Evangelio 2020

Adviento – Página 2 – Espiritualidad digital

Hambre de Cristo

Muchas veces, los sacerdotes recibimos los domingos, en el confesonario, a penitentes que se acusan de haber faltado a misa el domingo anterior. Demuestran que tienen una conciencia recta, que saben que faltar culpablemente a misa un día de precepto es pecado grave, y que no deben acercarse a comulgar en pecado mortal. Pero el sacerdote nunca se queda del todo tranquilo… Falta hambre.

Si, por cualquier motivo, paso un domingo sin probar bocado, no espero al domingo próximo para comer. El hambre me quita el sueño, y el mismo lunes haré lo imposible por saciarla en el desayuno. ¿Por qué, entonces, un cristiano puede pasar un domingo sin comulgar, y espera al domingo siguiente para confesar y acudir a la Eucaristía? Porque no tiene hambre.

¿Por qué hay tan pocos cristianos con verdadera hambre de Cristo? Supongo que el motivo es que estamos tan saciados de cosas, que no sentimos necesidad de Dios.

No quiero despedirlos en ayunas, no sea que desfallezcan… Comieron todos hasta saciarse. El problema viene cuando ya estás saciado antes de comer.

Sé sobrio durante el Adviento. Haz hambre. Mira que se acerca un banquete, y, si quieres disfrutarlo, deberías llegar hambriento a la mesa.

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Virtudes pequeñas para almas pequeñas

Si me preguntaras cuál es la virtud que más conviene cultivar en el Adviento, la respuesta fácil sería «la esperanza». Pero la esperanza es una virtud enorme, una virtud teologal que abre el horizonte de la vida terrena a la maravilla de los gozos celestiales. Pedirte que practiques la esperanza es como pedirte que amanezca: está fuera de tu alcance, es algo que viene de Dios. Sin embargo, puedo pedirte que abras la ventana, para que disfrutes del amanecer. No te aconsejaré que practiques la esperanza, sino que seas sencillo. Porque sólo quienes se saben pequeños esperan en Dios.

Te doy gracias, Padre, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños. El reino de Cristo es de los sencillos. No vendrá a ti porque hagas muchas cosas, ni porque te des mucha importancia, ni porque te quejes mucho de tus sufrimientos… Sino porque seas sencillo, te tengas en poco y te dejes consolar por Dios.

La virtud del Adviento es la sencillez. Sitúate ante Dios como un niño enfermo, y verás cómo te sonríe. Entonces sabrás que viene a socorrerte, te llenarás de esperanza, y serás luz para quienes te rodean.

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Apóstoles del Adviento

Las calles, los supermercados y los bares están llenos de gente; elige uno de los tres escenarios, acércate a una persona al azar, y pregúntale: «¿Espera usted a alguien?». Si descartamos a quienes esperan al autobús, unos esperan a la suegra por Navidad, otros esperan al gordo de las barbas, otros esperan a los niños de san Ildefonso, y otros no esperan a nadie.

Ayer, en todos los templos, se anunciaba la venida del Señor. Pero eso no significa que todos los hombres hayan escuchado el anuncio. Una enorme multitud aun no sabe que Jesús está al llegar.

Cristo anuncia su venida a los cristianos. Pero, sobre todo, quiere anunciarla a los de lejos, a esos millones de personas que no vienen a la iglesia: Vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos.

Llevemos la noticia a toda esa multitud que vaga sin rumbo. Acércate a quienes no creen, y contágiales tu alegría, tu esperanza, tus deseos de eternidad. Escucha sus penas, comparte sus soledades, enjuga sus lágrimas. Y, con tu compasión y tu cariño, anúnciales que viene Aquél que sana los corazones afligidos. Sé apóstol del Adviento.

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¡Y tú, con esos pelos!

Comienza el Adviento… otro adviento… ¡No! El único Adviento. No es él el que vuelve a nosotros, sino nosotros quienes volvemos a él, para no olvidar quiénes somos: los que esperamos al Señor.

Conforme entramos en este tiempo sagrado, escuchamos un anuncio, y una invitación.

Un anuncio. Y repetido tres veces, por si no hemos oído bien: Cuando venga el Hijo del hombre, pasará como en tiempo de Noé… Lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre… A la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre. ¿Lo has entendido? ¡Viene el Señor! ¡Y tú, con esos pelos!

Una invitación. También repetida: Estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor… Estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre. ¿A qué esperas? ¡Aséate, péinate, prepárate!

Confiésate. Es lo primero que debes hacer para estar en vela: renueva la llama que se prendió en aquella vela de tu bautismo. Aleja de tu alma las tinieblas del pecado, e ilumínala con la gracia divina. Y reza, reza, reza… Reza como quien mira al cielo, porque de los cielos vendrá el Señor, y, si no lo estás mirando, ¿cómo podrás salvarte?

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