Sorprende que Cristo hable de alegría en un momento –el de la despedida de sus apóstoles– en que se le ve especialmente triste. En pocos minutos, en la oscuridad de Getsemaní, confesará que está muriendo de tristeza. Sin embargo, les dice:
Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud.
No todos pueden entenderlo. Quienes han olvidado que tienen alma y viven de sentimientos no pueden concebir la presencia de ese manantial inagotable de gozo en quien está llorando. Pero quienes se han liberado de las cadenas viscosas del sentimiento y se han retirado a vivir a un lugar más profundo de sí mismos saben bien de qué habla el Señor.
Mientras el corazón del Salvador sangra y llora, en lo profundo de su alma habita una alegría a la vez desbordante y serena. Es la alegría del Amor de su Padre, que no se retirará ni en ese momento terrible en que, desde lo alto del Madero, se sienta abandonado de Él.
Esa alegría la derrama en los suyos. Yo la he visto cuando quienes lloraban en el tanatorio la muerte de un ser querido me decían: «Estamos muy contentos».
(TP05J)











