Es un reproche curioso. Cuando Jesús, con un sencillo «sígueme», llamó a sus apóstoles, ninguno le pregunto: «¿Adónde quieres que te siga?». Pero ahora, en el momento decisivo, Jesús se queja de que no pregunten:
Ahora me voy al que me envió, y ninguno de vosotros me pregunta: «¿Adónde vas?». Sino que, por haberos dicho esto, la tristeza os ha llenado el corazón.
Tomás le había dicho: Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino? (Jn 14, 5). Si no lo sabes, pregunta. Pero no, no preguntó.
Es que les daba miedo preguntar. Ante ellos se abría un abismo de tinieblas. Dale la vuelta a la frase de Tomás: Vas a donde no sabemos. Y esa oscuridad nos aterra. Por eso nos quedamos clavados aquí, llorando tu marcha, en lugar de seguirte y cruzar contigo esa puerta hacia lo desconocido.
Muchos se detienen ante esa puerta. En ella se acaban los caminos. A partir de ella, el único Camino es Cristo. Pero quienes, abrazados a la Cruz, la traspasan, se dan cuenta de esas tinieblas eran luz, y la luz de este mundo tinieblas. Allí está el cielo; aquí, la muerte. Pero sólo se ve desde ese lado.
(TP06M)











