestras candelas encendidas. Pero no estéis tristes, porque quizá, en este misterioso 2020, Dios tenga preparada una vigilia diferente.

Mientras es de día tengo que hacer las obras del que me ha enviado; viene la noche y nadie podrá hacerlas. Ya ha venido. Pero no tengáis miedo a la noche de Dios.

Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado). Si os sumergís en esta noche, si meditáis la Pasión de Cristo y convertís esta cuarentena en oración, descubriréis claridades nuevas que alumbran la gruta abierta en el costado del Señor. Entrad allí, dejaos iluminar…

Y cuando, finalmente, la Noche Pascual grite la noticia de la Resurrección de Jesús, no será el templo el que brille, sino el mundo. En cada una de vuestras casas, vuestras almas se encenderán con resplandores de gloria. Iluminaréis calles, ciudades, naciones, y la tierra entera. Podríais salir a las ventanas, a medianoche, con candelas encendidas, y el mundo entero resplandecerá.

Será una Vigilia maravillosa. Pero, para que podamos celebrarla, es necesario que sumerjáis en Cristo vuestra candela durante la noche que ha comenzado.

(TCA04)

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No te justifiques; déjate justificar

parábola del fariseo y el publicano«Mire, padre: yo trato de ser todo lo paciente que puedo con mi suegra… Pero me busca las cosquillas todo el rato y, al final, estallo»… Quien se confiesa así no se acusa; se justifica. Es decir, recubre su pecado con argumentos que le hacen parecer justo… ¡Qué digo «justo»! Parece un santo, víctima de una suegra pérfida.

Así se confesaba el fariseo: No soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo.

Mientras tanto, el publicano se acusaba: ¡Oh, Dios! Ten compasión de este pecador.

Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquel no. ¡Qué curioso! Quien se justifica a sí mismo lo hace solamente por fuera, como quien recubre con barniz de santidad un cubo de basura. Sin embargo, quien se acusa a sí mismo es justificado por Dios. Y Dios no te justifica por fuera; te envía su Espíritu, que te limpia por dentro y te hace «justo», es decir, santo.

Nunca te justifiques en tus pecados. Más bien, acúsate, y deja que sea Dios quien, entrando por la puerta de tu contrición, te haga santo.

(TC03S)

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