Pedro, Pablo y la Cruz

Los llamamos «columnas de la Iglesia». Pero para que las columnas sostengan el edificio, deben estar ellas bien asentadas. De otra forma, la casa entera caería.

Fue necesario, para que Pedro y Pablo realizaran su labor, que primero se reconciliaran con la Cruz. Sólo las columnas asentadas sobre la Cruz podrán mantenerse firmes.

Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo, dijo Pedro. Pero tras proclamar así su fe, cuando Jesús le anunció su Pasión Simón protestó: ¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte (Mt 16, 22). Después, llegado el momento de la verdad, huyó de la Cruz y negó tres veces a su Maestro. Sólo tras haber llorado amargamente su traición se abrazó a Jesús resucitado: Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero (Jn 21, 17). Después murió mártir.

En Atenas, Pablo hizo el «discurso de su vida» (Hch 17, 22ss). Tan cuidado, tan hermoso, que omitió la Cruz y pasó directamente a la Resurrección. Se rieron de él. No hizo falta otra advertencia. De Atenas pasó a Corinto y allí no quiso anunciar otra cosa sino a Jesucristo, y este crucificado (1Co 2, 2).

Por eso ambos son columnas de la Iglesia.

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