Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

9 mayo, 2026 – Espiritualidad digital

La cicuta de Sócrates y las lágrimas de Jesús

A Jesús lo llamaban «Maestro». Y lo era. Pero era mucho más que eso. Sócrates era un maestro. Y, antes de morir, llamó a sus alumnos y les estuvo impartiendo una lección sobre la inmortalidad del alma hasta que la cicuta hizo su benéfico efecto y puso el punto final a la clase. Sócrates era un pesado.

Jesús también tuvo un último encuentro con sus apóstoles –no alumnos, sino apóstoles–. Y no lo dedicó a impartir lecciones, porque no era un pesado. Lo dedicó a hablar de Amor. Les dijo lo mucho que los quería, y les pidió que permanecieran en su Amor. Jesús venció por goleada a Sócrates en humanidad. Como hombre, me siento mucho más en casa ante el discurso de despedida de Cristo que ante todas las lecciones de Sócrates.

Si me amáis, guardaréis mis mandamientos… No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros… El que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él.

¡Es tan normal! ¡Y, a la vez, tan sobrenatural! «Me marcho, pero quiero seguir a tu lado. Quiéreme, guarda mis palabras, abrázate a ellas y seguiremos juntos. No te separes de Mí».

¡Tan sencillo!

(TPA06)

Aunque el mundo nos odie…

No hay mejor referencia para entender las palabras de Jesús en el evangelio de hoy que estas líneas de la «Epístola a Diogneto»: «Los cristianos son en el mundo lo que el alma es en el cuerpo. La carne aborrece y combate al alma, sin haber recibido de ella agravio alguno, sólo porque le impide disfrutar de los placeres; también el mundo aborrece a los cristianos, sin haber recibido agravio de ellos, porque se oponen a sus placeres».

El mundo nos odia porque no nos dejamos mundanizar, sino que buscamos cristianizar los ambientes. Si fuerais del mundo, el mundo os amaría como cosa suya, pero como no sois del mundo, sino que yo os he escogido sacándoos del mundo, por eso el mundo os odia. Y es que, aunque vivimos en el mundo y amamos al mundo, ni somos del mundo ni somos «cosa». Somos de Cristo. Somos hijos de Dios, y queremos redimir al mundo.

No caigáis en el error de encerraros en ambientes piadosos para defenderos del mundo. No tengáis miedo. Protegeos con una intensa vida espiritual, y vivid inmersos en ese mundo que nos odia, pero que también nos necesita. Llenad el mundo con la paz y la alegría del cielo. Perfumadlo con el nombre de Cristo.

(TP05S)

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