Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

junio 2026 – Espiritualidad digital

Gente cumplidora y hombres felices

Me he acordado del joven rico. Según sus palabras, desde pequeño había cumplido la Ley. Pero hoy, leyendo las palabras de Jesús, vemos que no le basta a Dios con que cumplamos su Ley. Es preciso, también, anunciarla a los hombres.

Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos.

¿Quiere eso decir que nos convirtamos todos en maestros y vayamos por el mundo impartiendo catequesis sobre la Ley de Dios? No estaría mal, desde luego, el mundo está muy necesitado de una buena catequesis. Pero no todos los cristianos están llamados a ser catequistas. Sin embargo, todos estamos llamados a ser apóstoles.

Debemos mostrar a los hombres, con nuestras vidas, que el cumplimiento de la voluntad de Dios nos hace realmente felices. Nuestro mundo no necesita ver cumplidores, para eso ya se están fabricando robots.

«Mira, éste va a misa todos los días, se confiesa y reza el rosario»… Eso no es envidiable. Algunos responderían: «¡Pobrecito!»

«Mira, éste es el hombre más feliz que he visto en mi vida». Entonces la respuesta es: «¿Cómo lo consigue?» «Va a misa, se confiesa, reza el rosario. Ama a Dios, y ese Amor le ha hecho feliz».

(TOP10X)

Parezco un cura, y no molo nada

El elogio más raro que he escuchado en toda mi vida me lo dijo una pareja de novios hablando del sacerdote que iba a presidir su boda: «Nos encanta este cura, nos cae muy bien, no parece un cura». ¡Tierra, trágame! Cuando les pregunté: «¿Y eso?», su respuesta fue una mezcla entre Sócrates y Aristóteles: «Es muy molón». El día de la boda me di cuenta de que, efectivamente, aquel hombre no parecía un cura. Pero tampoco aquello parecía una boda. En fin…

No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte.

Yo no molo nada. Y me gusta parecer un cura, porque lo soy. Y no creo que el don que Dios me ha dado tenga que tenerlo guardado como la última carta del mazo para, después de haberme mostrado molón, sacarla y decir: «¡Tatachán, sorpresa, soy cura! ¿A que no lo imaginabais?»

Yo llevo alzacuellos, pero vosotros no necesitáis aparatosos signos externos. Pareced lo que sois: seglares. Y dejad que vuestra fe se note en vuestra alegría, vuestro cariño a todos, y en que habláis de Dios con la naturalidad con que otros hablan de fútbol. No hace falta que seáis molones; sed santos.

(TOP10M)

Limitaciones de la IA

Si yo pidiera a la inteligencia artificial que me resumiera las bienaventuranzas, me diría… No quiero saberlo. Porque, dijera lo que dijera, mentiría. Incluso aunque dijese la verdad, esa verdad sería la correspondiente a una millonésima parte del discurso: la accesible a la inteligencia. Pero el discurso va dirigido más al alma que a la inteligencia, y la IA no tiene alma.

Yo tengo alma. Y –modestia aparte– mi alma resume mucho mejor que todos los artefactos, porque en ella queda impresa una verdad sencilla y llena de vida.

Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bien­aventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra

En resumen: Bienaventurados los que no necesitan sino a Dios.

Porque si necesitas riquezas, necesitas defenderte, necesitas pasarlo bien, necesitas vengarte o necesitas prestigio, los bienes de este mundo –salud, dinero y amor– te fallarán y serás un desgraciado. Pero si no necesitas sino a Dios, y teniéndolo a Él te ves capaz de prescindir de todo lo demás, Dios no te fallará nunca.

Y, luego, que la IA diga lo que le venga en gana. Es un algoritmo frío. En lo que yo te escribo hay alma.

(TOP10L)

El Dios que se deja comer

Es curioso cómo el verbo «comer» forma parte del lenguaje del amor. ¿Acaso besar no es una forma sublimada del comer? «Te comería a besos» no es frase que suene extraño. ¿Y no dice una mamá de su bebé: «Está para comérselo»? Supongo que psiquiatras, psicólogos y antropólogos podrán explicar eso. Yo pienso que tras esas frases se esconde el afán de hacerse uno, también corporalmente, con el ser amado. Es un deseo profundo de unión.

Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él.

Nadie ha llevado más lejos ese lenguaje, ni lo ha empleado con tanto atrevimiento como Jesús. Los judíos se escandalizaron, porque, para ellos, la salvación dependía del cumplimiento de la Ley. Pero el primer mandato de esa ley era amar a Dios, y un ser de carne no puede amar a quien no puede tocar, ni besar, ni abrazar. No somos ángeles.

Gracias al milagro de la Eucaristía, podemos amar a Dios. Y comérnoslo a besos. Y hacernos uno, también corporalmente, con Él. Y sacarlo a las calles para que todos sepan que Dios se deja amar.

(CXTIA)

El salto

Hace ya muchos años, más de veinte años que no hablamos de ello. Pero entonces, en aquellos tiempos, dos jóvenes sacerdotes y amigos teníamos un asunto recurrente del que siempre hablábamos cuando quedábamos a cenar: «El salto. Tenemos que dar el salto». Ambos sabíamos bien de lo que hablábamos, pero ninguno de los dos hubiera podido explicarlo si nos lo hubiesen preguntado. Ignoro si el motivo de haber dejado de hablar de ello es que hemos dado ya ese salto, o que sentimos vergüenza por no haberlo dado.

Esta viuda pobre ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir.

Se haya cumplido o no en mí, hoy sé explicar en qué consiste ese salto. Es el salto de la viuda. El de los santos. El de los mártires. El de las vírgenes. En definitiva, el de quien se desprende de todo apoyo terreno y vuelca su vida sólo en Dios, con la absoluta confianza de que Dios lo sostendrá. Aunque también con cierto vértigo. Nadie se libra de eso.

Es sólo para los aventureros.

(TOP09S)

Señorío

Tres preguntas hicieron los escribas, y a las tres respondió Jesús sabiamente: les habló de los impuestos, de la resurrección y del mandamiento mayor. Seguidamente, les hizo una sola pregunta. Y a esa pregunta no supieron responder:

Si el mismo David lo llama Señor, ¿cómo puede ser hijo suyo?

Decís que el Mesías es hijo de David, pero nadie llama Señor a su hijo. ¿Cómo es posible?

Nosotros conocemos la respuesta. Y está llena de luz. Porque, efectivamente, Jesús es, ante los hombres, hijo de David. Pero David vio en Él un señorío que no viene de la carne ni la sangre, sino de Dios. Es Dios. Y David, misteriosamente, proféticamente, lo sabía.

También nosotros, que hemos nacido de lo alto, hemos heredado ese señorío. Somos hijos de Dios, somos unos señores. Y como tal deberíamos vivir.

Comamos como unos señores. Alimentémonos con el cuerpo y la sangre del Señor.

Vivamos como unos señores, en el Hogar de Nazaret, la casa de la Señora, y en la Iglesia, palacio del gran Rey.

Suframos como unos señores, con la paciencia y la serenidad de Cristo.

Muramos como unos señores, sentados en el trono de la Cruz.

Hagamos honor a nuestro señorío.

(TOP09V)

Venciendo, y convenciendo

Que si el tributo al César, que si la resurrección de los muertos, y, ahora, que si el mandamiento mayor de todos. Da la impresión de que aquellos hombres estuvieran obligando a Jesús a jugar partidas simultáneas de ajedrez en varios tableros, para ponerlo a prueba. En todo caso, Jesús venció sin casi pestañear.

Respon­­dió Jesús: «El primero es: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser”. El segundo es este: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. No hay mandamiento mayor que estos».

Tan brillante fue esta jugada, que el adversario no tuvo más remedio que aplaudir.

Muy bien, Maestro, sin duda tienes razón. ¡Pues claro que tiene razón! ¿No ves que es Dios? Y te está diciendo que lo que más quiere de ti no es que te laves las manos antes de comer, o que no trabajes en sábado. Quiere que disfrutes, que seas feliz, que lo ames y te dejes amar por Él, hasta que tu corazón esté tan lleno de su Amor que puedas repartirlo a manos llenas a tu prójimo.

(TOP09J)

Esta web utiliza cookies propias y de terceros para su correcto funcionamiento y para fines analíticos. Contiene enlaces a sitios web de terceros con políticas de privacidad ajenas que podrás aceptar o no cuando accedas a ellos. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos. Más información
Privacidad