Minutos antes de alzar los ojos al cielo y elevar su oración al Padre, Jesús ha entregado a los apóstoles su cuerpo y su sangre. Sabe que provocará, con su marcha, una sensación de desamparo, y por eso busca la forma de permanecer entre nosotros, aunque su rostro esté velado a nuestros ojos. Pero no es la Eucaristía la única prenda de Amor que nos entrega:
Yo les he dado tu palabra… Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad.
Jesús nos ha dejado también su palabra. Y esa palabra está viva, como vivo está Jesús en la sagrada Hostia. La comulgamos de forma diferente, su palabra no entra por la boca como la Eucaristía, aunque, una vez anidada, brota viva y luminosa de nuestros labios. Ella entra por el oído y por los ojos.
Recógete en silencio cada mañana. Abre los santos evangelios, léelos despacio. No te atiborres, no hace falta. En ocasiones, basta un versículo. O uno primero y, tras saborearlo y dejar que haga eco en lo profundo del alma, después otro. Deja que esa palabra llene el corazón de vida y de dulzura. Notarás que Cristo, aunque esté escondido a tus ojos, está vivo en ti.
(TP07X)











