Evangelio 2020

Cuaresma – Página 2 – Espiritualidad digital

La pregunta del millón

Poco antes de morir, mientras cenaba Jesús con sus discípulos, Felipe le pidió:Señor, muéstranos al Padre y nos basta (Jn 14, 8).

Es la pregunta del millón. También los fariseos le dijeron: ¿Dónde está tu Padre?

Todos queremos ver al Padre. Todos queremos saber dónde está. Todos quisiéramos, como el hijo pródigo, que nos indicaran un lugar al que dirigirnos para levantarnos e ir adonde está nuestro Padre, y un rostro que besar, para pedirle perdón.

Pero, al Padre, ni se le puede ver, ni se le puede situar en un lugar. Es el Hijo quien le ha dado a Dios un rostro humano, y quien puede ser encontrado en todos los sagrarios de la tierra.

Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre.

No hay acceso al Padre si no es por Cristo, con quien comparte un solo Espíritu y con quien conforma una sola divinidad.

¿Tú quieres conocer al Padre? ¿Quieres tener noticia de su Amor? Acude al sagrario, abre el Evangelio, contempla la vida de Jesús y sondea su sacratísimo corazón. La fe y el amor te llevarán, entonces, a Dios Padre. Y, cuando quieras darte cuenta, el Espíritu estará gimiendo en ti: «¡Papá!».

(TC05L)

De rodillas se confiesa mejor

En mis años de sacerdocio, nunca he sido demasiado remilgado con las formas a la hora de absolver a un pecador. En cierta ocasión, mientras paseaba, alguien detuvo su automóvil a mi paso y me pidió que le confesara. Allí mismo, en plena calle, escuché su confesión y le absolví. También he confesado a jóvenes en el patio del colegio, y a excursionistas con mochila mientras subíamos una montaña. La confesión es sacramento de urgencia, y no es cuestión de poner trabas a quien busca el perdón de Dios.

Sin embargo, es maravilloso estar de rodillas mientras se confiesa y se recibe la absolución sacramental.

Y quedó solo Jesús, con la mujer en medio, que seguía allí delante. Jesús se incorporó. –¿Ninguno te ha condenado? –Ninguno, Señor. –Tampoco yo te condeno, anda, y en adelante no peques más.

Míralos a los dos: Jesús en pie, y la mujer postrada. Hasta que, al ser alcanzada por el perdón, se levanta para emprender una nueva vida.

Lo maravilloso de arrodillarse para confesar no es sólo la humildad de quien se postra para reconocer su culpa. Es, también, la alegría de ser levantado por la misericordia de Dios para emprender una vida nueva.

(TCC05)

El robo de la Ley

Las palabras dirigidas por los fariseos a aquellos soldados que había quedado prendados de Jesús eran terribles:

¿También vosotros os habéis dejado embaucar? ¿Hay algún jefe o fariseo que haya creído en él? Esa gente que no entiende de la ley son unos malditos.

El hecho de pensar que el estudio de la Ley pudiera alejar a los hombres del propio Hijo de Dios produce escalofríos. Por lo que a ellos se refería, sus palabras eran verdaderas: quienes pasaban la vida estudiando la Torah rechazaron a Cristo, mientras los publicanos y meretrices, que nada sabían de la Ley, se rindieron ante Él.

Por sobrecogedor que resulte, el estudio de la ley divina puede alejar al hombre de Dios. Sucede cuando los preceptos del decálogo, en lugar de leerse y venerarse como un camino que conduce al Padre, se utilizan como instrumento para obtener un interés personal. El joven rico cumplía la Ley, y rechazó a Cristo.

Haces el bien… para que te lo agradezcan; para sentirte a gusto contigo mismo; para considerarte mejor que los demás; para que te alaben; para dormir tranquilo; ¡para no ir al infierno!

Devuélvele a Dios la Ley. Haz el bien para besar a Dios.

(TC04S)

Los buenos y los santos

En ocasiones, los «buenos» dan cierto miedo.

Hablan de Jesús como si fuera, simplemente, un hombre bueno, que amó a los pobres, perdonó a los pecadores y curó a los enfermos. Procuran seguir su ejemplo de bondad, y nos animan a todos a que lo imitemos.

No cabe duda: los buenos dicen cosas buenas. Desde luego, el ejemplo de bondad que nos ha dado Jesús no es fácil de imitar. Aunque, si lo hiciéramos –¡ojalá!–, y el mundo se llenara de personas buenas, este planeta sería más habitable.

Pero, cuidado: un mundo utópico de personas buenas, a imagen de la bondad de Jesús, no sería, necesariamente, un mundo salvado.

Yo no vengo por mi cuenta, sino que el Verdadero es el que me envía; a ese vosotros no lo conocéis.

La vida eterna no es el mero fruto de un comportamiento bondadoso. Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y al que tú enviaste, Jesucristo (Jn 17, 3).

Jesús no fue sólo un hombre bueno: es el Hijo amado de Dios. Y sólo quien, a través de Él, conoce y ama al Padre tiene vida eterna. No basta con ser buenos; queremos ser santos.

(TC04V)

Testigos de excepción

Algunos exegetas (menuda palabra) afirman que estas discusiones forman parte del juicio que tuvo lugar la noche del Jueves Santo.

No sé si será verdad, pero, desde luego, lo parece. Porque, como en todo juicio, el acusado invoca testigos a su favor. Y, en este caso, Jesús invocó a testigos de excepción:

Juan: Vosotros enviasteis mensajeros a Juan, y él ha dado testimonio de la verdad.

Los milagros: Las obras que el Padre me ha concedido llevar a cabo, esas obras que hago dan testimonio de mí.

Dios: Y el Padre que me envió, él mismo ha dado testimonio de mí.

Las Escrituras: Estudiáis las Escrituras; pues ellas están dando testimonio de mí.

Moisés: Si creyerais a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él.

Ninguno de estos cinco testigos subiría al estrado. ¿Era necesario? Frente a ellos, lo único que presentaron los judíos fue a testigos falsos que se contradecían.

Jesús, no obstante, fue condenado. El odio venció a la justicia.

Habrá un juicio justo. Y Dios será el Juez. Cuando yo sea llamado a ese Juicio quisiera, también, contar con testigos de excepción: los santos, la Virgen… ¡Jesús! Ellos saben lo mucho que amo a Dios.

(TC04J)