Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

junio 2026 – Página 2 – Espiritualidad digital

Tramposos entrampados

Durante la Transición española se hizo célebre la expresión «trampa saducea». La empleó Torcuato Fernández Miranda cuando le pidieron que respondiera con un «sí» o «no» a las asociaciones políticas. Fue una expresión brillante, ésa era la especialidad de los saduceos: cazar al otro con preguntas capciosas. Así hicieron con Jesús:

¿De cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella. Quieren convertir el cielo en un absurdo, porque no creen en la resurrección. Es decir, que si los muertos resucitan, tendrán que resucitar con espada, porque van a andar a espadazo limpio por las mujeres.

No es Dios de muertos, sino de vivos. Estáis muy equivocados.

Y tan equivocados. La verdadera trampa saducea no era la que ellos tendían, sino aquélla en la que ellos mismos, y muchos otros, habían caído: la de vivir entrampados en este mundo y no elevar la vista al cielo. Es aquí donde andamos a espadazo limpio unos con otros, es aquí donde nos engañamos y traicionamos. El cielo es mucho más sencillo. El cielo es luz, y esta tierra es tiniebla, porque no vemos a Cristo, luz del mundo.

La trampa se rompió, y escapamos (Sal 123, 7).

(TPO09X)

Todo lo hizo bien

Si los fariseos, con su pregunta-trampa, querían saber si Jesús recomendaba pagar impuestos al Imperio, habrá que decir que la treta les funcionó. Pero si fue Jesús quien se dejó enredar, eso quiere decir que esa red no le asustaba en absoluto.

Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

Después de estas palabras, los santos Pedro y Pablo, en sus cartas, pidieron a los cristianos que pagasen sus impuestos. Y el propio Jesús los pagó.

No sólo los pagó. En su Pasión, entregó su obediencia a Pilato, el procurador del Imperio, reconociendo que su poder le venía de lo alto. Y se dejó entregar a la muerte por él, aun sabiendo que esa decisión era injusta.

Lo sorprendente es que esa obediencia ha redimido al género humano y nos ha obtenido el perdón de todos los pecados, incluidos los de Pilato y los fariseos.

Salvo que una ley te obligue a pecar, cumple las leyes por amor a Dios. Sé un buen ciudadano, y redimirás la ciudad. Sé un buen estudiante, y redimirás la academia. Sé un buen enfermo, y redimirás el hospital. Sé un buen preso, y redimirás la cárcel.

(TOP09M)

Un precio de sangre

Llevo tiempo conteniendo la duda al leer esta parábola. Hoy la desataré. Y es que el dueño de la viña parece tonto de remate.

Vale que envíe un criado a los viñadores para percibir la renta. Normal. Pero, una vez que los viñadores lo agarraron, lo azotaron y lo despidieron con las manos vacías, lo siguiente tenía que haber sido enviar a la Guardia Civil. Pues no. Va el tío y les envió de nuevo otro criado; a este lo descalabraron e insultaron. Y después envió a otro y lo mataron; y a otros muchos, a los que azotaron o los mataron. Pero ¿no te enteras? Al menos, envíalos armados con lanzagranadas. Pero no. Y, para colmo, después de todo aquello, les envía ¡a su hijo! Y lo envía pensando: «Respe­tarán a mi hijo». Pero ¿eres tonto?

Lo terrible es que no es tonto. Es Dios. Y sabe perfectamente lo que va a suceder.

Dios no es como nosotros. Lo que le importa no es la viña, sino los viñadores. Y los ama y los redime como sólo se puede amar y redimir a los malvados: sufriéndolos. Realmente, no quería cobrar. Quería pagar, por sus almas, un precio de sangre.

(TOP09L)

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